Justicia y praxis cristiana con adolescentes y jóvenes

PIE AUTOR

Secundino Movilla es profesor en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequéticas «San Pío X» (Madrid).

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Educación a la fe y práctica de la justicia son inseparables, si no queremos que la primera se pervierta. A partir de ahí, centrándose en la identidad de la pastoral juvenil o praxis cristiana con adolescentes y jóvenes, el artículo señala los «pasos de iniciación y entrenamiento al compromiso por la justicia» —sensibilización, concienciación y actuación— y las perspectivas pedagógicas —concientizadoras y liberadoras— para educar en la práctica de la justicia.

 

 

 

 

A los cristianos se nos pide que mostremos la fe con nuestras obras (St 2,18) y que no nos contentemos con decir sino con hacer (Mt 7,21). Hemos de evitar caer en el peligro, como nos alerta el teólogo J.B. Metz, de «una fe solamente creída y no vivida».

A eso tienden precisamente los procesos de maduración en la fe: a integrar la fe y la vida. No educan para una identidad cristiana que se quede en pura teoría ni proponen un seguimiento de Jesús de palabrería no más. Lo que pretenden es iniciar a una fe que se traduzca en vida, que sea testimonial y operativa. La educación a la fe no se detiene hoy día, afortunadamente, en lo que es nocional, conceptual o doctrinal. Busca más bien disponer y entrenar a un modo de personalizar la fe que dinamice y transforme la totalidad de la existencia del creyente.

 

Con adolescentes y jóvenes, que viven hoy día tan familiarizados con el mundo de las «realidades virtuales», es particularmente importante insistir en esa índole práxica que tiene la fe. En asuntos de fe no es suficiente con estar «informado». Lo que cuenta es lo vivenciado y practicado.

Partiendo, pues, de ese convencimiento de que la educación a la fe es ante todo y sobre todo una iniciación práctica, voy a fijarme en ese aspecto de la fe que es la práctica de la justicia y voy a tratar de sugerir cómo educarla en los procesos de pastoral con adolescentes y jóvenes. Para ello cuidaré de hacer ver primero por qué ha de incluirse la práctica de la justicia en la educación de la fe, señalaré a continuación los pasos metodológicos que llevan al compromiso real y efectivo por la justicia, y concluiré con la recomendación de algunas pedagogías que puedan hacer más fácil y asequible la puesta en práctica de ese compromiso.

  1. La experiencia de fe transida por sendas de justicia

 

No parece razonable que nos vinculemos a Dios por la fe o que nos sintamos  «trasladados al Reino de su Hijo querido» (Col 1,13) y que dejemos a un lado la justicia. Porque en ambas realidades, Dios y el Reino, la justicia está presente y es algo consustancial: Dios es un «Dios que ama la justicia» (Sal 33,5) y su Reino es «Reino de justicia» (Mt 6,33).

La fe procura una afinidad con Dios que nos lleva a asemejarnos cada día más a él, a un Dios que «hace germinar la justicia» (Is 61,11), y nos configura con Cristo (Col 3,3), que es «justicia de Dios» (Rom 3,21). Creer, por tanto, es dejarse moldear por la justicia, es manifestar la justicia que Dios y Jesús han manifestado y revelado.

 

Ahora bien, la justicia que nos revela la Biblia tiene un carácter eminentemente operativo. Más que un decir o proclamar es un hacer y practicar. Dios ha hecho justicia con su pueblo porque ha realizado con él acciones admirables, la alianza y la liberación principalmente. A los humildes y a los pobres Dios les hace justicia (Sal 25,9) porque defiende sus derechos, se pone de su parte y no tolera que los poderosos abusen de ellos. La justicia de Dios se revela en la bondad que él manifiesta y en el bien que él hace. Y eso mismo es lo que él recomienda a sus fieles: “Aprended a hacer el bien, buscad lo justo, defended al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda” (Is 1,17).

Por tanto, si la fe verdadera consiste no tanto en invocar al Señor cuanto en hacer lo que a él le agrada (Is 19,13; Am 5,23-24), la verdadera justicia habrá de ser operativa, demostrarse en hechos y no quedarse en meras palabras (Ex 22,20-21). Y es que la justicia dimana de la fe (Rom 9,30) y a ella debe asemejarse[1].

 

Con esa justicia han de apasionarse los que tratan de acercar, aquí y ahora, el Reino de los cielos (Mt 5,6) y los que la sueñan para el día de mañana, pues en el mundo futuro «habitará la justicia» (2Ped 3,13). A esa justicia deben aplicarse los cristianos, por recomendación del Concilio, contribuyendo al bien común (GS 30). A ser de verdad justos, sobre todo en su actuar, están llamados, pues, todos los que se inician en la fe.

Así lo han venido entendiendo no pocos procesos de iniciación a la fe para adolescentes y jóvenes, que incluyen entre sus principales objetivos el del compromiso a favor de la justicia. Así lo han venido entendiendo también las directrices educativas más recientes, que incluyen entre sus «ejes transversales» el de la educación a la justicia. Y así lo entiendo desde luego yo, y por eso quiero contribuir con unas sugerencias prácticas de orientación y de estímulo para quienes tratan de incidir en su labor pastoral con adolescentes y jóvenes en la dimensión práctica de la fe y de la justicia.

 

 

 

 

  1. Pasos de iniciación y entrenamiento al compromiso por la justicia

 

        La dimensión práctica de la justicia reclama una iniciación en esa misma línea de practicidad y operatividad. No es que sobren las ideas o los conocimientos teóricos (siempre se ha dicho que «nada hay tan práctico como una buena teoría»), pero lo que parece más eficiente es que «a hacer se aprende haciendo». A comprometerse por la justicia se aprende, pues, comprometiéndose con gestos reales, con actitudes y disposiciones que introduzcan poco a poco en el ejercicio y en la defensa eficiente y coherente de la misma. Tres son los pasos que voy a sugerir en esa dirección: el de la sensibilización, el de la concienciación y el de la actuación.

 

 

2.1.          Sensibilización

 

Lo primero que hace falta para actuar en pro de la justicia es sensibilizarse ante las injusticias. El desencadenante para implicarse en la instauración de un orden justo lo produce el choque frontal con lo que es injusto. La sensibilidad es, por lo tanto, como la puerta de entrada que despierta y activa la capacidad de reaccionar.

Y la sensibilidad, ya lo dice la misma palabra, tiene que ver con el sentir y con el percibir más que con el simple hecho de saber o de estar informado. La sensibilidad no se aviva tanto por conocer datos o informes, o por manejar encuestas, cuanto por el contacto vivo y real con la realidad, pues los medios informativos y las pantallas, por más información que proporcionen o por más imágenes que ofrezcan, lo que hacen es sobreponer las unas a las otras, y así fácilmente se olvidan (dejando la realidad en su sitio, a una distancia prudente y conveniente); mientras que el acercamiento vivo y la proximidad efectiva a la dura y dramática realidad es lo que de verdad sacude y mueve a salir de la pasiva indiferencia.

 

El clamor de las injusticias y el grito de los pobres es con el oído atento y con la mirada sensible como mejor se perciben. “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos” (Ex 3,7), es lo que manifiesta Dios a Moisés.

Y bien, ¿con qué disposiciones se aviva la sensibilidad ante la realidad injusta? Ante todo, con un salir del propio espacio reservado o autoprotegido y un acercarse y aproximarse a los ámbitos y contextos, a las situaciones y a las circunstancias, donde las personas padecen atropellos e injusticias, donde sufren las consecuencias de la opresión o de la explotación, donde no son tenidos en cuenta sus derechos, donde su dignidad no es respetada ni valorada. Para hacerse sensible es preciso recorrer el camino que me saca de mi lugar y me lleva al lugar del otro, que me hace pasar de la lejanía a la cercanía. Es en el contacto cercano e inmediato donde opera la interacción que sensibiliza.

 

Viene a continuación la presencia efectiva en medio de esas realidades duras e injustas. Se pasa así de los acercamientos esporádicos o de las visitas ocasionales a un estar permanente y continuo «a pie de obra», es decir, a una especie de encarnación más duradera, que es la que suscita el trabajo compartido y solidario con quienes se ven afectados y atenazados por el brazo pesado de la marginación o de la injusticia.

Y se llega de esta manera, por vía de presencia mantenida, a sentir como propios los problemas e injusticias de los otros, ya cercanos, a experimentar una especie de identificación con lo que son sus condiciones deficientes de vida y a un estar en disposición de correr su misma suerte. Hasta ese extremo puede conducir el ejercicio progresivo de la sensibilización[2].

Esta labor de sensibilización, de aproximación viva y directa a las realidades humanas y sociales donde son patentes las injusticias, es un paso imprescindible que debe de realizarse con adolescentes y jóvenes a los que se quiere educar y motivar a una acción comprometida en favor de la justicia. Sin sensibilización, como punto de partida, no va a haber motivación para actuar.

 

 

2.2.        Concienciación

 

Si se quiere evitar que la sensibilización ante lo injusto devenga paralizante o que llegue a bloquear cualquier capacidad de reacción habrá que dinamizarla con una buena toma de conciencia. ¿Toma de conciencia de qué? De que las injusticias no pueden ser en modo alguno toleradas porque van contra la dignidad misma del hombre o de la mujer y porque contravienen a lo que Dios quiere y desea para la familia de sus hijos e hijas, que es una vida en paz, en justicia y libertad.

Dos han de ser, entre otros, los referentes principales de los que debe nutrirse una verdadera concienciación de lo que es injusto: el respeto a los derechos humanos y la instauración de los valores evangélicos como semillas que hacen germinar el Reino.

 

Para apreciar la gravedad y el calibre de las violaciones que injustamente se cometen contra la dignidad humana nada mejor que analizar y enjuiciar las situaciones de maltrato, desprecio o vilipendio a que se ven sometidas las personas a la luz de lo que para esas mismas personas pide el estatuto de los derechos humanos. No puede haber revulsivo mejor para concienciar a adolescentes y jóvenes en el compromiso por la justicia que educarles y formarles en el conocimiento y respeto a los derechos humanos, al tiempo que se les hace ver y analizar el modo y las circunstancias en que esos derechos resultan en uno u otro caso violados.

Como también puede servir de acicate concientizador el hecho de que a adolescentes y a jóvenes se les invite a descubrir, a conocer y a personalizar los valores evangélicos con los que Jesús ha querido instaurar el Reino y que se les ayude asimismo a formular un juicio evangélico sobre las realidades de injusticia en que esos valores aparecen negados o contradichos porque las fuerzas del antirreino así se lo proponen o deciden.

 

Concienciar a los jóvenes de que ninguna injusticia es tolerable si lesiona la dignidad de la mujer o del hombre, ni ningún atropello puede ser transigido si atenta contra la imagen viva de Dios, que es el hombre, constituye otro paso más en la educación y en la formación que se quiere ofrecer para la justicia.

 

 

2.3.        Actuación

 

La progresiva sensibilización ante lo injusto, dinamizada por una buena toma de conciencia, no puede por menos de impulsar y de incitar a la acción. Esta es la mejor reacción que se debe esperar ante las injusticias: implicarse en hacer desaparecer lo que, por ser injusto, perjudica y vulnera la dignidad de las personas y comprometerse, acto seguido, en instaurar un orden justo. ¿Cómo se hace esto?

En primer lugar, poniendo en evidencia y señalando los campos en los que opera la injusticia, procurando delimitar aquellos en los que la intervención de adolescentes y jóvenes es posible y deseable. A nadie se le oculta que los macrocontextos de injusticia generalizada, a los que está dando lugar el amplio fenómeno de la globalización, sobrepasan, y mucho, la posibilidad de que en ellos puedan incidir eficazmente los adolescentes y jóvenes, tan desprovistos de medios y recursos. Habrá, pues, que acotar los espacios y contextos en los que su intervención y su compromiso resulten en todo caso viables y razonables, siguiendo siempre el sano criterio de «pensar globalmente y actuar localmente».

 

En segundo lugar, habrá que discernir también las estrategias y las modalidades por las que debe guiarse cualquier empeño y compromiso en pro de la justicia. Desde el punto de vista pedagógico se recomienda dosificar y regular los pasos de intervención en el hecho de querer instaurar y practicar la justicia, pasos que reclaman el iniciar «consigo mismo» (primer sujeto del actuar justo), para seguir luego con el mundo de las «relaciones» (en el que es posible cambiar algo porque en parte depende de ellos), hasta desembocar en el amplio campo de la «acción política y social» (donde el compromiso y la lucha han de ser conjuntados y coordinados desde organizaciones y desde plataformas capaces de incidir en la realidad global).

Y en tercer lugar, asumido todo lo anterior, se podrán definir entonces las intervenciones y los gestos, las actividades y las iniciativas, los compromisos viables y concretos, por medio de los cuales se muestra y se demuestra lo que adolescentes y jóvenes son capaces de realizar y de poner en práctica en su empeño y deseo de hacer operativa la justicia.

 

Todos esos pasos, de sensibilización, de concienciación y de actuación, deben ser recorridos gradualmente por quienes se aprestan a vivir la práctica de la justicia como exigencia de la fe. Y deben ser recorridos paulatinamente, sin prisas, dando así la ocasión de que en cada uno de ellos se madure con garantías sólidas. En el caso de adolescentes y jóvenes esas prisas deben ser ralentizadas con mayor motivo, pues la impaciencia que ellos muestran para todo no les beneficiaría en la consecución de un talante de entrega y de compromiso que debe ser determinante para el resto de sus vidas.

 

 

3. Con qué pedagogías educar en la práctica de la justicia

Si activa ha de ser la iniciación a la praxis, activo ha de ser también el método con el que se la lleve a cabo. Al que invita a dar pasos prácticos en el porfiado ejercicio de la justicia le está también recomendado que lo haga con un estilo que favorezca esa misma iniciación práctica. A ese estilo solemos llamar pedagogía. Y bien, ¿qué pedagogías son las que estimulan más y mejor a comprometerse en pro de la justicia? Yo me atrevo a sugerir, entre otras muchas, estas dos: la pedagogía de la concienciación, que actúa a partir del revulsivo que proporciona la formación de una conciencia crítica, y la pedagogía de la liberación, que genera la disposición conveniente para trabajar sin desmayo en la transformación de la realidad.

 

 

3.1.          La pedagogía concientizadora

Lo primero que hace falta para enfrentarse a una realidad de perversión o de injusticia es no dejarse dominar por ella ni decir que es normal y natural. No se puede decir que es «natural», como afirmaba Berthold Brecht, lo que perjudica y lastima a las personas. Frente a lo que es injusto hay que reaccionar y plantarse y no darlo por hecho.

¿Y qué  es lo que permite detectar el entramado de lo injusto? El análisis crítico y la conciencia que se pregunta atentamente los porqués, que investiga las causas y los mecanismos originarios de lo injusto y mide las graves consecuencias y los efectos desastrosos que de ello pueden seguirse para los demás. A esa conciencia la llamaba Paulo Freire la conciencia crítica, que supera en lucidez y en empeño a la conciencia «intransitiva» o la meramente «transitiva» con la que solemos funcionar habitualmente.

 

Para no resignarse ante lo injusto hay que educar a adolescentes y a jóvenes en la formación de una conciencia crítica. ¿Cómo? Ofreciendo las claves necesarias para estudiar y analizar a fondo los datos y los mecanismos con que la realidad, pervertida por el egoísmo y el interés de los humanos, se configura de una forma injusta.

Y hay que invitar además a proceder de un modo concienciado. ¿A qué llamaba Paulo Freire concienciación? Al dinamismo que generan unos «temas generadores», que son como «apuestas existenciales», frente a las cuales los hombres y mujeres reaccionan activamente y no resignadamente, y que hacen percibir determinadas situaciones como «situaciones-límite», a las que se responde empeñativamente con «actos-límite», dando así origen a una praxis que no puede por menos de ser liberadora y rehabilitadora. De esta praxis decía Paulo Freire que tiene una virtualidad creadora (pues “siendo reflexión y acción verdaderamente transformadoras de la realidad, son fuente de conocimiento y de creación”) y una capacidad transformadora (pues “a través de su permanente quehacer transformador de la realidad objetiva, los hombres simultáneamente crean la historia y se hacen seres histórico-sociales”)[3].

Mediante esa labor de concienciación es como deben avanzar adolescentes y jóvenes en su decisión de hacer frente a la injusticia y de plantar cara a lo que se va descubriendo como intolerable, al tiempo que reaccionan activa y comprometidamente en transformar y en cambiar lo que es deshumanizador y opresor para los hombres.

 

 

3.2          . La pedagogía liberadora

 

Son muchos los que han hablado de compromiso liberador como derivado del potencial del cristianismo y del empeño por construir el Reino. Ignacio Ellacuría fue uno de los que supo indicar con acierto las disposiciones requeridas para hacer efectiva esa liberación progresiva de las realidades injustas, disposiciones que no son otras que la de «hacerse cargo de» la realidad, la de «cargar con» la realidad y la de «encargarse de» transformar esa realidad[4].

 

Hacerse cargo de la realidad quiere decir tomar la realidad por lo que ella es, captarla en su profundidad y en su complejidad, sin desfigurarla ni manipularla y sin restar honestidad para con lo que ella revela o manifiesta; quiere decir también responder a las demandas que esa realidad plantea, procurando potenciar todo lo que en ella se encuentre de positivo y de promesa de vida y tratando de cambiar lo que en ella se descubra como negativo o como amenaza de muerte.

Cargar con la realidad alude al hecho o disposición de sentirse personalmente implicado en lo que ella es y en lo que de sí deja transcender, con el fin de escuchar sus desafíos y exigencias y de sentirse urgido por las demandas que plantea.

Encargarse de la realidad significa, en fin, tratar de responder a esas demandas y desafíos, comprometerse en su transformación liberadora, hacer algo  —lo que se pueda—  por cambiarla y mejorarla.

 

A esas disposiciones de implicación honesta con lo real y de empeño permanente por liberarlo de los mecanismos injustos hará bien el educador en entrenar y en iniciar progresivamente a los adolescentes y jóvenes a los que quiere ver leal y generosamente comprometidos en la instauración de la justicia. n

 

Secundino Movilla

estudios@misionjoven.org

 

 

 

[1]  “La promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta de la fe, en cuanto que forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios” (CONGREGACIÓN GENERAL 32 DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS, Decreto 4º, n. 2).

[2]  A esas tres disposiciones, avaladas por su experiencia de lucha contra la realidad injusta del «apartheid» en Sudáfrica, se refería Albert Nolan en el discurso que tuvo en el Instituto Católico de Relaciones Internacionales de Londres el 29 de junio de 1984.

[3]  P. FREIRE, Pedagogía del oprimido, Siglo XXI Editores, Madrid 421992, 122-123.

[4] Ignacio ELLACURÍA, Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, Sal Terrae, Santander 1984, 52-54