Juventud, política y partidos

José Francisco Herrera

JOSÉ FRANCISCO HERRERA ES PRESIDENTE REGIONAL DE «NUEVAS GENERACIONES» DEL PARTIDO PP EN MADRID, TAMBIÉN ES DENTRO DE ELLAS COORDINADOR NACIONAL DE ACCIÓN TERRITORIAL, Y MIEMBRO DEL CONGRESO DE DIPUTADOS COMO DIPUTADO POR MADRID.

Síntesis del Artículo:

Al hilo de la «voz de los jóvenes» en el período de la transición política española, el autor presenta el ejemplo de la presencia e incidencia de la juventud en Partido Popular y a través de las «Nuevas Generaciones». A continuación el artículo se detiene a considerar el problema de la escasa participación política de los jóvenes, deteniéndose en tres cuestiones básicas de dicha situación: el desconocimiento, la rebeldía y la decepción. Por último, se subraya la necesidad de abrir un debate sobre el tema.

Escribió Gregorio Marañón en sus Ensayos liberales que el joven es duro, fuerte, tenaz; en suma, rebelde. Los chinos, más pragmáticos, afirman que los jóvenes son como peces; y a nadie se le escapa que sólo los peces muertos nadan en el sentido de la corriente del río.

Tal rebeldía, tal cuestionamiento a priori de todo lo que nos rodea, ha determinado también la relación de los jóvenes con sus dirigentes. Basta hacer una reflexión sobre el caso concreto español, para entender de qué manera los jóvenes españoles han -hemos- influido de manera decisiva en nuestra historia reciente.

 

1        La transición política y la voz de los jóvenes

 En los últimos veinticinco años se han producido tres momentos de transición política en nuestro país. El primero coincidente con el fin de la dictadura a mediados de los años 70; el segundo con la llegada al poder del gobierno socialista en 1982; y aún está reciente el inicio del gobierno popular. En estos tres cambios políticos los jóvenes tuvieron una participación activa fundamental, buscando siempre una alternativa a aquellas muestras de exceso o agotamiento, en definitiva de alejamiento de la sociedad por parte de los gobernantes.

La dictadura limitó determinadas libertades, de expresión, militancia, etc. Precisamente las que animaron las primeras revueltas universitarias de los 70, que derivaron en la transición política que hoy se considera un modelo en muchos países del mundo. Cabría preguntarse porqué se rebelaron los jóvenes de los 70 y no los de los 60 ó 50. No cabe duda que la debilidad del régimen y del propio dictador contribuyeron a crear ese caldo de cultivo necesario para el cambio.

Cuando, pasado el tiempo, empezaron a surgir las primeras muestras de cansancio, de aburrimiento, de burocratización de los gobiernos de la UCD, los jóvenes buscaron -esta vez en las urnas- una alternativa ilusionante e inconformista, representada gráficamente por la «chaqueta de pana», que tenía como referente a un joven llamado Felipe. Así, a secas.

Eran los tiempos de la movida, de la cultura alternativa, de errores y aciertos propios del ímpetu juvenil.

De nuevo damos un salto en el tiempo hasta el inicio de los 90. Felipe había pasado a ser el Presidente, el «number One» o incluso «dios», en acepciones tomadas de sus propios compañeros de tortilla. La chaqueta de pana estaba apolillada en lo más hondo de la «bodeguilla» y empezaba a pesar en el ambiente un cierto olor a corrupción, fruto probable de la soberbia e impunidad en que se manifestaban tres mayorías absolutas consecutivas. Los jóvenes dieron de nuevo donde más dolía. Primero, en la que resultó la última visita del Presidente a la universidad, en aquella pitada complutense. Después, dando una lección de humildad en las urnas, votando al candidato alternativo con mayores posibilidades, José María Aznar.

2  Un ejemplo de participación política: «Nuevas Generaciones»

Dicho esto a modo de introducción y aún a riesgo de ser catalogado como simplista, no me cabe duda de que la etapa que me ha tocado vivir en política, la última mencionada, ha resultado apasionante. Como seguro lo fueron las precedentes para los jóvenes que las vivieron; y es que tanto nos condiciona nuestro momento como nosotros a él. Al menos a mí me resulta claro que, si en lugar de tener 20 años en 1990, los hubiera tenido en 1975, hubiera reaccionado de la misma manera que aquellos jóvenes, por ese denominador común de rebeldía al que antes me refería, ese camino por el filo de la navaja entre el «¿Estás loco?» y el «Sabemos lo que queremos».

Para valorar las propuestas juveniles del Partido Popular, en el que milito desde 1990, es necesario conocer el modelo de participación de los jóvenes dentro del mismo. Ese es el elemento clave e indispensable de la elaboración de políticas de juventud. No es posible hablar de jóvenes sin los jóvenes. No es posible dar solución a problemas que no se conocen, que no se comprenden. Entre otras cosas, porque esas políticas entre comillas, como las políticas de juventud, de la mujer, o de la tercera edad, elaboradas sin escuchar a jóvenes, mujeres o mayores, acaban siendo más sectarias que sectoriales.

En nuestro caso, el elemento más importante para reivindicar con fuerza nuestras propuestas es la independencia. «Nuevas Generaciones» tiene su propia estructura orgánica, elegida por sus propios miembros y regida por sus propios estatutos. Es decir, el Partido Popular tiene muy poca injerencia -por no decir ninguna- en la política de su organización juvenil. Esto explica las divergencias anteriores en temas como la objeción de conciencia, en las que han existido claras posturas contrapuestas y a veces no entendidas.

En cualquier caso, de nada serviría esta independencia si no hubiera otros dos elementos: un respeto y confianza mutuos y la disponibilidad a escuchar. En el Partido Popular esto se manifiesta con la presencia de representantes de «Nuevas Generaciones» en todos los órganos de decisión, desde el Comité Ejecutivo Nacional presidido por José María Aznar, hasta los Comités Electorales encargados de confeccionar las candidaturas en cada pueblo, ciudad o comunidad autónoma. Y a esta presencia orgánica se ha sumado la institucional, con más de dos mil jóvenes concejales, diputados regionales y nacionales o senadores. Todas estas personas son las encargadas de debatir con el Partido y hacer realidad desde las instituciones las propuestas elaboradas por las bases jóvenes.

A la hora de evaluar el peso de las «Nuevas Generaciones» dentro del Partido, basta recordar que muchas de esas propuestas con origen discrepante, como la supresión del servicio militar obligatorio, el acceso a la universidad o la necesidad de una política de Estado en la cooperación al desarrollo, son hoy prioridades del Gobierno; junto con otros aspectos en los que coincidimos, como la necesidad de crear empleo indefinido o liberar suelo para abaratar el precio de la vivienda. Incluso, cabría también recordar la presencia de dos ex-presidentes de la organización juvenil como actuales ministros, y hasta la decisiva intervención de «Nuevas Generaciones» en la elección de Antonio Hernández Mancha como presidente de Alianza Popular en aquel famoso congreso con los candidatos.

3 Jóvenes y participación política

Teniendo en cuenta que «Nuevas Generaciones» es hoy la organización juvenil política más importante de España, con más de 80.000 afiliados entre 18 y 28 años, y que su funcionamiento es -a mi juicio- participativo y flexible, cabría preguntarse por qué es tan limitado el número de jóvenes que participa en nuestro país en política, en relación al total de españoles en esa horquilla de edades.

Varios motivos explican a mi juicio esta situación. Básicamente tres: desconocimiento, rebeldía y decepción.

3.1. Política e «imágenes»

          Desconocimiento del funcionamiento interno al que antes aludía; y no tan sólo de los partidos, sino también de las propias instituciones. A veces caemos en el error de formarnos la imagen de las personas que nos representan en esos perniciosos bombardeos de información en los que a menudo nos vemos sumergidos. En ningún campo fue más real que en el político, aquello de que “la noticia es que un hombre muerda a un perro, y no a la inversa” . Al final, la excepción del garbanzo negro pasa por ser la regla.

Tan sólo en determinadas ocasiones se produce una especie de catarsis colectiva que acerca el lado humano de quienes nos dedicamos a la política; en muchas ocasiones por circunstancias desgraciadas.

Hoy hay miles de Miguel Angel Blanco en todas las organizaciones juveniles de los partidos democráticos. Y no me refiero a la acepción heroica del compañero que es capaz de morir asesinado por sus ideas, sino a la del joven normal y corriente, de cualquier extracto social, pacifista, desinteresado y solidario, que de una manera más o menos fortuita se aventura a entrar en política para tratar de cambiar aquello que no funciona.

3.2. Política y rebeldía

          En segundo lugar está de nuevo la rebeldía, en esta ocasión contra el «poder» representado en los partidos. Uno de mis mejores amigos, no militante, dice que pasa de política porque los partidos no están en la calle, ni el PSOE es obrero, ni el PP popular, ni IU está unida. Esta visión simplista no casa con la defensa del estado del bienestar socialista, los casi diez millones de votos populares o los esfuerzos aglutinadores de diversas maneras de pensar de la coalición de izquierdas.

Paradójicamente mi amigo participa en una organización ecologista y pacifista. Alguna que otra vez, va a manifestarse contra la emisión de dioxinas en su escarabajo sin catalizador, pero, eso sí, pintado de verde.

Creo que esto refleja un cierto prejuicio a pertenecer a un partido político y hace que algunas personas busquen alternativas para influir socialmente desde determinadas ONGs que tienen un trabajo más sectorializado. Dicho de otra manera, las ONGs están más reconocidas socialmente, mientras que hacer exactamente el mismo trabajo desde un partido político tiene una connotación peyorativa.

3.3. Política y decepción

          Por último está la decepción con determinadas promesas incumplidas, desconocimiento de la realidad juvenil y actitudes incompatibles con la ética. A ello hay que añadir el carácter endogámico de los partidos, a menudo empeñados en lanzar mensajes y propuestas a sus simpatizantes, en lugar de hacerlo al conjunto de la sociedad. Desde un punto de vista pastoral, teniendo en cuenta el foro para el que escribo, sería como enviar mensajes a aquellos que ya tienen fe, confirmándola, pero separándose definitivamente de los que no la tienen y no comprenden tales cuestiones.

Precisamente el no estar en contacto con los jóvenes, al no escuchar en primer lugar las propuestas -buenas o malas- de las «Juventudes Socialistas» en el seno de su Partido respecto, por ejemplo, a la OTAN o al empleo juvenil, hizo perder la confianza y el apoyo de aquellos jóvenes por el PSOE. Además muchos de los que habían protagonizado la renovación de su partido en Suresnes y aún eran jóvenes en 1982, pensaron que lo seguían siendo en 1996, catorce años después. Aquellos que habían gritado a sus padres junto a Bob Dylan que los tiempos estaban cambiando y que las respuestas a sus problemas estaban en el aire, perdieron el tiempo a finales de los 80 buscando sesudas definiciones de esa extraña cosa llamada juventud, en vez de buscar soluciones a problemas genéricos y no exclusivos de los jóvenes.

4  Abrir el debate de la participación política

No me gustaría dejar una sensación de amargura en este análisis autocrítico de la realidad que vivo cada día. Tan sólo he tratado de abrir desde estas páginas un debate que, de hecho, se plantea frecuentemente en el seno de mi partido y que me indica que las cosas van por el buen camino.

Dicho esto, permitidme una recomendación a los jóvenes: participad en política. Por pequeños que sean los logros del día a día, merece la pena sentir que uno colabora a construir una sociedad más dialogante, justa y participativa.

¿O acaso no hacía política Lennon cuando imaginaba un mundo lleno de soñadores viviendo su vida en paz?

José Francisco Herrera