La buena estrella

Un hombre solitario libra en la calle a una men­diga embarazada y tuerta de la paliza que le está propinando el presunto padre de la criatura, un delincuente de poca monta, que manifiesta a tor­tazos su negativa a aceptar al hijo próximo. El sal­vador (un carnicero castrado por culpa de un acci­dente…) acoge a la muchacha en su casa. Entre ambos germina un tibio amor y, sobre todo, una incontrolable ternura que los lleva a casarse. Al cabo de tres años, el delincuente, recién salido de la cárcel y malherido por una paliza que acaban de propinarle, reaparece, una noche tormentosa, en la casa de tan singular familia, formada por el feliz matrimonio y la hija no deseada del turbio visitante…

Éste es el inquietante planteamiento argumen­tal de la película que hoy comentamos. A partir de aquí, el curso de la narración toma unos derrote­ros absolutamente atípicos, insospechados: uno puede intuir entonces la inminencia de un trián­gulo amoroso de altos tintes eróticos o trágicos; tal vez algún espabilado deduzca que se va a encon­trar con una variante del tan traído y llevado cine de psicópatas; a lo mejor habrá quien piense que el director nos quiere sorprender con un sórdido melodrama sobre la traición… Pero, nada de eso: el más difícil todavía. La buena estrellahace fluir su desarrollo, de forma imprevisible, por el cauce del realismo más crudo para hablarnos de bondad, de amor con mayúsculas, de esperanza… En definiti­va, de grandes valores. El encuentro entre estos personajes no supone, como viene siendo habitual en el cine de los últimos años, la construcción de un entramado donde lo más oscuro o lo más hor­monal del ser humano se manifieste en forma de bilis, sangre y saliva. Al contrario, asistiremos a los denodados esfuerzos de tres seres (definidos simbólicamente como figuras arquetípicas a tra­vés de sus apodos: elManso, la Tuerta y el Cara Bo­nita) por conciliar sus sentimientos sin destruirse, aun cuando colisionen y resulten en apariencia irreconciliables.

El Manso y la Tuerta acogen en su casa al Cara Bonita. Mientras el carnicero acepta al extraño (a pesar de que su presencia amenace la dulce placi­dez de su hogar) y su esposa intenta compaginar el amor sincero que profesa por los dos hombres, la convivencia entre todos ellos, siempre difícil y tensa, produce como fruto, sin embargo, un cono­cimiento progresivo que acaba por transformarse en reconocimiento y comprensión. Cada uno de ellos descubre paulatinamente su yo más íntimo, a la vez que cala en la identidad profunda de los otros. En última instancia, ese encuentro a tres bandas les permite tomar contacto con su propia indefensión al verla reflejada en la indefensión del vecino. Debajo de las heridas físicas (recordemos que los protagonistas de la historia son, significa­tivamente, una tuerta, un castrado y un apaleado que acabará enfermo de sida), detrás de las contu­siones sociales (dos expósitos que han crecido sin cariño ni hogar en un orfanato, un tipo atormenta­do por su hombría vulnerada) palpitan llagas más profundas (ante todo, la falta de afecto) que de forma dolorosa y heroica se buscarán mutuamen­te, no con la intención de urgar en ellas, sino para intentar que cicatricen al calor del entendimiento y la tolerancia.

La Buena estrella apuesta decididamente por ser cine de buenos sentimientos: no encontraremos en la producción de los últimos años criaturas tan bondadosas y comprensivas como las retratadas en este relato ni sería fácil rescatar de las filmote­cas obras donde la ternura y los grandes gestos de respeto alcancen la intensidad que en ésta. Y, sin embargo, no estamos hablando de un discurso blandengue en colorines, de la esquemática e idíli­ca sensiblería de un telefilm o una producción pa­ra todos los públicos. La excepcionalidad de la propuesta radica en cómo Ricardo Franco, su artí­fice, esquiva tanto el tumultuoso festival de instin­tos básicos, como la opción de cimentar su historia en la simplificación o en el conformismo más ran­cio. La Buena estrella constituye un alegato admira­ble de los valores humanos, porque rehúye el tra­tamiento epidérmico de la realidad: la bondad y la tolerancia en este admirable tratado de la ternura, sólo brotan cuando se ha ahondado en las causas profundas del desamparo y la marginalidad en una sociedad como la nuestra. Curiosamente es detrás de la dureza del argumento, al fondo de la desprotección radical de sus protagonistas, donde palpita ese asomo de blanda y cálida esperanza que dota de sentido casi evangélico a la aventura de estos seres en pos de su dignidad.

 

JESUS VILLEGAS

 

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