La era del Aquarius

No quiero hablarte de ese refresco que tú ya sabes. Tampoco de esa “era” mega-guay en donde el espíritu buenrollista lo sazona todo, casi en una nueva reedición del “flower-power” de los 60. Este aquarius tiene forma de barco salvavidas.

Iba de viaje el pasado domingo a Galicia y durante 4 horas no hubo otra noticia en la radio que la llegada al puerto de Valencia de ese “Barco esperanza”, que es el Aquarius. Me emocionaba a ratos solo en mi coche al escuchar relatos de angustia y de esperanza, cantos que sabían a victoria y el coraje de una organización humanitaria que traía a esos naúfragos de vuelta a casa.  Porque el mar no es hogar; sí cualquier tierra que pisan los seres humanos.

El recién estrenado gobierno de Pedro Sánchez ha protagonizado un acto político corajudo, si bien, puede ser leído de modo ambivalente. ¿No hará este buen acto de efecto llamada para tantos emigrantes como esperan en cientos de puertos del Magreb? ¿No estaremos haciendo juego a los traficantes de seres humanos? ¿No necesitamos una política coordinada en la Unión Europea sobre emigración, para evitar esta “rifa humanitaria” a la que seguramente vamos a asistir a partir de ahora?

Me decía un compañero, sentado a mi lado, que escribiera en este blog acerca de esto, y sobre todo, de los focos mediáticos que nos llevan a mirar a un buque-esperanza durante una semana, mientras diariamente se producen en nuestras costas decenas de desembarcos anónimos, sin que nadie sepa nada ni a nadie le importe.

Estamos llamados, como cristianos, a mirar la realidad de manera acertada. Mirar es mirarla con amplitud, no dejarnos secuestrar por los subrayados de la prensa y los medios. Mirar es interesarnos por la causa de los seres humanos, sobre todo de las víctimas silenciosas del desarrollo planetario. Pero más auténtico, incluso que esto, es hacer ejercicio de cercanía y aproximarnos al pobre que está a la puerta del banco, del joven que nos pide a la entrada del metro o en la puerta de la Iglesia. No podemos salvar el mundo, pero esto no nos puede llevar a la inacción. Al menos, podremos abrazar a un solo ser humano con el calor de nuestra mirada y la complicidad de una palabra amable. No es la indignación lo que hará cambiar las cosas ni las dinámicas sociales, sino la cercanía y la mirada de corazón con cada ser humano que se cruza a nuestro paso.

Txetxu Villota, Pastoral Juvenil SSM

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