La escuela, como un octavo sacramento

José Luis Corzo

Director y Profesor del Instituto Superior de Pastoral (Madrid)

 

Escribo por encargo, para Misión Joven. Y me doy cuenta de que me encargan el tema de mi vida: la vocación pastoral – más aún, sacerdotal – ejercida en la escuela. Me formaron para ello en la Orden de las Escuelas Pías, lo redescubrí por mi cuenta en los escritos del cura incómodo (como le llamaba la prensa italiana a don Lorenzo Milani) y lo puse en práctica durante veinte apasionantes años en Salamanca.

Sin embargo, ahora, no hago sino ver alejarse la escuela como un barco a la deriva que pocos consideran ya recuperable para la pastoral. Este mismo salesiano encargo me lo expresa con un interrogante (¿todavía la escuela?) y, lo que para mí es peor, con una sugerencia fatídica en la letra pequeña: “la escuela como plataforma de pastoral”. Como quien dice: ella no es acción pastoral, sino ocasión, estación de aterrizaje o de despegue (según se mire), tal vez, una estación espacial de aproximación a la “galaxia jóvenes”. Un soporte de la aeronáutica pastoral, propiamente dicha, al parecer, por las nubes.

Ahora recuerdo que yo mismo fui testigo de esta ingeniería. Cuando en los años cincuenta yo era alumno de los escolapios y éstos nos enseñaban, nos educaban y nos catequizaban, todo en la misma pieza – la clase de tiza y de pizarra, eso sí, ¡inaugurada cada mañana con la misa y acabada por la tarde con el rosario! -, algunos jóvenes y brillantes escolapios, como Enrique Iniesta, fundador de la revista Pastoral Juvenil en 1957, batallaban con denuedo para instaurar en los colegios actividades pastorales distintas de la clase: el director y los ejercicios espirituales, la acción social, la mejora de las clases de religión, tradicionalmente encomendadas a quienes carecían de otra especialidad. Fue un gran paso adelante (¿necesito advertir que no todo lo antiguo era bueno?), pero contenía ya en germen la distinción entre la escuela (a la que se aferraban los viejos escolapios de mi niñez) y la acción pastoral (todavía incrustada en ella, pero ya diferente).

¡Con qué asombro leí, años más tarde, en don Milani que “no me siento párroco más que haciendo escuela” y que “en 7 años de escuela popular nunca he considerado que hubiera necesidad de tener también catequesis allí”![1]

 

  • Naufragio pastoral de la escuela

¿Por qué la pastoral juvenil actual apenas se interesa por la escuela? El marianista estudio sociológico Jóvenes españoles 2005 (SM, Madrid 2006) dedica 63 admirables páginas de Juan González Anleo a “Jóvenes y religiosidad” (241-304) en las que apenas consigo reunir una docena de alusiones al “centro educativo” (confesional o no) como un factor relacionado con las actitudes y creencias religiosas de las chicas y chicos entre 15 y 24 años. Ya en 1999 le había oído de viva voz al sociólogo Amando de Miguel cuestionar la enorme inversión eclesial en educación católica – vocaciones, institutos, estructuras, sinsabores – para sólo lograr una ventaja de 6 puntos religiosos sobre los alumnos de la escuela pública. Pero en Jóvenes españoles 2005 hasta esos 6 puntos se tambalean.

 

He aquí las alusiones aportadas: “El porcentaje de jóvenes que se declaran católicos es de 53 en los centros privados y de 48 en los públicos” (p. 255). “El que los estudios se hayan realizado en un centro público o privado carece de relevancia” respecto al concepto de Dios que se tenga (p. 269). La muestra del estudio tiene un 77 % de estudiantes en la escuela pública y un 22 % en la privada “mayoritariamente de ideario y praxis católica”, como el autor subraya varias veces. “Declaran una práctica de cierta regularidad, una vez al mes por lo menos”, un 9 % de los que estudiaron en un centro público y un 16 % en privados. En 2005 forman este grupo de regularidad sólo el 10 % del total y son ya el 69 % de los jóvenes los que no van “nunca, prácticamente nunca” a los actos de culto; de ellos, el 71 % son de la escuela pública y el 63 % de la privada (p. 278). “El centro en el que cursaron o se están cursando los estudios no influye significativamente en el peso de las razones para haber dejado de ir a Misa” (p. 281). La confianza juvenil en la Iglesia es de un 20 % de los jóvenes en 2005: “ligeramente más los que han seguido estudios en centros privados que sus colegas de los públicos, aunque las diferencias sean poco significativas”, un 20 y 24 % respectivamente (p. 289). Y esto, a sabiendas de que sólo el 2.2 % de los Jóvenes españoles 2005consideran a la Iglesia uno de los lugares donde se dicen “las cosas importantes sobre ideas e interpretaciones del mundo” (frente al 4 % en 1994 y el 3 % en 1999) (p. 254). “Los centros privados, en los que presumiblemente los contactos con la Iglesia cercana son más frecuentes – ¿de mayor calidad también? – superan significativamente a los centros públicos en la frecuencia de recuerdos positivos” [de tipo religioso]: un 39 y 30 % (p. 291). Si un 17 % de los jóvenes españoles se sienten de acuerdo con las directrices de la Iglesia, “los de centros privados se sitúan con 5 puntos porcentuales por encima de los públicos” (p. 293). “¿Hay una cantera favorable para el asociacionismo religioso en los centros privados, mayoritariamente de la Iglesia? Los datos nos dicen que un 6.4 % de los alumnos y exalumnos de los privados pertenecen a grupos religiosos, mientras que en los centros públicos la pertenencia se reduce a un 2.4 % … si se tiene en cuenta las cifras tan exiguas con las que se está operando”, ¡un 4 % de los jóvenes encuestados! (p. 299). “Tampoco parece que el ser alumno o exalumno de un centro privado ejerza influencia significativa en la emergencia de un proyecto vocacional de vida consagrada”: se lo han planteado alguna vez el 4.9 y el 4.4 % de la enseñanza privada y pública, respectivamente (p. 302).

 

Puede que su escasa significación (insignificancia), incremente el número de españoles adultos que no creen que la educación religiosa sea importante para los hijos. Así lo piensa el 36 % de los españoles, en aumento según baja su edad, hasta llegar a un 50 % de quienes tienen entre 25 y 34 años (p. 249)[2].

Tampoco hallé gran interés por la escuela en el Seminario Jóvenes 2000 y Religión (sobre el estudio de igual título: SM, Madrid 2004), que organizó la Fundación Santa María (con la delegación pastoral de FERE y PPC) durante el curso 2004-05 y al que asistí con entusiasmo. El papel de la escuela en la acción pastoral juvenil era casi mínimo. Algo similar puedo decir del Curso de iniciación en pastoral con jóvenes (CIPAJ), que protagonizan ellos mismos en nuestro Instituto Superior de Pastoral y resulta ejemplar, por otra parte, por su pluralidad y la colaboración de expertos. Sobre el seminario mencionado, J. Joaquín Cerezo y Pedro José Gómez Serrano acaban de publicar una síntesis:Jóvenes e Iglesia. Caminos para el reencuentro (SM-PPC, Madrid 2006). He reunido sus escasas alusiones a lo educativo[3].

Sin embargo y no sé si muy convencidos, los autores levantan acta, casi al final, de que “se da una enorme insistencia en muchos especialistas en pastoral respecto a la importancia de la acción educativa”. Y la describen muy bien: “La educación – como profundización en la realidad, su sentido y su misterio -, y no el entretenimiento, debe constituir el centro de la acción pastoral, no sólo como requisito previo al anuncio de la fe, sino como permanente dimensión de la evangelización en todas sus fases” (p.164). Se ha dicho mucho, aunque sin citar expresamente la escuela[4].

Estos ejemplos, creo que obligan a reconocer la tendencia (no general, pero muy consolidada) de que hay que soltar las amarras que vinculaban la escuela a la pastoral juvenil y buscar otros ámbitos y actividades directamente religiosas. A mí me parece un error abandonar la escuela a su suerte en este momento. No ya la católica, sino tampoco la escuela pública, donde, por cierto, se concentra mayor número de cristianos que en la confesional (y eso en España, donde cubre casi una tercera parte de la enseñanza obligatoria; no digamos en Francia o Italia, sin ir más lejos).

 

  • Teología pastoral de la acción escolar de la Iglesia

La teología pastoral es una disciplina teológica que se toma muy en serio el análisis concreto de las acciones eclesiales, donde se encarnan y realizan, de hecho, los misterios de nuestra salvación: la evangelización, la celebración de los sacramentos, el servicio de la comunidad, etc. Es la especialidad practicada, por ejemplo, en el Instituto Superior de Pastoral (Universidad Pontificia de Salamanca en Madrid) donde trabajo y cuyo método va seguido del contraste de lo analizado con la Palabra de Dios y con la doctrina de la fe. A su luz, y por último, se proponen mejoras concretas.

Esta teología práctica no debe confundirse con otra forma de teología pastoral, aplicativa, que, primero, extrae de la Palabra sus consecuencias prácticas y, luego, elabora normas y programas sobre la realidad. También analiza ésta, como destino. Pero su conocimiento es secundario a un “deber ser” primario, que resulta lo fundamental. Muchos documentos programáticos se dicen pastorales en este sentido. La teología de la acción pastoral, en cambio, consciente de jugarse demasiado en la acción eclesial concreta, evita programarla a priori y mantiene un análisis constante que cuide todos los detalles y todas las carencias. Aplicada a la educación, favorecería una reflexión demasiado escasa entre nosotros, la Teología pastoral de la educación. Su ausencia explica también adónde hemos llegado.

En cambio, siempre he considerado ejemplar en esta disciplina un documento de la Congregación para la Educación católica de 1977 titulado La Escuela católica (EC) y firmado por el cardenal Garrone y el secretario, entonces, de la congregación, Antonio M. Javierre, más tarde también cardenal. Nos separan 30 años de aquel documento y aún puede leerse con deleite.

 

  • Premisa. La tarea escolar ¿es una acción eclesial?

El primer paso es justificar que la acción humana de que tratamos es una verdadera acción eclesial. Es evidente que, según la teología y laeclesiología subyacente a nuestra reflexión, serán, o no, acciones eclesiales (y ministerios) unas u otras. En el pasado sólo las acciones sacerdotales – derivadas de Cristo sacerdote, profeta y rey – eran “pastorales” y no incumbían a los fieles laicos. Los ministerios resultaban siempre ordenados. Hoy, sin embargo, reconocemos muchos otros ministerios laicales, relacionados con acciones mundanas, sociales, intelectuales, organizativas…

En el fondo, la reciente secularización (asumida por la Iglesia en el Vaticano II) nos ha desconcertado mucho. “¿Dónde queda un lugar para Dios?”, anticipaba D. Bonhoeffer. Aceptar la autonomía de las realidades mundanas parece prohibirnos que una acción, como enseñar en la escuela, se considere acción eclesial. De ahí el extraño fenómeno con que nos encontramos 40 años después: la involución conservadora tras el Vaticano II, que me temo haya afectado también a la pastoral juvenil. Para algunos, sólo las acciones estrictas de la misión eclesial (evangelizar y santificar, predicación y sacramentos) son competencia eclesial. Pietismo, podríamos llamar a este modelo. Para otros, la larga época de la cristiandad, cuando la fe edificaba el Reino de Dios en la tierra e impregnaba de espíritu y autoridad cristiana toda la realidad – ¡menos autónoma de cuanto ahora se dice! – resulta todavía una añoranza deseable. Lo difícil es mantener el equilibrio entre el absoluto respeto a la autonomía de las realidades terrestres (GS 36) y el no perder su dimensión de profundidad (como diría P. Tillich), es decir, religiosa, su ordo ad Deum, su orientación existencial y hasta ontológica, si se quiere, por la que se vincula con el creador y el redentor[5].

Los síntomas involucionistas más llamativos de que este equilibrio no se logra son dos, muy evidentes y hasta frecuentes en educación. Uno, superponer a lo natural la Gracia sobrenatural, ya sea en importancia o en tiempo (lo esencial es la evangelización explícita; primero educar – el hombre-, luego, evangelizar – el cristiano; de las clases que se ocupen los seglares y de la evangelización, nosotras/os). Y dos, considerar la acción eclesial para unos pocos elegidos y, para el resto, la mera naturaleza, la educación[6]. ¿No hay nada de dualismo en la plataforma escolar para la moderna pastoral juvenil? ¿Ningún elitismo en los grupos juveniles cristianos?

Urge saber si la tarea escolar es o no una acción eclesial (de todos los miembros laicos del Pueblo de Dios).

El documento La Escuela Católica (EC) lo da ya por sentado en su capítulo I. En el II analiza con detalle la problemática actual de la escuela católica y, adelantándose a esos recientes estudios sociológicos, señala, entre otros problemas (como la pesada gestión de los colegios, el riesgo de proselitismo, el fin de la suplencia eclesial de lo secular, el elitismo social…), que “se le achaca incapacidad en la tarea de formar cristianos convencidos, coherentes, preparados en el campo social y político [y concluye:] ¿No debiera, tal vez, la Iglesia – como proponen algunos – renunciar a su misión apostólica en las escuelas católicas y dedicar sus fuerzas a una obra evangelizadora más directa…?” (nn.16-24).

La respuesta (previa en el documento) es de una precisión que ni siquiera la comprendió ni respetó alguna de sus versiones españolas. El texto de EC (n.9) dice así: “La escuela católica entra de lleno en la misión salvífica de la Iglesia y particularmente en la exigencia de la educación a la fe[7]. Sorprendente expresión esta última (tal vez, menos clara en español) con que se fundamenta el vínculo de la educación escolar con la acción soteriológica – ¡nada menos! – de la Iglesia. No puede cambiarse por ninguna de las otras dos versiones teológicas ya apuntadas, mal paliativo contra la secularización: ni la educación es previa a la evangelización (preámbulo de la fe); ni hay una educación específica de la cristiandad y propia de los cristianos por ser educación de la fe explícita (siendo anodina y no íntegra[8] la educación secular). Como siempre, el gran escollo de una buena comprensión teológica de las realidades terrenas y de sus correspondientes teologías de genitivo, comprendida la educación, es la integración (ontológica y temporal) de Naturaleza y Gracia. Su versión dualista, en cambio, ve también por separado el Mundo y la Iglesia. El binomio educación y pastoral, y el de una escuela católica y “la otra”, serían un capítulo más de esta deriva.

Lo bonito del giro gramatical con que se ha expresado este texto vaticano es poder comprender que la educación ¡permanente, continuada! es imprescindible para el mantenimiento de la fe. Como la educación a la paz no es sólo para tiempo de guerra. Cuando la fe ilumina la realidad, también pueden verla los no creyentes. Cuando la razón alumbra algo, no hay garantías de que el creyente ya lo supiera de antemano. La fe puede hablar en la plaza pública, con el lenguaje de todos y de las realidades que nos incumben a todos. Más aún, necesita siempre de lo mundano para lograr su certeza de lo divino. No añade visiones a lo conocido, sino que hace traslúcido lo que resultaba opaco.

¿Acaso los creyentes españoles no tenemos nada que decir de la educación pública de todos? ¿Sólo exigir la nuestra? Y ¿para qué destinatarios? ¿Para los católicos? ¡Es mentira! Ni son todos los que están, ni están todos los que son.

 

  1. Análisis de la realidad educativa de los cristianos

 

Otro buen ejemplo de EC en su Teología pastoral de la educación es su análisis implacable de la realidad educativa, antes y después de confrontarla con la doctrina de la fe. Es decir, no cesa de analizarla aun cuando exprese muy pronto el ideal educativo de los cristianos. Compruébese en el siguiente párrafo:

 

“En algunas naciones, como consecuencia de la situación jurídica yeconómica … [la Escuela Católica] corre el riesgo de dar uncontratestimonio, porque se ve obligada a autofinanciarse aceptando principalmente a los hijos de familias acomodadas. Esta situación preocupa profundamente a los responsables de la Escuela Católica, porque la Iglesia ofrece su servicio educativo en primer lugar a “aquellos que están desprovistos de los bienes de fortuna, a los que se ven privados de la ayuda y del afecto de la familia, o que están lejos del don de la fe” (Vaticano II, GE 9). Porque, dado que la educación es un medio eficaz de promoción social y económica para el individuo, si la Escuela Católica la impartiera exclusiva o preferentemente a elementos de una clase social ya privilegiada, contribuiría a robustecerla en una posición de ventaja sobre la otra, fomentando así un orden social injusto” (n. 58).

 

A treinta años de este documento y cuando la escuela confesional española ha pasado de ser “de pago” a “concertada” y prácticamente gratuita, quedan preguntas. La primera, si la escuela católica española ha tenido agilidad para desmarcarse y denunciar la lucha de clases presente en la educación (y tan finamente descrita por el cardenal francés). Y la segunda, si – ante el tremendo fracaso escolar en la escuela española – ha proclamado y hecho retumbar en nuestra adormilada sociedad que los primeros destinatarios de las escuelas de la Iglesia eran esos tres precisamente: los sin dinero, sin familia y ¡sin fe! Lafacultades de Pedagogía y Escuelas de Magisterio católicas ¿dónde han hablado? ¿qué han dicho?

Daría por acabado el análisis de la acción educativa de los cristianos españoles, gracias a la lucidez de EC y a los resúmenes sociológicos antes reseñados, pero, a su servidumbre al dinero y al mercado de trabajo, quiero añadir un dato más: la Didáctica ha secuestrado la Pedagogía hasta confundir constantemente enseñar (y aprender) con educar-NOS (un crecimiento personal, por cierto, siempre colectivo)[9]. Los políticos han sucumbido al extraordinario atractivo de la didáctica: una técnica, un arte y unas ciencias, geniales para la transmisión de conocimientos, destrezas y valores. (Nadie la maneja mejor que la publicidad comercial, más hábil que la política o la ideológica). Recurren constantemente a la escuela para cortar problemas como los accidentes de tráfico o la violencia de género; lo cual es de una estupidez política increíble. Apelan a una supuesta materia humana blanda y maleable para formar y modelar el futuro social. Lo peor es que esto ha seducido también a la Pedagogía, poco o nada científica durante siglos. Ella misma se ha convertido hoy en un grandioso cómo (aprender y enseñar) ajeno por completo al qué. Lo he denunciado muchas veces porque lo aprendí en Paulo Freire (entre quienes mejor lo dijeron, tras de Sócrates).

¿No habrá influido esa misma tentación de la materia blanda en el añejo modelo eclesial de transmitir la fe durante la infancia y en su escaso cultivo posterior? No es posible que la religión sea cosa de niños. Ni que el curso más serio y largo de religión de un cristiano sea el de su primera comunión. La clase de religión, antes que de la educación obligatoria, es un asunto, a mi juicio, de la universidad.

Así, la mercantilización de la escuela – sirve al dinero – y suinstrumentalización política generan, por una parte, un gran vacío de sus contenidos (ya sólo instrumentales) y, por otra, un enorme fracaso escolar. De ninguno de ellos la Iglesia debe ser cómplice.

  1. Contraste teológico. La componente cognitiva en educación

Verificar ahora que esta escuela actual (católica o no) “entra de lleno en la misión salvífica de la Iglesia” es el segundo paso de nuestra Teología pastoral. Además de reclamar una buena síntesis teológica, también la alimenta. Elpastoralista no se conforma con aplicar la teología ajena, sino que también la elabora.

El presupuesto teológico de nuestra reflexión, ya apuntado en el documento EC, se completa así: la fe se nutre en el conocimiento de la realidad y en relación con ella. La razón teológica cristiana ha expresado de muchas maneras la importancia de lo creado y redimido, por la encarnación y el misterio pascual, para el encuentro con Dios. La Fenomenología de la religión constata la necesidad inexorable de mediaciones mundanas en toda experiencia religiosa. Los símbolos imprevisibles de Dios en la historia de Israel y de Cristo (no confundir con los signos que enseñan – meten en señales – lo ya sabido) son clave de nuestra teología de la Revelación. El carácter sacramental de la propia Iglesia, del sacramento primordial que es Cristo y de toda la historia de la salvación y creación, configura la fe cristiana. La Iglesia la desarrolla, como es lógico, a partir del punto álgido del Evangelio, el reinado de Dios. Pero Él sigue educando a su pueblo, más allá de la propia Iglesia; el Verbo se ha hecho carne y toda carne tiene ahora, en su fragilidad, máxima transcendencia. Nadie nos evitará la sorpresa descrita en Mt 25: ¿cuándo te vimos a ti hambriento o sediento…? Sin el conocimiento de lo mundano no hay encuentro con Dios[10].

Pues bien, el conocimiento de la realidad es la única razón de ser de la escuela; así como la relación con lo real es el elemento central de lo que llamamos educación o crecimiento educativo. Por consiguiente, aprendizaje del mundo, relación con él y fe son, pues, concomitantes, viajan juntos a lo largo de la vida.

Entonces, la tarea de los cristianos en la escuela no puede ser otra que desvelar la verdad de lo mundano; enseñar y aprender el mundo para oír su palabra y responder a su llamada (que es la del creador). No se trata de elaborar mediaciones ingeniosas, tal vez expresivas de la fe de algunos, con las que atraer a los jóvenes hacia sí; sino de bruñir las mediaciones en que Dios se ha hecho presente a los hombres y no cesa de hacerlo: la historia, el prójimo, el amor de caridad, la persona de Jesús y de una nube de testigos, la misteriosa realidad en todas sus formas. La escuela debe acariciar las cosas, por si debajo hay símbolos[11]. Este es el carácter sacramental de la escuela (el octavo sacramento, según don Milani)[12]. [Verifique el lector, por ejemplo, si un buen alumno del sistema escolar actual sería capaz, a la altura de su edad, de describir, por ejemplo, la fábrica de la pobreza que genera – mediante globalización económica – el inmenso tercer mundo empobrecido. Y sin saber eso ¿podrá oír a quien tiene hambre y sed? ¿O depende sólo de la televisión y de la suerte?]

La impaciencia de algunos creyentes ha sido urgir en la escuela el anuncio explícito de la encarnación de Dios – en Cristo y en su Iglesia -, pero ni esa explicitud puede prescindir de las mediaciones en que se anuncia, se ve, se oye y se toca el Verbo de la vida (I Jn 1, 1-2) también presente en sus “hermanos más pequeños” (Mt 25, 40.45). No me cabe la menor duda de que es la realidad mundana el objeto propio de la escuela; el mejor para los cristianos y el mejor también para los no creyentes. Esa es la contribución que la pastoral juvenil necesita: una escuela mejor para todos, de la que todos sus alumnos salganoyentes de la palabra (como tituló K.Rahner su libro). El mayor peligro de la educación ajena y propia es cegar los manaderos simbólicos, impedir las roturas de la realidad por la que se ve más allá; o mejor, más adentro. Lo sacramental no está añadido, sino contenido.

 

  1. Proyectar a la escuela actual lo que hemos aprendido

El riesgo de que educadores inconscientes comprometamos a la Iglesia con los intereses que utilizan la educación fue una preocupación de don Milani. Pero no ya por impedir a la Iglesia colaborar con la liberación de los pobres (era anterior a la teología de la liberación), sino por evitar, al menos, que ella misma, cómplice de tan mala educación, se impida a sí misma proclamar realmente el Evangelio. Un primer objetivo no tan extraño a la pastoral juvenil escolar de hoy en España. (Véanse de nuevo las estadísticas juveniles sobre el crédito que conceden a la Iglesia).

A continuación, más que al saber sabido, máxima atención a lo real, mediante la ciencia de las asignaturas escolares y la sospecha permanente de cuál sea el bien necesario a los últimos. No se requieren especiales ámbitos de libertad para poder hacerlo. Sí se necesita, sin embargo, librarse de impedimentos importantes, como los libros de texto y las programaciones escayoladas, que los cristianos también pueden denunciar. Después, “todo se reduce, a inquietarles el alma. Y esto, con el largo contacto que nos proporciona la escuela, nos ha sido sumamente fácil”[13].

Y ¿no hay nada que hacer más específico de la escuela católica? “Si no esescuela y no reproduce los elementos característicos de ésta, tampoco puede aspirar a ser escuela católica (…) No transmite la cultura como un medio de potencia y de dominio, sino como un medio de comunión y de escucha de la voz de los hombres, de los acontecimientos y de las cosas” (EC nn. 25 y 56). En este marco, los cristianos en la escuela pueden subrayar los desafíos eternos y actuales de la humanidad; pueden mostrar a los grandes hombres de la historia, como Jesús de Nazaret y otros, y los libros que hablan de ellos; pueden acercarse a las zonas cálidas del no saber: al símbolo, al misterio, a las experiencias cumbre de los hombres en el arte, en la ciencia, en la pasión humanitaria y social; pueden ellos mismos testimoniar su compromiso con la justicia y con Dios; y pueden invitar a la fe, ¿por qué no?

 

 

[1] L. Milani, Experiencias pastorales (BAC, Madrid 2004) pp. 136 y 170. “Cuando nos afanamos en encontrar aposta la ocasión de meter la fe en la conversación, se demuestra que tenemos poca, que creemos que la fe es algo artificial que se añade a la vida y no, por el contrario, un modo de vivir y de pensar. Sin embargo, cuando esta ocasión no se busca, con tal de que se haga escuela y escuela seria, se presentará por sí misma, más aún, estará siempre presente y de la forma menos pensada y menos consciente. A lo largo del año los jóvenes nos verán actuar, reaccionar, pensar, responder en mil ocasiones distintas, siempre fieles a nosotros mismos, siempre y sin esfuerzo, fieles a nuestra forma de ver la vida. La superioridad práctica de este catecismo sobre el sistemático está demostrada, aparte de todo, por el fracaso de la catequesis” (Ibídem, p. 171).

[2] J.J. Cerezo y P.J. Gómez Serrano, Jóvenes e Iglesia (PPC, Madrid 2006) 107. FERE,Significatividad social de la escuela católica (SM, Madrid 2002) 50.

[3] Unas 16 alusiones encuentro en él: se constata que la escuela ha perdido influencia como agente de socialización religiosa (p. 103), junto a la familia y la parroquia, las tres ya incapaces (p.120). Sin embargo, un 20 % de Jóvenes 2000 dicen que llevarán a sus hijos a un centro religioso (p. 104), ya que a una educación católica “fuerte” se remiten los jóvenes eclesiales (un 20.6 %) y también, aunque menos, los católicos terrenales (menos cumplidores con la Iglesia y que son un 25.6 % del total) (p.105). Las preferencias por un centro católico se deben más a su calidad educadora genérica, que a lo religioso, incluida la clase de religión; sólo lo mencionan algo más del 10 % de los padres que prefirieron estos centros (p.107). Y es que la importancia de un centro católico para la socialización religiosa se realiza más, de hecho, en el testimonio de algunos docentes concretos y en la posible participación en grupos religiosos escolares, que en la formación propiamente dicha. Sus puntos débiles estarían en ciertas prácticas del centro incoherentes con su propio ideario y en preferir la instrucción sobre la formación (p. 108). En paralelo, la demanda religiosa juvenil menosprecia hoy la formación intelectual de la fe (p.111).

Cuando los autores proponen cambios – en profundidad – en la acción pastoral con los jóvenes, se fijan en la transmisión religiosa tradicional que estaba basada en la familia (hoy más ineficaz) y que “aprovechaba las oportunidades evangelizadoras que permitían las actividades de ocio educativo a las parroquias, colegios y demás instituciones eclesiales” (p.155). Es decir, no era el colegio, sino el ocio escolar, lo que resultaba útil pastoralmente. Nueva confirmación del ocasionalismo oportunista, que yo señalaba en mi punto de partida, con su imagen visual de la escuela como plataforma para la pastoral: “El indudable monopolio eclesial del ocio educativo pasó a ser una plataforma evangelizadora privilegiada (dado el deseo de los jóvenes de juntarse y divertirse) cuando la mayor parte de las familias comenzaron a ser incapaces” (p.159). La descripción de cuanto necesita cambios profundos añade, entre otros rasgos, una crítica a la pedagogía cristiana tradicional, a base de transmisión de contenidos teológicos (en detrimento de la propia experiencia).

[4] Tampoco la implican al insistir en la necesidad de una acción eclesial que “plantee a los jóvenes provocaciones y desafíos nuevos, y no tanto agradarles, halagarles o darles la razón para atraerles” (sic p.164). Que la escuela, católica o no, aparezca “alejada de los problemas que preocupan a la mayoría de la población”, adquiere mayor calado pastoral si se atribuye directamente a la Iglesia, pero a mí, dicho de la escuela, ya me parece enorme (p.120, n.77).

[5] He desarrollado pistas para esta dificultad en “¿Qué debemos hacer, hermanos?” en Instituto Superior de Pastoral, ¿Qué ves en la noche? (Is 21,11) (Verbo Divino, Estella 2005) 271-310.

[6] Hasta este extremo: “Otros estudiantes, que no tienen esta dimensión religiosa, no podrán obtener frutos benéficos y se exponen a vivir superficialmente los años más hermosos de su juventud” (Congregación para la Educación católica, Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica [cardenal Baum y, secretario, arzobispo Javierre] (Vaticano 1988) n.48. Hemos hecho algunas reflexiones sobre la involución de otros dos documentos posteriores a éste en J.L. Corzo, “La transmisión de la fe en la escuela”, en Instituto Superior de Pastoral, La transmisión de la fe en la sociedad actual (Verbo Divino, Estella 1991) 289-307.

[7] La FERE divulgó varios documentos del magisterio romano sobre educación y, a pesar de los originales ya en lenguas vernáculas, transcribió en este caso: “exigencia de la educación de la fe” (n.9) (y no, d’éduquer à la foi; dell’educazione alla fede). Con ello abona la tendencia (rentable a cierta política eclesiástica de dudoso éxito en España) a considerar la escuela católica como un derecho de los católicos por estar destinada sólo a ellos, tal vez encerrados en su democrática cristiandad, menos misionera y menos integrada en lo secular de lo que cabría esperar según otros modelos teológicos y eclesiológicos. Cf. FERE, Textos pontificios sobre educación y escuela católica (Madrid 1992) pág.33.

[8] El socorrido adjetivo educación “integral” puede significar un sumando más (la fe) o una asunción completa de lo humano “porque en Cristo, el Hombre perfecto, todos los valores humanos encuentran su plena realización y, de ahí, su unidad. Este es el carácter específicamente católico de la escuela, y aquí se funda su deber de cultivar los valores humanos respetando su legítima autonomía, y conservándose fiel a su propia misión de ponerse al servicio de todos los hombres. Jesucristo, pues, eleva y ennoblece al hombre” (EC n.35).

[9] Hace años desarrollé en un libro – Educar(nos) en tiempos de crisis (CCS, Madrid 1995) – las claves educativas que había escrito antes para Misión Joven. La convicción freiriana de que nadie educa a nadie, sino juntos, no me ha dejado. La revista Educar(NOS) es un buen desarrollo de ese concepto de educación (distinto de del aprendizaje) hoy poco frecuente. Puede verse completa en:www.amigosmilani.es

[10] Reunimos a varios teólogos para desarrollar esta idea en la cátedra Domingo de Soto de la Universidad de Salamanca el curso 1995-96. Cf. J.L. Corzo (dir), Escuchar el mundo, oír a Dios. Teólogos y educación (PPC, Madrid 1997).

[11] Es el título de mi artículo en Educar(NOS) 7(1999)9-12, monográfico dedicado a “Aprender a no saber”.

[12] “Por eso la escuela me es tan sagrada como un octavo Sacramento. De ella espero (y puede que ya lo tenga en la mano) la llave, si no de la conversión, que es un secreto de Dios, sí de la evangelización de este pueblo” (L. Milani, o.c. Experiencias … p.138).

[13] L. Milani, o.c. p.16. “Es muy difícil que uno busque a Dios si no tiene ansia de conocer. Cuando hayamos despertado con la escuela la sed que está sobre cualquier otra sed o pasión humana, llevarlos luego a que se planteen el problema religioso será un jueguecillo” p.170.

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