La experiencia secuestrada

Tal y como expresa Anthony Giddens, la modernidad nos está apartando progresivamente de las experiencias directas y cada vez en un mayor número de ámbitos vitales esta experiencia natural y deseablemente humana es “secuestrada” y sustituida por la llamada experiencia virtual. Se trata de una especie de alienación de la experiencia, pues se le sustrae a la persona el derecho y la propiedad de gustar y sentir directamente las cosas. En sentido estricto, la experiencia virtual es una contradicción en los términos, puesto que toda experiencia requiere de la alteridad, de la salida de uno mismo para entrar en contacto con algo distinto, con algo que no soy yo.

Sucedáneos de experiencias

El contacto con la realidad mediatizada por la pantalla no es, en sentido estricto, una experiencia real, ni directa, sino un mero sucedáneo. Cada vez es más frecuente hallarse con niños y adolescentes que no han tenido experiencia directa de las cosas, ni de la naturaleza, ni de los animales, ni de los universos marginales de nuestra sociedad.

Lo que conocen, lo han percibido a través de la pantalla del ordenador, de un conjunto de imágenes, de iconos; pero sin salir de sus respectivas habitaciones.

Tener experiencia de algo es, de hecho, pasar por algo, vivir una determinada situación y enfrentarse a ella. Uno tiene, por ejemplo, la experiencia del amor, de la enfermedad, del desamor, del enamoramiento, de la angustia o de la muerte de un ser querido.

Toda experiencia requiere de un contacto directo con la realidad. Este contacto puede ser agradable, doloroso o, incluso, inquietante, pero la experiencia es lo que nos configura como seres humanos.

No podemos predecir nuestras experiencias futuras, pero podemos aprender de las experiencias pretéritas. Lo vivido, pero, especialmente, lo padecido queda como gravado en el alma y forma un pósito que es el cimiento de la sabiduría de la vida. A lo largo de la existencia, adquirimos ciertas habilidades para enfrentarnos más sabiamente a lo que pueda venir.

Simulacro y estafa

La extensión de la llamada realidad virtual vacía de realidad la misma realidad, hasta tal extremo que lo que aparece por la pantalla del ordenador parece más real que la misma naturaleza. Esta construcción de lo real a través de lo virtual constituye, en el fondo, una estafa, un simulacro.

Los hay que antes de vivir, por primera vez, una experiencia de orden sexual, ya la han vivido virtualmente de muchos modos. Esta supuesta experiencia a través de la pantalla representa, además de un secuestro de la propia experiencia, es también una usurpación de la inocencia. Pues uno acaba viniendo de vuelta de todo, sin haber vivido casi nada.

Forjamos nuestra personalidad a través de las experiencias que vivimos. No hay otra posibilidad. Los estoicos consideraban que el carácter se forja, sobre todo, a través de las contrariedades que irrumpen a lo largo de la vida. Una mala experiencia educa más que una experiencia agradable. Lo doloroso curte y endurece el carácter; mientras que lo agradable, ablanda el espíritu.

Los educadores no estamos exentos de este secuestro. Cada día utilizamos más medios virtuales que secuestran la experiencia que tiene todo alumno de experimentar por sí mismo realidades nuevas, de satisfacer su curiosidad, de tocar el mundo con sus propias manos. Por un lado, la pantalla permite poner delante de sus mismas narices la obra de arte más sublime que ha erigido el espíritu humano y, al cabo de unos minutos, un ejemplar de oso pardo. Por otro lado, esta facilidad también es contraproducente. Lo ven todo, pero viven nada. Lo conocen, pero no lo saborean.

Recuperar la experiencia

La solidaridad también corre el riesgo de ser secuestrada de la experiencia directa si sigue predominando la movilización cognitiva sobre la movilización participativa y si sigue predominando el acto espontáneo sobre el acto consciente. Podemos presentar a través de pantalla la situación de pobreza y de hambre que viven tantos pueblos en la tierra, pero esa presentación no suscita, todavía, la experiencia de la solidaridad, aunque, de hecho, puede prepararla.

Es fundamental recuperar la experiencia en el plano educativo. Para Ignacio de Loyola, la experiencia significa “gustar de las cosas internamente”. Ello quiere decir que las dimensiones afectivas del ser humano han de quedar tan implicadas como las cognitivas, por si el sentimiento interno no se une al conocimiento intelectual, el aprendizaje no moverá a una persona a la acción.

 forumlibertas.org, 02/07/2007