La fe de los jóvenes: un desafío para la parroquia

Riccardo Tonelli es profesor de Teología Pastoral en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma

 

NOTA PREVIA

El presente artículo es en su origen la conferencia que el autor pronunció en el reciente Congreso que tuvo lugar en Madrid para párrocos, vicarios parroquiales y agentes de pastoral de las parroquias salesianas de España. Ofrecemos el texto original tal como fue pronunciado por el autor. Pensamos que puede resultar de interés para todos los agentes de pastoral que trabajan en parroquias.

 

Decir parroquia salesiana significa afirmar la especial cualidad pastoral que debe caracterizar a una parroquia animada por los salesianos. Salesiana es un adjetivo calificativo. Hace referencia al sustantivo parroquiacon el pretexto de ofrecer una dimensión cualificante del propio sustantivo.  No indica, en consecuencia, quiénes son los gestores, sino la cualidad de la pastoral que se desarrolla en ella. Por eso se refiere realmente a todos los que trabajan en la parroquia salesiana, con encargos y responsabilidades diversas.

Explico en qué consiste esta “cualidad” caracterizadora. Los Reglamentos de la Congregación aportan una respuesta institucional: “La parroquia confiada a la Congregación, distíngase por su carácter popular y la atención a los jóvenes, sobre todo a los más pobres” (n. 26). En esta afirmación se basa el estudio y se entrecruzan las posibles respuestas concretas. Ofrezco una sugerencia propia: se refiere casi únicamente a la capacidad de acoger los retos que provienen de ser joven en este tiempo, a través de un proyecto de evangelización capaz de desarrollar la atención educativa, típica del carisma salesiano. Se podrían decir más cosas desde otros puntos de vista.

Una convicción orienta mi propuesta: una parroquia que vive de este modo (atención a los jóvenes y sensibilidad educativa) se convierte en un don precioso para la misión de toda la comunidad eclesial, porque propone un modo concreto para servir a la vida y a la esperanza de todos en el nombre de Jesús.

La atención preferente a los jóvenes

 

La parroquia salesiana se caracteriza por una atención especialísima a los jóvenes. La calidad de nuestra respuesta a las cuestiones que ellos nos proponen en el actual contexto cultural y social, representa, por tanto, una indicación central, el núcleo de la cuestión, la referencia de autenticidad.

El tema es bastante pacífico. Incluso cuando la obediencia encarga a alguien servicios pastorales distintos a los que había soñado al acoger la invitación del Espíritu Santo a entrar en la Familia Salesiana, ciertamente no podemos renunciar a la razón de fondo de nuestra existencia. Y nos queda dentro, inquieta y estimulante, una gran nostalgia del contacto directo con los jóvenes.

Pero esto no es todo. Como salesianos no sólo estamos convencidos de que los jóvenes son el amor apasionado de toda nuestra vida (“me basta que seáis jóvenes para amaros”, decía don Bosco). Creemos firmemente que la opción por los jóvenes no es una opción exclusiva ni discriminatoria; es una opción preferencial y funcional. Escogiendo a los jóvenes pretendemos llegar, de modo original, a todas las personas para ser un don del Espíritu a todos los hombres y mujeres.

Voy a considerar esto atentamente. Adolescencia y juventud son una edad especial en el transcurso de la existencia de una persona. Muchos elementos caracterizan este fragmento importante de la vida. Éstos se van modificando progresivamente, hasta expresarse en dimensiones existenciales, capaces de arrastrar hacia la madurez adulta. Es importante conocer y reconocer estos aspectos característicos de la personalidad juvenil. Muchas disciplinas los estudian y nos dan un retrato que, a grandes rasgos, vale para todas las épocas.

En este modelo la opción preferencial por los jóvenes comporta la atención a una categoría y el rechazo de las demás. Es algo como escoger un equipo de fútbol y rechazar los demás competidores. Este modo de hacer no responde a la invitación a dar preferencia a los jóvenes que los Reglamentos de la Congregación señalan a la parroquia salesiana.

Hoy la atención se traslada del hecho de ser joven a la constatación de ser joven en una época de una cultura social determinada. Para captar el rostro de los jóvenes en las mil imágenes en que se manifiesta, se impone estudiar con atención el contexto cultural y el ambiente social. El aspecto psicoevolutivo se expresa de hecho dentro del condicionamiento antropológico y social.

La atención a ser joven como hecho cultural, marcado por el contexto pluralista en el que vivimos, no es por tanto una opción discriminatoria, sino un modo concreto para realizar un enfoque unificador, dentro del pluralismo y de la complejidad. De aquí mi convicción: una parroquia salesiana, capaz de dialogar con los jóvenes de modo acogedor y promocional, asegura una habilidad especial para realizar un anuncio del Evangelio en medio de nuestro tiempo, dialogando con los desafíos que éste lanza a la comunidad eclesial.

Hablo por tanto de los jóvenes y del anuncio del Evangelio para ellos, pero pienso en los profundos cambios culturales que estamos viviendo y sugiero líneas de intervención que podrían incidir sobre el compromiso global de una comunidad eclesial que se interroga sobre su servicio de evangelización. De este modo comprendo también la dimensión “popular” con la que los Reglamentos califican la parroquia salesiana. Popular quiere decir abierta a todas las capas sociales, escogiendo a los jóvenes y a los pobres como categoría que nos ayuda a dialogar realmente con todos. Éste es nuestra ofrenda a quien en la Iglesia quiere anunciar el Evangelio de modo significativo y creíble.

La evangelización como don para la vida y la esperanza

 

La parroquia salesiana reconoce, como toda comunidad eclesial comprometida, la urgencia irrenunciable del anuncio de que sólo Jesús es el Señor. Sabe que en este frente se juega la razón y el significado de su misión. Advierte toda su urgencia en una época en la que muchas intervenciones de suplencia han entrado en crisis, al menos a causa de una feliz pero despiadada competencia.

Pero no basta con reconocer y proclamar la urgencia. Frente a los desafíos que los jóvenes de este tiempo nos plantean, debemos repensar su cualidad y su intención y, en consecuencia, la modalidad comunicativa.

Una respuesta a la búsqueda de esperanza

 

Sobre todo en el mundo juvenil – como signo elocuente del mundo actual – existe hoy una profunda, difundida y perturbada expectativa de razones que devuelvan a la existencia cotidiana aquella perspectiva de misterio imprevisible e ingobernable…, pero de la que nos podemos fiar hasta confiarle las propias aspiraciones para el futuro. Interpretada y analizada dentro de un modelo de existencia, la podemos llamar una pregunta de sentido y de esperanza. Pero no podemos olvidar que este sueño de futuro se vive de muy diversos modos y se manifiesta con muchos nombres. El hecho permanece más allá de las diferencias.

 

Me gusta considerar esta expectativa de sentido y de esperanza no como una explícita y consciente demanda de evangelización…, sino como urgencia de encontrar eventos, personas y proyectos capaces de saciar las expectativas. Los discípulos de Jesús se sienten provocados en la raíz de su identidad, porque reconocen que, en último término, esta expectativa puede ser interpretada justamente como una fuerte demanda de evangelización.

Compruebo algo más. Son muchos los que llevan dentro, en nuestro mundo occidental, esta dolorosa búsqueda de razones de esperanza, más allá de lo que poseemos y somos capaces de construir. Pero no todos están en esta situación. Por desgracia, muchos se han conformado y viven al día como si la cuestión no fuese relevante. La sacan a la luz en situaciones extremas y después la adormecen de nuevo tranquilamente. Alguno, tal vez excesivamente apresurado, interpreta esta resignación como ausencia de preguntas y sonríe escéptico cuando se habla de expectativa de sentido y de esperanza.

La parroquia salesiana, que cree en la vida y la ama, se siente interpelada también a este nivel, justo en su identidad carismática. Adormecer la búsqueda de sentido o la resignada ausencia de esperanza es una amenaza para la vida cotidiana… y la vida es un bien de todos. Quien vive la vida cotidiana sin perspectiva se convierte en un peligro público, justo a nivel del único bien sobre el que la globalización es un dato de hecho innegable.

Consciente de todo esto, la parroquia redescubre la alegría y la presunción de la evangelización también en lo que respecta a estos indiferentes, no por motivos de proselitismo ni mucho menos por razones “inherentes” a la misma fe, sino por el bien de estas personas (que Jesús nos ha entregado “para amar” y servir) y para el bien y la felicidad (la tranquilidad) de todos. Y ésta es una gran razón que justifica esfuerzo y pasión.

Un modo concreto de proyectar el futuro

 

Muchísimas personas están preocupadas como nosotros por consolidar vida y esperanza. Y muchísimas están dispuestas a colaborar si el objeto del esfuerzo es el servicio a la vida. Pero temo que se hagan diferencias muy pronto cuando intentemos decidir la calidad de  vida a la que queremos servir y el fundamento sobre el que queremos anclar la esperanza.

Un nuevo reto nos interpela: el núcleo de la cuestión lo representa la “calidad de la vida”. Reaccionando ante la ola de apariencia  y de consumismo que nos rodea, con el coraje de los mártires de una época lejana, la comunidad grita, con hechos y palabras, que podemos estar en la vida y permanecer radicados en la esperanza sólo si aceptamos entregar nuestra existencia al misterio de Dios en el proyecto de Jesús y nos comprometemos a vivir nuestra misma existencia y a construir estructuras de servicio en la lógica de este mismo proyecto. Es verdad,  el poder de Dios en Jesús obra más radical y eficazmente que el nivel de conciencia reflexiva que poseemos y no es prisionera de los confines eclesiales. El amor a la vida impulsa a la comunidad eclesial a ampliar progresivamente esta conciencia, porque quien reconoce el misterio en el que está envuelto y vive, puede trabajar por su vida y la de los demás de modo más auténtico y eficaz. Evangeliza para ofrecer la razón y la esperanza más fuerte del don de la vida del que es signo e inicio.

El servicio  a la vida y a la esperanza se traduce inmediatamente en decisiones concretas y en opciones operativas: las numerosas actividades que llenan el calendario de una parroquia. Hay muchas actividades en una parroquia salesiana. Algunas son las tradicionales y constitutivas de su ser (las celebraciones sacramentales, la catequesis…). Otras las inventa en una fantasía desencadenada que nace del amor. En todas, las primeras y las segundas, se deja confrontar por momentos de evaluación. El criterio fundamental es siempre único e inquietante: ¿estamos ayudando a vivir, consolidando la esperanza? Si la respuesta no es segura, estoy convencido de que hay que cambiar algo, porque la única norma inmutable, que nos da el Evangelio, es la que Jesús se atribuye a sí mismo: “Que todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10).

Ésta es la raíz y la razón, reescrita hoy día, de aquel coraje apasionado que impulsaba a don Bosco a arriesgarlo todo, cuando está de por medio el bien (la salvación, decía él) del joven. En una situación de crisis, de incertidumbre, de búsqueda afanosa y de desesperación como la nuestra, la parroquia salesiana inventa y prueba todas las vías para decir a voz en grito que Jesús es el único nombre en el que tener esperanza. No se desalienta por las desilusiones y no se rinde frente a los problemas.

No queda tiempo para los miedos y los cálculos refinados. Entrevemos una perla preciosa y para conquistarla estamos dispuestos a todo.

En busca de un nuevo lenguaje

 

Una de las tareas hoy más urgentes para ofrecer sentido y esperanza a quien busca con el ansia del sediento o a quien está distraído por otras preocupaciones y corre el riesgo de perderse en la desesperación, hace referencia a la experimentación de nuevos lenguajes, capaces de comunicar la fe en un mundo profundamente cambiado.

Lo digo con decisión, convencido de la urgencia, sobre todo hoy, en una época como es la que estamos viviendo, en la que vuelven nostalgias hacia los contenidos seguros y las fórmulas precisas. El lenguaje afecta, como sabemos, al mismo tiempo a contenidos y a modelos comunicativos. No es cierto, al menos para mí, que sepamos ya qué decir y que necesitemos sólo sugerencias sobre como decirlo. Para expresar la fe necesitamos nuevos modelos comunicativos, capaces de implicar contenidos y métodos, para descubrir, como el escriba del Evangelio, cosas nuevas y cosas antiguas del mismo tesoro.

Cierto, el discurso se haría largo. Serían necesarias muchas distinciones y precisiones. Tengo empeño en lanzar una provocación para impulsar a quien ama a los jóvenes y quiere compartir con ellos la fe a comprometerse seriamente también en este frente.

Los modelos comunicativos se pueden imaginar diseminados en una especie de plataforma lingüística, que tiene su centro y su periferia. Sólo cuando colocamos nuestro lenguaje dentro de esta plataforma compartida podemos realizar una comunicación correcta: capaz de exponer en modo correcto los contenidos y, al mismo tiempo, capaz de permitir a los interlocutores la confrontación, la condivisión y la decisión sobre lo meritorio de la propuesta.

Pero dentro de la misma plataforma hay diversas colocaciones. Nuestro lenguaje debe escoger una, orientándose entre las diversas posiciones. La decisión de cuál sea esta colocación depende de la naturaleza del objeto comunicado y de la función que se pretende reservar a la comunicación misma.

La comunicación de reglas matemáticas, las normas jurídicas y las económicas piden formulaciones precisas y exigentes. La elección de otras modalidades se haría en perjuicio de la comunicación misma. Las declaraciones de amor, la poesía y el arte se colocan en la periferia de esta plataforma: de la modalidad denotativa se desplaza decididamente hacia la evocativa, donde prevalece la referencia al objeto a través de juegos de libertad y responsabilidad muy personales. En el centro de la plataforma se reclama la repetición de las fórmulas. En la periferia prevalece su invención, medida sobre el evento que se quiere compartir.

El lenguaje religioso, es decir el que estamos utilizando para compartir las experiencias fundamentales de la existencia, del sentido y de la esperanza, por el objeto al que se refiere y por la intención que regula la relación interpersonal, es siempre de frontera… No sólo no se puede colocar en el centro de la plataforma lingüística asumiendo su lógica y sus exigencias (como si fuese una expresión jurídica o económica), sino que necesita incluso salir más allá del confín natural para poder hacer presente más eficazmente el evento comunicado. Tiene sus normas y las debe observar. Pero son las de un lenguaje de frontera y no las de un lenguaje del centro de la plataforma lingüística.

Cuando decimos que Dios nos ama, no podemos pretender en absoluto un lenguaje denotativo como si formulásemos reglas matemáticas o jurídicas. Estamos frente a un juego de libertad y responsabilidad, que nace de la experiencia de quien comparte algo de su existencia y se preocupa de suscitar nuevos acontecimientos experienciales. Espontáneamente se piensa en la frase con la que empieza la primera carta de Juan: “…Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que nuestras manos han tocado acerca de la Palabra de la vida, pues la vida se ha hecho visible y nosotros la hemos visto y de ello damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y que se nos manifestó”.

De esta constatación escojo dos indicaciones operativas que tienen mucho que sugerir a la parroquia salesiana que ama a los jóvenes y acoge sus desafíos.

La primera se refiere a la fuente de las informaciones. Hay noticias que provienen del estudio y de la investigación. Incluso cuando las compartimos con pasión no nos pertenecen y quien encauza la información se reconoce sólo como una especie de trámite funcional. Nadie le pide cuentas de su vida cuando afirma el teorema de Pitágoras o alguna ley de la termodinámica. El contenido de la fe, al que damos voz en el acto de la evangelización, es fundamentalmente algo de nuestra existencia: un evento que se nos da gratuitamente, encontrado en un juego misterioso de libertades que dialogan, que hemos compartido gozosamente y que queremos hacer llegar a otros para que la vida que ha nacido en nosotros se haga también vida donada para otros. También en el proceso de evangelización el estudio y la investigación son indispensables, la confrontación con las fuentes autorizadas de la fe es irrenunciable, pero en el acto comunicativo – que es la evangelización en acto concreto – destaca en primer plano la vivencia personal que se hace anuncio gozoso.

La segunda conclusión se refiere al “idioma” adecuado para este tipo de comunicación. Con una expresión… provocadora, me gusta recordar que, en el acto de la evangelización, debemos darnos prisa en olvidar la lengua que utilizamos para otras comunicaciones, para experimentar, aprender, utilizar otra, muy distinta.

La lengua que debemos olvidar es el “matematiqués”: el instrumento lingüístico a través del que comunicamos las informaciones, seguras y precisas, del centro de la plataforma lingüística (las nociones de matemáticas y las normas jurídicas). La que tenemos que aprender a usar es el “amorés”: el instrumento lingüístico a través del cual, con palabras y signos, expresamos a los demás nuestro amor, nuestra estima, nuestros proyectos de vida. Esa es la lengua típica del “lenguaje de frontera”. Además, ésta es la estructura de los evangelios, la narración de la experiencia de estar con Jesús, que los discípulos legan a todos, para que la vida encontrada se convierta en vida y esperanza también para nosotros.

Una vida cristiana “visible” para los jóvenes de hoy

 

La reflexión sobre la evangelización, sobre su urgencia y sobre el modelo educativo adecuado pone en primer plano la cuestión del modelo de cristiano hacia el que orientamos todo nuestro servicio.

Venimos de una época en la que sabíamos todo sobre las dimensiones constitutivas del ser cristiano y lo transmitíamos con seguridad. Podíamos hacer grandes elencos de virtudes y de modos de ser, fácilmente identificables como buenos o malvados, y nadie podía contradecirnos. En el fondo el problema no estaba en la meta, sino en la coherencia personal al confrontarnos con la meta misma.

En estos últimos años, bajo el impulso de los cambios culturales y de la fuerte conciencia hermenéutica, estas seguridades han ido desapareciendo. Las incertidumbres se refieren a la meta misma y sólo después – en una actitud de ulterior relativización personal – a la coherencia con la meta.

¿Qué posición tomar? ¿Existen alternativas, en el plano ético y de perspectivas, a la subjetivización desenfrenada y al objetivismo, privado de toda duda? La parroquia salesiana ¿se dedica a buscar modelos y experiencias de espiritualidad y santidad del nuevo milenio o advierte sólo la responsabilidad de reproponer lo que forma parte de nuestro patrimonio consolidado? Intento sugerir algunas indicaciones, relanzando el precioso trabajo hecho en estos años en torno a un proyecto de espiritualidad juvenil.

¿Quién es cristiano?

 

¿Qué figura de santidad podemos proponer a los jóvenes en la comunidad eclesial de hoy? La vida cristiana es un fiarse, total y gratuitamente, de Dios en Jesús. Por eso tiene en su raíz la conciencia, gritada a todos los niveles, de que sólo Dios es el Señor. Hemos sido salvados en la cruz del Resucitado, porque nuestra vida ha florecido plena y abundante, justo cuando parecía que todo se había precipitado hacia el fracaso. Estamos vivos por don de Dios en la muerte de Jesús.

No somos cristianos sólo porque nos dedicamos a hacer cosas buenas y sabias para la vida de todos, lanzándonos a un compromiso social y a una labor política seria y responsable. No somos cristianos porque nos portamos bien desde el punto de vista ético y observamos los mandamientos y todos los demás preceptos. No lo somos ni siquiera porque contamos la historia de Jesús para la vida de los hombres. Somos cristianos de verdad «sólo si nos decidimos a adorar a Dios absolutamente; sólo si tratamos de amarlo con una osadía en apariencia totalmente desproporcionada a nuestras fuerzas; si enmudecidos, nos rendimos frente a su incomprensibilidad y aceptamos tal capitulación de la conciencia y de la vida como el evento de la máxima libertad y de la salvación eterna» (K. Rahner).

Reconocemos a Dios radicalmente distinto de todas las demás realidades que constituyen nuestra tierra. No es uno de nuestros muchos interlocutores. Ni siquiera es el único recurso que sirve para equilibrar la balanza en situación de crisis. Sólo él es la realidad verdadera. Frente a él se vuelve irreal todo lo que consideramos como realidad firme y consistente.

Él es el gran «sueño de futuro», misterio incomprensible y siempre presente, que sostiene y orienta todo, justo cuando todo se relativiza. Nos da la palabra. Y nos hunde en el silencio, donde las palabras ya no bastan.

Venimos de una raíz que no hemos plantado; peregrinamos por un camino que desemboca en la incomprensible libertad de Dios; nos movemos entre el cielo y la tierra y no tenemos ni el derecho ni la posibilidad de renunciar a ninguno de los dos. Ni siquiera sabemos, de modo absolutamente cierto, cómo se esté orientando concretamente nuestra libertad en el juego de nuestra existencia.

La existencia del cristiano es por eso mismo un salto en el abismo ilimitado de Dios, en Jesús, el único nombre en el que podemos estar en la vida por la solidaridad con su muerte y resurrección, y en el seno materno de la comunidad eclesial, el apoyo, el sacramento, la guía de nuestra confesión de fe y de vida. Nuestra esperanza resulta practicable y sensata sólo mediante el fundamento que no podemos comprender ni manipular.

El reconocimiento de la cruz de Jesús impulsa al cristiano a vivir inmerso en el misterio, desligado de tantas cosas que por el contrario fascinan a sus amigos, capaz de concentrarse en las cosas que cuentan, lleno de nostalgia por el futuro que espera con ansiedad y que anticipa con preocupación.

Pero al mismo tiempo vive con los pies bien plantados en tierra. Por su tierra tiene una gran pasión. Por ella se compromete, buscando la compañía de todas las personas que aman la vida y la quieren abundante y feliz para todos. Sabe que la plenitud de felicidad está reservada para cuando vuelva  definitivamente a casa. Pero hasta entonces no quiere renunciar a ella, y la busca con el ansia del sediento que busca a tientas manantiales de agua fresca.

De la casa del Padre – su verdadera morada y el resultado de todos sus sueños – tiene nostalgia, pero no tiene ninguna prisa por alcanzarla. Sabe que no puede cantar los cantos del Señor mientras recorre los caminos de este mundo, y sin embargo comparte con alegría y con entusiasmo juvenil los cantos festivos que inundan los caminos de nuestra historia.

Su fe y la condición de la esperanza lo impulsan a una inmersión intensa en la vida de todos. No pretende una mesa reservada cuando se sienta a comer, porque la compañía de los demás comensales es buscada y agradecida. Pero posee sensibilidad, intuición, pasión…, reconoce exigencias y advierte urgencias que lo obligan a una palabra original, incómoda, inquietante.

Cuando todos resbalan hacia la desesperación, sabe ofrecer una palabra de esperanza que permite vencer la corriente. Cuando se propaga la convicción de haber resuelto todos los problemas, o al menos de poseer la clave del futuro, relanza con los pies en la tierra y redimensiona los sueños demasiado seguros.

Sabe hablar de muerte y de vida. Propone la confrontación con la muerte para amar verdaderamente la vida. Relanza la victoria de la vida para restituir a todos el gozo de ser señores incluso de la muerte.

Experimentar “directamente” la vida cristiana

 

Este proyecto de existencia cristiana, juvenil y actual, lo soñamos todos intensamente y tratamos de realizarlo con esfuerzo en lo concreto de nuestras comunidades eclesiales. Éstas, de hecho, representan el lugar preciso y cotidiano donde encontrar “directamente” la experiencia cristiana. La propuesta del Evangelio no es en sí una operación intelectual ni la oferta de contenidos elaborados y preparados para usar, sino un encuentro con amigos, testigos en sus vivencias, y una relación interpersonal alta y significativa.

La función de la comunidad eclesial verdaderamente es generadora: referencia en la búsqueda, apoyo en la decisión, propuesta de un modo de ser y de actuar que sabe conjugar la función orientadora de la tradición y la novedad del ser joven en esta época.

Pero tengo miedo de que cierta resistencia a la decisión de fe – frecuente en tantos jóvenes – sea expresión de un malestar cultural o, en positivo, que una aceptación demasiado entusiasta provenga de una peligrosa e implícita nostalgia de los hermosos tiempos pasados.

La primera, grande y concreta respuesta a la pregunta por la calidad de la vida cristiana se nos ofrece en el ritmo cotidiano de la experiencia de la comunidad cristiana que encarna cada parroquia. Basta analizar lo que experimentamos cotidianamente: la estructura del edificio de la Iglesia, los elementos iconográficos que la embellecen, los ricos manuales litúrgicos y devocionales, los textos de la fe y los de la moral… La parroquia es una especie de “seno materno” que nutre, sostiene y hace madurar hoy nuestra experiencia de fe.

Me parece urgente reconstruir un tejido nuevo de capacidad reflexiva y crítica, en una especie de plataforma de racionalidad meditada, como condición fundamental para una progresiva madurez cristiana.

La atención a la racionalidad meditada también en la propuesta y en la experiencia de vida cristiana y de santidad no coincide tranquilamente con la nostalgia, hoy difundida, de modelos en los que prevalezca el aspecto cognitivo, como si bastase “conocer” bien para vivir bien, o en los que la crisis ética se reconduzca a la crisis cognitiva. El reclamo a la racionalidad, como dimensión importante de la existencia cristiana, no lo interpreto en esta línea. Para mí se trata de una “racionalidad sabia”, orientada a recoger la urgencia de una capacidad expresiva correcta (de palabras y hechos) de la propia fe, para expresar esta misma fe en la comunidad eclesial, según el testimonio de todos (en el pasado y actualmente); y de una racionalidad capaz de hacer espacio a las emociones y a los sentimientos, tan decisivos en la calidad de vida de un joven.

De este modo es posible también asegurar una dimensión, hoy particularmente urgente: la relación entre generaciones. La relación se vuelve enriquecedora recíprocamente. Los jóvenes son impulsados por los adultos a controlar mejor la espontánea emotividad juvenil. A los adultos les ayuda a mirar al futuro, renunciando a las actitudes nostálgicas y repetitivas que pueden ser, un poco a veces, apoyo y seguridad.

Abordar la vida cotidiana para hacer experimentar la esperanza

 

La parroquia salesiana, que cree en la educación y sabe ofrecer el Evangelio de Jesús acogiendo tiempos y lógicas educativas, se dedica a inventar y a consolidar lugares en los que sea posible “hacer experimentar” la esperanza. Por eso está llamada al esfuerzo de abordar la vida cotidiana, para introducir las semillas de esperanza allí donde continuamente experimentamos tantos signos de desesperación.

La tradición educativa (sobre todo la que ha caracterizado el servicio eclesial) ha hecho siempre grandes actos de confianza en los lugares formativos oficiales. Razones había muchas realmente y no las podemos eliminar ciertamente con una rápida sentencia. Éstas representaban por ejemplo un espacio seguro y protegido, donde las propuestas se podían filtrar fácilmente y donde era más fácil ser propositivos precisamente por la fuerza del clima y de los modelos significativos. Conscientes de esta preciosa función, a menudo tenemos muchos recursos para asegurar a estos espacios educativos la fascinación que podría funcionar como invitación, control e impulso.

Ésta es la historia de nuestros oratorios, del asociacionismo, de los grupos de compromiso y de catequesis, de las numerosas experiencias formativas llevadas a cabo.

Todo esto ha sido atravesado por una corriente contestataria, en la que se alternaban la fuerza de hechos incontrolables y la seducción de mil razones diversas.

Para muchos jóvenes la “plaza” se ha convertido en el lugar educativo por excelencia (el grupo de iguales, los lugares de encuentro espontáneo y no estructurado, los centros comerciales y las discotecas…). Los lugares eclesiales, destinados a consolidar la identidad del cristiano también a través de una trama de relaciones, se han convertido en “no-lugares”, espacios donde predomina el anonimato y donde la relación es sólo funcional, para dar y recibir servicios.

Los educadores atentos han descubierto que no pueden “desescolarizar” la evangelización, esperando poder convertir en lugar de experiencias maduradoras los espacios anónimos, impersonales, desestructurados.  Pero tampoco podemos soñar con el retorno a los viejos esquemas: su consolidación requiere “inversiones” (sobre todo culturales) desproporcionadas e injustificadas.

Necesitamos instituciones y educadores capaces de meterse en los espacios de vida cotidiana de los jóvenes, abordando su conciencia, convivencia, presencia gozosa y compartida. En estos espacios de vida se puede experimentar una cualidad nueva de vida, capaz de difundirse en torno para  vida y  esperanza de todos.

En este frente recogemos los desafíos que nos lanzan los jóvenes de este tiempo. Nos ponemos a proyectar y proponer experiencias eclesiales capaces de conquistar el interés y la participación de los jóvenes, para hacerlos capaces de transformar la vida cotidiana de todo el mundo.

También éste es un modo de reafirmar la dimensión popular de la parroquia salesiana. No hace prosélitos para tenerlos dentro, sino que acoge, consolida y reenvía. Es consciente de ser realmente, para todos, un lugar donde experimentar una calidad de vida evangélica, para consolidar una nueva calidad de vida, en los espacios normales de la vida cotidiana. En estos nuevos lugares educativos podemos rescribir y hacer experimentar también el sentido de pertenencia eclesial, indispensable en la educación a la fe y en la evangelización.

No podemos renunciar a la experiencia de pertenencia eclesial sólo porque a menudo estamos oprimidos por las dificultades. La mediación eclesial funciona, en efecto, en la medida en que se asegura la identificación con una institución concreta.

En este nuestro tiempo, la consolidación de la pertenencia eclesial pasa por concretar condiciones precisas y concretas. Éstas se desplazan cada vez más hacia la vertiente de la subjetividad y de la percepción experiencial. Recuerdo con insistencia tres.

Necesitamos propuestas fuertes y aseguradoras, pero que sean plenamente respetuosas con la libertad y con la responsabilidad de cada individuo. El entusiasmo, suscitado por las grandes manifestaciones eclesiales de estos años, no es ciertamente suficiente para consolar a aquellos que se ponen seriamente de parte de los jóvenes, de todos los jóvenes y ante todo de los más pobres.

Es necesario abrir los lugares eclesiales a una real comunicación recíproca como estrategia para ir más allá del sujeto individual y de las tentaciones de ser propia referencia.

Es necesario, en fin, asegurar en cada uno de estos lugares eclesiales la posibilidad de hacer la experiencia de una fuerte pertenencia a través de un clima de acogida, en un estilo de paciencia, de responsabilidad y de solidaridad.

La eucaristía, experiencia fundamental de evangelización

 

La celebración eucarística es el evento, especial y original, en el que la parroquia salesiana sabe recoger los desafíos que los  jóvenes de este tiempo lanzan a los discípulos de Jesús y donde la propuesta de su Evangelio se convierte en una gran experiencia de esperanza.

Éste es el dato que todos reconocemos. Representa ciertamente la convicción más profunda y el fundamento de nuestro ministerio. Debe llegar a serlo en los hechos del ritmo cotidiano. Así la eucaristía se convierte en la espera, deseada y experimentada que hace decir también a los jóvenes de este tiempo: “Sin el domingo no podemos vivir”. Y se convierte en la puerta que se abre a la vida cotidiana para transformarla en el Evangelio: “Si compartimos el pan eucarístico, ¿no vamos a compartir el de cada día?”. La confianza en la educación nos impulsa a pasar de las afirmaciones solemnes a proyectos de praxis renovados. El reciente Sínodo sobre la eucaristía nos ayuda.

Un evento para una nueva secuencia temporal

 

La nuestra es una época de crisis de la relación entre pasado, presente y futuro. El Evangelio de la esperanza reclama la reconstrucción de esta secuencia.

La eucaristía es la gran fiesta cristiana del presente entre pasado y futuro, entre memoria y profecía. El pasado se evoca como fuente y razón de la fiesta en el presente. No es el gravoso condicionamiento que pesa sobre el presente, sino el acontecimiento que le da sentido y lo colma de razones. También se anticipa el futuro. La celebración eucarística es descubrimiento feliz de los signos de la novedad también entre los pliegues tristes de la necesidad del presente. Por eso podemos vestirnos en el presente con los vestidos fantasiosos del futuro, sin pasar por hombres que huyen de las responsabilidades que pide el presente. Por tanto, ésta es una gran experiencia transformadora. Ayuda a romper las cadenas del presente, sin huir de él. Es un pequeño gesto de libertad, que sabe jugar con el tiempo de la necesidad y sabe anticipar lo nuevo soñado: el reino de la convivencia, de la libertad, de la colaboración, de la esperanza, del compartir.

En la verdad

 

Es importante recordar que todo esto no se lleva a cabo en un juego de intereses, de realizaciones o de compromisos. Su raíz está en el misterio de Dios, hecho presente en la pascua del Crucificado resucitado.

La estrecha relación entre celebración y vida cotidiana invita a quien está tentado de leer su propia existencia sólo desde la perspectiva de su conclusión, cuando enjugada toda lágrima vivamos en los cielos nuevos y la tierra nueva, a medirse valientemente con los gestos de la necesidad, en el tiempo de las lágrimas y de la lucha. Al mismo tiempo nos ayuda a colocar nuestro presente en el futuro: en ese fragmento de nuestro tiempo que pertenece al don inesperado e impensado. Desde el futuro, el presente reencuentra su verdad, el protagonismo subjetivo acoge un principio objetivo de verificación.

En este descenso hacia su verdad, estamos impulsados a seguir siendo hombres de la libertad y de la fiesta, incluso cuando estamos marcados por el sufrimiento, por la lucha y por la cruz. Encontramos la intensa experiencia de verdad y de autenticidad en una época en la que nos seducen mil falsas perspectivas y en la que además el servicio a la vida pone en duda la lógica evangélica de la semilla que muere enterrada para hacerse pan para todos.

Hacia la vida cotidiana de todos

 

La eucaristía abre las puertas de par en par a la vida cotidiana. Hemos descubierto el sentido más profundo de la vida, del amor, del dolor y de la muerte, inmersos en la pascua del Crucificado resucitado. Y volvemos a la vida de todos, para consolidar la compañía de todos y ayudarnos recíprocamente a vivir, transformando la realidad, según el proyecto de Dios que hemos encontrado y celebrado, en una compañía que acoge y que sostiene.

La invitación a abrir de par en par las puertas de nuestra comunidad eclesial para sumergirnos en la responsabilidad social, cultural y política nace de la eucaristía y nos empuja a volver continuamente a ella para encontrar de nuevo sentido y fundamento.

En la celebración aprendemos a cantar los cantos del Señor también en tierra extranjera. Somos capaces de cantarlos, en una convivencia nutrida de esperanza, en esta nuestra tierra. Cantando los cantos del Señor en tierra extranjera, redescubrimos nuestra tierra, provisoria y precaria, pero la única tierra de todos. Cantando los cantos del Señor, la tierra extranjera se convierte en nuestra tierra, a la vez que soñamos, cantando, la casa del Padre.

El sueño al que nos arrastra la eucaristía es un sueño especial. Tiene a Dios como protagonista. Él es nuestro sueño de futuro que nos permite vivir el presente, anticipando fragmentos de futuro mientras  llega la plenitud de nuestro sueño, experimentada con gozo. Él hace que se realicen nuestros sueños. Desde el futuro descubrimos mejor, con una mirada mucho más penetrante, el límite que cruza nuestro presente. No nos desesperamos y mucho menos nos resignamos. Continuamos soñándolo, con la certeza de que tendremos el gozo de ver realizados nuestros sueños, precisamente cuando son realmente hermosos.

R.TONELLI

estudios@misionjoven.org

 

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