LA IGLESIA, LUGAR DE ENCUENTRO ANTROPOLÓGICO

Carmen Pellicer Iborra

 

Carmen Pellicer es licenciada en Teología y en Pedagogía

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Recreando la parábola del Padre con los dos hijos, la autora señala los rasgos de los jóvenes que actualmente son objeto de la atención pastoral eclesial. Se detiene en la situación de “los que se van”, constatando que los jóvenes “no están”, y analiza el por qué se van y de dónde se van; se fija también en “los que se quedan”, quizás porque están de paso, y en “los que vuelven” para subrayar que la evangelización ha de pasar de ser confesional a ser confesante y para señalar algunas prioridades de la acción pastoral entre los jóvenes: acogida, acompañamiento, iniciación a la oración, iniciación cristiana, testimonio comprometido.

 

  1. Un hombre tenía dos hijos

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. (Mario Benedetti, 1920)

 

La Iglesia ha ido definiendo el modelo de pastoral juvenil poco a poco: toda aquella presencia y todo conjunto de acciones a través de las cuales la Iglesia ayuda a los jóvenes a preguntarse y descubrir el sentido de su vida, a descubrir y asimilar la dignidad y exigencias de ser cristianos, les propone las diversas posibilidades de vivir la vocación cristiana en la Iglesia y en la sociedad, y les anima y acompaña en su compromiso por la construcción del Reino. (OPJ,1991). Sin embargo las iniciativas pastorales concretas parecen girar alrededor de modelos similares a los anteriores, e insistimos en perfeccionar las mismas fórmulas. Estas formulas, los encuentros mas o menos masivos, los grupos estables vinculados a un esquema escolar, la pastoral del tiempo libre… respondían al modelo de las tres etapas en el modelo de evangelización: misionera, catecumenal y pastoral. La primera correspondía a los otros, porque éstos ya estaban aquí; la segunda se situaba en la familia, la escuela y la catequesis. Y quedaba la tercera. Los jóvenes, creyentes de incipiente madurez necesitaban de un acompañamiento motivador que facilitara su transición completa a la vida del cristiano adulto, que podía resolverse con actividades más o menos creativas. ¿Cuánto hace que se rompió este esquema? Quizá cuando nos dimos cuenta de que éstos no estaban aquí, que éstos eran otros diferentes a los que conocíamos.

 

¿En qué son diferentes? No se trata aquí de hacer una descripción exhaustiva. Pero cada uno selecciona desde su experiencia pastoral aquellos rasgos que le resultan más retadores. Quizá por comparación con los jóvenes de mis grupos de hace no tantos años, destacaría los siguientes:

 

Son adolescentes mucho antes. Las chicas parecen entrar en la preadolescencia hacia los nueve o diez años Los chicos tardan un poco más. Pero luego la adolescencia parece una enfermedad interminable que dura hasta pasados los veinte. Los viejos manuales de psicología evolutiva que nos sirvieron para diseñar los programas de contenidos pastorales y de educación en la fe han quedado totalmente obsoletos.

 

Son difíciles de catalogar. Entre ellos existe una inmensa diversidad, entre los géneros, los intereses, los marcos de edad, la procedencia social, las experiencias de ocio, que son las que los clasifican entre ellos, el poder adquisitivo, la relación con la marginalidad, la autonomía vital, la cultura, las expectativas, y por supuesto las experiencias religiosas. Ya no hablamos de “la juventud”, sino de los jóvenes.

 

Viven en un mundo aparte del mundo adulto. Sus espacios vitales, desde su rincón, su cuarto, su estética, sus intereses, sus diversiones, son otro mundo diferente, en el que se desarrollan al margen de la vida adulta, y cuyos lenguajes propios son ajenos y muchas veces incomprensibles. En ese mundo son los únicos protagonistas. Los ritos de paso cada vez son más tardíos y más desdibujados, y la transición a la vida adulta se retrasa cada vez más.

 

Instalados en la inmediatez, cada vez son menos proclives a construir proyectos personales o colectivos a largo plazo. La pregunta del ¿qué voy a ser de mayor?, ha sido sustituida por algo así cómo ¿cual es la mejor manera de conseguir el dinero que necesito para…?, de modo que el trabajo ha sido desprovisto de su sentido profundo humanizador y constructor de sociedad, para convertirse en el intervalo irremediable entre los ocios deseados. Los compromisos son difíciles de consolidar, y aunque son sensibles a las necesidades ajenas, pocas veces se involucran en iniciativas que exijan esfuerzos, renuncias o sacrificios.

 

Han cambiado los lenguajes. El lenguaje verbal se complementa hoy con otras formas de comunicarse que tejen universos simbólicos muy potentes. Como entre los más jóvenes las llamadas perdidas se traducen por estoy pensando en ti, así muchos de sus recursos remiten al mundo de las emociones y los sentimientos. El discurso racional ha perdido su fuerza motivadora y referente de madurez cultural, para cederle el protagonismo a ‘los efectos especiales’ tecnológicos y los lenguajes no verbales

 

Sus modelos ya no son líderes. En un momento de la vida en que se construye el proyecto existencial de ser y vivir, los adultos de referencia son modelos débiles: En las familias porque la crisis en la comprensión de los roles, y de la identidad de ambos géneros, así como la crisis de la articulación de la autoridad, deja a los padres sin la fuerza determinante para ser, bien imitados, bien combatidos, de las generaciones de antaño. Los adultos en los medios de comunicación, atrapados en los traumas de sus propias generaciones, son demasiado difusos o lejanos como para tener una coherencia permanente en el modelado de sus vidas, o demasiado efímeros para provocar seguimientos permanentes.

 

También ha habido un cambio profundo en la vivencia de la sexualidad. No solo por los cambios en los patrones de conducta y la edad de iniciación a la vida sexual (ese 80% de jóvenes que inician sus relaciones sexuales entre los 14 y los 20 años), sino por dos fenómenos asociados a la comprensión de lo sexual que modifican sustancialmente el lugar en el proceso de personalización: la ruptura de la conexión entre sexualidad y compromiso, que se está viendo sustituida rápidamente por la ruptura entre relación sexual y afectividad. Y, en segundo lugar, la desaparición de los lenguajes morales y religiosos sobre lo sexual en sus universos de sentido, sustituidos por discursos sanitarios o lúdicos.

 

Por último, se han roto los procesos “semiautomáticos” de socialización religiosa. Tienen una ignorancia profunda de la cultura religiosa, de sus símbolos, manifestaciones y creencias, que les importan muy poco, ni siquiera para oponerse a ellas. Pero, a pesar de ello no se perciben a sí mismos como no religiosos, y de forma aleatoria seleccionan un sistema de creencias a base de retazos de lo que permanece tras sus procesos de abandono silencioso de los modelos establecidos de religiosidad. Algo así, como que seleccionan intuitivamente aquello que no les molesta pero que tampoco afecta ni altera de modo perceptible sus vidas. Desde una afirmación radical de la subjetividad, lo legítimo para ellos es precisamente esa selección de una religiosidad ‘a la carta’ alejada de cualquier referente doctrinal e incluso moral.

 

  1. Los que se van

Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo al padre: Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde. El les repartió los bienes. A los pocos días el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo como un libertino (Lc 15).

 

¿Por qué quiso irse el hijo dela casa del padre, si tan bien se estaba en ella?. No parece que el padre intentara impedírselo, ni proteger su hacienda, ni avisarle de los peligros que le esperaban. Quizá no se estuviera tan bien, o quizá el padre ya sabía de la inutilidad de los discursos sobre lo mal que se está fuera. Quizá ya sabía del corazón del hijo mayor… ¿Y si la casa no resultaba tan atractiva? Los que se quedaban no parecían tan felices… y lo de ser libertino tiene mucho encanto…

 

Los jóvenes no están. Algunos nunca han estado, pero muchos que han pasado por nuestras aulas, nuestras catequesis, celebraciones, predicaciones… se van. Más allá de las estadísticas, todos aquellos que trabajamos en la pastoral del mundo de la juventud compartimos un sentimiento de impotencia, de no saber muy bien cómo seguir adelante. Nos entretenemos en análisis de los cambios sociológicos y psicológicos que van experimentando de modo vertiginoso cada generación, y sin embargo, las respuestas pastorales no se han modificado sustancialmente ante esos cambios. Seguimos haciendo casi lo mismo en nuestras parroquias y comunidades. A esto hay que añadir la reticencia de muchos responsables ante los datos objetivos de esos cambios que retratan una realidad menos optimista de la que querrían dibujar.

 

¿Por qué se van?… Marchan sin grandes dramas. Quedan para el recuerdo aquellas discusiones apasionadas sobre la Biblia y la ciencia, la iglesia y los dineros, los curas y la castidad. Simplemente van separándose poco a poco sin que se produzca una crisis manifiesta. Muchos dicen que no tienen tiempo. Otras cosas mucho más importantes ocupan su atención y van ganando terreno rápidamente a lo que se queda como las cosas de niños, las cosas de las monjas, las cosas de la abuela. Quizá se van porque nunca llegaron a percibir como propia la experiencia de la fe. O para muchos no hubo experiencia religiosa real en sus vidas pasadas, que les permita sobrevivir a los avatares de una adolescencia que remueve de forma excitante todas sus certezas infantiles. En esa vivencia infantil de la fe , a muchos les faltó tiempo y oportunidades para consolidar los relatos de la propia vida a la luz del evangelio, un relato que los educadores siempre dimos por sobreentendido, sin que hubiera oportunidades para una verdadera interiorización.

 

¿Y tú qué quieres, que sea como esa?. No se puede reproducir en el papel el tono despectivo hacia los modelos de cristiano adulto que proponemos, que utilizan muchos de ellos. Se van porque no parece que los adultos cristianos maduros con los que se relacionan sean precisamente atrayentes. En un tiempo en el que están definiendo quienes son y sobre todo quienes van a ser, ni siquiera consideran valiosa la propuesta de estilo personal de vida adulta que adjetivamos cristiana. Reconocemos en nuestros análisis, que la televisión, la calle, el ordenador, la música, la noche… han sustituido a la familia, la escuela o los libros como agentes de socialización primarios, que ofrecen modelos de ser. Sin embargo, si hacemos una recorrido rápido por quienes son los que están en esos mundos con el cartel de creyente, la imagen es descorazonadora: Desde la profesora de religión de “los Serrano”, ridícula, anticuada, ingenua, tonta, y dando clase en medio del desinterés general de sexualidad cristiana, hasta los curas de “Aquí no hay quien viva”, que tocan la guitarra con la estética de los 70, ante la indiferencia y burla general, mientras piden dinero, como sus colegas de “Mis adorables vecinos”. Los únicos cantantes confesantes cristianos, pertenecen al folklore español, y las letras de las canciones ¡menos mal que no entienden ingles!. Y en la noche y la calle, seguimos pensando que solo habitan los hijos de las tinieblas… Se van… existencialmente se van yendo, porque quedarse no presenta muchas ventajas aparentes.

 

Muchos se van porque tampoco parece hacer falta quedarse. No tienen conciencia de haber perdido la fe. Para las tres cuartas partes de ellos, la Iglesia no hace falta para tener fe, y mantienen una referencia difusa a “creer en algo” que definen de forma ecléctica recurriendo al lenguaje y las referencias religiosas. Pero ese ‘algo’ en lo que creen no altera para nada sus vidas, sus valores, sus elecciones. De hecho no perciben ninguna diferencia apreciable entre la vida con algo y la vida sin algo, excepto quizás que en los momentos de crisis ayuda a autoconsolarse.

 

También se van, los menos, tras alguna herida sin curar, rebotados ante la imagen de un Dios justiciero que los culpabiliza, o incluso que si existió no tuvo tiempo para ellos. Son los que se van después haber estado de una forma intensa en casa, sin que quizá hubiéramos tenido tiempo para perderlo con ellos en los momentos cruciales. Son más combativos y son esa minoría que sabe que no está. Incluso unos pocos buscan una casa mejor.

 

  1. Los que se quedan

Hace muchos años que te sirvo sin desobedecer nunca tus ordenes,y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos.

 

¿De dónde se van? Tenerlos en casa significaba un determinado modelo de ‘joven cristiano practicante’, que iba a misa los domingos, era generoso y practicaba una cierta moral conservadora en sus formas externas, sin grandes excesos ni profundizaciones, dócil a la autoridad y que estaba allí cuando se le convocaba. La pastoral del número todavía sigue muy obsesionada por cuántos están más que por cómo están. La famosa frase de la socióloga británica Grace Davies, “creer sin pertenecer” contrasta justamente con la prioridad contraria en muchas de nuestras iniciativas pastorales: “pertenecer sin creer”, que desemboca en una pastoral que no acaba de desengancharse de la sacramentalización, como si la recepción de los sacramentos garantizara ese pertenecer que tanto nos preocupa. Se hace necesario, yo diría que urgente, redefinir el modelo de creyente que esperamos en los procesos de transmisión de la fe y de acompañamiento pastoral, no sólo por los que se van sino también por los que se quedan : ¡Tanto tiempo en describir a la oveja perdida que nos hemos olvidado de las que quedaron en el redil!

 

Los que se quedan, muchos están de paso… especialmente a intervalos vitales: en los momentos de catequesis sacramentales de amplio arraigue social, como la comunión, o en momentos ligados a la escuela y los movimientos escolares . En sus mentes, como el hijo pródigo, saben que crecer significa marchar, pero dejan la puerta abierta. Volverán a llamar a la puerta en ocasiones, de vez en cuando, cuando la vida les empuje a celebrar o ritualizar los momentos importantes.

 

Algunos se quedan sólo según donde. Se sienten fuertemente vinculados a grupos o movimientos pequeños, que crean sus propios mundos socioafectivos y celebrativos. Quizá tendríamos que preguntarnos por aquellas intuiciones válidas de muchos de ellos, que han recuperado comunidades de rostros concretos y cercanos, que recuperan la fuerza celebrativa de la liturgia y fomentan de forma potente los símbolos y estéticas de identificación, y que aprenden a narrarse a ellos mismos desde la palabra de Dios, recuperando el poder transformador de sus relatos. Que solo se quedan en su habitación, por seguir con la metáfora de la casa del padre, es un problema, pero quizás podríamos aprender de aquello que les hace esa habitación tan atractiva, para decorar de nuevo la casa y quizás también para invitarles a abrir la puerta.

 

Y además están esa minoría que se queda, a duras y maduras… que llegan a nuestras parroquias y comunidades y siempre están con nosotros, de niños, de catequistas de niños, de monitores del campamento, el día que hay que pintar la iglesia o cuando tenemos que montar el belén…que dejan de ser jóvenes en los grupos de jóvenes, y como el hijo mayor de nuestra parábola, hace muchos años que te sirve sin desobedecer nunca tus ordenes. ¿Y somos capaces de diseñar una pastoral para que los que no van a irse hagan fiesta? Nuestras iniciativas de pastoral juvenil suelen ser univocas, como si todos los que están necesitasen estar de la misma manera. Y muchas veces recaen los esfuerzos y responsabilidades sobre esta minoría que no siempre tiene espacios para crecer a un ritmo diferente.

 

Dejar que la casa mantenga muchas habitaciones supone abrir nuestras expectativas sobre lo que significa quedarse. Y sobre todo, supone perder el miedo a perder el control sobre ‘los resultados’. ¡La invitación evangélica no es a ser una buena oveja sino un buen pastor! Por eso es preciso diseñar procesos pastorales diferentes según las situaciones y las necesidades de cada uno de ellos, con distintos modos de hacer y de encontrarse, con distintos modos de pertenecer y permanecer.

 

  1. Los que vuelven

Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran carestía en aquella comarca, y el muchacho comenzó a padecer necesidad.

 

He oído decir a veces, entre algunos, cuando comentábamos que los jóvenes no estaban que ‘ya volverán’ … ¿cuándo? ¿a casarse y enterrarse? ¿a traer a sus hijos? ¿a consolarse si las cosas van mal?… ¿cuándo volverán?. Es una cierta parte del discurso de añoranza pastoral hacia otros tiempos mejores, que canonizan ese modelo de permanecer del que hemos hablado. Pero no volverán. Al menos no a ese cristianismo sociológico que ha resuelto en el pasado necesidades de identidad, hoy profundamente secularizadas.

 

¿Volverán cuando se den cuenta de que están mal? Porque, por el momento, los jóvenes están muy bien y no tienen ninguna conciencia de necesitar ser salvados. Y menos con la clase de salvación que creen que ofrecemos. Esto sugiere una vieja pregunta: ¿qué nos queda del convencimiento de que la buena noticia es buena? No hace tanto que evangelizábamos desde el convencimiento de la necesidad de los sacramentos para la salvación escatológica , que justificaba todos los desvelos del hijo mayor que quedaba en la casa. Hoy en día, ante la desescatologización de nuestra experiencia cristiana, la necesidad de evangelizar surge más bien desde la necesidad de ofrecer un modelo de vida mejor en medio de esta cultura deshumanizadora, y eso conlleva siempre la tentación de un discurso excesivamente moralizante, tanto de ‘derechas’ como de ‘izquierdas’, que provoca reacciones contrarias a las pretendidas entre los jóvenes.

 

La evangelización está llamada a pasar de ser confesional a ser confesante. Los que vuelven necesitan poder recordar al padre que seguro que les acoge. Por eso la pastoral debe pasar de pretender retenerles a ofrecerles un lugar donde volver, un lugar más allá de los espacios y los tiempos, un lugar del abrazo a mitad camino, de la experiencia del amor incondicional que te envuelve sin condiciones previas ni posteriores. Los que vuelven lo hacen a veces vacilantes, a veces decididos, pero la mayoría de veces temblorosos e inseguros de lo que van a encontrar. Y necesitan ver al padre antes de entrar en la casa. Por eso las prioridades las marca la experiencia de encuentro con Él, y giran alrededor de algunos acentos:

 

  • La acogida, primero humana, que responda a sus necesidades de hablar, de ser escuchados, de tener encuentros profundamente humanos que les permitan reconocerse y reconstruirse, y que se constituye también como momento privilegiado de la evangelización, como ese ‘primer anuncio’ de una pastoral que ha de convertirse en misionera. Y la acogida no se produce “en casa”. Hay que salir fuera con valentía a los lugares donde es posible iniciar el diálogo y establecer los encuentros, acercándose de forma personal a cada uno de ellos, sin demonizar los ámbitos y las realidades que les resultan relevantes, ni canonizar las nuestras.

 

  • El acompañamiento personal, que parte del convencimiento de que el encuentro es una riqueza mutua y que avanza poco a poco, comunicando la experiencia propia de fe en los lenguajes que son comprensibles e inciden en la vida del otro, de modo que el testimonio de la propia vida se transforma en sabiduría existencial. Desde el respeto a la libertad, se trata de ir desvelando el rostro de Dios encarnado en Jesús, e invitando a la búsqueda personal de una experiencia de encuentro.

 

  • La iniciación a la oración, que es el encuentro con Él. La pastoral debe ganar tiempos a la velocidad de sus existencias para la oración, para la contemplación, para descender a lo más profundo del corazón y encontrarse con Él. Debe descubrir todas las formas de provocar esos encuentros y proporcionar lenguajes para comenzar a enamorarse del Señor, enseñándoles a permanecer e insistir, a superar el sentimentalismo, tejiendo juntas la Palabra y la historia personal para narrar la propia vida desde el evangelio.

 

  • La iniciación cristiana. La pastoral juvenil no puede partir de la falacia de suponer que porque están ya son. La vieja frase de Tertuliano: el cristiano no nace, se hace, recobra su actualidad. La comunidad cristiana entera debe implicarse en cada itinerario personal. No vale crear compartimentos estanco, ni la pastoral de especialistas y comisiones que trabajan en paralelo alrededor de esquemas y no de personas. Los grupos ya no garantizan, ni siquiera constituyen la mejor manera de iniciación a la fe de los jóvenes, que no se sienten identificados con ellos. Esto supone un cambio profundo de mentalidad, que multiplique las mediaciones y genere itinerarios personalizados de iniciación que hagan posible la vuelta a la fe, a la vinculación con la comunidad que la vive y la celebra, y al propio testimonio personal.

 

  • El testimonio comprometido, que les haga exclamar mirad como se aman, de modo que puedan provocarse experiencias referentes de vida cristiana. Los que vuelven necesitan ver experiencias de vida cristiana que fundamenten su retorno. No bastan las palabras ni convencen los discursos, sino son los testimonios de amor radical aquello que les provocan los procesos de identificación y solidaridad con los pobres de este mundo. La iniciación cristiana que se había quedado en muchas ocasiones en mera transmisión de conocimientos teóricos, debe conducir hoy a la iniciación a la caridad, al amor y la entrega desinteresada, a la experiencia de gratuidad.

 

  1. Un lugar donde volver

Entonces, recapacitando, recordó: a cuántos jornaleros de mi padre es sobra el pan mientras yo me muero de hambre.

¿Cuánto duró el viaje del hijo pródigo? No sabemos. Cada uno tiene sus tiempos y sus velocidades. Tampoco sabemos si esta vez se quedó para siempre. Puede que volviera a marchar. Si hemos dicho que no existe la juventud sino jóvenes con rostros distintos, no podemos crear recetas únicas sino multiplicar las propuestas pastorales, que ya no tienen la pretensión de aglutinar mayorías sino de ofrecer oportunidades para el encuentro personal. La multiplicación de mediaciones exige por lo tanto una renovación profunda de las comunidades cristianas, que cada vez más van adquiriendo la conciencia de que son minorías llamadas a evangelizar de forma activa. No se trata de ‘encargar’ a los de pastoral la tarea de atraerlos, sino de recuperar la tensión que hace que todos salgamos al encuentro en nuevas formas de presencia y testimonio que marque diferencias frente a la indiferencia.

 

Una comunidad que vive lo que cree, anuncia lo que vive (EN 76) La comunidad es la protagonista de la misión, toda ella es agente de pastoral. Por eso toda ella debe centrarse en incrementar la conciencia evangelizadora y formarse para ello. La formación no tiene un carácter meramente teórico sino que debe adquirir un carácter mystagógico, que lea, discierna y traduzca la salvación que ya experimenta y celebra para contagiar la alegría del Reino. Por eso, la formación de los agentes de pastoral juvenil es la formación de la comunidad que evangeliza a los jóvenes. Y aquellos que animan los procesos y se responsabilizan de gestar de forma creativa los itinerarios, comienzan por intensificar su vida comunitaria para constituirse a sí mismos en el lugar donde volver.

 

El hijo pródigo volvió porque pudo recordar. La renovación de la pastoral juvenil exige la renovación de la pastoral de infancia. Dedicamos muchos de nuestros recursos y desvelos a las edades más inestables, dejando un poco a su aire las experiencias cristianas de los primeros años de vida, que se dan por supuestas. Los cambios en los patrones de vida familiar deben hacer que nos replanteemos las iniciativas pastorales de la infancia y las presencias en el tiempo en que se gestan los recuerdos. Cambiar de una pastoral para retenerles a una pastoral para que puedan volver supone un cambio también en las estrategias y la misma organización de las iniciativas catequéticas, que no pueden anclarse en la añoranza de la familia que fue pero que no volverá a ser.

 

  1. El hijo que estaba perdido y ha sido encontrado

Cuando aún estaba lejos, su padre lo vió, y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.

Están lejos… por eso quizás tantos análisis. Sus vidas y marcos de referencia, como hemos visto, nos quedan distantes, y aunque podamos hacer análisis que nos permitan comprenderles, otra cosa es dejarnos conmover sin pretender cambiarles. Automáticamente muchos de nuestros acercamientos derivan en juicios que ellos perciben y que les excluyen. Es necesario un conocimiento profundo de quienes son que negocie lo válido de sus experiencias y traduzca lo valioso de nuestra propuesta salvífica. Más que demostrar la verdad que lo que anunciamos, se trataría de mostrar que de verdad es salvadora y atraviesa sus vidas hasta tocar lo más profundo de sus corazones

 

Que la iglesia no es la casa sino el encuentro tiene profundas implicaciones para nuestra actividad pastoral. Supone pasar de que estén a que sean, aunque tengamos que abrir las puertas y redefinir los límites. Cuando casi el 80 % de los jóvenes dicen sentirse católicos, algunos se rasgan las vestiduras, ¡cómo pueden a pesar de todo lo demás!. Sin embargo tiene una lectura esperanzada… la semilla que sembramos a pesar de tanto fracasos aparentes sigue oculta en la tierra esperando fructificar. El anuncio del evangelio tiene que constituir una verdadera provocación de experiencias del reino que les inviten a esa vuelta antropológica al encuentro con Aquel que se conmueve al mirarnos con un amor incondicional.

CARMEN PELLICER

estudios@misionjoven.org