La lógica perversa del dinero

PIÉ DE AUTOR

Carlos Domínguez Morano es profesor en la Facultad de Teología de Granada.

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

«No puede definirse el dinero sin hacer referencia a su efecto sobre la conducta humana». En esa perspectiva, el autor analiza primero los factores de orden personal –vinculaciones afectivas y dinámica infantil subyacente– que entran en juego en relación con el dinero y, posteriormente, los de orden social –por encima de todos, el «consumir» que nos consume–. Los caminos actuales nos conducen a una «lógica perversa», una de cuyas imágenes más lúcidas es el «supermercado» o el «centro comercial» de nuestras ciudades convertido en «la representación más acabada del jardín de las delicias»; y ahí, «desplazado hacia un mundo fetichista de objetos, el deseo se dispersa en un ansia de posesión, de acaparamiento y acumulación en el que pretende satisfacer lo que el mundo de relaciones interpersonales le niega…».

 

 

 

 

Siempre hay un «algo más» que dinero en nuestra percepción y vivencia del dinero. Nunca, en efecto, nos relacionamos exclusiva y asépticamente con ese valor de cambio, tan fundamental por otra parte en nuestra vida. La historia de cada uno ha ido marcando esa relación con un colorido afectivo y emocional específico que, sin duda, entra siempre en juego, determinando una lógica particular más o menos sana, pero que puede llegar a ser auténticamente «perversa».

No puede definirse el dinero, nos dijo la figura más relevante de la psicología conductista, B.F. Skinner, sin hacer referencia a su efecto sobre la conducta humana. De otra manera estamos en una pura ficción explicativa, tal como fueron las de las teorías económicas del siglo XIX. Pero es un hecho demostrable que las variables extra-económicas y, más particularmente, las de orden psicodinámico, juegan siempre de un modo importantísimo y son las que en muchas ocasiones explicarían muchos fracasos de las predicciones de los teóricos de la economía[1]. Como también esas variable extra-económicas son las que pueden conducir los mayores desvaríos en este campo.

 

Dentro de esta perspectiva conductual de la psicología de Skinner, el dinero fue considerado como uno de los más importantes «refuerzos positivos». Refuerzo «secundario» –se dice– porque con él no satisfacemos directamente ninguna necesidad primaria. Pero, sin duda, entre los más importantes a la hora de explicar y controlar el comportamiento humano, al menos en nuestras sociedades occidentales ya que, mediante él, se pueden satisfacer muchas de esas necesidades primarias, desde el hambre y la sed hasta las de afecto, consideración, prestigio o, incluso, las de carácter estrictamente sexual. El dinero se convierte así en un reforzador clave del comportamiento y en un instrumento fundamental para el control social de las conductas personales. Comprender las vinculaciones íntimas que todos mantenemos en la relación con el dinero ayudará a comprender, sin duda, la lógica perversa que se puede desencadenar en la relación con el mismo.

 

 

  1. Vinculaciones afectivas con el dinero.

 

Bastaría emprender un somero autoanálisis en este campo para percatarnos de que esa relación está impregnada de componentes afectivos y emocionales que nada tienen que ver con la función de valor de cambio que el dinero tiene en nuestra vida. Probablemente, pocas relaciones con el mundo material de objetos se ven tan «cargadas» afectivamente como esta del dinero. La atracción, el apego, la dificultad para desprendernos de él, o por el contrario (aunque, probablemente, en menos cuantía), el rechazo, la repugnancia, la culpa, etc. Y la mayor parte de las veces…, una marcada ambivalencia. Es decir, una polaridad de sentimientos y afectos contrarios en relación con ese objeto que progresivamente se fue haciendo tan determinante en nuestra existencia.

 

El psicoanálisis nos ha hecho ver que la relación con el dinero se encuentra vinculada a dimensiones y estructuras emocionales muy primitivas y que sobre él se desplazan apreciaciones y afectos relacionados con lo más íntimo de nosotros mismos[2]. Son muchos los factores inconscientes implicados en esta relación, elementos que escapan a nuestro conocimiento y control, pero que están ahí determinando de mil modos y maneras nuestra relación con el dinero.

El resultado es que, con demasiada frecuencia, el comportamiento respecto al dinero llega a adquirir caracteres auténticamente irracionales. Hay sujetos que mueren en la miseria con millones guardados en escondrijos. En nuestros días no es raro encontrar personas con fuertes temores y a veces hasta convencimiento testarudo (y paranoide) de que el Euro venga a reducir el valor de sus ahorros tan penosamente logrados. Hay sujetos que a la hora de comprar se resisten a soltar sus monedas sueltas, aunque le sobren, porque lo consideran no como dinero para gastar, sino para acumular como si se tratara de una colección. Para otros pagar en metálico parece tener más valor que si lo hace con cheques o tarjetas de créditos, etc., etc. Los casos, sabemos, se podrían multiplicar hasta el infinito, porque pocos terrenos se muestran tan propicios para el desarrollo de lo irracional. Así lo supo ver John M. Keynes, una de las figuras de mayor impacto en toda la teoría económica del siglo XX, cuando, consciente de las variables afectivas que juegan en el mundo económico, afirmaba: “El amor al dinero como posesión –distinto del amor del dinero como medio del conocimiento del gozo y de las realidades de la vida– se reconocerá como lo que es, una morbidez un tanto repugnante, una de esas propensiones medio patológicas que se entregan con un estremecimiento a los especialistas en enfermedades mentales”[3].

 

El dinero, llega fácilmente a constituirse en un objeto al que se le confiere «cualidad de Yo». Algo así como si fuera una parte de nosotros mismos, una prolongación o un objeto que se hubiera desprendido de nuestro propio ser. Algo que está fuera, pero que consideramos como que debiera estar dentro. Por la misma razón, «propiedad» viene a significar cosas que de hecho no pertenecen al yo, pero que debieran pertenecer, una extensión de la propia realidad personal[4]. El dinero, entonces, con esa «cualidad de Yo», se constituye en un asunto bastante importante en la dinámica personal y fácilmente problemático también: perder dinero, darlo a cambio, donarlo, constituyen actos de despojo que no podemos ya considerar como mera pérdida de un objeto exterior, sino también de algo que ha sido previamente «in-corporado»; es decir, de algo íntimamente relacionado con el Yo. Conseguir dinero, acumularlo, retenerlo se vivencia fácilmente, por la misma razón, en un modo de asegurar, engrandecer, extender la fuerza del Yo.

 

En el amor «perverso» al dinero, no se trata ya de «tener algo», sino de «tenerse a sí mismo» en una tendencia de orientación marcadamente centrípeta. Se trata de encerrarse sobre sí en una totalidad que quiere negar su obligada referencia al exterior. Con ello el sujeto pretende cubrir una carencia interna y conquistar una seguridad. Pero en realidad, se está situando en la posición más insegura que cabe imaginar, pues como expresa E. Fromm en sus análisis sobre el tener, “si soy lo que tengo y lo que tengo se pierde, entonces ¿quién soy?”[5]

Esta relación tan íntima que el dinero posee con nuestro mundo más personal es la que viene a dar cuenta, entre otras cosas de que, tal como sucede en los temas concernientes a la sexualidad, el dinero provoque también tantas reacciones de doblez, de falso pudor y de hipocresía. Hablar de dinero, señala Freud a este respecto, puede resultar, a veces, tan engorroso como hablar de asuntos sexuales[6]. Y, generalmente, nos guardamos de abordar clara y directamente nuestro modo de proceder en estos terrenos. Con frecuencia, debido a la existencia de unos sentimientos de culpa que temen ser afrontados[7].

 

Porque junto a esa evidente y fundamental función de valor de cambio que posee, son múltiples y variadas las significaciones que para cada uno puede llegar a desempeñar el dinero. Desde una medio con el que ganar afecto, hasta un soporte de prestigio y seguridad personal o un instrumento poderosísimo de poder sobre los demás, un medio de defensa e incluso de ataque sobre los otros. En el ámbito inconsciente, todavía, puede estar ligado también con equivalencias muy determinantes de la propia dinámica personal.

 

 

 

  1. Dinámica subyacente infantil

 

El amor al dinero, pues, cuando se impone más allá de sus específicas funciones de cambio, pone de manifiesto dimensiones enlazadas al pasado infantil de nuestro mundo afectivo. De modo particular, a aquellas más directamente asociadas con el narcisismo y la omnipotencia infantil. Es un amor, por tanto, que, en mayor o menor grado, pone de manifiesto una dinámica en la que no se ha alcanzado un adecuado desarrollo de la afectividad y en la que sobresalen los aspectos más arcaicos del desarrollo afectivo. Tener dinero, retener lo ganado, acumular más y más intentan satisfacer necesidades narcisistas, en una tendencia egocéntrica, que se resiste y niega a abrirse al exterior para entrar en una dinámica de intercambio y donación. Se deja ver, entonces, las huellas de la fase anal del desarrollo afectivo, en la que retener y poseer constituían un modo de autoafirmación impregnada de agresividad[8].

 

Pero también la avidez por el dinero puede simbolizar para el sujeto una especie de alimento con el que calmar determinadas ansiedades primitivas o con el que compensar determinadas carencias de las primeras fases del desarrollo afectivo. E. Fromm afirma a este respecto que a mediados del siglo XX la orientación «acumulativa», más característica de la fase anal, ha cedido lugar a la orientación «receptiva»; es decir a la fase oral y, por tanto, a la etapa más antigua del desarrollo afectivo. La finalidad entonces es la de recibir, «chupar», tener siempre algo nuevo, vivir con la boca entreabierta[9]. En otros casos también, el dinero puede ser utilizado como símbolo de una problemática de potencia genital, dando lugar con ello a comportamientos de aparente generosidad (regalos de valor, mecenazgos, etc.) y que no buscan sino poner de manifiesto una problemática y deseada «potencia» en otro orden de cosas.

 

Si en la relación con el dinero existe de modo latente una cuestión de amor, ese amor puede expresarse, como vemos, en muy diversos registros; yendo desde los más primarios e infantiles hasta los más evolucionados. Por supuesto, caben también las regresiones desde un registro a otro, a partir de la dinámica afectiva particular que el sujeto vaya experimentando en las condiciones de su presente. Una genitalidad disminuida puede acentuar la importancia de las funciones anales, como en el caso de aquel sujeto cuyas inversiones en bolsa se estimulaban cada vez que sufría un fracaso amoroso. Para otros, gastar y acaparar objetos se convierte en un importante lenitivo a la falta de calor afectivo que experimenta. Otros preferirán esforzarse trabajando duramente para conseguir un sobre de dinero que les representa un acrecentamiento de su valía personal. En el caso de algunas mujeres problematizadas con su propia feminidad, sacar dinero al hombre, empobrecerle, se puede convertir en una especie de despojo de marcado carácter vengativo. Para otros varones una mujer acaudalada puede significar la oportunidad de «alimentarse» de un imponente pecho nutricio. Otros verán en el dinero un material inigualable para servir a unas tendencias auténticamente perversas de exhibición y ostentación ante los otros. Cabrían, pues, mil «fórmulas de equivalencia» en las que la idea consciente de dinero se podría sustituir por otras inconscientes: afectividad, virilidad, potencia, etc.

 

El problema se agudiza, por lo demás, si tenemos en cuenta que por ser una cuestión de amor la que nos liga al dinero, y de amor con fuertes raíces inconscientes, en la relación con él caben tantos autoengaños como los que caracterizan a todas las cuestiones afectivas profundas. El autoengaño se hace fácil. Las falsas justificaciones mediante sofisticados mecanismos de defensa (de racionalización[10], particularmente) guardan el objetivo de permanecer amorosamente vinculado a ese dinero convertido en fetiche de seguridad, de valía personal, de poder sobre los otros, etc. Pocos campos tan propicios a la «tentación». Es decir a presentarse a la conciencia como algo bueno, justo, prometedor, viniendo a ser realmente lo contrario, trampa y fuente de destrucción. Porque el dinero tiene un carácter «pegajoso», posee una siniestra adherencia que, en la medida en que más se fija, mayor va siendo su fuerza para atraer nuevas capas. Finalmente, se acaba por crear una dura corteza que defiende y aísla del entorno y que aliena al sujeto en una insensibilidad para lo que no sea su propia realidad.

 

Por ello, conquistar una auténtica libertad frente a la fascinación del dinero supone conquistarla en uno de los lugares más decisivos de la existencia. No es fácil. Sobre todo si tenemos en cuenta las implicaciones afectivas conscientes e inconscientes anteriormente señaladas. No es fácil tampoco porque no podemos identificar esa libertad con el no tener, con la desposesión o el simple desinterés. Sabemos muy bien, por ejemplo, que la culpa puede ir asociada a un deseo inconsciente de posesión y que, desde ahí, puede producir una dinámica de desposesión, desprendimiento, desinterés, etc., que no sean realmente tales. Nos encontraríamos, más bien, con el caso de una importante «formación reactiva»; es decir, un mecanismo de defensa mediante el cual se adopta una conducta que es diametralmente la contraria de la que inconscientemente se desea. Hay «austeridades» y «pobrezas» revestidas de ropaje ético o religioso, pero que, en realidad, responden a una imposibilidad para disponer con libertad de unos bienes y poder disfrutar de ellos responsablemente. Como afirmó Rahner en unas bellas páginas sobre la pobreza, el mezquino, el raquítico por la menesterosidad y falta de aspiraciones de su ser, el no desarrollado, el frugal, el hombre de la medida pequeño-burguesa, no es, desde luego, el hombre que puede llevar a cabo el sentido del acto de fe en la pobreza[11].

 

 

  1. El factor social

 

El problema de la relación con el dinero se agudiza más aún si tenemos en consideración que, junto a estos factores de orden personal, hay que añadir el influjo y la determinación fundamental que viene desde el medio ambiente sociocultural. Nuestro deseo no es ajeno, por supuesto, a las dinámicas culturales en la que éste necesariamente se desarrolla, crece, busca y puede encontrar sus objetos de satisfacción. De ahí, que la dinámica económica de nuestros días deba ser muy tenida en cuenta a la hora de comprender las vías por las que circulan nuestros vínculos con el dinero. De hecho, ella juega como propulsora importante de las vertientes más regresivas de los comportamientos con el dinero. Por ello, se podría afirmar con Otto Fenichel, que es más bien la función real del dinero lo que viene a influir y a condicionar el erotismo perverso que se puede establecer en la relación con él, ya que son esas condiciones sociales las que determinan, en gran medida, el alcance e incluso la intensidad de las tendencias pulsionales de retención y acumulación. Las pulsiones infantiles –concluye acertadamente O. Fenichel– se transforman en un deseo de alcanzar riqueza solamente bajo la existencia de condiciones sociales específicas[12].

 

A todo este propósito, merece la pena recordar también los análisis realizados por E. Fromm, poniendo de relieve la profunda alienación humana que se produce desde los modos occidentales de consumo. Consumir ha dejado de ser una experiencia significativa, humana para convertirse en un modo de satisfacer fantasías artificialmente estimuladas, fantasías que en realidad son ajenas a nuestro ser real y concreto. Comemos y bebemos las fantasías que nos suministra la propaganda. Consumir se ha hecho de este modo un fin en sí mismo; un fin, por lo demás, de carácter claramente compulsivo e irracional y con el que el «ser» queda sustituido por el «tener», hasta el punto de que en la sociedad actual se puede llegar a la identificación perversa según la cual el sujeto podría afirmar con verdad: yo soy lo que consumo[13].

 

El deseo enloquece así en una dinámica de insatisfacción permanente. Desde la negativa a reconocer el límite, siempre hay un algo más que la sociedad parece querer mostrarnos para que nuestra necesidad se multiplique al ritmo de sus intereses de producción. La sociedad de consumo sabe que nos falta algo y se ofrece ante nosotros como quien lo posee y o puede ofrecer. La estratagema es inteligente. Porque ese algo que nos falta es, en realidad, un objeto imposible[14]. Por eso, el engaño funciona: nos parecerá que es el coche, la casa, el ordenador, el…, pero nada de eso llegará nunca a cubrir la carencia de base que es la fuente del deseo. Por eso, siempre podrá aparecer una otra cosa que despierte la fantasía de que ésa sí podrá, finalmente, cubrir y colmar la falta. El engaño se hace permanente e infinito. Nunca el automóvil que tenemos será el mejor, nunca nuestro ordenador tendrá las prestaciones que nos harían más eficientes, nunca la casa que habitamos tendrá las comodidades que nos proporcionen una suficiente calidad de vida, nunca la ropa que vestimos estará a la altura del status social que pretendemos ostentar ante los otros. Y así hasta el infinito.

 

De este modo también, el deseo, el propio deseo queda encubierto, obturado, sustituido por el discurso del otro, en este caso, de ese otro que es el sistema socio-económico. El sujeto se pierde y tan lejos queda de su propio deseo que, con toda razón, se puede decir que ya «no sabe lo que quiere». Lo dicen por él los otros. La insatisfacción puede llegar a ser muy profunda. Tanto más, cuanto aparezcan otros que parecieran haber logrado de modo más cumplido las aspiraciones falsamente suscitadas por este orden socio-económico. La rivalidad, la envidia, la destructividad, el despojo y el expolio de los más débiles, se desencadenan con toda facilidad. Todo desde una conciencia anestesiada por el mismo sistema, que parecer convertir en connatural los mayores despropósitos y atropellos. En este sentido, resulta sorprendente y alarmante a la vez, esa buena conciencia en el «homo economicus» de nuestros días. La corrupción, incluso, puede llegar a convertirse en algo absolutamente normal, norma de juego, algo obligado para el desenvolvimiento de cualquier tipo de actividad económica que se pretenda llevar a cabo. La culpa prácticamente desaparece de la conciencia por efecto de esta anestesia ambiental. Y serán muy pocos también los que lleguen a percibir la necesidad de una denuncia. ¿Quién se atreve, por lo demás, si son tan evidentes los «buenos resultados» de esta lógica del negocio?

 

 

  1. El «jardín de las delicias»

 

Pascal Bruckner[15] nos ha mostrado de un modo particularmente lúcido de qué manera, el supermercado, el centro comercial de nuestras ciudades, se ha venido a convertir en la representación más acabada del «jardín de las delicias». Ni el Bosco lo hubiera imaginado con tal profusión de elementos y fantasía. Torrentes de luz, kilómetros de anaqueles, colorido infinito: es la victoria de la ciudad capitalista sobre la escasez. No se puede abarcar el conjunto de manjares y bienes. Ser consumidor significa saber que en los escaparates siempre hay más de lo que uno se puede llevar. Un pecho nutricio inmenso, desbordante, inabarcable. Podemos encontrar allí una botella de whisky al coste de más de seiscientas mil pesetas[16]. Es probable que nadie la compre. Pero quizás eso no sea lo más importante. Lo que importa es mostrar que allí existe todo y más de lo que podemos desear. Por eso, a veces, se va al centro comercial no para comprar, sino para constatar que todo está al alcance de la mano o que siempre habrá incluso más de lo que hoy podemos conseguir. De ese modo, lo posible se vuelve deseable y lo deseable acaba convirtiéndose en necesario. El deseo se pervierte así en un maléfico desplazamiento hacia la posesividad material, desencadenando una dinámica auténticamente perversa. El imperio del consumismo y de la diversión ha inscrito el derecho de la regresión en el registro general de los derechos humanos[17].

 

El problema es que, desde ese habernos convertido de modo tan esencial en consumidores fascinados por el «jardín de las delicias», aspectos fundamentales de la vida quedan seriamente afectados. De modo particularmente pernicioso, la relación interpersonal queda marcada también por ese dinamismo perverso del consumo. Desplazado hacia un mundo fetichista de objetos, el deseo se dispersa en un ansia de posesión, de acaparamiento y acumulación en el que pretende satisfacer lo que el mundo de relaciones interpersonales le niega. Paralelamente, esas relaciones interpersonales se ven seriamente afectadas por esta mentalidad. El mundo y los otros son concebidos también como objetos a consumir, como una especie de pecho nutricio, obligado a proporcionar un alimento y una satisfacción constante.

 

          Una mentalidad de «uso y consumo» impregna, en efecto, los modos de relación. Si el fin es consumir y acumular para seguir consumiendo, el otro pasa a convertirse en una realidad secundaria o, peor todavía, en un mero instrumento que se manipula para lograr un mayor provecho. De ese modo, la manipulación superficial y descomprometida del otro, tal como encontramos en la dinámica más íntima de la histeria, se convierte en modo social de encuentro. El otro no pasa, en muchas situaciones cada vez más «admitidas» socialmente, de ser un objeto manipulable, como un producto más del mercado. Desde la mentalidad de consumo el entramado de relaciones interpersonales se ve así directamente afectado. Una mentalidad utilitarista y descomprometida se impone, evitando cualquier tipo de compromiso en las vinculaciones personales. La mentalidad consumista de «usar y tirar» impregna los modos de relación, que se hacen cada vez más fáciles, más numerosos y cada vez también más superficiales. La actual fiebre por el «Chat» en Internet, generadora ya de una adición definida por la psicología clínica, ilustra mejor que nada este estado de cosas[18]. Nunca se dio tanta posibilidad abierta para elegir con quien comunicarse y nunca más facilidad para hacerlo de modo más descomprometido. Es el resultado de una cultura «zapping» en la que todo se consume y pocas cosas se metabolizan

 

Sin duda, las consecuencias más graves que se derivan de la dinámica analizada corresponden más bien al moralista y al teólogo. A ellos les dejamos, pues, la palabra. El acercamiento a los mecanismos psíquicos que, a escala personal y social, juegan en la lógica perversa del dinero pueden, sin embargo, ayudar a calibrar de mejor modo esas derivaciones éticas y religiosas implicadas. n

 

Carlos Domínguez Morano

estudios@misionjoven.org

     [1] Cf. B.F. SKINNER, Ciencia y conducta humana, 406-424.

     [2] Las relaciones entre el dinero y la fase «anal» del desarrollo libidinal han sido ampliamente analizadas por el psicoanálisis desde el mismo Freud (cf.: El carácter y el erotismo anal, 1908, O.C., II, 1.355-1.357; Sobre las transformaciones de los instintos y especialmente del erotismo anal, 1917, O.C., II, 2.035-2.036; Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis, 1932: G.W. XV, 106-107; O.C., III, 3157-3158). Cf. también: S. FERENCZI, Ontogénesisis del interés por el dinero, 1914, Psicoanálisis, II, Madrid 1981, 187 ss.; una obra de especial interés en el tema es la de E. BERGLER, Money and Emotional Conflicts, International University Press, London 1951.

     [3] J. M., KEYNES, Essays in Persuasion, London 1931, 369.

 

     [4] O. FENICHEL, Teoría psicoanalítica de las neurosis, Buenos Aires 51973, 318-324.

     [5] E. FROMM, Ser o tener, México 1978, 110.

     [6] Cf. a este respecto S. FREUD, La iniciación del tratamiento, 1913; O.C., II, 1.666.

     [7] Resulta significativo a este respecto la dificultad que a veces experimentan algunos grupos cristianos para el abordaje de esta problemática. Ese asunto, en efecto, se convierte como en una especie de tabú que conduce a posponer una y otra vez el tema, a pesar de la conciencia que todos pueden tener de que se trata de un asunto que afecta seriamente a la vida personal y de fe. Probablemente existen culpas, más sanas o menos, pero que prefieren permanecer en estado de dormición para evitar conmociones angustiosas. El resultado, muchas veces es el de una alarmante buena conciencia en el «homo economicus». La corrupción, incluso, puede llegar a convertirse en algo connatural, algo obligado en el desenvolvimiento de la actividad económica. No hay ni culpa evidente  ni otros llegan a percibir la necesidad de la denuncia.

     [8] La llamada fase anal o fase anal-sádica constituye la segunda fase de la evolución libidinal infantil y se caracteriza por una organización de la libido bajo la primacía de la zona erógena anal. La función fisiológica de la defecación, en su doble polaridad de expulsión-retención, se establece como paradigma de relación con los objetos.

     [9]  Cf. Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, Madrid 1956, 113.

     [10] Es decir, aduciendo unas razones «verdaderas» para ocultar otras verdades que cuesta reconocer.

     [11] K. RAHNER, Marginales sobre la pobreza y la obediencia, Barcelona 1962, 74.

     [12] Cf. O. FENICHEL, ib., 545.

     [13] Cf. E. FROMM, Ibid., 113-118 y Ser o tener, 43 y 105 ss. Se puede consultar también: P.M. LAMET, La fiebre del oro y el hombre «Light» en: «Sal Terrae» 78 (1990) 425-433; AA. VV., Sociedad de Consumo, mesa redonda en el  Congreso de Teología, Madrid 1990: Evangelio y Liberación, 163-170.

     [14] El objeto del deseo radicaría esencialmente en una eliminación de toda distancia y de toda diferencia, en la eliminación de nuestro carácter de «seres separados» que nos constituye como seres humanos desde el día de nuestro nacimiento. Sobre este tema entro en detalle en un libro de inmediata aparición: Los registros del deseo: del afecto, el amor y otras pasiones, Desclée de Brouwer, Bilbao 2001.

     [15] La tentación de la inocencia,  Anagrama, Barcelona 31999.

     [16] Ese es el precio (exactamente 660.000 pts) que muestra en uno de nuestros más conocidos grandes almacenes.

     [17] Ibid. 82.

     [18] Cf. a este propósito R. GUBERN, El Eros electrónico, Taurus, Barcelona 2000.