LA MEDIACIÓN: UNA HERRAMIENTA PEDAGÓGICA

Carlos Romera Antón.

Bilbao

  

Interés creciente

En los últimos años estamos viviendo un desarrollo de la mediación en todos sus ámbitos. Poco a poco van surgiendo programas de mediación desde los centros educativos, ayuntamientos, hospitales, administraciones públicas, organizaciones sociales, programas de educación no formal, etc. Asimismo, cada vez hay más personas a nuestro alrededor que se interesan por la formación en lo que se ha venido a denominar transformación de conflictos y mediación.

Este interés creciente en la materia no viene orquestado por ninguna campaña publicitaria. Su éxito radica en que la mediación es una herramienta que puede ser muy útil para resolver o transformar los conflictos que vivimos en, prácticamente, todas las esferas de nuestras vidas. La difusión directa realizada por parte de las personas que se han ido formando en esta materia está siendo su mejor tarjeta de presentación.

 

Concepto simple

La mediación, como concepto, no puede ser más simple: dos personas, que tienen un conflicto entre ellas, dialogan con la ayuda de un tercero imparcial, que les ayuda en el transito a encontrar una solución adecuada a su problema. La persona mediadora no impone la solución, sino que legitima a las partes en conflicto y facilita la comunicación, para que sean ellas mismas capaces de encontrar la vía más óptima para resolver su controversia. Una vía, que en el mejor de los casos, puede implicar una solución que suponga que ambas personas puedan ganar algo con la mediación. Esto es, que la solución al conflicto no tiene que pasar necesariamente por la imposición de los criterios de una parte respecto a la otra (algo a lo que, por otro lado, estamos demasiado acostumbrados). Al contrario, la solución que se alcanza a través de la mediación, puede suponer que ambas partes se sientan satisfechas con la misma tras el desarrollo del proceso.

 

Proceso pedagógico

Desde esta perspectiva, podemos ver con claridad que la mediación no sólo ayuda a resolver problemas puntuales, sino que también enseña a las personas en conflicto el uso de herramientas útiles para poder resolver futuras discrepancias. Por tanto, en este sentido, cuando hablamos de mediación, bien podemos afirmar que hablamos de un proceso pacífico de solución de problemas con una interesante carga pedagógica.

Es sobradamente conocida aquella frase de Ghandi que decía que no había camino hacia la paz, sino que la propia paz era el camino. Este hermoso pensamiento muestra, en gran medida, la filosofía que encierra la mediación. Así, el proceso de mediación, desde esta óptica, tiene un valor en si mismo, como proceso de aprendizaje para la vida. Valor que nos ayuda a entendernos mejor a nosotros mismos y a los demás, al margen de los acuerdos a los que podamos llegar. La mediación pretende que se consigan buenos acuerdos entre las personas que se encuentran en conflicto, pero si al llegar a estos acuerdos vamos aprendiendo técnicas para que en el futuro podamos solucionar más eficazmente los problemas, habremos ganado algo mucho más importante que un buen acuerdo.

 

Educador y mediador

Trabajando, primero como educador de jóvenes en situación de riesgo y exclusión social y más tarde como mediador en el ámbito penal, he tratado de utilizar las técnicas de mediación y de transformación de conflictos, que he ido aprendiendo, interiorizando y practicando, en aquellas ocasiones en las que me he podido encontrar ante problemas o dificultades más o menos graves. Me gustaría, en estas líneas, transmitir un par de experiencias, de las que me impactaron más y me confirmaron que me encontraba ante una herramienta de gran valor educativo.

Así, recuerdo con gran nitidez un conflicto que se dio entre un compañero, educador de un Centro de Acogida destinado a jóvenes en situación de desprotección o riesgo, y una joven de dieciséis años acogida en dicho Centro. Los hechos fueron los siguientes: la joven se mostró muy agresiva ante el educador, queriendo imponer su criterio e incumpliendo el horario que se le había establecido. El educador, al recriminarle su actitud, sufrió una agresión por parte de la joven, y en el momento de tratar de contenerla verbalmente, la joven se sintió a su vez maltratada por la actitud del educador. Evidentemente, la situación era límite y desde el Centro educativo debíamos actuar de algún modo.

Quizás una posición rígida, teniendo únicamente en cuenta el reglamento del Centro, la solución ante esta agresión habría pasado por imponer una sanción a la joven. Sin embargo, desde el Equipo Educativo se entendió que un proceso de mediación podía ser, a la postre, mucho más efectivo que la mera sanción a la persona que doblemente había incumplido la normativa, primero en lo referente a horarios, y segundo al agredir a un educador. Y a toda esta situación había que añadir la propia percepción de la joven, que se sentía más víctima que agresora. No tenía una percepción clara de haber trasgredido ninguna norma, y, por el contrario, sentía que la actitud del educador hacia ella no había sido en absoluto pacífica.

En la mediación que se llevó a cabo ambas personas, educador y joven, pudieron expresar sus sentimientos y emociones ante los hechos vividos. Las versiones no coincidían totalmente (cada uno tenemos nuestra propia percepción de la realidad), pero sí era obvio que ambas personas, más allá de una primera posición rígida, mostraron un interés real en solucionar la problemática y establecer claras pautas para la relación educativa en el futuro.

Ambas personas hicieron el esfuerzo empático de tratar de entender la postura de la persona que tenían enfrente; y ambas personas trataron de establecer acuerdos eficaces para restaurar la relación educativa que tenían antes de que se produjera el incidente. La joven se disculpó por su comportamiento, entendiendo que fue inapropiado. Por su parte, el educador también pudo reconocer que su forma de actuar no fue del todo afortunada, aunque quedó absolutamente claro que en ningún momento se produjo ningún tipo de agresión hacia la menor.

 

Otro ejemplo

El segundo ejemplo, -me encontraba ya trabajando como mediador-, más grave en cuanto a los hechos y a las consecuencias producidas, en el que pudimos realizar un proceso de mediación fue el siguiente: dos jóvenes de diecisiete y dieciocho años, amigos entre sí, pasan la tarde de sábado junto con otros tres amigos en casa de uno de ellos jugando con la consola de videojuegos. A las ocho de la tarde deciden dejar de jugar y salen a la calle. En un supermercado compran bebidas alcohólicas y preparan un “botellón” en un parque público. Pasadas las horas, y ya bajo los efectos del alcohol, los dos jóvenes comienzan a discutir por un motivo intrascendente. La discusión, que empieza en tono jocoso, poco a poco va a más. Los ánimos de ambos muchachos se van calentando y pasan a una fase de insultos mutuos. Los otros tres amigos que estaban con ellos tratan de calmarles, de quitar importancia a la discusión y de tratar de continuar la noche sin más polémicas. Sin embargo, sus intentos no dan resultado y el nivel de agresividad entre ambos muchachos sigue creciendo y creciendo…

El punto culminante del conflicto se produce cuando uno de ellos rompe una de las botellas de vidrio que estaban consumiendo y ataca con ella a su amigo. Resultado de la agresión, se produce un aparatoso corte en la cara del agredido, quien comienza a sangrar abundantemente. El agresor, al darse cuenta de lo que ha hecho, se asusta, trata de acercarse a su amigo, auxiliarle o acompañarle al hospital. Sin embargo, el agredido, que también estaba muy asustado, no para de imprecarle y amenazarle. Por fin, uno de los otros amigos llama a la policía, quien se encarga de avisar a una ambulancia y llevarse al agresor detenido a la comisaría.

Después de los hechos ambos muchachos no vuelven a hablar entre ellos. El agresor, tras pasar toda la noche en comisaría, al día siguiente trata de llamar a su amigo para disculparse. Sin embargo no puede hacerlo. Coge el teléfono el padre del agredido y le dice que no se le ocurra volver a llamar a su hijo, que no quiere volver a verle nunca más y que espera que la ley actúe con la máxima contundencia contra él.

Con esta situación se nos solicitó tratar de realizar una mediación entre ambos muchachos. El objetivo no era tratar de evitar una sentencia condenatoria para el joven acusado, sino únicamente tratar de acercar a las partes y resolver en lo posible el conflicto, máxime teniendo en cuenta la relación de amistad que unía a ambas personas en el pasado.

El proceso de mediación no fue sencillo. La posición inicial del agredido era rígida. No quería volver a saber nada del agresor. Se sentía doblemente víctima, primero por la agresión y en segundo término por la reacción de sus amigos, que curiosamente minimizaban la agresión, entendían que el corte producido no fue para tanto y que el haber pasado la noche en el calabozo ya podía suponer suficiente castigo para el agresor.

El agresor por su parte se mostraba claramente arrepentido. Explicaba la incidencia que había tenido el alcohol en la agresión, pero en absoluto justificaba su acción. Pensaba que lo que había hecho era totalmente reprobable y estaba dispuesto a arreglar el conflicto como fuera. Tenía claro que debía compensar a la víctima por el daño sufrido y por las consecuencias que tuvo la agresión.

Tras un trabajo individual con cada uno de los muchachos, estimamos que ambos ya estaban preparados para realizar un encuentro dialogado dirigido por dos mediadores. El encuentro de mediación fue muy rico para ambos jóvenes. La víctima, a través del diálogo que se produjo, pudo pasar de una posición vindicativa inicial a comprender que su interés último era verse compensado por los daños ocasionados y rehabilitado ante su grupo de amigos. El muchacho que había agredido, por su parte, estaba dispuesto a compensar en lo posible el daño causado y también necesitaba similar rehabilitación ante su grupo de iguales: no quería que le vieran como alguien capaz de hacer un daño serio a otra persona, sino como alguien que si bien había realizado una acción absolutamente desafortunadamente, era capaz de asumir la responsabilidad por esos hechos y compensar al perjudicado en los términos que éste pudiera establecer. Al final del proceso, tras unas disculpas sinceras, el agresor estuvo de acuerdo en pagarle una cantidad económica que tenía ahorrada a la víctima. Además, de cara a su rehabilitación o reintegración social, acordó el realizar una serie de horas de servicios en beneficio de un colectivo desfavorecido. Concretamente decidió realizar su trabajo en un comedor social para personas sin techo que gestiona una congregación religiosa.

Algunas conclusiones para educadores

Ante estos dos ejemplos, y otros muchos más que hemos tenido la suerte de vivir, de situaciones límite, de conflictos de una gravedad importante en el que las personas implicadas estaban emocionalmente muy desgastadas, desde nuestra pedagogía de la mediación pudimos comprobar algo tan obvio como que todos cometemos errores, pero también que con buena voluntad y seguramente con algún esfuerzo, esos errores se pueden subsanar o compensar. Además, pudimos comprobar cómo el proceso de mediación, en sí mismo, suponía un aprendizaje para todas las personas implicadas en el mismo, incluidas las personas mediadoras.

Por tanto, si la mediación resulta una herramienta muy útil para abordar conflictos serios o graves, de igual forma puede ser un proceso perfectamente válido para trabajar los pequeños conflictos que en el día a día se nos pueden ir presentando. Es más, si por nuestra actividad estamos relacionados de alguna manera con el mundo de la educación o promoción humana, creemos que la mediación es una herramienta que podríamos tener siempre presente y utilizarla de forma habitual.

Por tanto, y para concluir, las técnicas de diálogo, de escucha activa, de ejercicio empático y de búsqueda creativa de soluciones ante nuestros problemas son elementos que pueden jugar un gran papel en nuestra labor educativa. Profesionales de la enseñanza, monitores, educadores, animadores y todas aquellas personas que realizan de un modo u otro, profesional o voluntario, formal o informal, una actividad educativa, pueden valerse de la mediación y de sus técnicas en el desarrollo de su trabajo diario. De este modo, la relación educativa -haciendo hincapié en la palabra relación-seguramente será más cercana, sólida y efectiva.

 

Carlos Romera Antón

Mediador