LA ORACIÓN CRISTIANA EN TIEMPOS DE BÚSQUEDA

José García de Castro Valdés, SJ

Profesor de Espiritualidad en la Universidad Pontificia Comillas – Madrid.

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO:

El autor, que es jesuita, tras presentar una primera fundamentación antropológica de la oración, pasa a referirse a Jesús como modelo siempre válido de oración. Después describe la oración como experiencia de Dios, y muestra con detalle cuatro niveles de progresiva profundización en dicha experiencia, que son cuatro etapas de un itinerario espiritual. Un itinerario que no sirve sólo para aprender a rezar, sino también para conocernos a nosotros mismos.

Los discípulos se acercaron a Jesús y le pidieron: “Maestro, enséñanos a orar” (Lc 11,1). ¿En qué estarían pensando aquellas personas cuando pronunciaron la palabra “orar” / “oración”? Si le pedían a Jesús que les enseñase es que tal vez no sabían. Lo habrían visto hacer a otros y parece que se sintieron atraídos por la experiencia. Jesús se sorprendería; le pedían muchas cosas y en cualquier momento: la vista, quedar limpios de la lepra o libres de los demonios, poder andar, recuperar la salud, incluso… ¡volver a la vida! Pero sin embargo estos discípulos, no sabemos quiénes eran, le preguntaron por la oración. ¿Por qué querían aprender a orar? ¿Qué pasa por el interior de una persona para que pida que le enseñen a orar? A Jesús no le dio tiempo a pensar mucho y respondió lo primero que llevaba en el corazón: “Padre nuestro”.

  1. La condición religiosa del ser humano

Orar es uno de los verbos más interculturales que tenemos. Lo encontramos en todas las culturas de todos los tiempos. Ya oraban los primeros antepasados del Neolítico y nos dejaron algunas representaciones de sus creencias religiosas. Rezaban los egipcios y los babilonios, los romanos y los griegos; rezaban los vikingos y los nórdicos, los incas y los mayas, los hindúes, los musulmanes, los judíos… Como el jugar de los niños, la oración parece ser una expresión de la vida, presente allí donde se encuentra un ser humano.

Si paseamos tranquilamente por la sección de “Espiritualidad” de algunas de las principales librerías de una gran ciudad, comprobaremos la creatividad tan grande que la cultura y el sujeto contemporáneos han ido desarrollando para dar cauce a esta dimensión “espiritual” del ser humano. Ni el impresionante y maravilloso desarrollo de la ciencia y la técnica que no deja de fascinarnos, por ejemplo, en lo que a posibilidades de telecomunicación se refiere; ni tantas propuestas de inmanentismos radicales o críticas fuertes a las religiones o a sus instituciones; ni el positivismo y cientifismo más duros y ortodoxos pueden anular esta…¿cómo llamarla? esta ¿inquietud? ¿sed? ¿este deseo? ¿anhelo? de cultivar el espíritu con la cantidad de sinónimos que recientemente le han salido: mente, psiquismo, interioridad, equilibrio (emocional, psicológico), yo, armonía… Hemos enterrado “el [término] alma”, pero no podemos renunciar a todo aquello que contiene y hacia lo que apunta; nos concierne por el dato maravilloso de ser “seres humanos”.

Hay quienes hablan de una espiritualidad inmanente, vacía de referencia a cualquier posibilidad de relación con algún tipo de realidad o ser trascendente; una “espiritualidad sin Espíritu”. No estoy tan seguro. Desde los datos de la sociología religiosa, parece evidente que la comprensión tradicional de la vida espiritual entendida como la relación institucional y cultural (más que personal) con el Dios cristiano mediado a través de lenguajes, símbolos y ritos propios de la Iglesia católica ha sufrido un desplazamiento. Se ha venido hablando del “ocultamiento y del eclipse de Dios” en Occidente, pero del Dios tal y como venía siendo transmitido y comunicado desde una cierta teología, una cierta espiritualidad y unas ciertas prácticas litúrgicas.

Tal desplazamiento de lo “católico tradicional”, acontecido en sociedades en proceso siempre inacabado de secularización, no puede ser entendido como una transformación entre mágica y repentina de la estructura interna del hombre. No podemos mantener que por tal desplazamiento socio-cultural condicionado también por coyunturas políticas concretas, el hombre haya perdido de repente su condición de “ser para el Absoluto”, en definitiva, su condición religiosa. El gran teólogo del siglo XX, Karl Rahner, pronunció aquella tan brillante como polémica expresión de “los cristianos anónimos”, aludiendo a esta presencia silenciosa de la dimensión religiosa de todo hombre más allá de su propia consciencia. La afirmación de Rahner en su día pecó de reduccionista. Casi cincuenta años después, y tratando de aproximarnos al hombre en el marco de una antropología intercultural, tal vez sea hoy más apropiado pensar el ser humano como “religioso anónimo”, afirmando así la dimensióntranscendente y constitutiva presente en todo hombre, lo sepa o no, dentro de cualquier tradición religiosa: “¿Quién soy? Las preguntas solitarias se burlan de mí. Sea quien sea, tú me conoces, tuyo soy, ¡oh Dios!” (D. Bonhoeffer).

Si hemos vaciado de contenido una dimensión de la estructura constitutiva del hombre, podríamos pensar que junto con dicho vaciado (lenguajes, ritos, iconos, símbolos, liturgias) desaparecería también el ámbito formal que lo posibilita, esto es, la parcela de nuestra estructura humana fundamental que nos abre a la trascendencia. Pero no. Tal ámbito formal, aquella “parte” de nuestra interioridad que acoge nuestra experiencia religiosa reclama nuevos contenidos, nuevos ritos o lenguajes que mantengan, al menos, en vela esta apertura radical hacia lo que deseamos que sea algo más allá que yo mismo. Hay que ser inhumanamente valiente para anclarse con libertad y coraje en el puerto de la finitud y asumir como vocación definitiva un “no ser” para siempre.

A mi modo de ver, la exagerada proliferación de nuevas y estrambóticas propuestas para el espíritu no son sino “comida rápida” para la oquedad producida por el vaciamiento repentino de contenidos religiosos tradicionales. Seguimos buscando nuevos lenguajes.

  1. El ser humano explorador incesante de interioridades

Porque esta estructura de religiosidad vive en el hombre hasta su último aliento, hoy podemos hablar de diversas “espiritualidades”, enorme variedad de caminos y propuestas que pretenden encauzar, con nuevos lenguajes y ritos, esta dimensión “sobre corporal” o “sobre natural” del hombre. Entusiasmados por tantas propuestas de sentido y casi todas a nuestro alcance, estamos en una época de exploración de las potencialidades que llevamos dentro. Hoy hay que experimentar, ser sujetos de experiencia, de situarnos in-mediatamente ante un objeto para hacer experiencia de él. Ya no nos sirve una “espiritualidad de oídas”; creer en algo o en alguien exige haber experimentado que de alguna forma es bueno para mí; de no serlo habrá que probar y experimentar otra cosa (1Ts 5,29). Muchos son los caminos que hoy podemos elegir para encauzar esta vocación de exploradores: yoga, zen, relajación, meditación, silencio, aromas, sexo, piedras y minerales, cremas y dietas amuletos, ohms, budas, danzas, luces, músicas, aguas, masajes, lodos, velas, inciensos… ¡hasta “whatsapp”!

El Apóstol Santo Tomás podría ser el patrono de toda esta corriente de “experimentólogos”. A la vista de lo que tenemos, hoy parece haberse invertido el sentido de aquella sentencia de Jesús de Nazaret: “Ingenuos los que crean sin haber visto”.

Hoy se ha abierto la veda de la exploración de la mismidad. El yo ya no es una propiedad intelectual de los grandes personajes de la Psicología en tránsito del XIX al XX, como S. Freud o C. Jung; tampoco es necesario entrar en largas y complicadas terapias que requieran formulaciones complejas de lo que sentimos, pensamos, recordamos o soñamos. Hoy, con más o menos acierto, con más o menos método, tiempo o dinero, sólo o acompañado, con o sin terapeuta, para todos está accesible aventurarse en esta arriesgada excursión hacia las profundidades del yo.

Tal exploración es un signo de nuestros tiempos; se ha levantado la tapa de los miedos, de las prohibiciones y del pecado omnipresente; se trata ahora de intentar sentirse bien y vivir mejor. Sin saberlo, porque nos falta mucha cultura clásica, hemos ido desenterrando a las grandes divinidades del Egeo y del Mediterráneo, constatando así que este anhelo de plenitud que se atreve incluso a batallar contra el tiempo, este soplo de eternidad, forma parte de nuestro existir más ancestral. Nos condiciona, nos determina y tantas veces… nos esclaviza. Todos deseamosestirar la vida en todos los aspectos posibles a nuestro alcance; retrasar la presencia imparable de la muerte que nos va llegando de puntillas. Negociamos sin fruto con Chronos y Psyché, e intentamos denodadamente “no morir”…  pero cada día que pasa es un día menos. Negociamos también con Venus e intentamos prolongar y aumentar la belleza y el placer en nuestro cuerpo y en nuestro entorno… pero la transformación imparable del cuerpo va configurando sin prisa el rostro de la vejez. Negociamos con Marte y buscamos perseverar fuertes, poderosos y mantenernos en forma… pero los límites de esfuerzo nos evidencian que vamos perdiendo facultades; buscamos a Cupido y entre vergüenzas y sonrojos deseamos una morada acogedora en el corazón de alguien.

Últimamente, como una nueva y fascinante tabla de salvación podemos apelar a Mercurio, el dios de los mercaderes y las comunicaciones y focalizar ahí, entre tantas nuevas posibilidades de “vivir conectado”, el horizonte de una  felicidad que nos espera. ¿No es la comunicación la manera más elemental de trascendencia, de salir de mí hacia el otro aunque tantas veces no tengamos nada (importante) que decirnos? Pero ahora no importa tanto decir algo cuanto sentir que estoy con alguien… y eso muchas veces, nos basta. ¿Acaso no es la oración una forma “estar conectado”?

Nadie queda libre de esta búsqueda de algún tipo de trascendencia que de alguna forma pueda ir convenciéndonos de que “mi yo”, es algo más de lo que percibo y alcanzo a conocer. Llevamos algo de Infinito, de Absoluto; hay quien lo llama Misterio, Océano o incluso Cosmos; la New Agesabe mucho de todo esto. Da igual. Lo que se nos impone, y tal vez más cuanto más tiempo va pasando, es que una parcela de nosotros mismos se siente incómoda anclada en su finitud y emerge un anhelo a veces vivido como nostalgia, de una forma de ser que abra alguna grieta en esas macro-palabras que a veces pronunciamos sin saber muy bien a qué nos referimos: “siempre”, “Paraíso”, “amor”, “eternidad”, “muerte”…

Teresa de Lisieux lo formuló preciosamente: “No sólo creía por lo que oía decir a personas más sabias que yo, sino porque en el fondo de mi corazón yo misma sentía profundas aspiraciones hacia una región más bella. Lo mismo que a Cristóbal Colón su genio le hizo intuir que existía un nuevo mundo, cuando nadie había soñado aún con él, así yo sentía que un día otra tierra me habría de servir de morada permanente” (Historia de un alma, Ms C, 6v).

 

Al referirse a modos posibles de ser cristiano, el Cardenal Newman hablaba de un cristianismo nocional y un cristianismo vital: “Creo que la mayoría de la gente que ora ha experimentado la enorme diferencia entre vagar entre las ideas y ser realmente tocado por el Espíritu”.

“¿Qué buscáis?” (Jn 1,38). Aquellos discípulos seguían a Jesús. El Maestro se volvió y les planteó esta pregunta. Y Jesús les invitó a una experiencia: “Venid y veréis”. ¿Qué vieron? No sabemos, pero dice el Evangelio que aquella tarde se quedaron con Él; exploraron y les gustó lo que vieron, lo que escucharon, lo que sintieron. Jesús les alcanzó en su deseo de trascendencia. Algo de “vida eterna” experimentaron aquella jornada.

  1. La oración de Jesús construye nuestra oración

La oración cristiana es como una grieta que nos impulsa a vivir en nuestra inmanencia abiertos a la promesa. Jesús experimentó el paso del tiempo, los cambios de la naturaleza, el desarrollo de su propio cuerpo, la muerte de algunos seres queridos… Jesús fue un hombre que, como tal, sentía dentro el latir del “más allá”, la vocación de “para siempre” que expresó como Reino de Dios. Porque Jesús oró y comprendió su vida desde la relación con su Padre, nosotros podemos y debemos hacer lo mismo. Jesús vivió abierto a una esperanza ya presente en él y en los suyos, que le hacía estar entre nosotros con un optimismo vital, más allá de nostalgias o melancolías paralizantes. Jesús encauzó su apertura hacia el Infinito, a través del “Padre”. De la misma manera que podemos hablar porque recibimos el lenguaje de nuestros padres, aprendemos a orar porque recibimos de Dios su lenguaje: Él nos habla. El Padre, según nos cuentan los Evangelios, era para Jesús una Presencia que Él vivía como silencio o “soledad sonora”, como consuelo, como fuerza, como bendición; muy dentro: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn14,9).

Jesús es para nosotros modelo vivo de orante, de aquel que no puede comprenderse a sí mismo ni el mundo si no es en Referencia al Padre, “su Padre y nuestro Padre”. Decía Gregorio Nacianceno que “deberíamos acordarnos de Dios más a menudo que de respirar”. Jesús respiraba a Dios.

Jesús vivió “descentrado de sí mismo”. Puso el centro y el eje constructor de su vida en el Padre. Vivía en la convicción profunda de que el Padre siempre, en todo momento y circunstancia, le escuchaba; algo de Él permanecía inamoviblemente en contacto con el Padre: “Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Tú siempre me escuchas” (Jn 11,41). La imagen de la vid y de los sarmientos del capítulo 15 de san Juan está tomada de su propia experiencia: así se sentiría Jesús con respecto al Padre, injertado en el Padre, savia de la misma savia, Vida de la misma Vida. Y Jesús, como buen Maestro, supo transmitir esta vida a sus discípulos: “Para mí vivir es Cristo” llegó a decir San Pablo (Flp 1,21). Para mí, diría Jesús, vivir es vivir para el Padre, como aquella experiencia que realmente construye su vida: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre” (Jn 4,34).

Jesús oraba y no podía no orar. Una existencia cristiana es una vida que se reconoce como generada, salida, originada de Otro. “He salido del Padre” (Jn 16, 28). Sabemos que nuestra vida es puro don recibido, existencia querida y pronunciada por Dios. El cristiano no se apropia de su propia vida sino que la reconoce como habitada por Otro y destinada eternamente para vivir con Dios. Jesús oraba como manera de mantener viva, consciente y sentida esta relación primordial de su ser. Sin el Padre nos “moriríamos”, aunque pudiéramos gozar de tantos lujos y circunstancias confortables para vivir como pudiéramos imaginar. La oración hace que vivir sea para nosotros “otra cosa”, el “no ser de este mundo” (Jn 18,36), del mundo construido a imagen de Pilatos o de Herodes. La oración continua en la que Jesús vivía era un continuo volver al Sentido y a la Fuente de su vida, al Porqué de su existencia aquí y ahora.

¿Y qué hacía Jesús mientras oraba? No sabemos muy bien. Se retiraba al silencio y a la soledad para poder entrar en la relación con el Padre (Mc 1,35; Lc 5,16). Lo que sí sabemos es que la oración de Jesús no era una oración de ensimismamiento o de huida de la realidad. Jesús no oraba para evadirse por unos minutos de la historia (a veces agobiante) que le rodeaba, ni para buscar otro mundo diferente y más “relajante” del que tenía delante de sí. Eso no sería cristiano. La oración cristiana precisamente nos empuja hacia el corazón de la historia para mantenernos, en medio de nuestras tareas y nuestros ruidos, vinculados a lo que es el Sentido de la Vida. “No los saques del mundo” (Jn 17,15), oraba Jesús al Padre al pedir por sus amigos. Jesús oraba para iluminar paternalmente los episodios de su vida y para favorecer que los contextos y circunstancias entre los que se movían fueran siempre “evangelio”, “buena nueva” y “vida nueva” para todos; cada anécdota de su vida era transformada en un momento de oración.

En la oración de Jesús todos encontraban un lugar apropiado y adecuado. Y sabían que Jesús oraba por ellos porque su vida quedaba transformada. Ganaban en libertad, en alegría, en salud, en esperanza, en humildad, crecía la compasión y la solidaridad. La oración tiene esa energía tantas veces oculta y no explicitada de ir transformando nuestras entrañas, para ir dibujando y configurando en nosotros las entrañas, los sentimientos, los juicios y conocimientos de Cristo (Flp 2,5). Pero ¿cómo nos transforma la oración?

  1. Oración, experiencia de Dios

Orar tiene que ver con el hecho de ser hombre y ser cultura. Preguntarnos por qué queremos o no queremos rezar, por qué creemos o no creemos en la oración, antes que una pregunta espiritual o teológica, es una cuestión antropológica, un asunto muy humano. Cómo pensemos el misterio de ser “ser humano” nos ofrecerá una u otra respuesta sobre qué es y qué significa para mí el hecho de orar.

Orar es una palabra-experiencia. No se sabe lo que es hasta que no se experimenta. Aunque puedan servirnos de ayuda, la oración no se aprende en libros de devoción o en catecismos. A orar se aprende orando, como a andar andando, o a nadar nadando. Por mucho que lea y estudie sobre cómo mover los brazos y respirar bajo el agua, nadie puede decir que sabe nadar hasta que no se tira a una piscina y comienza a avanzar a través del agua.

¿Qué experimentamos cuando oramos? ¿Podemos decir que experimentamos a Dios? ¿Cómo entender esta experiencia de Dios? La expresión, de tan familiar, se ha ido alejando de nosotros. Esta “experiencia de Dios” encierra diversos niveles de significado y alude, por tanto, a diversas experiencias según entendamos la conexión interna y espiritual entre estas tres palabras.

– Primer nivel de significado. Muchas veces, más de las que podamos pensar, comprendemos la “experiencia de Dios” como genitivo objetivo, esto es, como si yo (sujeto) hiciera experiencia de Dios (objeto), algo parecido a cuando hacemos experiencia de conducir o de cocinar. El sujeto controla o domina la situación; manipula un objeto para producir con él los efectos deseados: preparar tal o cual plato de cocina o dirigir el coche hacia tal o cual destino. Esta manera de comprensión de la experiencia de Dios es muy común y frecuente en nuestras oraciones cotidianas, retiros, ejercicios: nosotros “hacemos”, manejamos textos, cantos o fórmulas y podemos llegar a creer que el resultado final de tal oración o tal experiencia es haber logrado un “objetivo” como fruto de la aplicación correcta de la técnica utilizada.

Esta manera de entender la oración es parte de un proceso, pero es inmadura; tiende a reducir a Dios a nuestras propias categorías de comprensión e incluso de sensación. Puede contener experiencia de alteridad, pero el desmesurado protagonismo del yo puede impedir e incluso bloquear la iniciativa de la gracia. Este primer nivel de entenderse “frente a Dios” puede encontrar su reflejo bíblico en el icono del fariseo que oraba en el templo: una plana e inmanente percepción de sí mismo y una confianza desmesurada en la eficacia de los ritos que practicaba le hacía creer, sin posibilidad de duda, que Yaveh estaba con él (Lc 18,11). Esta experiencia de oración es infecunda, pues es el mismo sujeto quien bloquea la acción del Espíritu e impide su transformación por la gracia. La humildad es la condición primera para una relación “eficaz” con Dios.

Segundo nivel. Pero profundizando en nuestra expresión, podemos entender también este “de” como un genitivo posesivo, como cuando decimos “la bicicleta de Luis” o “la casa de María”. Se establece una relación de propiedad o de pertenencia. Así entendida, “experiencia de Dios” cambia radicalmente en su contenido. Ahora lo importante es que la oración que “yo hago” tiene un dueño, un Señor: la experiencia es de Dios, le pertenece. Ser consciente de este dato tan primario y elemental transforma mi oración, pues ya no soy yo quien incide libre y competentemente sobre un objeto, sino que me pongo en presencia de Alguien para que Alguien-Dios trabaje en su experiencia como mejor estime conveniente. Es el Señor quien construye la casa (Sal 126,1).

Esta manera de entender la oración avanza, sin duda, sobre la anterior. Entender así nuestra experiencia de oración nos hace humildes y pobres ante el mismo hecho de orar. Tal vez el icono bíblico que puede iluminar esta manera de comprender la relación con Dios, sea el Centurión que acude a Jesús para interceder por su criado enfermo (Lc 7,6-9). Este “pagano”, frente al fariseo, tiene muy claro que la salvación viene de fuera; que él nada puede. Se relaciona con Dios desde la consciencia de su propia pobreza y humildad. Hemos de empezar pidiendo. El Centurión nos anima a entrar en un ámbito sagrado que no nos pertenece. Vivir en oración es aceptar vivir descentrados: “Estoy dispuesta también a volar a otro campo de batalla, si el divino General me expresa su deseo de que lo haga. No haría falta una orden, bastaría una mirada, una simple señal” (Teresa de Lisieux, Historia de un alma, Ms C, 9r).

Tercer nivel. Pero este de puede todavía ayudarnos a seguir profundizando en la experiencia. Lo podemos comprender también como un decualitativo”, de cualidad, como cuando hablamos de “la casa de madera” o “el pastel de chocolate”. Así comprendida “experiencia de Dios” vincula la manera de ser de los dos términos. Mi “experiencia” es participar, de alguna manera, de lo que Dios es. La oración es “de Dios”; incluyendo el sentido anterior (de propiedad) lo que acontece en nuestra oración es realidad divina. Una experiencia de amor, de las mil y una formas como éste puede manifestarse. El hijo menor de la parábola (cf. Lc 15) ha entrado en esta dinámica de lo que es la vida con el Padre. Su salida de la casa, su vida disipada y su posterior vuelta y conversión al hogar paterno desencadenaron en él una dinámica de relación con el Padre insospechada antes de su “huida”. Haber recibido el anillo y los vestidos nuevos y haber sido honrado con la fiesta de bienvenida ha obrado en él la conversión del corazón para dejarse impregnar del estilo, del modo de proceder del amor recibido. Orar desde esta perspectiva es estar permitiendo que la vida de Dios venga a nosotros, nos “cualifique”, nos impregne, nos construya por dentro, nos transforme en Él. Orar así es empezar a entrar en comunión con Él, pasar de la clave legítima del estar frente al Señor, a la clave de experimentar la vida de Dios en nosotros.

– Cuarto nivel. Podemos profundizar un escalón más en nuestra “experiencia de Dios” y dejarnos llevar por el Espíritu hacia una manera plena de sentir y vivir con Dios. En su vocación de unir palabras este “de” puede tener también un valor “identitativo”, es decir, de referirse a “A” como “B”, incluyendo la identidad de uno cuando se afirma el otro. Es lo que en exégesis se llama “genitivo epexegético”. Por ejemplo: “el simpático de Antonio” o “la lista de Laura” o, ya en términos bíblicos “el Reino de Dios”. El simpático (“A”) es “Antonio” (“B”); de igual forma que la lista (“A”) es Laura (“B”), o el Reino es Dios. Al referirnos a la oración como “Experiencia de Dios”, aquí Dios (“B”) es la experiencia (“A”). Es éste un nivel de comprensión de la relación con Dios verdaderamente místico y al que todos estamos llamados: la vida en Cristo, el despliegue del Espíritu Santo que ya habita en nuestros corazones (Rm 5,5). San Pablo lo formuló atrevidamente, como solía decir él las cosas: “Yo ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20); Jesús ya había hablado de la vida del Padre en Él: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9) porque “el Padre y yo somos uno” (Jn 10,30). Y a esto estamos vocacionados todos, y hacia este horizonte debería empujarnos nuestra oración, a ser uno con Cristo y en Cristo (Jn 17,21).

Iba un joven pez nadando inquietamente por el Océano, con aire de despistado. De frente se acercaba a “paso lento” y tranquilo un pez grande, ya con sus años encima. El joven le paró y le preguntó: “Disculpe, usted que es más mayor, tal vez pueda ayudarme”. “Usted dirá” respondió afablemente el pez grande. “¿Me podría indicar por dónde se va al Océano?”. El pez grande abrió un poco más los ojos y sorprendido, pero con aire sosegado, le respondió: “¿El Océano? El Océano está aquí, es todo esto que puedes contemplar con tus ojos, tan grande, tan amplio, tan profundo”. “¿Esto? Pero si esto ¡no es más que agua!”, replicó el joven con cierto aire de decepción. “Sí, sólo agua, añadió el pez grande. Pero en el agua nos movemos y respiramos; del agua nos alimentamos y en el agua dormimos. El Océano lo es todo para nosotros. Sin el agua nos moriríamos”. El joven, a quien no acababan de convencer las palabras del pez grande, le miró con sorpresa y casi sin despedirse, con su aire de despistado, siguió afanosamente su inútil búsqueda”.

Así es la oración, un hábito de vida, una presencia y un alimento, una connaturalidad; desear hacer de nuestra vida un cotidiano estar “en las cosas del Padre” (Lc 2,49): “Poseo a Dios con la misma tranquilidad en la cocina, que si estuviera de rodillas ante el Santísimo Sacramento” (Laurent de la Resurrección, OCD).

Estos cuatro posibles sentidos de esta familiar expresión, “experiencia de Dios”, nos muestran el carácter dinámico de nuestra oración. La oración debería crecer e ir cambiando con nosotros, en modos y lenguajes, evolucionando según su propio ritmo interno hacia la pobreza y la humildad. Nuestra manera de rezar nos indica nuestra manera de entendernos frente a Dios. En nuestra Iglesia, necesitamos maestros que nos ayuden desde su experiencia a ir avanzando en nuestro personal e intransferible recorrido de amistad con Cristo; pararnos es retroceder. “Cuando era niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando me hice adulto, dejé las cosas de niño” (1Co 13,11).

  1. ¿Quién soy? La oración, fuente de identidad

La oración tiene vocación de sierva, de humildad. Es un medio, no un fin, aunque por desgracia, muchas veces, así podamos vivirlo. No oramos para cumplir con unos tiempos o unas prácticas recomendadas o instituidas en nuestra comunidad o congregación particular. Sólo llegará a su destino auténtico desde el corazón humilde que se siente pequeño, criatura, también necesitado. De alguien que espera de “lo alto” o de “lo profundo” la plenitud de una vida. La oración es el dedo; Dios es la Luna hacia la cual nos remite.

La oración es nuestra manera de mirar a lo alto para descubrir en verdad quiénes y cómo somos; es la fuente de nuestra identidad. Y estaremos inquietos buscándonos afanosamente por otros sitios, alimentándonos de fast food, hasta que descansemos en la oración por los caminos que el Espíritu nos vaya mostrando. Porque “ninguna cosa criada sobre la faz de la tierra”, expresión que tanto le gustaba a San Ignacio de Loyola, tiene el poder de decirme quién soy. Sólo Quien me dio la vida lo puede. Menos Dios todo, absolutamente todo, es penúltimo, un personaje secundario de la historia de mi vida y mi salvación. Abrir con libertad mi vida a Dios es ya anclarme en el Sentido, permitir amablemente al tiempo que vaya pasando sobre la roca de mi fe.

Así, la oración es resituar al yo en su verdadera identidad. No sabemos quiénes somos hasta que no nos situamos ante el Dios que nos habita y hacemos de nuestra vida un constante saludo a su Presencia constitutiva. Pero tampoco sabremos lo que son las cosas hasta que no las oremos, hasta que no lleguen a ser objeto e incluso sujeto de mi oración.

No oramos para cambiar las cosas como si esperásemos un acontecimiento mágico o supersticioso que pudiera deslumbrar a los que nos rodean. La oración cristiana no busca cambiar el mundo y renovarlo a “mi imagen”, como a mí me gustaría que fuera. Oramos para que venga Su Espíritu a nosotros y nos ayude a saber mirar la presencia milagrosa de su gloria, de su amor. Para Einstein, el tercer estadio de la religión, superado el del miedo y el de la moral, es “el del sentimiento cósmico religioso por el que el hombre percibe con asombro el sublime y maravilloso orden, armonía de la naturaleza”.

No oramos para intentar cambiar a Dios y llegar entonces a creernos que ha sido la fuerza de nuestra plegaria la que le ha convencido para “actuar” a favor nuestro.

Recuerdo dos fotografías que se publicaron en un importante periódico nacional. Eran los tiempos de aquel triste y dramático “conflicto” conocido como “Guerra del Golfo”. Juntas en el periódico, aparecían las fotos de los dos grandes responsables de la situación, George Bush y SadamHusein, los dos rezando. Cada uno desde su tradición, desde su conciencia, tal vez pidiendo al mismo Dios que los acontecimientos discurriesen de una u otra manera; en aquel caso, de maneras radicalmente opuestas. ¿Qué podía hacer Dios?

Nunca podremos conocer si nuestra oración ha llegado a cambiar la voluntad y la libertad de Dios. Pero sí podemos conocer el cambio que se produce en nuestro interior cuando, después de rezar, volvemos a mirar y a sentir nuestro mundo. En la película Tierras de Penumbra, C.S.Lewis mantiene un diálogo con su obispo sobre si estaba rezando o no después de la muerte de su esposa; Lewis responde: “No puedo evitar rezar, pero la oración no cambia a Dios, me cambia a mí”. Nuestra oración habrá sido una experiencia de Dios en nosotros si, y sólo si, el espíritu de amor y misericordia aparecen como el eje hermenéutico de nuestras afirmaciones y juicios sobre el mundo.

Oramos, ante todo, para ir favoreciendo en nosotros el proceso de infinita conversión a Dios. Para ir desplegando nuestra condición de semejantes y permitir al Espíritu que actúe en nosotros más fácil y más eficazmente en bien de nuestros hermanos. “Estos problemas no se resuelven con el esfuerzo humano –comentaba el P. Arrupe–. Orad, orad mucho”.

Hay dos formas de ver la vida, afirmó Eisntein: “Una creer que los milagros no existen; otra es creer que todo lo que existe es un milagro”. La oración es la puerta de la segunda.

Misión Joven. Número 436. Mayo 2013