La pastoral juvenil y los contenidos de la fe cristiana

José Luis Moral es profesor de la Universidad Pontificia Salesiana de Roma

 

La fe cristiana es a un tiempo don de Dios y decisión humana. Cierto que el polo primero y fundamental reside en el misterio divino, pero se trata de un «misterio donado al hombre» en serio, es decir, con todas las consecuencias. La libre iniciativa de Dios siempre precede cualquier respuesta humana; sin embargo, a esa lógica de la gracia se une la lógica de la fe como respuesta igualmente libre a la autocomunicación divina. Por otra parte, el «yo creo en ti» o «yo confío en ti» que los cristianos dirigen a Dios incluye tanto el carácter personal de la relación entre dos sujetos como la dimensión cognoscitiva que deriva del mismo: la fe expresa, en primer lugar, encuentro y trato de afecto o de amor; en segundo lugar, acogida o aceptación de cuanto es y me dice el «Otro» como verdadero.

El concilio Vaticano II y, más concretamente, Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, nos recuerdan que «quienes acogen con sinceridad la Buena Nueva, mediante tal acogida y la participación en la fe, se reúnen pues en el nombre de Jesús para buscar juntos el reino, construirlo, vivirlo. Ellos constituyen una comunidad que es a la vez evangelizadora. […] Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (EN 13-14). Este recuerdo venía cargado con arduos interrogantes: «1/ ¿Qué eficacia tiene en nuestros días la energía escondida de la Buena Nueva, capaz de sacudir profundamente la conciencia del hombre?; 2/ ¿Hasta dónde y cómo esta fuerza evangélica puede transformar verdaderamente al hombre de hoy?; 3/ ¿Con qué métodos hay que proclamar el Evangelio para que su poder sea eficaz? Estas preguntas desarrollan, en el fondo, la cuestión fundamental que la Iglesia se propone hoy día y que podría enunciarse así: después del Concilio y gracias al Concilio que ha constituido para ella una hora de Dios en este ciclo de la historia, la Iglesia ¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para inserirlo en el corazón del hombre con convicción libertad de espíritu y eficacia?» (EN 4).

 

  1. La brújula conciliar y el camino de la pastoral juvenil

 

Casi cincuenta años después del Vaticano II corre la voz de que la pastoral juvenil inspirada en él, visto lo visto, ya no funciona. Hace falta una nueva que, obviamente, sea una explícita evangelización y catequesis de los jóvenes: se terminó el tiempo de los «juegos experimentales», de la simple «educación antropológica» o de la animación social; llegó el momento de las propuestas fuertes, de una identidad cristiana íntegra, sin concesiones a la galería de los procesos o de los métodos que la acomodan a los gustos de nuestra época.

Más allá de la razón que les asista o les falte, las declaraciones en tal sentido verbalizan sin duda una especie de sensación difusa acerca del momento actual de la pastoral juvenil, percibido como un período de estancamiento y cansancio (por lo demás, sabido es que, en momentos parecidos, prosperan con facilidad las tentaciones nostálgicas e involucionistas).

Ahora parece, incluso, que ni siquiera los «grandes acontecimientos» eclesiales pensados para los jóvenes sacuden semejante apatía. Según esas voces de las que me hago eco, por tanto, sólo existiría la alternativa que nunca se debió abandonar, esto es: relanzar la objetividad segura, asumir sin miedo las exigencias de la verdad o, con otras palabras, una evangelización y anuncio claros y fuertes, una espiritualidad exigente, con menos incertezas y más coraje.

Ni que decir tiene que la situación de la pastoral juvenil resulta demasiado compleja como para ser definida con un par de frases. No basta decir, por ejemplo, que en ella existen serias carencias respecto al conocimiento de los temas de la fe. Una afirmación de tal género, entre otras cosas, debe hacerse indicando al mismo tiempo las razones de tal insuficiencia, que pudieran obedecer bien a deficiencias en los procesos de socialización, bien al subjetivismo cultural, bien a una pobre reformulación de la fe o, en fin, bien a una anacrónica organización de las comunidades eclesiales. De resultas, las soluciones nunca pueden tener una sola dirección.

En definitiva, y deteniéndome exclusivamente en una de sus «cuestiones abiertas» –esa de los contenidos de la fe– el camino de la pastoral juvenil, como cualquier senda humana, se ha construido con altos y bajos. Sin embargo, se ha hecho todo con una particularidad: el recorrido de la pastoral juvenil siempre ha estado guiado –frente a cualquier viento y marea – por la brújula del concilio Vaticano II. De ahí, la elaboración de una fundamentación teológica madura, en estrecha relación con una actualizada visión antropológica: ambos aspectos confluyen en el redescubrimiento del acontecimiento de la Encarnación y su profunda dimensión pastoral, por la que dicho acontecimiento se transforma en criterio básico de la misma[1].

En efecto, a la luz de la Encarnación han ido madurando otras claves fundamentales para la renovación de la pastoral juvenil. Elijo dos de ellos para ejemplificar. El primero referido al significado teológico de la vida cotidiana,algo así –sirvan las expresiones– como el «sacramento de la presencia y del encuentro con Dios, en Jesús». Es la vida de los jóvenes y de las comunidades cristianas, la cultura y la sociedad donde se desarrollan, el efectivo «lugar teológico» donde hemos de encontrar y relacionarnos hoy con Jesucristo.

El segundo, la educación. Si para conocer a los jóvenes, en principio, hay que tratar de comprender el tiempo que vivimos; fácil deducir después la especial «urgencia de la educación» en nuestros días. No obstante, la pastoral juvenil va más allá: entrelaza profundamente la evangelización y el hecho educativo, a través de una mutua implicación de la fe y de la educación.

Por semejantes derroteros encontramos algunos de los altos del camino de la pastoral juvenil; pero también existen los bajos. Me detengo igualmente en dos de ellos.

El subrayado de la Encarnación no ha estado exento del peligro de reducir toda la persona de Jesús y su proyecto salvífico a esa sola dimensión, oscureciendo en cierto modo un misterio que, enlazando con la creación, se despliega auténticamente en la Pascua, es decir, pasa por la cruz, la muerte y la resurrección.

Tanto la sacramentalidad de la vida cotidiana como los proyectos educativos, por otro lado, han podido restar importancia a lo más importante: la acogida de la salvación en el encuentro personal con Jesús, el Cristo. Tantas veces la pastoral juvenil quizá se ha concentrado más en el camino que en el don de Dios, aceptando un juego equivocado entre «primero educación» y «después anuncio» o evangelización. La relación entre educación y evangelización no puede traducirse en un rígida secuencia temporal del primero esto y después lo otro.

Con todo, hemos de caer en la cuenta de que esos y otros bajos se producen en un contexto donde las comunidades eclesiales no es que campen por altos de grandeza sin igual. No se trata de echar balones fuera, pero tampoco de jugar en campos diversos y concentrar las críticas allí donde están los equipos en la primera fase de entrenamientos y ni conocen las reglas del juego. En ocasiones, se descarga contra la pastoral juvenil sin ni tan siquiera echar una ojeada a qué parroquias (¿comunidades?), qué celebraciones, qué estructuras y relaciones presentamos como modelos de vida cristiana a los jóvenes.

Por otra parte, no se ha de olvidar que cuando hablamos de teología pastoral (teología de la praxis cristiana) y de pastoral juvenil (praxis cristiana con jóvenes), en el primer caso, el sujeto es la teología y, en el segundo, la pastoral o la praxis. Por desgracia, las muchas innovaciones pastorales o prácticas no siempre han sido precedidas o acompañadas por una adecuada reflexión teológica. Es más, se puede decir que uno de los aspectos más carentes en el desarrollo del último Concilio (que para mayor afrenta del asunto quiso ser todo él «pastoral») coincide con el escaso repensamiento y renovación de la teología pastoral o práctica[2]. Por último, tampoco hemos de echar en saco roto el «factor humano»: los altos de la pastoral juvenil no siempre se han visto correspondidos con una formación adecuada en los agentes y animadores de dicha pastoral.

 

  1. Atención a los contenidos de la fe

 

La preocupación principal de la pastoral juvenil, en general, y de cada proyecto, en particular, se centra en el encuentro personal de los jóvenes con Jesucristo. Dicho encuentro nace del anuncio, por lo que la pastoral juvenil, antes de nada, se identifica y define por su carácter evangelizador.

La referencia a la persona de Jesús, pues, constituye la experiencia central de la que se (pre)ocupa la pastoral juvenil. Una experiencia radicada en la fe que, junto a su forma personal, ha de tener también una dimensión contenutista y otra eclesial. Para los cristianos, en primer lugar, creer significa confiar en Dios, reconocer y acoger su amor gratuito e incondicional (dimensión personal). A partir de ahí, por un lado, nos referimos a una «fe afirmativa», o sea, que comporta la aceptación de cuanto Dios nos dice en Jesucristo y, asimismo, la respuesta coherente a su proyecto salvífico (dimensión contenutista); por otro, esa fe se vive dentro de una comunidad de creyentes (dimensión eclesial).

La atención a los contenidos de la fe, entonces -y por preocupantes que sean las carencias al respecto en la pastoral juvenil-, no puede considerarse una cuestión aislada y que, por lo mismo, se resolvería a través de la enseñanza de doctrinas o de la vuelta a «aprender el catecismo».

Expresado sintéticamente, la atención a los contenidos de la fe exige dos operaciones básicas: una dirigida a evaluar el estado de la cuestión y la otra a repensar–estructurar esos mismos contenidos en relación con el estado de conciencia de los hombres y mujeres, de los jóvenes de hoy.

 

El estado de la cuestión

Evaluar pasa por situar adecuadamente el problema. Lo intento al hilo de cuatro aclaraciones sobre otros tantos aspectos que distinguen una preocupación verdadera por los contenidos, del simple desasosiego manifestado por quien constata que los jóvenes desconocen la doctrina cristiana[3].

Inicialmente, ha de admitirse que la tradición formativa catequística y pastoral situaba todos los contenidos de la fe cristiana en un mismo plano o, lo que es peor, los organizaba atendiendo más a una perspectiva moral o funcional (cuando no moralizadora e instrumentalista, hasta extremos de «sometimiento de las conciencias») que a una «jerarquía de las verdades» (cf. UR 11) y a su sentido salvador (todavía predomina, sirva el ejemplo casi tópico, la confesión que gira en torno a algunas blasfemias o al sexto mandamiento, mientras se siguen ignorando la responsabilidades sociales, económicas o políticas). El conocimiento de la fe cristiana requiere un cambio que, por tantos motivos, no se ha producido y, además, la codificación moral o funcional de los contenidos de la misma es, sin duda, la más simple y «efectiva».

En segundo lugar, la atención a los contenidos exige la constatación de cómo esos contenidos habilitan para vivir con sentido; con otras palabras, cómo nos hacen crecer humana o cristianamente en todas las direcciones de la vida. Quiere esto decir que la verdadera preocupación por los contenidos no se refiere tanto a su conocimiento cuanto a la praxis, a la vida o, mejor dicho, a la integración de fe y vida que consiguen. Los contenidos tienen la función de orientar las opciones, sea en el plano de las actitudes que de las decisiones concretas. En esta óptica, la separación entre actitudes y conocimientos produce «incoherencias cristianas» de las que todos nos lamentamos o termina por justificar los llamativos dualismos –más o menos hipócritas– de subjetivismos y espiritualismos bien conocidos.

También los contenidos, en tercer lugar, guardan una estrecha relación con la educación, a través de la cual hemos de asegurar una madura interiorización de los acontecimientos que comporta la evangelización (manifestaciones de todo tipo, celebraciones, relación personal y comunitaria con Dios, etc.). Al respecto, la pastoral juvenil se ha orientado, con razón, por el camino del «hacer propuestas», sugiriendo en cada una de ellas modelos y contenidos que asimilar. De este modo, se mide la maduración personal en referencia a la progresiva interiorización de cuanto se va haciendo y viviendo. La operación no es fácil, por lo que no resulta infrecuente buscar atajos tramposos que, en general, tocan las fibras afectivas o se presentan con una espectacularidad atrayente (demasiado semejante al brillo de los fuegos artificiales que, una vez terminados, para nada cambian la oscuridad de la noche).

Por último, la preocupación por los contenidos traslada la atención a su formulación y comunicación. Es aquí donde tantas veces la tarea de la evangelización hace aguas, precisamente, por ambos sitios: por el lado de una fe que sigue narrándose con formas, lenguajes y símbolos antiguos y hasta literalmente increíbles para los jóvenes; o por el flanco de los tantos y tantos rumores que interfieren la comunicación con las nuevas generaciones.

 

Repensar y «comunicar» los contenidos

A la fin y a la postre, disparar con el complejo tema de los contenidos termina resultando un tiro por la culata. En efecto, las dificultades achacables a la pastoral juvenil quizás correspondan más bien a la teología en cuanto tal o al modo, en general, de vivir y narrar la experiencia cristiana en nuestros días. Como decía más arriba, necesitamos repensar y estructurar de otro modo los contenidos de la fe en relación directa al estado de conciencia de los hombres y mujeres de hoy.

En dicha tarea, por tanto, son determinantes tanto la «cuestión antropológica» como la «cuestión teológica» o, lo que es lo mismo, los modelos teológicos y antropológicos sobre los que se construyen los proyectos de pastoral juvenil. Con unos y otros, a veces, ha resultado que hablábamos de un Dios como si fuera un «gran señor», lejano e impasible –amén de empeñado constantemente en defender sus derechos–, que revela su verdad a unos pocos afortunados, confiándoles además un poder sin igual sobre cualquier afirmación de los hombres, y que sólo se deja conmover delante de sacrificios y renuncias. Jesús, en cambio, nos revela un rostro de Dios muy distinto: un Dios de la vida, dispuesto a morir para que todos la tengan de verdad[4].

Escapa a los objetivos del artículo ocuparme en sugerir una determinada estructura de los contenidos de la fe[5]. Por lo demás, no faltan ejemplos consistentes en algunos modelos de pastoral juvenil. En este sentido, el proyecto–marco de la pastoral juvenil salesiana se presenta como un verdadero y propio proyecto de espiritualidad juvenil, con una propuesta concreta donde se armonizan progresivamente los contenidos de la fe cristiana.

En cualquier caso y a la luz del Vaticano II, tanto los trabajos encaminados a reestructurar los contenidos como los correspondientes al anuncio y comunicación de la «Buena Noticia», bien pudieran relacionarse con tres pistas concretas: 1/ La «concentración cristológica», que comporta el cambio del clásico «paradigma pastoral de la sacramentalización»; 2/ La renovación (evangelizadora) de las comunidades cristianas para ayudar efectivamente a los jóvenes a redescubrir la Iglesia; 3/ La opción firme y central por un mundo más justo.

 

JOSÉ LUIS MORAL

 

 

[1] Cf. REDAZIONE «NPG», Ripensando quarant’anni di servizio alla pastorale Giovanile. Intervista a Riccardo Tonelli, «Note di Pastorale Giovanile» 5(2009), 11-65; R. TONELLI, Venti anni di pastorale giovanile, «Note di Pastorale Giovanile» 1(1986), 3-37.

[2] He estudiado concretamente el tema en otro lugar: cf. J.L. MORAL, Ciudadanos y cristianos. Reconstrucción de la Teología Pastoral como Teología de la Praxis Cristiana, San Pablo, Madrid 2007.

[3] R. TONELLI, Questioni aperte di pastorale giovanile, «Note di Pastorale Giovanile» 1(2008), 22-28.

[4] Cf. REDAZIONE «NPG», Ripensando quarant’anni di pastorale giovanile, o.c., p. 65.

[5] Lo he intentado en otros lugares tratando de repensar, en primer lugar, la «antropología teológica» y sugiriendo, después, una organización concreta de los contenido nucleares de la «experiencia de fe»: cf. J.L. MORAL, Creado creador. Apuntes de la historia de Dios con el hombre, Ed. CCS, Madrid 1999 o ID., Giovani, fede e comunicazione. Raccontare l’incredibile fede di Dio nell’uomo, LDC, Torino 2008 (sobre las cuestiones teológicas y antropológicas); ID., ¿Jóvenes sin fe? Manual de primeros auxilios para reconstruir con los jóvenes la fe y la religión, PPC, Madrid 2007 (acerca de la organización de los contenidos de la fe).