LA PASTORAL SACRAMENTAL CON JÓVENES EN LA PARROQUIA

Luis Fernando Álvarez es Director y Profesor del Centro de Estudios Teológicos de Sevilla

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Dos cuestiones fundamentales aborda el artículo: qué problemas pastorales suscita a la parroquia la celebración de los sacramentos con jóvenes y qué se puede hacer para responder a estos problemas. Analiza los aspectos que ofrecen mayores dificultades (insuficiente iniciación cristiana, individualismo religioso, precariedad de la cultura religiosa), para señalar después algunas propuestas para la pastoral sacramental con jóvenes: talante misionero de la parroquia, educación en la fe, marco referencial, celebración evangelizadora, superación de los problemas de lenguaje y atención y cuidado a algunas celebraciones sacramentales especiales.

Los lectores de Misión Joven conocen muy bien los datos y las conclusiones del más reciente estudio sociológico sobre la juventud española;[1] saben también que la evangelización de los jóvenes le está planteando en estos momentos a la parroquia –necesitada de una decidida renovación[2]– uno de los retos más grandes de su historia, una oportunidad, sin duda, extraordinaria. Teniendo en cuenta –y dándolas por conocidas- estas dos importantes componentes del asunto a tratar, me limitaré en estas páginas a buscar una respuesta a estas dos cuestiones principales: ¿Qué problemas pastorales suscita a la parroquia la celebración de los sacramentos con jóvenes hoy? ¿Qué se puede hacer para resolver estos problemas?

No son preguntas fáciles; pero resultan ineludibles para un pastor; en efecto, plantearse cuestiones como éstas es lo que convierte al agente de pastoral precisamente en pastor. Quiero decir que compartir los sentimientos mismos de Cristo -el único Pastor y Samaritano bueno, “que se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu”-[3] pasa tanto por el ejercicio de una profunda intimidad con el Señor como también por el aprendizaje de una pedagogía pastoral sistemática y la aplicación rigurosa de una programación pastoral, cuya meta final es facilitar a los jóvenes el encuentro personal y decisivo con Jesucristo.[4] El problema de la pastoral sacramental, sin embargo, es muy arduo y no se puede enfrentar separadamente de otros factores tales como la renovación profunda de la Iglesia, y el planteamiento de su acción pastoral global, por citar sólo estos dos…

 

  1. Qué pasa en la pastoral sacramental con jóvenes

 

Me referiré exclusivamente a aquellos aspectos que ofrecen mayores dificultades. Entiendo que la problemática de la pastoral sacramental con jóvenes está caracterizada por una serie de constantes, vertebradas alrededor de estos tres núcleos principales: la carencia de una iniciación cristiana completa y suficiente; el escaso y problemático sentido de pertenencia eclesial; y la incultura religiosa que imposibilita la participación en el misterio celebrado. Junto a estos tres elementos y mirando al sujeto de la acción pastoral hay que analizar también –en cuanto factor decisivo del problema y de su solución- con qué actitud, capacidades y metodología afrontan (afrontamos) los agentes de pastoral la presente situación.

 

1.1. Una iniciación cristiana insuficiente

 

Los cristianos no nacen, se hacen; y la matriz en donde tiene lugar esta iniciación a la vida cristiana, que implica a toda la persona en todos sus aspectos, es la parroquia, como “ámbito propio y principal”.[5] La familia, como “institución originaria”, y la escuela deben recuperar en la transmisión de la fe el lugar que antes tuvieron. Pero paradójicamente el primer problema con el que la parroquia se enfrenta en la pastoral sacramental con jóvenes es el de cómo ayudar a participar en la celebración del misterio de Cristo a jóvenes cristianos no iniciados completamente; para quienes los sacramentos resultan un arcano impenetrable no sólo porque no pueden comprenderlos sino sobre todo porque, en realidad, no poseen una clara identidad cristiana, aunque estén bautizados (y confirmados) y hayan celebrado la 1ª Eucaristía; adolecen de una “minoría de edad cristiana y eclesial”[6]. Debido a un conjunto de causas que han actuado simultáneamente y con vertiginosa rapidez la iniciación cristiana no ha alcanzado en ellos su meta deseada: asumir existencialmente su condición de hijos de Dios en Cristo y miembros responsables y vivos de la Iglesia. Se trata de un problema que afecta en todo su centro al ser cristiano: donde no hay iniciación no puede haber un cristiano; y donde no hay un cristiano ¿qué sentido tiene celebrar los Sacramentos? Estimo que esta situación la padece hoy una mayoría muy significativa de jóvenes en España.

Los obispos españoles han estudiado este problema y se han apresurado a declarar que “las dificultades para hacer cristianos hoy en España, y las deficiencias que existen en la pastoral de la iniciación en nuestras diócesis, lejos de desanimar(los), (los) estimulan”;[7] y se consideran, con todo realismo, “obligados a impulsar y consolidar la renovación de las pastoral de la Iniciación cristiana en todos sus aspectos”.[8] Es precisamente esta renovación la que debe llegar antes de que sea muy tarde a todas las parroquias.

 

¿Por qué ha sido insuficiente la iniciación cristiana?

La respuesta, en casi todos los casos, es siempre la misma: porque la iniciación se ha visto reducida en la práctica a una simple y rutinaria preparación a los Sacramentos; éstos ciertamente son muy importantes y requieren una buena preparación, pero de por sí ellos solos no hacen al cristiano sin la fe. Ni se debe olvidar que el concepto de iniciación cristiana –rescatado por el concilio Vaticano II- es más amplio y abarca todo un proceso de transformación personal, cuyas principales etapas es conveniente recordar:[9] la predicación de la Palabra de Dios y su explicación, el catecumenado –restaurado también por el concilio Vaticano II (SC 64)- que introduce en los misterios de la fe e inicia en la experiencia de vida comunitaria en la Iglesia, la celebración de los sacramentos de la iniciación que hacen partícipes de la vida Trinitaria, y la mistagogia o acompañamiento posterior de los nuevos cristianos hasta alcanzar “la plenitud de la madurez en Cristo” (Ef 4,13). ¿Han recorrido todo entero este proceso los jóvenes que vienen a la parroquia a celebrar la Eucaristía el domingo? ¿Y los que sólo van a Misa con motivo de un matrimonio o un funeral?

 

¿Es posible la iniciación cristiana sin la integración en una comunidad de referencia?

Los cristianos se hacen también teniendo delante modelos y testigos de vida cercanos a ellos, que facilitan el aprendizaje de toda la vida cristiana, que se vive de forma típica (aunque no exclusivamente) en la comunidad parroquial. A la reducción “sacramentalista” de la iniciación suele añadirse una experiencia de comunidad cristiana más bien pobre; o sea, los jóvenes no encuentran en la parroquia una comunidad cristiana de referencia en la que madurar en la fe, participando en la vida y en la misión de la Iglesia; al finalizar la iniciación no quedan integrados como miembros responsables en la comunidad cristiana. Además, el sentido de pertenencia a la Iglesia se hace aún más problemático al tener que desactivar la desconfianza que algunos movimientos instilan entre los jóvenes respecto a otros que no son “de ellos”. Y toda esta situación se complica todavía más con la progresiva pérdida de capacidad de transmitir, educar en la fe y suscitar experiencias de vida cristiana de la familia.

Ahora bien, ¿dónde aprenden hoy los jóvenes a ser cristianos? ¿dónde se confrontan con los valores del Evangelio? ¿dónde verifican y robustecen su fe? ¿cómo podrán reconocer “como algo suyo” las celebraciones sacramentales de la parroquia?

 

¿Cómo afecta a la celebración sacramental de estos jóvenes la carencia de una iniciación cristiana sólida?

Quienes trabajan en la pastoral sacramental con jóvenes en la parroquia conocen perfectamente que los sacramentos son un verdadero encuentro interpersonal entre Cristo y los jóvenes en la Iglesia. Además se percatan de que en los casos en que realmente acontece este encuentro quedan comprometidas en él la fe, la libertad y la vida entera de los jóvenes celebrantes. Y saben que precisamente es en este campo de la fe, de la libertad y de la misma vida donde se plantean las mayores dificultades.

La respuesta de la fe: la “minoría de edad cristiana y eclesial” en que deja sumidos a los jóvenes una iniciación cristiana insuficiente afecta muy seriamente a las celebraciones sacramentales, en cuanto que socava la fe personal de los jóvenes, que se precisa para una celebración del sacramento auténtica y fructuosa. Los Sacramentos santifican, edifican la Iglesia, alimentan, fortalecen y expresan la fe, pero, no lo olvidemos, también la suponen, porque es parte constitutiva de los mismos, “por eso se llaman sacramentos de fe” (SC 59). Lo explica muy bien el Prof. Borobio: “Así como no hay fe verdadera sin sacramento, porque no sería la fe que proclamaron los apóstoles, tampoco hay sacramento sin fe, porque no sería el sacramento querido por Cristo”.[10] O sea, la celebración sacramental es eficaz y significativa sólo si se celebra desde la fe. No estoy afirmando gratuitamente que esos jóvenes que vienen a la Eucaristía el domingo carezcan sin más de alguna fe -¡poseen la fe bautismal!-, constato sólo que la insuficiente iniciación no ha logrado madurarla en ellos hasta el grado requerido para posibilitar “una participación plena, consciente y activa” (SC 14) en el sacramento.

La libertad que acoge responsablemente: el sacramento acontece cuando al ofrecimiento de gracia realizado por Cristo responde actual y personalmente la libertad del joven que la acoge en su existencia. Ahora bien, la ya aludida “minoría de edad cristiana y eclesial” mina también la libertad personal, que es parte fundamental del sacramento, un encuentro entre dos libertades (Dios y el hombre). Como en el caso de la fe, también aquí se parte del don original de la libertad bautismal, cuando el joven “encuentra pleno sentido a su libertad” y “llega a ser plenamente libre en Dios”; más aún, “después del bautismo, el creyente no tiene que hacer sino actualizar y renovar aquel primer acto libre de fe, que supuso una entrega total de su vida“.[11] La gran dificultad estriba sobre todo en comprobar el grado de implicación de la propia libertad personal en la celebración sacramental, saber en qué medida los jóvenes “toman sobre si” responsablemente el don de Dios en el sacramento; y hasta qué punto éste influye en su vida.

La vida que se entrega a ejemplo de Cristo: los Sacramentos son además actos de culto de Cristo y de la Iglesia, cuya originalidad consiste en ser un culto espiritual o existencial (cf Rm 12.1-2). O sea, para el cristiano, como para Cristo, el culto es la misma vida ofrecida en sacrificio para hacer la voluntad del Padre (cf Hb 10,5-7). De ahí que los sacramentos no constituyen un fin en sí mismos; no se administran ni reciben, sino que más propiamente se celebran, ya que son verdadero ejercicio de su sacerdocio común y participación en el sacerdocio único de Cristo. Para muchos jóvenes los Sacramentos se agotan en las ceremonias y se mueven en el terreno del ritualismo o del mero sentimiento sólo, separados de la propia vida y del Reino de Dios. Es una dificultad que tiene su origen en una desfigurada noción de culto cristiano que los hace incapaces de relacionar el sacramento con la existencia personal y se convierte en grave óbice para una celebración fructuosa del mismo.

No son cuestiones fáciles de resolver; hay que buscar instrumentos de análisis que nos permitan conocer mejor la vivencia sacramental de los jóvenes, un método adecuado para la personalización de la fe y mejores programas de acción pastoral.

 

1.2. El individualismo religioso o una fe sin Iglesia

 

El encuentro con Jesucristo en la fe tiene lugar en la Iglesia. Pero la realidad es que los jóvenes españoles ponen a la Iglesia en el último lugar de sus preferencias y en el primer lugar de las instituciones que no le merecen confianza: son hijos de su tiempo… Y es que “en una cultura individualista y fragmentaria como la nuestra resulta especialmente difícil asumir la dimensión comunitaria de la fe”.[12] Para describir el propagarse de una religiosidad sin iglesias los ingleses han acuñado la expresión “believing without belonging”, creer sin pertenecer. Es un problema que afecta de lleno a la pertenencia eclesial y que resquebraja la eclesialidad de la fe; y ello explica, de alguna manera, entre otras cosas, el abandono del sacramento de la Reconciliación y la grave crisis de la participación en la Eucaristía, que “se ha convertido en un «sin sentido» para el mundo juvenil”.[13] Este indiscutible dato tiene consecuencias bastante serias para la pastoral sacramental, pues la Iglesia es el protosacramento, o sea, “el primer símbolo en el que sucede o acontece toda gracia simbólica sacramental”.[14]¿Cómo pueden los jóvenes celebrar los sacramentos de la Iglesia si no confían en ella o no se sienten parte de la misma? ¿Por qué aburre la Eucaristía a los jóvenes?[15]. No cabe duda de que la Iglesia debe salir al encuentro y llegar hasta estos jóvenes que no confían ya en ella y hablarles en su lenguaje y confesarles abiertamente su confianza en ellos; y presentarse como un espacio de libertad y de fraternidad cuya fuente es Cristo; y deberá igualmente celebrar los Sacramentos de un modo más religioso y auténtico.

 

1.3. La precaria cultura religiosa de los jóvenes

Por otra parte, la formación religiosa de los jóvenes es tan limitada que dificulta severamente su participación eficaz en los Sacramentos. Es un problema que afecta a la experiencia religiosa cristiana en su globalidad y a la experiencia litúrgica-sacramental en especial; y que añade matices diversos a la insuficiencia de la iniciación cristiana y al individualismo religioso, que ya hemos tratado más arriba. Aquí se habla de una cultura religiosa de base que permita penetrar y entender el rito cristiano en su totalidad y facilite la traducción a la propia vida del sacramento celebrado. Y más exactamente me refiero a la educación litúrgica que franquea el acceso al mundo simbólico cristiano iluminando la acción sacramental desde las perspectivas antropológica, bíblica, litúrgica, teológica y moral.

En la celebración de los Sacramentos nos expresamos y comunicamos con mediaciones simbólicas que tomamos prestadas de la Iglesia; cada una de estas mediaciones rituales tiene su propia génesis, su historia; si no conocemos dichas mediaciones es como si nos obligasen a hablar una lengua desconocida: pronunciamos con exactitud las palabras pero sin saber qué transmitimos, sin decirnos a nosotros mismos, sin percibir a qué nos comprometen; ¿cómo, entonces, nos servirá esa lengua extraña para hablar y encontrarnos con Dios? Sin la educación litúrgica los Sacramentos derivan peligrosamente hacia comportamientos ritualistas. Para los jóvenes pueden resultar un impenetrable jeroglífico o, como ellos mismos confiesan, una práctica aburrida. Ellos no han conocido la liturgia en latín; celebran los Sacramentos en su lengua materna, aunque les resulta todo tan desconocido como si fuese latín. No es cuestión, por tanto, de la lengua, sino del lenguaje: el universo simbólico cristiano, que desconocen.

 

  1. Qué propuestas para la pastoral sacramental con jóvenes

 

«¿Qué significa lo que hacéis?» Es la pregunta que, con toda honradez, nos plantean los jóvenes; y es tarea nuestra escuchar pacientemente sus preguntas;[16] ellos no los entienden y nosotros debemos contarle todo lo que significan los Sacramentos para nuestra propia vida. Es una pregunta que además tiene grandes resonancias para los cristianos; nos recuerda la Pascua: “Y cuando os pregunten vuestros hijos qué significa este rito, les responderéis: es el sacrificio de la Pascua, cuando el Señor pasó junto a las casas de los israelitas, hiriendo a los egipcios y protegiendo nuestras casas” (Ex 12,26-27). En realidad, la pastoral sacramental consiste en introducir a los jóvenes en el significado de los ritos sacramentales que prolongan en la comunidad cristiana la Pascua de su Señor. ¿Cómo hacerlo? He aquí algunas propuestas:

 

2.1. Transformar la parroquia en una misión

 

No podemos esperar que los jóvenes vengan a la parroquia a pedir los Sacramentos; hay que ir donde están lo jóvenes para anunciarles a Jesucristo, o sea para predicarles el Evangelio. Juan Pablo II hablaba en su tiempo de una evangelización nueva; hoy Benedicto XVI prefiere utilizar la expresión “primera evangelización”, porque en la actualidad no ha tenido ya lugar una evangelización previa que se pueda denominar “antigua” respecto a la “nueva”. Hace décadas se repetía que la parroquia debía ser misionera; hoy se tiene el convencimiento de que en las Iglesias de Europa cada parroquia deber ser una verdadera misión ad gentes[17]. Para ello la parroquia debe renovarse muy profundamente y adaptar su pesada estructura –a veces burocrática y concentrada sobre sí misma- a la urgencia de la misión. El recientemente desaparecido Casiano Floristán opinaba que la crisis sacramental es precisamente crisis de la parroquia.

 

2.2. Educar en la fe: la mejor forma de preparar a los sacramentos

La misión de evangelizar no se agota en el trabajo de sembrar la fe, es preciso entregarse también con paciencia a un crecimiento sistemático de la misma hasta su plena maduración; eso es la educación en la fe, a la que hay que “dedicar una creciente atención”[18] en Europa. Es la hora de educar, asevera Olegario González de Cardedal. Ello requiere obviamente una verdadera pedagogía de la fe y, desde luego, educadores. En este contexto, la pastoral sacramental debe ser considerada como un capítulo importante de la educación en la fe, pero no se admitirá que sea el único momento que ofrece la parroquia para la educación en la fe de los jóvenes; ni tampoco se debe dar la impresión de que el sacramento es la recompensa de la catequesis y como su conclusión.[19] La educación en la fe es todo un proceso de madurez humana y religiosa, con sus itinerarios y programas bien diversificados, que conduce paso a paso y mediante una sólida formación humana y cristiana, hasta la integración plena y responsable –como adulto en la fe- en la vida y en la misión de la comunidad cristiana; y hasta conseguir que los jóvenes mismos “sean capaces de manifestar una mentalidad cristiana en todos los ámbitos de la existencia”[20]. No resulta difícil colegir entonces que, en este noble afán, a la competencia pastoral hay que unir la capacidad pedagógica; por eso es urgente aprestar personal especializado en pastoral juvenil.

 

2.3. Pastoral sacramental en el marco de una pastoral juvenil parroquial:

La pastoral sacramental con jóvenes está destinada al fracaso en una parroquia donde no exista un proyecto de pastoral juvenil global y sistemático, que acompañe a los jóvenes en su seguimiento de Cristo y en su plena inserción en la Iglesia. La casa hay que empezar a construirla desde los cimientos, no por el tejado. En no pocas ocasiones la única actividad de pastoral juvenil de una parroquia es la catequesis de Confirmación, que se manifiesta episódica e incompleta porque, según la opinión más generalizada, no deja integrados a los jóvenes en la comunidad cristiana ni ayuda a edificarla.[21] En todo caso, ¿qué haremos con el numeroso grupo de jóvenes que han optado por no confirmarse?, ¿los vamos a considerar sin más apóstatas?, ¿qué postura adoptaremos cuando vengan a pedirnos el Matrimonio? Es evidente que se requiere una renovación de la pastoral juvenil y “es necesario además dotarla de mayor organicidad y coherencia”[22]. E incorporar a los padres en la acción pastoral juvenil de sus hijos (diversas experiencias en este sentido están resultando muy prometedoras).

Entre las mejores contribuciones que la pastoral juvenil aporta a la pastoral sacramental hay que destacar estas tres:

 

– Iniciar y ayudar a progresar a los jóvenes en la experiencia profunda de Dios a través de la oración, la meditación de la Palabra y una vida interior robusta; “entregarse a la mirada de Dios” lo denomina Kart Lehmann;[23] cultivar en ellos la alabanza, la escucha, la adoración; en efecto, como reconocía el recordado José Mª Mardones, “sin experiencia personal del Misterio no hay fe, ésta no dura y se marchita”[24], pero quien se ha encontrado con Dios en la oración y el silencio no tendrá mayores dificultades para descubrirlo también bajo el velo de los signos en la experiencia litúrgico-sacramental.

– Facilitar a los jóvenes la experiencia concreta de fraternidad y de comunión; ciertamente la inserción responsable en una comunidad cristiana donde se verifica y se comparte la fe y se viva la comunión entre las personas constituye el mejor humus donde brota y se desarrolla pujante la comunidad celebrante que vive, en cuanto tal, del Misterio celebrado. El grupo de fe, la asociación apostólica, la familia cristiana son también porciones de Iglesia donde vivir esta experiencia de vida cristiana comunitaria.

– Empeñar a los jóvenes en un fuerte compromiso por los más pobres y necesitados; “creer hoy sólo será responsable si se apuesta por el hombre”.[25] Pero la radicalidad de este compromiso sólo se verá libre de volverse puro voluntarismo si bebe y se nutre de la celebración de la Pascua de Jesús.

 

2.4. Una celebración de los sacramentos eficazmente evangelizadora:

 

La celebración de los Sacramentos con jóvenes debe realizarse con la misma generosa solicitud e ingenio pastoral con que se celebra la liturgia en tierras de misión. Eso quiere decir que la celebración en sí misma, en todos sus aspectos (ritos, oraciones, Palabra, símbolos, canto), está dispuesta y ordenada para ser eficazmente evangelizadora, sin perder por ello su naturaleza litúrgica. A este fin, no se debe olvidar que la palabra clave del Movimiento litúrgico moderno (Liturgische Bewegung) fue participación, y que el concilio Vaticano II decreta la reforma de la Liturgia católica en función precisamente de esta participación. Por eso la pastoral sacramental con jóvenes tiene como meta principal conducir a una plena participación de los jóvenes en el Misterio celebrado; eso significa bastante más que no asistir a ellos –indicaba expresamente la constitución litúrgica-, como «extraños y mudos espectadores» (SC 48). Sin embargo, esta forma de penetrar, per ritus et preces, en lo más profundo del Misterio no depende exclusivamente de la preparación próxima de los jóvenes, sino que está condicionada también muy seriamente por el modo de celebrar los Sacramentos, o sea, por la manera precisa con que se realizan losritus et preces, que puede transparentar u ocultar el Misterio, allanar el encuentro con el Señor o complicarlo. Esto es realmente importante, sobre todo si se tiene en cuenta que la pastoral sacramental no puede comenzar ni terminar más que cuando existe ya una cierta experiencia litúrgico-celebrativa de los jóvenes, que no debería haber sido frustrante, sino todo lo contrario: debería haber hecho experimentar lo invisible a través de lo visible y captar la armonía y la verdad de la celebración del Misterio.[26] La liturgia de los Sacramentos ha de ser de tal calidad que arrastre y adentre en el Misterio; ha de ser una liturgia bella, profunda, auténtica, verdadera, habitada, saboreada, orada… hasta el máximo posible. Hay que proponer y facilitar reiteradamente a los jóvenes esta meta sin renunciar jamás a ella.

Creo que, para conseguirlo, la pastoral sacramental con jóvenes tendrá que concentrarse en lo esencial y atender, sobre todo, a estas prioridades:

 

– Cuidar exquisitamente la participación de los jóvenes en la celebración de la Palabra: ante todo suscitar la atmósfera de escucha atenta y religiosa, garantizar la perfecta proclamación de la Palabra (promover una escuela de lectores), facilitar la prelectura de los textos (ayudarse de los pequeños misales), llenar de vida y oración los silencios entre lecturas, cantar el salmo responsorial (al menos la antífona), preparar esmeradamente la homilía (especialmente el lenguaje). Y, desde luego, favorecer la formación bíblica de los jóvenes (grupos de Biblia, lectio divina, etc.). La participación en la liturgia de la Palabra es esencial en la celebración de los Sacramentos con jóvenes, para desarrollar la enorme potencia evangelizadora que en sí contiene. Sin embargo tengo comprobado que, salvo honradas excepciones, en este terreno hay mucho campo por desbrozar y muchas lagunas (también desplazamientos hacia lo accidental y accesorio).

– Ayudar a los jóvenes a comprender y a vivir los signos sacramentales esenciales. Me refiero en concreto a la comunión del Pan y del Vino en la Eucaristía, a la absolución sacramental en la Reconciliación, al consentimiento de los esposos en el Matrimonio: ante todo realizar los signos de forma plenamente significativa (no basta con que sean válidos, deben además des-velar el Misterio) y esto es responsabilidad de los ministros; conducir a los jóvenes hacia una inteligencia plena del signo como mediación eclesial del encuentro interpersonal con Jesucristo (catequesis litúrgica, mistagogia), que implica una respuesta libre desde la fe personal; introducirlos más y más en el lenguaje simbólico haciéndoles comprender hasta dónde les compromete existencialmente el símbolo.

– Obtener el máximo partido a los Rituales en vistas a lograr una celebración claramente evangelizadora: eso conlleva un conocimiento profundo de los libros litúrgicos reformados, que permita la oportuna adaptación de los ritos, la sana creatividad, la conveniente y flexible selección de los textos y la asimilación de los criterios pastorales que contienen. Creo honradamente que, buscando la mejor integración de los jóvenes en el conjunto de la Iglesia diocesana, una pastoral sacramental responsable no debe ir más allá de lo que los libros litúrgicos señalan como típico; pero también pienso que a los libros litúrgicos no se les saca todo el jugo que tienen: es una tarea pendiente…

– Aplicar los criterios pedagógicos de la gradualidad y la progresión ofreciendo a los jóvenes experiencias de celebraciones especiales para ellos, bien cuidadas y con carácter propedéutico, que los dispongan a participar con verdadero fruto en la liturgia de la asamblea parroquial. Esta es la meta de la pastoral sacramental con jóvenes.

 

2.5. Ayudar a superar el problema del lenguaje

 

La traducción a las lenguas vivas de la liturgia romana ha significado un paso gigantesco en la participación activa, interna y externa en la celebración de los Sacramentos; pero también ha permitido descubrir que el lenguaje de la liturgia no resulta a veces tan fácil para el hombre de hoy, tan alejado culturalmente de la época en que tuvieron su origen la mayor parte de los textos litúrgicos. Los jóvenes se encuentran ante un lenguaje celebrativo, tipificado, no coloquial y algo anacrónico, que precisa indudablemente una explicación y con el que es difícil rezar. Se puede decir que, cuando ellos rezan a solas, tanto las cosas que piden como el Dios al que se dirigen, no se parece al de la liturgia de la Iglesia. Esta dificultad también la padecen los cristianos adultos. ¿Qué se puede hacer? Desde luego instar a los Obispos a que hagan revisar y mejorar las traducciones de los libros litúrgicos; hay una gran diferencia entre el Leccionario y el Misal, por ejemplo.

Pero además habrá que abrir los oídos y la inteligencia (effetá) de los jóvenes al lenguaje de la liturgia; esto se puede realizar en la misma celebración mediante:

– La ajustada preparación de la homilía –que posee precisamente la finalidad de introducir en lo más profundo de la celebración utilizando las categorías de pensamiento del hombre de hoy-, y que es una pieza del ordenamiento ritual absolutamente abierta.

– La correcta redacción de los textos de la oración de los fieles, de libre composición aunque conforme a un esquema determinado.

– La selección inteligente del repertorio de los cantos, de tanta importancia desde el punto de vista cultural y antropológico.

– El hábil uso de alguna didascalia tan brevísima como clarificadora.

– La elaboración de una plantilla para el examen de conciencia en la celebración comunitaria de la Reconciliación…

Fuera de la celebración, en el ámbito de la formación litúrgica de los jóvenes, da muy buenos resultados el estudio y la explicación de una serie de textos litúrgicos especialmente interesantes por su importancia o por su dificultad. Entre otros, por ejemplo, alguna plegaria eucarística, algún texto del ritual del Matrimonio –fórmulas de consentimiento, bendición de los esposos-, el texto de la absolución sacramental del ritual de la Reconciliación.

 

2.6. Atender con más cuidado algunas celebraciones sacramentales

Considero que la pastoral sacramental con jóvenes debe atender con particular atención la celebración del Matrimonio, un sacramento pastoralmente a la intemperie. En especial es muy necesario asegurar: la preparación seria y rigurosa de los novios –tan prolongada como sea necesaria-, la celebración más sencilla y evangélica del rito sacramental –desde mi punto de vista en la celebración de este sacramento se han ido introduciendo últimamente usos “litúrgicos” caprichosos y subjetivos que se alejan del espíritu y la letra de la reforma litúrgica-, el acompañamiento de los nuevos esposos en grupos de matrimonios cristianos o movimientos apostólicos familiares.

El otro sacramento que requiere una mayor atención pastoral es el de la Reconciliación. La celebración comunitaria de la Reconciliación con jóvenes permite aprovechar las ventajas del encuentro personal y el diálogo pastoral en la confesión y absolución personal, y, al mismo tiempo, aprovechar también las ventajas de la celebración comunitaria: una celebración de la Palabra más extensa, un examen de conciencia que favorezca la educación moral de los jóvenes, la oración común y el sentido comunitario del pecado y del perdón.

 

* * *

 

Una convicción me ha guiado a lo largo de estas páginas: sin celebración del Misterio de Cristo la fe se muere y desaparece; pero cualquier celebración no vale. A los jóvenes hay que ofrecerles la mejor celebración de la Pascua de Cristo que seamos capaces de preparar y vivir. Y hay que exigirles también su más plena y auténtica participación en el Misterio celebrado. Por los demás es seguro que una acción pastoral juvenil valiente, profética y sistemática transforma y construye la Iglesia y la Sociedad conforme al proyecto del Reino de Dios.

Luis Fernando Álvarez

estudios@misionjoven.org

 

[1] CENTRO NACIONAL SALESIANO DE PASTORAL JUVENIL, Jóvenes españoles 2005: comentario y pistas de reflexión, en Misión Joven 46 (2006) nn. 354-355, 63-74. El estudio en cuestión ha sido publicado por la Fundación Santa María a comienzos del 2006: P. GONZÁLEZ BLASCO (dir.), Jóvenes españoles 2005 (Madrid, SM, 2006) = JE 2005 (se cita página).

[2] Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici, 26: AAS 81 (1989) 439; IDEM, Exhortación apostólica postsinodalEcclesia in Europa, 15: AAS 95 (2003) 659 = EE (se cita número).

[3] MISAL ROMANO reformado por mandato del Concilio Vaticano II y promulgado por Su Santidad el Papa Pablo VI. Edición típica aprobada por la Conferencia Episcopal Española. Adoptada posteriormente por las Conferencias Episcopales de Cuba, Ecuador, Perú y Puerto Rico, y confirmada por la Congregación para el Culto Divino. Texto unificado en lengua española del Ordinario de la Misa (Madrid 1988), Prefacio común VIII, Jesús Buen Samaritano, p. 500.

[4] Veo en la siguiente oración de Juan Pablo II, pronunciada en Asís a las tres semanas del inicio de su pontificado, un claro ejemplo claro de lo que podemos denominar la actitud pastoral y sus diversos elementos: sintonía e intimidad con el Buen Pastor, análisis de la situación, simpatía por los destinatarios, elección de una metodología y programación de un objetivo final de la acción pastoral: “Ayúdanos, Francisco, a acercar a Cristo la Iglesia y el mundo de hoy. Tú que has llevado en el corazón las vicisitudes de tus contemporáneos, ayúdanos, con nuestro corazón cercano al corazón del Redentor, a abrazar las vicisitudes de los hombres de nuestra época, los difíciles problemas sociales, económicos, políticos, los problemas de la cultura y la civilización contemporánea, todos los sufrimientos del hombre de hoy, sus dudas, sus negaciones, sus desbandadas, sus tensiones, sus complejos, sus inquietudes … Ayúdanos a traducir todo eso al sencillo y fructífero lenguaje del Evangelio. Ayúdanos a resolver todo en clave evangélica, para que Cristo mismo pueda ser “Camino, Verdad y Vida” para el hombre de nuestro tiempo” (5 de noviembre de 1978).

[5] LXX ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La Iniciación cristiana. Reflexiones y Orientaciones (Madrid 1989) 32 = IC (cito el nº).

[6] La expresión es del Papa Juan Pablo II (1978-2005): Discurso a los obispos de las provincias eclesiásticas de Granada, Sevilla y Valencia, en su visita “ad limina” del 7 de julio de 1998, en L’Osservatore Romano 28, 1541, 10 de julio de 1998, p. 5.

[7] IC, 5.

[8] IC, 3.

[9] Cf IC, 24-31. El itinerario típico del proceso de iniciación cristiana se encuentra trazado en el Ritual de la Iniciación cristiana de Adultos (1976).

[10] D. BOROBIO, De la celebración a la teología: ¿Qué es un sacramento?, en D. BOROBIO (ed.), La celebración en la Iglesia. I. Liturgia y sacramentología fundamental (Salamanca2 1987) 528-529. IDEM, Sacramenta fidei. Los sacramentos suponen y alimentan la fe, en J. M. CANALS – I. TOMÁS CÁNOVAS (edd.), La liturgia en los inicios del tercer milenio. A los XL años de la Sacrosanctum Concilium = Asociación Española de Profesores de Liturgia 3 (Baracaldo 2004) 412-415.

[11] D. BOROBIO, De la celebración a la teología, o. c., 531-532. IDEM, Sacramenta fidei, o.c., 415-419.

[12] P. CHÁVEZ, Una pastoral para los jóvenes de hoy, en Isidorianum 13 (2004) 475-476.

[13] JE 2005, 281.

[14] D. BOROBIO, De la celebración a la teología… o.c., 499-500.

[15] Cf. JE 2005, 281; para las posibles causas de esta situación ver pp. 274-277.

[16] Cf. EE 62.

[17] “En el «viejo» Continente existen también amplios sectores sociales y culturales en los que se necesita una verdadera y auténtica misión ad gentes” (EE 46).

[18] Ibidem, 61.

[19] Cf. al respecto F. CASSIGENA-TREVEDY, Catequesis y liturgia, en Catequética 47-3 (2006) 220.

[20] EE 62.

[21] El sentido de pertenencia a la Iglesia de los jóvenes es un tema difícil; pero si los Sacramentos construyen la Iglesia haciéndola como un sacramento ante y para el mundo, no se entiende muy bien por qué la pastoral sacramental con jóvenes o la pastoral juvenil tienden, a veces, a separarlos de la comunidad o a levantar una comunidad (juvenil) paralela. Los Sacramentos que se celebran con jóvenes son siempre sacramentos de la Iglesia, que celebra la Iglesia y que santifican a la Iglesia; son Sacramentos para todos ¿por qué entonces tienen que ser celebraciones experimentales atípicas?

[22] EE, 62.

[23] Cf. K. LEHMANN, Es tiempo de pensar en Dios. Conversaciones con Jürgen Hoeren (Barcelona 2000) 75.

[24] J. M. MARDONES, En el umbral del mañana. El cristianismo del futuro (Madrid 2000) 213.

[25] Ibidem, 216.

[26] Cf a este respecto F. L. PANELLA, La belleza en la liturgia, en VARIOS, Celebrar en belleza = Dossiers CPL 109 (Barcelona 2006) 27-48. Ver también P. MARINI, Liturgia e bellezza. Nobilis pulchritudo. Memoriad i una esperienza vissuta nelle celebrazioni liturgiche del Santo Padre(Roma 2005).

Compartir
Artículo anteriorJÓVENES Y PARROQUIA
Artículo siguientePUENTE HACIA LA TOLERANCIA