LA “RAZÓN” EN EL SISTEMA PREVENTIVO DE DON BOSCO

José Manuel Prellezo García

Profesor emérito de la Universidad Pontificia Salesiana de Roma. Director delIstituto Storico Salesiano (Roma). Miembro de la Sociedad Española de Historia de la Educación

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO:

El autor, que ha estudiado durante décadas el sistema educativo de San Juan Bosco, el llamado Sistema Preventivo, presenta las ricas facetas que para el santo de Turín supone que la Razónsea uno de los tres pilares de sus sistema.  Además demuestra cómo la razón permea y enriquece notablemente los otros dos, la Religión y el Amor (Amorevolezza).

 

Han transcurrido ya cerca de tres décadas, desde los comienzos de su Obra en favor de los “jóvenes pobres y abandonados” de Turín, cuando DonBosco, invitado por amigos y colaboradores, se decide a preparar un breve escrito sobre su método de educación. En las primeras líneas del trabajo, advierte que se limitará a exponer sólo “algunos pensamientos sobre el llamado Sistema preventivo, que se suele aplicar en nuestras casas”[1].

Apoyado precisamente en los resultados obtenidos en su labor, es decir, aprovechando la ya larga experiencia educativa,  Don Bosco publica, en 1877, el conocido folleto pedagógico: El Sistema preventivo en la educación de la juventud, con la finalidad declarada de ofrecer una ayuda en el “difícil arte de educar a la juventud” (SP, 31-32).

La estructura general y los contenidos de la publicación comprenden los siguientes núcleos temáticos: en qué consiste el Sistema preventivo,  por qué debe preferirse, su puesta en práctica,  sus ventajas y una palabra sobre los castigos.

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En este artículo no me propongo hacer un análisis exhaustivo de los núcleos temáticos que se acaban de enunciar. De acuerdo con el enfoque y las exigencias del presente número de “Misión Joven”, mis reflexiones se centran, de manera casi exclusiva, en algunos aspectos salientes del Sistema preventivo de Don Bosco, con el fin de esclarecer el significado y alcance de una de las “grandes palabras” –razón–, a la que el mismo Don Bosco atribuye especial importancia, tanto en las páginas del mencionado escrito de 1877, como en otras publicaciones, en las que se refiere a sus ideas pedagógicas o alude a la experiencia educativa personal.

 

  1. El lugar privilegiado de la razón

“Este sistema  –escribe don Bosco en los primeros párrafos del folleto sobre El Sistema preventivo en la educación de la juventud– se apoya enteramente en la razón, la religión y el cariño; por lo que se excluye todo castigo violento y trata de mantener lejos hasta los castigos ligeros” (SP, 33-34).

La última palabra del trinomio –“cariño” (en italiano, amorevolezza)– se podría traducir, y se ha traducido frecuentemente en español, con diferentes términos y expresiones (amor, amabilidad, afecto, bondad, dulzura, amor manifestado). Pero ninguno de ellos es totalmente ajustado o satisfactorio.

Dejando aparte, por el momento, los matices que pueda tener el vocablo –muy poco usado ya en la lengua italiana–, antes de nada, conviene subrayar un hecho. La “razón” ocupa –se acaba ya de comprobar– el primer lugar en la enumeración de los términos que integran el trinomio mencionado. El mismo orden se observa, con raras excepciones, incluso cuando Don Bosco, al hacer diferentes consideraciones sobre su sistema educativo, omite el tercer miembro del trinomio, y se limita a enunciar los otros dos.

Encontramos, en efecto, aserciones como la siguiente: “Razón y religión son los instrumentos de los que se debe servir constantemente el educador, enseñarlos y practicarlos él mismo, si quiere lograr que se le obedezca y obtener su objetivo” (SP, 36).

El año 1864, en un animado diálogo con el maestro de la escuela elemental de Mornese, Francesco Bodrato, respondiendo a la pregunta formulada por éste, referente al “gran secreto” del método educativo practicado en Valdocco, Don Bosco subraya: “Religión y Razón son los resortes de todo mi sistema de educación”. Y hace, enseguida, cálidas reflexiones sobre el valor de la religión en el terreno de experiencia educativa; pero destaca, con no menor fuerza, la importancia “del buen uso de la razón para dirigir todas las acciones”[2].

Ese lugar privilegiado, que ocupa la razón en las páginas sobre El Sistema preventivo en la educación, quizás puede sorprender un poco. Mas, para esclarecer el hecho, no basta suponer que puede tratarse de un orden meramente casual. En cambio, parece más razonable situar la cuestión, ante todo, en el clima socio-cultural de la segunda mitad del siglo XIX, sin descuidar, por otro lado, la consideración de la actitud práctica que caracteriza la personalidad y modo de ser de Don Bosco, así como su sensibilidad y atención a dar una adecuada respuesta a las circunstancias y necesidades del propio tiempo.

Nos hallamos, justamente, en el período de la Restauración, iniciado trabajosamente después del vendaval de la Revolución Francesa y del imperialismo napoleónico. Eran tiempos de violentas pasiones políticas, especialmente en la Península italiana, aunque no escaseaban tampoco posiciones radicales en otros países europeos. En el corazón de las polémicas y de los contrastes más agudos se hallaba con mucha frecuencia la educación y la escuela  y, más en concreto, la instrucción.

El debate sobre el puesto que ésta debía ocupar o, mejor, sobre su relevante importancia, así como sobre la exigencia de la difusión de la misma en ambientes populares, era vivo, no solo entre los hombres de escuela y los cultores de las ciencias pedagógicas, sino también en el campo económico y político-social. La cuestión escolar, curiosamente, enardecía los ánimos tanto de los revolucionarios como de los moderados y conservadores.

Muchos compartían la convicción de que la “instrucción” iba a jugar un papel decisivo en el rescate de las personas de ambientes menos favorecidos, como “garantía de desarrollo del hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida la dimensión religiosa”[3]. No faltaban tampoco, por otro lado, quienes observaban con recelo y no poca inquietud la creación de escuelas abiertas a los sectores más humildes de la población, temiendo que este modo de proceder pudiese dar vida y paso a fenómenos y movimientos que terminaran por alterar el orden social y político tradicional.

 

  1. Posiciones diferenciadas en el marco cultural del tiempo

Con tales premisas y habida cuenta, en particular, del punto de observación elegido en este artículo, se ha de considerar que “las reservas suscitadas por la acción de Don Bosco y de otros como él –que, como simples ciudadanos, se ocupaban privadamente de la promoción cultural de los sectores menos favorecidos y de las clases más pobres–  no eran mero fruto del anticlericalismo, sino que denotaban la oposición, casi solo instintiva en torno a los años 1860-1870, hacia las masas populares. No se quería que éstas accediesen a todo tipo de instrucción en ámbito humanista, o que procediesen demasiado lejos en el campo técnico, de manera autónoma y, tanto menos, bajo la dirección de maestros no sumisos a la clase política dominante”[4].

En el marco de la tradición cultural “ilustrada” y del pensamiento pedagógico “prerromántico” de Rousseau, “philosophes” o intelectuales “libertinos” proclamaban que la razón, por su misma naturaleza, conduciría a desvincularse de las constricciones confesionales, dogmáticas y morales.

Sobre esos presupuestos se desarrolló una pedagogía naturalista –“según la naturaleza” o “según la razón”–. Al mismo tiempo,  educadores y pedagogos enraizados en la tradición cristiano-católica recomendaban también  que  se cultivase “la razón como cualidad humana, invitando a considerarla, de la misma manera que a los demás hábitos morales –virtudes y pasiones–, como un germen que se desarrolla y madura, como una potencia del alma que se perfecciona y se estimula con el ejercicio, mediante la unión de unos conocimientos con otros”[5].

Entre los pedagogos y educadores católicos más cercanos a Don Bosco, ocupa un lugar privilegiado el sacerdote francés J. B. Blanchard, quien, en una de sus obras, traducida al italiano y publicada en Turín (1825), formulaba esta recomendación a maestros y educadores: “Dadle al niño cuenta exacta de lo que es proporcionado a su capacidad, rectificad sus juicios equivocados y sus raciocinios desviados, y, por encima de todo, no le digáis nunca una cosa que no sea razonable”[6].

Dentro de las coordenadas culturales delineadas, se ha podido formular esta sugerente hipótesis: “El educar la razón, y con la razón, se le presentaba a Don Bosco como un buen punto de referencia; sobre todo en un momento complejo y conflictivo desde diferentes puntos de vista: político, económico, religioso, social”[7].

Se debe añadir también el punto de vista subjetivo y personal, puesto que el continuo y activo compromiso del fundador de la Congregación salesiana en el campo de la instrucción, literaria y artesana de sus jóvenes, así como las diferentes maneras en las que se manifestó, no derivaban de su aspiración a transformar un determinado orden social o político: arrancaban, sobre todo, de su apremiante y personal deseo de ayudar a aquellos muchachos concretos que él encontraba vagabundeando por las calles de la capital de Piamonte o, en no pocos casos, tras los barrotes de la Generala, la “cárcel de menores” de la misma ciudad de Turín.

Cada uno de aquellos adolescentes y jóvenes, para Don Bosco, tenía que realizar –mediante la instrucción y educación– un arduo e importante paso social, profesional y cultural, con el fin de encontrar un “modo honrado de vivir  en la convivencia social”[8].

Si en la revuelta y conflictiva circunstancia histórica reseñada Don Boscopone la razón, con muy pocas excepciones, como el primer pilar de su Sistema preventivo, es sensato suponer que había tomado muy en serio la capacidad de reflexión y la actitud crítica del joven en todos los ámbitos, comprendidos el religioso y el afectivo.

Es reveladora, en tal sentido, la recomendación que el autor de El Sistema preventivo en la educación hace, refiriéndose al tema delicado del modo de impartir los castigos: “Exceptuados rarísimos casos, las correcciones y los castigos no se den nunca en público, sino en privado, lejos de los compañeros, y úsese de máxima prudencia y paciencia para hacer que el alumno comprenda su error con la razón y la religión” (SP, 43).

En páginas anteriores del mismo escrito, Don Bosco había afirmado que, aunque en algún caso hubiese que hacer una corrección o incluso aplicar un castigo, el alumno no llegaría a irritarse, porque, con el castigo, “va siempre un aviso amistoso y preventivo que lo razona, y casi siempre (el educador) logra ganarse su corazón, de modo que el alumno conoce la necesidad del castigo y casi lo desea” (SP, 34).

Una vez más, se tiene muy presente la razón del alumno en las páginas del folleto pedagógico sobre el Sistema preventivo, y se tenía ya presente en la práctica educativa de las casas salesianas antes de que fuesen redactadas, en 1877, las páginas referentes al argumento.

Encontramos, sobre este particular, un testimonio elocuente en las actas de las conferencias o reuniones,  semanales y mensuales, en las que los responsables de Valdocco examinaban y trataban de resolver las diferentes cuestiones y situaciones que se iban presentando en la marcha diaria de la primera institución asistencial-educativa fundada por Don Bosco.

La reunión o “conferencia mensual” del mes de febrero de 1872 fue presidida por don Miguel Rua, su más estrecho y fiel colaborador. Uno de los salesianos presentes formuló la pregunta: “¿Es oportuno explicar siempre a los jóvenes la razón por la que reciben malas notas?”

Después de un cambio franco de pareceres, se acordó la siguiente orientación: “Está bien que los jóvenes conozcan el motivo de sus malas notas, cuando se sabe que lo preguntan para corregirse. En ese caso, el asistente puede decir el porqué de la mala calificación a los que lo pidan con respeto y en privado. No conviene, en cambio, que el asistente  lo diga cuando el alumno lo pregunta con arrogancia o en presencia de otros”[9]; es decir, de manera poco razonable.  Don Bosco aprobó aquella línea de conducta.

 

  1. Razón y religión

En realidad, la razón empapa todo el ambiente y el estilo educativo de Don Bosco; de modo particular, en el terreno de la formación religiosa. En vez de sentimentalismo, de pietismo extrañamente devoto o de una multitud de prácticas de piedad formal, se promueve una actitud de piedad convencida, sencilla y consciente, fundada en una comprometida y seria instrucción a cerca de los contenidos fundamentales de la religión. Pues la razón significa, en primer lugar, racionalidad, guía de las mentes y conciencias con la claridad de las ideas y de las verdades; nunca mediante la sugestión o la violencia moral o psicológica. Además, la razón, la actitud razonable, en la concepción vivida por Don Bosco, quiere decir buen sentido, sencillez, fuga de todo artificio y engaño.

Ser razonables en el campo de la educación religiosa significa, por consiguiente, evitar maneras artificiosas y complicaciones de cualquier género. Lo exige, por supuesto, el clima de familia y de toda convivencia colegial inspirada en una forma de religiosidad  auténtica.

Don Domenico Rufino –uno de los primeros cronistas  de los orígenes de la Obra salesiana– cuenta que Don Bosco, después de invitar a sus jóvenes a hacer, durante el tiempo de recreo, una visita a Jesús Sacramentado en la capilla de la casa, añadía esta sugerencia: “Pero que esa visita  no sea larga, no más de tres o cuatro minutos, porque no quiero que perdáis el recreo”[10].

En la Vida de Domingo Savio –uno de sus más conocidos alumnos deValdocco, hoy santo– Don Bosco enumera las “penitencias” que el joven protagonista se proponía practicar: “ayunar todos los sábados a pan y agua en honor de la bienaventurada Virgen”; “ayunar durante toda la cuaresma”, “llevar una especie de cilicio”.

En lugar de estas formas de mortificación, consideradas inadecuadas y poco razonables, tratándose de un adolescente, Don Bosco advierte a su alumno: “Con obedecer ya tienes bastante”. Pero como Savio sigue preguntando con insistencia si no podría hacer “alguna penitencia más”, su director espiritual responde: “Sí, se te permite ésta: soportar con paciencia los agravios que te hagan, tolerar con resignación el calor, el frío, los vientos, las lluvias, el cansancio y todas las indisposiciones de salud que quiera enviarte el Señor”[11].

Don Bosco –que conocía el “buen paño” de su interlocutor–, en este caso, alza razonablemente el listón de las mortificaciones consentidas. Si se hubiese tratado de otro alumno, se habría limitado, seguramente, a responder repitiéndole la primera propuesta: “Con obedecer ya tienes bastante”. O le hubiese invitado sencillamente –como era habitual en su propuesta educativa– al “cumplimiento del  propio deber”.

En la práctica concreta del Sistema preventivo, pues, la razón juega un papel indispensable en la formulación del reglamento –redactado a partir de una larga experiencia– y en la explicación preventiva del mismo; y lo juega en su aplicación práctica, según las diversas circunstancias: tanto en la situación personal de los educandos, como en la de los educadores. Tal papel es aún más necesario, en el terreno de la formación y educación religiosas, cuya relación con la razón se subrayará todavía en los párrafos siguientes.

Para concluir este párrafo, me parece oportuno poner de relieve que las consideraciones referidas a la razón y religión en el Sistema preventivo de Don Bosco encuentran hoy un marco autorizado en las afirmaciones del papa emérito Benedicto XVI en la carta encíclica Caritas in Veritate (Caridad en la verdad): “La razón tiene siempre necesidad de ser purificada por la fe, y esto vale también para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano”  (CV, n. 56).

 

  1. Bondad impregnada de razón y religión

Don Bosco también reserva un lugar importante al tema de la bondad en su pedagogía. Recorriendo sus escritos, sin embargo, se advierte igualmente que el autor no separa nunca la bondad o el cariño (amorevolezza)  de la razón y de la religión.

La bondad está saturada de razón, puesto que la razón significa guía de la mente y de la conducta con la fuerza de la verdad, y no con la presión emotiva o sentimental. Se ha aludido, y no sólo una vez, al argumento. Pero cabe, en este punto, volver sobre el asunto antes de dar un paso más en el análisis y profundización del mismo, puesto que “la razón, la racionalidad, constituye un elemento esencial de la caridad sobrenatural y del auténtico cariño, que no debe ser puro ímpetu afectivo e instintivo. El «amor» humano, precisamente porque tiene esa naturaleza, es espiritual y racional”[12].

Por consiguiente, el cariño reclama siempre la luz de la inteligencia, de la racionalidad. Un amor sofocante, dulzón y empalagoso está en los antípodas del amor propuesto y experimentado por Don Bosco. Éste pide al educador, en su sistema educativo, un amor equilibrado, abierto, límpido y sensato.

A uno de sus jóvenes colaboradores, maestro y asistente de los alumnos en el colegio de Lanzo Torinese, proponía: “Déjate guiar siempre por la razón, y no por la pasión”[13]. Se trata de  una densa y afortunada síntesis del pensamiento y de la práctica de Don Bosco; pues cuando él alude al tercer pilar o columna de su método educativo, “no se refiere al amor como atracción, pasión o apego, sino al amor luminoso e iluminado por la razón, porque solamente así el amor es realmente amor humano (y no instinto, ni simple simpatía)”[14].

Sobre este punto, importante y delicado, no han insistido sólo los estudiosos salesianos. Escribe, por ejemplo, el psicopedagogo franciscano Roberto Zavalloni: “Don Bosco pide al educador un amor equilibrado, abierto, racional. Esta primera y fundamental exigencia educativa no permite confundir la paternidad y el corazón del que habla Don Bosco con una excesiva, fácil y sentimental paternidad de amor, sin contenido espiritual y religioso. El equilibrio entre la razón y el corazón es el punto más difícil  de establecer y de mantener en toda praxis educativa comprometida y consciente”[15].

En la conocida “Carta de Roma” de 1884, Don Bosco hace suya una fuerte llamada a ese encuentro mesurado y armónico entre razón y amor, manifestado por el educador y percibido como tal por el educando: “Que los jóvenes no sólo sean amados, ¡sino que ellos mismos se den cuenta de que son amados! […] Que amándolos en las cosas que les agradan, participando en las inclinaciones propias de su edad, aprendan a ver el amor en las cosas que naturalmente les agradan poco; como son la disciplina, el estudio, la mortificación de sí mismos, y que aprendan a hacer esas cosas con amor”[16].

En el horizonte de esa enriquecedora y equilibrada propuesta educativa, se entiende “lo importante que es evitar todo reduccionismo y estar muy atentos en el uso de expresiones extrapoladas de su contexto o de aforismos atribuidos a Don Bosco que pueden inducir a interpretaciones limitativas,desviantes o hasta peligrosas, del amor educativo salesiano (como la frase manida –la educación es «cosa de corazón»– que Don Bosco no pronunció, y desde luego nunca habría aprobado sobre todo en los últimos años)”[17].

En realidad, la expresión que puede parecer más sugerente y personal –el término amorevolezza –, no parece que haya llegado a ser dominante en el modo de expresarse de Don Bosco, de manera particular, en los escritos de la última década  de su vida: “Teme –escribe Pietro Stella– que poramorevolezza se entienda libertad de fomentar amistades particulares y morbosas entre educador y educando; teme también todas las posibles consecuencias afectivas y disciplinares […]. Por esto, parecería  que DonBosco, en lugar de amorevolezza¸ prefiera otros términos que le eran ya familiares y que, en la mente de sus Salesianos, podían evocar igualmente el modo como él educaba”[18].  Recomienda, por ejemplo, la dulzura y bondad de san Francisco de Sales y su mansedumbre y caridad en el trato con los jóvenes.

Al hablar de los tres elementos o principios fundamentales sobre los que se apoya su sistema o método educativo, Don Bosco concede, como se ha dicho y repetido, un lugar preferente a la “razón”. Aún más, después de haberse referido, en el folleto sobre el Sistema preventivo, al “lenguaje del corazón”, que los educadores, asistentes, jefes de taller o educadores en general deben adoptar en la práctica educativa, añade sin reticencias ni ambigüedades que se tiene que “evitar como la peste cualquier clase de apego o amistades particulares con los alumnos” (SP, 36-37).

Sobre esta tajante advertencia, Don Bosco tornó a insistir en otras ocasiones. Ya anciano, hizo una significativa confidencia al primer cardenal salesiano, Juan Cagliero, estrecho colaborador desde los principios de su Obra: “Te manifiesto un temor. Temo que alguno de los nuestros pueda interpretar mal el afecto que Don Bosco ha tenido a los jóvenes, y que por mi modo de confesarlos, muy de cerca, alguno se deje llevar de una excesiva sensibilidad hacia ellos, y pretenda después justificarse diciendo que Don Bosco hacía lo mismo, sea cuando  hablaba con ellos en privado sea cuando los confesaba. Sé que alguno se deja ganar el corazón y temo que, de esto, deriven peligros y daños espirituales”[19].

Cabría decir que las intuiciones y los temores de Don Bosco encuentran una sugestiva resonancia en las reflexiones de Xavier Thévenot: “Se conoce hoy muy bien ­–escribe el psico-pedagogo salesiano en los últimos años del siglo XX– el efecto alienante de una relación de ternura excesivamente desconectada de la función cognitiva o de la racionalidad. Una relación de este tipo fascina al joven y, al seducirlo, le sume en el ámbito de los deseos del educador: el adolescente adhiere a los deseos y propuestas de quien, a su parecer, posee todas las cualidades, pero no sabe a qué cosa realmente se adhiere […]. En cambio, según Don Bosco el lenguaje del corazón tiene que articularse siempre con el de la razón. Las exigencias del reglamento escolar y aun la misma fe pasan por la criba de la capacidad de discernir”[20].

En el fascículo de 1877, al destacar los líneas maestras de su método de educación, Don Bosco había declarado precisamente que el Sistema preventivo consiste “en hacer conocer las prescripciones y los reglamentos de un Instituto y vigilar después, de modo que los alumnos tengan siempre sobre sí el ojo atento del director y de los asistentes que, como padres amorosos, hablan, sirven de guía en cada ocasión, dan consejos y corrigen amablemente” (SP,33).

Merece la pena, en fin, recoger la conclusión a la que ha llegado uno de los más autorizados conocedores del pensamiento pedagógico y de la obra educativa de Don Bosco. Según Pietro Braido, en la propuesta del fundador de la Congregación salesiana, “el equilibrio, la mesura, la racionalidad de los reglamentos, de las prescripciones, de las relaciones interpersonales están constantemente motivados e integrados por la sinceridad de la piedad religiosay por la participación empática del educador activamente presente”[21].

 

  1. Testimonios y consideraciones finales

La razón, la religión y el cariño o afecto (amorvolezza), propuestos por Don Bosco como base del Sistema preventivo –y que él puso en práctica durante su larga experiencia de sacerdote-educador–, no son simples elementos fronterizos, ubicados uno junto al otro, sino realidades estrechamente interrelacionadas; más aún, profundamente compenetradas entre sí, tanto en los fines y contenidos,  como en los medios y métodos.

En el nivel de los fines, esas realidades encierran una síntesis peculiar de los dispositivos necesarios para el desarrollo completo del muchacho desde el punto de vista físico, intelectual, moral, social, religioso y afectivo. En el nivel metodológico, activan y promueven un conjunto de intervenciones idóneas para suscitar en el joven sus potencialidades y recursos más significativos –mente, corazón, voluntad, dinamismo de la fe– interactivamente presentes.

Dicho de otra manera: según el Sistema preventivo de Don Bosco, el empeño moral y religioso se propone y promueve por medio de relaciones y procesos razonables y cálidos. Sin perder de vista que la dulzura del cariño no implica –no debe implicar– debilidad sentimental, ni sensiblería empalagosa, sino auténtica implicación emotiva y lo repito (una vez más),  constantemente iluminada y purificada por la razón y la religión.

El 10 de agosto de 1885, Don Bosco –en una carta al misionero salesiano en Argentina y  futuro obispo, mons. Santiago Costamagna– hacía este resumen de su pensamiento: “Que el Sistema preventivo sea nuestra característica. Nunca castigos físicos, nunca palabras humillantes, nunca reprensiones severas delante de otros. Por el contrario, que en las clases suenen las palabras: dulzura, caridad y paciencia. Nunca palabras mordaces, nunca un golpe leve o grave. Hágase uso de los castigos negativos, siempre de modo que quienes los reciben se conviertan en más amigos nuestros que antes, y no se alejen de nosotros  envilecidos”[22].

Este y otros textos –recogidos en el folleto El Sistema preventivo en la educación de la juventud– y las referencias hechas a diferentes escritos de Don Bosco, así como los testimonios de autorizados colaboradores  y estudiosos de su pensamiento, conducen a una afirmación ampliamente documentada: “De las tres grandes palabras del sistema, parece que la razón, de manera particular, tiene que conservar la plenitud de su significado y de sus funciones teóricas y prácticas: entender, explicar, juzgar, decidir. La razón puede llegar a ser, de este modo, el «guardián de la afectividad y de la misma religiosidad», iluminada guía práctica del obrar, clave de la vida moral, espacio indispensable para oportunas intuiciones creativas”[23].

Es verdad que Don Bosco, sacerdote, educador y hombre de acción, no se propuso nunca la tarea  de mostrar o demostrar, de manera sistemática y completa, el significado y las funciones de la razón en el ámbito de la obra y misión educativas. Ni la índole personal o los intereses de fundador de la Congregación salesiana, ni su específica preparación cultural le hubiesen facilitado la empresa.

En este como en otros sectores, el pensamiento de Don Bosco se presenta teóricamente menos elaborado. No es, por tanto, el caso de comparar El Sistema preventivo en la educación de la juventud (1877), por ejemplo, con los Pensamientos sobre la educación (1693) de J. Locke.

Sin embargo, la menor elaboración teórica de una propuesta educativa no quiere decir necesariamente que sea menor la riqueza de sus contenidos. En cualquier caso, se puede afirmar y confirmar sin reservas que el “pensamiento de Don Bosco está teóricamente menos elaborado, pero se presenta más rico en contenido”[24].

En efecto, desde la óptica del Sistema preventivo, se pueden poner de relieve y actuar, de manera eficaz, las diferentes actividades educativas que inspira la razón/racionalidad: 1) “humanizar” al joven mediante el contacto concreto y directo con los valores (salud, instrucción, inserción social con una adecuada capacitación profesional y segura “honradez” personal); 2) crear sólidas “convicciones” religiosas, morales y sociales; 3) “razonar” con el joven, utilizando un lenguaje esencial y coherente, aduciendo motivaciones adecuadas a su edad y situación; 4) “ganar el corazón”, que es órgano del amor, pero asimismo principio del entender  y comprender; 5) servirse, en concreto, de “métodos y medios educativos (disciplina, reglamentos, organización de la comunidad educativa, intervenciones del educador) inspirados en el sentido común, la sencillez, la funcionalidad y  la atención a la diversidad de las «índoles»”[25].

El método propuesto y actuado por Don Bosco es “el método de la normalidad”. En todas las cosas establecidas, Don Bosco es razonable y quiere que los jóvenes se den cuenta de que es razonable la orden dada, “y no quiere que, por legítimos motivos espirituales, se manden cosas no razonables”.  De hecho, “cuando Don Bosco ponía como base de su sistema la razón, lanzaba un principio sobremanera denso de significado pedagógico” [26].

Mucho antes que el anónimo autor del párrafo trascrito, lo había entendido muy bien Francisco Cerruti, estrecho colaborador de don Bosco y uno de los primeros estudiosos de su pensamiento pedagógico.

Tras recordar las “bases sobre las que Don Bosco se proponía  educar al niño, al adolescente, al joven”, Cerruti invitaba a los seguidores del fundador de la Congregación salesiana a obrar de manera coherente: “Antes de obligar a observar el reglamento, hacédselo conocer; la razón preceda a la acción, el conocimiento de la cosa preceda a su actuación. Esta actuación se obtenga con la racionalidad y la caridad, no con el despotismo y el palo. Ofreced al joven la posibilidad de hacer actos buenos (acto bueno es el que realizan la razón y la voluntad rectamente operantes); estos actos buenos repetidos forman, en él, los buenos hábitos y estos hábitos buenos, el buen carácter, es decir, el carácter constituido, al mismo tiempo, de bondad y de firmeza, de abnegación y de suavidad, de sacrificio y de amor. Un carácter que, bien formado desde la infancia, llegará a ser, poco a poco, como una segunda naturaleza; y será para el niño, para el joven, una salvaguardia potente, y el recurso más fuerte y vigoroso para la edad madura”[27].

Este texto, publicado en 1916, todavía arroja luz en 2013, para entender y apreciar justamente el puesto de la “razón” en el Sistema preventivo de Don Bosco.

 

JOSÉ MANUEL PRELLEZO GARCÍA

Roma, 14 de junio de 2013

 

[1] Juan BOSCO, El Sistema Preventivo en la educación de la juventud. Introducción y notas histórico- biográficas de José Manuel Prellezo, Madrid, Editorial CCS, 2012, p. 31 y pp. 249-255. Por comodidad, citaré el fascículo en el cuerpo del artículo con la sigla SP, seguida de la página correspondiente; por ejemplo: (SP, 31-32).

[2] Giovanni BOSCO, Scritti pedagogici e spirituali, a cura di J. Borrego, A. Ferreira , F. Motto, J. M. Prellezo, Roma, LAS, 1987, pág. 98.

[3] Pietro BRAIDO, Stili di educazione cristiana  alla soglia del 1848,  Milano, Vita e Pensiero, 1979, pág. 391.

[4] Pietro STELLA, Don Bosco nella storia economica e sociale (1815-1870), Roma, LAS, 1981,pág. 237.

[5] P STELLA, Don Bosco nella storia della religiosità,  vol.  II, pág. 453.

[6] Ab. BLANCHARD, La scuola del costume¸ vol. I. Torino, Pomba, 1825, pág. 8.

[7] Michele  PELLEREY, La via della ragione: rileggendo le parole e le azioni di don Bosco, en C.NANNI (ed.), Il sistema preventivo e l’educazione dei giovani, Roma, LAS, 1989, pág. 27.

[8] Cfr. M. PELLEREY, La via della ragione, pág. 29.

[9] José Manuel PRELLEZO, Valdocco en el XIX  entre lo real y lo ideal. Documentos y testimonios sobre una experiencia pedagógica, Madrid, Editorial CCS, 2000, pág. 239.

[10] Domenico RUFFINO, Libro di  esperienza (e notizie circa  D. Bosco), 1864, en Archivio Salesiano Centrale (Roma) B10029.

[11] Cf. Juan  BOSCO, Vidas de jóvenes. Las biografías de Domingo Savio, Miguel Magone y Francisco Besucco, Madrid, Editorial CCS, 2012, cap. XV.

[12] P. BRAIDO, El Sistema preventivo de Don Bosco, pág. 163.

[13] Giovanni B. LEMOYNE – Angelo AMADEI. Memorie Biografiche di san Giovanni Bosco, vol. X,Torino, SEI, 1939, pág. 1023.

[14] P. BRAIDO, El Sistema preventivo de Don Bosco, pág. 164.

[15] Roberto ZAVALLONI, Significado de una pedagogía del cariño, en J. M. PRELLEZO, Educar con Don Bosco. Ensayos de pedagogía salesiana, Madrid, Editorial CCS, 22012, págs. 189-190.

[16] J. BOSCO, El sistema preventivo en la educación. Memorias y ensayos, pág. 264.

[17] Aldo GIRAUDO, Don Bosco, maestro de vida espiritual. Servid al Señor con alegría, Madrid, Editorial CCS. 2012, pág.  24. Cf. J. M. PRELLEZO, “Dei Castighi” (1883): puntualizzazionisull’autore e sulle fonti redazionali dello scritto, en “Ricerche Storiche Salesiane” 28 (2008) 287-307.

[18] P. STELLA, Don Bosco nella storia della religiosità cattolica II, págs. 465-466.

[19]  Memorias Biográficas de Don Bosco, vol. 18, pág. 476; cf. también vol. 13, págs. 85, 800.

[20] Cfr. Xavier THÉVENOT, Don Bosco éducateur…, en  G. AVANZINI et al., Éducation etpédagogie chez Don Bosco, Paris, Fleurus, 1980, pág. 247.

[21] P. BRAIDO, Prevenire non reprimere, pág. 395.

[22] G. BOSCO, Scritti pedagogici, pág. 365; cfr. también Francesco MOTTO (ed.), Juan Bosco, Cartas a jóvenes y educadores, Madrid, Editorial CCS, 1994, pág. 267.

[23] P. BRAIDO, Prevenire, non reprimere,  pág. 395; cfr. M. PELLEREY, Il metodo della ragione, “Orientamenti Pedagogici” 35 (1988) 183-396.

[24] P. BRAIDO, Razón/racionalidad, en FACULTAD DE CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN, Diccionario de ciencias de la educación, pág. 994.

[25] Cfr. Ibid.,  págs. 294-295.

[26]  MINIMUS, Metodo della ragione,  en “Salesianum” 9 (1947)  273, 278.

[27] Francesco CERRUTI, Il problema morale nell’educazione. Torino, Tipografia S.A.I.D. “Buona Stampa” 1916, p. 35.

Misión Joven. Número 441. Octubre 2013