LA ÚLTIMA NOCHE DEL MUNDO

–          ¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo?

 

¿Qué haría? ¿Lo dices en serio? – Sí, en serio.

– No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En la habitación de al lado las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado. – Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

Soñé que todo iba a terminar. Ocurrió por prime­ra vez hace cuatro noches. Me lo decía una voz. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra, como un libro que se cierra. Al día siguiente fui a la oficina y sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me lo dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ése. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

– ¿Era el mismo sueño? – Idéntico.

Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios, o que se observaban las manos, o que miraban a la calle. Hablé con algunos y todos habían tenido el mismo sueño, exactamente.

– ¿Crees que es cierto?

– Sí, nunca estuve más seguro.

– ¿Y cuándo terminará? El mundo, quiero decir. – Para nosotros en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo llegara el fin. Tardará veinticuatro horas. Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirán­dose a los ojos.

– Yo también lo soñé anoche, -dijo una mujer- y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Pensé que era sólo una coincidencia. Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gentes se pondría a gritar en las calles.

– No, la gente no grita ante la realidad de las cosas. Sabes, te perderé a ti y a las niñas. Nunca me

gustó la ciudad, ni mi trabajo, ni nada, excepto vosotras tres. No me faltará nada más…

– Me pregunto qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

– Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televi­sión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostar­se. Como siempre.

– En cierto modo podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

– Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuida­do especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron un beso de buenas noches.

– ¿Lo sabrán ellas también? – No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media.

– Bueno -dijo el hombre al fin-. Nos hemos lleva­do bien, después de todo.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entra­ron en el dormitorio.

– Las sábanas son tan limpias y frescas… – Estoy cansada.

– Todos estamos cansados. Se metieron en la cama.

– Un momento -dijo la mujer-.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entra­ba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

– Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

– Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches- dijo la mujer.

 

PARA HACER

Ofrecemos esta pequeña historia adaptada de un cuento del escritor de ciencia-ficción Ray Bracibuy (El hombre ilustra­do, Minotauro, 1977). Por su serenidad y profundidad puede servir para ayudarnos a reflexionar sobre el tema de la muerte, tan silenciado en nuestra sociedad, y suscitar preguntas y sentimientos nuevos en el grupo y en nuestra vida.

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