¿«Lata» o bebida refrescante?

«El lugar de acceso a la fe es siempre aquél

donde las libertades se comprometen. Henos aquí… habitados y no alienados» (F. Bousquet).

La experiencia del creer es como un «haber sido encontrados… Aunque todo creyente

haya de pasar el resto de su vida tratando de comprender por Quién» (J.-P. Jossua).

 

 

 

            Vivir de fe

 

De uno u otro modo y cada cual con la suya, todos vivimos de fe (bajo esta perspectiva, aunque existan otras que lo justifiquen, no deja de ser más que impropio eso de catalogar como increyentes, indiferentes, agnósticos, etc., a quienes no creen lo mismo que nosotros o no viven y profesan la fe religiosa conforme a nuestras pautas… Además, como bien indicaba Kasper, no sólo hemos de hablar del «simul iustus et peccator» sino también del «simul fidelis et infidelis» que es cada católico). Así la cuestión, sólo merecerá la pena aquella fe capaz de «dar vida», de proporcionar un auténtico sentido para vivir; esto es, una fe liberadora que consienta una reinterpretación feliz de la identidad personal en torno a ella.

Por lo demás, lo determinante de la fe cristiana, en este sentido, sería su capacidad para transformar a las personas y comprometerlas libremente con el proyecto de Jesús de Nazaret, con el Reino. En el fondo, por eso, creer no es más que amar; en palabras de von Balthasar: «Nada puede ni debe ser creído si no es el amor. Sólo el amor es digno de fe».

 

 

            Fe sin vida

 

Parece que hoy, sin embargo, no andamos sobrados de esa fe que libera, que da vida y compromete el amor. Al contrario: perseguimos no tanto creer y confiar, cuanto obtener certeza y seguridad; más que la «autoridad de la fe» nos preocupamos de «la fe en la autoridad». ¡Qué lejos de aquel «para la libertad os liberó Cristo» (Gál 5,1), ese cristianismo dependiente en el que nos movemos!; esa fe que más que remitirse a la conciencia, la libertad y el discernimiento, se mezcla con el acatamiento y referencias constantes a la autoridad constituida.

El momento que vive la Iglesia encierra no pocos peligros de polarización donde la fe terminaría por no servir para vivir. Ante el contexto socio-cultural contemporáneo, puede caer en la tentación de primar reacciones defensivas o beligerantes y, con buenas dosis de maniqueísmo, dividir las posturas ante la situación actual: unos inclinados hacia el mundo, persiguiendo a toda costa la adecuación de la fe cristiana y de la Iglesia a los hombres y cultura presentes; otros, por el contrario, separándose del mundo mientras denuncian la excesiva adaptación del cristianismo y toman distancias respecto de la sociedad. Éstos pondrían el acento en la identidad propia, concentrándola en la relevancia institucional, con sucesivas vueltas y revueltas a la tuerca del eclesiocentrismo; aquéllos apostarían por una práctica disolución de la identidad cristiana.

 

 

            Vida sin fe

 

Por desgracia, también existe el triste correlato de una fe sin vida en la presente vida sin fe, que nos ofrece una visión chata de la existencia humana y una cultura «instalada en el momento presente», vacía de futuro y esperanza. Una vida y culturas que están reclamando instancias de revitalización –como la fe religiosa– para la reconstrucción del sentido global que necesita cada hombre. El repliegue de ideologías y utopías y el panorama de un futuro opaco, conceden nuevo valor a las palabras del concilio Vaticano II: “El porvenir de la humanidad estará en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (GS, 31).

En concreto y respecto al tema de la educación –en general– o de la «educación a la fe» –en particular–, una vertiente importante de nuestra cultura es partidaria de la libertad pero desprecia a la voluntad; asocia la primera con la idea de espontaneidad y hasta de irreflexión, mientras encierra a la segunda en la de control, rigidez, reglamentación y tiranía. “El postmodernismo –comenta J.A. Marina– rehúye el concepto de decisión voluntaria, porque considera que el yo, y por lo tanto la responsabilidad, se diluye en una tupida trama de relaciones”. El esfuerzo ya no está de moda y el «reino de la motivación» –motivación vinculada caóticamente al deseo y su inmediata justificación– suplanta al empeño y al deber de buscar la verdad que sostenga la libertad.

 

 

            «La chispa de la vida»

 

En fin, para que la fe no resulte una lata, hace falta que dé vida, que sea la chispa que encienda el sentido. De cara a los jóvenes, al respecto, quizá lo más urgente sea contar con «maestros y testigos de la fe» que libera, personas capaces de arrastrar y suscitar vinculaciones personales –como Jesús con sus discípulos–; hombres y mujeres libres e inconformistas, que cuestionen y susciten contrastes.

Nada tan sombrío, por lo mismo, que esos testigos convertidos en funcionarios, colocando machaconamente la seguridad doctrinal y la fidelidad a las directrices de la autoridad por encima de todo. Nada tan penoso como el que la Iglesia aparezca más como institución que como comunidad, más como guardiana de doctrinas que como «experta en humanidad», más como repartidora de servicios y ritos que como espacio para el encuentro interpersonal libre y creativo.

Repetido queda: ¡la fe nunca puede ser una lata! El interrogante de la imagen de portada debe resolverse afirmando el sentido agraciante, liberador y salvador de la fe cristiana.

 

 

José Luis Moral

directormj@misionjoven.org