«Lento pero viene»

Jesús Villegas

LA VIDA DE LA JUSTICIA Y LA SOLIDARIDAD

Desde finales de febrero, los cristianos hemos entrado en una «cuarentena» que debe ayudarnos a descubrir y poner manos a la obra para construir del mejor modo posible el Reino de la Vida para todos. Aquí van unos textos que, además de servir como complemento  de los anteriores materiales, pueden echarnos una mano en la reflexión y el compromiso.

Lento pero viene el futuro se acerca despacio pero viene.

Mario Benedetti

Don Ser y Don Tener

 COMO yo soy profesor de lengua, me propongo hablar, en primer lugar, de dos verbos. Os presento el primero: con vosotros, el señor Don Verbo Tener. Miradlo bien. Es un tipo muy curioso. Don Tener tiene la extraña afición de coleccionar todo lo que pa­sa a su lado. Pero no es coleccionista de sellos o de cromos, qué va. Monedas, sí que co­lecciona, y billetes (no le importa tenerlos repetidos, sobre todo si son de diez mil). También colecciona cintas de música y películas de Walt Disney, colecciona trapitos de marca, colecciona revistas de informática o de baloncesto, colecciona juegos de video­consola, colecciona y colecciona. Don Tener está forrado de cosas. Y, cuanto más tiene, más quiere. Don Tener es egoísta y está obsesionado: lo de matarse a coleccionar es por­que cree que consiguiendo un montón enorme de propiedades y subiéndose encima podrá alcanzar eso que llaman la felicidad. Pero Don Tener, amigo, padece del corazón. El pobre es tan pobre que no quiere más que dinero y el dinero le ha contagiado la du­reza del oro a sus arterias. Las va a palmar de un infarto de avaricia sin llegar allá arri­ba, donde él soñaba, a lo alto de la felicidad. ¡Tanto contar y contar y no sabía cantar! Don Tener nunca decía «¿Qué tal?», sólo preguntaba «¿Cuánto?». Don Tener, entre la bolsa o la vida, eligió la bolsa. Tan millonario y tan tontorrón, Don Tener.

aquí tenemos al otro verbo de la historia, Don Ser. Un verbo muy simpático y atlé­tico, sí señor. Don Ser, al contrario de Don Tener, no se preocupa de coleccionar; a él lo que le va de verdad es derrochar: derrochar buen humor, derrochar paciencia, derrochar ge nerosidad, derrochar vida. Suele llevar los bolsillos llenos… de telas de araña. Y, sin em­bargo, frente al corazón pachucho y endurecido de Don Tener, el suyo está siempre blan­dito, rebosante y sano de tanto usarlo para escuchar a los otros, para querer al vecino, pa­ra pasárselo en grande con cualquiera. Don Ser sabe que una puesta de sol no puede co­leccionarse, ni los amigos, ni los buenos ratos. Todo eso, lo bueno de la vida, está hecho para ser vivido y no para guardarlo en una caja de caudales, como pretende Don Tener. Don Ser también quiere alcanzar la cima de la felicidad, no os penséis lo contrario: la di­ferencia está en que, mientras Don Tener confía en subirse a lo alto de la riqueza para to­car el cielo, Don Ser está convencido de que, para volar hasta la cumbre de la dicha, uno no puede ir cargado de objetos. ¿O es que habéis visto alguna vez un pájaro con mochila?

TODOS, todos tenemos, en el vocabulario y el corazón, un Don Tener y un Don Ser. Hay que elegir: o intentar llegar a la felicidad subiéndonos a lo alto de un montón de caprichos o, al contrario, tener las manos libres para volar hasta ella.

Los olvidados

 La segunda palabra que me propongo decir casi quisiera que hiciera daño o, me­jor, que chocara contra toda conciencia tranquila.

Hay gente, amigos, hay gente que nace con el pie izquierdo, con el destino izquierdo para siempre. Están condenados al oficio de la miseria. Su único salario será, hasta el día de su muerte, el hambre. No disponen de un mando a distancia, como nosotros, pa­ra dejar a un lado las imágenes horribles de ojos desorbitados y vientres hinchados: a ellos, precisamente a ellos, les ha tocado protagonizar la miseria.

Hay gente, amigos, hay gente que sirve de felpudo a los poderosos. Con sus gritos de dolor y de miedo ambientan las sobremesas musicales de los dictadores. Cuando, agra­decidos, por fin, mueren, sus huesos torturados alimentan en los fértiles jardines del poder lindas fosas comunes. No pueden despertar de un mal sueño terrible, como no­sotros, en una cómoda cama: su vida, precisamente su vida, consiste en una pesadilla.

Hay gente, amigos, hay gente cuyo despertador, cuya ducha, cuyo único y suculento desayuno diario son lúgubres misiles. Las metralletas barren cada día pulcramente sus calles mientras la muerte acecha en los mercados donde compran un pan inocente de su precio fatal. En estas tierras marcadas nadie puede llevar un lazo azul y renunciar, como tú, a formar parte de la burda costumbre de la violencia: los niños, precisamente los niños, se preparan jugando para ser las dianas predilectas del odio.

VEFIENDE a los olvidados como lo hicieron hasta la muerte y aún más allá L. King, O. Romero, I. Ellacuría, I. Rabin, Jesucristo… Defiende a los olvidados como lo ha­ce la plataforma del 0’7, Amnistía Internacional, Ayuda en acción, Manos Unidas… Vuélvete uno de ellos; vuélvete todos ellos. Que los olvidados se conviertan, gracias a ti, en los recordados por siempre. Que no puedan acusarte de felicidad idiota.

Obsesión por la listas

 EL otro día, reorganizando los cientos y cientos de listas que amenazaban con se­pultarme en papel, encontré una particularmente significativa. La lista en cuestión ha­bla, precisamente, sobre la escuela. Yo creo que la redacté hace tiempo, cuando esta afi­ción a las taxonomías empezaba a manifestarse con preocupante insistencia. Repro­duzco literalmente, sin censuras, su contenido. Tal vez sirva para algo.

LISTA DE LAS DIEZ COSAS IMPRESCINDIBLES PARA QUE MI COLE MOLE

1.Que los lunes a primera hora no se conviertan en el culo del domingo.

2.Que los profes nos reciban con la sonrisa tan bien planchada como su propia camisa.

3.Que las aulas no parezcan los campos de concentración de la inteligencia, ni los pu­pitres, la silla eléctrica de la sensibilidad.

4.Que los exámenes se hagan la cirugía estética hasta transformar su cara monstruo­sa en un rostro soportable.

5.Que la escuela no dé la espalda al mundo. Que, al salir a la calle, no tenga la impre­sión de abandonar un OVNI.

6.Que me llamen por mi nombre y no me reconozcan sólo por mi caligrafía, una de mis cualidades más impersonales. Que no me confundan con mi cabeza, como si fuera un simple trofeo de caza colgado en la orla del curso.

7.Que me expliquen con habilidad y constantemente qué relación guarda la tiza con la vida, aparte de la rima.

8.Que me miren a los ojos, y me den palmaditas en los hombros, y me alivien del pe­so del mundo cuando éste me aplasta. Que no me juren amor eterno desde la piza­rra: que, en su lugar, y si hace falta, me den un beso.

9.Que haya un rincón para Dios en las lecciones. Que esté, invisible, en el horario del curso, a cada rato. Que, al pasar lista, reconozcamos cómo alza la mano con cada compañero nombrado.

10.Bocata de tortilla gratis para todos a media mañana.

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