LO QUE DESENCADENA EL EVANGELIO

El día después

José María Avendaño Perea

 

José María Avendaño es Vicario General de la Diócesis de Getafe

 

 

SÍNTESIS DEL ARTICULO

¿Qué implica el encuentro con Jesús de Nazaret? ¿Qué procesos desencadena la acogida de la Buena Nueva?

Este artículo, mirando al evangelio y a la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, hace ver lo que desencadenó en Zaqueo, en la mujer pecadora, en Bartimeo, y también en Daniel, en Hortensia, en Luisa y Cesáreo, y de cuantos se acercan, como ellos, al Maestro: una nueva vida y una nueva creación, un replanteamiento de la propia situación, una manera diferente de sentir e interpretar el mundo.

 

Ayer estuve compartiendo la mesa con Daniel y su familia. Le conozco desde hace 15 años y en él se ha materializado la vida que brota del Evangelio y ha desencadenado una manera de vivir diferente a la vida que él llevaba. Le conocí cuando acababa de cumplir veinte años. Su vida discurría por caminos que nada tienen que ver con el latido de su corazón en la actualidad.

 

Era un joven inteligente y vivo como pocos, pero también malgastado como ninguno. Fue mi maestro en ese modo turbio de la vida sin sentido. Fue mi Virgilio en el descenso al Infierno desde la droga y sus ángeles negros. Me enseñó miserias, falsedades, mentiras para buscarse la vida, estrategias para salir a flote cada día. Ahora soy conocedor de una manera de ver las cosas, una mentalidad tortuosa y sufriente, una realidad por donde caminan los “heridos de la vida”. En ocasiones me preguntaba sobre su destino, ¿hacia dónde conducía una existencia tan tortuosa?,  ¿vale la pena haber nacido?, ¿merece, en verdad, la vida tanto esfuerzo?, ¿qué va ha ser de nosotros?, ¿dónde está Dios?. Acudía con frecuencia buscando ayuda para otros, que era en definitiva un buscar ayuda para sí mismo.

 

Su horizonte era estrecho, apenas tenía unas señas de identidad de las cuales no se sentía muy orgulloso; es más, no le apetecía hablar de su familia o de los suyos. No había tenido un hogar como modelo de identificación. Sólo se preocupaba y se ocupaba de buscar dinero para conseguir una dosis que sosegase su ansiedad y nerviosismo.

 

Daniel estaba atrapado por la droga. Se desesperaba al intuir que no lograría librarse de esa esclavitud. Pero había en él un trasfondo de religiosidad, de búsqueda del Misterio, de una Presencia diferente a todas, que  afloraba cuando venía a verme y a tientas buscaba otros caminos. ComoNicodemo  me visitaba cuando quería hablar de “esos temas”  que dan vida eterna. Su visita era casi a escondidas. Esa inquietud me llevaba a rememorar aquel texto de Pablo VI en Evangelii Nuntiandi: “paradójicamente, el mundo, que, a pesar de los innumerables signos del rechazo de Dios, le busca, sin embargo, por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad, el mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente como si estuvieran viendo al Invisible” (76).

 

Quizás por el testimonio de la comunidad parroquial a la que acudía, quizás por la forma de vida de los testigos del Evangelio de Jesucristo, quizás porque estaba “cansado de andar y de andar, y caminar” como cuenta el cantautor Diego Torres, quizás porque en su corazón acogió la  luz de Dios o tal vez una luz nueva en sus ojos le interrogó sobre lo que eran sus días y sus noches, el caso es que un atardecer me lo encontré malherido, bajo un sol ingrato de verano, cuando el mundo parecía deshabitado.

 

Le recogimos y le acogimos. ¡Qué movimiento de Iglesia samaritana y liberadora! El equipo de toxicomanía de la parroquia ahí estuvo, creo que en el momento oportuno. Nos preguntábamos: ¿saldrá de esta? Pero Daniel salvó su vida. Es probable que tocara fondo y a partir de ese momento todo su ser nos pidió que le hablásemos de Jesucristo, a tiempo y a destiempo: “Ayudadme, quiero conocerle. Acercarme a Él. Quiero saber quien es Él, le conozco sólo de oídas, lo que me han contado”.

 

En verdad que nos convencimos todos de la importancia de saber tejer los ejes diamantinos del testimonio silencioso con el testimonio cristiano explícito, y todo ello con el “gesto y la palabra oportuna”, respetando la situación de la persona que se evangeliza, respetando el ritmo de su conciencia y de sus convicciones, sin forzar jamás.

 

Daniel inició un catecumenado que tuvo su origen en el encuentro con Jesucristo, y hoy, él proclama sentirse criatura bendita de Dios con el compromiso cristiano de ayudar a sus hermanos heridos. El día después de ese inolvidable encuentro puso al servicio de los demás su saber y sus estudios. Daniel es abogado de los que sólo tienen abogado de oficio. Confiesa que el encuentro con Jesucristo le devolvió a la vida y ahora esa vida la ha puesto al servicio de Dios y de los demás para dar gloria a Dios con las buenas obras que brotan de una verdadera experiencia cristiana de Dios.

 

  1. La llamada de Jesús

 

Los jóvenes necesitan que se les comuniquen experiencias de fe y de vida comprometida por el Evangelio. Desde mi trabajo pastoral, “mi observatorio” está desde hace veinte años en Leganés, afirmo que los jóvenes precisan sentirse conocidos e interpretados en sus preguntas a veces sin expresar, en su fragilidad, en sus dificultades, en sus dudas. Necesitan sentirse comprendidos y ayudados.

 

Todos necesitamos mayor arraigo contemplativo, necesitamos “hacer sitio al Espíritu Santo dentro de nosotros”, para creer en la fe evangélica y para construir la comunidad. En verdad estamos en tiempos recios donde como dice J. B. Metz: “la experiencia de Dios inspirada bíblicamente no es una mística de ojos cerrados, sino una mística de ojos abiertos; no es una percepción relacionada únicamente con uno mismo, sino una percepción intensificada del sufrimiento ajeno”. Tanto los jóvenes como los adultos hemos de tener claro que la contemplación está en el origen de toda verdadera opción de vida y de acción cristiana. Lo que podemos atestiguar a nuestros hermanos proviene de la contemplación; y ésta nace de la acogida de la Palabra de Dios que nos pone en contacto con Jesucristo Crucificado y Resucitado. El encuentro con Jesucristo nos lleva a asumir el discurso de la Cruz en nuestra vida y en nuestras comunidades cristianas, crucificados con Cristo, entregados a los más pobres.

 

Por eso a la pregunta que nos hacen los jóvenes: “¿es todavía posible en nuestro mundo pretender ser feliz?, ¿es posible creer en Dios?”, podemos responder que sí. La fe y la felicidad son posibles para ellos hoy, para cada uno de nosotros. Sin embargo son afirmaciones que han de ser fruto de un encuentro sincero y coherente con el Dios de Jesucristo.

 

En las llamadas de Jesús o en el corazón del anuncio de la Buena Nueva no hallamos ningún tipo de proselitismo, sino la convicción íntima de que la felicidad existe.

 

El encuentro con el Evangelio construye el sentido y podemos experimentar la felicidad de caminar y regocijarnos con la sensación del suelo que se conquista paso a paso. En este punto los jóvenes pueden encontrar motivos para reflexionar sobre si vagabundean o caminan “con sentido” o  “sin sentido” ante la oferta que Jesús les hace: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

 

En la sociedad actual nos encontramos con la realidad de personas creyentes, ateas, indiferentes, y últimamente apóstatas; Jesús de Nazaret sigue llamando y al igual que en las vocaciones que nos relata San Marcos en los capítulos 1, 2 y 3 el lugar por donde transcurre la vida, el trabajo o el desempleo, la marginación o la inserción social, es el lugar donde se sigue haciendo experiencia de fe y la vida queda trastocada de pies a cabeza, y el día después queda transfigurado por dicha novedad.

 

Jesús se presenta a la gente, porque va por los caminos del mundo buscando a las personas en el lugar en el que están. “llegando al lago de Galilea vio a Simón y Andrés” (Mc 1,16). “Yendo un poco más allá” (1,18) llamó a Santiago y a Juan. “Jesús salió de nuevo junto al lago… al pasar vió  a Levíde Alfeo sentado en el banco de los impuestos” (Mc 2,1-4).

 

El cardenal Martini a este respecto afirma: “Jesús llama a la gente para seguirle, allí donde está, en su propia situación concreta. Va a ofrecer su invitación a cada uno de allí donde él está, en una situación común, honesta y honrada como la de pescador, o una situación deshonrada y moralmente difícil como la de recaudador”. De donde se deduce que la llamada se le ofrece a cada hombre y mujer en su propia situación geográfica, ambiental, social, familiar distinta. Dios nos ha encontrado y llamado, invitándonos a la fe y al seguimiento de Cristo.

 

Un acento fundante en nuestra pastoral reside en cómo nos situamos  en relación con las personas a las que les presentamos la novedad del Evangelio. Jesús se acerca, escucha, habla e invita a seguirle; En todo momento, con palabras de esperanza y confianza absoluta en Dios. Confianza total y entrega agradecida  y humilde a la persona de Jesús, la Palabra de Vida.

 

El encuentro con Cristo y su Evangelio desencadena, en quien confía totalmente en  El, una toma de conciencia en continua actitud de bendición y acción de gracias por  nuestra vida  que depende  en todo momento de Dios; que somos sus hijos; que nos ha creado para que “tengamos vida y vida en abundancia” (Jn 10,10) y esa vida quede convertida en amar y servir a los hermanos y hermanas. Se produce una conversión tal en todo nuestro ser con el convencimiento de que Dios nos quiere con un amor único; lleva tatuado nuestro nombre en su corazón; “nuestro nombre ésta escrito en el cielo”: su misericordia ha sido derramada sobre nosotros con una medida ilimitada.

 

Daniel, el joven  toxicómano, convertido en la actualidad a la Buena Nueva de la vida de Dios, ha vivido un proceso particular, pero común con Zaqueo o la mujer pecadora, y tantas otras personas que ven mudarse en luz lo que antes eran valles de oscuridad.

 

  1. Zaqueo: el hombre que cambio el dinero por el Amor (Lc 19,1-10)

 

Un hombre muy rico enemistado con su pueblo por el dinero. Ese dinero era fruto de las recaudaciones. Mucha de la gente de su pueblo se había hecho una imagen de él como alguien con poca talla moral y humana. Zaqueo a la vez estaba atrapado por esa imagen.

 

Sabemos lo del árbol y cómo se fue abriendo paso para encaramarse y poder ver a Jesús. Así lo constata Dolores Aleixandre: “¿Qué misterioso impulso  lo sacó de su casa, de su tranquilo bienestar?”. Seguro que la gente le miraba y no con una mirada gratificante. Zaqueo quería conocer a Jesús. Y ocurrió lo que suele acontecer siempre que pasa el Señor. Toda lógica queda descolocada. Los ojos de Jesús se fijaron en este hombre pequeño de estatura. Oye pronunciar su nombre: “Zaqueo, baja enseguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa”. El corazón de Zaqueo bailaba con espigas y las estrellas del firmamento se agolparon en todo su cuerpo.

 

Murmuraciones de las que impiden que la vida cambie. Murmuraciones, rivalidades, envidias y poner barreras a la brisa suave de Dios; esos eran algunos de los antisignos del Reino que estaban impidiendo la libertad de este hijo de Dios. Y este hombre ve que su riqueza empieza a hacerse ligera, y siente cómo al dejar abierta, de par en par, la puerta de su interior ha pasado con holgura Alguien que será a partir de ahora su Tesoro, su verdadera Riqueza.

 

También salpica a Jesús su propia actuación: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”. Sigue afirmando Dolores Aleixandre que: “Sobre esas sombras, brilla, cálidamente la actitud de Zaqueo, su apresuramiento gozoso, su alegría, la explosión de su generosidad: Doy la mitad de mis bienes a los pobres y, si en algo he defraudado, devuelvo cuatro veces más”.

 

¡Oh, dichoso encuentro el de Zaqueo y Jesús, Jesús y Zaqueo! ¡Oh, dichoso encuentro en el que una criatura bendita de Dios ha recuperado su verdadera identidad gracias al Hijo del Hombre y se vive encontrado, salvado y liberado¡.

 

A partir de ahora se desencadenaría una vida centrada en Dios y en el amor al prójimo como a uno mismo. Una existencia caracterizada por la transparencia, la honestidad, la luminosidad que aporta la Luz de la Vida y gusta internamente la vida a la que le invitó Jesús, el Cristo.

 

Zaqueo  ha encontrado lo que vale la pena en la vida, eso por lo que se puede aventurar toda la existencia. Ha hallado aquello por lo que se pueden dejar de lado otras cosas, a lo que hay que decir claramente “no”. Desde ahora la vida de Zaqueo girará desde la lógica del Reino de los cielos, ese Tesoro cuya inmensa valía hace que todos los bienes que se poseen se vendan o se distribuyan entre los pobres. Zaqueo abrió  su corazón a “la sabiduría e inteligencia de Dios” y esto provocó la aplicación práctica de la parábola del Evangelio: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo” (Mt 13.44). Sin lugar a dudas a Zaqueo no le sucedió aquello que, según el poeta, ocurre al necio al “confundir el valor con el precio”.

 

Podemos ver, al día siguiente a Zaqueo replanteando su trabajo, su economía,  su situación familiar, su vida relacional  y su compromiso congruente con los pobres, los humillados y ofendidos de los que él tuviera conciencia.

 

Ahora había descubierto un territorio nuevo en su corazón en el que se le ha mostrado Aquel que da consistencia a todo, percibido como un Tú Misericordioso. Al volver los ojos a Jesús y su Buena Noticia,Zaqueo trascendió la espesura de lo que se impone como realidad agresiva y se dejó afectar de modo práctico, dinámico, alegre y creativo de lo que ha sido un regalo, una donación  gratuita del Amor para colaborar con Dios en aliviar otras esclavitudes y sufrimientos.

 

  1. La mujer pecadora: el milagro de no juzgar (Lc 7, 40-60)

 

Una mujer. En el judaísmo la mujer era inferior al varón. Tan era así, que todo judío tenía que dar gracias a Dios, en la oración de la mañana: “por no haberme creado mujer”. Y la mujer le respondía bajando la voz: “Bendito sea el Señor, que me ha creado según su voluntad”.

 

La  mujer vivía retirada. En el Templo podía llegar sólo hasta el vestíbulo. Tampoco podía tomar la palabra en la sinagoga. La mujer sorprendida en adulterio era condenada a muerte por lapidación pública. Su palabra era poco creíble, de ahí que no pudiera ser testigo en los tribunales. En definitiva ser mujer era no contar apenas en la vida social ni religiosa de la época. Pero, si además resultaba que la mujer era considerada pecadora ¿qué se podía hacer?

 

Los pecadores formaban un sector de la sociedad marginado, proscrito, despreciado. En aquella sociedad judía, la condena moral o religiosa se concretaba prácticamente en una marginación social. Los llamados pecadores sufrían la exclusión social,  además de la condena moral.

 

El acercamiento de Jesús a los pecadores es un estilo de ser y de actuar.  Su acogida a los pecadores, excluidos por todos los hombres, sin esperanza, es un rasgo típico que da un significado profundo a toda su actuación.

 

Jesús es un hombre que supera toda clase de barreras y prejuicios; se adentra hasta los niveles más profundos de sus vidas donde viven el drama de la condena, el aislamiento y la imposibilidad de salvación. Jesús no se acerca como quien examina el pecado del pecador o pecadora, sino como un amigo, ofreciéndoles, en primer lugar, su amistad y su comprensión, convencido plenamente de que los pecadores pueden llegar a acoger la salvación de Dios antes que aquellos piadosos fariseos que apoyan su futuro en la observancia cuidadosa de la ley: “En verdad os digo, los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios”(Mt 21, 31)

 

Con estos presupuestos nos situamos en la casa de un fariseo, de nombre Simón. Un varón correcto según la ley, equilibrado y duro ante el pecado. Es acogedor y amable con su invitado Jesús y al mismo tiempo queda sorprendido con la llegada de aquella mujer que se deshace en bendición hecho amor concreto al ungir con perfume los pies del Salvador, porque quizás en su mirada vio barruntarse el milagro del no juzgar. Un huracán de agradecimiento y de emoción.

 

Las lágrimas de quien se siente protegida nos lleva a pensar en nuestra Iglesia, sí, la Iglesia de nuestros días, en esta sociedad acelerada con el progreso y el consumismo, que descuida la interiorización y la reflexión. Una  Iglesia que tiene que ser, como exhortaba Juan Pablo II en Ecclesiain Europa,  “la Iglesia de las bienaventuranzas”. Una Iglesia que en el trabajo pastoral cotidiano ha de considerar que al no tener todas las respuestas, sólo le queda revelar y compartir la compasión y el amor, la pasión  por Jesucristo y por la humanidad, a todas horas, en comunión con la pasión de Jesucristo con los pobres y oprimidos de este mundo.

 

Volviendo al relato y la vida de la mujer  pecadora, sentimos cómo al ser reconocida y valorada por Jesús, la paz ha vuelto a su alma, a todo su ser; el corazón no le cabía en el pecho. Es una criatura nueva, ha sido justificada y perdonada delante de todos, y eso ha ocasionado en ella el canto de unmagnificat perfumado, un canto de bendición y alabanza; se siente liberada; ha tocado con la punta de sus dedos la vida eterna.

 

Antoine de Saint Exupery nos cuenta en El Principito que “lo esencial es invisible a los ojos”. Pues algo similar ocurrió aquel día. Jesús con su mirada escrutadora de la dignidad humana, su “cardiagnosia”, vio lo que otros no podían ver, porque sus corazones estaban atiborrados de egolatría. Jesús se percató de lo que la Biblia nos expresa como la conciencia de ser siervo inútil, de ser pequeñas criaturas, y sin embargo, muy amadas y queridas por Dios. Jesús experimentó la encarnación de “un corazón contrito y humillado” en la persona de aquella mujer, catalogada como pecadora.

 

Sin lugar a dudas lo que el Evangelio desencadenó en aquella criatura fue una nueva creación. Ahora, parafraseando al profeta Ezequiel, ella será testigo privilegiado del cambio de corazón, lejos de clasificar a las personas con la facilidad y el poco respeto con el que lo hizo Simón, el fariseo: “Cómo se ve que no sabe quien es esa mujer”.

 

Jesús la defiende alegando que aquella mujer se había portado con mayor premura y delicadeza que él. Ella iría de acá para allá, como una mujer libre. Con seguridad que fue una discípula de Jesús, una misionera del perdón y la misericordia de Dios que nos sobrepasa y nos impulsa a una manera de ser que rebosa alegría  por los cuatro costados.

 

Ahora, mi memoria fraterna me conduce a pensar en Hortensia. Una mujer joven, prostituta en las inmediaciones de un polígono industrial de Madrid. Al mismo tiempo, pienso en el equipo de Cáritasque procura que se sientan todas las noches, ella y sus compañeras, protegidas, comprendidas, no juzgadas y amadas. Recuerdo el olor a humo, a hoguera cuidadora de alejar el frío de la noche, en la ropa de algunos de los componentes de ese grupo de Cáritas.

 

Y todo esto como consecuencia de la experiencia del Dios de Jesucristo y su amor “hasta el extremo”. Hortensia reza todas las noches y nos refiere de su Amor como quien la mantiene con vida. Agradece, con lágrimas en los ojos, la cercanía de la Iglesia, sin juzgarla, ni a ella ni a sus compañeras. Iglesia samaritana que baja a las cunetas de la vida para dar testimonio consecuente del Dios de la Vida.

 

Hortensia quiere dejar esta manera de sobrevivir, pero necesita ayuda, ella tiene miedo. Últimamente tararea una mezcla de Evangelio con las palabras de Jesús: “No tengáis  miedo; yo no os dejaré huérfanos” y una canción de Pasión Vega, y afirma que esa es ella misma  quien también quiere beberse las calles: “…ella nunca dice que no, es la esclava de su señor y el mundo se le viene encima. María no tiene calor en la sangre. María se apaga y no lo sabe nadie… María soñaba con ser princesa de los cabellos de oro y la boca de fresa… María se fue una mañana sin decir nada. María ya no tiene miedo. María empieza de nuevo”.

 

El día después, la mujer pecadora del Evangelio acogió un modo diferente de estar en la vida, una “manera de sentir e interpretar el mundo”. Esta mujer sencilla de corazón entendió las cosas del Reino que otros sabios y entendidos no veían (Mt 11,25), ella entendió la Misericordia. Con certeza que esta mujer no traficó con Dios para asegurarse la vida, al contrario, su corazón limpio la llevaría por caminos de la vida con una sensibilidad que facilitaría el seguimiento y el discipulado de Jesús.  ¡Qué gran lección para los jóvenes y los adultos de hoy!

 

En esta mujer se han desencadenado, al unísono, la misericordia y la justicia en el mundo concreto que le correspondió vivir con sus trampas y amenazas; un trabajo difícil y no exento de riesgos. Tarea suya sería acreditar nuestra fraternidad, pues tenemos un Padre común, y que se santifique el Nombre sagrado de Dios en un mundo en el que acechaba la constante tentación de la mentira.

 

Habrá que revisar y llevar a cabo el sano ejercicio de la autocrítica en nuestros quehaceres pastorales para ver cómo se conjugan en la vida cristiana, en nuestros trabajos misioneros y evangelizadores, así como en nuestras comunidades o grupos de vida, la oración y el compromiso cristiano, la contemplación y el trabajo por la justicia, y que lleven  al perdón, la  misericordia, la comprensión y la libertad para la que nos libertó Cristo.

 

  1. Bartimeo: Se le abrieron los ojos del corazón ( Mc.10,46-52)

 

Por la ciudad de Jericó; ciudad del lujo y de la “buena vida”, pasa Jesús de Nazaret en dirección a Jerusalén donde le espera el cumplimiento de la voluntad del Padre. Le acompaña bastante gente y sus discípulos algo remisos en el verdadero significado de la subida a Jerusalén. La multitud dificulta el encuentro de Jesús y Bartimeo, un mendigo ciego que estaba sentado a la vera del camino.

 

Bartimeo pobre e invidente está envuelto en su manto, incapaz, marginado, fuera de la vida que hay en todo camino. Este hombre grita y suplica con una honda fe en Jesús. Y Jesús se detiene ante la sencillez y la bondad de aquella súplica; una voz que indica limpieza de corazón en esa criatura que clama. La gente le dice de parte de Jesús: “ánimo, levántate, te llama”. Él salta de gozo y alegría; se le abre el mar inmenso de la esperanza y la confianza.

 

“Qué quieres que te haga”, le pregunta Jesús. Bartimeo le confiesa que quiere ver, y se lo dice llamando a Jesús como “Maestro”. Podemos sentir la dicha de aquel lugar al escuchar de Jesús: “¡Ve, tu fe te ha curado!”.

 

Aquel mismo día y el día después, Bartimeo empezó a ver el mundo de otro modo. Todo estaba teñido de otro color. Miraba con ojos sanados en la amistad de Jesús. La realidad, aun siendo la misma, se encontraba repleta de la luz de Dios. La mendicidad y la recuperación de la vista hicieron que ese hombre transformara en un enorme potencial de vida lo que antes era noche cerrada, sin luz de luna.

 

De la mano de Bartimeo os quiero relatar lo que desencadenó el evangelio en la vida de Luisa, una mujer que vivía en su instalación particular ajena a Dios. Vivía “muy bien”; tenía de todo;  trabajaba impartiendo clases de economía en la cátedra de una Universidad española. Disfrutaba de una buena situación social.  Sin embargo no veía lo esencial de la vida. Su corazón buscaba algo más, pero no tenía experiencia de fe.

 

Un día exacto de Navidad, se encontró con el Enmanuel (Dios con nosotros), y a través de la participación en las eucaristías en una parroquia de Leganés; la escucha de la Palabra; el compromiso cristiano con los más pobres y la atención respetuosa a su persona y sus proyectos,  sus ojos empezaron a ver  de otra forma. Ella también arrojó el manto que la tenía ensimismada. El otro personaje es Cesáreo; un mendigo, sin techo desde hacía mucho tiempo; alcohólico; pero teniendo a Dios como su mejor amigo.

 

El encuentro de Luisa con Cesáreo hizo que esta mujer, después de un proceso personalizado, comenzara a mirar con la mirada amiga de Jesucristo. Luisa se dedicó al cuidado de este hombre durante bastantes meses, siempre en equipo. En la actualidad, Cesáreo vive rehabilitado. Luisa, por su parte, tras un periodo de discernimiento, se puso en contacto con una Congregación Religiosa que atiende a los más pobres. Vive entregando su vida al servicio de los demás como buena discípula del “Maestro” de Nazaret, en la República Democrática del Congo.

 

Bendito sea Dios que nos busca por los caminos, que escucha nuestra súplica y nos hace ver con su Luz el “espesor de lo real”.

 

Conclusión

 

Jesús tiene un don de vida capaz de dar sentido a toda vida terrena, por  muy desfavorecida o privilegiada que ésta pueda ser. Cuando uno se acerca a Jesús quizá lo haga porque piensa que, al fin y al cabo, mal no le hará y tal vez le haga sentir mejor; otros vendrán a él conscientes  de que sus vidas son un desastre, quizá un desastre demasiado grande para abrigar esperanzas, El modo como ha tratado a Daniel, a Zaqueo, a la mujer pecadora, a Hortensia, a la samaritana, a Bartimeo,… nos indica que ofrece vida a todas las personas, y de modo especial a aquellos hijos e hijas de Dios que menos vida tienen y la esclavitud, el desierto, la explotación o la marginación  se han cebado en ellos.

 

Nos alegramos y bendecimos a Dios por nuestros hermanos y hermanas que han sido y son para nosotros, y para nuestro pueblo, un don de Dios. Ellos y ellas nos siguen enseñando que el deseo de Jesús “he venido para que tengáis vida y vida en abundancia” (Jn 10,10), se materializa cada día y es fuente de libertad, justicia y felicidad.

 

El día después del encuentro con el Evangelio sigue desencadenando un modo de estar en la vida contando, sin lugar a dudas, con Cristo en Getsemaní, como bien acreditan cada día con su vida tantos hombres y mujeres desgastando su existencia  y entregándola hasta las últimas consecuencias por cargar con la cruz propia y de los demás, siguiendo a Jesucristo Crucificado y Resucitado, poniéndose a todas horas de parte de los más débiles.

 

La novedad del Evangelio es vivir con ternura y pasión por toda la creación, particularmente por el ser humano, con la conciencia de que ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”. Es tener una mirada limpia, resucitada y resucitadora ante todas las cosas, acontecimientos y personas.  Impulsados, desde la encarnación en este mundo y la vida en fraternidad, queriendo a nuestra Iglesia, y saliendo a los caminos de la vida al encuentro con el Rostro de Cristo, como él solía hacer, buscando los “amores quebrantados”, los “heridos de la vida”. Llevando en frágiles vasijas, como somos tú y yo, el bálsamo de la esperanza cristiana que fortalece la fe y la caridad, y da vigor a la acción profética colaborando y construyendo el bien común y la solidaridad.

 

Al igual que Zaqueo y la mujer pecadora nos dejaron el testigo de una vida llena de sentido en un mundo roto, hoy Daniel, Hortensia y tantos otros van regando los senderos de la existencia con un perfume  de  belleza y hermosura, la Belleza y la Hermosura de Dios  que salva el mundo.

 

Los  agentes de pastoral, los jóvenes y quienes nos ocupamos  de anunciar al mundo el Evangelio estamos en un momento histórico esperanzador. Dejemos a Dios ser Dios y vivamos en Él como el centro de nuestra vida, y  “todo lo demás se nos dará por añadidura”.

estudios@misionjoven.org

 

Bibliografía

 

  1. B. Metz, El clamor de la tierra. El problema dramático de la teodicea, Estella 1999.

Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, Madrid 1995.

Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, Madrid 2003.

Juan Pablo II, Novo Millenio Ineunte, Madrid 2000.

  1. M. Martini, La llamada de Jesús, Narcea, Madrid 1985.
  2. Aleixandre y J. J. Bartolomé, La fe de los grandes creyentes, CCS, Madrid 2004.
  3. E. Brown, Para que tengáis vida, Sal Térrea, Santander 2002.

Congreso Internacional de la Vida Consagrada. Pasión por Cristo, pasión por la humanidad, Publicaciones Claretianas, Madrid 2005.

  1. Arriola, Sombras vivas, PPC, Madrid 2005.