LO QUE EL OJO NO VE

Un comentario diferente al «Señor de los Anillos»

Fernando García

 

– ¡Qué pasada de batalla!

– Le he sobrado media hora. ¡Pensaba que no se acaba nunca!

– En ocasiones es demasiado lenta, pero los efectos especiales son geniales.

 

Estas son algunas de las opiniones que daban mis amigos cuando salimos del cine, pasada la una de la mañana, después de ver la tercera parte del «Señor de los Anillos». Estábamos cansados y no nos apetecía mucha conversación. Pero las caras somnolientas de mis colegas, que habían madrugado esa mañana para ir a trabajar, se hubieran espabilado rápidamente si yo hubiese hecho este comentario: «A mi me ha sorprendido el trasfondo cristiano que recorre la película». No lo hice, y así les ahorré la sorpresa y el pensamiento de que, tal vez, me había equivocado de sala en el cine.

Pero cuanto no dije entonces, me atrevo a decirlo ahora: «El Señor de los Anillos» refleja un universo de valores y unas actitudes ante la vida de profundo calado cristiano. Esta realidad ha pasado totalmente desapercibida, para la mayor parte de los millones de jóvenes que en los cincos continentes han asistido, con mayor o menor disfrute, a las casi diez horas de proyección. Sin embargo, no tendría porqué sorprendernos.

Durante casi dos mil años el cristianismo, con su peculiar forma de ver al hombre y la vida, ha impregnado la forma de pensar del hombre occidental. El pensamiento cristiano ha aflorado en la poesía, en la arquitectura, en la pintura, en la literatura… Aunque hoy algunos se niegan a reconocerlo, basta dar un paseo por cualquiera de las grandes ciudades de nuestra vieja Europa, para observar la influencia histórica que ha tenido el pensamiento cristiano en nuestra forma de ver el mundo. No es por ello extraño, que cuando Tolkien cogió la pluma para empezar a crear su extraordinario mundo mitológico, lo empapase de valores cristianos.

Nuestros jóvenes de hoy no son sensibles a esta realidad. Para ellos la historia es un concepto que cotiza a la baja. Su tiempo se construye fundamentalmente desde el presente. Su mente está ya más habituada al esquema del mundo audiovisual de suceder vertiginosamente imágenes, que al esquema narrativo de contar una historia que engancha con el pasado y camina hacia el futuro.

Las tradiciones del pasado les suenan a «rollos aburridos» o a «imposiciones dogmáticas»; el futuro se presenta excesivamente abierto como para pensar en él. Esta situación les coloca en una especie de «cárcel del presente» en la que disfrutar al máximo el momento que se vive, es prioritario sobre cualquier perspectiva de futuro. La crisis con la generación de sus padres, con la que tantas veces se convive por conveniencia, la ausencia de un proyecto personal de futuro, el triunfo de la sociedad globalizada y la consiguiente pérdida de las raíces que les identifican con una cultura propia, la caída en la lógica de un consumismo feroz y de una búsqueda eternamente insatisfecha de sensaciones, son algunas de las consecuencias de esta generación de jóvenes que «ha perdido la memoria».

¡Es aquí donde el educador se hace hoy más necesario que nunca! Convencido de que tiene algo que ofrecer, se presenta ante los jóvenes con una propuesta que les permita engancharse a esa larga cadena cultural que constituye la historia humana. El educador no se lamenta por el cambio cultural, no condena a ninguna generación, no renuncia a sus valores para disfrazarse de lo que no es, no pierde la esperanza. El educador está con los jóvenes y desde su presencia, aprovecha cualquier fragmento de su vida, por pequeño, insignificante e inconexo que éste sea, para ofrecerles un proyecto. Un proyecto de realización de todas las posibilidades personales que el joven tiene escondidas y a veces atrofiadas dentro de sí; un proyecto de construcción personal, «de coger el toro por los cuernos» y ser timonel de la propia vida. Un proyecto abierto a todas las posibilidades de ser persona: abierto a los demás, abierto a la sociedad, abierto a Dios.

Por esta razón, de un fragmento tan insignificante como es pasar un rato con los amigos viendo una película, se pueden sacar conclusiones importantes para la vida. Por esta razón, y sin ánimo de ver gigantes donde sólo hay molinos, creo sinceramente que después de ver «el Señor de los Anillos», se puede realizar una lectura entre líneas que permite sacar a la luz, algunas de las convicciones básicas de los creyentes en Jesús de Nazaret.

1. La vida un valor a proteger

«Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39)

En medio del fragor de la batalla, de las cabezas que vuelan catapultadas al interior de la ciudad que resiste a duras penas al asedio, en medio del pánico, del llanto, de la sangre y de la espada, encontramos un principio de sabiduría que guía la épica de la acción.

Lo descubrimos al inicio de la saga, cuando el mago Gandalf dialoga en el interior del agujero hobbit con el bueno de Fodro. La fiesta de cumpleaños de Bilbo ha sido un éxito y ahora él pasa a ser el nuevo poseedor de un misterioso Anillo. Es necesario que vaya conociendo cosas del pasado. Gandalf va introduciendo a Frodo en la historia de Bilbo y del Anillo; del Señor Oscuro y de una misteriosa y traicionera criatura llamada Gollum. A este punto, Frodo, expresa un sentimiento de rabia: «¡Lástima que Bilbo no matara a Gollum cuando tuvo la oportunidad! – ¿Lástima?, responde el mago, sí lástima fue lo que detuvo la mano de Bilbo, no matar sin necesidad. Muchos de los que viven merecen morir y muchos de los que mueren merecen vivir. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte porque ni el sabio conoce el fin de todos los caminos».

El diálogo, que pasa casi desapercibido en la película, pone en la autorizada boca de Gandalf, la convicción del derecho inalienable de la vida de toda criatura, por mezquina y traicionera que sea. Ningún ser humano es dueño de la vida de otro: igual que no podemos devolver la vida, no somos quiénes para dispensar la muerte.

El sabio, que no se deja corromper por el orgullo o el poder, sabe que la vida de los demás no le pertenece. Por eso Gandalf no sólo deja con vida a Gollum. También dejará marchar libremente a Lengua de Serpiente, el astuto y malvado consejero del rey Theóden, y permitirá vivir al humillado Saruman. Frente a la defensa de la vida propuesta por el sabio, la lógica del poder y de la envidia, introduce la cultura de la muerte. En las antípodas de la forma de actuar de Gandalf, se encuentra la actitud del suicida senescal de Gondor, que se autoincinera dominado por el miedo, la locura y la más absoluta despreocupación por los problemas de los otros; o la escena, que no refleja la película, del final de Saruman acuchillado por la espalda por su lacayo Grima.

Gandalf nos propone una defensa de la vida que va más allá de la justicia. Su relación con las personas merecedoras del castigo, no responde a las expectativas del espectador. No fulmina con un rayo al traidor sino que le da otra oportunidad, le permite reiniciar el camino, le perdona…

Si al joven que hoy ve la película le sorprende esta actitud, es porque el perdón se ha convertido en un valor que cotiza a la baja. Cada vez sentimos menos necesidad de pedir perdón. Cada vez nos cuesta más perdonar. «El ojo por ojo» y «el que la hace la paga» son actitudes más naturales, que anunciar un perdón que vaya más allá de la justicia. Sin embargo, la cultura cristiana se ha construido sobre el precepto del amor, de la acogida del otro, del no juzgar para no ser juzgado (1Jn 4,11). El mago elige la vía de dar una segunda oportunidad a las personas, de invitarlas al bien, de abrir nuevas puertas de realización. Ese es el camino para ser cristiano hoy: establecer en los pequeños detalles de cada día, una relación entre las personas en la que confiar, esperar, y perdonar, sustituya a la desconfianza, la desesperación y la venganza.

2. La codicia que destruye al hombre

«El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mc 10,43)

Boromir tiene todo lo que se necesita para ser feliz: el amor de su padre, la herencia al gobierno de la ciudad más poderosa de los hombres, la fuerza física que le hace ser admirado por la gente… Sin embargo, a medida que comienza su aventura en la compañía del Anillo, va surgiendo dentro de él una espiral de codicia que acabará provocándole la muerte.

El mensaje es claro: la codicia es una sed insaciable que acaba destuyendo a la persona. Rompe la armonía con uno mismo y destruye la relación con los demás. Se manifiesta en la envidia, la sed de poder, el deseo de poseer lo que es del otro. Esta locura transforma al que está junto a mí en un potencial enemigo porque tiene aquello que yo no tengo. Llevada al extremo, la codicia se torna homicida: con un asesinato Sméagol consigue el Anillo, con violencia Boromir intenta robarlo.

Frente a esta «locura del poseer», Gandalf y Galadriel nos manifiestan la «sabiduría del rechazar». Es paradigmática la escena de Lothlórien en la que Frodo, superado por los acontecimientos, ofrece explícitamente el Anillo del poder a la reina elfa. Galadriel parece dudar, la sabiduría no excluye la tentación, pero finalmente rechaza lo que tantos otros codician: «¡No, si tú me lo das, sentarías en el puesto del Señor Oscuro, una reina poderosa y terrible!».

Para los jóvenes de hoy decir no, no es fácil. La mentalidad consumista en la que vivimos nos bombardea por los cuatro costados intentado ampliar ilimitadamente el arco de nuestros deseos. Tener, tener y tener. Vivimos junto al nuevo dios-consumo, al que tantas veces rendimos culto idolátrico casi de forma inconsciente. Construir una vida en la que una sóla cosa es lo esencial, no resulta hoy demasiado popular.

El evangelio de Jesús denuncia explícitamente esta tendencia del ser humano de acumular sin límite (Lc 12,16-21). Denuncia las injusticias que la codicia de unos, genera en la pobreza de otros. Proclama el camino de la sencillez y del servicio al hermano, como la antítesis del pecado de la soberbia y el poder (Jn 13,12-17). Decir no al Anillo, es para Galadriel, decir no a una tentación de querer ser lo que no se es, de buscar el poder a toda costa. Hoy es necesario educar a nuestros jóvenes a decir no, porque hablar de pluralismo, no quiere decir «que todo vale»; ayudar a crecer en la autonomía, no significa olvidarnos de preocuparnos por el otro; vivir con pasión la vida, no es sinónimo de exceso y desenfreno.

Hoy es necesario educar a asumir el «límite» para así canalizar la fuerza vital y positiva del deseo. En la vida, muchas veces hay que decir que no. No a la utilización de las personas; no a la evasión de la realidad a través de la droga, del riesgo insensato o de la diversión despersonalizada; no a violencia al servicio de oscuros intereses personales o sociales. De esta forma al decir no, se dirá un sí a la vida, a la fidelidad a uno mismo y al otro, a la construcción de una sociedad más justa conjugando una incuestionable autonomía con una necesaria preocupación por el hermano.

3. El triunfo de la sencillez

«El que se haga pequeño como este niño ese es el mayor en el reino de los cielos» (Mt 18,4)

En el Concilio de Elrond en Rivendel, estaban representadas las principales razas de la Tierra Media. Los elfos, el pueblo de las estrellas, dotado de una sagacidad y una inteligencia especial; los hombres, que con su fuerza y valor comenzaban a dominar el mundo; los enanos, fuertes como la roca de la que había nacido. Junto a ellos, estaban también dos representantes de un pueblo sencillo, que no se caracterizaba por virtud, hazaña o proeza alguna. Un pueblo, que como recordará más adelante el anciano Bárbol, «no estaba ni tan siquiera en las viejas listas de los pueblos libres».

Sin embargo, ellos, los hobbits, serán los grandes protagonistas de la historia; a ellos se les confiará la misión más difícil y delicada: destruir el Anillo. Todas las grandezas que atesoran los demás pueblos, no servirán en la trama de la historia, más que para tender un cebo, para distraer al oponente. La última maniobra desesperada del maltrecho ejército de Aragorn, de encaminarse a la Puerta Negra para retar cara a cara a Sauron, no tendrá otra finalidad que despistar, apartar la mirada del Señor Oscuro de su propio territorio, porque en esta historia, el éxito no depende del poder y la fuerza de las armas, sino de la sencillez y grandeza del corazón.

Esta es la causa de la derrota de Sauron: despreciar a aquellos que a primera vista parecen insignificantes. Esta es la altura de miras de Gandalf: descubrir la fuerza de la sencillez, el valor de la fidelidad y el coraje interior que hace a Frodo y a Sam continuar adelante en su misión.

Vivimos en una sociedad competitiva. A los jóvenes les llegan multitud de estímulos que les invitan a ser más que los demás, a estar por encima del otro. Es la maquinaria de la sociedad de mercado que a un tiempo que crea ejecutivos sin escrúpulo, margina a los que no son capaces de entrar por el aro. Las etiquetas y prejuicios circulan por doquier. Incluso los educadores las utilizamos disfrazándolas de análisis científico, para comentar con nuestros colegas que «fulanito es cerebrotónico» o que «menganito es introvertido», olvidándonos que fulanito y menganito son únicos, irrepetibles e incasillables.

Ante esta realidad de ayer y de hoy, aún resuena el mensaje del evangelio que anuncia que Dios humilla a los poderosos y enaltece a los humildes (Lc 1,52), que proclama bienaventuados a los sencillos de corazón y que denuncia con radicalidad la injusticia de toda discriminación entre las personas, por diferencia de poder, status, sexo o dinero. Si una convicción nos transmitió Jesús de Nazaret, es que ante los ojos de Dios todos somos iguales, es más, que si para él alguno merece un privilegio ese es el pobre, el sencillo, el humilde, el necesitado. Entre todos los candidatos para llevar adelante la misión, el Dios cristiano, sin duda, también hubiera elegido al hobbit.

4. Algunos símbolos significativos

       La lucha del bien y el mal

«No tengo plata, ni oro, pero te doy lo que tengo,en nombre de Jesucristo, echa a andar» (Hch 3,6)

«El Señor de los Anillos» es la historia de una épica lucha del bien contra el mal. La desproporción de fuerzas en combate es enorme. La razón sólo invita a pensar en la victoria de los secuaces del mal.

Un primer vistazo nos parece indicar que el origen del mal, radica en un secreto destino desconocido incluso para los más sabios. En realidad no es así. El mal, tal y como nos lo presenta la película, es el resultado de una libre opción de las personas: la discordia vertida en la corte de Rohan es fruto de las mentiras del lujurioso Grima; la destrucción llevada a cabo en Isengard es responsabilidad de la codicia de Saruman; incluso la maldad más absoluta, representada en el «ojo sin párpado» de Sauron, tiene un origen preciso.

Quienes conocen la mitología de Tolkien saben que el origen de Sauron se remota a la creación del mundo. En el Ainulindalë, se narra como Eru, que en la lengua élfica es llamado Ilúvatar, creó Arda inspirando una melodía armoniosa en la mente de los primeros espíritus llamados los Valar, los poderes del mundo. Nada más comenzar esta música creadora, surgió entre los Valar una voz discordante. Una voz que no aceptaba el único límite que Ilúvatar les había impuesto: la capacidad de crear seres libres; una voz que se rebeló contra Ilúvatar y contra sus hermanos, enfrascado en el egoísmo de sus propios pensamientos. Este primer «pecado», esta primera soberbia, esta primera envidia del Valar llamado Melkor, introdujo el mal en el mundo, arrastró hacia él a otros espíritus, entre ellos Sauron, y acometió la mayor atrocidad a los ojos de Ilúvatar: incapaz de crear un pueblo de la nada, secuestró, torturó y deformó a unos cuantos de la bella raza de los elfos para hacer surgir de ellos la abominable raza de los orcos.

Afirmar que el mal no proviene del plan inicial de Dios, sino de las equívocadas elecciones de los hombres, es la lección que nos ha enseñado desde miles de años la primera página del Génesis. (Gn 3.1-24). Afirmar que el bien es pequeño como un grano de mostaza, que como la levadura que fermenta toda la masa, puede ir poco a poco transformando el mundo, pertenece al núcleo del mensaje de Jesús (Lc 13,18-21). Sin embargo, hoy, este mensaje del bien y del mal, es percibido de forma muy confusa por los jóvenes. Corren tiempos de relativismo, de individualismo, de pasividad. Una lectura unilateral de valores como la autonomía o el pluralismo y una reacción radical contra tiempos pasados en la que otros nos decían qué debíamos hacer, han provocado en los jóvenes una sensación de no saber qué es el bien o qué es el mal, o cuanto menos, de dejar la respuesta a este asunto para la esfera de lo extrictamente privado.

Educar hoy, exige ayudar al joven a asumir la responsabilidad ética de sus acciones y a comprometerse por un mundo más justo. En medio de una cultura individualista que ha perdido los lazos que nos unen a las personas, educar es proponer el reto de hacernos responsables del cuidado de nuestros hermanos (Hch 4,32-35). Cuanto hacemos o dejamos de hacer en esta vida, por pequeño que sea, repercute en la felicidad de los demás. Es significativa la reflexión que realizan Merry y Pippin en su tensa espera de la decisión de los ents sobre entrar o no en la guerra del Anillo. Uno cansado y agobiado expresa: «¡Cómo me gustaría volver a casa y olvidarme de todo!» El otro con sabiduría le responde «¿Volver a casa?, ¿Aún no te has dado cuenta? Las cosas ya no volverán a ser como eran. ¡Es imposible volver a casa!». Sólo desde un compromiso ético que nos impide pasar de largo de los problemas de los demás (Lc 10,25-36), podemos hacer del mundo una casa más habitable. Para ello no hay otro camino que invitar a los jóvenes a participar de forma solidaria en la construcción de una sociedad mejor, de un mundo más ético.

Un salvador

«No temáis. Os ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,10)

En esta lucha del bien contra el mal, Frodo encarna la figura del salvador que da la libertad y la paz al mundo. Las nubes grises y el fuego, se disipan cuando el portador del Anillo cumple su misión. Las águilas son las portadoras de la buena noticia.

Frodo ha realizado esta misión a través de la entrega de sí mismo, encaminándose hacia la propia destrucción en un camino sin retorno. Pero Frodo, al final sucumbe, las fuerzas le fallan y su misión, paradójicamente, obtiene el éxito por la avaricia de la criatura Gollum, a la que la sabiduría de Gandalf le había perdonado la vida.

Los cristianos vivimos de una experiencia de salvación (1Cor 15,1-8.12-14). La entrega de Jesús fue también un camino sin retorno. Él murió asesinado como consecuencia de su mensaje del reino de Dios. (Hch 3,13-15). Se hizo uno de nosotros en medio de la pobreza (Lc 2,7), recorrió las aldeas de Galilea anunciando la buena noticia de un Dios que salía en favor de los hombres (Mc 3,7-12), fue fiel a Dios, aceptando la muerte en la cruz como consecuencia del rechazo que creó la misión de amor que el Padre le había encomendado (Flp 2,6-8). Sufrió la angustia y la soledad hasta sudar sangre en Getsemaní y Dios lo confirmó resucitándolo de entre los muertos.

Desde aquel domingo por la mañana, los cristianos creemos que se ha cumplido la salvación que todo hombre anhela en lo más profundo de su corazón, que es posible realizar un proyecto de vida y de amor, que el bien, aunque pequeño e insignificante, al final acaba triunfando sobre el mal y el pecado.

Sin embargo, hoy puede resultar impopular hablar de salvación en medio de una generación opulenta y satisfecha. No en vano, ya en aquella lejana Galilea, quienes mejor acogieron el mensaje de Jesús, fueron quienes menos tenían y más necesitaban (Lc 18,24-25; Mt 22,1-14). No obstante, muchas son aún las pobrezas que atenazan la felicidad de los jóvenes, y que reclaman mensajeros de salvación. Eso sí, nuestra salvación no consiste tanto en destruir como en construir, no se trata de tirar al fuego el mal del mundo, cuanto sembrar el bien en la vida diaria. Ayudar al joven de hoy, a encontrar signos de esperanza y calidad de vida, como respuesta al modelo que surge de las promesas y actitudes de Jesús.

La luz de Eärendil

«Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará a oscuras,

sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12)

Durante su reposo en Lothlórien, la dama Galadriel, regaló a Frodo un pequeño recipiente que conservaba la luz de la estrella de Eärendil: «Para tí, portador del Anillo esta luz, para que te ilumine cuando todas las demás luces se hayan apagado».

El símbolo luz-tinieblas es una constante de la mitología de Tolkien para expresar la lucha entre el bien y el mal. La alegría llegará al mundo con la luz de los dos árboles de Valinor; rodeado en oscuridad Melkor y Ungoliant destruirán la luz de los árboles que sólo sobrevivirá en los Silmarils de Feänor; con una profunda tiniebla, Sauron sembrará el miedo entre sus enemigos ante la inminencia de la batalla; la luz de Eärendil, salvará la vida de Frodo en la trampa que el astuto Gollum le tiende en el pasaje secreto de entrada a Mordor.

La simbología de la luz y las tinieblas con que se abre la Biblia (Gn 1,3-4), es ampliamente desarrollada en el pensamiento cristiano (Jn 9). La luz es el símbolo central de la experiencia de la resurrección (Lc 23,44.24,1.4). Jesús de Nazaret se nos presenta como luz del mundo. Una luz que jamás se apaga (Jn 8,12). Él está con nosotros hasta el fin del mundo y nos sigue diciendo hoy como ayer dijo a sus discípulos: ¡No temáis! Los primeros cristianos así lo entendieron y por eso representaban la presencia viva y resucitada del Señor, en las catacumbas y en sus lugares de encuentro, con el icono del Buen Pastor del que hablaba el salmo: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sal 23).

La oscuridad en que viven muchos jóvenes es tantas veces, consecuencia directa de la debilidad de sus relaciones interpersonales. La crisis de la familia como lugar de comunicación intergeneracional y transmisión de valores, es el signo más significativo. A ella se une la crisis de otras «instituciones adultas» como el colegio, las asociaciones, los partidos políticos, la parroquia… El resultado es la pérdida de la necesaria transmisión intergeneracional de vida, valores, cultura. Si, para los jóvenes, el único lugar de conversación y de intercambio de valores es el grupo de colegas, se pierde irremediablemente esa luz que puede ofrecer la experiencia de vida del mundo adulto.

Ser educador es dar el regalo de la luz a unos jóvenes que necesitan personas que se acerquen a ellos de una forma adulta, para ayudarlos a construir un proyecto unitario de vida. Si las únicas luces que los jóvenes tienen son las «lamparillas» virtuales que ofrece Hollywood, el fútbol o el rock, es lógico pensar que se encuentren sólos ante particulares situaciones de desorientación, soledad y angustia.

Para el educador cristiano, Jesús de Nazaret es la luz verdadera que puede alumbrar los rincones más negros de la vida. Puede ayudar a encontrarse con uno mismo superando la depresión, la no aceptación de sí, o la identidad esquizofrénica; puede ayudar a encontrarse con los demás, superando la soledad, el aislamiento, o el narcisismo.

Pan para el camino

«Yo soy el pan vivo bajado del cielo» (Jn 6,51)

Para el duro camino que se abre en perspectiva, la reina Galadriel, regala a los miembros de la compañía del Anillo el «lembas» o pan del camino de los elfos. Alimentados casi exclusivamente con este pan élfico, Sam y Frodo podrán llegar al final de su misión en el «Monte del Destino».

¿Cómo no pensar en una tradición religiosa en la que Dios alimentó a su pueblo con «maná» en el desierto y se dio a si mismo como pan en memoria de su muerte? (Ex 16,4;Lc 22,19). La eucaristía ha sido en el cristianismo el signo de identidad desde sus primeros inicios. Ya en la Didajé, documento de la segunda mitad del siglo primero, encontramos una exhortación que nos manifiesta la vida de la comunidad cristiana: «cada domingo, día del Señor, reunidos, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados para que vuestro sacrificio sea puro» (Did 14.1). Pablo escribía a sus cristianos de Corinto, hacia el año 56, haber transmitido una tradición que a su vez él había recibido: «que Jesús, el Señor, la noche que iba a ser entregado, tomo pan y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo entregado por vosotros, haced esto en memoria mía…» (1Cor 11,23-25).

Desde los orígenes de nuestra fe cuando la comunidad de creyentes se reunía semanalmente para partir el pan, tenían la convicción de estar cumpliendo un mandato del Señor. Su celebración era fundamentalmente una acción de gracias a Dios, en continuidad con la oración judía de acción de gracias –beraká-, era un memorial de la Última Cena y de la muerte en cruz de Jesús, era un anuncio gozoso de su resurrección, era una invocación al Espíritu para que bendijese los dones y fortaleciera la comunión, era, por tanto, un signo de comunión con los hermanos que comían el mismo pan. (1Cor 11,20-22.26)

El problema de los jóvenes para captar toda esta riqueza simbólica del pan para el camino, es doble. Por una parte surge de su dificultad para descubrir una cualidad especial en el tiempo. La Eucaristía cristiana es hoy, fundamentalmente, una celebración ligada a una forma de vivir el tiempo. Uno de los días de la semana, es considerado cualitativamente especial: el día del Señor, día para la tranquilidad, para el silencio, para la paz, para la interioridad, para dar armonía a la propia vida, para dividir una semana de la otra, para el encuentro con los demás, para la familia, día para celebrar. (Hch 2,42-47). Educar hoy exige ayudar a los jóvenes a descubrir la heterogeneidad del tiempo, a captar la necesidad del silencio y de la paz, para dar armonía a la propia vida. Sólo así se les puede iniciar a la experiencia de la celebración.

Por otra parte está la dificultad del lenguaje simbólico propio de la celebración cristiana. Los jóvenes viven un empobrecimiento de la fuerza evocativa de la palabra. Su vocabulario es cada vez más escaso, conocer se confunde con reconocer, la lógica diacrónica de la narración, está dejando paso a la lógica visual y virtual del «e-mail», el «sms» o el «chat». Educar significa ayudar al joven a percibirse como un sujeto productor de símbolos; ayudarle a recobrar el poder de las palabras como modo de unirse a una historia que le precede y de encaminarse a un sueño de futuro. Abrirse al símbolo es abrirse a lo inexpresable, a lo eterno, al misterio, a Dios.

Una cajita para Sam

«Salió el sembrador a sembrar…» (Mc 4,1-9)

Sam, el inseparable jardinero de Frodo, recibe de la reina Galadriel un regalo que pasa desapercibido en la película, pero que tiene una gran importancia para concluir este comentario. Una cajita con una especie de polvo dorado y una semilla del «mallorn», los majestuosos árboles que crecen en el bosque de Lothlórien.

Destruido el Anillo, Aragorn recupera el trono de los hombres y los elfos se encaminan hacia los Puertos Grises para abandonar la Tierra Media. Cuando los hobbits vuelven a La Comarca, descubren que las huellas del mal son más profundas de cuanto hubieran podido imaginar. Tras poner punto final a la última maldad de Saruman, urge ponerse manos a la obra a la reconstrucción.

Es aquí donde Frodo le recuerda a Sam el regalo de Galadriel. Sin dudarlo, Sam se pone en camino y recorre toda la comarca para dispersar al viento, el contenido de la preciosa caja. Su regalo no se lo queda para sí en los límites de su jardín privado, lo echa al viento para que llegue a los más posibles. Así donde había muerte, renace la vida; donde había cenizas, surge un bosque como nunca jamás se había visto.

Sembrar es la tarea del educador cristiano. El éxito de nuestra semilla no depende de nosotros. Cada uno somos portadores de un regalo de Dios, que no podemos encerrar en los límites del propio yo. Los jóvenes necesitan de educadores que con el corazón en la mano estén dispuestos de desgastarse por los demás, aún a costa de dejar el propio jardín sin flores.

Esta es la «esencia» del cristianismo: Que hay más alegría en dar que en recibir (Lc 22,26), que cuanto hagáis a estos pequeños a mí me lo hacéis (Mt 25,45), que no hay mayor amor que dar la vida por los amigos (Jn 15,13).

5. Más allá de la ficción

Cuando salí del cine, ni se me pasó por la cabeza decir estas cosas a mis amigos. No me hubieran dejado ni llegar al final de la primera página. No faltará quien piense que estas reflexiones están «cogidas por los pelos», y que se fuerza una novela para meterla en el propio universo mental. Tal vez alguno, como me dice de broma un amigo, me acuse de «integrista» por intentar ver obsesivamente un mensaje cristiano en un producto literario de una sociedad secularizada.

Pero en cuanto he dicho no hay más que pasión educativa. Creo que ser educador no es ponerte la bata blanca antes de empezar la clase, o el chándal antes de comenzar el entrenamiento. Ser educador, es ver la vida con ojos agudos, que son capaces de ver un poco más profundo de las apariencias. Vivir un poco descentrado, porque la pasión que se siente por los jóvenes, te hace pensar en ellos en cada momento de tu vida, sin distinguir entre «mi tiempo» y «mi trabajo». Ser educador es intentar ayudar al otro a construir un espacio común de significado, de sentido, de valor.

Y cuanto se dice de ser educador, se puede decir de ser creyente. Creer no es un «plus» que se añade a la tarea educativa. Creer es una forma de ver la vida y el mundo, es la fidelidad a una persona llamada Jesús de Nazaret, que te hace sentirte portador de un mensaje de esperanza y de vida.

La fe en Jesús, coloca al creyente más allá de la ficción. El Nazareno no es un personaje mitológico fruto de la imaginación de literato alguno. Su vida y su mensaje nos introduce en la lógica de un Dios que ha querido hacerse uno de nosotros y nos ha revelado su «rostro» y su «palabra». Dios, en Jesús, ha dejado de ser radicalmente otro y ha pasado a ser cercano. En Jesús de Nazaret, los creyentes hemos descubierto el verdadero rostro amoroso de Dios y hemos aprendido una forma plena de ser hombre. Hemos conocido un camino para superar el odio, la tristeza, el dolor, el sufrimiento y el desencanto. Hemos aprendido a amar. Si verdaderamente estamos convencidos de esto, ¿cómo no se lo vamos a contar a los demás?

 

Para reflexionar

  1. ¿Qué opinas del análisis que aquí se hace de los jóvenes de hoy?
  •  Encerrados en una cárcel del presente, sin conexión con el pasado y con pocos sueños de futuro.
  •  Con una visión individualista y relativista del bien.
  •  Con un lenguaje débil que impide expresar su riqueza interior y que dificulta la comunicación con el mundo adulto.
  •  Con pocos puntos de referencia en el mundo adulto.
  •  Con una visión homogénea del tiempo en la que no hay momento para la interioridad y el silencio. Con un consumismo del «exceso», en el que está mal visto poner límites a las sensaciones.
  1. ¿Te identificas con la labor educativa que aquí se reclama como urgente?
  •  En la que todo fragmento de la vida de un joven, puede ser una ocasión para el educador adulto de testimoniar y ofrecer un proyecto de sentido.
  •  En la que los intereses cotidianos de los jóvenes son valorados por el educador como lugar de encuentro, de confianza, de relación.
  •  En la que se ofrece un proyecto de autoconstrucción personal, se ayuda a ser dueño de la propia vida, a reconciliarse con una historia que viene del pasado y que mira al futuro con esperanza.
  •  En la que se propone una participación solidaria en la vida social, para hacer un mundo más habitable, una sociedad más de ciudadanos que de consumidores.
  •  En la que se propone la trascendencia como explicación auténtica del misterio de la persona, que no se agota en el aquí y el ahora, que asume el límite como forma de canalizar toda la fuerza del deseo.

3. ¿Has probado, alguna vez, a narrar la historia de Jesús de Nazaret?

  •  La historia de un mensaje de igualdad entre los hombres, de amor y de liberación.
  •  La historia del amor asimétrico de un Dios, que quiere hasta al que no lo merece.
  •  La historia de una vida vivida con pasión hasta las últimas consecuencias.
  •  La historia del desprecio por hacer el bien, del dolor sin merecerlo.
  •  La historia de la vida, de la Resurrección, de la esperanza, de la celebración con los demás creyentes.