Los jóvenes, metáfora y profecía del cambio de siglo

Pie autor:

José Luis Moral es profesor de Teología Fundamental y Teología Práctica en el Instituto Superior de Teología «Don Bosco» (Madrid) y director de Misión Joven.

 

Síntesis del artículo:

Tratando de ir más allá de las «imágenes planas», con las que hoy solemos reproducir el rostro de los jóvenes, el artículo los presenta como «metáfora» (de un nuevo hombre y de una sociedad diversa) y «profecía» (con denuncia de la exclusión, demanda de «acogida» y deseos de «sentirse necesarios») del cambio de siglo. La reflexión se cierra apuntado, a partir de «imágenes virtuales», algunas de las faenas para el siglo que viene.

 

 

El mundo de fin de siglo es imagen o, mejor, una multiplicación ingente de imágenes que se suceden con ritmos endiablados. Una vez perdida la inocencia —eso de «la imagen no miente»—, por lo tanto, hay que andarse con tiento a la hora de comentar ésta o aquélla como respresentativas de tal o cual aspecto del XX.

Frente a un «siglo de imágenes», resulta chocante la distinción del lenguaje marinero entre «obra muerta» y «obra viva»; y curioso que defina la primera como la parte del barco que está por encima de la línea de flotación, mientras que la segunda se identifica con el fondo o cuanto se halla sumergido bajo el agua. Paradójico, esto de considerar que la parte visible de una nave —mástiles, chimeneas o cubierta— forma la obra muerta, mientras que lo oculto, lo poco visible y más discreto —el casco bajo el agua o la sala de máquinas— constituye la obra viva.

 

Respecto a la vida de las personas cabría decir algo semejante: lo sumergido o lo oculto conforma la «obra viva» de la existencia y la epidermis o superficie, la muerta. Por eso mismo, no resulta nada fácil identificar a las personas con esa zona hundida, responsable de los movimientos perceptibles.

En estas páginas, además, queremos ocuparnos de «imágenes de los jóvenes» —personas extrovertidas por naturaleza— durante la última centuria, por lo que la dificultad se incrementa hasta límites insospechados.

En fin, las siguientes reflexiones, encuadradas entre unas iniciales «imágenes vivas» y las conclusivas «imágenes virtuales», son una especie de «foto aérea» de los jóvenes del siglo XX. No se aprecian detalles, como es lógico, pero sí dos de los trazos más claros de la estela juvenil a lo largo del siglo (que por razones obvias referiremos casi exclusivamente a los jóvenes españoles de ésta y épocas cercanas): metáfora y profecía del cambio de milenio que insinúan o sugieren algunas faenas primordiales del siglo XXI[1].

  1. «Imágenes vivas» o

más allá de las «imágenes planas»

 

 

Inicialmente, descubrir cómo es la «obra viva» —más allá de su aparente y engañosa «obra muerta»— y, lejos de las chatas o superficiales, cuáles las «imágenes vivas» de los jóvenes a lo largo del siglo que termina, supone un previo aprendizaje para dirigir la mirada en la dirección adecuada. Sólo de este modo veremos de ellos cuanto verdaderamente importa.

Y ver, en definitiva, es cuestión de mirar la realidad, mirar a los jóvenes a través de lo que algunos han dado en llamar la «razón compasiva» o intellectus misericordiae (J. Sobrino). Es decir, acercarnos a ellos colocando la compasión y la benevolencia como puntos de partida para cualquier análisis; ir más allá de la razón recompuesta en la Ilustración y convertida en guía de tantos descubrimientos científicos y técnicos, razón que ha alcanzado una increíble capacidad de transformar el mundo pero funciona con una pobre capacidad de previsión humana. Frente a esta razón ilustrada, que gusta tratar con medios y casi nunca con fines —de ahí el arrinconamiento de quienes no disponen de medios—, necesitamos otra como «intellectus amoris, justitiae, liberationis» que mantenga viva la «memoria passionis» (J.B. Metz), particularmente de todos los arrinconados, para llenarse de utopía y profecía.

 

Para la modernidad la compasión es peligrosa, parece dar entrada a una blandura o fatalismo y engendrar sujetos no aptos para la competición social instaurada en nuestros días. A la razón ilustrada y post-ilustrada se le suelen escapar las zonas de la intimidad o los espacios ocupadas por los pobres y más débiles; nació para ilustrar y se convirtió simplemente en razón instrumental que guía el darwinismo social reinante. Mirar el mundo actual, mirar a los jóvenes para alcanzar a ver su verdadero rostro, sólo es posible con una razón compasiva. Es así como aprendemos a amar la imagen concreta de cada joven. Porque es así como comenzamos preguntándos por quiénes son las víctimas de nuestra sociedad; así como logramos observar el presente con simpatía, espíritu crítico y serenidad ante el futuro; así como conseguimos mantener una sospecha serena y no cargada de condenas sistemáticas.

 

Cuando se instala la «simpatía en la mirada» se ve mucho mejor, incluso se recrea a las personas y se penetra tan profundamente su realidad… como para imaginar sentidos nuevos a las metáforas de la vida, para acoger la profecía de la que es capaz todo ser humano o para entrever signos de esperanza que se escapan a las miradas superficiales o simplemente técnicas.

Nada más dramático que darse cuenta, mirando y viendo de este modo, que son otros quienes están imaginando la vida de los jóvenes, que nuestra sociedad les incapacita para soñar, recluyéndolos en la cárcel de un presente sin futuro.

 

Estamos para cerrar un siglo en el que todo se ha sucedido con trepidante rapidez. No sólo los múltiples hechos en él contenidos ocurrieron con una aceleración tal como para resultar poco menos que imposible entender su alcance, sino que además la decisiva influencia de los medios de comunicación terminaba por achatarlos o darles una forma desmesuradamente prominente.

Nada extraño, pues, que interpretemos la historia actual y diagnostiquemos el estado de las personas a partir de «imágenes planas», sin fondo, superficiales.

Algo de ello nos ocurre cuando hablamos de los jóvenes, máxime al final de un siglo que ha inoculado en la cultura y en la vida un particular estrabismo, contagiado con la transformación de la juventud en uno de los referentes cuasimitológicos de la existencia.

 

Si durante la primera mitad del siglo, las personas se disfrazaban para aparentar mayores o más viejas; en la segunda ocurre exactamente lo contrario. La «juvenilización» se ha expandido siguiendo un permanente proceso que ahora lo invade todo. Paralela y burlescamente, se ha producido una injusta e impúdica devaluación de los jóvenes: se les asigna una identidad, pero se oculta su entidad; «vende» por doquier «lo joven», pero los jóvenes no cuentan con ningún espacio social propio.

En efecto, la sociedad actual asigna al joven una forma exterior arrebatadora, pero le oculta —cuando no le niega— la interior y su proyección concreta en la sociedad. Aún nos pueden resultar familiares ciertas imágenes que presentaban a los jóvenes como responsables del futuro de la sociedad, y disculpaban con facilidad los desmanes que pudieran cometer en el presente (¡cosas de jóvenes que se curan con la edad!). Sin embargo, actualmente se ha producido una redefinición simbólica que, por desgracia, se orienta cada vez más a culpabilizar a la gente joven por el estado presente en que se encuentra, alegando que son incapaces de construir su propio futuro.

 

El «divino tesoro» del poeta, más que irse para no volver, se ha convertido en una mina explotada con toda clase de intenciones: domesticación consumista, marginación, construcción de imágenes vacías, etc. Curioso, con ciertos tintes grotescos, que terminemos el siglo proponiendo «lo joven» casi como el único modelo socialmente disponible para todos —en momentos de no saber bien por dónde tirar—, cuando los jóvenes concretos son quienes cargan con el peso inhumano de una sociedad envejecida y ensimismada en la glorificación cultural del «ser joven».

En este sentido, indudablemente, las generaciones jóvenes están siendo las más explotadas para los caprichos de la modernidad.

Imágenes planas —chatas al pretender sostenerse en sí mismas sin referencia a sus causas e implicaciones—, aquéllas que en este final de siglo se utilizan profusamente para describir las actitudes y acciones de los jóvenes. Sirvan de muestra las siguientes.

 

Parámetros de su visión del mundo

Rechazo de los sistemas y amnesia frente a la historia: los jóvenes viven del zapping, no tienen un saber sistemático, y conforman una «generación sin memoria». Han perdido la percepción del futuro, la vida queda reducida al presente y, más específicamente, a las experiencias sensoriales concretas que les permiten sentirla. A su modo, tratan de mantener una relación de amor con el medioambiente, sin prejuicio de utilizar la naturaleza según su provecho o para los «ejercicios de grupo» que les interesen.

 

Búsqueda de la autorrealización posible

Los «jóvenes del tiempo presente» son, sobre todo, vitalistas: quieren acceder a todo de modo inmediato y personal, no de oídas o después de tal o cual proceso. Buscan la felicidad aquí y ahora, y la quieren agarrar en el ámbito privado, más que referirla a logros colectivos y públicos en los que apenas si creen. No encuentran otra salida a la inautenticidad de nuestra sociedad que este deseo de autorrealización frente a la fachada y la cáscara que predominan en el mundo de las relaciones adultas.

 

Perspectivas éticas

Encuadrado en el paso de la llamada «ética de la perfección» a la de la satisfacción, el verdadero sentido moral no cuenta demasiado en sus vidas. Incapaces para percibir la norma, ajenos a la culpa, nada es bueno o malo mientras las circunstancias no lo tiñan de uno u otro color. Existe, sin embargo, una creciente importancia de los valores expresivos e inmateriales (autoexpresión, espontaneidad, autenticidad de relaciones personales, solidaridad, sinceridad, amor y calidad de vida) frente a los puramente instrumentales. Ser joven es sentir como tal y expresarse en una comunión que proporcione cierto sentido de pertenencia e identidad.

 

 

 

  1. Metáfora

 

 

La juventud ha sido frecuentemente una metáfora en manos de las ideologías. Más allá de tal utilización y con particular claridad a lo largo de este siglo, el debate sobre los jóvenes ha resultado uno de los temas centrales a través del cual la sociedad ha reflexionado sobre sí misma. Según esta última dirección, sin duda, la juventud constituye la más expresiva metáfora del cambio experimentado por el ser humano a lo largo de los últimos cien años.

 

Comenzamos el siglo asidos a una especie de «metafísica de la juventud» que idealizaba su identidad como paradigma de futuro y novedad —«La juventud está en el centro donde nace lo nuevo», exclamaba W. Benjamin allá por 1914—. Al final de la centuria, ese tipo de metafísica suena a mentira sarcástica.

Concluidas las dos grandes guerras, se seguía hablando de la adolescencia y juventud como gérmenes de nuevas riquezas para el futuro, como fuerzas capaces de reconstruir la miseria del pasado que, a la par, prometían una regeneración tanto individual como social para el futuro. Pero al final de los años ’60, semejante construcción saltaba por los aires con la dinamita de las contradiciones de la modernidad y, sobre todo, con la crisis profunda del sistema de valores que Occidente consideraba un baluarte indestructible.

Pero tornemos al significado de la metáfora que enuncian los jóvenes con su propia vida, fijándonos en dos de las fundamentales direcciones hacia donde apunta.

 

 

         2.1. Metáfora de un «nuevo hombre»

 

Vivimos un particular momento de cambio epocal. La humanidad camina hacia unas configuraciones culturales, sociales, económicas, políticas y religiosas de una novedad tan radical como para romper todos los esquemas de los que hasta ahora nos servíamos para entender la vida

Querámoslo o no, así se está fraguando un nuevo individuo. Y no es posible dar marcha atrás (¡son demasiados años de incubación!). En este indudable proceso de configuración cultural de una nueva manera humana de ser en el mundo o de un «nuevo hombre» ya disponemos de una anticipación de resultados: el rostro de los jóvenes representa ese adelanto, la metáfora del cambio.

 

Quizá podamos hacer más visible la transformación que anticipan —dolorosamente como todo alumbramiento nuevo— si lo ejemplificamos a través de la imagen de la brújula y del radar. Pues bien, el hombre-brújula de antaño —conforme a cuyo modelo hemos sido educados la mayoría de los adultos— orientaba su vida por un norte fijo, el mismo siempre e igual para todos, que existía por sí mismo y señalaba la meta suprema e incambiable del camino humano. Por el contrario, el nuevo hombre-radar —del que todos formamos inevitablemente parte y que ya configura el esqueleto de las jóvenes generaciones— se guía por una pantalla de cuyo centro arranca un rayo luminoso y vibrante que gira trescientos sesenta grados en torno a sí mismo, con respuestas siempre nuevas y cambiantes conforme a la realidad que encuentra en frente.

 

Cual metáfora del cambio, entonces, los jóvenes nos indican la necesidad de orientarnos más en función de informaciones vivas e instantáneas que atendiendo sin más a la fijeza objetiva de un norte. Nos apuntan, además, que no sólo nada les parece eterno y universal, sino que tampoco admiten ser conducidos por algo exterior a ellos y ellas. Todo debe emanar de la persona misma. Se impone el radar, más que la brújula.

 

Vivimos en un momento de transición entre un orden agrietado por todas partes y un nuevo orden del que por ahora sólo conocemos la superficie; un orden sin fondo. De ahí la inseguridad y hasta la angustia: nos resulta poco menos que imposible descubrir y afirmar el «sentido del todo» como unidad del hombre y del mundo.

Y los mayores encaramos un éxodo así con grandes dosis de disimulo e intentos desesperados por ocultar la inseguridad. En cambio, los jóvenes se lanzan a tumba abierta en la búsqueda del sentido para ese «nuevo hombre» —cuyo esqueleto ya es el suyo— sufriendo como nadie los dolores que lleva consigo una transformación de semejante índole.

De ahí que manifiesten un profundo desengaño ante la historia, cargado de escepticismo frente a cualquier ideología o propuesta racional con grandes pretensiones, y prefieran cócteles de deseo y seducción, de mucho sentimiento y algo menos de razón. De ahí, igulamente, que opten por una amalgama de individualismo y gregarismo al dictado del grupo de iguales, del derecho a la diferencia, de la asimilación mimética de pautas de consumo y del politeísmo moral y religioso.

 

 

         2.2. Metáfora de una sociedad diversa

 

También los adolescentes y los jóvenes, como hace tiempo mostró Erikson, se defienden contra las exigencias o los miedos que les produce la sociedad aprendiendo a no comprometerse, a no implicarse en los problemas que se viven dentro de ella.

El descompromiso, sus múltiples y juveniles manifestaciones, suele impedirnos captar un segundo aspecto de la metáfora del cambio que encarnan los jóvenes. Esto es, con su formas de comportamiento nos hacen llegar un mensaje claro y agudo, el de las quejas por el mal estado en que les queremos dejar el mundo (guerras, injusticia, sin sentido, etc.). La hoja de servicios de los adultos no está muy limpia.

La mayor denuncia que los jóvenes hacen a nuestra civilización está en el desinterés que muestran por ella. Ni tan siquiera persiguen acusar o atacar: simplemente ignoran sus instituciones, sus voces. Tiran por su lado, sin preocuparse mucho por los caminos que toman con tal de no repetir los de antes, los de los adultos, que ya saben a donde conducen.

 

A su modo, la juventud nos está diciendo que, así como somos los mayores, no les interesamos. Cargadas de escepticismo, pluralismo y adaptabilidad, las generaciones jóvenes perciben las instituciones de la sociedad adulta y sus cuadros éticos de referencia como mantenedores de unas fachadas sin casi nada detrás, como estructuras y principios en los que esa misma sociedad cree poco y practica menos.

Según una inmensa mayoría de jóvenes, en las instituciones sociales, políticas y religiosas, predomina con creces la cáscara sobre el contenido. Bajo esta luz de lo inauténtico, se encuentra las «autoridades» —con el desprestigio que se han ganado a pulso— y tantas relaciones humanas que estiman cargadas de prejuicios morales carentes de significado y actualidad.

 

También a su aire, los jóvenes proclaman la necesidad de transformar las instituciones, de reconstruirlas según las necesidades humanas de nuestros días.

Las variaciones metafóricas, en este asunto, están atrevesadas por el deseo de una sociedad y unas relaciones nuevas  —experimentadas en grupos que retornan a emociones primordiales…— y salpicadas de indiferencia ante una normatividad social que consideran cínica. Pero, sobre todo, está su práctica —real o ficticia— de la libertad, su afán de novedades, sus deseos de universalidad que no ahoguen la diferencia, su redescubrimiento del cuerpo, la variación en la expresión de sus afectos, una cierta capacidad de protesta que no suele acompañarse de rebeldía y la desconfianza en los discursos sociopolíticos y culturales clásicos.

 

Una advertencia o postdata concreta referida a la Iglesia.

Los últimos estudios constantan la práctica desaparición de la Iglesia católica como portadora de sentido y respuestas para la vida de los jóvenes.

La Iglesia apenas si suscita interés. En el caso de los jóvenes españoles, ni tan siquiera llegan al 3% quienes la señalan como una institución con la que contar a la hora de buscar orientaciones importantes para la vida.

Existe una general constataciónde la falta de adecuación y convergencia entre las necesidades de los jóvenes y las respuestas de la Iglesia, a la que estiman como obstáculo para la libertad y la autonomía.

 

 

 

  1. Profecía

 

 

Los jóvenes no sólo viven una encrucijada en la que resuenan de manera especial los problemas fundamentales de la persona y de la sociedad, sino que además con sus gestos, palabras y actuaciones, denuncian el presente y anuncian el sueño o la «utopía pequeña» de una sociedad distinta, más comunitaria y humanizadora, más justa y fraterna.

Los jóvenes expresan, aunque de modo balbuciente, el deseo de una sociedad alternativa, una voluntad de ver las cosas de otra manera, de vivir de otra forma. Inventan signos y liturgias laicas que tratan de dar nombre y significado a lo que se encuentra en lo profundo de sensibilidades que aún no han podido hallar expresiones sociales —y eclesiales— concretas. Sus vivencias, lo experimentado, lo intuido y lo soñado… van más allá de la simple metáfora para convertirse en «fuerza profética» en pos del sentido. A continuación, desmenuzamos un poco más esa profecía de los jóvenes

 

 

         3.1. Demanda de «acogida», búsqueda de padres y maestros

 

Una de las primeras notas con las que se suele caracterizar a los jóvenes de hoy se resume en la extendida afirmación de que lo tienen o han tenido todo.

Puede ser verdad que hayan crecido como la generación más protegida. Sin embargo, se les ha dado de todo, menos de lo que más necesitaban. Se les ha llenado la vida de cosas y vaciado de afecto, de compañía, de modelos para aprender a vivir.

 

El actual concepto de bienestar conduce frecuentemente a dar a los jóvenes aquello que faltaba a los adultos, sin caer en la cuenta de lo que verdaderamente tienen necesidad. No creo que debamos considerarlos extraordinariamente afortunados por todas las cosas que tienen a su disposición, cuando darles cosas ha conducido a desentenderse de la preocupación por acogerlos o de la responsabilidad de acompañarlos con autoridad.

Protegidos sí, pero a costa de quedar como rehenes, prisioneros de las mismas cosas que les entregamos y hasta insatisfechos pese a tener tantas, porque muchos de sus deseos, hasta los más simples, les resultan inalcanzables. Jóvenes protegidos sí, pero pobres hasta el extremo de no saber expresar ni siquiera aquello que de verdad desean. ¡Claro que ni saben lo que quieren! Nadie ha educado sus sentimientos y su voluntad. De ahí que tampoco su inteligencia alcance a prolongar los deseos en proyectos.

 

El denominado «eclipse de la familia» es una de las causas principales que explica la falta del calor y la luz que necesitan los niños y las niñas para crecer. Sólo el clima acogedor de la familia permite esa imprescindible educación primeraque funciona por vía del ejemplo y se apoya en gestos de cariño e imitación.

Pero, junto a la dificultad para cumplir con esta tarea y entre otros muchos datos, hay una grave crisis de autoridad en las familias. Nos referimos, por supuesto, al sentido etimológico de autoridad, al «ayudar a crecer» encomendado a los padres.

Todavía más. A la falta de padres, por muchos y diferentes motivos, suele acompañar la carencia de maestros.  Nuestra sociedad, por lo demás, es una sociedad muy poco modélica o, si queremos y con otras palabras, es una sociedad repleta de modelos de pacotilla.

 

Vivimos, en suma, una particular carencia de padres y maestros, una crisis de compañeros y acompañantes, unida a lo que algunos llaman la «plasticidad de los deseos»: la generación actual padece, quizá más que las anteriores, el déficit del querer que no llega a fraguar sólidamente.

Todo esto sin contar, por otro lado, que nuestro mundo está vacío de utopías, de proyectos para cambiar las relaciones injustas que presiden la vida de los seres humanos.

Muchas de las formas de encarar la vida que tienen los jóvenes, en este aspecto y con la ambigüedad que les caracteriza, manifiestan la humilde profecía que se concreta en la petición de acogida, en la búsqueda de compañeros, de padres y maestros.

 

 

         3.2. Denuncia de la exclusión, deseo de «sentirse necesarios»

 

Es el nuestro un «tiempo de espera» para los jóvenes y tiempo también de profundas transformaciones. Esa espera, hasta descubrir en qué ocupar la vida —para largo, como bien sabemos—, y las transformaciones en curso, les obligan a reconstruiruna identidad que hasta ahora se orientaba con la preparación para la vida adulta (trabajo, matrimonio, etc.).

La complejidad y las nuevas perspectivas de ordenamiento de la vida social dificultan gravemente la construcción de la identidad personal. En la mayoría de los casos, los jóvenes sólo pueden aspirar a una identidad débil y fragmentaria, sometida a frecuentes cambios. No les queda otro remedio que alargar la estancia en el hogar paterno y los estudios (quienes pueden). Por supuesto que estas prolongaciones se van configurando más como instalación u ocupación alternativa y cada vez menos como preocupación y responsabilidad.

La redefinición de la identidad juvenil se teje al hilo de la redistribución de funciones y recursos que se produce en la sociedad. Los cambios estructurales que acaecen dentro de ésta última son la razón más profunda de los axiológicos, convivenciales y comportamentales producidos en la población juvenil.

 

Las formas de vida de la gente joven han experimentado modificaciones muy drásticas, que afectan sobre todo a sus ocupaciones, sus relaciones, sus recursos y sus necesidades; con los consiguientes «ajustes axiológicos» —en relación directa con el retraso del desarrollo de una personalidad autónoma— cuyo verdadero calado todavía desconocemos.

La espera que tienen que soportar los jóvenes en nuestra sociedad, hace que se tomen la vida con la filosofía que mejor les conviene. ¿Qué hacer cuando uno se encuentra en «lista de espera», sabedor de que no le tocará el turno hasta transcurrido tiempo y tiempo? Pasar el rato lo mejor posible, jugar, divertirse, «hacer el tonto»… para aligerar esa tediosa cola que sería capaz de amargar la vida al más pintao. Aunque sea por huir, entonces, terminan por considerar la vida como un simple espectáculo —por lo menos hasta ser acogidos en cualquier ventanilla—. Es claro que, en la cola, la vida entera pierde valor o resulta algo muy relativo.

 

Por esos vericuetos discurre su denuncia de la «exclusión social» a la que se ven condenados. Pero la profecía no se queda ahí.

Los jóvenes intentan llamar la atención de todos los modos posibles. Por debajo de los parámetros de su visión del mundo o de una fácil búsqueda de autorrealización —más o menos narcisista, hedonista y carente de sentido moral—…, está latiendo la necesidad de sentirse vivos, de sentirse necesarios, de encontrar sentido.

No sólo denuncian, también anuncian o comunican el deseo, la necesidad de un sentido un sentido no tanto filosófico cuanto concreto para algún otro. «Ser necesario para otro» que tiene necesidad de ti y sentir que se cuenta para él, bien a través de la solidaridad, de la amistad o del amor: tres modalidades que los jóvenes utilizan para expresar la necesidad de servir, sintiéndose necesarios; la necesidad de entrega a algo o a alguien.

 

Es verdad que este tema también su profecía aparece envuelta en ambigüedad. En los jóvenes, todo parte de la necesidad: se es generoso más por uno mismo que por el otro; se es generoso, valga la expresión, para sentirse generoso. Además, en los jóvenes ningún sentimiento parece lo suficientemente estable como para no sospechar que forma parte más de un conjunto de estrategias con las que se trata de vencer el miedo cotidiano que una verdadera opción con la que ir construyendo el proyecto vital. Pero la profecía está ahí.

Con frecuencia olvidamos que el sentimiento de miedo tiene una constante presencia en la vida de los jóvenes. El miedo mayor proviene de la soledad, y no tanto del vacío que  intentan llenar con la tele, el compac-disc, el teléfono o el ordenador. Con lo que la soledad fragua amargamente en ese intento de sedar y ocultar el sentimiento de aburrimiento que no logran sacudirse de encima.

 

 

 

  1. «Imágenes virtuales» o

las faenas del cambio

 

 

Para concluir, vamos a tomar en consideración algunas «imágenes virtuales» o, mejor, los aspectos virtuales, las prolongaciones o proyecciones que se pueden hacer a partir de la imagen de los jóvenes con la que se cierra el siglo XX. Entramos de este modo en las faenas o tareas educativas que nos esperan para el XXI.

Nadie educa a nadie, sino que nos educamos con los otros, crecemos y maduramos con ellos, repetía con frecuencia P. Freire. Para educar, antes de nada y conforme iniciábamos estas reflexiones, han de ser los jóvenes quienes nos presten su mirada. Y la nueva manera de ver resultante —desde abajo, desde ellos, desde fuera de los límites y sanciones sociales al uso— será la que nos permita desarrollar una «educación samaritana» capaz, por un lado, de irles devolviendo el sentido que entre todos les hemos robado y, por otro, de reconstruir la seriedad nacida del confrontarse con imágenes coherentes de varón y de mujer.

 

Sólo unos ojos compasivos y misericordiosos son capaces de calar hasta lo más profundo, reconocer la «obra viva» de cada barco personal y descubrir la «semilla de  vida nueva» sembrada en el ser humano. La misericordia se refiere a esa cualidad del corazón que lo hace sensible a la desgracia de los otros. Los ojos compasivos descubren en una sola mirada la dignidad y la pobreza de los seres humanos, impulsando a comprometerse por restituirles la primera y liberarles de  toda servidumbre.

Será por ahí por donde los mismos jóvenes nos eduquen, por lo que más importante que hablar «de» los jóvenes, será hablar «con» los jóvenes, encontrarnos y compartir con ellos temas y tiempo.

En torno a tiempos, espacios y temas a compartir, concentramos las pautas educativas.

 

         Tiempos                              Espacios                       Temas

Tiempo de la «vida cotidiana» Casa y escuela Cuestión del «sentido»
«Tiempo libre» Casa / «Calle» (interrelación) Identidad / Solidaridad
«Tiempo interior» Soledad / «Interioridad» «Miedo» e «invocación»…

 

 

4.1. Sentido y proyectos de existencia para la vida cotidiana

 

Lo primero a compartir educativamente con los adolescentes y jóvenes, sobre todo los padres y educadores, es el tiempo de la vida cotidiana —en los espacios de la casa y la escuela— para poner encima de la mesa el tema del sentido.

Justamente se considera que la educación estriba en enseñar a vivir, en guiar para que cada cual aprenda a conducir el tren de su propia vida por vías humanas, en acompañar la tarea de la humanización.

Ahora bien, si no queremos engañarnos sobre el ser humano, no hemos de olvidar su misterio. La educación debe resucitar constantemente la cuestión del sentido, suscitando en la vida cotidiana los grandes temas del destino y fin de la vida humana. En torno a ellas se han de ir tejiendo los proyectos concretos de existencia derivados de las propuestas educativas.

 

Educar, refiriéndonos a las instancias básicas de la familia y la escuela, consiste en capacitar a todos para hacer-tener un proyecto humano de existencia. En tal sentido, la solidaridad y libertad a que aspira nuestra sociedad requieren un supuesto educativo básico: impulsar y promover en profundidad los valores y actitudes de convivencia y el desarrollo integral y armónico de la personalidad.

En este horizonte, la acción educativa debe centrarse en dos perspectivas fundamentales: restituir dignidad a la vida de los jóvenes, a través de proyectos concretos, y restituir seriedad a esa misma vida, y a la vida humana en general. Por otra parte, el aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser, nos han de impulsar también a cambiar el paradigma educativo, colocando la vida en el centro, como eje de toda cultura pedagógica, haciendo girar el engranaje de la escuela en torno a las cuestiones sobre el sentido.

 

 

4.2. Relación interpersonal, identidad, solidaridad y tiempo libre

 

La educación de los jóvenes se juega más fuera de la escuela que dentro. El tiempo libre y el grupo de iguales marcan el territorio que consideran más suyo. Los espacios se reparten un poco por todas partes («casa», calle, zonas de encuentro, etc.), siempre atravesados por algo que los unifica: relacionarse, estar juntos.

Aquí, en este tiempo y espacio, tienen lugar las negociaciones fundamentales en el tema de la identidad. Y aquí es donde habría que lograr introducir en dicha negociación la solidaridad, a través de interrelaciones educativas mantenidas en torno a proyectos que ayuden a liberar este «tiempo libre».

 

En su aprecio por la autonomía personal, los jóvenes desean avanzar —a su estilo— hacia una sociedad menos impersonal y más humana. Eligen, para alcanzar esa meta, el «tiempo libre» y los espacios abiertos donde se encuentran bien. Aunque debido a su pragmatismo, desconfíen de las utopías globales, se muestran sensibles a los valores de la paz, de la ecología y, sobre todo, se sienten solidarios. Sin embargo, nada les resulta fácil. Una pobre y débil identidad, junto al peligro del subjetivismo, amenazan sus buenos deseos e ilusiones.

Es en este contexto donde aparece más clara la necesidad del acompañamiento y de la relación interpersonal como claves educativas para caminar.

 

 

5.3. Miedo, tiempo interior e «invocación»

 

Nos queda ese «tiempo interior», que atraviesa y está siempre presente en cualquier otro tiempo, con un espacio igulmente omnipresente, la soledad. De ambos, todos solemos huir. En el caso de los jóvenes, habrá que azuzar los miedos,recuperarando y educando la interioridad, para encararse con ellos y, ojalá, descubrir aquello que está más allá de cuanto se ve.

Apuntamos antes —y suele ser una realidad que descuidamos con frecuencia— que los jóvenes sienten angustia, particularmente ante la soledad y el futuro. Paralelamente y a tientas, quieren ser acogidos y participar, entregarse a algo (¿Alguien?), explorar las posibilidades de su yo. Incluso, aunque sea más fruto de una ensoñación que de un verdadero sueño, intuyen una especie de mundo ideal con individualidades libres y no convencionales; un mundo de localizaciones sociales abiertas, ni estrechas ni inmóviles; una vida sensible a lo natural, lo mismo que a los avances técnicos; una vida pacífica y placentera.

 

Pistas todas para acompañar la reconstrucción de su personalidad a través de la educación de la interioridad y la apertura a la trascendencia, elevando el nivel de las preguntas humanas o llenando con una densidad cada vez mayor los interrogantes que suscitan; avivando inquietudes, anhelos e insatisfacciones. Hasta desear e invocar una «presencia» que dé buenas razones de todo ello. n

 

José Luis Moral

[1] Las características propias de la revista aconsejan suprimir el aparato crítico, dada la abundancia de citas que serían necesarias en un análisis de estas características. En cualquier caso, la fundamentación de la mayoría de las afirmaciones que aparecen en el artículo puede encontrarse en otro trabajo en el que hemos abordado este mismo tema desde una perspectiva diversa —J.L. MORAL, El camino empieza donde están ellos, en: AA.VV., Una escuela para el camino. Actas de las Jornadas de Pastoral Escolar ’99 de la FERE, Ed. San Pío X, Madrid 1999, 13-55— (en concreto, se analizan allí tres cuestiones específicas: 1/ ¿Cómo buscar a los jóvenes?; 2/ ¿Dónde están y cómo son los jóvenes?; 3/ Encontrarse con ellos para caminar juntos).