Los jóvenes nos hacen mover ficha

¿Cómo impulsar la pastoral con jóvenes hoy?

 

Álvaro Chordi (Adsis) es Delegado Diocesano de Pastoral con Jóvenes de Vitoria

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

El artículo propone 12 claves de fondo para llegar a un nuevo planteamiento de la pastoral con jóvenes. Dos convicciones fundamentales las alientan e impulsan: el corazón de la misión es levar a Dios dentro y la entraña de la misión es la comunión, porque el presente y el futuro de la pastoral juvenil pasa por la comunión eclesial y por la capacidad de suscitar la experiencia de Dios y del Reino. Por ello la nueva lógica misionera nos sitúa ante la necesidad de abrir las puertas al Espíritu, de hacer significativa la presencia de Dios también en la periferia y en la frontera, de recrear la comunidad, de manifestar la incondicionalidad de nuestro amor a los jóvenes, de invertir en la formación de los agentes.

 

Somos conscientes que estamos cerrando una época y nos abrimos a unos tiempos nuevos y apasionantes. Nos estamos adentrando en caminos inéditos e inciertos, imprevisibles y desconcertantes, que requieren de nosotros una apertura, confianza y creatividad insospechadas. Es una gran oportunidad que se está convirtiendo en invitación y reclamo para ir a lo esencial de nuestra fe, vivir coherentemente desde ella y mostrarlo sin tapujos a los demás.

Asistimos a un cambio de ciclo que va generando un nuevo paradigma[1] que sin duda, nos llevará al corazón de la fe, a encontrar la fuente, y nos hará más creíbles para ir mar adentro y reescribir con los jóvenes el Evangelio. Y con ellos desencadenar verdaderos procesos de conversión y personalización de la fe[2]. La situación actual nos interpela y provoca reacciones diversas. Ahora bien, si queremos iniciar y profundizar en la experiencia del Dios de Jesús de Nazaret con las generaciones jóvenes, nuestras comunidades necesitan cambiar de mentalidad, repensar la pastoral con jóvenes, asumir unas estrategias evangelizadoras diferentes y desarrollar una espiritualidad de resistencia que nos convierta en referentes alternativos y de contraste en el mundo de los jóvenes y en la sociedad en general.

Os presentamos unas claves de fondo para una nueva pastoral con jóvenes que alumbra la experiencia vivida en el seno de las comunidades Adsis[3] y de la Delegación Diocesana de Pastoral con Jóvenes de Vitoria[4] y cuyos aterrizajes ofreceremos en otra ocasión.

 

  1. Vivir más abiertos al viento y a las sorpresas del Espíritu

 

Estamos a las puertas de un nuevo éxodo que exige de todos los agentes de pastoral una gran certeza: vivir más abiertos al viento y a las sorpresas del Espíritu. Esto supone trasladar esa excesiva confianza en nuestras propias fuerzas a depositarlas en el Espíritu, que nos precede y prepara la ruta, que es quien verdaderamente acompaña a los jóvenes.

Nuestras comunidades han de ser capaces de gestar creyentes que sepan captar la actuación del Espíritu en la vida de los jóvenes, para ayudarles a reconocer dicha presencia y aprender a vivir desde ella. De ahí la urgencia de expropiarnos de “nuestra” obra y “autoevangelizarnos”, sumergiéndonos en la novedad y radicalidad de la fe cristiana.

Estamos convencidos que tenemos toda una vida para llegar a la fe[5]. Hasta ahora hemos considerado la franja de la juventud una etapa de la vida suficientemente amplia como para iniciar a la fe; sin embargo, intuimos que quizás haya que alargar esa estancia en tramos posteriores de la vida adulta, cuando la propia existencia ofrezca experiencias adecuadas para apreciar la presencia del Espíritu en sus vidas y ser capaces de entrelazar las diversas experiencias vitales y de fe hasta llegar a completar el dibujo vocacional que permita encontrarse con su fuente. El compañero de camino durante esos años es el Espíritu, que se convierte en el primer responsable de la educación permanente de los creyentes.

Esta clave exige estar muy conectados con el Espíritu, vivir en su Presencia, sentirse permanentemente enviados, saber de quién nos hemos fiado. También requiere confianza en el factor tiempo, sabiendo que no todos reciben de la misma manera lo que ofreces, que el ritmo de las personas tiene poco que ver con las pretensiones y expectativas evangelizadoras que nos marcamos a diario, y sobre todo, que unos siembran y otros recogen… y en muchos casos no vamos a ser testigos de la cosecha.

 

  1. Recrear la comunidad para que sea sujeto pastoral

Cuando llegan a nuestras manos proyectos de pastoral juvenil nos encontramos, en la mayoría de los casos, que la comunidad es la gran ausente en dichos proyectos. Y cuando no hay sujeto, o el que hay se muestra muy difuso, el proceso evangelizador va muy desencaminado.

“Hemos de reconocer que el problema fundamental de la pastoral no radica en los proyectos y procesos pastorales de la evangelización y de la educación en la fe, sino en el sujeto capaz de suscitar una búsqueda personalizada, un encuentro profundo y un diálogo fecundo abiertos a la propuesta del Evangelio. Este sujeto no es otro que la comunidad cristiana[6]”.

La comunidad cristiana es el sujeto, el ámbito y el destino en el que la fe cristiana se vive como proyecto de vida personal y comunitaria y desde el que se propone como experiencia de nueva vida abierta a la fraternidad y a la solidaridad. Sin comunidad, no hay proceso evangelizador que se sostenga en pie.

Por tanto, toda acción pastoral debe fundamentarse ante todo en la vida de la comunidad, en su carácter significativo sacramental, en el proyecto del que es portadora. Sólo de esta manera la comunidad podrá ser sujeto pastoral[7].

La comunidad es quien suscita y acompaña el proceso de jóvenes. Su responsabilidad se concreta en ser signo, testimoniar y significar con su vida la propuesta del Reino; salir a buscar a los jóvenes, como instrumento de la iniciativa de Dios; acoger la realidad de los jóvenes, sus necesidades y búsquedas; interpelar y proponer, ofreciendo experiencias y espacios donde los jóvenes puedan encontrarse con Jesús; acompañar el proceso de apertura y crecimiento en la fe.

La pertenencia comunitaria y eclesial es central en el proceso educativo en la fe. Los jóvenes no pueden pertenecer sólo a sí mismos y, de manera vaga, a Jesús y a la comunidad. El sentido de pertenencia es componente importante del sentido de identidad. Nadie sabe quién es mientras no ha descubierto a quién y a qué pertenece. Alimentar estas pertenencias básicas es esencial para nuestra pastoral con jóvenes. Pasar de la “necesidad de estar juntos” a aglutinarse en torno a un proyecto compartido.

Así pues, son imprescindibles los pequeños relatos como comunidades de referencia. Hoy el joven no se vincula a grandes relatos como antaño nos hemos vinculado. En otras épocas ha funcionado, primero, la ilusión del gran relato, y después descubríamos el pequeño relato como comunidad de vida. Hoy el método es al revés: el joven no se vincula a nada si no encuentra un pequeño relato que le resulte cercano, con calor afectivo, con relaciones interpersonales, vida en lo cotidiano, en el día a día. A partir de ahí tendrá que descubrir el gran relato, incluso para la misma vivencia vocacional[8].

Sin comunidad, todo anuncio creyente queda huérfano de un espacio de interiorización, de “verificación” y de celebración; sin el testimonio y la proclamación de individuos concretos, el Evangelio quedaría mudo para el mundo.[9]

Estamos asistiendo a un notable aislamiento de los jóvenes respecto al resto de la comunidad cristiana. Aunque nadie duda de la necesidad de espacios propios para ellos, es muy posible que esta estrategia haya impedido muchas veces su inserción eclesial. La pastoral con jóvenes es parte integrante del resto de la comunidad. Para trabajar en línea comunitaria con los jóvenes es esencial formarlos en una comunión general con el resto de la comunidad eclesial. Así, los jóvenes han de participar activamente del “ritmo vital” de la comunidad, animándola permanentemente, pues ellos mismos son parte integrante de la comunidad.

  1. Ceder más protagonismo a los jóvenes

 

Hoy más que nunca los jóvenes ponen a prueba la incondicionalidad de nuestro amor hacia ellos: estar con ellos, buscar con ellos, explorar con ellos, esperar con ellos… de modo gratuito. La pastoral con jóvenes de este milenio nos provoca tal incertidumbre que se tambalean las opciones más profundas de nuestro servicio a los jóvenes, hasta el punto que o nos dejamos evangelizar por ellos o seguiremos justificándonos “haciendo lo de siempre”.

“Los jóvenes necesitan ser protagonistas de su proceso. La comunidad cristiana cree en sus posibilidades y capacidades de crecer, cambiar y aportar a su vida y al proyecto de Dios. Deben ser tenidos en cuenta, preguntados. No hay que darles todo hecho ni proponerles qué hacer, sino más bien facilitarles los instrumentos necesarios para que salga de ellos mismos. Debemos arriesgar en darles responsabilidades acordes a su situación y capacidad que les hagan crecer, identificarse y contrastarse. No hay madurez sin responsabilidad, no hay confianza si no notan que apostamos y creemos en ellos. No pueden ser objeto, sino sujetos de su propio proceso.

Los jóvenes necesitan ensayar las capacidades que van descubriendo. Necesitan un espacio donde ser ellos mismos, descubrir sus capacidades y probarse fuera de la mirada protectora o crítica de los adultos. La sociedad parece montada de tal manera que los jóvenes tienen muy poco que aportar; así que se refugian en la noche, las fiestas, el chat, internet…, es decir, donde les dejamos. Es necesario regalarles espacio y ayudarles a ser protagonistas de su propia historia y la de los demás”[10].

Admitir el protagonismo de los jóvenes lleva consigo una serie de actitudes y compromisos para toda la comunidad cristiana: que se construya “desde” ellos y “con” ellos y, no sólo “para” ellos[11].

 

  1. Entrar en una nueva “lógica” misionera

Es necesaria una evolución particular de los procesos formativos de jóvenes que llevamos adelante en nuestras plataformas pastorales, pero este esfuerzo ha de ir precedido y acompañado de otras acciones misioneras con los jóvenes. Para llegar a una gran parte de los jóvenes que se encuentran alejados de la vida de la comunidad cristiana, será necesario avivar una verdadera acción misionera en la que los jóvenes creyentes deben de asumir una responsabilidad y un protagonismo especiales. Nadie como ellos mismos podrá ofrecer un testimonio vivo del significado que el Evangelio tiene para la sensibilidad, las inquietudes y los problemas de la juventud actual.

La pastoral con jóvenes no es ni debe ser solamente para los de “dentro”, sino que hay que salir “fuera”, con un talante nuevo y misionero allí donde se encuentran los jóvenes. El mundo de los jóvenes es un mundo poco evangelizado. Se está produciendo un éxodo de los jóvenes respecto de la Iglesia. “Uno de los signos de nuestras carencias espirituales y evangelizadoras es la gran dificultad que experimentamos al transmitir la fe a las jóvenes generaciones”[12].

“Hace falta una primera evangelización que tiene como objetivos: primero, crear posibilidades reales para encontrarse con Jesucristo y su Evangelio, así como lugares en los que sea posible tener la experiencia del cristianismo; segundo, dar a conocer las propuestas y exigencias fundamentales del Evangelio de Jesucristo; tercero, invitar a realizar seriamente la conversión a Dios y la adhesión a Jesucristo y su Evangelio; cuarto, acompañar, si es posible, a las personas interesadas a lo largo de ese proceso que debería cambiar profundamente su vida”[13].

En la realidad juvenil de cada día conviven todo tipo de jóvenes en diferentes ambientes y situaciones, y con planteamientos culturales muy diversos, que afectan incluso a la forma y estilo de vivir. Todo esto constituye el campo de la pastoral con jóvenes que, para considerarse y ser misionera, tiene que superar las convocatorias y los campos de acción reducidos a los ambientes intraeclesiales y dirigidos a los ya cercanos, para abrirse a otros ambientes y dirigirse a todos los jóvenes.

La mayoría de los jóvenes ya no provienen de ambientes religiosos y muchos de ellos ni siquiera han realizado una primera apertura a la fe; por ello es necesario salir a su encuentro desde su misma realidad, siendo capaces de adaptarse a sus demandas e intereses, ayudándoles a descubrir su protagonismo y así puedan asumir un día, de manera libre y consciente, la propuesta de fe. La pastoral con jóvenes debe estar abierta a todos e ir allí donde están los jóvenes y, especialmente, los jóvenes más necesitados, porque todos tienen derecho a escuchar la Buena Noticia de Jesús. Así pues, apostamos por una pastoral de “desplazamiento”[14] y de “puertas abiertas” a todos los jóvenes.

No hemos de tener miedo a los ensayos pastorales de corte misionero. Hemos de salir a la calle a buscarles, abrir nuestros servicios e iniciativas a los jóvenes que no vienen o que se fueron, soñar en otras propuestas pastorales que atraigan a los jóvenes, que rompan moldes establecidos, que alíen a unos jóvenes cristianos con otros, para que con coraje y audacia generen experiencias de vida en otros jóvenes que todavía no conocen a Jesús ni su Evangelio.

 

  1. Proponer procesos plurales y diferenciados

Vivimos en una cultura marcada por el pluralismo. Los sujetos de nuestra acción pastoral son jóvenes en situaciones vitales y de fe muy diversas, con diferentes motivaciones. Mal que nos pese, no basta con ofrecer procesos formativos adaptados a cada edad; es necesario ofrecer procesos diferenciados, incluso para personas de edad semejante.

El camino recorrido hasta ahora sigue siendo válido para algunos jóvenes; pero hemos de diversificarlo a través de la búsqueda de nuevos recorridos formativos que puedan llegar también a los chicos y chicas alejados de la Iglesia. El deseo de entrar en comunicación con todos los jóvenes exige de nuestra parte una pluralidad de áreas y modalidades de intervención: con el que viene a la Iglesia, con el que aún debe escuchar el primer anuncio, con el que recomienza a ser cristiano, con el que ya se halla comprometido en algún ámbito de socialización y con el que está marginado o a disgusto. Por eso es necesario que desde el corazón de la comunidad cristiana broten intervenciones específicas suscitadas por la misma intencionalidad y pasión evangelizadoras.

En estos tiempos nuevos toca adecuar los procesos de iniciación cristiana a la situación actual. Sigue siendo necesario diseñar itinerarios educativos de corte catecumenal, pero estos itinerarios han de ser mucho menos lineales y estandarizados. Ahora bien, junto a ello, hoy valoramos la urgencia de desarrollar un estilo de proceso que, manteniendo y potenciando la claridad del objetivo y el horizonte, responda a la realidad de los jóvenes en la cultura actual. Se trata de apostar por un proceso que sea más modelo “red” que “camino”, en el que se ofrecen muchas posibilidades para llegar al mismo sitio, ofreciendo muchas puertas de entrada y permitiendo muchas salidas, pero, en todo caso, visualizando un horizonte claro[15].

Este estilo de proceso “modelo red” nos invita a tener muy presente que hay pluralidad de situaciones de partida y de lugares de encuentro de los jóvenes -parroquias, centros educativos, asociaciones, movimientos, proyectos sociales, voluntariado, espacios abiertos, etc-; pluralidad de itinerarios y modos de hacer y pluralidad de situaciones de salida del proceso.

Ya no nos valen sólo los itinerarios rectos y lineales, donde hay una única receta a la que sumarse. Más bien, hay muchos itinerarios posibles que son en sí mismos múltiples, con muchas dimensiones, y que pueden desarrollarse con diferentes ritmos, y que hay bucles en el camino que permiten llegar al mismo lado por diferentes caminos. Hay actividades y elementos válidos para distintos momentos del camino, polivalentes en función del momento del proceso. Hay un crecimiento en espiral. La clave reside en el agente de pastoral, que ha de tener muy claro el horizonte, los objetivos y los ritmos.

Creemos que la fe se descubre a modo de “trechos de camino” que se recorren en compañía de otros y otras creyentes mediante trazos discontinuos y ocasionales que van configurando el puzzle de una fe adulta a lo largo de toda la vida. Como afirman los Obispos de Québec, “hay que comprender también que para muchos jóvenes, en las condiciones en las que se encuentran, esta fe, incluso fragmentaria y todavía poco coherente, representa con frecuencia el máximo posible de adhesión”[16]. Y esto hay que tenerlo muy en cuenta en nuestra labor cotidiana con los jóvenes.

 

  1. Posibilitar la interrelación entre los jóvenes y los pobres

El objetivo de una comunidad cristiana es hacer significativa la presencia de Dios a favor de las mujeres y hombres de nuestra sociedad. Lo peor que les puede suceder a nuestras comunidades es que resultemos inocuos e indiferentes para los jóvenes y los pobres. Hemos de hacer una opción por descubrir los valores contraculturales de nuestras sociedades y encarnarlos, renunciando a aquellas realidades que no sean compatibles con el Evangelio, y así ser una alternativa global de vida para los jóvenes.

Somos llamados a vivir en las periferias, en los desiertos y en las fronteras. Cuando dejamos de ser extravagantes, nos integramos en el sistema, y dejamos de ser “raros”, entonces nos volvemos tan normales que perdemos nuestra fuerza profética. Somos habitantes del límite, y estamos llamados a caminar por los extremos. Cuando nos acomodamos y dejamos de vivir exageradamente la vida, perdemos nuestra significatividad en el camino. Entonces la vida comunitaria deja de ser una parábola que cuestiona y da luz para el camino. Nuestras comunidades dejan de ser esos faros encendidos en la noche que hacen señas a los jóvenes que navegan hacia el Reino.

Para nosotros cualquier propuesta vocacional pasa por los pobres. Necesitamos intensificar en los jóvenes experiencias mayores de búsqueda, comprensión y servicio entre los pobres acompañando a la comunidad. No bastan tareas esporádicas, es preciso hacer de ello tarea y talante de vida en los ámbitos ordinarios y extraordinarios de la existencia.

Ahora bien, la mejor y más urgente acción a favor de los pobres es ofrecerles jóvenes solidarios con su situación, más comunidades presentes y comprometidas, más siervos que salen a sus caminos, más testigos del amor de Jesús, más defensores de su dignidad, más creyentes samaritanos.

El ejercicio del amor solidario es el mejor camino para encontrar o recuperar la fe. El que aprende a amar solidaria y gratuitamente empieza a entrar en el Reino. La comunidad samaritana enseña a los jóvenes los caminos samaritanos de la proximidad. Un corazón transformado por la solidaridad es un corazón abierto a los caminos del Espíritu.

La solidaridad y el encuentro con la exclusión social es ocasión para despertar interrogantes en los jóvenes, es experiencia que les hace trascenderse y descubrir a Dios en los pobres, es el lugar donde Dios les llama y les convoca a entregar la vida junto con su comunidad. Todo proceso pastoral está en referencia concreta a los pobres. El voluntariado social es una buena plataforma desde la que los jóvenes pueden aproximarse a los excluidos de nuestro tiempo así como una oportunidad pastoral para ir o volver a la fe.

“Constatamos que los jóvenes viven una “implicación solidaria distanciada” donde no se busca una transformación radical, sino una especie de ética práctica del cada día, centrada poco a poco en las causas y con una mezcolanza de altruismo y de individualismo. La experiencia solidaria, necesaria para salir de sí mismos y mirar el mundo “desde otro lado”, ampliando horizontes, es una oportunidad que necesita ser acompañada para que cale en las raíces de la propia identidad”[17].

Por tanto, hemos de posibilitar experiencias puntuales o permanentes de servicio a los pobres, acompañadasde una reflexión que les ayude a tomar conciencia de las implicaciones más allá de la experiencia vivida[18]. En la medida en que la comunidad cristiana está implicada en la “suerte de los pobres”, y se deja tocar por ellos, los jóvenes encontrarán un espacio significativo de Reino que les permita trascender y complicarse la vida por la causa de Jesús de Nazaret.

  1. Suscitar la experiencia de Dios en todo momento

Uno de los mayores dramas de la presencia de la Iglesia en el mundo de los jóvenes consiste en reconocer a multitud de jóvenes que han participado en nuestras plataformas pastorales y, sin embargo, no han “conocido” a Jesucristo y su Evangelio, no han experimentado a Dios y la vida los va engullendo en un estilo de vida en la que prescinden de hecho de Dios y su Reino. Quizás no hemos sabido ayudar a que el joven se “reapropie” la fe desde la propia identidad personal.

Entre las debilidades de la fe juvenil que hemos de subsanar figura el déficit de su experiencia orante. Es evidente que se necesita una mínima infraestructura espiritual para captar la llamada a la trascendencia, una cierta sensibilidad para caer en la cuenta de que estamos habitados por el misterio amoroso de Dios. Por eso, iniciar a los jóvenes de manera intensa, sistemática y pedagógica a la oración individual y comunitaria resulta capital para su fe.

Es preciso ayudarles a pasar de la relación intimista con un Dios que acaricia su sensibilidad a la relación estimuladora con un Dios que interpela su vida entera y motiva su compromiso. Hemos de educar a la invocación, para que el joven descubra en su vida una actitud personal de confianza hacia alguien que está más allá de la propia vivencia; consistirá en educar entre la experiencia y la esperanza. Una educación a la invocación que consiste en hacer experiencia de trascendencia y que lleva al encuentro con Cristo. Para ello hemos de reconocer el silencio como espacio a explorar, como posibilidad de escucha de una palabra distinta a la del mismo joven, a las palabras de siempre; espacio para escuchar la palabra, y, por qué no, de Dios y de los otros.

“Ya no surgirán cristianos de procesos sociológicos o grupales. La apuesta por una nueva mística con todos los medios y creatividad de los que disponemos es clave para nuestra época. Todo lo que vaya orientado a la formación para la interioridad, a favorecer experiencias de encuentro personal con Dios, a acompañar a otros para leer la propia vida desde Dios, es la mejor inversión que podemos hacer en nuestra pastoral con jóvenes”[19].

 

  1. Ayudar a descubrir la propia vocación

La pastoral con jóvenes siempre es pastoral vocacional. No hay camino de fe sin propuesta vocacional. En la medida en que acompañamos procesos de interiorización de la fe en los jóvenes, estamos promoviendo la perspectiva vocacional. Que el joven descubra su propia vocación es una cuestión vital para toda la Iglesia. Por eso hemos de invertir todos nuestros esfuerzos en que la comunidad cristiana acoja, cuide y active las diferentes vocaciones para hacer realidad el sueño de Dios entre nosotros y que los jóvenes encuentren referentes vocacionales válidos a su alcance.

Entendemos que la opción vocacional, en sentido amplio y específico, debe ser el fruto maduro e imprescindible del proceso de educación en la fe, de proceso de crecimiento humano y cristiano. Es eje transversal y tarea específica. La orientación vocacional constituye el vértice y el coronamiento de toda pastoral con jóvenes; y esto no como momento final del camino de fe, sino como una dimensión que debe estar presente a lo largo de todas las etapas del proceso. Es necesario, pues, educar la dimensión vocacional de la persona del joven para ayudarle a descubrir que todo cuanto le acontece en la vida no deja de ser una llamada de Dios a vivir su propia vocación cristiana. Para ello será necesario educar la vocación a ser persona, educar a la vocación cristiana y educar a la vocación específica[20].

 

  1. Priorizar el acompañamiento pastoral en los jóvenes

El acompañamiento personal de la vida creyente de nuestros jóvenes por parte de personas adultas en su fe constituye otra práctica pastoral necesitada de un notable refuerzo. Este importante servicio pastoral ayuda sobremanera a personalizar la fe y a ponerla a la escucha y búsqueda del proyecto singular que Dios alberga sobre la vida de cada uno de los jóvenes. En otras palabras: fortalece el sentido vocacional de la vida cristiana. Además hemos de posibilitar una formación adecuada acerca del acompañamiento personal y espiritual de los jóvenes, sobre todo de los jóvenes animadores, para que éstos ayuden a otros jóvenes en su camino de fe.

“El acompañamiento grupal posibilita que en el grupo de iguales el resto de los miembros del grupo ejerzan un rol de acompañamiento unos de otros. Así se pueden ejercitar y contrastar las actitudes que se trabajan y la madurez personal que se va desarrollando en el campo concreto de las relaciones interpersonales. El grupo es también un espacio donde aprender a servir y acompañar a los otros sin apropiárselos, a cuestionar los propios intereses y relativizar el propio yo en función del nosotros y de los otros, donde aprender a amar en lo concreto.

Aunque el grupo ofrece ya un cierto nivel de pertenencia, todas las personas nos formamos en los ambientes: espacios más amplios de pertenencia y participación de los que vamos asumiendo valores, actitudes, hábitos, capacidades… En estos tiempos urge generar un ambiente amplio, mayor que el grupo reducido, de relaciones entre jóvenes que permita el caldo de cultivo necesario para arraigar y consolidar una identidad cristiana en el momento en que se está formando: valores, apuestas y horizonte.

Si no ofrecemos este ambiente propicio a los valores que proponemos a los jóvenes, les dejamos a merced de los otros ambientes en los que se encuentran inmersos: centros de estudio, medios de comunicación social, familia, cuadrilla, calle… En estos últimos años, vamos constatando la importancia que tiene la interrelación entre todos los jóvenes (de grupos de fe, voluntarios, de proyectos sociales, monitores de tiempo libre, catequistas…) con la comunidad cristiana, lo que llamamos el acompañamiento ambiental. Este tipo de acompañamiento permite generar un espacio donde se van transmitiendo otros valores, otro estilo de relación, otra forma de vivir y relacionarse. Al mismo tiempo, es un espacio donde los jóvenes pueden ser referencia unos para otros” [21].

Constatamos que los jóvenes actuales sienten la necesidad de tener unos nuevos espacios: propios, entre iguales, significativos, donde se encuentren en libertad, y que se constituyen en espacios de socialización. Así mismo sienten la necesidad de espacios donde sentirse protagonistas y de esta manera, se constituyen en punto de referencia del proceso del grupo. Tal vez haya que ofrecer unas plataformas o movimientos plurales de encuentrocon una dinámica abierta y flexible, y que sean un punto de referencia para los jóvenes, más que grupos de reflexión, que únicamente se reúnen en una sala para hablar de cuestiones más o menos trascendentales. Que sean lugares de expresión de la fe, donde se amplíe la idea de grupo pequeño; que incluyan dinámicas novedosas, que abarquen la acción y no sólo la reflexión; que cuiden la formación de los que acompañan tanto los procesos grupales como los procesos personales; que compaginen una oferta plural de actividades y experiencias con un cierto acompañamiento que permita la personalización de las experiencias significativas. La interrelación entre los diferentes jóvenes y animadores es muy importante para el crecimiento personal y de fe. En la labor pastoral con jóvenes, hoy es clave atender al tejido de redes primarias, más ligados a la cotidianeidad, de pertenencias plurales, de comunidades menos dogmáticas, donde se da mucha importancia a la comunicación y al deseo de relaciones personales auténticas[22].

 

  1. Invertir en la formación de los agentes de pastoral

“Es un motivo de mucha alegría encontrarse con agentes de pastoral con actitud de búsqueda. Son personas abiertas, que saben disfrutar de los procesos pastorales donde están situados, que no están obsesionados por los números, que se alegran por los progresos concretos que hacen personas concretas. ¡Cuánta riqueza humana y personal transmiten tantas personas dedicadas a la pastoral!”[23] Es admirable observar cómo muchos jóvenes viven con entusiasmo e ilusión ser agentes de pastoral. ¡Cuánto derroche de generosidad al servicio de los jóvenes!

Ahora bien, ser agente de pastoral supone no solamente buena voluntad y entusiasmo, sino que debe exigirse una preparación, una capacidad, una vocación capaz de proponer algo inédito, nuevo, una fuerza para vivir.

Hemos de exigir a nuestros agentes de pastoral que sean jóvenes adultos, maduros y creyentes, llamados por Dios a vivir su ser animador como una vocación específica dentro del camino de su vocación cristiana, con una preparación y competencias adecuadas que harán de él o ella, no sólo un animador competente, sino una persona capaz de amar a los jóvenes y ayudarles a descubrir el sentido de su vida, el camino de su fe y su vivencia dentro de la comunidad cristiana.

Es cierto que la formación de los agentes de pastoral es una necesidad sentida y manifestada en todos los ámbitos pastorales. Sin embargo, no gozamos de una formación pastoral a tono con la situación actual de los jóvenes. No han faltado propuestas formativas, pero son escasamente seguidas por los agentes de pastoral. No invierten tiempo en una formación sistemática y apropiada a los tiempos que corren. Están demasiado “ocupados” en lo inmediato, en la actividad que desarrollan con los jóvenes…

Urge motivar la necesidad e importancia de la formación así como posibilitar tiempos, espacios y formatos adecuados para llevar a cabo dicha capacitación pastoral. Hacen falta guías competentes. Necesitamos personas que hayan transitado por los caminos de la vida y la fe, que propongan una fuerza para vivir. El requisito de fondo imprescindible para que un agente de pastoral se sostenga en pie -y que nunca hay que dar por supuesto-, es su experiencia personal de fe.

Por tanto, “el agente de pastoral debe atender a su doble condición de cristiano y de animador de jóvenes. Como cristiano debe cuidar su formación de modo adecuado y permanente. Y como animador de jóvenes debe prepararse y formarse específicamente para el ministerio eclesial que va a realizar”[24].

 

  1. Promover los nuevos lenguajes y símbolos

En estos años ha cambiado el modo que tenemos de relacionarnos con los demás, de ofrecer mensajes, de llegar al otro. Han cambiado los medios y, por tanto, de alguna manera, han cambiado los propios mensajes. Lasgramáticas interpretativas, aquellos códigos que nos permitían no sólo relacionarnos con el otro sino también con el mundo, han modificado sus medios. Y si somos seres en relación, no podemos quedarnos indiferentes a este cambio. El reto de la pastoral con jóvenes ante estas nuevas gramáticas es inculturizarse en este nuevo mundo que ha surgido en los últimos años y que no cesa de cambiar. No hacerlo supone no estar en el mundo con los jóvenes.

Por tanto, un gran reto pastoral en nuestros días es decir la fe de modo culturalmente aceptable y comprensible, redescubriendo el núcleo central y vital de la experiencia cristiana, contando a Jesús a los jóvenes de hoy.

Cuando nos preguntamos cuáles son sus nuevas realidades, sus nuevos modos de entender el mundo, sus nuevos lenguajes, sus nuevas formas de comunicarse… nos reconocemos gestando una nueva pastoral que conecta con ellos, nos sumergimos en su mundo para ver cuáles son las huellas que Dios ha ido dejando y abandonamos la imagen del conquistador para asumir la del explorador.

Creemos que Dios está en el mundo de los jóvenes. Por eso mismo les escuchamos, creemos y sentimos que lo que el joven dice es importante, necesario y esencial, les aceptamos sus desenfoques, sus incoherencias, como ellos aceptan las nuestras, entablamos un diálogo que en muchos casos se convierte en confidencia amistosa.

Los nuevos lenguajes nos lleva a recuperar lo corporal como lugar de encuentro -expresión corporal, danza, teatro, juegos de contacto, aromas…-; lo lúdico-festivo como constructor de grupo y de identidad -juegos de cooperación, de participación, de confianza, de autoestima, interculturales, intergeneracionales, etc.-; lo creativo como hacedor de sueños que ayuda al joven a “subir” un peldaño, hacia la Trascendencia –creando juegos, experiencias, fomentando el pensamiento alternativo, imaginando proyectos, trabajando en cosas nuevas, construyendo mensajes de vida a través de internet, de power point, leyendo, releyendo el evangelio desde distintas claves y perspectivas–.[25]

Hay que escuchar bien su lenguaje -música, noche, modas, cine, estilos, estéticas…- para comprender bien su realidad. Nuestra fe, nuestro horizonte de sentido es válido para ellos, aunque sea expresado de otra forma por ellos, porque el proyecto de Dios es proyecto para todos.

No se puede hoy día pensar en la educación de la fe sin integrar en esa educación la dimensión de lo emotivo, de lo sensible, de lo corpóreo… Hemos de potenciar lo sensorial, lo narrativo, lo dinámico, lo emotivo y lo sensacional. Recuperar la capacidad de fascinación -contactar con los deseos y problemas de los jóvenes-. Envolver las ideas abstractas con lenguajes narrativos sólidos y bien trabados -personajes, testimonios, anécdotas, biografías, etc.-. Más que demostrar, justificar o convencer, los jóvenes necesitan que se les cuente, que se les sugiera y que se les implique desde la narración de historias de vida. Utilizar géneros evangélicos como la parábola será indispensable. La palabra más que el concepto, la sugerencia más que la demostración. Debemos ser capaces de narrar nuestra propia historia a vueltas con la fe. Lo que se narra sabe a auténtico, y es más creíble que lo aprendido pero no experimentado. Lo que hemos vivido y lo que vivimos es lo que debemos transmitir.

 

  1. Potenciar siempre el trabajo en equipo y en red

Las diversas actividades e intervenciones en la pastoral con jóvenes tienen una misma y única finalidad: la promoción integral de los jóvenes y de su mundo. Por esto se ha de superar la pastoral sectorial de muchas actividades, sin coordinación entre sí, y lograr una pastoral más orgánica, haciendo realidad la convergencia y unión en las finalidades, opciones preferenciales y criterios de acción, y la conexión e interrelación de todos los elementos y aspectos que intervienen en la acción pastoral.

Tal convergencia viene exigida por la persona de nuestros destinatarios -­hacia la cual se dirigen las diversas propuestas-, por las propias comunidades cristianas -que deben compartir objetivos y líneas operativas- y por la necesaria complementariedad de las diversas intervenciones, experiencias y modelos pastorales.

Consideramos de suma relevancia que los agentes pastorales desarrollen un estilo de trabajo en equipo, coherente con el modelo comunitario y eclesial. Este estilo de trabajo requiere considerar las distintas sensibilidades presentes en la comunidad, aunar criterios en la búsqueda común del servicio a los jóvenes, evitar las arbitrariedades y personalismos y generar los liderazgos necesarios de acuerdo a las habilidades de cada miembro del equipo y a las necesidades de los jóvenes.

Apostamos por un liderazgo ministerial, es decir, un liderazgo que, siendo directivo y no autoritario, propone líneas de acción, con una comunicación acorde con el servicio de cada uno, que no es vertical y descendente sino que valora el diálogo, que genera y potencia liderazgos específicos, facilitando espacios de autonomía en la toma de decisiones y motivando la iniciativa y creatividad según el carisma de cada uno[26].

Si queremos sacar adelante una nueva pastoral con jóvenes necesitamos disponer de ciertos recursos humanos y materiales. Estos nuevos tiempos que vivimos requieren una mayor y cualificada presencia de los presbíteros acompañando las diversas realidades de pastoral con jóvenes, así como de un apoyo decidido a aquellos religiosos/as y seglares que accediendo a una adecuada formación y ofreciéndoles autonomía y responsabilidad, puedan promover la pastoral juvenil que estamos dibujando en estas páginas. También hemos de invertir en la contratación de personas, preferentemente seglares, que puedan impulsar una pastoral juvenil actualizada, así como dotarnos de fondos económicos holgados que permitan llevar adelante una propuesta evangelizadora que cale verdaderamente en todos los jóvenes.

Concluimos esta reflexión con dos convicciones muy presentes en nuestra presencia con los jóvenes: “el corazón de la misión es llevar a Dios dentro” y “la entraña de la misión es la comunión”. Hay muchos jóvenes que esperan que alguien les escuche, les quiera y les ame; alguien que crea en ellos, que confíe “a muerte” en ellos, pase lo que pase. El presente y futuro de la pastoral con jóvenes pasa por nuestra experiencia de comunión eclesial. Aquí cabemos todos. Nos necesitamos unos de otros; ya nadie es autosuficiente, o no debiera serlo. Hoy más que nunca estamos urgidos a concertar esfuerzos, a unirnos manteniendo nuestras identidades, a relativizar modos y estilos, a ampliar horizontes para facilitar la pastoral de conjunto que siempre beneficiará a los jóvenes. Así construiremos entre todos una Iglesia con los jóvenes.

 

ÁLVARO CHORDI

estudios@misionjoven.org

[1] MUNTANER, G., La novedad como estímulo: vicisitudes de la sociedad y de la religión en una época nueva. Verbo Divino, Estella, 2005.

[2] DERROITTE, H., Por una nueva catequesis. Jalones para un nuevo proyecto catequético. Sal Terrae, Santander, 2004.

[3] ADSIS, Proyecto Adsis de Pastoral de Jóvenes. Madrid, 2004.

[4] DELEGACIÓN DIOCESANA DE PASTORAL CON JÓVENES DE VITORIA, Plan Estratégico “Garai berriak”. Vitoria-Gasteiz, 2004. Se puede consultar en www.gazteok.org

[5] ASAMBLEA DE LOS OBISPOS DE QUÉBEC, Proponer hoy la fe a los jóvenes: una fuerza para vivir. Una buena parte de este documento se puede leer en AA.VV., Proponer la fe hoy. De lo heredado a lo propuesto. Sal Terrae, Santander, 2005, 161-191. Se puede consultar entero enwww.gazteok.org

[6] PÉREZ ÁLVAREZ, J. L., Entre lo propio y lo ajeno. La experiencia comunitaria en la PJ, en Revista de Pastoral Juvenil 423 (diciembre 2005), 3-14

[7] HUEBSCH, B., La catequesis de toda la comunidad. Hacia una catequesis por todos, con todos y para todos. Sal Terrae, Santander, 2005. MOVILLA, S., Educación de la fe y comunidad cristiana. PPC, Madrid, 2001. PÉREZ ÁLVAREZ, J. L., Dios me dio hermanos. Comunidad cristiana y Pastoral de Juventud. CCS, Madrid, 1993.

[8] SASTRE, J., Hacia una fe más personalizada. Diócesis de Vitoria, 2002, 13-44.

[9] CEREZO, J. J. – GÓMEZ SERRANO, P. J., Jóvenes e Iglesia. Caminos para el reencuentro. PPC, Madrid, 2006, 168.

[10] ADSIS, o.c., 34.

[11] CEAS, Proyecto Marco de Pastoral de Juventud, (borrador 1), 2006, 9.

[12] OBISPOS VASCOS, Renovar nuestras comunidades cristianas. Idatz, San Sebastián, 2005.

[13] GEVAERT, J., El primer anuncio. Proponer el Evangelio a quien no conoce a Cristo. Sal Terrae, Santander, 2004, 23.

[14] SECRETARIADO INTERDIOCESANO DE PASTORAL JUVENIL DE CATALUÑA Y BALEARES, Mirada nova. Vers un nou impuls de la Pastoral de Joventut. Barcelona, 2003.

[15] ADSIS, o. c., 17. El Departamento Adsis de Pastoral de Jóvenes ha elaborado un Proyecto y unos materiales que desarrollan un proceso circular o espiral para todo tipo de jóvenes.

[16] AA. VV., Proponer la fe hoy…, 173.

[17] ADSIS, o. c., 16.

[18] SALAZAR, J., Solidaridad y trascendencia. Madrid, 2004.

[19] COMPAÑÍA DE JESÚS, Un tesoro que desenterrar… Algunas sugerencias para la Pastoral Vocacional. Madrid, 2005.

[20] OBRA PONTIFICIA PARA LAS VOCACIONES ECLESIÁSTICAS, Nuevas vocaciones para una nueva Europa. Madrid, 1997.

[21] ADSIS, El acompañamiento pastoral a jóvenes. Madrid, 2003.

[22] COMPAÑÍA DE JESÚS, Retos y fines de la Pastoral Juvenil Ignaciana. Madrid, 2002.

[23] GUTIERREZ, K., Alegrías, tristezas y anhelos de un agente de pastoral, en Misión Joven 332 (septiembre 2004), 15-21.

[24] CEAS, o .c., 40.

[25] ARENAS, A.- VIZCAINO, E., Los lenguajes de la pastoral, en Catequética, 325-341.

[26] ARZOBISPADO DE SANTIAGO DE CHILE, Plan Pastoral Esperanza Joven. Itinerario formativo para la pastoral juvenil. Santiago de Chile, 2000.