LOS LUNES AL SOL

BREVE APUNTE ARGUMENTAL

(De la carátula de la edición en video de la película)

Santa, Jose y Lino son tres extrabajadores de los astilleros de una ciudad del norte. Los tres están en una edad difícil, alrededor de los cuarenta, para salir adelante en el panorama laboral y personal. Lino intenta cambiar su imagen para parecer más joven [y así poder conseguir un puesto de trabajo]; Jose luchará para no sentirse un inútil ante su mujer [ella es la que trabaja en una conservera, mientras él se limita a ser un “sujeto pasivo”] y Santa, el más escéptico, está aferrado a unos ideales, pero no hace nada por cambiar la situación en la que está. Una historia verdadera, cruda y actual, valiente por su realismo y trasladada a la pantalla con una combinación magistral de sensibilidad y humor frente a uno de los problemas más delicados de la Europa actual.

 

CONSIDERACIONES PREVIAS AL ANÁLISIS

La última película de Fernando León cosechó un éxito de público y crítica poco habitual en el cine español. Aunque afronta el tema duro del paro, al menos a mí Los lunes al sol no me escoció ni me dejó mal cuerpo. Considero que el cine militante-social-comprometido-didáctico o como quiera llamarse debe causar en el espectador una cierta quemazón moral, pero la última ganadora del Festival de San Sebastián no consiguió sumergirme en ese estado de perplejidad ética necesario para el cambio. Después de haber visto tres veces la película, creo poder aportar algunas explicaciones sobre esa fallida y sólo superficial dimensión crítica de la película:

– Santa es Javier Bardem, antes que Santa. Su inconmensurable interpretación está por encima de la vida del personaje, que se ve ahogado entre sus brazos. Además, la mirada comprensiva, claramente afín del director hacia su criatura, suaviza las ambigüedades de un individuo, por lo demás, bastante complejo, mucho menos simpático de lo que parece: su cinismo, su inoperancia, su crueldad con Reina, su absoluto desprecio por cualquier principio que no sea suyo están pintados, más que como repliegues sinuosos de un carácter, como peculiaridades personales que lo adornan y lo vuelven aún más atractivo, cuando en realidad hubieran debido contrapesar (y así enriquecer) su indudable humanidad de fondo con zonas de sombra mucho más ásperas y marcadas. En esta línea y como refrendo de todo lo dicho, considero absolutamente innecesarios sus flirteos (en el hostal, con la chica que en el supermercado promociona queso suizo, con la hija de Rico…), que están ahí sólo para explotar el encanto de un actor magnético y desviar al personaje de sus verdaderos demonios, apenas apuntados.

– Jose, Lino y el resto de desocupados están creados en función de representar papeles mutuamente complementarios. Parecen teselas de un mosaico, lo cual supone el sacrificio de su propia entidad por el efecto de conjunto. Serguei es el inmigrante del este, Amador, el desesperado, Reina, el que se integró servilmente en el sistema (¡Es guardia de seguridad, después de la represión policial que sufrieron en las huelgas del astillero!). Jose está creado casi únicamente para ilustrar, primero, la vergüenza de no poder trabajar mientras su mujer se deja la piel en una conservera,  y, después, el temor a perderla debido a su progresivo distanciamiento. Lino, el personaje más completo y redondo, se empeña, con una ingenuidad digna de mejor causa, en conseguir empleos, aunque no esté preparado para ellos ni tenga la edad exigida… Sus personalidades, un tanto monócromas, adolecen de densidad, pues esta ha sido reemplazada por el deseo de abarcar totalizadoramente un problema colectivo, sin embargo, sin límites. Ciertamente, las brillantes actuaciones de todos ellos consiguen disimular su falta de profundidad, sin por ello evitarla.

– La solución de muchas secuencias remite más a moldes genéricos preestablecidos que al funcionamiento de la propia realidad dramática de lo narrado, lo cual acaba por afectar a la supuesta verdad de la película. Por ejemplo, en el desenlace, tras robar el barco que cruza la ría para esparcir las cenizas de Amador por el agua, descubren que se han olvidado los restos de su compañero en el bar y estallan todos en carcajadas, situación típica de comedia. Este gusto por acatar las convenciones o por facilitar la “redondez” o la “poesía” del guión restan mordiente a las situaciones, en lugar de afilar su penetración. Basten un par de ejemplos más de esto último: Ana, la mujer de Jose, ha preparado la maleta para marcharse de casa, pero decide no abandonar a su pareja en el mismo momento en que este le descubre las posibles causas de la muerte de Amador (quien se ha suicidado) por temor a que la historia se repita con su marido. La palabras de Jose, tan obvias, tan al dictado, tan machaconas, insisten una y otra vez en intentar explicar los motivos de la muerte de su amigo de forma que quede clara y subrayada a seis colores la relación entre el drama de Amador y su posible futuro si Ana lo abandonara (hipótesis que él no sabe tan próxima), lo cual consigue descafeinar una escena resuelta visual e interpretativamente con corrección, pero fallida en su escritura. Otro más: Amador, a lo largo de la película, se ha mostrado obsesionado con no dejar las luces encendidas. En el tanatorio donde han velado su cadáver, tras abandonar todos la escena, entra por un momento Santa a apretar el interruptor, en un último homenaje a su amigo: toda la tonalidad de la secuencia se fuerza para dar paso a esta rima, tan brillante y sonora como innecesaria, pues ya, tras el suicidio, vimos cómo la luz del voladizo sobre el que se había estrellado el cuerpo de Amador se fundía metafóricamente: creemos innecesario volver una y otra vez sobre un motivo cuyas connotaciones ya se han exprimido.

– Los símbolos o metáforas a los que recurre la película son tantos que su saturación y a veces su falta de sutileza (“Lady España” se llama el barco en el que cruzan la ría y en el que, al final, los personajes quedan a la deriva…) los debilita. Fernando León los crea continuamente, vuelve una y otra vez sobre ellos y, aunque no cae en el error garrafal de rodar una película simbólica, a veces coquetea con esta nefasta posibilidad. Pasada la mitad del metraje, la fábula de los siameses o el karaoke en el que todos entonan la significativa canción “Volare” (que dice cosas como “quedaba ahí abajo ese mundo infeliz” o “y una música dulce sonaba tan sólo por mí”, expresión del anhelo de una improbable vida mejor) rizan el rizo de decir lo ya dicho o lo que no es necesario decir porque ya se ha insinuado o ya se sabe. Al director le vence una ambición creativa sin riendas y el deseo de proponernos imágenes memorables, incluso en circunstancias en que la elisión, lo no mostrado o el despojamiento redundarían en beneficio de la obra total .

Quiero insistir en que todo lo dicho no disminuye las virtudes de una obra muy digna, deudora de la anterior película de su director, la magnífica Barrio, con la que las conexiones (personajes, estilo, tono, situaciones…) son innumerables. Esta, como aquella, nos ofrece un material pedagógico de primer orden.

(Continúa en sección Materiales)