Los sugerentes paisajes de la noche

José J. Gómez Palacios es Delegado Provincial de Pastoral Juvenil en la Provincia Salesiana de Valencia.

 

Síntesis del Artículo:

Lenguaje narrativo y analítico se funden perfectamente en este artículo que, al hilo de breves historias, desgrana las reflexiones sobre la noche y sus paisajes. La historia se hace viva y se reconoce en el hoy del tiempo festivo, del placer de los sentidos, de la estética, de la libertad y de la transgresión. El autor concluye sus notas sugiriendo diversas «pautas» para mirar con simpatía «la noche de los jóvenes» y, de este modo, avanzar educativamente con ellos.

 

 

 

 

El refrán castellano que afirma que “por la noche todos los gatos son pardos” es difícilmente aplicable a la noche entendida como espacio juvenil festivo. Todas las noches no son iguales para todos los jóvenes. Nuestra sociedad plural y compleja ofrece una multiplicidad de posibilidades a jóvenes diversos. Así como no existe una categoría única de «joven» tampoco hay uniformidad en la «noche». Ambos son conceptos pluriformes. En el colectivo de jóvenes que hacen de la noche espacio festivo, también se dan diversidad de lenguajes y modos de adentrarse por los sugerentes paisajes de la noche.

El presente estudio, partiendo de las raíces antropológicas de la noche, se centra en un determinado tipo de jóvenes que no agota toda la realidad. Existen más posibilidades. El artículo combina retazos de lenguaje narrativo[1] con sus correspondientes reflexiones.

 

 

Primera narración: Un noche enigmática en Eleusis

 

Año 327 antes de Cristo. La tarde ha caído sobre la populosa ciudad de Atenas. El sol se ha ocultado y se apagan las voces y el alboroto que formaban los comerciantes llegados a bordo de naves ávidas de comercio e intercambios. Al resplandor de tenues lámparas de aceite se inicia la tibia noche primaveral.

En un suburbio de la gran ciudad comienzan a congregarse hombres, mujeres y niños ataviados con sus mejores trajes. Un ambiente de fiesta y misterio se extiende por las pequeñas casas de adobe sumergidas en las inquietas sombras que crean los candiles. Los niños que asisten por vez primera contemplan con ojos nuevos el desacostumbrado paisaje ritual. Sumergidos en temor y misterio no se alejan de sus padres.

De pronto, del interior de una casa, surgen varios jóvenes ataviados con grandes y vistosas máscaras que transforman su persona y les convierten en seres enigmáticos y distintos. Atrás quedan los duros trabajos de carga y descarga en el puerto, el trajín del mercado, el hedor insoportable de los grandes depósitos donde se prepara el salazón del pescado, el vapor pegajoso de los establecimientos donde se tiñen los tejidos de color púrpura… Todo está dispuesto para la celebración de los Misterios de Eleusis.

Los fieles se colocan en dos largas filas. A cada uno de ellos se le ha entregado una antorcha. Luces nuevas rasgan la oscuridad del suburbio. La procesión de celebrantes inicia un cántico sonoro al tiempo que se dirige hacia el puente que cruza el Kefisio. A su paso todo se ilumina. Los cánticos se tornan más intensos. Los jóvenes disfrazados con máscaras, al pasar frente a edificios habitados por ciudadanos importantes, entonan letrillas satíricas que critican la situación social establecida. Al abrigo de la noche se rompen normas convencionales. Todo es nuevo y es posible transgredir las leyes sociales que aprisionan la vida cotidiana.

Prosiguen los cantos hasta que la comitiva llega al santuario. Es un largo y magnífico templo rodeado por un pórtico abierto y sostenido por esbeltas columnas. Todo él se halla iluminado. El olor a brea de las antorchas se funde con el olor de los leños que crepitan en varias hogueras. Un oficiante, ataviado con una túnica blanca ornamentada con cenefas alargadas de color ocre, coloca sobre la cabeza de cada fiel una corona vegetal de flores frescas. No hace distinción entre hombres y mujeres, entre puros e impuros. Todos han cruzado la puerta del santuario y han penetrado en el mundo de la vida, rompiendo las tinieblas. Fuera del santuario se extiende el miedo y la oscuridad.

De repente cesan los cantos. Va a producirse el momento más importante del ritual: cada fiel comienza a descender por unas angostas escaleras hasta una pequeña oquedad excavada en la roca viva del subsuelo del santuario. Allí permanecerá unos breves instantes en la más absoluta oscuridad y silencio… para volver a salir a la luz, la vida y la fiesta. Es el descenso ritual a los infiernos y la vuelta a la vida. Cuando salen de la cámara subterránea reciben los abrazos y felicitaciones del resto de hombres y mujeres, mientras sus ojos se acostumbran nuevamente al brillo de las antorchas. Y comienza la fiesta entorno a las mesas provistas de pasteles en forma de serpiente, símbolo de la vida que renace y de la fecundidad. Diversos manjares completan el banquete. Las copas de vino ruedan de comensal en comensal… La noche es larga.

Cuando la claridad del alba compita con antorchas todavía humeantes, terminará la fiesta. Una extensa y casi silenciosa comitiva regresará al suburbio. La noche se llevó consigo la magia y el misterio. Mientras el sol mediterráneo ilumine los templos de la ciudad de Atenas, se difuminarán los enigmas secretos de una noche anclada en la fiesta. Todo regresará a la habitual monotonía de los trabajos y las horas.

 

 

1  Reflexión primera

 

Desde tiempos inmemoriales la persona humana se constituye en ser comunicativo: tiende a comprender la realidad circundante y a manifestar sus más profundos pensamientos e intuiciones a otros seres iguales. Toda persona, de una u otra forma, percibe una tensión que le impulsa a expresar aquello que vivencia en su interior. Intenta compartir lo que siente y experimenta.

La comunicación de ideas, sentimientos y necesidades se expresa a través de múltiples lenguajes: la palabra, el gesto, la música, el razonamiento, el color, la luz, la danza, el grito…

El símbolo y el gesto son lenguajes que se han abierto paso a través de los siglos. Mediante estos lenguajes el ser humano expresa realidades profundas que van más allá de lo fáctico, lo laboral y lo empírico. El lenguaje simbólico es un medio muy apto para expresar la dimensión existencial, religiosa y utópica del ser humano.

La vivencia de la noche hay que situarla dentro de la esfera de los lenguajes simbólicos, donde lo que prima no es lo racional y alfabético, sino los impulsos, las emociones y la percepción de realidades que van más allá del tiempo cotidiano de trabajo.

La noche rompe el ritmo del trabajo habitual. Durante el día la persona se dedica a tareas encaminadas a garantizar la supervivencia. Primeramente fue la caza, posteriormente la agricultura, luego la artesanía… Durante la noche no sólo se da el tiempo destinado al de descanso: También se desarrollan actividades festivas y expresivas que afectan a la raíz del ser humano.

Vivir espacios festivos en el transcurso de la noche no es ninguna novedad en la historia de la humanidad. Hombres y mujeres, a lo largo de los tiempos, han hecho de la noche espacio privilegiado para manifestar y expresar realidades desacostumbradas. No es de extrañar que la noche siga gozando de ese halo de encanto y ensoñación que fascina.

 

Segunda narración: «Kachinas» a la luz de las hogueras

 

Falta poco para que amanezca sobre la alta meseta cercana al Cañón del Colorado y habitada por los indios hopi. Antes que el sol despunte, cuando tan sólo hay un tenue resplandor en el horizonte, un hombre con paso lento y ritual, recorre todas las casas con un misterioso anuncio pronunciado en voz baja. Acto seguido, las familias hopis se levantan y comienzan a buscar y preparar los instrumentos que utilizarán durante la fiesta de la próxima noche.

Una vez han sido avisadas todas las familias de la tribu, el «Observador del Sol» se dirige hacia una pequeña cueva excavada en la ladera rocosa que circunda el poblado. Sobre la pared orientada hacia el oeste, se filtra un fino rayo de sol. El «Observador del Sol» realiza la última y definitiva marca: A partir de este momento hay que preparar la fiesta de las Kachinas. Todos los habitantes del poblado hopi van a cambiar y transformar sus vidas a lo largo de la noche, mediante las más bellas y vistosas máscaras del mundo.

El invierno ha sido largo y difícil. Los trabajos duros se vieron agravados por el constante subir desde el valle donde plantan sus cosechas de habichuelas y maíz. Hubo tempestades de viento cargado de fina arena que destrozaron parte de las plantaciones, hubo crecidas del río que a punto estuvieron de malograr la cosecha… Ahora que el sol ha llegado a lo más alto de su camino, hay que celebrar la vida con una fiesta nocturna, preludio de la vida que se anuncia tras el invierno.

A lo largo de la mañana, por las esquinas de algunas casas del poblado, aparece una abundante tramoya y escenografía formada por los elementos de «Soyaluna», conjunto de representaciones que escenificarán al Dios del Cielo, descendiendo en forma de lluvia hasta encontrarse con la Diosa Tierra.

En el otro extremo del pueblo ven la luz polícromas y articuladas serpientes gigantes, construidas con mimbres y juncos entrelazados mediante el arte de la cestería. Las serpientes servirán de marco a las escenas de «Palulukonti», destinadas a representar la fecundidad de la cosecha y a expresar la alegría de la abundancia compartida. Los «Ninam» prepararán regalos para los niños, ocultos en el interior de cestas cerradas y profusamente adornadas.

Las muchachas se reúnen en los alrededores del pueblo para restaurar los elementos escénicos y el maquillaje que les permitirá convertirse en divinidades femeninas de la germinación y el crecimiento. Por una noche serán las mágicas «Owakul», luciendo todos sus encantos femeninos y provocando la admiración de los jóvenes hopi.

Y todos, desde los ancianos a los niños y niñas, prepararán su «kachina» personal: una bella máscara de cestería que representa al nuevo ser en el que cada cual va a convertirse durante la próxima estación… Transcurre rápida la jornada, con un ir y venir de gentes apresuradas, excitadas ante la inminencia de la noche. Las hogueras sustituirán al sol cuando éste decline por el camino de poniente y comenzará la fiesta.

Por una noche cada cual se convertirá en alguien distinto, maquillado y revestido de nueva personalidad. Durante la mágica noche cada hopi absorberá la fuerza de su «kachina» y se transformará y mudará en una nueva persona, dispuesta a afrontar la próxima estación.

 

2  Segunda reflexión

 

Muchas culturas han asociado la noche a la máscara y a la representación escénica y musical, llenas ambas de luz, color y ritmo. A partir de este momento la noche deja de ser solamente un espacio festivo para adquirir una nueva significación: la noche es tiempo de cambio y metamorfosis. Las personas, envueltas en el manto oscuro y enigmático de la noche, abandonan aquello que son a plena luz y, ayudadas por la complicidad del maquillaje y la máscara, buscan alcanzar una nueva personalidad más acorde con sus sueños e ideales.

La noche simboliza el tiempo de las gestaciones y de las germinaciones que estallarán a pleno día, como manifestaciones de la vida. Entrar en la noche es borrar el tiempo presente y disponerse a vivir algo nuevo.

La monotonía del trabajo cotidiano se rompe durante la noche. Y no sólo el ritmo del trabajo, sino también la propia personalidad sufre una metamorfosis.

Para que ello se produzca hay que decorar convenientemente el paisaje nocturno y el paisaje personal, acompasándolos. Por ello es imprescindible dotar a la fiesta nocturna de un ambiente adecuado.

En los tiempos actuales, basta con fijarse en el diseño de los locales nocturnos para descubrir las nuevas tramoyas que acogerán representaciones alejadas del mundo cotidiano. El complemento personal viene dado por el maquillaje, la moda y los hábitos de consumo que transforman la imagen exterior de la persona, en un intento de llegar a ser otra persona más en sintonía con los ideales. El cambio de look que se produce en muchos adolescentes y jóvenes durante sus salidas nocturnas no responde tan sólo a un deseo estético; junto con el cambio estético de imagen hay un deseo de transformación más profunda.

Tercera narración: La noche

 

Serían las doce de la noche cuando llegó a la plaza de Cánovas. Era viernes. Atrás quedaba toda una semana de agobios y estudios. Respiró al descender por la puerta delantera del Seat Ibiza blanco, de tres puertas, como quien intenta reconocer el olor de un territorio marcado de antemano.

Mientras cruzaba la avenida de grandes y centenarios tilos para adentrarse en su zona, pensó en la última frase que había dicho la profesora de Literatura, mujer que gozaba de un cierto prestigio entre la grey estudiantil, quien siempre tenía una protesta a flor de labios ante los exámenes que marcan el mes de junio: “Que el paisaje de los libros no os haga olvidar el horizonte de la vida”. Aquello le había sonado a frase literaria con cierto toque de liberación. Había llegado el momento de olvidar el paisaje de los libros y gozar de la vida.

Se adentró por la calle Salamanca y fue a buscar el cruce con Conde Altea. Era el lugar habitual. Oteó el horizonte urbano con la mirada. Nadie. Mientras se dirigía a la calle Joaquín Costa cruzó por la puerta de algunos pubs y sintió la mirada de varios jóvenes que la recorrían de arriba abajo. Ni les dirigió la mirada. Se sintió segura tras el maquillaje recién estrenado que hacía juego con los pantalones elásticos negros que enmarcaban su delgada figura, y con su top blanco que mostraba un ombligo perfecto y dejaba intuir formas femeninas adolescentes.

Desde el radiocassette un coche abierto de par en par sonaba un bakalao desaforado. No era su estilo. Apresuró el paso. Siguió caminando. Cruzó por la puerta de un pub enmarcado en neones de color lila. Se sintió reconfortada al escuchar como brotaba del interior el desgarro sonoro de Nirvana. Aquello era música. Pero no pudo reprimir una sensación fúnebre al recordar el trágico final de Kurt Cobain, cuya voz pugnaba por encaramarse sobre los acordes.

Súbitamente, cuando menos lo esperaba, aparecieron sus amigos y amigas. El paisaje urbano dejó de ser desierto frío y anónimo para tornarse cálido, como la penumbra cordial y acogedora del local donde entraron.

Los primeros saludos dieron paso a comentarios y risas. Las risas se tronaron más desinhibidas al calor del primer ron con limón que apareció sobre la mesa redonda y pequeña del pub Kaxba. Cuando la cordialidad se tornó más intensa, procuró atraer la atención de Luis, Luigi para los amigos. Pero los ojos de Luis alternaban entre dos pantallas grandes de vídeo. En una de ellas se sucedían las mejores jugadas de las ligas europeas: cientos de balones besando, desde los ángulos más inverosímiles, el fondo de las mallas. En la otra pantalla, con toda suerte fílmica de detalles, el acostumbrado desfile de lencería fina, provocativa, atrevida y transparente. Llenando el espacio la música insistente de Dover.

La conversación se asemejaba a las pantallas de vídeo: sucesión de comentarios inconexos, voceados para sobreponerlos a la música que rebotaba de una pared a otra desde bafles colocados en las cuatro esquinas del local. Y algún comentario que comenzaba a subir de tono. Para variar pidieron “un metro de chupitos”… El sabor dulzón de los licores de manzana, melocotón, avellana y melón, maquilló la cara negra e inmensa de la noche con pecas de colores.

 

El esfuerzo de la conversación mantenida terminó por mermar sus voces… Decidieron dar una vuelta. El fresco de la calle amortiguó el calor. Se arracimaron en los dos coches y marcharon hacia otro lugar: La noche era joven y no había hecho sino comenzar. Cruzaron el río por el puente de Aragón, bajaron unas calles y aparcaron en triple fila. Caminando se acercaron al nuevo santuario de moda: “Sesenta y nueve monos bailando sobre un cable de acero”. Fuera del local se concentraban grupos de chicos y chicas. Algunos portaban entre sus manos cubalitros de los que libaban de tanto en tanto a sorbos menudos y ansiosos. Pardas litronas aguardaban el golpe fatal sobre el canto del bordillo de la acera. El local estaba abarrotado. Vuelta atrás.

En los cruces de las calles de aquella nueva zona se agolpaba la peña. Coches con el capó abierto dejaba entrever bolsas de supermercado que en vano lograban contener el aleteo desordenado de varias coca-colas de dos litros junto a algunas botellas de vodka, ginebra y ron. Apilados, en orden riguroso, grandes vasos de plástico blanco y unas bolsas mostosas de cubitos de hielo adquiridas en alguna gasolinera. Y las miradas desconfiadas de los organizadores que temían la expropiación forzosa de la mercancía por parte de los municipales.

De nuevo se arracimaron en los coches. Ella ayudó al destino para que le tocara en suerte sentarse en la parte de atrás y junto a Luis. Sin la distracción de las pantallas de vídeo, Luis fue aceptando el silencioso cuerpo a cuerpo que se le ofrecía, apenas intuido en un principio.

Antes de dirigirse hacia la zona de la playa, pasaron a dejar a Quique que se encontraba mal y comenzaba a sentir el balanceo incómodo de la noria que mueve el alcohol.

Media hora más tarde aparcaban en la explanada que hay delante de «Resaca playa» y «Sunset». Las grandes salas de fiesta eran un hervidero de gente estirando la noche. El sordo ruido del mar fluía cercano y constante. Por los alrededores pululaban los vendedores de éxtasis y anfetas. Y ese anónimo fluir del agua embotellada en pequeños envases de plástico, para diluir el calor y aliviar las bocas resecas como tejas que dejan las pastillas. Mientras caminaban hacia la entrada de la disco, Luis la tomó por la cintura. Y ella notó cómo la noche se tornaba un poco más clara. Se dejo llevar.

Bailaron largo rato. La música era perfecta. Los bajos se escuchaban con todo el cuerpo. No había lugar para las palabras. Las luces, los efectos especiales y el ritmo hicieron mágica la noche. Se apretó contra Luis mitad por sentirle, mitad por no dejar ni el más pequeño resquicio a la soledad.

Pero el tiempo no se detuvo. Cuando el sol anunció el amanecer sobre el reloj inmenso de arena de playa, la noche se retiró de puntillas. Regresó a casa casi en silencio. Los pies cansados, la mente turbia y la boca algo reseca. Mientras esperaba el ascensor intuyó una duda que no llegó a cristalizar en pensamiento: ¿Cómo había podido hacer nido la soledad en ella si no le había dejado ni el más pequeño resquicio?

 

  1. Tercera reflexión

 

La noche ha sido espacio festivo por antonomasia desde tiempos ancestrales. Las culturas primitivas celebraban gran parte de sus rituales a la luz de las hogueras. El mismo cristianismo ha hecho de la noche de Navidad y Pascua elementos celebrativos muy importantes.

Existe una línea cultural que considera al día como tiempo profano y de trabajo. Al mismo tiempo la noche es asimilada a la vivencia de lo festivo y celebrativo. No es de extrañar que en nuestra sociedad post-moderna, donde priman aspectos vitales en detrimento del racionalismo productivo, aparezca la noche como espacio privilegiado y cargado de resonancias para jóvenes y adolescentes.

La noche se ha constituido como uno de los símbolos juveniles actuales más importantes. Pero su fuerza no radica tan sólo en que a lo largo de ella se viven momentos de diversión. La noche condensa en sí una serie de significaciones que, de forma inconsciente, orientan el pensamiento y cristalizan en conductas concretas.

No nos hallamos ante un signo aislado, sino ante una constelación de símbolos que funcionan unidos. Algunos de los elementos simbólicos que aglutina la noche podrían resumirse conforme sigue.

 

La noche, tiempo festivo

 

Es tiempo diverso al período destinado al trabajo y a las obligaciones cotidianas. La misma penumbra ambiental hace de barrera diferenciadora entre noche y día. A lo largo de la noche se desarrollan hechos y acontecimientos impensables durante el día. Hasta la misma personalidad de muchos jóvenes y adolescentes adquiere nuevos matices.

 

Placer sensorial

 

Nuevos artefactos sonoros y luminosos, fruto de la electrónica, contribuyen a que la noche sea una recreación para los sentidos, especialmente para la vista y el oído. La música, escuchada con volumen muy fuerte, se percibe no sólo con el oído, sino también con todo el cuerpo, que recibe una serie de vibraciones que afectan a la piel, sobre todo mediante los sonidos graves. Las luces, con la variedad de colores y el ritmo de que son dotadas, estimulan el sentido de la vista, contribuyendo a crear una atmósfera desacostumbrada y facilitadora de ensoñaciones.

 

Estética

 

Constituida una atmósfera de ensoñación, propiciada por la luminosidad, la noche se convierte en geografía de la apariencia y la estética. Las formas de los vestidos y el maquillaje, como si se tratara de modernas máscaras, facilitan no sólo un cambio en la ocupación, sino que llegan a ser símbolo de transformaciones en lo personal. Durante el tiempo de trabajo cada cual desempeña un determinado rol social. Este rol está marcado por necesidades y obligaciones: trabajo, estudios, etc. La noche es tiempo para una estética orientada a procurar «nuevas y suplementarias personalidades».

 

Libertad personal

 

La familia ejerce un determinado control sobre los adolescentes y jóvenes. Este control variará según circunstancias. A lo largo de las actividades nocturnas, jóvenes y adolescentes se sienten fuera del control familiar y emancipados. En el seno de este ambiente afirman, de alguna forma, su autonomía personal, adquiriendo nuevas cotas de independencia. La noche se convierte, de esta manera, en ocasión para afirmar la propia personalidad. Es como si se tratara de un continuado «rito de iniciación» en el que el iniciado se percibe a sí mismo como adulto, pudiendo decidir con autonomía, fuera del entorno familiar.

 

 

 

Transgresión de lo establecido

 

Cuando este deseo de emancipación va más allá de lo familiar y adquiere mayores dimensiones, se llega a la transgresión social. La noche facilita este tipo de transgresiones. Es así como muchos jóvenes ven en la noche espacios donde transgredir diversas normas sociales. Las transgresiones, utilizadas como válvula de escape, presentan múltiples variedades: el gamberrismo que destroza la propiedad privada y colectiva, el uso del alcohol y las drogas que aliena y evade de la realidad, determinados comportamientos sexuales que van más allá de la ética admitida… El problema no radica tanto en estas actitudes transgresoras, sino la carencia de una visión global de la existencia que oriente el comportamiento personal y social, según unos principios válidos y perdurables más allá de las circunstancias ambientales.

 

Socialización y lenguajes

 

La noche es el lugar donde se dan variados y espontáneos intercambios socializantes. Durante la noche tiene lugar el encuentro con el grupo de amigos libremente elegidos. El tipo de relación que se establece suele ser fuertemente afectivo, permaneciendo alejado del mundo de la productividad. La noche se halla cargada, simbólicamente, del deseo de unas relaciones más humanas y menos utilitarias. Lo que cuenta es «estar libremente junto a…», aunque no se produzca ningún intercambio verbal, racional o productivo.

Se habla, con frecuencia, de un empobrecimiento del lenguaje juvenil, de locales nocturnos en los que el volumen de la música impide la comunicación verbal, de jóvenes que se contemplan, como nuevos narcisos en un pub sin mantener conversación alguna… Todo ello forma un lenguaje en el que la comunicación alfabética no recibe prioridad por encima de las demás. Funcionan otros lenguajes en los que lo racional y funcional es sustituido por el ritmo, el color y la imagen, y lo ético por lo estético.

 

El «zapping geográfico»

 

Se habla mucho del zapping televisivo. Este concepto puede ser aplicado a los desplazamientos continuos que llevan a adolescentes y jóvenes, de un lugar a otro en el transcurso de la noche, constituyendo un auténtico «zapping geográfico». Es el triunfo del cambio rápido que propicia situaciones efímeras, aumentando la posibilidad de nuevas experiencias y sensaciones. Tras este aspecto se halla el deseo inconsciente de la multipresencia; poder trascender los límites del momento y espacio presente, ampliándolos en la medida de lo posible.

 

 

4  Conclusiones

 

La noche es una realidad que se impone socialmente y que afecta a educadores, agentes de pastoral y animadores juveniles. Frente a esta realidad no caben posturas radicales, sean del signo que sean. Conviene reflexionar acerca del fenómeno, matizar las opciones a las que se llegue y trazar caminos progresivos que conduzcan a una mejora de nuestras acciones educativas, integrando aquellas tendencias propias de la cultura juvenil actual que merezcan ser integradas.

Sugerimos a continuación algunas pistas de reflexión para orientar el trabajo de educadores y animadores.

 

Nihil novum sub sole

 

Nada nuevo hay bajo el sol… Aunque la vivencia actual de la noche posee características que le confieren originalidad propia, nos hallamos ante un fenómeno tan antiguo como la humanidad. El fenómeno de la noche no debe ser analizado aisladamente: Hay que relacionarlo con el tipo de vivencias que se dan a lo largo del día. A mayor presión diurna suele darse una mayor necesidad de potenciar elementos festivos.

Al educador no deben preocuparle tan sólo las tendencias que quieren recuperar la noche como elemento lúdico al precio que sea; también debe analizar ese tipo de trabajo diurno marcado por la competitividad, el anonimato, la monotonía… que hacen de la noche una «válvula de escape» sin tino ni medida.

Es inquietante la esquizofrenia social que produce una semana de trabajo sin alicientes y unas noches de fin de semana donde la diversión salta los límites de lo razonable. Una intervención educativa sobre la noche, debe comenzar por ofrecer jornadas de trabajo equilibradas, en las que jóvenes y adolescentes desarrollen aspectos de realización personal que fomenten el equilibrio y la armonía.

Mirar con simpatía a los jóvenes y sus manifestaciones

 

El educador debe procurar ser un adulto que comparte el proceso de crecimiento de adolescentes y jóvenes. Desde un equilibrio entre exigencia y comprensión, tiende a mirar con simpatía los aspectos que emergen de la nueva cultura juvenil, aprendiendo a distinguir aquellos que facilitan procesos de crecimiento positivos de aquellos que obstaculizan dicho desarrollo.

La constelación simbólica de la noche posee elementos aprovechables en lo educativo. Recuperar la noche, y los elementos positivos que en ella se dan, debe ser tarea a realizar por los educadores.

 

La noche:

Signo del lenguaje racional y moralista que pierde terreno

 

Existe una sensibilidad, muy extendida, que resta importancia a todo aquello que llega presentado sobre soportes racionales, alfabéticos y moralistas. Los rollos y las moralejas fáciles deben ser revisados seriamente.

La noche se presenta como alternativa a este tipo de comunicación. El cansancio de los lenguajes moralistas, la sobrecarga de ética prometéica que propugnó la modernidad, la despersonalización y anonimato creciente, la masificación… han contribuido a fortalecer la noche, como lugar festivo y de desinhibición. La vivencia de la noche quiere ser, aunque no siempre lo consigue, un correctivo a estilos de vida orientados solamente a la producción despersonalizadora sin contemplar aspectos festivos y lúdicos.

 

El lenguaje simbólico ofrece nuevas posibilidades

 

En el fenómeno «noche» funciona una constelación de símbolos a los que se adhiere la persona espontáneamente. Recurrir al símbolo no quiere decir, a la luz de lo analizado en el presente artículo, utilizar juegos y dinámicas para entretener y paliar el tedio de los discursos racionales. El mundo simbólico ofrece visiones globales de la persona, satisfaciendo necesidades y facilitando la expresión de los más profundos y vivos sentimientos.

Los educadores deben discernir qué constelaciones simbólicas sirven para expresar aspectos profundos de la vida de jóvenes y adolescentes. En la actualidad se está haciendo demasiado grande el abismo existente entre el mensaje expresado de forma doctrinal y racional, y las expectativas del sentir juvenil.

 

Hacia un replanteamiento de la iconografía religiosa

 

Para la cultura juvenil, lo estético es una primera puerta en el proceso del conocimiento. Mediante la estética se efectúa un «primer examen» de la nueva realidad. El hecho religioso cristiano ha producido a lo largo de los siglos una abundante iconografía, tanto en imágenes como en símbolos verbales, adaptadas a la necesidad de las gentes. Estas iconografías se han convertido en un arte que posee múltiples y geniales manifestaciones.

Sería interesante re-inventar un arte religioso juvenil, capaz de expresar, desde la estética actual, las realidades profundas del cristianismo y sus valores. Porque, con demasiada frecuencia, el «envoltorio estético» de nuestros mensajes permanece anclado en formas artísticas pertenecientes a décadas anteriores, cuando no a siglos. La noche se halla sumergida en un contexto estético propio que responde a los intereses juveniles. Acercarse a esos nuevos lenguajes abre caminos educativos que generan motivación.

 

Arbitrar espacios para el lenguaje de modulación

 

Los mensajes que emite la noche son fragmentos que, de forma intuitiva, inciden en algunas dimensiones personales, subrayando aspectos que potencian la socialización y las dimensiones intuitivas de la persona. La transmisión de mensajes sólo desde instancias alfabéticas desemboca en un serio peligro: perder la cercanía personal y empobrecer el testimonio.

El educador debe se un testigo que narra sus propias vivencias, comprometiendo no sólo su discurso verbal o escrito, sino su propia vida. La sistematización será un proceso posterior. Por ello, en un primer momento, conviene emitir mensajes que afecten al sentimiento y a la estética, aún a riesgo de la fragmentación. En un segundo momento se deberá caminar desde el fragmento a la globalidad, desde lo intuido a lo sistemático.

 

Informar de las «zonas oscuras» de la noche

 

La explotación de la noche como lugar de ocio y tiempo libre no responde tan sólo al sentir ancestral de la humanidad que busca expresar vivencias. La industria del ocio ha encontrado en la noche un elemento de consumo muy apto para sus intereses económicos sin escrúpulos. El educador debe informar y formar de todos los entresijos oscuros que funcionan a lo largo de la noche, previniendo de los aspectos negativos que en ella se dan.

 

¾ Nota bibliográfica

 

– CHEVALIER-GHEERBRANT, Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona 1986.

– M. ELIADE, Historia de las creencias y de las ideas religiosas, Cristiandad, Madrid 1978.

– J.M. MARDONES, ¿A dónde va la religión?, Sal Terrae. Santander 1996.

– L. FOURCART, Mystères, Recherches de Science religieuse, París 1969.

– P. MURDOCK, Nuestros contemporáneos primitivos, Fondo de cultura económica, México 1992.

– C. DARYLL FORDE, Hábitat, economía y sociedad, Oikos Tau, Vilassar de Mar 1965.

– F. CUMONT, Las religiones orientales y el paganismo romano, Akal, Madrid 1987.

– J.J. GÓMEZ PALACIOS, Antropología y Animación Sociocultural, Grup Dissabte, Valencia 1992.

 

[1]  Los textos narrativos del artículo fueron preparados inicialmente por Lucía Pla Herraiz.