MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN JOVEN QUE NO TIENE NI TIEMPO NI GANAS DE REZAR

Jesús Manuel García Gutiérrez

Profesor de Teología Espiritual en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO.-

El autor da unas orientaciones sencillas y muy prácticas para quien quiera iniciarse en la vida de oración. Basándose en autores espirituales clásicos, especialmente en Santa Teresa de Jesús, muestra que aprender a orar equivale a aprender a amar; pero esto no está reñido con conocer y practicar con constancia una serie de ejercicios prácticos que sirven para desbrozar el camino sobre todo en sus inicios.

 

Querido amigo,

Me pides en tu carta que te sugiera algún método sencillo de oración, pues últimamente has perdido el gusto por la oración y, por tanto, tampoco te concedes espacios para dedicarte a estas cosas.

Te respondo rápidamente: ¡Por métodos que no quede…! Te podría sugerir el método ignaciano de los ejercicios o, si quieres, el método teresiano de la quietud o los métodos que integran técnicas de meditación oriental. Hoy se insiste mucho en el método de la «lectura orante de la Palabra» o, si quieres, puedes seguir algún método más llamativo como «rezar con los iconos» u «orar con el cuerpo»… En realidad, y para comenzar, no se trata de aprender métodos, sino de saber qué quieres hacer con tu vida. Después buscaremos la forma de rezar más apropiada para ti. Si tienes un poco de paciencia, sigue los pasos que te indico en este «manual de instrucciones» y verás que, al final, serás tú mismo capaz de organizar tu vida de oración.

La misma Teresa de Ávila que, como tú bien sabes, fue proclamada doctora de la Iglesia por Pablo VI y presentada como «maestra de oración»[1], tuvo algún problema con los métodos. En su época la oración enseñada por los autores del tiempo era la meditación metódica, es decir, la de aquellos que «discurren mucho con el entendimiento, sacando muchas cosas de una cosa y muchos conceptos» (V 13,11)[2]. Este tipo de oración, como puedes suponer, requiere una buena gimnasia del espíritu y una ardua fatiga del intelecto para ordenar los conceptos (cf. V 11,9). Teresa, dotada de una mente más bien práctica, dirá que para algunos podrá ser un método  útil para conseguir el descanso y la seguridad, dado que «atado el entendimiento, se progresa tranquilamente» (C 19,1), pero, en cambio, para ella suponía una verdadera tortura. Invitará pues a las hermanas a seguir una vía más rápida: la oración de quietud o de recogimiento (C 28,4).

Lo importante, por tanto, no es centrar tu atención en las estrategias metodológicas, sino en tu propia persona. Te indicaré algunos pasos, que conviene que sigas, para llegar a ser un buen orante.

 

  1. Pasos para comenzar a orar

1.1. Decídete a rezar

La dificultad no consiste tanto en el hecho de que atrae más la acción que la vida interior, sino más bien en la diferencia de actitud que implican una y otra. La acción, incluida la apostólica, es afirmación de uno mismo; la oración, en cambio, es rebajamiento personal delante de Dios, frente al cual experimentarás una dependencia radical. Se requiere por tanto valentía y determinación para preferir la vida oscura de la fe al esplendor aparente del éxito exterior. Reconocer las dificultades que supone decidirse por rezar ya es un buen punto de partida en el camino de la oración. Romano Guardini ha descrito bien la situación paradójica del hombre de hoy, el cual, por un lado, desea conseguir la unión con Dios y, por otro, rehúsa la disciplina necesaria para conseguirla. Dice Guardini: «En general, al hombre no le gusta rezar. Es fácil que sienta al rezar una sensación de aburrimiento, un embarazo, una repugnancia, incluso una hostilidad. Cualquier otra cosa le parece más atractiva y más importante. Dice que no tiene tiempo, que tiene otras obligaciones urgentes; pero apenas se ha desentendido de rezar, se entrega a hacer las cosas más inútiles. El hombre debe dejar de engañar a Dios y a sí mismo. Es mucho mejor decir abiertamente: “No quiero rezar” a usar semejantes argucias. Es mucho mejor no atrincherarse tras justificaciones como la de estar demasiado cansado, y decir clara y abiertamente: “No tengo ganas”. La impresión que se obtiene no es demasiado buena y revela toda la mezquindad del hombre; pero es verdad, y partiendo de la verdad se avanza mucho más fácilmente que partiendo del disimulo»[3].

Tu oración va a depender de las ganas que tengas de comunicarte con Dios. Tendrás que ser tú mismo quien se imponga un ritmo de alternancia entre el trabajo, la familia, la novia, los amigos y la búsqueda de algún espacio de tiempo dedicado exclusivamente al trato con Dios. Cuando te hayas decidido por la oración, entonces conviene que no lo dejes todo a la espontaneidad o a tu estado de ánimo, sino que sigas con fidelidad una determinada forma de rezar, hasta llegar a considerarla “habitual” en ti. Para dar este paso, y si no lo has hecho antes, te conviene pedir ayuda a alguien que  entienda de estos asuntos.

1.2. Sé tú mismo

¿Conoces cuál es para Teresa la puerta para entrar en las Moradas del castillo interior y superar los fosos, trincheras, murallas, cercas y arrabales hasta llegar al torreón, donde tiene el Señor su morada personal? La oración (cf. M I,7). Y, ¿sabes cuál es la tarea de laprimera morada? ¡Conocerte! Si Dios te llama a una relación personal con él, lo primero que necesitas es saber quién eres. El encuentro contigo mismo es un medio absolutamente necesario para llegar al encuentro con Dios: «No es pequeña lástima y vergüenza – dice Teresa – que, por nuestra culpa, no nos comprendamos a nosotros mismos ni sepamos quiénes somos […] sino que nos quedamos en nuestro cuerpo, y así, a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma» (M I,2). La falta de conocimiento personal hace que muchas veces planees mal tus propias batallas.

Se trata de un conocimiento bien entendido: conocer tus propias limitaciones, pero también tus grandezas, y la fuerza del amor de Dios que te eleva a la dignidad de «hijo suyo» (cf. V 13-15). Para conseguir conocerte, querido amigo, tendrás que examinarte. Ignacio, Teresa… comienzan la oración con el «examen de conciencia». Del conocimiento brotará la humildad, que – para Teresa –  es la verdad. Y la verdad es que somos criaturas destinadas a ser lo que Él es: amor. Cuánta razón lleva Francisco de Sales cuando afirma: «Hemos de ser lo que somos y seámoslo de verdad, en honor al gran Artista que nos ha modelado»[4].

La práctica de la oración te pondrá en condiciones de leer tu historia personal por muy insignificante, absurda y contradictoria que te parezca, como una revelación del amor de Dios en las coordenadas de tu existencia. Nada de lo que sucede en tu vida y en tu mundo es extraño al amor de Dios. Dios es amor y tú eres un latido del amor de Dios. Con la oración, dejando que Dios te ame, te convertirás en instrumento de su amor para el mundo.

1.3. Sal fuera de ti mismo

Para no caer en un intimismo narcisista, conviene que aprendas a descubrir las huellas de Dios no sólo dentro de ti, sino también en la grandeza y en la belleza de las criaturas. El llamado «doctor seráfico», el doctor Buenaventura (1217/12211274), en su Itinerario de la mente a Dios, propone, como primera etapa en el camino hacia Dios, descubrirlo «por medio de las criaturas y en las criaturas»[5]. Como diría otro gran doctor de la Iglesia, Juan de la Cruz, en el Cantico espiritual, se trata de descubrir las mil gracias que el “Esposo” va derramando a su paso por «estos sotos con premura, y, yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de hermosura» (CB 5).

No me digas que, después de subir a lo más alto del Peñalara, no has pensado: «Pero ¡qué grande eres, Dios mío!»[6]. Y cuando regresas a casa agotado, el sábado por la noche, después de haberte pasado la tarde y buena parte de la noche distribuyendo comidas en la Cáritas de Sol, ¿no sientes un «no sé qué»[7] que te llena de satisfacción? Son sensaciones que indican que vas por el buen camino para llegar a ser un buen orante. Sigue así.

1.4. Acepta la lucha y la disciplina interior para lograr ser libre

Decidirte por la oración no quiere decir que «seas oración»[8]. Cuando te creas que has llegado, tendrás todavía que seguir luchando. Has comprendido que la oración es indispensable para tu vida. Tendrás que asumir ahora que tu crecimiento espiritual exige una lucha constante contra la tendencia a desparramarse hacia fuera, así como una cierta disciplina interior, un esfuerzo metódico, al menos en los comienzos.

Tu vida de oración presupone un alma purificada, libre de pasiones, que ocupan continuamente la mente y te impiden unirte a Dios. Los maestros de espíritu insisten en la necesidad previa de la ascesis en toda vida de oración. Los tiempos de aridez espiritual, presentes, tarde o temprano, en todas las personas, requieren también una gran perseverancia y fortaleza para superarlos provechosamente.

Para lograr la libertad que requiere la oración, tienes que luchar: romper esclavitudes y dependencias; dar sobriedad y austeridad a tu vida porque «este cuerpo tiene una falta, que mientras más le regalan, más necesidades descubre […]; por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre alma para que no medre» (C 11,2). Esta batalla la combatirás dentro de ti mismo: será la orientación de tu corazón que encontrando en Cristo al amigo, se llenará de Él. No puede durar mucho un gran amor, si uno se permite continuos caprichos porque, como dice Teresa, «vida cómoda y oración no son compatibles» (C 4,2). Solo una decisión clara y fuerte fundará las bases de tu libertad personal. La lucha interior será pues la fuerza dinamizadora de tu vida espiritual.

2. Manual de instrucciones

Si quieres llegar a una profunda vida de oración tienes que actuar enérgicamente para asegurarte algunas condiciones exteriores mínimas de tiempo, de paz y también de estudio. La necesidad del esfuerzo ascético respecto a la oración tiene su justificación en lo difícil que resulta garantizar una vida de disciplina lo suficientemente sólida para llegar a ser de verdad persona de oración. Garantizadas estas condiciones externas, pasamos ahora a la vida interior.

2.1. De la dispersión al recogimiento

Amigo mío, tienes que atreverte a estar a solas contigo mismo si quieres vivir esta experiencia de interioridad que te propongo. Al principio seguro que te va a costar, porque lo normal es la dispersión, las dicotomías. No se trata naturalmente de un simple aislamiento, porque bien podrías llevar a tu aislamiento tu «propio bullicio». Se trata más bien de «soledad», de plenitud de relación, desde una postura de total apertura a la acción de Dios. Me imagino que serás consciente de que a veces te pones en soledad, pero, en realidad, es una soledad aparente, es una pantalla que oculta una huida egoísta o es el lugar donde intentas dar una respuesta racional a tus problemas, en vez de plantearlos cara a cara con Alguien. Desde tu aislamiento, sigues alimentando tus propios pensamientos y condiciones. Como dice Teresa, permites que tu pensamiento «ande a placer».

Este puede ser un tema un poco delicado que, si no lo entiendes bien, te puede hacer caer en el desánimo. Algunos autores, como por ejemplo, un autor del siglo XIV, que escribió La nube del no saber, te pedirían suspender toda actividad del entendimiento, acallar tu espacio interior. Quizá esto te parezca un poco exagerado. Y tienes algo de razón. En realidad te das cuenta que, no obstante tus esfuerzos por concentrarte en la oración, te encuentras siempre “pensando”[9]. No te desanimes. Lo que se te pide ahora es algo más fácil: ponerte en actitud de escucha; estar atento a ver qué obra el Señor en tu vida (cf. M IV, 3,4).

En este punto habrás oído hablar de algunas técnicas orientales que te ayudarán a hacer de tu propio cuerpo un vehículo apto para la comunicación, para la interrelación[10]. Ciertamente no cualquier postura de tu cuerpo es compatible con el equilibrio interior, con la actitud de escucha. Como dice Juan de la Cruz en las canciones de la Noche oscura, es necesario que tu casa esté «sosegada». La oración, de hecho, no se mide por los sentimientos que genera, sino por su capacidad de mantener sosegada la atención en un contenidoexperiencial[11].

No se puede rezar en el barullo de tus pensamientos; deberás hacer silencio para escuchar el silencio. El lenguaje de la oración es el lenguaje del amor. Y el amor tiene un camino muy bien trazado, que va desde las palabras al silencio, pero el silencio de la oración será la cima de la palabra.

Cuando te adentres en esa oscuridad en la que ya no eres observado por nadie de fuera y te quedes solo expuesto a su mirada, ya no necesitarás hacer ni decir nada. Porque en ese lugar que se ancla en otro centro y te hace respirar otro aire, recibirás la certeza de ser plenamente sabido y acogido, y eso aquietará  y silenciará tu corazón[12]. No hay duda de que un cambio así requiere un esfuerzo por tu parte; tanto más considerable cuanto más te sientas inclinado a la acción.

2.2. Para lograr ser receptivo ante la acción de Dios

Una vez que has logrado silenciar tu «bullicio», te sentirás dueño de ti mismo, sentirás nuevas fuerzas que te van a permitir captar la «música callada de Dios», gozar de su «cena que enamora»[13]. En realidad sentirás que es Él mismo que sale a buscarte porque si te pones en marcha hacia Dios es porque de alguna forma ya estás en Él y vienes de Él. El hombre – escribe Xavier Zubiri – va hacia las cosas proyectando qué hacer con ellas, pero con Dios es distinto porque Dios no es una cosa. El hombre «no está con Dios, está más bien enDios. Tampoco va hacia Dios, bosquejando algo que hacer con Él, sino que está viniendo desde Dios, teniendo que hacer y hacerse. Por esto, todo ulterior ir hacia Dios es un ser llevado por Él»[14]. Dios se entrega al hombre, y a esa donación responde éste con una acción positiva en la cual la persona acepta ser llevada hacia Dios. A la presencia radical de Dios en el hombre, éste responde con esa forma especial de donación que es la entrega de sí mismo[15].

San Agustín intuyó, y lo dejó escrito en sus Confesiones, que a Dios le buscamos invocándole, es decir, estableciendo con Él una relación de acatamiento, pero esta actitud sólo es posible si ya le conocemos y nos hallamos vinculados a Él por la fe: «Que yo, Señor, te busque invocándote – exclama san Agustín – y te invoque creyendo en ti».[16] Y continúa san Agustín, con su personal confesión, reconociendo su retraso y equivocación en la búsqueda de Dios: «Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí y yo te buscaba por fuera […]. Me lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que habías creado. Estabas a mi lado, pero yo estaba muy lejos de ti. Esas cosas […] me tenían esclavizado. Me llamabas, me gritabas, y al fin venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me liberaste de mi ceguera…Aspiré tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz»[17].

De aquí en adelante, querido amigo, será tu proprio yo el que va a pedir silencio para hacerse pura atención a ese Dios que empieza a manifestarse en tu interior. Te rendirás al protagonismo de Dios en tu vida. De hecho te habrás dado cuenta que, cuando haces algo, experimentas tu influencia en el mundo porque con tu acción lo intentas transformar. En cambio, cuando rezas, te sientes tú transformado. De hecho, si quieres ser un buen orante, tienes que aceptar una condición: ser pasivo-receptivo ante la acción de Dios. No se trata tanto de afirmarte en la vida con las cosas que puedes hacer, sino de colocarte en situación de recepción, de espera, de escucha; aceptar que Dios está ahí, que quiere comunicar contigo y dejar sitio, dentro de ti mismo, a esa Presencia, hasta convertirte en Su morada[18].  Por eso en la oración es indispensable la escucha. La escucha del corazón, la escucha de la Palabra, la escucha del silencio. Antes escucha; después entrarás, casi sin darte cuenta, en la experiencia del amor.

2.3. Y poder entrar en el lenguaje del amor

La exigencia de la amistad con Dios es no buscarse a sí mismo, sino acoger su mirada, permanecer con «atención amorosa», para después compartirla con aquellos que amamos. Cuando Dios creador te mira, lo que tienes que hacer es dejarte mirar. Piensa en Moisés, delante de la zarza ardiente: después de «descalzarse», no le queda otro recurso que permanecer extasiado ante la «luminosa oscuridad»[19], que el entendimiento no puede comprender, pero sí experimentar[20]. O la metáfora de Juan de la Cruz, en Llama de amor viva, cuando el santo de Fontiveros, para explicar la trasformación de la criatura en amor divino, describe cómo el fuego entra en el madero, hasta hacerlo centellar fuego y llamear (Ll prólogo 4). La misma Teresa, en su séptima morada, compara la experiencia más alta de unión con Dios con la gota que cae en el mar, de forma que ya no se puede distinguir entre el agua de la gota y la del mar. Somos gotas en el mar[21]. Pero, cuando nuestro yo queda relegado, somos el mar. Esta experiencia debería infundirte mucha humildad, pero también mucha  alegría. ¡Vives la vida de Dios! Tú estás en Dios y Dios en ti. Como dos ventanas por donde entra gran luz: aunque estén divididas, se funden en una sola luz. El gusano convertido en mariposa ha acabado ya sus transformaciones. Tiene como fin esencial la acción. En adelante, Marta y María serán inseparables (cf. M VII).

Tendría que alargarme en este punto, pero no lo puedo hacer. Es fundamental que después de todos los esfuerzos para crear orden en tus biorritmos, ahora, sosegado, disfrutes de su presencia: «mira que te mira». Por desgracia, muchas veces miramos a Dios a la luz de nuestras propias obras. Tú intenta aprender a mirarte a ti mismo, a partir de Dios; intenta ponerte delante de la mirada de Dios y ser auténtico (cf. Lc 18,14: «El que se exalta…»); permite a Dios que te regale el don de su perdón; deja que te ame tal y como eres, sin miedos y sin fingimientos (cf. Lc 19,5: «Jesús levantó la vista y dijo a Zaqueo…»). Entonces, tu fragilidad se transformará en fuerza y coraje para cambiarte y cambiar el mundo.

3. Ejercicios de oración

Querido amigo, no se vive una experiencia espiritual por el simple hecho de tener deseos de ella. Hay que ejercitarse. Te propongo algunos ejercicios. Como puedes imaginar, sobre cada uno de ellos se han escrito ríos de tinta. Me limitaré a indicarte las pautas metodológicas fundamentales.

 

3.1. Rezar con la Palabra[22]

  1. Elige un lugar para tu encuentro con Dios y sé fiel a él.
  2. Mientras vas a tu lugar de oración, prepara tu corazón para ese encuentro.
  3. Siente a Dios junto a ti y pide la fuerza y la luz del Espíritu Santo para saber hablar con Dios: «Señor, enséñame a orar».
  4. Dedica un tiempo a serenarte, para que también tu cuerpo entre en oración.
  5. Pídele a Dios lo que quieres que te regale en este rato de oración.
  6. Lee un texto de la Biblia y escoge el trozo que más resuene en ti.
  7. Quédate en silencio, dejando que ese texto llene tu corazón y surjan los sentimientos. No te impacientes; sólo el que ama es capaz de esperar.
  8. Ahora, deja hablar a tu corazón con Dios, ya que se ora con el corazón. Habla con libertad y espontaneidad, «como un amigo habla con su amigo».
  9. Haz silencio para que puedas sentir lo que Dios quiere comunicarte; mucho más importante que lo que tú le digas a Dios, es lo que Él te quiere expresar.
  10. Para terminar, preséntale al Señor lo que has descubierto y despídete con un momento especialmente íntimo de diálogo con Él: dándole gracias, pidiéndole, ofreciéndote…

3.2. Rezar ante los iconos[23]

  1. Busca un lugar recogido:

en una iglesia o capilla, en tu habitación…

  1. Siéntate en una postura correcta

ante un rostro o icono de Jesús…

  1. Trata de serenarte, pacificarte y centrarte.

Para ello: deja a un lado todo pensamiento…

centra tu mente: aquí y ahora,

en el momento presente, en este lugar donde estás…

  1. Quédate unos momentos tomando conciencia de ti mismo.

Obsérvate: en silencio, calma interior, serenidad…

en silencio, paz, apertura interior…

  1. Centra tu atención en ese rostro o icono de Jesús.
  2. Cierra los ojos y procura quedarte en silencio,

dándote cuenta de ti mismo

y del rostro de Jesús…

  1. Date cuenta de tus deseos de orar,

de tus deseos de acercarte a Jesús,

de tus deseos de percibir su mirada…

  1. Lee el texto (o mejor, recuérdalo, sin necesidad de leerlo) de Mc 1,35:

«De madrugada,

cuando todavía estaba muy oscuro,

Jesús se levantó,

salió y se fue a un lugar solitario,

y allí se puso a orar…» (Mc 1,35).

  1. Después, cierra los ojos, o déjalos recogidos, semientornados.

Imagínate a Jesús

antes del amanecer,

saliendo de su casa,

dirigiéndose a un lugar solitario,

orando a su Padre Dios…

  1. Observa de nuevo el icono y contémplalo en silencio.
  2. Deja que tu corazón, tu mente y todo tu ser

se vayan contagiando de la oración de Jesús, del espíritu de Jesús…

  1. Repite en tu corazón, como un eco de tu alma,

Jesús, enséñame a orar…

Jesús, contágianos tu espíritu de oración…

 

3.3. La oración de recogimiento[24]

A la oración de recogimiento podemos llegar por nosotros mismos, con un trabajo perseverante. Hay tres medios que ayudan a alcanzar este objetivo:

  1. Imaginar a Dios en la oración con la ayuda de alguna imagen, pues aunque no siempre le podemos sentir, podemos imaginarle cuando lo deseemos.
  2. Entregarse totalmente al Señor, ofrecer nuestra voluntad a la suya, dejarnos atraer por Él, porqué Él desea nuestro consentimiento.
  3. Tomar conciencia de su presencia durante todo el día; ir a todas las ocupaciones con Él.

3.4. Rezar con el cuerpo[25]

  1. Siempre que te pongas a orar, toma una posición corporal correcta: cabeza y tronco erguidos. Asegura una buena respiración. Relaja tensiones y nervios, suelta recuerdos e imágenes, haz vacío y silencio. Concéntrate. Ponte en la presencia divina, invoca al Espíritu Santo y comienza a orar. Son suficientes cuatro o cinco minutos. Esto, cuando estés normalmente sereno.
  2. Relajación corporal. Tranquilo, concentrado, suelta uno por uno los brazos y piernas (como estirando, apretando y soltando músculos) sintiendo cómo se liberan las energías. Suelta los hombros de la misma manera. Suelta los músculos faciales y los de la frente. Afloja los ojos (cerrados). Suelta los músculos-nervios del cuello y de la nuca balanceando la cabeza hacia adelante y hacia atrás, y girándola en todas direcciones, con tranquilidad y concentración, sintiendo cómo se relajan músculos-nervios. Unos diez minutos.
  3. Relajación mental. Muy tranquilo y concentrado, comienza a repetir la palabra «paz» en voz suave (a ser posible en la fase espiratoria de la respiración) sintiendo cómo la sensación sedante de paz va inundando primero el cerebro (unos minutos siente cómo se suelta el cerebro); y después recorre ordenadamente todo el organismo en cuanto vas pronunciando la palabra «paz» y vas inundando todo de una sensación deliciosa y profunda de paz.

Después, haz ese mismo ejercicio y de la misma manera con la palabra «nada»; sintiendo la sensación de vacío-nada, comenzando por el cerebro y siguiendo por todo el organismo hasta sentir una sensación general de descanso y silencio. De diez a quince minutos.

  1. Concentración. Con tranquilidad, percibe (simplemente sentir y seguir sin pensar nada) el movimiento pulmonar, muy concentrado. Unos cinco minutos.

– Después, ponte tranquilo, quieto y atento; capta y suelta todos los ruidos lejanos, próximos, fuertes o suaves. Unos cinco minutos.

– Después, con mayor quietud y atención, capta en alguna parte del cuerpo los latidos cardíacos, y quédate muy concentrado en ese punto, simplemente sintiendo los latidos, sin pensar nada. Unos cinco minutos.

  1. Respiración. Ponte tranquilo y relajado. Siguiendo lo que haces con tu atención, inspira por la nariz lentamente hasta llenar bien los pulmones, y espira por la boca entreabierta y la nariz hasta expulsar completamente el aire. En suma: una respiración tranquila, lenta y profunda.

– La respiración más relajante es la abdominal: se llenan los pulmones al mismo tiempo que se llena (se hincha) el abdomen; se vacían los pulmones, y al mismo tiempo se vacía (de deshincha) el abdomen.

– Todo simultáneo. No fuerces nada: al principio, unas diez respiraciones. Con el tiempo pueden ir aumentando.

Utiliza estos ejercicios con libertad y flexibilidad en cuanto al tiempo, oportunidad, etc. Al principio, quizás, no sentirás efectos sensibles. Paulatinamente irás mejorando.

Tendría que continuar proponiéndote cómo rezar con los salmos; el modo de «eucaristizar» tu vida cotidiana; metodología para que la oración vocal no sea simplemente una repetición de palabras; la forma de organizar tu meditación cotidiana… Será para otra ocasión.

4. No te olvides que la vida verificará tu oración

Siguiendo las enseñanzas de los grandes orantes, conviene que reces como sabes, y no reces como no sabes… Es decir, preocúpate más por tu persona que reza, que por la oración que haces. Salva tu vida, si quieres salvar tu oración porque, como dice Teresa, «no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho» (M IV,1,7; cf. F 5,2).

Si rezas y no amas, o amas mal… entonces tú dirás muchas oraciones, pero no rezarás. El amor, autentificador de tu oración, generará en ti acogida y misericordia. Tu oración no puede encerrarse en un intimismo, sino que te tiene que abrir a la vida y al Dios de la vida: «Para esto es la oración…que nazcan siempre obras, obras» (M VII,4,6).

De tus estudios de historia recuerdas que, durante algún tiempo, algunos padres espirituales aconsejaban prescindir de las cosas y de las preocupaciones en el momento de ir a la oración. Después se pasó al otro extremo: se dijo que no era necesario dedicar un momento especial a la oración, puesto que toda la vida era oración[26]. Hoy el vínculo necesario con la vida se vuelve a proponer como principio y como método: tienes que «orar la vida»; que significa hacer de tu existencia cotidiana motivo de oración; lo confirma la gran tradición de la oración bíblica, que es narrativa porque el orante narra las grandes obras de Dios y narra ante él su propia vida e historia hasta transformar en oración todas las cosas que pueblan la vida.

Uno de los métodos que te sugería antes, la «lectura orante de la Palabra», desemboca en la contemplación de la vida y en actos que transforman la oración en servicio y compromiso para el prójimo.

El cardenal Ratzinger, después papa Benedicto XVI, lo decía muy bien en la presentación del documento Orationis formas: «El criterio de validez de la oración está en que conduzca al amor, al amor indivisible de Dios y del prójimo. A propósito, me acuerdo de una bellísima frase de las Homilías sobre Ezequiel de Gregorio Magno: “En toda la Escritura, Dios nos habla sólo para esto, para atraernos al amor de sí y del prójimo” (lib. I, hom. 10,14). Éste es también el criterio para juzgar cualquier meditación y cualquier exégesis de la Escritura. La meditación cristiana no es un replegar­se en lo íntimo o privado; sino que, en cuanto adiestramiento para el éxodo de la superación de uno mismo, es camino hacia el amor y tiene, por tanto, una dimensión social fundamental»[27].

También éste parece ser uno de los criterios determinantes de la orientación cristiana de la oración en relación con los métodos orientales, sin por ello poner en duda las aperturas de las grandes religiones hacia el amor del prójimo, realidad, sin embargo, demasiado olvidada en la aplicación parcial de las técnicas orientales en Occidente.

Por esta vez, concluyo: Si después de rezar aumenta en ti la paz, la serenidad y el gozo profundo, compatible lógicamente con dolores, cansancios y preocupaciones… entonces el método es bueno. El mejor método es aquel que aumenta tu capacidad de amar. Dios actúa en ti cuando tu oración produce vida y esa vida genera más seguridad, más alegría de vivir, más entusiasmo, más pensamientos positivos…

Déjate provocar por los grandes orantes. Ellos te dicen: ¡Rezar es amar y amar es vivir! Sin dicotomías. No te desalientes: la oración no es fácil porque no es fácil introducir la vida en las coordenadas del amor. Pero, ¡es posible! Radicalmente posible porque Dios nos ha hecho capaces de amar: Todos somos capaces de amar, ¡tú también!

 

 

 

[1] Cf. Insegnamenti di Paolo VI, VIII, 1970.

[2] SANTA TERESA DE JESÚS, Obras Completas, Madrid, BAC, 71977 [C= Camino de perfección; F= Fundaciones; M= Moradas del castillo interior; V= Vida].

[3] Romano GUARDINI, Introduzione alla preghiera, Brescia, Morcelliana, 1948, 11.

[4]  FRANCISCO DE SALES, Carta a la mujer del presidente Brûlart, 10 de junio de 1605, en Cartas, 432.

[5] Itinerario de la mente a Dios, I, 9-10. En su Itinerario Buenaventura distingue fundamentalmente tres etapas: contemplar a Dios fuera de nosotros: en el mundo fenoménico; contemplar a Dios dentro de nosotros mismos: a través de la inteligencia, la memoria y la voluntad; contemplar a Dios por encima de nosotros mismos: en la unidad de su esencia y en la pluralidad de las personas: la “sabiduría mística”.

[6] De los tres modos de rezar teresianos: oración espontánea, oración de aridez espiritual y oración don, este tipo de experiencias corresponderían al primer modo.

[7] Estoy parafraseando la estrofa séptima del Cántico espiritual de Juan de la Cruz: «Y todos cuantos vagan/de ti me van mil gracias refiriendo,/y déjame muriendo/un no sé qué que quedan balbuciendo». Cf. SAN JUAN DE LA CRUZ, Obras completas, Madrid, Espiritualidad, 51993 [CB= Cántico espiritual; L= Llama de amor viva; N= Noche oscura; S=Subida del Monte Carmelo].

[8] Se decía de S. Francisco: “Non tam orans, quam oratio factus”. No era ya él el que oraba, sino que se había convertido en oración viviente.

[9] No entiendo aquí tratar de la gracia mística de Dios, que cuando se deja sentir con fuerza, provoca un vaciarse de todo razonamiento: «aquel no pensar nada» (V 23,12).

[10] Cf. Métodos psicofísicos-corpóreos, en CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, La meditación cristiana. «Orationis formas», 1989, nn. 26-28.

[11] Cf. José Antonio GARCÍA-MONGE, Unificación personal y experiencia cristiana. Vivir y orar con la sabiduría del corazón, Santander, Sal Terrae, 2001, 258-262.

[12] Cf. Dolores ALEIXANDRE, La carta imposible, en 50 cartas a Dios, Madrid, PPC, 2005, 11-14.

[13] Cf. CB estrofa 15  [es una alusión a Ap 3,20, «el versículo más bello de la Biblia», según algunos autores…].

[14] Xavier ZUBIRI, Naturaleza, Historia, Dios, Madrid, Alianza Editorial, 91987, 433.

[15] Cf. Xavier ZUBIRI, El hombre y Dios, Madrid, Alianza Editorial, 1984.

[16] SAN AGUSTÍN, Confesiones, I,1.

[17] SAN AGUSTÍN, Confesiones, X, 27.

[18] Cf. Enzo BIANCHI, Le parole della spiritualità. Per un lessico della vita interiore, Milano, Rizzoli, 21999, 75-76.

[19] Cf. DIONISIO AREOPAGITA, Teología mística, cap. I.

[20] En el prólogo al Cántico espiritual, Juan de la Cruz comenta a la madre Ana de Jesús, a quien dedica las «canciones»: «Pues aunque a V.R. le falte el ejercicio de teología escolástica con que se entienden las verdades divinas, no le falta el de la mística, que se sabe por amor, en que no solamente se saben, mas juntamente se gustan» (CB prólogo, 3).

[21] Los místicos describen esta experiencia como «mística de la esencia».

[22] Cf. Jesús Manuel GARCÍA, Dalla «lectio mundi» alla «lectio divina». Per una educazione dei giovani alla lettura orante della Parola, in G. ZEVINI – M. MARITANO (eds.), La lectiodivina nella vita della Chiesa, Roma, LAS, 2005, 177-196; ID., Incontro dei giovani con la Bibbia in G. ZEVINI (ed.), La Parola di Dio vita della Chiesa, Roma, LAS, 2008, 101-117.

[23] Manuel José FERNÁNDEZ MÁRQUEZ, Sabiduría del corazón. Hacia una pedagogía de la oración, Madrid, San Pablo, 21994, 449-450. Cf. Jesús CASTELLANO, Oración ante los iconos. Los misterios de Cristo en el año litúrgico, Barcelona, Centre de Pastoral Litúrgica, 1993.

 

[24] Cf. Emmanuel RENAULT – Jean ABIVEN, L’orazione teresiana. Il cammino di unione con Dio, Roma, OCD, 2004.

[25] Ignacio LARRAÑAGA, Incontro. Manuale di preghiera, Padova, EMP, 31994.

[26] En un Congreso realizado en el «Teresianum» sobre la oración, von Balthasar, anciano, comentaba, a propósito de la afirmación que «toda la vida es oración»: «Sí, toda la vida es oración, si se reza…».

[27] Entrevista al Card. Ratzinger en la presentación de la Carta Orationis Formas, en «Sette e Religioni» (1991) 2, 266-271.

Misión Joven. Número 436. Mayo 2013