«Mentir verdadero»

Corresponde a todo el Pueblo de Dios, especialmente a los pastores y teólogos…,

auscultar, discernir e interpretar… los diferentes lenguajes de nuestro tiempo (GS 44)

para conocer y comprender el mundo en que vivimos,

sus expectativas, sus aspiraciones y su índole muchas veces dramática (GS 4).

 

 

 

 

 

Mentiras que encubren profundas verdades

 

Vivimos un particular momento con cambios de calado tan profundo como para exigirnos el deber apremiante de rastrear todo tipo de indicios que nos permitan armonizar ese nuevo modo humano de ser y vivir resultante de dichas trasnformaciones. El cine, en concreto, es uno de los lugares donde mejor leer e interpretar el cambio cultural en curso. El «mentir verdadero» (Aragón) del cine preanuncia, las más de las veces, o expresa directamente algunas de las cuestiones más determinantes del ser humano.

Bien podríamos decir que nos encontramos hoy con la obligación de «reconstruir el sentido de la realidad». Notario excepcional del tema es, sin duda, el cine: laboratorio de la condición e interioridad humanas, por un lado, y ámbito de sueños donde, por otro, se anticipa lo que podemos llegar a ser.

 

 

       Vericuetos de una «tiniebla luminosa»

 

Hay en nosotros, particularmente, y en la entera realidad –las «Noticias MJ-Siglo XXI» de este número de Misión Joven se ocupan de ello– una «nocturnidad» que más que residuo de miseria o simple desgracia vendría a configurar la sombra que acompaña al sol, la noche del día. Somos una especie de tiniebla luminosa. Por eso, nos delata el aguijón de la búsqueda perpetua con el que caminamos por la vida. Para no renegar de la tiniebla, para no adormecernos… hace falta una defensa apasionada de la razón simbólica y su libertad frente a los cálculos de la científica e instrumental.

El cine –como la literatura o el arte, la ética o la religión…– nos sugiere los más insospechados vericuetos para acceder al misterio humano, proponiendo el testimonio inigualable de tantas y tantas formas de proyectos, anticipando futuros con los rostros de hombres y mujeres que los pueblan, en fin, agujereando nuestra finitud para abrirla a lo que puede ser y… llegar.

La ficción cinematográfica –amén de otros intereses o actitudes pasivas– pone en pie la rebeldía frente a la vida tal cual es, a la par que encauza las insatisfacciones más hondas, pues… «quien vive la ficción regresa a la vida real con una sensibilidad mucho más alerta ante sus limitaciones e imperfecciones» (Vargas Llosa).

 

 

       Películas de la vida

 

El cine, las novelas, la pintura… expresan –mejor que otras instancias y debido a su capacidad simbólica– las expectativas, aspiraciones y esa «índole dramática» de que nos habla el concilio Vaticano II propias de los hombres de nuestro tiempo. Testimonio inigualable del discurrir histórico del ser humano, el cine nos ofrece verdaderas «encarnaciones personificadas» que adelantan lo que podemos llegar a ser y, sobre todo, gran parte de cuanto soñamos para nuestra sociedad y nuestro mundo. Y lo ofrece, permitiéndonos suspender –al menos durante una par de horas– los deseos diarios, limitados e inmediatos, para dilatarlos al contacto con pasiones más intensas e insondables.

La ficción es capaz de producir tal «ilusión de vida» o «aire de realidad» –que diría H. James– como para empujar sueños que podemos compartir, sentimientos y proyectos que albergan experiencias de sentido, no pocas veces intuidas, las más aletargadas e incapaces de salir a flote por la simple razón de no saber hasta ese momento cómo nombrarlas, contarlas, representarlas.

Verdad es que la industria cinematográfica se mueve al dictado de intereses que, más que liberar, entrampan. No menos cierto es que el cine no sólo crea la realidad sino que también la refleja. Pero, al fin y a la postre, aparecen las multiformes «películas de la vida».

 

 

       Historias del hombre, historia de Dios

 

El cine ocupa un espacio importante en la existencia de los adolescentes y jóvenes, en particular, por ser una fábrica de sueños donde se encuentran a gusto. Forma parte de sus vidas, está incorporado a su ambiente natural. Situado entre las ocupaciones favoritas de su tiempo libre, del cine recogen muchos datos, formas de mirar y ver, modelos y actitudes… con los que van construyendo la propia identidad. Aunque sólo fuera por esto, no podemos cerrar los ojos al cine. Sin embargo, hay mucho más.

Desde que un hombre nos descubrió el «misterio de Dios», desde que en Jesús de Nazaret la «utopía se hizo carne», no existe otra historia de Dios que la de los hombres. Por eso y con razón, el cine puede ser considerado un «lugar teológico», además de un fundamental e imprescindible «lugar educativo».

Por una parte, dado su poder para construir y configurar la realidad, será imprescindible educar tanto para discernir críticamente como para recoger las potencialidades creativas que encierra el cine; por otra, su fuerza reveladora, esa capacidad para cuestionar la finitud y lanzar hacia la eternidad, convierten a no pocas películas en terreno abonado para reconocer y afirmar las aspiraciones de sentido que anidan en todo corazón humano. ¡Eso sí!, la senda educativa que marca el cine sólo puede recorrerse si vamos más allá de un mero uso funcional del mismo, si respetamos su identidad y aportación específicas.

 

 

José Luis Moral

directormj@misionjoven.org