MI EXPERIENCIA PASTORAL EN LA ESCUELA

Xulio César Iglesias, sdb

Salesianos de Ourense

 

Escribir un artículo sobre la experiencia pastoral personal de un actor educativo en la escuela corre el riesgo de quedarse en un simple contar batallitas interesantes, y muchas veces localistas, que lo más que logran es la admiración o la sonrisa cómplice.

Asumo el reto de convertir lo que uno va viviendo en la escuela a través de reflexiones con interrogantes que nos ayuden a caminar a todos y a todas hacia una nueva concepción de lo que se va denominando “escuela en pastoral”[1], un término todavía demasiado ambiguo que deberemos ir matizando.

 

1. En los inicios (¿Y/ o también ahora?)

El primer paso es recordar cómo hemos ido aterrizando en lo que se denominaba pastoral escolar. Un ejemplo, en formato caricatura, pero ejemplo, nos puede ayudar a recordar lo que realizábamos hasta hace muy poco tiempo…

En los inicios, me consideraba un consiliario, un pastoralista, un director espiritual (sic.)… o la terminología que más o menos nos agrade, o la que hayan utilizado hace años con nosotros en la escuela. Era como ese consiliario-pastoralista de un equipo de fútbol, que en lo que se centraba era en esa eucaristía de los domingos antes del partido, que luchaba por rezar ese padrenuestro de todo el equipo en los vestuarios, uniendo los brazos por los hombros antes de salir al campo de juego, y que intentaba que los padres llevasen a misa a los chicos del equipo el domingo que no había partido, y que, como mínimo, no dijeran tacos durante el partido. Todo lo demás se lo dejaba al entrenador.

Mi experiencia de educador cristiano, mejor que pastoralista, era que realizaba lo mismo en el ambiente parroquia, en los grupos de educación de la fe, en la escuela… sin darme cuenta de que lo que siempre he repetido hasta la saciedad (y que lo sabe de memoria cualquier alumno y alumna de mi centro que entra en el templo) también tenía que repetírmelo a mí mismo: “¡Distingamos lugares!”.

Como educador cristiano, no aprovechaba lo específico y lo nuclear de la escuela, y proponía lo mismo en el templo parroquial, en el grupo juvenil de catecumenado, en la clase de religión o en la oferta “pastoral” escolar… Y posiblemente fuera un error, no de los destinatarios sino del actor educativo, y en este caso de mi persona. Porque a la parroquia y al grupo cristiano se viene a lo que se viene (avanzar en el propio proceso de evangelización), o por lo menos se lo supone (como el valor en la antigua mili). Sin embargo, la inmensa mayoría de los destinatarios de nuestra escuela vienen a instruirse, vienen a aprender, viene a saber… y no vienen a “evangelizarse” (sic.). Muchos se lo encuentran sin querer. Como mucho, sus familias, que los envían a un colegio católico, sí que tienen esa opción, y que, dicho sea de paso, también son una minoría entre todas las que nos eligen.

Aún así, sería injusto no indicar que sí tenemos una minoría significativa de alumnado abierto a nuestras propuestas explícitas cristianas; pero dentro del ambiente escolar siguen siendo una minoría. De ahí que se abra un interrogante: ¿Cómo llegar a todos? ¿Cómo iniciar procesos que ayuden, a todo alumno y alumna que entra en nuestro centro educativo católico, a un acercamiento real al tema cristiano?

La escuela no es una simple plataforma para evangelizar. No se trata de que, aprovechando que tenemos juntitos a muchos niños y niñas, a muchos adolescentes y “adolescentas” (sic.), podemos darles lo que la parroquia no da, o solamente lo da en períodos pre-sacramentales.[2]

Estoy hablando de la escuela, de la católica (sic.). Confundimos la escuela con la parroquia y, como todos sabemos, la escuela es otra cosa. Durante mucho tiempo creí –creímos– que la pastoral en la escuela era ni más ni menos que sacramentalizar, añadir lo que le faltaba a la escuela para que fuese católica según nuestros esquemas: lo celebrativo, la catequesis, la oración… y nos olvidamos de lo propio de la escuela. Nos centramos en la misa y nos olvidamos de lo central del equipo deportivo: los entrenamientos y el partido de fútbol en el ejemplo inicial.

Hoy en día, que pedimos y exigimos un trabajo en equipo (¡en comunidad!) y en red… ¡Cómo no vamos a trabajar transversalmente, también, en la denominada pastoral escolar!

Y entonces me tocó vivir, escuchar, entender, estar atento a distintas sensibilidades, a distintos puntos de partida de camino… con los chicos y chicas, y con lo que se denomina Comunidad Educativo Pastoral del centro. Educarnos unos a otros… y leer… y estudiar. Creo que la clave está en compaginar reflexión con acción. Cada uno de nosotros lo hacemos a la escala que la realidad nos deja, pero considero necesario un mínimo: compartir con un equipo (y mejor aún, una comunidad) lo que vamos viviendo y reflexionando para, desde ahí, programar mejor, realizar mejor, evaluar mejor, celebrar mejor…  y volver a empezar mejor.

 

2. Descubriendo la Escuela

Algunos chocan, otros la confunden, otros ni la huelen (ignorándola), y otros la descubren… ¿Lo qué? Pues la escuela. Esa institución milenaria que tiene un lenguaje, una organización, un estilo, es decir, un mundo propio.

Y en la escuela lo nuclear, lo central son los saberes, la concreción curricular. La educación como profundización en la realidad, su sentido y su misterio es el centro de la “acción pastoral”. La realidad mundana es el objeto propio de la escuela. Lo sacramental no está añadido sino contenido en ella.

Lo específico de la escuela católica no debe ser la enseñanza religiosa, ni la “educación cristiana”, ni la catequesis, sino poner al ser humano en situación de liberación desde la cultura curricular y posibilitarle el camino al umbral de una decisión libre de su destino. Los que se aproximan a una escuela, aún la católica, lo que buscan, como mínimo, es saber. Y esto se hace a través de la transmisión de la cultura como patrimonio objetivo heredado, a través del acceso a la cultura y a través de la creación de cultura humanizante. El currículo es todo lo que corre por la escuela, en concreto, todo lo que se enseña y se aprende en los cuatro ámbitos que constituyen la vida de la escuela (la cultura institucional, la red curricular de aprendizajes organizados, los espacios y contenidos transversales y los lugares extra-académicos de explicitación del evangelio).

Si la escuela quiere hacer una propuesta educativa desde un horizonte de fe, tiene que acometer la tarea en correspondencia con las relaciones y los saberes. La educación realizada desde un horizonte de fe está en el currículo, o sencillamente no está.

En nuestra historia reciente hemos puesto el acento, desde mi punto de vista, en una opción “educativo-pastoral” que no acertó a descubrir y encarnarse en lo específico escolar, y lo que hicimos fue centramos en una opción pastoral de “café para todos”, es decir, que se podía ofertar en cualquier ambiente educativo. Y creo que no hemos acertado. Toca el momento de centrar nuestra oferta “educativo-pastoral” en lo propio de la escuela, en lo medular, en el núcleo duro de la institución escolar. Creo que así llegaremos a todos nuestros destinatarios, asumiendo así su realidad tan plural en este mundo de lo “educativo-pastoral”.

3. Y entonces se amplía el horizonte

Descubriendo la escuela, descubrimos por dónde puede ir la Buena Nueva en ella. Y estar atentos a las singularidades que ayudan, o entorpecen, el anuncio de la Buena Nueva en la propia escuela.

Lo que se descubre en la vida diaria de la escuela es lo que en su momento escuché en unas charlas de Escuelas Católicas sobre el proyecto educativo. Un ponente, al referirse al controvertido tema de la jornada escolar continua o partida, y refiriéndose al valor del tiempo en las organizaciones educativas, distinguió entre “Cronos” y “Kairós”. Cronos es el tiempo cronológico, el tiempo medible; Kairós es el tiempo de la oportunidad, el tiempo con significado, el tiempo interpretable. Creo que es una buena metáfora para el trabajo de los educadores cristianos, cada instante es una oportunidad educativa, cada momento puede ser el “momento”. Es decir, toda la escuela puede convertirse en buena noticia. Todos los instantes, todos los segundos de nuestra acción escolar pueden ser segundos de buena noticia, si son significativos, si nos construyen, si nos ayudan a crecer, si nos humanizan… Así podemos entender que todo en la escuela es/puede ser tiempo de oportunidad y, desde nuestra perspectiva, oportunidad educativo-pastoral.

Dicho con otro ejemplo: Hace un par de años tuve que ir a Madrid, y tenía que ir en avión o, mejor dicho, iba a ir en avión. Un volcán islandés, de nombre impronunciable, impidió a ese y a cientos de aviones de Europa poder despegar. Un volcán, que ni estudiamos en “Sociais”, colapsó media Europa. El ejemplo es clave para entender la acción educativo-pastoral escolar: un volcán o, para nosotros los gallegos, un incendio mal apagado puede producir, tiempo después, un bloqueo total en la organización escolar (y siendo además, un volcán/incendio que ni conocemos ni sabemos las causas ni los porqués… simplemente sufrimos las consecuencias). Las relaciones, lo afectivo, lo propio del mundo escolar (horarios, libertad/obligación, calificaciones, reuniones, suspensos, castigos, correcciones, quedar bien, tener poder, ganar prestigio… y todo lo que tu experiencia te diga) pueden tumbar (o fortalecer) en segundos una opción educativo-pastoral.

Otro ejemplo, sacado del periódico, el libro de todos los días:

 

Aunque sabía que el muchacho llevaba encima un revolver, y que en el barrio tenía fama de duro, el padre Juan Carlos Velásquez no sintió miedo cuando se bajó del coche al llegar a su casa parroquial y lo vio venir hacia él en medio de la noche.

Qué hay, brother – le dijo el chico.

‘Pensé que venía a pedirme dinero para drogarse o para alicorarse’ recuerda Velásquez, un cura católico de 38 años, con barba y melena negra, rizada y brillante, que lleva ocho años dedicado a intentar comprender y ayudar a los jóvenes sicarios de los barrios pobres de Medellín.

‘Cuando se acercó, le dije de una manera muy seca: ‘Hombre, que necesitás’. En vez de contestarme fuerte, se reblandeció y me dijo que era su cumpleaños, y que nadie lo había felicitado’.

El cura pensó que el chico lo quería enredar de alguna manera. ‘Y yo más duro me puse, porque estos muchachos son muy tramadores. Le dije otra vez: ‘Qué necesitás’.

Padre, necesito un abrazo – le respondió el chico.

‘Y yo solté el escudo que tenía y lo abracé. Él lloró unas lágrimas, me dio las gracias y se fue’. ‘Esa noche’ recuerda, ‘no pude dormir pensando en ello”.[3]

 

Creo que esta experiencia la hemos tenido muchos de los que estamos leyendo este artículo, con revólver o armados de otras maneras. Lo importante es estar, acoger, abrazar, creer en él o ella… Los resultados no son esenciales para un educador cristiano.[4] De ahí que nuestra tarea principal es estar, ponerse a tiro (figurado, pero, por desgracia, también muchas veces real).

Un educador, con el que compartí varios años, realizaba el siguiente recorrido, que a mí me maravillaba por su fidelidad. A las 14:00 h., hora de salida escolar, este educador se situaba delante de lo que nosotros denominamos el “túnel”, un recinto estrecho por donde entra y sale el alumnado de ESO y Bachillerato. Saludaba a todos (y todos le saludaban a él). Con los últimos salía a la fachada del colegio, donde paraba otros minutos con los mayores que fumaban un pitillo, o con los más pequeños que esperaban a que sus familiares les viniesen a recoger. Cuando ya no quedaba nadie, pasaba por el pórtico saludando a los peques de extraescolares, bajaba por las dependencias del centro juvenil, entraba y saludaba, y se iba al comedor, donde los de Educación Primaria ya estaban alimentándose. Hablaba con algunos, y luego cogía el ascensor y llegaba a bendecir la mesa con sus hermanos salesianos de comunidad. E increíblemente llegaba puntual.

 

  1. Escuela católica por identidad, no por destinatarios

Esto no ha cambiado mucho… solo que ahora se nota más. Del cristianismo ambiental que teníamos hace muchos años (y no real, un pluralismo ocultado), hemos pasado, gracias a Dios, a una sociedad pluralista en la que nos vamos definiendo por nuestras opciones escogidas en libertad (o eso intentamos, por lo menos). Nuestra comunidad educativo-pastoral ya no es 100% cristiana (y no seamos ingenuos, porque no hablo solamente del alumnado y de las familias… también hablo de los educadores, del claustro y del PAS).

Y da la impresión que lo fuerte de nuestra pastoral sigue siendo una pastoral para destinatarios católicos. Parece que todavía seguimos creyendo en nuestra escuela esa diferencia teórica de cristianos de presencia y cristianos de mediación. La escuela católica es ya una escuela, gracias a Dios de nuevo, para todos y todas… no sólo para los católicos.

Tenemos que ingeniárnoslas para hacer una pastoral que llegue a todos. Ya no vale el “café para todos”, sabiendo que a muchos les da nauseas ese café cargado que ofrecemos. Tenemos que ofertar café con leche, “manchado”, café solo… té, infusiones e infinidad de propuestas que nuestra creatividad y el análisis de nuestros destinatarios nos invite a realizar.

 

Cada vez que releo o escucho la parábola del sembrador, os he de confesar que me pongo nervioso al ponerme en el papel del sembrador. Me pregunto muchas veces: ¿No se dará cuenta, nuestro sembrador, que echando semilla en el camino, entre piedras o entre silvas no consigue nada? Tantos años echando semillas en los mismos sitios y ¡no cambia nada! ¿No será mejor seguir echando semilla en tierra buena y trabajar las otras tierras de otra manera? Ablandar la tierra del camino de prejuicios y malas experiencias; quitar piedras puestas por iguales, familias  o medios de comunicación social; eliminar “toxos”, que decimos en Ourense, que ayuden a poder respirar un cristianismo juvenil, encarnado, racional, propio del siglo XXI.

A lo mejor, lo que nos sucede en la pastoral escolar es que no nos damos cuenta de la variedad de destinatarios que tenemos y, sin traicionarnos ni traicionar, llegar a ser una auténtica escuela católica que anuncie la buena nueva adaptada a nuevas realidades y a destinatarios con distintos procesos evolutivos (humanizadores, religiosos, sociales…).

 

  1. Una propuesta educativo-pastoral que llegue a todos

Cuando ofertamos propuestas propias de creyentes en nuestra escuela a todo el alumnado, me parezco a ese azafato/azafata de aviación que, antes de iniciar el despegue, nos ofrece la salvación para casos de accidente. Nos explica con todo detalle, con mímica, en varios idiomas, con folletos, en pantalla (algunos aviones)… cómo tenemos que comportarnos para salvarnos. Y la mayoría de los viajeros a su bola: que si leyendo el periódico, que si mirando por la ventanilla, charlando, despidiéndose por el móvil… Solamente los novatos en el avión miramos y atendemos. A los demás, ni les interesa, o bien creen que ya lo saben todo. Y además, van contagiando al poco pasaje que estaba atento a que tampoco preste atención.

Dicho de otro modo: Al proponer a todo el alumnado experiencias que construyen comunidades cristianas: celebraciones, oraciones… me recuerdan, con su cara, la canción de Víctor Manuel de hace ya bastantes años… aquella que decía:

 

Déjame en paz!
que no me quiero salvar
y que me dejes peor que mal.
¡Déjame en paz!
que no me quiero salvar
en el infierno no estoy tan mal.

Siempre aparece un redentor
para vendernos el favor
dice tener la solución
para sacarnos del error.
No necesito de un tutor.
Prefiero equivocarme yo.
No me prometan salvación,
que se me ablanda el corazón.

(…)[5]

Por supuesto que esto no es indicador para no seguir proponiendo experiencias explícitas cristianas… sino que lo que me dice es que tengo que cambiar el lugar de la propuesta y hacerla gradual, para poder atender a los diversos destinatarios que están en mi escuela.

No hay que culpabilizar a nadie de que nuestra propuesta explícitamente pastoral escolar es de minorías. Lo explícito, lo celebrativo, lo sacramental no llega a todos, no llega a la mayoría… llega a una minoría significativa pero súper-animada por nosotros, que es la que participa. Y a la que tenemos, ¡y debemos cuidar!

Sin embargo, nuestra oferta educativo-pastoral debe llegar a todos y todas, no solamente a una minoría que acepta con agrado nuestras experiencias juveniles, que ofrecemos en su caminar como jóvenes cristianos en búsqueda.

El trabajo esencial del equipo educativo-pastoral, desde mi humilde experiencia, debe llegar a todos y a todas, en el aula, en los pasillos, en el patio… y no solamente en el templo. Y debemos implicar a toda la comunidad educativa para que acompañemos, en su camino de maduración, a cada uno y todos los destinatarios de nuestro centro educativo. Y el camino que tenemos en la escuela es justamente el escolar: las clases, los saberes, los valores… una buena instrucción junto con una buena educación.

 

  1. Pistas desde la práctica educativa

Mi experiencia en la animación educativo-pastoral de estos últimos años, en un centro integrado de Educación Infantil hasta Bachillerato, me indica que la orientación de mi trabajo ha ido cambiando. Pasar de estar centrado en lo celebrativo a estar centrado en lo escolar. ¡Ojo! Eso es abrir el campo de acción, no es excluir nada. Es poner el acento en la tarea propia de la escuela, que toda la comunidad educativa puede realizar, y así poder llegar a todo el alumnado, partiendo de su realidad personal y de lo que es propio de la escuela.

Para ello, en mi caso, es necesario un trabajo en equipo, formado por religiosos y seglares, todos con muy distintas sensibilidades, que nos reunimos semanalmente en horario escolar. Un equipo directivo que tiene que dar respuesta a los interrogantes y propuestas de este equipo educativo-pastoral, y viceversa.

Un equipo que trabaja en círculos concéntricos, en los que se debe integrar toda la comunidad educativa-pastoral, según sus opciones, posibilidades, sensibilidades y formación… con distintos grados de compromiso.

Lo que estamos viviendo en mi centro es no tener miedo a plantearnos nuevos caminos, nuevas opciones… a ensayar, a poder equivocarnos y a poder corregirnos, a poner encima de la mesa lo que nos preocupa de verdad, y ver, juzgar, actuar y celebrar con la realidad que tenemos. Eso sí, consensuado con un equipo directivo, que está abierto a nuevas propuestas, pues la realidad la vemos desde muchas perspectivas, y a todos nos preocupa. También nos ayuda el estar presentes en un equipo provincial que reflexiona sobre nuevos caminos, en lo que se viene en denominar la pastoral en ESO-Bachillerato.

Y lo que estamos reflexionando lo voy a ir indicando de manera telegráfica, para que veamos en conjunto por dónde van las líneas de esta opción:

 

–          Optar por un equipo de educadores con horas de dedicación para reflexionar, coordinar, acompañar… Es lo que se denomina el equipo educativo-pastoral.

 

–          Trabajar para incorporar el carácter propio y la propuesta educativa como perfil y horizonte de los objetivos, competencias, contenidos, métodos y criterios de evaluación. Lo que se intenta es descubrir las huellas de trascendencia en los mismos saberes, poner en diálogo los contenidos de todas las materias con los del evangelio.

 

–          Ayudar a proponer un horizonte de sentido para los saberes y valores de las distintas áreas de cada etapa educativa. Todo el profesorado debe realizar una lectura humano-creyente de las áreas que imparte. Se trata de descubrir la vida, el misterio, lo profundo… desde cada área. Tienen que plasmarse todas las dimensiones de la persona en cada área, desde las distintas competencias básicas.

 

–          Trabajar con los departamentos y seminarios didácticos para que acentúen cada trimestre unos valores que consensuamos a principio de curso. Son valores educativos, que para nosotros también son pastorales. Así llegamos a todos en el propio medio escolar: gratuidad, interioridad, sentido de vida, admiración, fiesta, sorpresa, sentido crítico…

 

–          Ayudar a integrar nuestro estilo educativo en los planes escolares de orientación y acción tutorial, en el plan de atención a la diversidad y en el plan de convivencia. Siendo cómplices con el Departamento de Orientación de la atención real y explícita a los últimos de nuestra escuela: alumnado con necesidades educativas especiales, alumnado que repite curso, alumnado con problemáticas personales, familiares, económicas…

 

–          Estar presentes en la “Mesa de tiempo libre educativo” y en la Comisión de Coordinación Pedagógica, para potenciar nuestra oferta de educación integral en las actividades complementarias y extraescolares.

 

–          Facilitar la reflexión, complicarle la vida (en el buen sentido) y proponerle al Equipo Directivo del centro sensibilidades educativo-pastorales para que inunden toda la organización escolar (sin zonas de sombra).

 

–          Ayudar a dar pasos educativo-pastorales en la formación de todos, sobre todo de los futuros directivos de la escuela; en el acompañamiento real, en la selección del nuevo personal…

 

–          Defender unas tutorías grupales más educativas que catequéticas. Partir de la propia realidad, más que de documentos eclesiales, para llegar a la Buena Nueva. Traducir a lenguaje escolar ciertas campañas eclesiales demasiado clericales y con un lenguaje demasiado elevado.

 

–          Potenciar la dimensión espiritual (posmaterialista) de la realidad y la dimensión religiosa en el currículo (apertura y comprensión de las religiones positivas, diferenciando la dimensión socio-histórica y cultural del fenómeno religioso y la dimensión confesional del hecho religioso cristiano).

 

–          Ofrecer clases de religión mejor preparadas, si cabe, y más motivadoras, y no dando nada por supuesto (ya hay un grupo interesante de alumnos que se incorporan al Bachillerato sin haber cursado clase de religión en toda la ESO, porque tuvieron “alternativa”, nos dicen). Trabajar la lógica y la racionalidad de la fe con los mayores, dando a conocer la cultura religiosa y todo a través del diálogo.

 

–          Realizar un acompañamiento real, con horas y personas dedicadas: con despachos de puertas abiertas; estando presentes a la entrada y a la salida del centro; haciéndonos presentes, también, en lo informal del centro: las fiestas, las salidas culturales, los recreos…; tomando nota (escrita o mental), en las juntas de evaluación, de ese alumno/a que parece que tiene algún problema; con confesiones laicas de vida en cafeterías, pero también con confesiones en el templo… cada uno según su estado.

 

Y concluyo este artículo animándonos a ensayar, a probar… a iniciar nuevos caminos, con nuestras dudas y nuestros posibles errores. No tengamos miedo a poner encima de la mesa nuestros fracasos, nuestras dudas, nuestros aciertos… En este mundo tan cambiante se nos pide, a los que estamos trabajando en la escuela católica, a no conformarnos con la oveja que tenemos en el redil[6], sino a avanzar y ser creativos… A poder responder a esta nueva realidad que estamos viviendo en, como ya dije, una institución milenaria. Partiendo de la realidad que vivimos y sabiendo adónde queremos llegar… Lo único que nos queda es caminar con nuestros destinatarios, y no pararnos, hacia el Reinado de Dios.

 

 Xulio C. Iglesias

 

[1] Adrede voy a hablar, indistintamente, de evangelización, escuela en pastoral, educativo-pastoral, pastoral escolar… sin diferenciar todo lo que hay detrás de cada término. Eso para otra reflexión, que daría mucho de sí.

[2] Por favor… no lo consideréis un ataque a las parroquias. ¡Creo en las parroquias! Y conozco muchísimas parroquias que tienen un proceso formativo único, y que abarca desde niños a adultos.

[3]Ya no hay Virgen para los sicarios. Un viaje al corazón sin esperanza de los jóvenes pistoleros de Medellín”, de Pablo de Llano, en EL PAIS, Suplemento “Domingo” 08/04/12 pág. 2.

[4] Siempre recuerdo una aclaración que leí de Pagola: los cristianos tenemos la parábola del sembrador, no la parábola del recogedor.

[5] Déjame en paz. “Por el camino”. 1983.

[6] Situamos la frase en el contexto de la parábola evangélica… sino, literalmente puede sonar ofensiv