Mirar a los demás para reconocernos

Aquí va una sencilla propuesta de materiales en torno a esas dos cuestiones, que bien pueden servir para revisar el curso que concluye y, a la par, programar el verano. Las tres partes de los mismos —dos narraciones de J. Real y un happening de los Grupos Parroquiales Jóvenes de la Delegación de Juventud de Baza— responden claramente a ese doble interrogante: para reconocerme y alcanzar la felicidad, tengo que descubrir a los demás, particularmente a los más pobres y desfavorecidos.

 

 

¿Dónde Poner la Mirada?

 

Comenzamos con una narración. El relato propone dos casos extremos acerca del «dónde poner los ojos»: Dios y el dinero. Un corazón ocupado y regido por dueños contrapuestos e incomprensibles: según quién sea el dueño del corazón, la persona seguirá una dirección u otra. Aunque sea posible conjugar muchos más aspectos con uno y otro de los amos indicados, permanece la verdad fundamental: no valen medias tintas, hay que elegir y atenerse a las consecuencias.

 

 

Un enfermo del corazón

 

Un rico multimillonario con problemas cardiacos, aconsejado por su médico personal, fue a pasar una semana en la hospedería de un monasterio. Pasados unos días conviviendo con aquellos cristianos y viendo su forma de vida, quedó muy extrañado y lleno de preguntas. Fue al Padre Abad y le dijo:

— Perdone por mi extrañeza, pero ¿ustedes no se aburren estando encerrados toda la vida entre estas cuatro paredes? — Y el Padre Abad contestó sonriente:

— Oh no, amigo. Aquí no estamos encerrados sino liberados de miles de paredes invisibles que encierran al corazón humano en cárceles oscuras. Estas cuatro paredes sólo sirven para cobijarnos, no para aislarnos. Y para el que ama a Dios y a sus hermanos, no hay aburrimiento posible, porque cada día que se nos regala es diferente y novedoso… El amor nunca está ocioso.

 

Aquel hombre siguió preguntando con vivo interés:

— ¿Y cómo pueden vivir siempre en tanto silencio sin hablar con nadie? — A lo que el Padre Abad contestó:

— Claro que hablamos, y hasta por los codos, lo que ocurre es que la forma más alta y profunda de comunicación no es comunicación sino estar en comunión. Y en este nivel dejan de ser útiles las palabras. Es tanto lo que se vive y experimenta que se utiliza un lenguaje que va más allá de las palabras. Un lenguaje donde el silencio es el medio que comunica y une voluntades. Los que tienen mucho que decir hablan poco. Los que hablan mucho siempre tienen poco que decir.

Y así fueron pasando los días, hasta que llegó el final de la estancia del rico multimillonario en el monasterio. Al despedirse del Padre Abad le dijo:

— Me ha quedado una última duda, pero creo que sólo yo podré aclararla.

— ¿Y cuál es? — dijo con curiosidad el Abad.

— Pues que después de lo visto aquí estos días… uno de los dos debe estar loco, o usted o yo. — Y quedándose pensativo mandó a su chofer arrancar el coche para irse.

 

 

Dinámica para el trabajo en grupo

 

El animador entregará a cada joven un papel del tamaño de una tarjeta de visita. Se trata de hacer un juego teatral. Cada joven tendrá que inventarse un personaje que interpretar; en la tarjeta de visita escribirá su nombre y profesión. Después, el grupo se divide en dos: unos servirán a Dios y los otros al dinero.

Cada cual deberá escribir detrás de la tarjeta, de manera esquemática, qué cosas concretas delatarían en su personaje que sirve a Dios o al dinero, según le haya tocado. A continuación, los jóvenes a sus respectivos personajes: se presentan al grupo, indicando cómo son, qué hacen, cómo viven, etc, de tal manera que se note con claridad a quién sirven. Por último, se abre el diálogo (el animador, en su caso, ha de precisar bien qué significa «servir a Dios» y, para no caer en espiritualismos baratos, subrayar el servicio a los demás, compromiso por la justicia, etc.).

 

 

CUESTIONES PARA EL DIÁLOGO

 

¡ ¿A qué falsos ídolos sirve la gente de hoy? ¿Qué consecuencias tiene en sus vidas?

¡ ¿A quién quieres servir tú? ¿Por qué a ese y no a otro?

¡ ¿Por qué provoca interrogantes la vida cristiana cuando se vive de verdad?

¡ ¿Eres crítico con el ambiente que te rodea o te dejas influir por la publicidad, modas, estilos de vivir, etc?

 

 

 

Sugerimos en segundo lugar un breve happening orientado a la apertura, al encuentro con los otros, con otras culturas, etc. Como trabajo previo a la escenificación, podrían elaborarse diversos mapas del Tercer Mundo, mapas de la pobreza… Para la ambientación y puesta en escena, las personas se organizan en parejas (tantas como culturas se quieran expresar) formando la silueta de un barco. La escena se inicia cuando todos se ponen a remar, cantando el «Kumbayá» (o «Ven y sálvanos») y expresando así diferentes esclavitudes a lo largo de la historia (negros, niños, mujeres…). Poco a poco y al ritmo de la canción, se deshace el barco para ir formando un semicírculo desde el que cada cultura exprese algo de sí misma: se formula la pregunta «¿cuál es el deseo de…?» y responde cada una de ellas (contestan, por ejemplo, los gitanos: nuestro deseo es que no falte trabajo ni alegría, por eso cantamos —sigue canto y baile gitano—). Se van sucediendo culturas, pueblos, etc. hasta volver a formar el barco inicial. Con todo el proceso se ha de interpelar a cuantos asisten, ayudar a que se impliquen con bailes, cantos, juegos, etc.

Para una ulterior profundización, proponemos el siguiente diálogo escenificado. Según las circunstancias, se modificará conforme interese (personajes: Kike, María, ricos, niños y muchachas…).

 

Escena primera

 

De fondo, un telón negro; algo frío, desesperanzado. Una cinta, salida de no se sabe dónde, divide el espacio de los personajes: Kike, desencantado de la vida, conversa con María, también escasa de aliento para vivir y buscar.

 

– MARÍA: (Acercándose a Kike) ¡Hola, Kike! ¿Qué haces?

– KIKE: (Atento a su videojuego, no escucha ni responde).

– MARÍA: ¡Pero kike! ¡Kike!, ¡hola…! ¿No me escuchas? (mueve la mano delante de sus ojos).

– KIKE: ¡Eh…! ¡Ah…! ¡Hola, María! ¿Qué haces tú por aquí? (sigue con su juego; mata un marciano con gran alborozo). ¡He matado a un tonto verde de estos!, ja, ja, ja… (se ríe con una gran y estúpida carcajada).

– MARÍA: Nada, de paso (pausa). Oye, ¿has leído el periódico? (espera la contestación, pero Kike sigue ocupado en lo suyo). ¿Sabes lo que está pasando en África? Allí… (Kike le interrumpe bruscamente).

– KIKE: ¡Yo qué se…! ¿A mí que me importa? (pausa). ¡Otro, otro, otro! (salta emocionado al cargarse otros tres marcianitos).

– MARÍA: (Molesta) Pero Kike, ¿cómo puedes estar tú tan tranquilo jugando a la maquinita esa, mientras millones de personas mueren injustamente?

– KIKE: (Con aire despreocupado) ¡Ah…! Este es mi mundo; aquél es otro.

– MARÍA: Pues mira, Kike, mira (se vuelven hacia el lado donde aparece otra escena).

 

Escena segunda

 

Aparece una imagen de África (o otra realidad, problema, etc.): gente como aparcada, tirada en una esquina y esperando la piedad de alguien que pase por delante. En ese grupo, hay una muchacha tocando la flauta y otra las maracas; una tercera intenta recoger limosnas con un sombrero en la mano.

Aparecen dos ricos del «primer mundo», separados del resto por una cinta, derrochando su dinero; los mendigos se acercan desesperados a ellos. Los ricos permanecen impasibles; los mendigos lloran ante la hipocresía e insolidaridad del mundo.

De pronto, aparecen dos niños, sonrientes y con gesto de solidaridad, que alivian el dolor del Tercer Mundo con su alegría y cercanía. Tornan los ricos, intentando echar fuera a los niños. Habla uno los ricos.

 

– RICOS: ¡No, no! ¡Hemos perdido el dinero! ¡Hemos sido engañados por los nuestros! (los dos ricos se palpan, descubriendo que no tienen nada).

 

Los pobres extienden su mano ofreciéndoles un poco de pan, que los ricos aceptan y agradecen. En la escena aparece un personaje nuevo con un gran letrero donde está escrito «Solidaridad» y corta la cinta que separa mundos… Kike y María vuelven a primer plano.

 

– KIKE: (Tirando el videojuego) Ya veo que aquel mundo y este son el mismo mundo.

 

Todos los personajes se juntan en el centro cogidos de la mano. Uno de ellos invita a reflexionar sobre lo representado, particularmente, a tomar en consideración los valores de la solidaridad, tolerancia, igualdad, entrega, interés por los más pequeños y pobres… En el diálogo habrá que hacer hincapié en cómo para conocernos mejor hay que mirar y descubrir el rostro de los otros, sobre todo de los marginados.

 

 

3                                                                   El Tesoro Escondido

 

Todos llevamos dentro las posibilidades para vivir una vida con sentido, siendo humanamente felices. Para hacerlo posible, entre otras cosas, hay que tener un «porqué» y no mendigar exclusivamente el «cómo» vivir.

 

 

El escondite

 

Un día, mientras los demás descansaban, el Hombre y la Felicidad decidieron jugar al escondite. Hacían tan buena pareja y eran tan inseparables que no tardaban casi nada en encontrarse. Se lo estaban pasando bomba, aunque cada vez era más difícil encontrar un sitio nuevo donde esconderse. Así que, cuando le tocaba esconderse a la Felicidad, la Mentira, que paseaba por allí disfrazada de Verdad, le aconsejó que se escondiera dentro del Hombre, ése sería el último lugar donde se le ocurriría mirar. Y así lo hizo. Aprovechando un descuido se metió dentro de su corazón.

Cuando el Hombre se puso a buscarla, no había manera de poder encontrarla. El tiempo pasaba y el miedo a que le hubiera pasado algo crecía. Lo cierto era que no podía vivir sin ella. La Felicidad gritaba desde el corazón para decirle dónde estaba, pero el Hombre estaba tan preocupado buscándola por fuera que no prestaba atención a su interior. Y cuando eso ocurre, las puertas del corazón humano se cierran dejando encerradas allí dentro todas sus riquezas.

 

Entonces, la Mentira —disfrazada de Verdad— se acercó para decirle que había visto marcharse a la Felicidad por el camino que llevaba al Reino de la Oscuridad. El Hombre, sin dudarlo, marchó corriendo hacia allí. Pero cuanto más se adentraba en aquella dirección, con más fuerza algo muy dentro de él decía que iba por mal camino. Se detuvo un momento en su  frenética carrera y pronto comenzó a escuchar los gritos desesperados de la Felicidad que le llamaba desde lo profundo de su corazón.

Desde entonces, decidieron hacerse inseparables y no perderse de vista para que nunca más la Mentira les volviera a engañar. Y así, la Felicidad se quedó para siempre dentro del corazón humano.

 

 

 

Dinámica para el trabajo en grupo

 

El animador escribe dentro de una hoja doblada la palabra Felicidad. Un voluntario o voluntaria sale de la sala, mientras entre todos esconden el «papel con la felicidad». A continuación comienza la búsqueda, en la que el resto del grupo podrá dar pistas diciendo solamente frío o caliente (el ejercicio se puede hacer más de una vez y con diversas modalidades: pistas verdaderas, falsas, etc.). Tras un breve comentario del juego, conforme a la modalidad elegida, cada uno recibe su correspondiente «hoja de la felicidad» para escribir en qué consiste, que aspectos forman parte de ella, etc.

 

 

CUESTIONES PARA EL DIÁLOGO

 

¡ ¿Si la Felicidad está «dentro» del ser humano, por qué crees que le cuesta tanto encontrarla? ¿Qué es lo que le impide escucharlo la voz interior de la felicidad?

¡ ¿Conoces a muchas personas que te hayan dicho que son felices o que ves que son felices? ¿Cuáles son sus características? ¿Te relacionas con alguna de ellas?

¡ En última instancia, es Dios quien habita en nuestro interior… ¿Eres consciente de llevar un tesoro escondido? ¿Por qué caminos intentas acercarte a Dios tanto como él se ha acercado a ti? Por ejemplo, ¿qué experiencia tienes de oración? ¿Cómo es tu oración?

¡ Podéis, por un lado, terminar con una oración a partir de textos referidos a las dos narraciones: MT 6,24 («No podéis servir a Dios y al dinero») y Mt 13,44 («El tesoro del Reino…»); y, por otro, concretando compromisos de cara al verano. n