Modernidad y postmodernidad: cambio de valores en la juventud

José Luis Moral

 

Universidad Pontificia Salesiana (Roma)

 

Una vez desmenuzados los términos englobados en el título, nos proponemos un rápido viaje descriptivo a través del cómo son y qué valoran las jóvenes generaciones. Un recorrido eminentemente enunciativo, sobre bases sociológicas, pero también con ciertas claves interpretativas. Los mojones del trayecto: el tipo de sociedad y la identidad de las personas jóvenes, por un lado; la cultura, la ética y la religión, por otro. La orientación hermenéutica, en principio, une estrechamente Modernidad y Postmodernidad, entendiendo que la segunda no existe sin la primera y tampoco puede concebirse como algo radicalmente distinto de ella; de ahí, en segundo lugar, que el cambio no sea sino un proceso que viene de lejos, en el que más que transformación de los valores de la juventud, asistimos a una profunda alteración de la realidad social y humana que, lógicamente, tiene unos reflejos directos en la vida de las chicas y chicos de nuestro tiempo.

 

  1. Unir conceptos problemáticos

 

Empezamos proponiendo un sencillo juego combinatorio con las expresiones del título. Si relacionar términos diversos entre sí no es tarea simple, llevarlo a cabo con conceptos polisémicos y ambiguos, cuando no oscuros, resulta prácticamente imposible. De ahí que nos quedemos en una simple aproximación, indirectamente relacional, al binomio «modernidad-postmodernidad», a los valores y a los jóvenes.

 

1.1. Modernidad y postmodernidad: un nuevo «estado de conciencia»

 

Evidentemente, no es posible entender cuanto nos pasa o, en nuestro caso, entender lo que pasa a los jóvenes sin remitirnos al contexto, cuya primera aproximación arroja un dato claro: vivimos un particular momento histórico de cambio epocal. La humanidad camina hacia unas configuraciones sociales, económicas, políticas y religiosas de una novedad tan radical como para romper todos los esquemas de los que hasta ahora nos servíamos para entender la vida. Con otras palabras: están caducando definitivamente las imágenes del mundo que aseguraban el conocimiento y la acción, al tiempo que nos vemos en la obligación de reconstruir la racionalidad y el sentido.

El ser humano, para su equilibrio vital, necesita convencerse de que el mundo y la historia, cuanto hace y piensa, forman parte de un todo con sentido. Por eso, aunque no siempre se sepa expresar adecuadamente o aunque sea de modo casi inconsciente, nos acogemos a una «cosmovisión», esto es, a una visión general del mundo, la vida, la historia, etc., con un sentido global (o un sinsentido total, lo que no dejaría de ser igualmente una cosmovisión con –un– sentido). Durante mucho tiempo, bien la filosofía bien la religión, o las dos a la par, se encargaron de esta tarea. En Europa y prácticamente hasta el siglo XVIII, el cristianismo proporcionó –cuando no impuso– el sentido y el «universo simbólico» con el que desarrollarlo en todos los ámbitos de la existencia.

Si se emplearon más de XVII siglos para consolidar ese refugio seguro al sentido de la vida, lo cierto es que en menos de tres saltó por los aires. Nos encontramos apenas a distancia de dos siglos de las explosiones más determinantes del derrumbamiento. No debe extrañarnos, por tanto, que actualmente nos resulte todo menos obvio, más problemático, complejo y oscuro. La Modernidad nacida de la Ilustración nos ha ido dejando sin la cosmovisión que por tanto tiempo nos protegió de cualquier inclemencia. En cierto modo, hemos tenido que comprar la libertad al precio de la inseguridad. Ni la naturaleza, ni Dios, ni las autoridades nos aseguran ya una base sólida al significado de la vida y su historia en el mundo; aunque sólo fuere por habernos convencido de que el ser humano consiste precisamente en eso, en crear significado, en decidir por él mismo su destino. Nada ni nadie nos puede ahorrar o resolver tal responsabilidad.

Aunque concepto problemático en exceso, justamente, la modernidad se asocia al proceso universal de «nueva racionalización» con el que, dejando a parte otras consideraciones, el hombre se abre camino como ser racional, autónomo y libre, notas que marcan definitivamente la identidad y acción humanas. Huelgan más consideraciones para nuestro objetivo: el paradigma explicativo moderno ya ha consagrado, irreversiblemente, la racionalidad crítica, la autonomía y la libertad como bases de identidad del ser humano, y la secularidad como entorno fundamental donde realiza su vida.

Como es bien sabido, el entusiasmo con el que la Ilustración se confió a la razón humana generó inmediatamente algunas desmesuras y, poco a poco, se fue agrietando esa confianza inalterable en la fuerza de la razón y del conocimiento. Era el tema ilustrado por excelencia y, aunque muchas iniciativas positivas y otras tantas expectativas han camino desde entonces de la mano de la razón y la ciencia –algo que no podemos nunca olvidar si queremos ser justos con la historia–, supuso también una de las cuestiones más controvertidas. Tanto la idea de razón como la comprensión moderna del conocimiento han ido incubando un profundo malestar en la conciencia moderna hasta el remate descalificador de la postmodernidad.

No contrapondremos ambas perspectivas, ni terciaremos en la polémica acerca de la realidad o menos de la postmodernidad[1]. La consideramos simplemente como una «prolongación crítica» de la modernidad, en tanto que reelabora y reinterpreta o pretende ser una reescritura de la sociedad y cultura modernas; sin solazarnos tampoco en la descripción del «desencanto» que rezuman las recomendaciones alternativas que nos aconseja.

En esta óptica, la postmodernidad ha trastocado los dos principales procesos de reconstrucción que traía entre manos la modernidad: el de la racionalidad y el del sentido. Respecto al primero, en el siglo pasado culminó la revolución interna quizá más importante del mismo, la epistemológica. A partir de entonces, la racionalidad ha de reconstruirse sobre la base de que todo ver es interpretar: nadie conoce las cosas como son, todos interpretamos. Nadie puede ya abonarse a verdades cuya garantía no descanse en interpretaciones argumentadas. Se impone, de base, una «mentalidad hermenéutica». Pues bien –y apartando desmanes de arbitrariedad y relativismo–, la postmodernidad radicaliza este desarrollo en curso desconfiando de los fundamentos de la realidad y de la objetividad de la historia: mucho de razón lleva cuando considera que aquéllos no son sino «construcciones sociales», y hasta ficciones, o que ésta se edifica y transmite desde la perspectiva de poderes salpicados con tonos oscuros.

El tema de la racionalidad abocó lógicamente en el del sentido: hoy, en efecto, resultan inadmisibles los esquemas deductivos premodernos, apoyados bien en una «metafísica desde Dios» –la edificada sobre el cimiento de la «ley divina»– bien en la «metafísica desde el hombre» –sostenida por unos primeros principios evidentes e inmutables–. Al respecto, por lo demás, estamos en fase de nueva búsqueda –una vez que los «derechos humanos» o la democracia, por ejemplo, se confirman como plataformas comunes para desplegar el sentido de la vida humana–. En este segundo proceso, también la postmodernidad nos empuja certeramente a pasar «del ser como estructura al ser como acontecimiento» (M. Heidegger).

El nuevo «estado de conciencia»[2] de los hombres y mujeres de nuestros días va por ahí… Pero el individuo resultante fragua lentamente, y no faltan adversidades. En relación con la vida de los jóvenes, la formación de la identidad en la sociedad moderna se ve obstaculizada por perfiles problemáticos como estos: 1/ La secularización y laicización, en grado de confirmar la autonomía, libertad y creatividad humanas, pero rodeadas de unas condiciones sociales que frecuentemente dificultan la responsabilidad, mientras favorecen la dependencia y la manipulación; 2/ La complejidad y fragmentación, agudizadas con la presente crisis de las instituciones, que entorpecen, cuando no entrampan, los procesos de socialización; 3/ El pluralismo, a veces, extralimitado en la legitimación de un relativismo que imposibilita la existencia de sistemas de significado y valores culturales comunes, con lo que se produce una grave desorientación ética y la desviación hacia actitudes blandas y acomodaticias (pragmatismo, escepticismo) o duras en la reivindicación de seguridades a cualquier precio (racismos, fundamentalismos); 4/ La «lógica» capitalista y consumista que conduce a la multiplicación insolidaria de las necesidades, generando más y más insatisfacciones.

La propia evolución de la modernidad y las correcciones positivas introducidas por la postmodernidad también ofrecen rasgos menos conflictivos. Entre otros: la ampliación de la racionalidad más allá de los estrechos límites de la ciencia empírica y de la técnica, junto al (re)descubrimiento de lo simbólico, del sentimiento, de lo estético, etc.; la asunción de nuestros límites para reconocer que, desde luego, sólo disponemos de un «pensamiento débil» o para prevenirnos contra interpretaciones absolutas, apodícticas, (demasiado) globales y unitarias; en fin, la centralidad que adquieren el consenso y los acuerdos en la búsqueda de la verdad o la importancia del diálogo, la tolerancia y el respeto.

 

1.2. Valores para… una ciudadanía arraigada y cosmopolita

 

Valor o valores y, sobre todo, «educación en valores» han pasado a formar parte de las atribuciones básicas con las que las personas, grupos o instituciones se presentan en sociedad. Todos pretenden educar en valores, aunque luego colonicen, domen o chantajeen. Nada más equívoco, por tanto.

Sin entrar en grandes honduras, que no hacen al caso, nos situamos en una posición «objetivo-subjetiva» que define el valor, parafraseando a Lalande, como carácter o propiedad de las cosas que consiste o reside en ese «ser estimadas o deseadas» con el que los sujetos o grupos se relacionan con ellas. No se trata sólo de la cosa del valor, pues, sino que en ella se encuentra implicado de manera esencial el ser humano: a la fin y a la postre, es él quien constituye el valor, si bien no desaparece la realidad de tal cosa. Aunque en cierto sentido podamos hablar de los valores por sí mismos, en definitiva, no existen sin la valoración de los hombres y mujeres, es decir, el centro axiológico reside en las personas.

Lo decisivo para nuestro tema, sin embargo, se refiere al doble problema de cómo conducir –qué pedagogía, medios, procesos, etc.– a «valorar y adquirir valores», y en qué valores específicos importa educar. Dado el carácter descriptivo de estas páginas, sólo indirectamente tomamos en consideración tales cuestiones, esto es, en tanto en cuanto frente a los valores no podemos ser neutrales y, en consecuencia, cualquier reflexión o acción educativas ha de atreverse siempre a proponer algunos en concreto[3].

La «transmisión de valores», asunto donde concentrar sintéticamente el cómo y qué anteriores, se ha ido resolviendo con diferentes enfoques. Hasta hace bien poco, se recurría al sistema de la «clarificación de valores» (Simon, Kirschenbaum), cuyo objetivo se centraba en hacer a la persona consciente de sus propios valores, insistiendo en el proceso a través del cual se habían adquirido en la familia, con los amigos, en la escuela, etc. El enfoque educativo más popularizado se mueve en torno al denominado «modelo del desarrollo moral» (Kohlberg, Hersch), que pretende establecer una pauta evolutiva, racional y cognitiva del juicio moral conforme al nivel de desarrollo de la persona. Subrayando más la vertiente emocional y afectiva, que la cognitiva del modelo precedente, E.H. Erikson construyó otro sistema de desarrollo a través de diferentes estadios descriptivos de la vida humana, desde sus inicios hasta la ancianidad. B.P. Hall trata de integrar las vertientes cognitiva y afectiva, refiriendo los valores a los dos universos en que vive cada persona –el externo de la familia, amigos, instituciones, etc.; el interno de las propias imágenes, fantasías e inconsciente–: precisamente ahí, los valores son la clave o «efecto génesis» que posibilita la actuación de las imágenes internas sobre la realidad externa para transformarla conforme a las prioridades y visión del mundo de cada persona o institución[4].

Más que teorías operativas, todas terminaron pareciéndose al «procedimentalismo» que se fue imponiendo con el triunfo de la ética del discurso y la teoría de la justicia de J. Rawls. Ahora el quid de la cuestión pasaba a los procedimientos para determinar si algo es o no justo, puesto que en la justicia está la clave de la vida compartida. No obstante, a nadie le mueven los procedimientos; lo determinante reside en el «mundo de los valores». Así es como ha surgido la «noción de ciudadanía» cual concepto aglutinante en torno al cual estructurar la educación en valores. A. Cortina ha perfilado atinada y detalladamente el término, así como las dimensiones y núcleos fundamentales de valores con los que educar para ser «ciudadanos del mundo» desde la propia tierra, para vivir en un mundo a la vez local y global. En este sentido, habla ella de un «cosmopolitismo arraigado», es decir, consciente de las raíces de toda persona –“la ciudadanía es primariamente una relación política entre un individuo y una comunidad política”– y, especialmente, de su sentido –“asumir el universalismo de quien sabe y siente que es un ser humano y nada de lo humano le puede resultar ajeno”–, pues “lo que construye comunidad no es sólo tener vínculos adscriptivos comunes, sino sobre todo tener una causa común”[5].

Nuestra exposición mirará siempre de reojo esta dirección de los valores o el objetivo de una ciudadanía arraiga y cosmopolita que cada joven ha de encarnar con su propia vida. Los datos sociológicos que utilizamos, precisamente, confluyen en esa misma perspectiva.

 

1.3. Jóvenes y juventud: algo cada vez más relativo, pero «largo»

 

Dos palabras, por último, sobre eso de «hablar de los jóvenes». Aunque comentamos mucho de ellos, aunque se multiplican los estudios, aunque sentimos vivamente la necesidad de conocerlos, no es nada sencillo hablar de los jóvenes. Y no es fácil, en primer lugar, porque la mayoría de nosotros no somos jóvenes y nos ponemos a disertar sobre quienes seguramente preferirían hacerlo por sí mismos, aunque no estén muy acostumbrados, con el riesgo de utilizarlos como terreno gratuito para nuestras proyecciones y justificaciones de adultos.

En segundo lugar, nadie piense que se puede hablar de la juventud como si de algo real y uniforme se tratara. Cada día descubrimos más palpablemente la inutilidad actual de la categoría sociológica de juventud: no hay juventud sino jóvenes –si algo caracteriza a la realidad juvenil es su diversidad y pluralidad– y la necesidad de conseguir un denominador común para todos ellos también nos empuja sin darnos cuenta al mundo de la caricatura. Por ahí anda uno de los problemas centrales del sinfín de investigaciones sobre la juventud. Para mayor complicación, ser joven hoy es bien relativo: una realidad cada vez menos en función de la biología y más determinada por la cultura y la sociedad. Además y como tendremos oportunidad de comprobar, si hubiéramos que apuntar una de las novedades más significativas de las nuevas generaciones, quizá debiéramos referirnos, por desgracia, a las pocas diferencias que las separan de las adultas. Las disparidades intergeneracionales no son muy grandes: cada vez los jóvenes se parecen más a quienes ya no lo somos, sobre todo, en las contradicciones que los mayores no sabemos o no queremos evitar.

Por otra parte, en todas las épocas, el debate alrededor de los jóvenes ha sido uno de los temas a través de los cuales la sociedad ha reflexionado acerca de sí misma. Hablando propiamente, por lo tanto, no hay problemas o cuestiones juveniles, sino problemas sociales que se reflejan o condensan en los jóvenes. En tal perspectiva, sí constituyen una imagen –y bien elocuente– del cambio experimentado por el ser humano a lo largo de los últimos cien años: iniciamos el XX asidos a una especie de «metafísica de la juventud» que idealizaba su identidad hasta convertirla en paradigma de futuro y novedad –«La juventud está en el centro donde nace lo nuevo», exclamaba W. Benjamin allá por 1914–; al comienzo de esta nueva centuria, ese tipo de metafísica suena a mentira sarcástica.

Las generaciones jóvenes han sido las más explotadas para los caprichos de la modernidad, ayer; ahora, en los de la postmodernidad. A estas alturas, nadie se atrevería a definirlas como imagen y prefiguración del futuro, sin tampoco querer reconocer que son el fiel reflejo de los disparates de nuestra sociedad y que sí anticipan el rostro de las víctimas del mañana que esbozamos hoy[6]. De todos modos, en el indudable proceso de configuración cultural de una forma inédita de ser y vivir en el mundo o de un «nuevo individuo» en que nos encontramos, ya disponemos de una anticipación de resultados: el rostro y la vida de los jóvenes.

Por lo demás, juventud y sociedad forman un binomio mal avenido. Esa es la razón por la que siempre se ha invocado un aparente o real divorcio para explicar y hasta justificar la visión social de los jóvenes sobre la base de una respuesta-tipo –cuando no vulgar estereotipo–. Sírvanos de ejemplo estas palabras de Salustio, de hace un par de milenios: “Los jóvenes de hoy no son como los de otras épocas; aquéllos eran respetuosos con sus mayores, generosos y honrados, pero los contemporáneos, están invadidos por la disolución, son de ánimo blando, resbaladizo, fáciles de prender en los engaños…, amancebados, jugadores y despilfarradores”[7].

Ciertamente «ser joven» es algo muy relativo, pero más cierto aún que se es joven, siempre y cada vez más, para largo (¡hasta los 35!, por lo menos)[8]. Nos ocuparemos más adelante de las causas (obvias), para cerrar ahora con los números básicos: el peso demográfico de los jóvenes en España está disminuyendo, pero todavía la población entre 15 y 29 años –a la que nos referiremos siempre como juventud– representa el 22’7% del total –tras Irlanda, la segunda en relieve dentro de los países de la Comunidad Europea–, casi 9 millones, de los que 4.580.784 son varones y 4.397.542, mujeres[9].

 

  1. Jóvenes en una «sociedad débil y de riesgo»

 

Las tradicionales «sociedades simples» aseguraban el sentido a través de instancias que transmitían una identidad colectiva –repleta de convicciones y certezas– en la que se reconocían los individuos sin mayores problemas; en las «sociedades complejas» existe un ilimitado número de propuestas que dificulta la construcción de la identidad personal y frecuentemente nos sume en un fondo de incertidumbre.

El ideal ilustrado y el proyecto moderno de sociedad, dicho telegráficamente y aludiendo sólo a los datos más críticos, quedó a merced de la razón científico-técnica, con la economía como centro productor de significados cada vez más preponderante y la burocracia como clave estructuradora de las relaciones sociales. El rumbo histórico de tal configuración nos resulta palmario: capitalismo, globalización y «riesgo». Aunque olvidan otros aspectos fundamentales –las condiciones inhumanas de la vida en el «tercer mundo» o la exclusión creciente en el primero y segundo, en particular– los postmodernos llevan su razón en la denuncia de las sociedades capitalistas que han alcanzado un alto nivel de vida, pero están corroídas por el sinsentido y el aburrimiento. Se desenmascaran a sí mismos, sin embargo, cuando se alzan como pregoneros que delatan la imposibilidad de cambiar la sociedad y acuerdan disfrutarla mientras resulte posible, invocando que tan sólo así –como «sociedad débil»– tiene algún sentido.

En suma, nos encontramos en plena «era de la globalización», conscientes de que todo, para bien o para mal, repercute sobre todos, sobre la naturaleza y sobre la historia. Resta por comprobar si la conciencia de globalidad superará la mera dimensión económica para asumir la responsabilidad solidaria tan imprescindible porque, en particular, la sociedad moderna se ha transformado en una azarosa «sociedad del riesgo»[10], principalmente para los más pobres y débiles, entre los que se encuentran, sin duda, los jóvenes.

 

2.1. Sociedad «individualista»

 

El sujeto de la modernidad es un tipo de persona fuertemente marcado por la vivencia y valoración de la autonomía individual. En todo caso, el individualismo por el que se decanta responde a otro rasgo socio-cultural más amplio: el giro hacia la subjetividad o el proceso de subjetivización que atraviesa toda la cultura moderna. La ambigüedad del recorrido une fenómenos tan dispares como un elevado sentido de la libertad y dignidad personales o el aprecio sin medida de la autonomía –hasta el anonimato–, con un hiper-individualismo condenado al vacío; así caracteriza Lipovetsky cuanto denomina la «segunda revolución individualista» a la que asistimos hoy[11]. En efecto, si la individualidad nunca estuvo exenta del peligro individualista, ahora ha degenerado en actitudes egoístas y cerradas. Unido a esto, los postmodernos se reconocen herederos del hallazgo nietzscheano de la contingencia radical del hombre, que le remite a sí mismo sin referencia a ningún otro fundamento posible. Al ser humano, una vez que se apagaron por sí mismas todas las convicciones firmes que la modernidad propuso como razones para vivir, no le queda más alternativa loable que el disfrute de lo poco o mucho que tenga…

 

  • ¿«Segunda revolución individualista»?

Se trate o no de una segunda revolución individualista, sus reflejos sociales son la muestra más evidente de un «mundo desbocado» en ese sentido[12]. La reciente encuesta europea sobre valores constata la omnipresencia de modelos de conducta individualistas y egoístas, tan contradictorios como para concebir la misma solidaridad dentro de tales esquemas[13]. Pero incongruencias así, gracias a Dios, son también el reflejo de que algo está cambiando; la referida encuesta sirve para comprobar también que rebrota una cierta ética ciudadana, despertada por el incremento de la sensibilidad ante la injusticia. La última obra de F. Fukuyama tiene como punto de mira el deterioro paulatino de las condiciones y valores sociales que acompaña el paso de la sociedad industrial a la de información, y sostiene que, tras esa gran ruptura de valores, existen indicios de reconstrucción de un nuevo orden social. En cualquier caso, la edificación de la sociedad sigue dominada por una cultura individualista que ha tomado dos direcciones: la instrumentalista, que concibe el orden social y las instituciones como meros instrumentos para que el individuo consiga sus metas, y la expresivista, obsesionada con la realización personal o autorrealización.

 

  • La difícil identidad y sus «lógicas vitales»

La juventud es una época determinante en la construcción de la identidad personal. El actual contexto social, con el clima complejo de la modernidad y los cambiantes aires posmodernos, no favorece para nada la empresa. Además, las jóvenes generaciones, faltas de maestros y poco acostumbradas a ejercitar la memoria, han cambiado el modelo de identificación por el de la experimentación. Vitalistas, por encima de todo, quieren experimentar para conocer; no les sirve saber «de oídas». Así es como van resolviendo su identidad, preferentemente, en las relaciones con el grupo de iguales y amigos, privilegiando también el ocio y el tiempo libre como los espacios donde decidir y diferenciarse. Asimilan y practican, en este proceso, una las lógicas vitales que más les caracterizan, la del «doble vínculo»: compaginan sin escrúpulos actitudes de aceptación –y hasta sometimiento, sin grandes dificultades– durante los días de trabajo semanales con las de rechazo y trasgresión del fin de semana o de las noches festivas.

Por símiles derroteros, alcanzan los jóvenes una identidad débil, abierta y acomodaticia que lo tiñe todo de esas mismas características. Dicho con tonos postmodernos: no quieren más revolución que la cotidiana, ésa que les permite sentirse cómodos, felices hasta donde el cuerpo aguanta. Domina en ellos la «razón instrumental» y una despreocupada alegría de vivir: si hay que estudiar, por ejemplo, será casi exclusivamente para conseguir un título y obtener un empleo; al considerarse como presos entre rejas escolares, quieren y consiguen mucho ocio y muy diverso –siendo capaces de dedicar en un fin de semana más tiempo a la diversión que al estudio en toda la semana–; engordan la permisividad y enflaquecen el compromiso, administrando frívolamente rechazos y simpatías.

Cuesta abajo semejante nos conduce a otra de las lógicas o rasgos más pronunciados de la juventud actual: la «implicación distanciada» respecto a la vida y sus problemas. En los jóvenes existe una falla profunda, un hiatus entre los valores finalistas y los instrumentales: invierten en valores finalistas –pacifismo, ecología, tolerancia, lealtad, solidaridad, etc.–, no obstante se despreocupan de los instrumentales –esfuerzo, autorresponsabilidad, compromiso, participación, abnegación, trabajo bien hecho, etc.–, con lo que todo lo anterior corre el riesgo de reducirse a puro discurso bonito. “Apuestan fuertemente por fines nobles, pero les falta el ejercicio de la disciplina”[14].

 

2.2. Jóvenes: iguales, pero diferentes a los adultos

 

No se trata de un gratuito juego de palabras. Aunque diferentes por jóvenes, sin embargo, son cada vez más iguales a las generaciones adultas. Lejos quedan, y olvidados, los movimientos juveniles de los 60 y sus luchas por la emancipación institucional, incluso el pasotismo desencantado de los 70; sólo parece pervivir la invitación a refugiarse en la madriguera iniciada en los 80.

Iguales… porque –encontrándonos, como algunos han afirmado, ante la generación joven más integrada de toda la historia- el problema reside en que estamos configurando un mundo donde cada vez nos parecemos más unos a otros. La civilización contemporánea es una gran domadora y, poco a poco, todos vamos entrando por el aro: deseamos lo mismo, pensamos lo mismo, vestimos y comemos lo mismo.

Algunos factores clave que igualan los jóvenes a los adultos: la economía neoliberal-capitalista de mercado, el primero y por encima de cualquier otro, junto a la globalización e interdependencia que impone el comercio hodierno. A continuación, la revolución tecnológica y la reorganización tanto de roles sociales como del tiempo en la vida de las personas; la producción de una información prácticamente inabordable, el protagonismo que adquiere la mujer o la importancia vital del tiempo libre.

Los aires neocapitalistas inflan la importancia del dinero y del poder, mientras deshinchan el valor de las ideas y vínculos personales. Esta atmósfera debilita los marcos de referencia del crecimiento humano, reblandece la identidad y las relaciones, exalta hasta la apoteosis sentidos y deseos, etc. Por otro lado, acabamos de cerrar un siglo en el que todo se ha sucedido con trepidante rapidez. Y si durante la primera mitad del mismo, las personas se disfrazaban para aparentar mayores o más viejas; en la segunda ocurrió exactamente lo contrario. La «juvenilización» se ha expandido siguiendo un permanente proceso que ahora lo invade todo. Paralela y burlescamente, se ha producido una injusta e impúdica devaluación de los jóvenes: se les asigna una identidad, pero se oculta su entidad; «vende» por doquier «lo joven», pero los jóvenes no cuentan con ningún espacio social propio.

Con todo, siguen siendo diferentes de los adultos. Todos, al caducar las imágenes del mundo que nos aseguraban inequívocamente el conocimiento y la acción, nos sentimos un poco perdidos y sin saber por dónde tirar. Pero, mientras los mayores encaramos un éxodo así con grandes dosis de disimulo e intentos desesperados por ocultar la inseguridad, los jóvenes se lanzan a tumba abierta en la búsqueda del sentido para ese «nuevo hombre» que está naciendo y cuyo esqueleto ya es el suyo; por eso les toca sufrir como a nadie los dolores que lleva consigo una transformación de semejante índole.

Diferentes también a la hora de manifestar un profundo desengaño ante la historia, cargado de escepticismo frente a cualquier ideología o propuesta racional con grandes pretensiones; de ahí que prefieran cócteles de deseo y seducción, de mucho sentimiento y algo menos de razón. De ahí, igualmente, que opten por una amalgama de individualismo y gregarismo al dictado del grupo de iguales, del derecho a la diferencia, de la asimilación mimética de pautas de consumo y del politeísmo moral y religioso.

 

  • Clave de la nueva imagen: del trabajo al consumo

Diferentes, pero –en definitiva– iguales porque no les dejamos otra salida. Curioso y grotesco que, cuando tanto se valora la condición juvenil –todos se empeñan en parecer y mantenerse jóvenes– y «lo juvenil» produce sus mercados específicos –los circuitos de ocio y negocio, sus tiempos y espacios paralelos–… es, precisamente, cuando se lanza el ataque más serio a esa condición juvenil con la ruptura del «pacto social» que regía hasta hace muy poco en la sociedad, esto es, el trabajo estable como plataforma para pasar de la juventud a la edad adulta.

Justamente, una de las raíces fundamentales del cambio de la identidad de los jóvenes en la sociedad actual hay que buscarla en la ruptura de ese pacto social que determinaba la autonomía y el paso a la época adulta de cada persona cuando el joven se insertaba en la sociedad a través de un trabajo estable, la correspondiente independencia económica y el hogar propio. Este tácito acuerdo social funcionaba como gozne regulador e integrador; venía a ser una especie de «percha» donde se colgaba la identidad y el proyecto vital. Desde el trabajo que cada uno ejercía, se desarrollaban los vínculos propios de la madurez con las personas, el territorio y las cosas. Se trataba entonces de una sociedad cohesionada que ofrecía a las generaciones jóvenes un itinerario –escolar, laboral, etc.– claramente orientado hacia una definición estable de la propia identidad y proyecto de futuro[15].

Amén de fuente de identidad, el trabajo constituía también la raíz del estatus e, incluso, contenía –y contiene– algunos de los gérmenes psicológicos más imprescindibles para una autopercepción positiva y equilibrada. Tanto el desarrollo de la autoestima como del autoconcepto, en nuestro modelo social actual, siguen teniendo mucho que ver con el empleo. Aún hoy, por lo pronto, los otros nos reconocen y valoran en función del trabajo que desempeñamos.

La (i)lógica del mercado terminó por romper el pacto, cerrando paulatinamente la posibilidad de construir la identidad en referencia a un trabajo estable. Aunque debamos matizar cada vez mejor la catalogación de “jóvenes desempleados”- en cualquier caso, se ha quebrado el carácter vertebrador ejercido por el empleo estable. La zozobra introducida por dicha quiebra desencadena otra serie fenómenos determinantes para la identidad y desarrollo cotidiano de la vida. Por ejemplo, la escasez o precarización del mercado laboral ha conducido a las jóvenes generaciones a desentenderse del futuro, vinculando trabajos o trabajillos al presente, al dinero y al consumo inmediato y compulsivo.

Es precisamente el consumo, por desgracia, la alternativa para un «nuevo consenso», y ocupa ahora el puesto que el trabajo cumplía en el pacto anterior (éste ha de ser, por tanto, uno de los núcleos donde centrar las tareas educativas). No en vano, nuestro sagaz y tan poco humano sistema capitalista ha descubierto inmediatamente que los jóvenes, al retrasar su emancipación y obligar a las familias a consumir más –estrechando las posibilidades de ahorro e inversión–, constituyen un mercado con alta capacidad de consumo inmediato. De este modo y exacerbando por todos los medios los sentidos y los deseos, el consumo es percibido por los jóvenes como un estilo de vida normal y pauta central de integración social.

El trabajo cual factor básico para la construcción del proyecto vital y de la identidad se sustituye por el consumo que, en el caso de la identidad juvenil, exalta el ocio y el tiempo libre, desorbitando la importancia del «aquí-ahora-todo y ya»; un presentismo galopante que, a su vez, provoca un continuo zapping de experiencias, sensaciones y vivencias, negando valor al esfuerzo y sacrificio necesarios para engendrar resultados a largo plazo, para construir el futuro.

Se ha producido, de este modo, un cambio substancial en el significado del «ser joven». La sociedad les venía ofreciendo un horizonte de integración en el mundo adulto por el camino del empleo–trabajo fijo, a través del cual se accedía a la autonomía adulta; a cambio, exigía un largo período de esfuerzo y preparación mediante estudios o la realización de trabajos de aprendizaje. Aunque para una minoría juvenil siga manteniéndose dicho pacto, para la mayoría de los jóvenes se ha roto ese horizonte de integración, con el consiguiente descenso del interés por el esfuerzo.

 

  • Perfiles problemáticos de la identidad posible

Ante la pregunta del último informe del Instituto de la Juventud acerca de «cuál es el problema personal que más les preocupa», una de las respuestas más generalizada empezaba por «negar la mayor», afirmando que «nada personal constituye un problema» para las jóvenes generaciones (33%). Lo que más les preocupa, lógicamente, se relaciona con el trabajo y la responsabilidad profesional (35%) y casi nadie se declara afectado por los desastres colectivos que no les tocan directamente –como la injusticia, la pobreza o las guerras– (1%), cuando a principios de los 90 un 15% de ellos y ellas mostraba fuertes inquietudes altruistas y hasta un 30% aseguraba sentirse infeliz ante los conflictos sociales[16].

¿Qué está pasando? En primer lugar, los jóvenes suelen responder a las distintas preguntas de un cuestionario sin «lógica de conjunto»; más bien estiman cada cuestión como cerrada en torno a cualquiera de los núcleos temáticos que incluya. Por lo que las afirmaciones precedentes nos les impedirán, llegado el turno de interrogarse sobre la solidaridad o el voluntariado, por ejemplo, estimar grandemente a ambos. No obstante, se entrevé –en esta muestra y en otras muchas por el estilo– que aquellos modelos de juventud, todavía vigentes, que la piensan como «proyecto» –proyecto de adulto, proyecto de vida, etc.– y, consiguientemente, enfatizan el esfuerzo para conseguirlo…, están pasando a mejor vida, se han quedado obsoletos. Es demasiado larga la juventud como para contemplarla en función de otra cosa: hay espacios, tiempos y actividades en los que está arraigando un modo de ser, muy particular, al que se le toleraría saltarse incluso sentimientos y comportamientos que determinan substancialmente la identidad humana por tratarse, precisamente, de un «intervalo vital» o de un periodo entre paréntesis (la posible gravedad de la afirmación requeriría otros muchos desarrollos a los que no es posible atender en estas notas, por lo que la dejamos así, un tanto difuminada).

Perfiles problemáticos como el anterior se verifican con cierta claridad si atendemos a las lógicas vitales comentadas con anterioridad. La identidad abierta y los dobles vínculos o la implicación distanciada, por un lado, reducen o concentran la ética en el «culto al yo», entendido más en dirección de un «yoísmo normativo» que de la mera egolatría; por otro, sumen en un práctico abandono de la preocupación por el futuro. Así, ellas y ellos sobreestiman la autonomía posible y rechazan visceralmente toda norma que venga «de fuera». Han roto con cualquier tipo de código moral donde absolutos o totalidades pretendan asociar, cual principios unificadores, las dimensiones y fenómenos de la persona. Se impone el relativismo moral, el «hacer lo que me sale de dentro» y sin apenas prestar atención a cuanto digan los demás.

La juventud mantiene el optimismo a base de defenderse frente a la incertidumbre y miedo al futuro, desentendiéndose o desinteresándose de él. Y no les interesa ni obsesiona, porque, sencillamente, han dejado de guiarse por él. Se impone el presentismo. Nada de inquietarse con proyectos y ni tan siquiera implicarse o conectarse en serio al entorno social; nada de vinculaciones que no se realicen de forma personalizada; nada de cesiones o delegaciones, adscripciones o compromisos duraderos. De ahí, como veremos, el escaso interés por la política o la baja estima de las instituciones; de ahí también, la falta de participación social, los bajísimos niveles del asociacionismo juvenil e implicación en tareas solidarias.

 

2.3. Autonomía truncada: familia, amigos y tiempo libre

 

Obligados a permanecer en el nido familiar y alargar la juventud, lejos de molestarse, se acomodan a esa «autonomía truncada» y, haciendo de la necesidad virtud, tiran para adelante contentos, integrando como pueden ese su «ser de personas material y simbólicamente dependientes». Pero tal situación no deja de ser fuente de desajustes importantes a corto y a largo plazo.

Los clásicos modelos de socialización que se asentaban sobre la familia, la escuela y la Iglesia, han dejado paso a la presencia casi exclusiva de la familia, por un lado, y a los amigos con quienes van experimentando cómo ser y hacerse ellos mismos, por otro. Familia, amigos y diversión constituyen los elementos esenciales de la nueva socialización de la juventud. En la primera buscan y obtienen seguridad y estabilidad; los amigos son el otro referente socializador y la diversión, el ambiente de autoformación por excelencia.

 

  • ¿Hacia una familia postmoderna?

Desde 1995, el número de personas jóvenes que permanece en el hogar de los padres se ha estabilizado en torno al 77%; por lo tanto, sólo un 23% consigue salir del domicilio familiar para establecerse por cuenta propia antes de los 30 años[17].

Fuente de estabilidad material, emocional y axiológica, la familia es muy valorada por los jóvenes: sienten una verdadera «querencia por el hogar» y la mayoría vive satisfactoriamente en él; en la familia encuentran la seguridad, los afectos y solidaridades más importantes; ella es también la principal donadora de sentido y fuente de ideas tanto para construir su concepción del mundo como para definir la existencia en él. Una muestra gráfica: reproducimos a continuación un cuadro con la evolución de las respuestas ante la pregunta sobre «Dónde se dicen las cosas más importantes en cuanto a ideas e interpretaciones del mundo»[18]:

 

Lo más Importante… 1989 1994 1999 1989-99
1 En casa, con la familia 23 50 53 + 30%
2 Entre los amigos 31 35 47 + 16%
3 En los medios de comunicación 34 30 34 =
4 En los libros 28 20 22 – 6%
5 En los centros de enseñanza (profesores…) 14 21 19 + 5%
6 En la Iglesia (sacerdotes, parroquias…) 16 4 3 – 13%
7 En los partidos políticos 16 4 – 14%
8 En ningún sitio 8 2 3 – 5%

 

Los datos se comentan por sí mismos. Por lo demás, padres y madres no ponen las cosas demasiado difíciles… Predominan unas relaciones paterno-filiales distendidas y complacientes. No obstante, además de apoyo y refugio, este «encontrarse a gusto» guarda una estrecha relación con la actual debilidad de la familia. En efecto, más que autoridad y modelos, los jóvenes encuentran en sus padres una especie de colchón protector; hay «buenas relaciones», si bien es escaso el intercambio de contenidos temáticos con los que confrontarse y dar sentido a la vida[19]. Con todo, la función estratégica de la familia en la transmisión de valores en general y de los democráticos, en particular, es evidente. La seguridad emocional y existencial que las jóvenes generaciones encuentra en el hogar familiar favorece la formación de «personalidades integradas e integradoras». Además de otras actitudes para la convivencia, los valores fundamentales que la mayoría de la juventud interioriza en la socialización familiar pueden resumirse en estas tres afirmaciones: «Para lograr lo que deseas, tienes que esforzarte personalmente»; «Trata a los demás como quieres que te traten»; «Resuelve los conflictos razonando, negociando, y no a las bravas»[20].

El protagonismo mantenido y hasta creciente de las familias no logra componerse positivamente, sin embargo, con la influencia de los medios de comunicación y de los amigos o pares, las otras dos instancias socializadoras más importantes. Tanto este dato como el anterior de las «relaciones débiles», están en profunda relación con las no menos profundas transformaciones en la identidad y configuración de la familia actual. “De todos los cambios que ocurren en el mundo, apunta A. Giddens, ninguno supera en importancia a los que tienen lugar en nuestra vida privada: en la sexualidad, las relaciones, el matrimonio y la familia”[21]. Entre nosotros, “en cuestión de veinte años se ha producido una auténtica revolución en los modos de pensar y valorar el matrimonio, el noviazgo, la sexualidad extra y prematrimonial, el trabajo profesional de la mujer, la soltería, el control de natalidad y otros temas afines”[22]. Al final: por un lado, “la fragmentación de los modelos de familia hace muy difícil generalizar”[23] y, por otro, “no ha surgido un nuevo tipo prevalente de familia: la diversidad es la regla”[24].

Una consecuencia fundamental de todo ello y con palabras textuales de M. Martín Serrano: junto a otros elementos disfuncionales o rupturas, “la incorporación de las mujeres con hijos a la población activa, también supone un factor decisivo… Los cambios que se relacionan con ese «déficit» de madre son muy negativos y comienzan ya a manifestarse. Y parece importante que se tenga conocimiento de esta disfunción social, para que se puedan corregir los efectos indeseados de tal fenómeno. Esta observación en nada deslegitima el derecho de las madres a tener su propio trabajo fuera del hogar. En cambio anima a plantearse qué es lo que se deba hacer para evitar que exista tanta incompatibilidad entre la realización profesional de las mujeres y la adecuada socialización de los hijos”[25].

Esos «efectos indeseados» se traslucen en dependencias emocionales, dentro de las relaciones con los pares o en los grupos juveniles, inadaptación en los centros escolares, fracaso escolar, agresividad y, en general, conductas menos tolerantes y solidarias. Aunque sobre ello no existen datos precisos, hacia una dirección semejante apuntan las repercusiones cuando las personas jóvenes dejan de convivir con uno o ambos progenitores en caso de divorcios y separaciones.

 

  • Amigos y tiempo libre: diversión, noche y consumo

También los amigos cotizan muy alto como agente socializador y son el segundo elemento crucial de su vida juvenil. Tras la familia y por encima de los mismos medios de comunicación, de la escuela u otras instancias de socialización, la pandilla conforma el factor cardinal transmisor de ideas, señas de identidad –muy en particular– e interpretaciones del mundo. Sólo con los amigos y al margen de la familia y demás instituciones, viven «su» tiempo –el libre, el del ocio…– y hacen lo fundamental, es decir, divertirse.

La mayoría de jóvenes construye su autoimagen recurriendo, casi en exclusiva, a las señas de identidad que les proporcionan sus pares. Así que el grupo, los amigos, compañeros o colegas tienen gran influencia y mayor predicamento que los adultos. Y no sólo son los “principales proveedores de participación y autoestima […], en las actuales generaciones juveniles, esa pauta dura más tiempo y seguramente resulta ser más trascendente. La importancia que adquieren los iguales en la socialización, representa uno de los cambios que más distingue a las actuales generaciones juveniles”[26].

En el caso de los colegas, un peligro con doble rostro ronda la vida de los jóvenes: el «solipsismo grupal» y la soledad. “Están solos en medio de un grupo de amigos –comenta J. Elzo respecto a lo primero–, así llamados impropiamente, pues, en realidad, no pasan de ser, en la gran mayoría de los casos, meros compañeros. Sospecho que se comunican poco entre ellos”[27]. No es menor el riesgo de soledad en aquellos más tímidos y encerrados en sí; de hecho las tipologías juveniles hablan de un 28’3% de jóvenes entre 15 y 24 años caracterizados como «retraídos sociales»[28].

Pese a lo que pese…: ¡amigos y diversión! Prácticamente un 65% de los jóvenes sale todos o casi todos los fines de semana. La huida nocturna, por añadidura, se inicia en edades cada vez más tempranas y con progresivo incremento de la frecuencia. Alejados del mundo adulto y fuera de la mirada familiar, la noche se convierte en «su» espacio exclusivo, rodeados de música y alcohol u otras sustancias estimulantes, viviendo la sexualidad –según se tercie– bien como una forma peculiar de comunicación bien como simple diversión. Ocio y tiempo libre adquieren la importancia de ámbitos donde los jóvenes encuentran la capacidad de decisión que se les niega en el resto; en cierto modo, desde ahí reclaman independencia y libertad para escoger su propia vida. Lejos de los controles a los que nos vemos sometidos en las actividades «formales», con razón el tiempo libre aparece como tiempo informal y flexible.

Condenados a vivir durante mucho tiempo «dependiendo de», sin poder independizarse, han transformado el ocio y el tiempo libre en espacios donde decidir y «diferenciarse», canonizando la ley del «doble vínculo» –obedientes durante la semana, transgresores durante el fin de la misma–. «Finde» y diversión, noche y consumo son las coordenadas de la búsqueda de autosatisfacción con las que se resarcen de la condena.

En fin, las jóvenes generaciones han fracturado astutamente el tiempo, separándolo con los mojones de cada fin de semana. Tiempo libre, diversión, noche, consumo… terminan por concebirse como fines en sí mismos, además de adquirir un nuevo «valor simbólico» con el que justificar o resarcirse del resto del tiempo y actividades.

 

  1. Hoy sentimiento, mañana razón: el puzzle de la «vida joven»

 

La llamada «cultura del fin de semana» –noche y diversión, sobre todo–, es para nuestra sociedad –y no solo por quererlo la juventud– un símbolo de la cultura (postmoderna) de la satisfacción y, especialmente, una fórmula capital para avivar el gasto, allí donde adolescentes y jóvenes conforman un sector de mercado con alta capacidad de consumo.

Sin ninguna pretensión de negar responsabilidades, hemos de aclarar que semejante corriente es más social que específica de los jóvenes; los cuales han sido socializados y hasta educados con pautas de actuación en las que el ocio y la diversión discurren por vericuetos semejantes. A lo sumo, en el dualismo con el que vivimos los mayores –«sujetos disciplinados» los días laborables y «relajados consumidores» los fines de semana– ellos tienden a restar valor, hasta suprimirlo si pueden, al primero de los elementos[29].

Todo les empuja, en cierto modo, a experimentar sin más preocupación que disfrutar del momento presente; el mañana, además de incierto, está bien lejos. Así que hoy y ahora, sentimiento, esto es, dejarse seducir y llevar por los deseos, las emociones, etc.; mañana, más adelante, tocará el turno a la razón, es decir, al plantearse de verdad la vida, a organizarla. La sociedad, la familia o los amigos confirman el planteamiento y les proporcionan multitud de fichas para construir el puzzle de la propia vida, “pero construyen en gran medida a ciegas, tanteando, experimentando, quitando y poniendo…”[30]

 

3.1. Cultura de la satisfacción

 

De entrada, estamos ante una juventud feliz, expresando unos niveles de «satisfacción vital» muy elevados, perfectamente integrada en la sociedad y que ha hecho del consumo y del ocio las piezas claves de identificación: el 87% manifiesta estar contento con la vida que lleva; sólo un 9% señala que cuenta con menos libertad de la que debiera, cuando el 69% estima adecuado su nivel y hasta un 22% considera que tiene más libertad de la necesaria[31].

Esta felicidad-satisfacción es algo común con el resto de los españoles que, en su mayoría, se siente feliz o muy feliz. Es más, las Encuestas Europeas de Valores, iniciadas en los 80, constatan que desde entonces hasta ahora este sentimiento ha aumentado 8 puntos, pasando del 78% al 86% el porcentaje actual de personas que se sienten muy o bastante felices en España. Respecto a estar o no satisfecho con la propia vida, en una escala ascendente de 0 a 10, el 66% de las personas se puntúa por encima del 7, siendo la puntuación media un 7’09 y muy escasos los que se dicen insatisfechos; la libertad, por su lado, merece como nota media casi un 7 (6’84)[32].

 

  • Proyecto e ideales de vida: «satisfacción» y valores básicos

Tanta satisfacción ciega, por lo menos, a la hora de pensar en un proyecto de vida. “A la mayoría de las personas jóvenes les cuesta trabajo asumir un proyecto propio, creíble, capaz de movilizar las ideas, los sentimientos y las capacidades. Nunca ha habido en anteriores estudios de juventud –concluye M. Martín Serrano–, tanta gente joven que piense que el futuro es tan imprevisible que lo mejor es vivir al día”[33]. Los análisis sociológicos no permiten extraer conclusiones redondas[34], por ejemplo, “no cabe afirmar que carezcan de aspiraciones y planteamientos hacia el futuro al estilo clásico: éxito profesional y formación del hogar propio”[35]. Sin embargo, sí resulta evidente que se muestran muy partidarios de no dejar pasar el presente, los años de la juventud, sin disfrutar de las posibilidades de ocio y consumo que la sociedad les ofrece. En cualquier caso, nos encontramos ante un tema que ha cambiado radicalmente desde los años 60[36].

Proyecto existencial e ideales de vida se difuminan o desdibujan, cuando no desaparecen del «tiempo de la juventud». Esta pérdida de respeto al propio futuro constituye uno de los costos más graves de la sociedad y cultura que hemos y estamos generando. “Lo más habitual entre las actuales promociones [juveniles] es que no sepan lo que quieren porque no saben lo que pueden”[37]: ese desconocimiento, en primer lugar, se refiere a las propias cualidades e, igualmente, a la ignorancia respecto a lo que cabe esperar o vale la pena en la vida.

Empleando el término en sentido lato, tanto los valores básicos que guían la vida de los jóvenes, como la del resto de los ciudadanos españoles, se mueven en torno a la familia, el trabajo, los amigos y el ocio, con pequeñas variaciones en los últimos decenios. En el caso de la juventud éste es el orden de importancia, junto a su puntuación media (de 1 a 4): familia (3’69), amigos y conocidos (3’55), trabajo (3’52), ganar dinero (3’40) y tiempo libre-ocio (3’37)[38]. Los datos mantienen una línea de continuidad con los apuntados acerca de la cuestión sobre «Dónde se dicen las cosas más importantes en cuanto a ideas e interpretaciones del mundo», así como con las respuestas a cuestiones relativas a los problemas sociales.

En otra perspectiva, también es semejante entre los adultos y los jóvenes el aprecio por la libertad, la igualdad y la justicia. La primera sigue creciendo a costa de las otras dos –un proceso mantenido a lo largo de toda la década de los 90, agrandándose la brecha respecto a cuanto se pensaba en los 80–, siendo las generaciones jóvenes y ancianas las que más prefieren la libertad frente la igualdad social[39]. Por estos pagos, bien podríamos concluir, la gente vive satisfecha y la vista se centra en lo propio, con lo que se valora aquello que resulta…, sin inquietarse ante responsabilidades mayores.

 

  • «El futuro es tan imprevisible que lo mejor es vivir al día»

La síntesis primera fue ya expuesta: siendo incierto el futuro, vivamos al día. El presentismo distintivo de la juventud –en torno al 65% se manifiestan en este sentido–, según los analistas, es un síntoma claro de que están cerrados los horizontes mentales y vitales. Dicha carencia de horizontes, más que una señal neta de identidad, quizá sea la natural reacción ante el miedo al futuro. Temor, por lo demás, muy diverso al que ligaba el presentismo de los años 60 a un mundo amenazado por las guerras frías o nucleares; ahora se trata del pánico que brota de la descorazonadora incertidumbre de cara al trabajo, la formación de la propia familia, etc., cuando los empleos resultan tan precarios o inexistentes y las viviendas andan por las nubes..

En suma, presentismo y miedo casan con enfriamiento de sueños y utopías, así que languidecen también los proyectos a largo alcance, individuales o colectivos. Veremos a continuación, que ni abundan programas para actuar sobre el mundo o sobre la sociedad, salvo unos pocos de corto alcance, ni acciones sociales mantenidas donde se impliquen, aunque –¡eso sí!– veneran los Nuevos Movimientos Sociales, desplegándose simpatías a raudales por la ecología o el pacifismo, y un poco menos por la defensa de los Derechos Humanos.

No obstante, como en el caso de los ideales de vida, tampoco aquí se pueden sacar conclusiones demasiado rápidas, pues, a ese dato de gran estima –des-implicada–por ciertos movimientos o a sus sentimientos de solidaridad, se ha de añadir que también existen convicciones como la de que «es necesario hacer sacrificios para ir creándose un futuro en la vida» o cierta confianza de que, al final, se logrará conseguir la meta del trabajo y la familia[40].

 

3.2. Relativismo moral y… ¿valores postmaterialistas?

 

Atrapados entre la estructura económica neoliberal que les niega cualquier otro futuro que no pase por el seguir siendo jóvenes y una cultura postmoderna que enerva el «pasotismo» y enfría el entusiasmo, el criterio supremo con el que la juventud parece orientarse en la vida se inspira en el «hacer lo que a uno le salga de dentro sin preocuparse de cuanto digan los demás». Así proceden en tres ámbitos centrales de su existencia: la política (el 54%), la religión (el 75%) y la moral (el 68%). De ahí los altos niveles de permisividad juvenil, sobre todo en el terreno sexual (sexo libre, aborto, suicidio, eutanasia, prostitución, adulterio).

 

  • ¿Estabilización del «relativismo moral»?

Los estudios sociológicos dejan constancia del relativismo moral y la gran permisividad que reina en las generaciones jóvenes. Sin embargo, también se insistía hasta hace bien poco que tales fenómenos tenían mucho de reflejo del ambiente social. El último estudio europeo sobre valores aprecia un significativo cambio al respecto: se constata la estabilización de los códigos morales, esto es, no se expanden los índices morales de permisividad y relativismo, como si ya hubieran alcanzado un nivel que no se ha de sobrepasar[41].

La modernidad, primero, y la postmodernidad, después, entrañaron un gran desconcierto, una lógica crisis de los acuerdos normativos, de las doctrinas, etc. Todavía existe un alto grado de perplejidad social al no haberse conseguido del todo una sustitución de los estándares morales anteriores. Por este lado, el permisivismo y relativismo son más una ausencia de postura que una verdadera toma de posición y opción morales; aunque no resulte fácil comprobar si se han detenido aquellos, en razón de apreciaciones como la última, debiéramos huir de cualquier tipo de catastrofismo.

Dependiendo del punto de observación, los estudios sobre la moralidad juvenil oscilan: para algunos, en el año 1981 se había tocado fondo y, a partir de entonces, se produce una tendencia a la estabilización y, con mayor claridad, un descenso progresivo del relativismo a medida que se avanza en años; para otros, sigue creciendo el relativismo bajo forma de permisivismo, resultando claro que «para la mayoría de la juventud cada cual puede pensar como quiera»[42].

Dejando aparte estas diferencias, existen tres conclusiones convergentes y esclarecedoras de la situación. La primera: la población juvenil es más permisiva que la adulta, aunque los jóvenes tienden a dividirse en dos grupos contrapuestos y cada vez más iguales en número –una mitad próxima a las posiciones de los mayores (con la existencia de un colectivo juvenil de rasgos autoritarios); distante, la otra (en cuyo extremo se alberga un pequeño núcleo de violentos)–. Segunda: el relativismo permisivo se concentra en las conductas referidas a la libertad sexual, rupturas de la vida o familia y al beneficio y ganancias económicas. La tercera: van aumentando significativamente las actitudes condenatorias de «contravenciones cívicas», como el soborno o los fraudes económicos; y de modo más leve, las de rechazo a las adiciones (drogas) y desórdenes sociales (conducir ebrio).

 

  • ¿Pasividad desapasionada?: experiencias y actitudes vitales

Los indicios van por ahí: las jóvenes generaciones han adoptado una actitud conservadora que todo lo instrumentaliza: lo que cuenta es el resultado y los medios para alcanzarlo; otro tipo de compromisos, imágenes y posibilidades, sirve de poco; no hay más salida que adaptarse a lo que mejor allane el camino de los intereses… Esta falta de pasión, una vez comprobado que «de jóvenes» poco se puede conseguir, se transforma, cómo no, en «pasividad desapasionada».

La escala «materialismo-postmaterialismo», con la que los sociólogos miden hoy mayormente los sistemas de valores, no contribuye demasiado a desenmascarar dicha situación. Desde que se aplica en España –años 80– hasta hoy, se fue extendiendo el cuasi tópico del «cambio de orientación hacia los valores postmaterialistas». Ni tan siquiera hoy resulta cierto el dato bruto: todos los estudios a partir de 1990 arrojan una distribución con algo más de la mitad de los entrevistados calificados como mixtos y el resto, a partes iguales, de materialistas y postmaterialistas. Por otra parte, el cambio de orientación valorativa –ciertamente se ha pasado desde un predomino de valores materialistas a este equilibrio actual–, no significa automáticamente que las personas ya no les concedan importancia, al contrario: por tener garantizados los valores materialistas, pueden desplazar su atención hacia los postmaterialistas[43]. Lo más engañoso, sin embargo, es que hablar de postmaterialismo induce a creer que «ya no somos materialistas», afirmación desmentida por un gran número de índices que subrayan un predominio aplastante del individualismo egoísta, la preocupación desmedida por el dinero, el tener y consumir, etc. Por último, todas las preguntas de la escala (para el futuro sería bueno: procurar que nuestras ciudades y el campo sean más bonitos; mantener un economía estable, progresar hacia una sociedad en la que las ideas sean más importantes que el dinero, luchar contra la delincuencia, etc.) se dirigen a descubrir deseos o intenciones, sin considerar el modo de verificar la responsabilidad e implicación que exigen.

Así que para medir esa especie de «pasividad desapasionada» de los valores juveniles nos contentaremos con sugerir ciertos perfiles de sus experiencias y actitudes vitales. Empezamos con sus actitudes en el tiempo libre y el ocio, de los que disponen en abundancia. Fuera de casa, lo ocupan en: hacer deporte (20%), ir al cine y al teatro (18%), ir de copas (18%), bailar (14%), viajar (8%), salir con los amigos (5%), ir de excursión (5%) y, con puntuaciones más bajas, ir a museos, conciertos, leer libros y periódicos. En casa, prefieren: ver televisión (31%), oír música (23%), leer libros (12%), dormir o no hacer nada (11%), practicar las aficiones (7%), usar ordenadores (6%), estudiar (4%) y, con menor importancia, dedicarse a las tareas del hogar, manejar videojuegos, leer periódicos y revistas. Los fines de semana son otro cantar, con una única consigna: ¡salir y divertirse![44] Los subrayados que suelen hacerse recalan en la «exposición a la televisión» y en el descenso de la lectura: aunque los jóvenes dedican menos tiempo que cualquier otro segmento de la población, siguen pasando unas 12 horas y 31 minutos delante de la televisión como promedio semanal (en 1995, eran 14 horas y 8 minutos); si al indudable influjo de los «modelos de referencia» tan poco modélicos de las teleseries, publicidad, etc., añadimos el desconocimiento de los imaginarios y alternativas que les aportaría la lectura ya tenemos uno de los cócteles de pasividad más efectivos[45].

Otro tipo de actitudes, particularmente aptas para discernir el significado de su mundo axiológico y el camino hacia el cosmopolitismo arraigado, son las relacionadas con la aceptación de los demás, el asociacionismo y la solidaridad. Ya no mentamos a las instituciones: fuera de la familia, los amigos y, en menor medida, la escuela; en el resto, no sólo no confían, sino que han dejado prácticamente de contar como agentes de socialización para las generaciones jóvenes.

Un primer dato conflictivo respecto a la aceptación o rechazo de los demás: como en el resto de la población, aumentan en la juventud las actitudes contrarias al crecimiento de la inmigración extranjera (el 41% la estima más negativa que positiva)[46]. No obstante, los jóvenes españoles –ya desde 1997 y entre todos los europeos– son los que menos a disgusto se encuentran con gente diferente a ellos mismos (72%). A la hora de señalar «a quienes no les gustaría tener como vecinos», apuntan estos rechazos: miembros de ETA (83%), Neonazis y gente de extrema derecha (68%), Skin heads (65%), Drogadictos (46%). Por el contrario, los trabajadores inmigrantes (4%) o la gente de otra raza (4%) no serían mal vistos como vecinos[47].

Antes de entrar en el asunto del asociacionismo, una grave constatación: en general y desde el punto de vista de la cultura participativa, en España, apenas el 22% de los habitantes dice estar asociado a algo, y sólo un 12% reconoce tener un papel realmente activo en la entidad a la que pertenece. En otras palabras, el 78% de españoles no entra en la dinámica de la participación activa[48].

No ha de extrañar, entonces, que el asociacionismo sea un espacio poco usado por los jóvenes: el 70% no pertenece a ningún tipo de asociaciones; los pocos integrados en alguna, prefieren las recreativo-deportivas. A veces se les relaciona estrechamente con el voluntariado o con movimientos sociales particularmente de su agrado, pero la realidad no alcanza a los deseos: se trata de gran estima y simpatía, pero pocas personas jóvenes se deciden a formar parte de alguna Organización Solidaria –«Os» mejor que Ong, según propone A. Cortina– o a participar en grupos ecologistas, pacifistas, etc. Hay que admitir que se muestran reacios a los compromisos sociales, máxime si son institucionales.

Esta pobreza asociativa repercute igualmente en la solidaridad y el voluntariado, con números también bajos. Si midiéramos la solidaridad desglosándola en sentimiento solidario, compromiso y acciones concretas; constataríamos que las generaciones jóvenes almacenan kilos y kilos de sentimiento, pero apenas si distribuyen unos cuantos gramos en compromiso y acciones solidarias. Quizá la llamativa disparidad de datos sobre el tema obedezca a que algunas encuestas contabilizan cualquiera de los tres niveles como verdadero y propio acto solidario, a diferencia de las que sólo estiman como tal el compromiso que comporta implicación; además de medir, unas (Instituto de la Juventud), la existencia o no de alguna experiencia de voluntariado a lo largo de todos los años de la juventud (15-29 años) y, otras (Fundación «Santa María») tan solo el momento presente entre quienes tienen de 15 a 25 años. Lo cierto es que se habla, por un lado, de que apenas un 5% de los jóvenes (15 y 25 años) pertenece a alguna organización de voluntariado; mientras, por otro, se constata que “dos de cada tres jóvenes (15-29 años) tienen la experiencia de pertenecer o haber pertenecido a alguna asociación u organización voluntaria”, si bien –junto a esta afirmación– se reconoce que en el momento de realizar la encuesta que la avala sólo un 37% estaba asociado en algún tipo de asociación voluntaria, en general[49].

Ciertamente, cuando se trata de buscar una ocupación que tenga sentido, las jóvenes generaciones se orientan mayoritariamente hacia la solidaridad, pero también existe un buen número que busca un sentido a su vida no tanto en la dedicación a los demás cuanto a ellos mismos y a lo suyo. Por el contrario, la política no interesa para nada, sólo el 1% está inscrito en algún partido; aunque observan alta estima de la democracia[50]. De cara al cosmopolitismo arraigado que planteábamos inicialmente, “uno de los cambios más llamativos que se han producido en las señas de identidad de las generaciones juveniles es el aumento en el número de personas localistas: quienes dicen identificarse más con su Pueblo, Ciudad o Provincia son mayoría en todos los segmentos de las edades; y han aumentado ininterrumpidamente en el transcurso de los años noventa. Además este aumento es correlativo al descenso del Cosmopolitismo, pero sobre todo el Localismo se difunde… a costa de la disminución en el número de «identificados con España» o «identificados con su Comunidad Autónoma»”[51].

 

3.3. Factor religioso

 

Los jóvenes de 15 a 29 años que se declaran creyentes, practicantes y no practicantes, son poco más de 6 millones y medio (73%). Los católicos, como tales, entre practicantes habituales o alguna que otra vez, no alcanzan los 3 millones (32%). Con esos y otros numerosos datos disponibles, las proyecciones –acogidas bajo la categoría de «jóvenes cristianos[52]»– supondrían aproximadamente un millón y medio de jóvenes españoles (15-24 años) con una identidad cristiana básica. Los jóvenes adultos (25-29 años) que entrarían en esta última estimación rondarían los 840.000. Resumimos todos los datos en el siguiente cuadro, conscientes de la dificultad –e imprecisión insalvable– para delimitar el valor de los conceptos en torno a los que se estructura («católico practicante», «católico no practicante» y «cristiano»)[53].

 

Jóvenes católicos: Practicantes
No practicantes
No Católicos

«Jóvenes cristianos»

Totales [%] 281 352 441 322 261 [1 2 3]

¡ Jóvenes-adolescentes

[15-17]: 420.000.

¡ Jóvenes [18-24]:

1.070.000.

¡ Jóvenes-adultos

[25-29]: 840.000.

15-17 años [1.446.148]

18-20 años [1.668.945]

21-24 años [2.549.593]

25-29 años [3.313.640]

33

32

24

27

38

27

34

41

42

43

48

27

31

40

24

24

30

23

¡ Varones [4.580.784]

¡ Mujeres [4.397.542]

221

341

451

441

321

211

Fuente: [1] Informe «Juventud en España 2000»; [2] Jóvenes españoles ’99; [3] Dos generaciones de jóvenes 1960-1998

 

  • Menos religiosos, «sin iglesia», pero ¿sin fe?

Los datos no dejan lugar a dudas: existe un evidente «agotamiento de la socialización religiosa de los jóvenes» que sobreviene tanto por una inadecuada o mala transmisión del cristianismo como por una deficiente incorporación de los jóvenes a la vida y acción de la Iglesia católica.

El declive de la socialización religiosa se palpa en cifras de este estilo: en 1960, se declaraban «católicos practicantes» el 91% de los jóvenes españoles, el 45% en 1994 y tan solo el 35% en 1999; frente al 78% que afirmaba creer en Dios en 1981, ahora lo hace el 65%; la práctica religiosa de la juventud ha disminuido un 50% en los últimos 15 años y, actualmente, apenas el 12% aparece cada semana por la Iglesia; un parecido y progresivo descenso sufre la pertenencia a «grupos religiosos», siendo hoy un escaso 3’5% el número de jóvenes que participa en ellos[54].

Los jóvenes españoles son cada vez menos religiosos y, por supuesto, muchas y complejas las causas. Tampoco la Iglesia suscita interés entre ellos y ellas: en una lista de 14 instituciones, ocupa el último lugar cuando se mide la confianza que les merece cada una de ellas; sólo un 2’7% de los jóvenes españoles señala a la Iglesia a la hora de indicar dónde se dicen cosas importantes para orientarse en la vida; religión (6%) y política (4%) son, por otro lado, las cenicientas entre los 10 aspectos fundamentales de su vida[55].

¿Nos encontramos, por tanto, ante una «generación descreída»? El agotamiento de la socialización religiosa o la escasa importancia de la Iglesia en la vida de los jóvenes, tienen mucho que ver con «formas de la religión», pero hay muestras más que suficientes (creencia en Dios como Padre, Jesús como Amigo, oración, formas de «reconversión humanitaria» del cristianismo, etc.) para suponer que la fe no merma, aunque sí se transforma… porque, en el fondo, más que alejarse de la Iglesia y de la religión, somos nosotros –los miembros de la primera con las formas de vivir la segunda– quienes nos alejamos de ellos y ellas; apenas si les queda otro recurso que reinventarse la religión y olvidar a la Iglesia.

 

  • Desaparición de la pregunta religiosa del horizonte vital

Nos hallamos ante la «primera generación de jóvenes que no han sido educados religiosamente», fruto de la brutal aceleración del cambio religioso en España, pero igualmente hecho vinculado a una especie de «pérdida de la realidad» por parte de la Iglesia y sus miembros. Por eso, a los ojos de los jóvenes aparece cual institución antigua y pasada, en la que no hallan referentes atractivos puesto que ni los sacerdotes ni los religiosos –por esa parte– son para ellos modelos a imitar, ni encuentran cristianos significativos –por esta otra– en la vida cultural, intelectual o política y, en fin, las parroquias son un espacio lejano a sus vidas[56].

En general y según expresión de J. González-Anleo, el legado de los adultos a los jóvenes españoles está muy claro: “un soberano desinterés por la religión y el sentido religioso”[57], de tales dimensiones como para poder afirmar que la «pregunta religiosa» está prácticamente desapareciendo del horizonte vital al carecer de las estructuras mínimas de plausibilidad. J. Elzo sostiene que el 70% de los jóvenes españoles no está ya preparado para ser «receptivo» a la dimensión religiosa[58].

 

  1. Jóvenes: metáfora y profecía del «nuevo ciudadano»

 

Para bien o para mal, las jóvenes generaciones anticipan la imagen del hombre y mujer de mañana. Nos corresponde, en principio, leer en profundidad y con tino lo que son y «les pasa», para después acompañar su crecimiento y maduración. En primer lugar, pues, se trata de conocer a los jóvenes, mirarlos a través de lo que algunos han dado en llamar la «razón compasiva» o intellectus misericordiae (J. Sobrino). Es decir, acercarnos a ellos colocando la compasión y la benevolencia como puntos de partida para cualquier análisis; ir más allá de la razón recompuesta en la Ilustración y convertida en guía de tantos descubrimientos científicos y técnicos, razón que ha alcanzado una increíble capacidad de transformar el mundo pero funciona con una pobre capacidad de previsión humana. Frente a esta razón ilustrada y moderna, que gusta tratar con medios y casi nunca con fines, necesitamos instalar la «simpatía en la mirada» para taladrar la realidad e imaginar sentidos nuevos a las metáforas de la vida, para acoger la profecía de la que es capaz todo ser humano o para entrever signos de esperanza que se escapan a las miradas superficiales o simplemente técnicas.

Por lo demás, nadie educa a nadie, sino que nos educamos con los otros, crecemos y maduramos con ellos, repetía con frecuencia P. Freire. Para educar, en buena medida, han de ser los jóvenes quienes nos presten su mirada. Y la nueva manera de ver resultante –desde abajo, desde ellos, desde fuera de los límites y sanciones sociales al uso– será la que nos permita desarrollar una «educación samaritana» capaz, por un lado, de irles devolviendo el sentido que entre todos les hemos robado y, por otro, de reconstruirlo confrontándose con imágenes coherentes de varón y de mujer. Será por ahí por donde nos eduquen, por lo que más importante que hablar «de» los jóvenes, será hablar «con» los jóvenes, encontrarnos y compartir con ellos temas y tiempo. Claramente son tres los ámbitos esenciales donde situarnos para construir el futuro: la familia, la escuela y el tiempo libre.

Ahí, habrá que comenzar descifrando la metáfora de las personas jóvenes –más allá de sus imágenes y capas superficiales– a través de la cual nos dicen que, así como somos los mayores, no les interesamos. Y todavía más: los jóvenes no sólo viven una encrucijada en la que resuenan de manera especial los problemas fundamentales de la persona y de la sociedad, sino que además con sus gestos, palabras y actuaciones, delatan al presente y anuncian el sueño o la «utopía pequeña» de una sociedad distinta, más comunitaria y humanizadora, más justa y fraterna. Metáfora convertida en «profecía menuda» con la que denuncian a la par que demandan acogida y expresan sus anhelos de «sentirse necesarios»[59]. Son precisamente tales anhelos los que, educados, pueden aproximarnos al puerto de esa «nueva ciudadanía», arraigada en la propia identidad y tan cosmopolita que reconozca como próximas todas las alegrías y tristezas, todas las grandezas y miserias humanas.

 

[1] Entre la numerosísima bibliografía sobre las diferentes posiciones, cf.: J.F. Lyotard, La condición postmoderna, Cátedra, Madrid 1984; Íd., La postmodernidad (explicada a los niños), Gedisa, Barcelona 1987; G. Vattimo, El fin de la modernidad, Gedisa, Bar­celona 1986; T. Adorno, Dialéctica negativa, Taurus, Madrid 1975; M. Horkhaimer, Crítica de la razón instrumental, Sur, Buenos Aires 1973; M. Horkheimer-T. Adorno, Dialéctica del Iluminismo, Sur, Buenos Aires 1971; R. Rorty, La filosofía y el espejo de la naturaleza, Cátedra, Madrid 1983; Íd., Consequences of Pragmatism, University of Minnesota Press, Minneapolis 1983; J. Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, Taurus, Madrid 1989; H. Foster-J. Habermas-J. Baudrillard, La postmodernidad, Kairós, Barcelona 1985; A. Wellmer, Sobre la dialéctica de modernidad y postmodernidad, Visor, Madrid 1993; E. Gellner, Posmodernismo, razón y religión, Paidós, Barcelona 1994; J.M. Mardones, Postmodernidad y cristianismo, Sal Terrae, Santander 1988.

[2] Cf. C. Geffré, El cristianismo ante el riesgo de la interpretación, Cristiandad, Madrid 1994, 205-227

[3] Cf. C. Lalonguière, Educar en los valores para el año 2000, OIEC, Bruselas 1983; R. Marín, Crecimiento personal y desarrollo de valores, Promolibro, Valencia 1987.

[4] Los valores, entonces, son esas prioridades asumidas por las personas y con las que las imágenes internas se transforman en nuestra conducta cotidiana. Cf. B.P. Hall, The Genesis Effect, Paulist Press, New York 1986; Id., Value Clarification as a Learning Process…, Paulist Press, New York 1973.

[5] A. Cortina, Hacia un concepto de ciudadanía para el siglo XXI, «Misión Joven» 314(2003), 17-24. Ahí ofrece un buen resumen de cuanto ha expuesto más ampliamente en diversos libros: cf. A. Cortina, Ciudadanos del mundo, Alianza, Madrid 1997; Id, Alianza y contrato, Trotta, Madrid 2001; Id., Por una ética del consumo, Taurus, Madrid 2002.

[6] Cf. J. Martínez Cortés, ¿Qué hacemos con los jóvenes? (Juventud/Sociedad/Religión), Cuadernos «FyS», Madrid 1989; Id., ¿Cómo son los jóvenes?: el «nuevo individuo», en «Misión Joven» 231(1996), 25-32; J. García Roca, Constelaciones de los jóvenes, Cristianisme i Justícia, Barcelona 1994; J.M. Lozano, ¿De qué hablamos cuando hablamos de los jóvenes?, Cristianisme i Justícia, Barcelona 1991.

[7] Conjuración de Catilina, XIII, 2-3; XIV, 5-6.

[8] La catalogación no es fácil, pero los estudios sociológicos suelen coincidir en hablar de preadolescencia (12-14 años), adolescencia (15-17), juventud (18-24 años), jóvenes-adultos o juventud prolongada (25-29) y «tardojóvenes» (30-35 años): cf. J. Elzo, Los jóvenes españoles en los últimos 25 años (I), «Vida Nueva» 2.352(2002), 24-30.

[9] Cf. M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, Instituto de la Juventud, Madrid 2001, 441.

[10] Cf., entre otros: U. Beck, Die Erfindung des Politischen. Zur eine Theorie reflexiver Modernisierung, Suhrkamp, Frankfurt 1993; A. Giddens, Consecuencias de la modernidad, Alianza, Madrid 1993.

[11] G. Lipovetsky, La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Anagrama, Barcelona 1986, 6.

[12] Cf. A. Giddens, Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas, Taurus, Madrid 2000.

[13] Cf. F.A. Orizo-J.Elzo (Dir.), España 2000, entre el localismo y la globalidad. La Encuesta Europea de Valores en su tercera aplición, 1981-1999, Fundación «Santa María», Madrid 2000, 14-16.

[14] Tantos las opiniones expuestas en estos párrafos como la afirmación textual conclusiva son de Javier Elzo: cf. J. Elzo (Dir.), Jóvenes españoles ’94, Fundación «Santa María», Madrid 1994, 401-433 –la cita textual en p. 433–; cf. también: M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., pp. 29-31 y 241.

[15] Cf. J.L. Segovia, ¿Juventud versus sociedad? Un enfoque dialógico y P. Fuentes, Condenados a «juventud perpetua», ambos en: «Documentación Social» 124 (2001), pp. 53-73 y 75-95, respectivamente.

[16] Cf. M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., pp. 356-358 y 599-604.

[17] Cf. M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., pp. 65-80 y 451-462.

[18] Cf. J. Elzo (Dir.), Jóvenes españoles ‘99, o.c., pp. 294-307. La suma de respuestas de cada columna es superior al 100% al permitirse todas las respuestas que se quisieran; en 1999 no se preguntó por los partidos políticos; por último, hemos suprimido los datos relativos al «No sabe/no contesta».

[19] Ibíd., pp. 412-415.

[20] Cf. M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., pp. 24-27.

[21] A. Giddens, Un mundo desbocado, o.c., p. 65. Cf. también, U. Beck-E. Gersheim, El normal caos del amor. Las nuevas formas de la relación amorosa, Paidós, Barcelona 2001.

[22] G. Pastor Ramos, Sociología de la familia. Enfoque institucional y grupal, Sígueme, Salamanca 1997, 154.

[23] J.A. Marina, El rompecabezas de la sexualidad, Anagrama, Barcelona 2000, 295.

[24] M. Castells, La era de la información II. El poder de la identidad, Alianza, Madrid 1999, 254.

[25] M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., p. 61. Los datos al respecto provienen del anterior informe (1996) y hablan de un 32% de jóvenes cuyas madres estaban ocupadas en un trabajo fuera del hogar.

[26] Ibíd., p. 29. “Conviene aclarar, añade Martín Serrano, que la gran mayoría de grupos de iguales cumple con esas funciones de manera muy positiva. Están actuando como los más eficaces terapeutas de los que disponen los y las adolescentes”.

[27] J. Elzo, El silencio de los adolescentes, Temas de Hoy, Madrid 2000, 209.

[28] Cf. J. Elzo (Dir.), Jóvenes españoles ‘99, oc., pp. 13-37; cf. también y para otros aspectos relativos a la familia y los amigos, pp. 121-182; 412-419.

[29] Cf. J. Elzo (Dir.), Jóvenes españoles ‘99, o.c., pp. 355-371; M.T. Laespada, La nueva socialización de los jóvenes: espacios de autoformación, en «Documentación Social» 124(2001), 185-202.

[30] J. Elzo, Los jóvenes españoles en los últimos 25 años (I), o.c., p. 25. Hace tiempo apuntaba R. Díaz-Salazar que estábamos configurando una sociedad débil –carente de ideales colectivos, altruistas, y cada vez más homogeneizada por una concepción hedonista y narcisista de la vida– conducida por una cultura de la satisfacción de “alta intensidad con lo mío y mis alrededores” y baja preocupación por el otro y sus cosas (cf. R. Díaz-Salazar, Redes de solidaridad internacional, Hoac, Madrid 1996, 23-81).

[31] Hemos unido los datos de las últimas encuestas de la Fundación «Santa María» y del Instituto de la Juventud: la primera cifra en un 82% el «ser felices» (cf. J. Elzo (Dir.), Jóvenes españoles ‘99, o.c. p.423) y la segunda, junto a ese 87% de «muy felices», recoge que el 89% se consideran «felices» y un 81% «muy o bastante contentos» de la vida que llevan (cf. M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., pp. 351-355 y 599-601).

[32] Cf. F.A. Orizo-J.Elzo (Dir.), España 2000, entre el localismo y la globalidad, o.c. pp. 53-59.

[33] M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., p.39.

[34] Las aproximaciones sociológicas al conocimiento de los ideales de vida, entre otros datos, han levantado la sospecha de que “el instrumento de medida modula la realidad un tanto artificialmente” (cf. M.S. Vallés, Valores, en: A. de Miguel, Dos generaciones de jóvenes 1960-1998, o.c., pp. 231-318, en particular las pp. 250-251).

[35] M.S. Vallés, Valores, o.c., p. 257. “Hay una mezcla, prosigue la cita, de objetivos a largo plazo, por un lado, y de un deseo más inmediato de vivir el presente”.

[36] Cf. los sugerentes datos y comparaciones que ofrece A. de Miguel al respecto y articuladas en torno al «ideal de vida» y el «prestigio de las ocupaciones»: A. de Miguel, Dos generaciones de jóvenes 1960-1998, o.c., pp. 61-73.

[37] M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., p.36.

[38] En el caso de la sociedad en general, éste es el orden (cf. F.A. Orizo-J.Elzo (Dir.), España 2000, entre el localismo y la globalidad, o.c., pp. 25-47): Familia (98’9), Trabajo (94’3), Amigos y conocidos (86’2), Tiempo libre y ocio (80’4), Religión (41’7), Política (19’1); para los datos sobre los jóvenes, cf. J. Elzo (Dir.), Jóvenes españoles ‘99, o.c. pp. 57-65 (la religión y la política ocupan los últimos lugares en importancia, con una puntuación de 1’96); los problemas sociales más importantes para los jóvenes son, por este orden: paro, droga, sida y falta de futuro para los jóvenes (cf. Ibíd., pp. 65-71). Los datos sobre las variaciones acerca de estos aspectos y relacionados con la cuestión sobre a qué conceden «mucha importancia en la vida» (con respuestas organizadas en torno a trabajo, familia, ocio y altruismo), pueden consultarse en: M.S. Vallés, Valores, o.c., pp. 251-257.

[39] Cf. F.A. Orizo-J.Elzo (Dir.), España 2000, entre el localismo y la globalidad, o.c., pp. 14 y 106.

[40] Cf. M.S. Vallés, Valores, o.c., pp. 257-272.

[41] F.A. Orizo-J.Elzo (Dir.), España 2000, entre el localismo y la globalidad, o.c., p. 14 y cf. pp. 25-47. El estudio, con todo, constata un «generalizado relativismo moral» y una «relativa permisividad moral y cívica»: “los españoles afirman posponer un juicio de valor en función de las circunstancias, pero son bastante severos a la hora de justificar determinados comportamientos sociales” (p. 47).

[42] La primera postura viene defendida en el estudio coordinado por A. de Miguel «Dos generaciones de jóvenes 1960-1998» (o.c., cf. pp. 231-238); la segunda, por el «Informe Juventud española 2000» (o.c., cf. pp. 401-408 y 618-622).

[43] Cf. F.A. Orizo-J.Elzo (Dir.), España 2000, entre el localismo y la globalidad, o.c., pp. 289-296.

[44] Cf. M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., pp. 233-239.

[45] Cf. Ibíd., pp. 261-274 y 550-556. Los escasos lectores se inclinan, tres de cada 10, por prensa y revistas; el resto, habla de sus preferencias en términos de contenidos. No parece que dispongan de la llave de la fabulación para entrar en los imaginarios de la poesía, la aventura, el interrogante o la ciencia ficción.

[46] Cf. M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., pp. 419-426 y 631-633.

[47] cf. J. Elzo (Dir.), Jóvenes españoles ‘99, o.c. pp. 91-99.

[48] De tan escasa participación, la mayor parte de ella se vincula a actividades culturales entendidas de modo amplio (deportivas, artísticas, literarias, científicas, costumbristas…). Las asociaciones filantrópicas, donde se encuentran los movimientos de solidaridad, pese a su notable incremento durante la última década del siglo xx, se queda en un 4’5% respecto al total de asociaciones (cf. J. Subirats (Ed.), ¿Existe una sociedad civil en España?, Fundación Encuentro, Madrid 1999).

[49] Cf., para el primer dato, J. Elzo (Dir.), Jóvenes españoles ‘99, o.c., p. 243; el segundo y tercero: M. Martín Serrano-O. Valverde, Informe Juventud en España 2000, o.c., p. 36 y 429, respectivamente.

[50] Cf., Ibíd., pp. 385-397 y 611-617. Por lo demás, “hace 23 años el 52% de las personas jóvenes se consideraba de izquierdas… [Ahora] ha quedado fluctuante entre el 25% y el 30%” (p. 385).

[51] Ibíd., p. 371; cf. pp. 372-383 y 606-610. Estos son los datos actuales: el 51% se siente antes de nada de «su pueblo natal» o, el 9%, de su provincia (total de localistas: 60%); de la comunidad autónoma –10%–, el 14% de España, el 8% del mundo y un 2% de Europa (total de cosmopolitas: 18%).

[52] En función de distinguir la categoría sociológica de «jóvenes católicos», y sin mayores pretensiones, entendemos aquí por «jóvenes cristianos» aquellos que tienen una identidad cristiana básica que va más allá de la simple identidad sociológica católica vinculada a los residuos de cuanto hoy podría mantenerse de la llamada «cristiandad» o «imaginario colectivo» propio de una especie de religión o religiosidad social.

[53] Tanto el gráfico como las notas ulteriores se basan en los datos tomados de las siguientes obras: M. Martín Serrano-O. Velarde, Informe Juventud en España 2000, o.c. pp. 615-617; J. Elzo (Dir), Jóvenes españoles ‘99, o.c., pp. 263-354; A. de Miguel, Dos generaciones de jóvenes 1960-1998, o.c., pp. 319-377.

[54] Cf. J. Elzo (Dir), Jóvenes españoles ‘99, o.c., pp. 263-354; en particular, pp. 312-321.

[55] Cf. Ibíd., pp. 57-80 (el orden de las distintas «instituciones»: Organizaciones de voluntariado, sistema de enseñanza, policía, Unión Europea, Seguridad social, Prensa, Otan, grandes empresas, justicia, parlamentos autónomos, sindicatos, fuerzas armadas, Parlamento del Estado e Iglesia).

[56] Cf. J. Elzo (Dir), Jóvenes españoles ‘99, o.c., pp. 294-307.

[57] Ibíd., pp. 312-321.

[58] Cf. Ibíd., p. 299.

[59] Cf., por ejemplo, E. Falcón, ¿Cómo ven el mundo los jóvenes. Aproximación a las narraciones juveniles de hoy, Cristianisme i Justícia, Barcelona 2001; A. Andreoli, Giovanni, Rizzoli, Milano 1995. Hemos desarrollado los temas elencados en este epígrafe final en otros lugares: cf. J.L. Moral, El camino empieza donde están ellos, en: Aa.Vv., Una escuela para el camino, Ed. Bruño-Fere, Madrid 1999, 13-55; Id., Los jóvenes, metáfora y profecía del cambio de siglo, «Misión Joven» 270(1999), 51-62.