Mundo sin Dios, Dios sin mundo

«La tan lamentada mengua del cristianismo y de fe no procede de la actuación de potencias tenebrosas, sino que es una mengua de los presupuestos de un género muy especial de fe y de cristianismo […]. En el terreno de lo espiritual somos, hasta un extremo tremendo, una Iglesia sin vida».

 

KARL RAHNER, Cambio estructural en la Iglesia,

Cristiandad, Madrid 1972, pp. 32 y 102.

 

 

 

 

Verdades de a puño y frescas se nos antojan las palabras de Rahner. Algo parecido le ocurre a la sentencia de Kasper: «Nuestro mundo actual sin Dios, es en parte una consecuencia de haber predicado un Dios sin referencia al mundo». El omnipresente y quejoso reconocimiento de que el hombre actual ha expulsado a Dios de su vida, en buena medida, se vuelve contra una vida cristiana que no acierta a pensar a Dios con y desde los hombres y mujeres de nuestros días.

El concilio Vaticano II tomó conciencia de la inadecuación del cristianismo respecto a la realidad del mundo contemporáneo y de la necesidad de proceder a una profunda clarificación de su sentido en nuestro tiempo. Pero no acabamos de hacerle caso. Y, ¡claro!, ya no extraña que se prescinda de un Dios y una religión que han perdido el ritmo del tiempo; aunque el tema sea mucho más complejo.

 

 

       Qué Iglesia y qué jóvenes cristianos queremos

 

Son precisamente los jóvenes quienes ofrecen las muestras más inequívocas de ser cada vez menos religiosos. Ahora bien, no parece que se trate tanto de una pérdida del sentimiento religioso o de la necesidad de remitirse a la fe, cuanto del desenganche de la Iglesia y de unas prácticas religiosas que han perdido gran cantidad de su sentido.

Es alarmante, en particular, su falta de sintonía con la Iglesia: apenas si suscita interés en la vida de las nuevas generaciones y aparece a sus ojos como una institución antigua y pasada. Estamos, en fin, ante lo que algunos sociólogos han llamado el «agotamiento de la socialización religiosa», brutalmente escenificado por los actuales jóvenes que constituyen la primera generación que no ha sido educada religiosamente. Este agotamiento, por otro lado y entre otras razones, sobreviene por la inadecuada o mala transmisión de la fe y por la deficiente o nula incorporación de los jóvenes a la vida y acción de la Iglesia.

Gran parte del problema pende de un interrogante básico: ¿qué identidad y qué jóvenes cristianos queremos? Las referencias del momento, a tenor de los resultados, no constituyen una respuesta satisfactoria: ni las estrategias de reagrupamiento, la pastoral de neo-mantenimiento o de reconstrucción catequético-doctrinal encuentran eco entre los jóvenes. No puede entenderse la identidad en términos de fortaleza, sino de servicio; no están los «signos del Reino» supeditados a los «signos de Iglesia»…

       Hay algo radicalmente religioso en los jóvenes…

 

Lleva razón A. de Miguel en esa espontánea exclamación, surgida al comprobar cómo los jóvenes no se sienten contentos con este mundo. También quienes apuntan que existe una evidente demanda religiosa en ellos y ellas. Pero no hemos de engañarnos. No basta con esto. La Iglesia debe confrontarse seriamente con las demandas y esperanzas de los jóvenes.

La aventura y el anuncio de la fe cristiana pasan por le servicio humilde de cada comunidad cristiana que acoge a los adolescentes y jóvenes tal como son, les restituye dignidad y palabra, vida y compañía para que sean como fue y vivió Jesús de Nazaret. Esto es, pasan por proyectos que han de fraguarse en el «laboratorio de fe» en el que ha de consistir cada parroquia, como espacio de encuentro y plataforma que ayude a comprender el sentido, las preguntas vitales que han de lanzarse más allá de las pequeñas y cómodas respuestas que cierran los huecos de apertura a la transcendencia.

 

 

       Tenemos la fe que anunciamos

 

«No anunciamos la fe que tenemos, sino que tenemos la fe que anunciamos» (D. Sigalini). No está todo ahí —aunque sólo fuera porque, si de tener se tratara, ¡bien apañados andaríamos!—, pero sí mucho de cuanto necesitamos.

Vienen tiempos, según no pocos indicios, para aprender y enseñar a orar. En el caso de los jóvenes y ya en 1994, el informe sociológico de la Fundación «Santa María» titulaba unos de sus capítulos con este sugerente título: «La sorpresa de la oración en los jóvenes». En último estudio de 1999, la sorpresa se ha convertido en un dato con cierta consistencia: más de la mitad de los jóvenes españoles manifiestan la necesidad de rezar y confiesan hacerlo en ocasiones.

Tampoco es como para echar las campanas al vuelo. Pero los rumores existen, pese a que en ellos Dios corra el riesgo de confundirse con los propios deseos y quedar entrampado entre distorsiones, voces y algarabías. Ya en los primeros desperezos del llamado despertar religioso algunos entrevieron que el retorno de la religión caminaba parejo con la disminución de la fe. Triste despertar. Atentos al orar, pues, para que los sagrarios no se encuentren vacíos y, como el de portada, bien marcados, ¡eso sí!

 

José Luis Moral

director@misionjoven.org