Nuestra «imagen» de María de Nazaret

Natalia de la Parte

“NACIDO DE MUJER…”

“Al llegar la plenitud de los tiempos…” María, por amorosa y libre decisión de Dios, ocupa un lugar especial en este paisaje de la plenitud del tiempo. No pocas veces, sin embargo, desenfocamos o miramos aspectos del mismo sin tener en cuenta su conjunto. Estos materiales presentan tres propuestas concretas para reconocer mejor a María de Nazaret: un conjunto de mariologías para situar nuestra imagen de la Virgen, una síntesis de los textos del Nuevo Textamento que hablan de ella y , por último, algunas pautas de trabajo, oración y celebración.1

  1. VER, ENTENDER Y HABLAR DE MARÍA

Son siglos hablando de María. Pero aho­ra no son pocos los cristianos que no saben cómo hablar de ella. Para ver, aclararmos y po­der hablar con conocimiento de causa, propo­nemos a continuación diversas mariologías o modos de explicar el significado y papel de María en la historia y vida de los cristianos.

– Mariología de la pureza

María aquí es «la siempre virgen». Se trata de una mariología tan arraigada en el lenguaje popular que ha logrado monopolizar el nombre; a María ya no se le llama María sino «la Virgen»: y esta apropiación es tan significativa que todos los demás aspectos de María han quedado o eclipsados o subordinados a su virginidad. Esto tiene repercusiones tan patentes como las ora­ciones, las advocaciones, la imitación de María en su pureza o la predilección de Dios motivada casi exclusivamente por su pureza.

Mariología de la exaltación

Se conoce a María predominantemente como «la reina», o sus equivalentes. Su presu­puesto básico es éste: todo lo que se puede decir en exaltación de María, con tal de que no sea llamarla Dios, vale y es objetivo. Conforme a esta mariología, también aparecen otra vez los títulos, las oraciones y letanías líricas, las representaciones…, todo lo que significa en­cumbrarla atribuyéndole todas las excelencias humanas (cristianas o no cristianas). Con aque­lla manera tan pintoresca de argumentar -pre­sentada como el modelo de la lógica más irre­batible-: «pudo, quiso, luego lo hizo». En esa especie de pretendida metafísica subyacente se suplantaba la más elemental comprobación histórica de cada una de las premisas por una proposición básica de este tipo: un amor ilimi­tado justifica suficientemente todo lo que el mismo amor, quiere atribuir a esa persona tan querida y tan admirada.

Mariología de la mediación

María es presentada como intermediaria entre los hombres y Jesús, es decir, como «la mediadora». En esta clase de mariología, existía una fórmula que se hizo consigna en numerosas asociaciones o congregaciones marianas: «A Jesús por María». A esta presentación se le han buscado innumerables apoyos teológicos, que no terminan por resolver no pocas dificultades desde la misma teología. Lo que no quiere decir que no exista una mediación de María.

– Mariología de la maternidad divina

Se reconoce a María -y se define dog­máticamente- como «la Madre de Dios», con todo un historial teológico, apologético y espi­ritualizador. Como un refrendo y considera­ción «por la otra cara complementaria» del misterio de la Encamación de Dios: no para la cara de la divinidad, sino por la cara de la hu­manidad. La referencia esencial se fija en ese momento y lugar único en la historia del en­cuentro de Dios con el hombre en el seno de María. Cuanto ocurrió con María prefigura el encuentro definitivo del hombre con Dios.

– Mariología de la cultura histórica

Es María, «la modelo» de tantos artistas: pin­tores, escultores, músicos, poetas, etc. Es ca­si como un pretexto inevitable, que permite ir realizando una peregrinación a lo largo de veinte siglos, descubriendo cómo la vieron, la idealizaron, la soñaron o la necesitaron las dis­tintas generaciones de la historia.

– Mariología del folklore

María aparece en ella reiterándose como «la milagrosa aparecida»: teniendo como pre­texto las apariciones, los milagros especial mente realizados en algunos santuarios, las romerías, las ermitas, casi todo el calendario festivo de algunos pueblos o regiones, los pa­tronazgos, etc. De ahí esa profusión de Vírge­nes populares (la “Virgen de…”). Resulta difícil interpretar esta realidad tan presente en el pueblo, tan interrogante en sus motivaciones, tan multiplicada en sus advocaciones, tan re­petida en las leyendas de referencia, tan equí­voca en su cotejo con el talante de María -examinando los poquitos datos que tenemos de su vida real-.

– Mariología de los teólogos

María según las estructuras que las dis­tintas teologías han ido montando para la ex­plicación del personaje impar dentro del lla­mado contenido de la Revelación. Coherentes con la singularidad del personaje, presentan a María como modelo de fe: María es «la que creyó». Simultáneamente, es la excelente en todas las virtudes, la privilegiada. La teología se preocupó, sobre todo, de explicar, desen­trañar, y fundamentar (bíblica, patrística y ma­gisterialmente) los dogmas marianos según se fueron definiendo a lo largo de la historia.

– Mariología del Reino de Dios

María se nos presenta como «la pobre de Yahvé»: la realizadora de las bienaventuranzas, es decir, la exponente más real -y sin más pretensiones- de la realización de los valores del Reino. De este modo, influye positivamen­te en posibilitar el anuncio del Reino, pero sin reclamar el protagonismo.

Mariología de los sociólogos

En ella, María se presenta como «la mu­jer»: unas veces intemporal, otras veces la mu­jer nueva o la mujer que debería ser, aunque sea realmente incompatible con lo que la mujer puede llegar a ser, tanto dentro como fuera de la Iglesia También aquí la presentación se reparte en dos corrientes divergentes: por un lado, la mujer distinta, ideal de referencias; por otro, la mujer normal, la de la vida, la que nos podemos encontrar como vecina de cualquier barrio o co­mo paseante de cualquier rosaleda o como es­posa de cualquier enlace sindical, o como en­fermera de cualquier centro de acogida de la Madre Teresa, o como cualquier catequista de comunidades de base en las montañas de Pe­rú, o como muchacha de servicio de la «señora del segundo», o como encargada de quitar los abrigos a unos niños de un jardín de infan­cia en cualquier lugar del mundo. En realidad no es tanto la Mariología de los sociólogos co­mo la utilización de los contextos sociológicos, lo que nos sirve para resituar a una persona suficientemente parecida a María de Nazaret.

Mariología de la Liberación

María se nos presenta como la «solidaria con su pueblo»: oprimida con los oprimidos, marginada con los marginados y portavoz cua­lificada del Magníficat, como canto de espe­ranza de liberación. Una María tan encarnada en un pueblo sometido que es capaz de com­prender los sentimientos y las voces de ese pueblo y que, gracias a su fe, es capaz de in­fundirles la esperanza de una real liberación, realizable en este mundo si queremos seguir las pretensiones de Dios en su manera de sal­var a los hombres.

Mariología del Nuevo Testamento

El título más aproximado sería algo así: «de María de Nazaret a María la Madre del Señor, pa­sando por María la madre de Jesús». Una Mario­logía real: la pretendida por Lucas y algo más que insinuada en el evangelio de Juan, e implícita en los otros dos evangelistas: Una mariología que trata de ofrecemos el itinerario desde sus oríge­nes, pasando por su puesto en la vida de Jesús, hasta ofrecemos una visión de su puesto en la comunidad que siguió a la Resurrección.

Mariología del Magisterio postconciliar

Para esta mariología, María es «la Madre de la Iglesia»; no para fugarse de la disputa un tanto ingenuamente llamada la cuestión mariológica, sino como una manera renovada de contemplar a María como trasunto de la misión de la Iglesia, su alentadora que garantiza, con su presencia, el recuerdo de Jesús y el sentido de su misión.

– Mariología de los símbolos bíblicos

Podríamos entender en ella a María como «la caronada de estrellas». Es una mariología montada toda ella sobre la utilización y explica­ción de un montón de símbolos que aparecen en la Biblia, que la misma Biblia nunca aplicó a Ma­ría, pero sí lo hacen los creyentes y no pocos lec­tores de la misma Biblia. Surgiendo así una nue­va simbología presuntamente mariana, aunque -¡eso sí!- de gran eficacia representativa.

– Mariología de la afectividad y sentimiento

Según ella, María es «mi Madre o Nuestra Madre» y en ella queda encuadrada toda esa historia personal de la presencia de María en nuestras expresiones de niño o niña, nuestros recuerdos de adolescencia, nuestras idealiza­ciones juveniles, etc. Todo lo que, para cada uno, significa el itinerario espiritual en relación constante y afectiva con María, y su justifica­ción más o menos teológica.

  1. ORAR COMO MARÍA Y CON MARÍA

Los evangelios nos presentan a María orando. Podemos hablar de oración de María y, sobre todo, podemos orar «como y con» ella, más que «orar a» María. La oración en sentido estricto, co­mo la fe de la que es expresión, como la devoción de la que es una forma, como el culto, sólo puede ser dirigida a Dios. Por otro lado, es Jesucristo el «lugar» de nuestro encuentro con el Padre: con y por Él oramos confiadamente a Dios Padre.

Vamos, pues, a hacer un recorrido por los evangelios para recoger cuanto se dice sobre María de Nazaret para orar como y con ella. Antes de nada, la primera alusión a María que encontramos en el Nuevo Testamento no puede ser más sobria; ni siquiera la nombra. María aparece incidentalmente en la carta a los Gálatas cuando, para subrayar la humanidad del Señor, Pago dice de él: «Nacido de mujer». De esa alusión, a las expresiones del culto mariano de la Iglesia y a las expresiones de la de­voción popular ¡cuánta distancia! Una distancia recorrida en alas del entusiasmo, ciertamente, pero por caminos abiertos por la meditación cristiana desde las mismas páginas del Nuevo Testamento.

– «He aquí la esclava del Señor,

hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,39)

Podemos considerar estas palabras como la primera oración de María. Y está calcada de la que otro escritor del Nuevo Testamento pone en boca de Jesús: «Aquí estoy, Se­ñor, para hacer tu voluntad» (Heb 10, 7) y es un eco de la ora­ción de Jesús en el momento de la prueba: «No se haga mi voluntad sino la tuya». Es, además, una ilustración de la ora­ción que nos dejó el Señor. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». El relato de la Anunciación está todo en­vuelto en el clima y la atmósfera de la gracia y el favor de Dios.

«Aquí estoy», «Heme aquí», es el primer paso de quien, an­tes de responder, se ve ya a la luz de Dios y da así señal de haberse sentido llamado. Además, el optativo del «hágase en mí» es la expresión condensada del reconocimiento de Dios y de su iniciativa y de la completa conformidad. Así, la prime­ra palabra que el evangelio de Lucas peone en boca de María es la mejor expresión de una actitud orante.

«Proclama mi alma la grandeza del Señor…» (Lc 1,46-55)

Es la más larga y expresa oración de María. Tiene la forma de canto y es una preciosa oración de alabanza. En ella María deja hablar a su fe. Presta su voz y sus sentimientos a la presencia de Dios y se hace humilde eco de su bondad, su poder y su santidad que han hecho maravillas en su vida. En este canto de María resuena todo el gozo de quien por la fe se ha visto introducida en el Reino. Aquel mismo gozo del espíritu dei que se sintió lleno Jesús cuando bendijo y alabó al Padre porque había revelado a los sencillas los misterios del Reino.

María descubre en la historia aparentemente insignificante de una humilde nazarena las maravi­llas y los portentos de Dios y asiste con gozo a la inversión de valores que comporta la presencia del Reino de Dios. Por eso su cántico es el cántico evangélico por excelencia. En él se perciben los ecos del anuncio del evangelio por Jesús cuando atestigua que Él es el que esperamos porque «…los pobres son evangelizados». Y por eso el evangelista Lucas al poner esta oración en labios de María nos está proponiendo a María como el modelo de creyente, como testigo de la venida del Reino y como perfecta discípula de Jesús.

– «Hijo, ¿por qué hiciste esto con nosotros?» (Lc 2,48-50)

Verdaderamente nuestro Dios es un Dios escondido. Ni siquiera en su revelación definitiva en Je­sucristo ha podido revelarse de otra manera que como el Misterio que desconcierta, desinstala, pone en movimiento y hace iniciar caminos de éxodo. Por eso la fe no siempre es experiencia gozosa de presencia. A veces no puede ser vivida más que como nostalgia y como pregunta por una presencia que se ha oscurecido o se ha ocultado de la vida del creyente. Y así como hay la oración de la acep­tación de la presencia, hay la oración para los momentos de ausencia. Preparada por la profecía de Simeón, María ora aquí al Dios manifestado y oscurecido en el Hijo que la sorprende y la desconcier­ta, con la oración de la búsqueda, de la angustia por la posible pérdida, la pregunta y la queja.

«María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; 2, 51)

Por dos veces hace Lucas en el mismo capítulo esta observación a propósito de María, la ma­dre de Jesús. Es probable que con ella quiera expresarse una vez más que Mana no acababa de comprender lo sucedido. Pero con ella se expresa también, sin duda, la actitud muy propia del creyente que escucha, acoge la palabra, la medita y la va «rumiando en su interior hasta asimilarla perfectamente en su vida. Y no cabe duda de que ésta es, en la vida del creyente, una de las tare­as propias de la oración. La palabra de Dios necesita resonar en el interior de la persona; necesita someterse a ese lento proceso de simbiosis con la persona a la que es dirigida que le permita ca­lar todas sus capas hasta la más profunda

– «Dijo a Jesús su madre. No tienen vino… Haced lo que él os diga (Jn 2,3-5)

La piadosa nazarena que es María parece haber conocido la sentencia de algunos piadosos ma­estros del judaísmo: «La oración que Dios antes escucha es la que le dirigimos por los demás». Y en este relato lleno de valor simbólico aparece haciendo presente ante su hijo la situación de unos po­bres novios en apuros. Tan discreta es su intervención que por el texto sólo no podemos saber qué es lo que le pide. Parece como si por instinto María hubiese adivinado la enseñanza de Jesús: «Cuan­do orces no habléis mucho como los gentiles, que se imaginan que por su mucha palabrería serán es­cuchados… bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad». A María le basta con llamar la aten­ción del Hijo sobre aquella situación de necesidad.

«Estaban junto a la cruz de Jesús su madre…» (Jn 19,25-2)

Aquí la oración de María, tan sobria siempre en palabras, ha renunciado a toda palabra. Su oración consiste en estar junto a la cruz de su hijo y acompañar a aquél a quien casi todos habían abandonado. Hay que haber estado radicalmente solo para comprender lo que significa en esos momentos la compañía. Y Jesús, que en Getsemaní había buscado en vano la compañía de los discípulos, ahora, cuando su soledad se ha hecho más oscura y más intensa, tiene la compañía de su madre. No hay que hacer ningún esfuerzo de imaginación para saber que María comparte el do­lor de su hijo. Pero, además, sabiendo que es «la que ha creído» sólo podernos imaginaria com­partiendo también la confianza absoluta del Hijo, desde el abismo de su abandono. Por eso en el mismo momento en que «todo se ha consumado», cuando en la entrega del Hijo se ha revelado el amor infinito del Padre, se revela también la última dimensión de la maternidad de María.

Aquí, en la solidaridad más estrecha con la entrega de sí que vive el Hijo, culmina aquel itinerario de aceptación de la propia vocación, de escucha agente, de conformidad con la voluntad de Dios y de puesta en práctica de la Palabra que ha constituido la vida de María Y en esta culminación se mani­fiesta la transformación de la persona que ha operado la actitud creyente ejercitara día a día en una actitud orante. AI recibir del Hijo la encomienda de sus hermanos, María realiza la última dimensión de su matemida9; y la que ha vivido como esclava del Señor, ha sido conducida por su fe a ser la madre de aquellos a los que el Resucitad ha querido incorporar a su propia vida por el envío del Espíritu.

  1. PAUTAS PARA EL ANÁLISIS, LA ORACIÓN Y LA CELEBRACIÓN

Nos referimos, en primer lugar, a las distintas «formas de mariología» citadas en el epígrafe 1. Han de servimos, antes de nada, para reconocer cuál es «nuestra imagen» de María de Nazaret. He aquí algunas cuestiones para trabajar en este sentido:

  • Una vez leídas las características de cada una de las mariologías citadas, tratar de buscar ejem­plos para concretar el significad de caria una de ellas: «devociones a María», peregrinaciones a santuarios, la Virgen de nuestros abuelos, la Virgen de nuestra infancia, etc.
  • Situamos nosotros en el conjunto de las mariologías: ¿cuál la imagen personal y el tipo de rela­ción que tenemos con María? ¿En qué mariología o mariologías se encuadraría nuestro modo de ver y relacionamos con María de Nazaret?
  • En nuestra parroquia, centro educativo, centro juvenil, etc., ¿cuál es el modo predominante de ver a María?
  • ¿Cómo sería el mejor modo de entender hoy a la Virgen María?

La segunda actividad que podemos realizar con los presentes materiales es aquella de «rezar co­mo y con María», conforme se nos sugiere en el epígrafe 2. Al mismo tiempo, ahí se recogen los «datos esenciales», las bases para cualquier tipo de desarrollo de la devoción a la Virgen.

Por último, podemos concluir las reuniones dedicadas a contemplar a María de Nazaret con una pequeña celebración. Para la misma, indicamos a continuación algunos elementos.

– María del Magníficat

En un clima adecuado -música de fondo, luz tenue, etc.- comenzamos la celebración escu­chando el Magníficat. Se reparte, después, el texto. El animador de la celebración, inicialmente, in­vita a repetir lenta é internamente su contenido, tratando de que cada uno lo haga suyo. Después irá apuntando otras sugerencias: caer en la cuenta de cuántas cosas importantes en la vida brotan de la alegría; expresar con una palabra o frase los sentimientos que produce el Magníficat; con qué palabra de él se queda cada uno finalmente.

  • Canto: María, tú que velas junto a mí.
  • Lectura primera:

«Se ha fijado en su sierva; ha hecho obras grandes en mí… María no da gracias por favores es­peciales, no recuerda detalles de su vida. Simplemente se reconoce como objeto del amor total por parte de Dios; lo acepta desde dentro y canta. Toda su existencia se define ahora partiendo de ese amor, en forma de alegría y de respuesta. Así, orar significa para María, reconocer la otra de Dios y reconocerse a sí misma fundada en su obra. Orar significa cimentar la existencia en ese plano, descubrirse allí como persona.

Orar supone descubrir a Dios como «mi Dios, el que me salva sin que yo pueda ofrecer causa ninguna; el que me ama y el que me distingue sin que exista razón ni fundamento. Una vez llega­dos aquí, el sentido de la vida se ensancha; y de «mi Dios» (sin olvidarlo nunca) se pasa interna y necesariamente al Dios de todos» (J. Pikaza).

  • Evangelio: Lc 1,39-45.56
  • Comentario y diálogo:

Conforme propone la lectura del evangelio («visita de María a su prima Isabel»), los comentarios del animador y el tema del diálogo deben dirigirse al compromiso. La vocación cristiana ha de cen­trarse en la «construcción del Reino» de la justicia y de la paz, de la fraternidad, etc. Entonces, a la luz de María de Nazaret, ¿cuál puede ser nuestro compromiso?

  • Padrenuestro y «acción de gracias» final

Te doy las gracias, Dios, con María,
la mujer sencilla
que pasó toda su vida
al servicio de la alegría de los hombres.
Te doy gracias
por la vida y la ilusión que vive en mí:
porque vivo en estos momentos
tan importantes de la historia
y voy forjando el futuro del mundo
con mi trabajo, esfuerzo y alegría.
Ayúdame a librarme de mí mismo
y de todas mis esclavitudes:
de mis chismes y rencores,
de mi orgullo y egoísmo,
de mis comodidades y mentiras,
de los cansancios y rutinas.
Así, también yo podré luchar
contra toda injusticia y esclavitud
que oprime a los hombres, mis hermanos.
Así, también yo podré vivir hoy y siempre
al servicio de la alegría de los hambres.

(F. Cardenal)

1 En el tema de las mariologías hemos seguido -adap­tando el texto- el «Documento 38» de las fichas de «Educación religiosa en familia» [«Padres y Maestros» 225(1997), 58-59]. Igualmente los textos referidos a la «oración como y con María» están tomados, con pe­queñas reelaboraciones, de J. MARTÍN VELASCO (Invita­ción a orar, Narcea, Madrid 1993,163-184).

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