ORIENTACIONES PASTORALES PARA AYUDAR (-NOS) A MADURAR A LOS (COMO) ADOLESCENTES

Miguel Ángel Olivares Ullán, sdb.

Parroquia Cristo Liberador de Parla

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Algo pasa entorno a nuestros jóvenes que les hace quedar anclados en una adolescencia interminable. El autor, en este artículo, busca semejanzas entre las características de la cultura y la vida de los adolescentes. Se pregunta por posibles caminos pastorales: fe en Cristo Jesús; asistir, permanecer, vivir; admirar y amar la naturaleza; dar herramientas adecuadas a una mente adolescente hiperactiva.

 

  1. Hagamos memoria juntos

Para comenzar recuerdo sencillamente algunas características de los adolescentes que parecen especialmente relevantes para este artículo.

 

  1. a) El egocentrismo adolescente

La adquisición del pensamiento formal implica un considerable aumento de la flexibilidad y un distanciamiento de la realidad inmediata. Este distanciamiento tiene un coste, una nueva forma de egocentrismo, caracterizado por la radicalidad con la que se aplica la lógica.

Lo esperable es que el egocentrismo de la adolescencia temprana vaya  disminuyendo (generalmente a partir de los 15 ó 16 años) cuando las operaciones formales quedan establecidas. Concretando, podemos ver algunos rasgos:

 

El auditorio imaginario

Consiste en la imaginación de receptores de una comunicación continua en la que se ensayan las nuevas cualidades adquiridas. Con el tiempo va siendo sustituido por un auditorio real, al reconocer las diferencias existentes entre sus propias preocupaciones y las de los demás.

 

La audiencia imaginaria

Es la creencia del adolescente en que su aspecto y su conducta preocupan a otras personas, su audiencia de la que se siente centro de atención. Este aspecto del egocentrismo explica en parte un alto grado de timidez que se presenta con frecuencia en la adolescencia temprana.

 

Fábula personal: la convicción del adolescente en que su existencia es única, inmortal y especial

Es el resultado de la sobreestimación y el exceso de diferenciación de los sentimientos de un individuo y la creencia que éste tiene en su unicidad. En parte, la fábula personal, permite desarrollar la capacidad de distanciase de la realidad inmediata y de juzgarla críticamente comparándola con lo que podría ser. También capacita al adolescente para distinguir entre el punto de vista propio y el de otra persona. En su extremo, esta distorsión cognitiva, podría estar en la base de las graves conductas de riesgo en que se implican algunos adolescentes con cierta frecuencia, creyendo que las consecuencias más probables de dichas conductas no pueden sucederles porque ellos son especiales. El proceso normalizado es que vaya desapareciendo al compartir sus pensamientos y sentimientos con sus compañeros y descubrir que existen importantes coincidencias.

 

Pseudo-estupidez

Capacidad de pensar sobre muchas posibilidades diferentes, de buscar móviles de conducta complejos, y de racionalizar en exceso situaciones triviales. El problema que conlleva es que se llega a conclusiones rápidas, aparentemente racionales, pero basadas en pocos datos o una visión sesgada. Se confunde el conocimiento procedente de la experiencia con las simples (o no tan simples) elucubraciones racionales. Aún no se valora la diferencia entre experiencia vital y experiencia en “lata”.

 

Hipocresía aparente

Los jóvenes adolescentes sienten que no tienen por qué acatar las mismas reglas que los demás si deben cumplir. Esto deriva de su sentimiento de ser único y diferente de todos los demás. De aquí procede esa sensación tan difícil de llevar para padres y educadores de ser juzgados bajo un sistema de valores exigente y detallado que el adolescente no aplica para nada al propio análisis.

 

  1. b) Desarrollo de la identidad

Otro aspecto de especial relevancia durante la adolescencia es la formación de una identidad individual coherente, propia, diferenciada, la elaboración de un proyecto vital en sus distintas esferas, de forma que pueda dar una adecuada respuesta a preguntas como las siguientes: ¿quién soy yo? ¿qué quiero hacer con mi vida? ¿cómo quiero que sea mi vida social y mi vida sexual? ¿en qué quiero trabajar? ¿cuáles son mis criterios morales? ¿cuáles son los valores por los cuales merece la pena comprometerse?. El logro de una identidad positiva y diferenciada no se suele alcanzar antes de los últimos años de la adolescencia (18-19 años).

Para lograr esa identidad madura, el adolescente ha tenido que establecer sus propios objetivos y valores, abandonando algunos de los que habían establecido los padres y la sociedad, y aceptando otros.

Esta identidad madura se caracteriza por dos criterios:

 

–          Es el resultado de un proceso de búsqueda personal activa y no una mera copia o negación de una identidad determinada. En este proceso el adolescente se plantea distintas posibilidades, duda entre varias alternativas y busca activamente información sobre cada una de ellas.

–          El logro de esta identidad madura, le permite llegar a un nivel suficiente de coherencia y diferenciación, integrando: la diversidad de papeles que se han desempeñado y se van a desempeñar, lo que ha sido en el pasado, lo que será en el presente y lo que se pretende ser en el futuro, lo que se percibe como real y como posible o ideal y la imagen que se tiene de uno mismo y la impresión que se produce en los demás.

 

Sin embargo, muchos jóvenes atajan esta búsqueda sin hacer esta reconsideración, lo que les lleva a aceptar los valores de los padres, en lugar de explorar alternativas y forjar una identidad personal única. Estos adolescentes tienen proyectos y objetivos claramente definidos. Estos proyectos no son el resultado de una búsqueda personal entre diferentes alternativas, son la consecuencia de una presión social excesiva y/o de su propia dificultad para soportar la incertidumbre que genera el cuestionamiento de una identidad proporcionada por otros.

Otros adolescentes pueden encontrar que los roles que sus padres y la sociedad esperan que cumplan son inalcanzables, y no mostrar ningún interés por encontrar valores y metas alternativos que sean verdaderamente suyos.

Son adolescentes que ignoran quiénes son o hacia donde van. No tienen objetivos, son apáticos, incapaces de esforzarse con cierta intensidad o durante un tiempo prolongado en una determinada dirección, y tienen dificultad para decidir o para comprometerse con las propias decisiones. Estas características son normales en la adolescencia temprana, pero son un problema cuando se prolongan en exceso impidiendo un adecuado desempeño de las tareas críticas posteriores.

Finalmente podemos encontrar muchos adolescentes que se encuentran en un receso durante el que experimentan con diferentes objetivos y valores, sin decidirse por ninguno. Algunos adolescentes con estas características, se implican en crisis continuas. Como consecuencia, parecen confusos, inestables y descontentos.

 

  1. c) El miedo a los propios cambios, a la intensidad de las emociones

Una de las cosas que menos solemos recordar de nuestra adolescencia y que no capta toda su esencia la observación o la relación con los adolescentes, es el pánico que genera el descontrol y la imposibilidad de dominar los cambios de nuestro propio cuerpo y la intensidad de las emociones.

La naturaleza, la misma tierra se impone en nosotros mismos con unos brazos, unas piernas, desmesuradas, unas novedades en nuestra anatomía que llegan para quedarse.

La propia alma parece poseída por emociones incontrolables y por la lucha entre el miedo a tenerlas y su defensa porque son asumidas con toda su intensidad como propia. El adolescente que huye aterrorizado al cuarto, porque la potencia del odio y la agresividad en una discusión con su padre, y se sume en su música favorita o en una red social.

De aquí que cierta tendencia al aislamiento o a la búsqueda de un grupo de iguales sean los “tranquilizantes” naturales para esta angustia.

 

  1. d) ¡Pero, es que ya no son adolescentes!

Después de las reflexiones que ofrece esta revista es más que evidente que nos encontramos con personas que deberían haber evolucionado hacia otras maneras de comportarse, de pensar, de entender es mundo y de entenderse a ellos mismos, pero que siguen repitiendo los esquemas y características antes citadas.

Buscando un poco de luz para el trabajo pastoral y para abordar el acompañamiento de jóvenes-adultos que presentan en su vida estas características, he optado por dar por hecho que un servidor también entraría en el perfil de esos adultos que de alguna manera permanecen atados a una adolescencia infinita.

Superadas las resistencias iniciales no me ha costado nada reconocer en mí mismo una buena parte de las características antes citadas, al menos ahí de fondo, jugando al escondite con mi consciencia que desea leerse como adulta.

Para evitar quedar en la “pseudo estupidez” (sesgo reduccionista) busco información y consejo en los que se dedican a acompañar a jóvenes-adultos: agradezco las enriquecedoras conversaciones y la vida compartida.

Y la primera conclusión es casi evidente: algo pasa entorno a nuestros jóvenes que les hace quedar anclados en una adolescencia interminable. Hay un caldo de cultivo cultural que hace que los modelables seres humanos en nuestro tiempo se vean conducidos al egocentrismo, a la obsesión con la propia identidad y a copiar los comportamientos relacionales de los adolescentes. Pero si soy honesto debo decir que ese algo nos pasa a todos, o al menos admito que me afecta a mí.

 

 

  1. La historia reciente de nuestra cultura

De los muchos acercamientos posibles que se pueden hacer a los acontecimientos de la historia reciente de la cultura dominante me quedo con el que hace José A. García en su precioso “Ventanas que dan a Dios”, a los conceptos de “intimidad” e “intimismo“.

La intimidad es la parte  reservada de los pensamientos, afectos o realidades interiores de una persona, familia o grupo, no destinada, en principio, al dominio público. Implica vida interior, riqueza de sentimientos, calor humano. Sin ella la autorrealización personal o grupal no sería posible. Para ser plenamente humanos es necesario entrar en contacto con lo más personal de uno mismo.

El intimismo, sin embargo, sugiere relación cerrada, vuelta sobre sí misma, un tanto asfixiante, es la intimidad ideologizada y convertida en trampa.

Lo interesante, desde un punto de vista pastoral y en nuestra búsqueda, es constatar que nuestra cultura mueve al sujeto a una búsqueda creciente de experiencias de intimidad que desembocan en el intimismo, un intimismo que se parece muy sospechosamente a lo que hemos definido, desde la psicología, como egocentrismo adolescente.

Es necesario constatar que hay una historia que es la madre-padre de esta confusión entre intimidad e intimismo. Saltarse este acercamiento histórico o plantearlo desde una crítica estricta y negativista sería imitar el rechazo adolescente de todo lo que venga de sus padres y perpetuar una manera de generar la propia identidad muy poco funcional.

 

  1. a) Tres hitos históricos

La Ilustración Filosófica y la Revolución Industrial, abren al yo moderno a la autonomía, a producirse a sí mismo con independencia de Dios, de la naturaleza y de los otros. Es el movimiento de separación del yo, necesario para el desarrollo.

El Expresivismo Romántico nacido a finales de XVIII que pervive hasta la actualidad, pura reacción ante la abstracción, la frialdad y la burocracia productora de clones. Es un movimiento reactivo ante la separación. Surge un creciente interés por la autoexploración de los sentimientos del yo. A la vez promueve un tipo de relaciones donde los sentimientos puedan expresarse y compartirse.

El yo moderno es el hijo de las promesas rotas de los dos movimientos anteriores, está decepcionado. Tampoco la ciencia y el progreso han cumplido las expectativas que generaron.

Así nos encontramos un con yo triste, angustiado, incoherente, fragmentado, entre el relativismo y el fanatismo pero dispuesto a buscar mitos: un yo irreconocible para sí mismo y salido de sí. En él se concentran intereses y energías que el propio yo desconocía en épocas anteriores. De aquí el interés, la necesidad de explorar y comunicar sus sentimientos.

No sé si te sucede a ti al leer esto, pero un servidor no puede evitar ver el parecido con los rasgos adolescentes con los que comenzábamos el artículo. Donde pone independencia podría aparecer egocentrismo, donde señala movimiento activo de separación podría decir búsqueda de identidad, donde se habla de yo decepcionado se podría intuir el miedo al cambio y la tormenta de transformaciones físicas y emocionales de la adolescencia.

No sé si el Expresivísmo puede identificarse con el actor imaginario, o si la negación de todo lo filosófico-teológico-político tiene que ver con la pseudo estupidez, pero la búsqueda de ambientes intimistas aislados de la complejidad de la realidad personas elegidas por nosotros como iguales… todo esto me habla de “adolescencia ambiental”.

Desde esta propuesta podríamos seguir leyendo el artículo jugando a buscar las coincidencias entre los rasgos adolescentes y los rasgos predominantes en nuestra cultura. Sigamos con ello.

 

  1. b) Escenarios actuales de expresión del intimismo del yo moderno

Si enumeramos algunos de los escenarios actuales del intimismo del yo moderno, podemos hacer una doble lectura: una realidad que leída positivamente nos hace conocer la base de la que partimos en la actividad pastoral y a la vez los sesgos que hay que reeducar en los contenidos de nuestras programaciones pastorales.

 

La emigración interior

La realidad del mundo actual puede ser tan cruel que la salida para muchos puede ser volverse a su mundo interior para recrear mundos bellos, coherentes, pacíficos. En su aspecto más dañino el mundo exterior, la naturaleza y la humanidad se reducen a escenarios de preocupación por el yo. La negación de lo trascendente te retroalimenta en el individuo y en la sociedad.

 

El individualismo expresivo

Tiene dos caras; por una parte la del utilitarismo rudo basado en la ética del trabajo y del éxito; por otra una aparente sutileza que busca la expresión de la vida interior en relaciones personales o grupales, eso sí, cuidadosamente elegidas por uno mismo, para el continuo intercambio de revelaciones, para vaciar la propia alma en el otro, en una idolatría al calor humano, a las relaciones fusionales. El la negación de la personalización y de la auto trascendencia del yo.

 

La exaltación de la vida corriente

El centro de la vida es el trabajo y la vida familiar, las actividades que antes se consideraban superiores (filosofía, política y religión) quedan desplazadas y desprestigiadas. La sociedad es el ámbito de lo impersonal, lo frío, lo alienado, aquello de lo que es mejor huir. La negación de la vocación como puente entre lo privado y lo público.

 

La modernidad líquida

No hay puntos de referencia estables, por lo tanto el peso de la construcción de las pautas (que antes marcaba la sociedad) y de la responsabilidad sobre su éxito o fracaso recaen sobre el individuo. Se trata de vivir el la ambigüedad, temor y esperanza a la vez.

 

La religión

Con la familia y el grupo de amigos, la religión posibilita el ejercicio de la actividad del corazón en un mundo que aparenta carecer de él; aquí surgen las necesidades del yo expresivo, da pie a la posibilidad de elevarse por encima de la falta de sentido y la crueldad del mundo real. El peligro de sustituir la búsqueda del sentido por el consuelo y la seguridad.

 

  1. c) Algunas pistas para la pastoral

Si el ser humano, ante la incoherencia y la dificultad que le plantea el mundo exterior con déficit de alma y corazón tiende a buscar en su interior la coherencia que necesita. La presencia de un buen acompañamiento en esta búsqueda puede ser trascendental.

El descubrimiento de la propia singularidad, la autenticidad personal, la originalidad radical de cada ser humano, es una conquista del mundo moderno que hemos de valorar y proteger. Bien conducido puede originar una sana autoexploración del yo y a vivenciar la riqueza de compartir lo descubierto para el propio bien, para el acompañamiento de otros y de la comunidad.

Hay muchos embriones culturales disidencias ante la mentalidad capitalista del hiperconsumo multiplicado al infinito; aparecen nuevos imaginarios que no necesitan vincular felicidad y consumismo.

La terapia contra la fragmentación cultural en parte ha de permitir la individualización de las convicciones, pero a la vez consiste en una educación que permita a los individuos introducirse en una tradición de mayor alcance, dentro de una “comunidad de memoria”, donde encontrar referencias y anclajes que vayan más allá de sí mismo, de los que puede ser receptor y responsable. Y desde aquí adquirir la complejidad y la riqueza necesarias para poder dialogar con la diversidad de “comunidades memoria” con las que puede encontrarse un mundo intercultural.

El yo autónomo que se auto-produce y se auto-constituye como centro de máximo interés y no se responsabiliza de las personas, las cosas, la humanidad, del mundo, es una idea que no lleva lejos. Precisamente es todo esto lo que nos hace ser, crecer, nos alimenta y da amor, lo que nos salva.

Una auto-trascendencia sin anclaje moral basado en instancias que no dependan sólo del sujeto, está expuesta a la variabilidad de la sensibilidad y la fragilidad humanas, dependiente de los estados de ánimo o las necesidades del momento. El miedo y la sobrecarga experimentadas por los sujetos ante los dilemas vitales pueden ser una buena puerta para reconducir la necesidad humana de la referencia cultural sólida que puede ofrecer la religión; ahora quedaría evitar la tentación de dar seguridades ideológicas cerradas, esas que tanta alergia producen al hombre moderno.

Las relaciones basadas en el individualismo expresivo puede ser orientadas para descubrir que las relaciones que definen mi identidad, aprendiendo a no confundir la exploración de relaciones en búsqueda del placer (temporales, en serie) con las relaciones que definen la propia identidad, que no son sin más prescindibles y destinadas a ser sustituidas.

Sólo si existo en un mundo en el que la historia o las exigencias de la naturaleza o las necesidades de mi prójimo o los deberes como ciudadano o la llamada de Dios o alguna otra cosa que tenga importancia crucial, puede llevarme a definir una identidad para mí mismo que no se trivial.

No podemos limitarnos a una auto-trascendencia cerrada en un grupo familiar, social, religioso, laboral… El mundo quedaría fuera de nuestro interés y de nuestra capacidad de amar. Estaríamos recortados, padeceríamos amnesia, negando lo que necesitamos, lo que nos constituye y aquello de lo que dependemos.

 

  1. Tratamiento del “pavo cultural”

Creo que a estas alturas del artículo sobra decir que hay algo más que una analogía entre las características de la adolescencia y las fuerzas culturales a las que se ve sometido el sujeto moderno. Me permito usar, con cierto tono de humor y mucho amor la expresión “pavo cultural” para definir el caldo de cultivo que favorece, promociona y casi impone que la “adolescencia” se prolongue tanto.

Me permito enumerar unos “fármacos pastorales” que ayuden a mejorar la salud del yo y del mundo.

 

  1. a) Fe en Cristo Jesús, para el egocentrismo adolescente y el intimismo exacerbado

En lo primordial: amarle identificarse con él, seguirle hasta hacer de su verdad la mía, hasta hacer de su camino el mío, hasta hacer de su vida la mía. Sólo un tú profundamente amado y admirado desvela, mueve y saca lo mejor de mí.

Los efectos en el organismo son amor, agradecimiento y seguimiento.

El prospecto es muy importante, leer los caminos y las opciones de Jesús en las grandes encrucijadas de su vida nos muestra como afrontar la nuestras, garantizando la autenticidad y la respuesta a los deseos más grandes de nuestro corazón, realizando al máximo la esencia humana y descubriendo el significado de la palabra vocación.

No hay que alarmarse ante los primeros efectos de este tratamiento, porque aunque perecen contraproducentes son la base del proceso de sanación. Porque aparece la invitación a la despreocupación por los problemas de la vida (Mt 6, 25-33; Lc 12, 22-31) pero ataca directamente al exceso de inversión de energía en las cuestiones de yo, libera de la tiranía de la angustia y del miedo y sustenta la salud del sujeto en ese Álguien que es Padre-Madre y nos cuida, un Dios siempre bueno con sus criaturas, que te lanza a la vida pública, al intento de ser como el de “vivir como Dios”.

Cuando se mantiene el tratamiento en el tiempo surgen cambios que en principio pueden resultar alarmantes, porque se nos abre la vista al lado oscuro de la realidad: la cerrazón de los sabios, de las instituciones, de los sistemas políticos y económicos ante la novedad de un Reinado de Dios que desea la realización y la felicidad del hombre. Se toma conciencia de las amenazas reales del mundo y el rechazo de los poderosos o de las ideologías reinantes. En este punto, Jesús, con plena consciencia da gracias al Padre porque elige revelar su verdad a los sencillos, a los que se sienten pobres y necesitados del otro, de Dios (Mt 11, 25; Lc 10, 21).

El siguiente efecto de este medicamento sólo aparece ante las inevitables pero reales experiencias duras de la vida, ante el fracaso, el dolor, la enfermedad, la muerte, la oscuridad más profunda; cuando no es posible reconocer la presencia del Padre-Madre providente por ninguna parte.  Aquí aparece el testimonio vivo de Jesús como el hacedor de memoria, porque había hecho tanta y tal acumulación de memorias sobre Dios como Padre-Madre suyo y del mundo, tantas veces envuelto de y rodeado de su amor, que hasta en la Cruz la memoria se impone sobre la brutalidad y el sinsentido (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”).

Y finalmente la sanación se expresa llenando toda la vida abrazándolo todo: amigos-traidores, poderes político-económico-religioso despiadados y discípulos, las miserias del mundo y la riqueza del amor de Dios, los tesoros y bienes de la tierra codiciados y dilapidados y los sencillos pan y vino…Y allí y así, Jesús dice “os doy mi vida…este es mi cuerpo que se entrega por vosotros y por todos”. La santa Cena, la Eucaristía.

No hay mejor modo de situarse ante la pequeñez de las fragilidades de cada yo, cada comunidad humana, ante este mundo, resistente a admitir la Buena-Noticia-de-Dios-para-el-Hombre, Padre accesible, Dios libre. Y es que en Jesús se adquiere “acceso” continuo a Dios, la posibilidad de descansar en él, fiarse de él, vivir ante él, sin manipularle sin comprender todos sus caminos.

Tras el tratamiento podremos adentrarnos en las relaciones personales profundamente enraizados en Otro, que como es Amor no deja de serlo nuca. Así el amigo, la pareja, el hermano, pasa a ser accesible para nosotros, fuente de confianza, de seguridad, de dicha; pero a la vez es libre, con la inseguridad que conlleva para nosotros, los miedos, la incertidumbre, ya que nunca estaremos del todo seguros de si estará ahí, siempre, a favor nuestro. La belleza y el riesgo de lo humano.

Lo que sostuvo la confianza de Jesús ante las pruebas, será también para nosotros roca firme de confianza en Dios providente y desconcertante.

 

  1. b) Asistir, permanecer, vivir: frente al aislamiento intimista, a la pseudo-estupidez, al actor imaginario

Asistir y permanecer en la vida propia y de los otros, ya no es un “fármaco“, implica una “terapia relacional”.

Con el tratamiento anterior ya podemos basarnos en la relación con un Dios providente, que nunca de queda al margen, siempre está, asiste y resiste, aun ante aquello que parece contradecir la providencia de Dios.

Por tanto para todo proceso sanador-pastoral, es necesario el contacto con las realidades humanas que parecen contradecirla imagen de un Dios que cuida de nosotros.

Asistir-acompañar y ayudar al joven para permanecer y afrontar las situaciones duras y oscuras de su propia vida, en la búsqueda de  sanación y de sentido.

Asistir experiencias en que el joven vea y simpatice con el dolor y la oscuridad que viven otros. En este punto las experiencias de voluntariado o cualquier otro tipo de compromiso personal con la vida del otros en carencia, enfermedad o sufrimiento, son insustituibles: nada saca de ensimismamiento como en el encuentro con el dolor del otro.

Testimoniar, como asistente-acompañante de la vida del joven, la firme confianza en Cristo Jesús, en el Padre-Madre providente, en la creativa acción del Espíritu, que se encarna en lo humano de la Iglesia, a pesar de: la frustración del encuentro con nuestra limitación personal, el descubrimiento de que el otro no está ahí sólo para satisfacerme, la decepción que pueda venir de la cultura-sociedad-instituciones, la irracionalidad de consumismo dominante, las crisis… Ese contundente “estoy seguro que ni la muerte ni la vida, ni lo presente ni lo futuro…será capaz de arrancarme del amor de Dios manifestado en Jesucristo”, que necesita el hombre de hoy para poder animarse a salir de sí para los otros.

 

  1. c) Admirar y amar la naturaleza: para sanar al miedo a la naturaleza-cuerpo y las emociones volcánicas fuera de nuestro control

El silencio y el contacto con los espacios naturales producen espontáneamente (siempre y cuando se haya seguido el tratamiento anterior, aunque se observan sorprendentes caso de acción sanadora directa) el surgimiento (recreación) de un varón y una mujer capaces de mirar y amar la creación, de luchar contra cualquier forma que adquiera el mal en ella, olvidándose un poco de sí mismos y de apostar por la entrega de su presente y su futuro a Dios.

De forma paralela, lejos de perderse, se aumenta la entrega y la verdadera relación con las personas que ama y con las que decide compartir su intimidad.

El efecto a largo plazo es vivir lo que hay que vivir, pero haciéndolo en contacto con el mismísimo Corazón de Dios. A los otros la sensación de saberse y sentirse en manos de Dios les suele llegar en forma de una preciosa mezcla de ternura y firmeza que alimenta y nos saca de nosotros mismos.

Como alternativa en la vida de ciudad y como sanísimo complemento están las actividades deportivas y la danza. El “en ti somos nos movemos y existimos” se puede contar, pero nada puede sustituir al vivirlo en la conexión que puede aparecer en las actividades deportivas y la danza, si el educador sabe transmitir la conexión que existe entre los miembros del grupo entre sí y con la vida misma.

No en vano, los espectáculos y el futbol han sido poseídos por el “espíritu híper consumista” sabedor se su poder sobre nosotros.

Quizá llega el momento de volver a reclamar en la pastoral la “liturgia”, lo celebrativo, y traernos junto a ellos, como medio y como contenido a la danza y al deporte.

Evidentemente el arte, en cualquiera de sus formas, es una vía pastoral, conocida y reconocida, pero nunca suficientemente aprovechada. Quizá la simple imitación  del “arte” y las formas que inundan el mercado global no sean el camino, ya que el arte es esencialmente la expresión de la intimidad del yo en diálogo con el otro  y, aunque dependiente de la cultura en la que surge, es fundamentalmente generador de cultura.

Es doloroso ver como los jóvenes artistas son absorbidos por el mercado y el mundo publicitario y constar, por ejemplo, la pobreza de la iconografía cristiana actual. Si algo es siempre joven y territorio de los jóvenes es el arte.

 

  1. d) Dar herramientas adecuadas a una “mente adolescente hiperactiva”

Si sabemos que el adolescente piensa, y mucho, así como los que nos perpetuamos de una manera u otra en esta “etapa”, necesitamos aportar unas buenas herramientas para pensar.

Creo que estamos en un momento rico en ofertas pastorales para esto. La asunción de la teoría de las inteligencias múltiples y la reflexión sobre la inteligencia espiritual, tras una buena criba en la dura práctica, están aportando mucho material para la pastoral.

Y si no olvidamos que una mente predominantemente adolescente está invadida sin piedad por las hordas de las emociones, será mejor no dejar de lado la rica aportación de la inteligencia emocional.

Algo que me parece precioso de las iniciativas que he visto llevar a la práctica en estas líneas es que educadores y destinatarios comienzan juntos el camino y van experimentando y aprendiendo juntos, lo que es en sí más enriquecedor que las mismas teorías y prácticas educativas.

 

  1. Despedida

Gracias por leer estos pensamientos en alto. Soy consciente de que falta elaboración y aterrizaje en lo concreto. En estos momentos me interesa llevar todo esto a la elaboración con otros agentes de pastoral de un proyecto adecuado a las plataformas sociales de Pinardi. El reto es no pensar sólo en el adolescente como destinatario u maestro, también toca pensar en los educadores y en todos lo agentes de pastoral y en la misma estructura organizativa como “adolescentes” en proceso de madurar.

Ya os contaremos.

Miguel Ángel Olivares Ullán

 

 

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