¿Para qué recibir la Confirmación? Y después, ¿qué?

Una propuesta desde la acción pastoral

Mons. Javier Salinas

Obispo de Tortosa

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Monseños Salinas, en este artículo, reconoce que los jóvenes que hoy deciden iniciar un proceso para recibir el sacramento de la Confirmación van contracorriente. Constata que la acción pastoral entorno a este sacramento es de mucho esfuerzo y pocos resultados. Quienes acompañan a estos jóvenes deben recordar que la fe siempre se propone; y su tesimonio es garante de vida cristiana. ¿Para qué confirmarse? Para llevar a plenitud el Bautismo y ser testigos de Jesucristo en nuestro mundo. Para fortalecer el don del Bautismo que nos hace cristianos. Y después, ¿qué? Con nuestro “sí” al “Sí” del Espíritu se acrecienta en nosotros el sentido de pertenencia a la Iglesia, así como la participación en su misión. Acaba el artículo,  Monseñor Salinas, proponiendo una pastoral juvenil en y desde la comunidad, la necesidad de atención personal, vivir el evangelio desde el corazón de la vida, avanzar hacia una cultura vocacional.

 

Algunas indicaciones

Todavía son muchos los adolescentes y jóvenes que se disponen a recibir el sacramento de la Confirmación, aunque su número va decreciendo poco a poco. Como suele ocurrir, cuando las cosas van bien nadie se hace las grandes preguntas, pero cuando la situación se vuelve más crítica surgen aquellas preguntas que tratan de justificar una determinada acción. Es en la actualidad el caso de la acción pastoral en torno al sacramento de la Confirmación, en esa etapa tan decisiva y cambiante como es la adolescencia.

¿Para qué recibir la Confirmación? Es la pregunta que nos gustaría que muchos se plantearan, porque ella da lugar a las motivaciones para descubrir el significado y alcance de este sacramento. La respuesta a esta pregunta es lo que habrá que trabajar a lo largo del proceso con los adolescentes, y desde el primer momento. Ellos viven desde lo concreto y pueden dejar implícito lo que debe ser una realidad más explícita, pues, hoy más que en otras épocas, no les basta con seguir una costumbre sino que necesitan descubrir los motivos para una determinada decisión. Y más cuando hoy, para muchos adolescentes, decidirse a recibir el sacramento de la Confirmación y participar en la catequesis constituye, en muchos casos, ir contracorriente de la opinión de sus amigos y su ambiente.

Sin embargo, y a pesar de todo, somos quienes proponemos a los adolescentes la Confirmación, quienes también deberemos contestarnos a la gran cuestión de ¿para qué?. Personalmente, la realidad de la acción pastoral me ha llevado a hacerme esta pregunta. A nadie se le ocultan los múltiples esfuerzos que se realizan en torno a la celebración del sacramento de la Confirmación, y los resultados tan escasos que se obtienen. ¡Cuántas preguntas surgen a lo largo del camino de formación cristiana con los adolescentes y jóvenes! ¡Cuántas veces, el día de la celebración de la Confirmación se vive como una gran fiesta y al mismo tiempo como un gran descanso!. Hay que reconocer que el esfuerzo del camino llega a ocultar la perspectiva de futuro. Y lamentablemente, la verdad es que los hechos nos dan la razón: con la Confirmación todo termina. Los jóvenes marchan. De ahí la pregunta que constantemente resuena en el interior de catequistas, sacerdotes y, como no, del propio Obispo: ¿vale la pena continuar?.

Motivar a los adolescentes a recibir la Confirmación pasa necesariamente por la motivación de quienes los acompañan y educan en la fe. Para ello es necesario recordar que la fe siempre ha de proponerse. Se trata de seguir los pasos de Jesús, que precisamente en la parábola del sembrador nos mostró la magnanimidad con que hay que llevar adelante la gran tarea de la siembra de la vida cristiana. Por otra parte, tampoco debemos olvidar que es la misma comunidad cristiana que acogió a los niños en su seno el día de su Bautismo, la que tiene la responsabilidad de continuar proponiéndoles su crecimiento en la fe. Pero hay más, los cristianos adultos y, de forma particular, quienes tenemos la responsabilidad de transmitir la fe, no podemos olvidar que en ello va nuestro mismo futuro y el de la humanidad. Cabe recordar la llamada del Concilio Vaticano II a trabajar con los jóvenes, a proponerles la fe, a acompañarlos para que puedan libremente participar en la construcción de nuestro mundo, como seguidores de Jesucristo. En efecto, “podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar” (Gs, 31,3). Y ¿qué mayor razón para vivir y esperar que ser cristianos?

En la hora presente la cuestión más decisiva para motivar a los adolescentes no tiene aspecto de una técnica, de un medio, sino que depende más radicalmente que nunca del propio testimonio de quien hace la propuesta y del camino a recorrer. Todos sabemos del bajo tono vital con que muchos educadores afrontan este quehacer en una sociedad plural, en la que la transmisión de la fe ha dejado de ser algo espontáneo, una herencia que se va pasando de unos a otros sin más esfuerzo. Hoy todo se cuestiona, y esto hace que la propuesta de la fe deba asumir interrogantes, cuestiones, tanto personales como ambientales. Cierto que todavía nos encontramos con muchos jóvenes que se disponen a recibir la Confirmación desde actitudes pasivas, marcados por el peso de la familia o de la costumbre, aunque también van apareciendo otros que lo hacen desde una actitud de búsqueda de algo que dé calor a sus vidas. En todos hay que trabajar esta cuestión: ¿para qué te confirmas?

 

Una nueva oportunidad para llegar a ser cristiano

Todos deberíamos recordar que no nacemos cristianos. Llegamos a serlo por la acción de Dios en nosotros, unida a nuestra respuesta personal. Es una cuestión de relación, de encuentro y de respuesta. Una realidad que hoy hay que valorar de una forma nueva, pues vivimos en una cultura que sitúa al hombre en el centro de todo. Esta visión del hombre puede hacernos creer que el ser cristiano dependería fundamentalmente de nuestra respuesta, de nuestros esfuerzos, de nuestra capacidad de compromiso. Sin embargo no es así. Se sitúa más en la perspectiva de la amistad, del encuentro entre personas, de la admiración que provoca el otro en nosotros. Benedicto XVI nos lo ha señalado: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus Caritas est, n.1). Esta es una realidad que no podemos olvidar, pues nos habla de un plus que no nace simplemente de nuestra inteligencia ni de nuestra voluntad. Hay algo que nos supera y que únicamente puede ser recibido como don. Como escribe Simone Weil, “los bienes más preciosos no deben ser buscados, sino esperados. Pues el hombre no puede encontrarlos por sus propias fuerzas” (La espera de Dios, p.77). Así acontece con todas las grandes experiencias humanas y así acontece con la experiencia de la fe.

En este sentido, entrar en el camino que lleva a celebrar el sacramento de la Confirmación, dejarse confirmar por el Espíritu Santo, constituye una nueva oportunidad para crecer en la fe, pues se podría decir que, ahora, el rostro de Cristo queda más plenamente manifiesto en nuestra propia vida. Se trata de habitar en la certeza de nuestra sintonía con el camino de vida que Jesús nos propone, porque Él mismo está con nosotros y nos muestra el camino de la felicidad. En este sentido, tienen gran actualidad estas palabras de Benedicto XVI dirigidas a los jóvenes en su viaje apostólico a Chequia: “Queridos amigos, no es difícil constatar que en cada joven existe una aspiración a la felicidad, a veces mezclada con un sentimiento de inquietud; una aspiración que, sin embargo, la actual sociedad de consumo explota frecuentemente de forma falsa y alienante. Es necesario, en cambio, valorar seriamente el anhelo de felicidad que exige una respuesta verdadera y exhaustiva. A vuestra edad se hacen las primeras grandes elecciones, capaces de orientar la vida hacia el bien o hacia el mal. Desgraciadamente no son pocos los coetáneos vuestros que se dejan atraer por espejismos ilusorios de paraísos artificiales para encontrarse después en una triste soledad… el Señor sale al encuentro de cada uno de vosotros. Llama a la puerta de vuestra libertad y pide que lo acojáis como amigo. Desea haceros felices, llenaros de humanidad y de dignidad. La fe cristiana es esto: el encuentro con Cristo. Persona viva que da a la vida un nuevo horizonte y así la dirección decisiva. Y cuando el corazón de un joven se abre a sus proyectos divinos, no le cuesta demasiado reconocer y seguir su voz. De hecho, el Señor llama a cada uno por su nombre y a cada uno desea confiar una misión específica en la Iglesia y en la sociedad”.

En esta línea, proponer a alguien prepararse y recibir el sacramento de la Confirmación es invitarle a entrar en la aventura de su yo más íntimo, de su esfuerzo por configurar su vida y afrontar la cuestión de su sentido, de los motivos para vivir y amar. Un cristiano no es simplemente alguien que tiene noticias sobre Jesús, o que simplemente quiere ser buena persona. Un cristiano es alguien sabe de Jesús, que le conoce de modo tal que desea identificarse con su camino. Y no sólo eso, sino que intenta tomar decisiones desde aquellos valores que Jesús propone. Por ello se pregunta “¿qué haría Jesús en esta situación?; ¿responderá mi decisión a lo que Él quiere?; ¿podré presentárselo como un regalo que se ofrece a un amigo?”. Son cuestiones que llevan a hacer de la experiencia de la fe algo interior, no simplemente un ritual que se cumple pero que no toca el corazón.

Si esto es así es porque el sacramento de la Confirmación pone ante nuestra mirada la acción del Espíritu Santo en la vida de la comunidad eclesial y también en cada uno de nosotros. El Apóstol San Pablo nos recordaba que “nadie puede decir que Jesús es el Señor si no es por el Espíritu” (1Co 13,3). Sí, la Confirmación nos introduce en esta gran realidad, pues actualiza, aquí y ahora, el gran acontecimiento de Pentecostés, en el que la Pascua de Jesús adquiere toda su resonancia y visibilidad a través del testimonio de los apóstoles. La Confirmación es crecimiento en el camino cristiano que empezó con el Bautismo; es manifestación de la acción del Espíritu Santo, con sus dones y llamadas, para que nuestras vidas se parezcan más a Jesucristo y entremos más a fondo en la vida y misión de la Iglesia, que continúa hoy su obra entre nosotros.

 

Un encuentro que transforma

¿Para qué confirmarse? Para llevar a plenitud el Bautismo y, así, ser realmente testigos de Jesucristo en nuestro mundo. Se trata de recibir más plenamente al Espíritu Santo, don gratuito de Dios, que quiere unirnos así a su vida misma, transformarnos con su presencia y hacernos libres para poder caminar siguiendo a Jesús. El don que Dios concede en la Confirmación es el Espíritu Santo, que es don de Dios Amor, que libera y recrea nuestra libertad. “Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Co 3,17). Qué alegría saber que esta es la posibilidad que el Espíritu genera en nosotros: ser realmente libres. A veces escuchamos que la fe cristiana quiere recortar nuestra libertad, nuestros deseos más profundos de felicidad. Nada más alejado de la realidad de la fe. La Iglesia, cuando en la fiesta de Pentecostés habla del Espíritu Santo, dice: “mira el vacío del hombre / si tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado / cuando no envías su aliento”(secuencia del día de Pentecostés). Así, el sacramento de la Confirmación perfecciona el don del Espíritu Santo recibido en el Bautismo y hace capaz, a quien lo recibe, de dar testimonio de Cristo. Es decir, hace más plenamente cristiano, pues el Espíritu Santo nos lleva a crecer, a parecernos más a Jesucristo. Porque, como ya he dicho, para llegar a ser cristiano no basta con saber cosas de Jesús, es preciso entrar en contacto con Él, es necesario dejarse alcanzar por Aquel que lo hace presente hoy entre nosotros, el Espíritu.

 

Vivir más unidos a todos los cristianos

La comunidad cristiana tiene una vocación maternal. Quiere transmitir la vida cristiana. Por ello, a los recién nacidos que sus padres presentan, los incorpora a la vida cristiana con el sacramento del Bautismo. Es un gran don que la Iglesia realiza en el deseo de que sean cristianos. Por ello no deja de proponer a los adolescentes un nuevo sacramento, la Confirmación, para que se fortalezca la semilla de la vida cristiana sembrada en el Bautismo, y, así, participen más plenamente de la vida de la comunidad cristiana, que es la familia de Dios. Y, a partir de ahí, se dispongan a mostrar con palabras y obras la esperanza que les guía.

 

Un don que merece una respuesta

No es posible entender la lógica del regalo si éste no suscita una respuesta. Un regalo sin acogida no ha cumplido su misión. El don de la vida cristiana espera una respuesta. Y el sacramento de la Confirmación es, precisamente, expresión de la acción gratuita de Dios, de su voluntad de incorporarnos a su vida misma. De ahí que este sacramento nos introduzca más plenamente en la vida del Espíritu. De ahí también el valor de la respuesta de fe, de la acogida, de nuestro “amén”. Pero no podemos olvidar que quien la suscita es Dios mismo y, por tanto, que lo primero es el don, el regalo de su amor. Por ello no queda claro cuando la Confirmación se presenta sólo como una acción nuestra. A veces se dice: “la Confirmación es la celebración de mi decisión libre y personal de querer vivir como cristiano. Nadie la puede tomar por mí”. O también “la confirmación te ofrece ahora la oportunidad para que definas tu actitud ante esa fe que han tratado de transmitirte”. Cierto que la fe, el don de Dios, suscita una respuesta. Si nadie lo acoge quedaría sin producir su fruto, sin mostrar su fuerza salvadora. Pero no podemos olvidar qué es lo primero, quién va delante, quién sostiene e impulsa. Siempre es Dios el fundamento y la meta; siempre es Él quien toma la iniciativa; siempre será, para cada uno de nosotros, un don, un regalo, una gracia que está llamada a generar nueva vida y, por tanto, necesita también de nuestra respuesta. Por esto, en el sacramento de la Confirmación, a través de los ritos de la celebración expresamos este dejarnos tocar por la acción de Dios mismo, por el Espíritu Santo que actúa en nosotros.

En este sentido, quiero recordar uno de los ritos que ponen de manifiesto esta realidad y que ayudan a comprender que en la Confirmación es el Espíritu quien nos introduce en el camino de Jesús y en el de su Iglesia. Se trata de aquel momento en el que, quien va a ser confirmado, se acerca al Obispo o a su representante, y éste unge su frente con el Santo Crisma haciendo la señal de la Cruz al tiempo que dice: “por esta señal, recibe el don del Espíritu Santo”. Mediante este rito se nos dice que por el Espíritu Dios acoge al hombre en plenitud. La vida entera del cristiano está sostenida y debe seguir sostenida en el futuro por la acción del Espíritu. Por eso, en esta celebración sacramental, nuestra vida se pone bajo la dirección del Espíritu. Así, la Confirmación, en su relación con el Bautismo, es promesa, invocación y ratificación de la presencia del Espíritu en la vida entera del confirmando. Por otra parte, este rito de la signación expresa, desde la perspectiva del que lo recibe, su disposición a dejarse dirigir por el Espíritu de Dios. De esta manera se podría decir que la Confirmación es la gran declaración de disponibilidad para dejarse guiar por el Espíritu. Como dice el Apóstol San Pablo, “los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14). Ser confirmado es manifestar públicamente que se está dispuesto a dejarse afectar y dirigir por el Espíritu de Dios, de una forma siempre nueva, por su acción, sus dones, sus llamadas, y así asumir mejor la misión de ser cristianos en medio de nuestro mundo.

 

Siempre en camino

Volvemos a la pregunta ¿para qué confirmarse?. Para fortalecer el don del Bautismo que nos hace cristianos. Es una llamada, de nuevo, a ponerse en camino. Para ello hay que disponerse, hay que dedicar tiempo y hacernos sensibles a este gran don que el Señor nos hace. De ahí el gran valor del tiempo de formación, para conocer y amar a Jesús, camino, verdad y vida. Sí, se trata de acoger su palabra, seguir sus pasos, dejarse transformar por Él. No se trata sólo de saber cosas sobre Jesús sino de participar en su vida misma. Jesús no nos deja solos. Él mismo nos prometió que vendría a habitar en nuestra vida, que nos enviaría al Espíritu Santo, que es Señor y Dador de vida. El día de Pentecostés se cumplió esta promesa. Desde entonces Jesús actúa en la Iglesia a través del Espíritu. No estamos solos en nuestro caminar. El Espíritu Santo nos da la vida nueva de Jesús, nos hace comprender mejor lo que Él nos dijo, nos da fuerza para seguirle y llevar la luz de su Evangelio a todos, nos reúne en una sola fraternidad: la Iglesia.

Quien ha empezado a crecer en la amistad con Jesús tiene la posibilidad de dejarse transformar por Él, de sellar esta amistad. Se encuentras con Cristo en sus sacramentos, signos eficaces de su amor, que ha confiado a su Iglesia.  Desde el día del Bautismo participa de la vida nueva de Jesús. Es un nuevo nacimiento. Ahora, será fortalecido por el sacramento de la Confirmación y recibirá la Eucaristía, el Pan de la vida eterna. Será más semejante a Jesucristo, quedará más unido a todos los cristianos, tendrá la misión de ser instrumento de su amor en medio de nuestro mundo. Será más plenamente cristiano. El tiempo de formación es una gran oportunidad para disponerse a la celebración en la que la Iglesia nos acogerá más plenamente, y en la que se realizará un nuevo Pentecostés. Entonces, conducido por el Espíritu, reconocemos que Jesús es el Señor, que con Él empieza un mundo nuevo: Dios es nuestro Padre; todos los hombres somos hermanos.

 

Y después, ¿qué? Algunas propuestas

Tenemos que reconocer que somos demasiado dados a la “cuenta de resultados”. En realidad, un sembrador siempre siembra, lo cual no significa que no prevea cómo seguirá su tarea, pero confía el crecimiento de su acción a Alguien más grande. Desde esta actitud que libera y esponja el ánimo, pero que únicamente se puede sostener desde la confianza en la acción del Espíritu, podemos abordar una cuestión también decisiva en todo esto: y después de la Confirmación, ¿qué?. En primer lugar, deberíamos preguntarnos si en el camino de preparación hemos propuesto la Confirmación como un fin en sí mismo o como un momento intenso de encuentro con el Señor. Porque de esto dependen muchas cosas. Si todo consiste en ser confirmado, con ello también termina la propuesta. Pero si la Confirmación es el sacramento que fortalece, que hace crecer el don del Bautismo, entonces todo cambia. Lo importante es ser cristiano y tratar de cultivar esta realidad que nunca termina, pues siempre estamos en camino para que se cumpla en nosotros el nuevo nacimiento que alcanzará su plenitud en “los cielos nuevos y la tierra nueva”. Mientras tanto, la Confirmación ha puesto de relieve el hecho de que no podemos hacer nada sin la acción del Espíritu en nosotros y sin nuestro sí decidido a su acción. Por ello, “la preparación para la Confirmación debe tener como meta conducir al cristiano a una unión más íntima con Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción, sus dones y sus llamadas, a fin de poder asumir mejor las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana” (CIC, 1309).

En esta línea, en el rito de la Confirmación hay un momento en el que expresamos este compromiso: nuestro “sí” al “Sí” del Espíritu en nosotros. El joven, con su sí se hace cargo de la misión de Jesús continuada por la comunidad cristiana. De hecho, la catequesis que prepara la Confirmación, ha de suscitar el sentido de la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, así como la participación en su misión. Recibir la marca del don del Espíritu lleva al testimonio y a la misión. En realidad, el confirmado sabe que la fe es un talento que hay que negociar, una experiencia que hay que contagiar a otros con el testimonio coherente de todo su ser y con la palabra, con la audacia de proponer a otros la buena nueva. Su sí, su amén, manifiesta la docilidad al Espíritu en el pensar y decidir el futuro según el plan de Dios; no sólo según las propias aspiraciones y actitudes; no sólo en los tiempos puestos a disposición sino, sobre todo, en sintonía con el designio de Dios, que tiene para cada uno una llamada propia y espera una respuesta para que seamos trabajadores de su Reino.

 

Pastoral juvenil en y desde la comunidad

Pero seamos realistas. Nada de esto puede hacerse sin una experiencia eclesial viva, subrayando que es en la comunidad cristiana, donde nos ayudamos unos a otros a crecer en la fe. Por ello la respuesta a la pregunta “después de la Confirmación, ¿qué?”, ha de realizarse en el marco de una pastoral de jóvenes, en la que ya se está y en la que se vive, tanto la formación cristiana como la celebración de la fe. En realidad, no podríamos ser cristianos sin la Iglesia, sin la comunidad. Y, por tanto, no hay futuro para la Confirmación sin un vínculo fuerte con la comunidad cristiana. Ciertamente, este vínculo se puede realizar de muchas maneras, pero existen algunas que son radicalmente importantes.

La primera debe ser entrar más a fondo en la vida de la comunidad cristiana, especialmente en la celebración de la Eucaristía, que es el manantial de donde obtiene sus energías, y es también la meta, la cima, de los múltiples esfuerzos que desarrollan todos sus miembros en la familia, en el trabajo, en la amistad, en el logro del bien común. La Confirmación, precisamente en la medida que nos marca con el don del Espíritu, nos hace más parecidos a Jesucristo y, por ello, nos capacita internamente de una forma más plena para poder unirnos en la ofrenda y acción de gracias al Padre en unión con Jesucristo. La Confirmación nos lleva a la Eucaristía, en la que actualizamos en nuestro caminar el encuentro con el Señor y, desde Él y con Él, el encuentro con todos los hermanos. La Eucaristía es el sacramento signo e instrumento de unidad y de paz. Y, por tanto, participando en ella recibimos nuevas energías para continuar el camino, pues nos encontramos con Jesús Resucitado, que nos ofrece su gracia, su luz, su amor y, sobre todo, la fuerza del Espíritu Santo.

La Eucaristía hace la comunidad, como también la comunidad hace la Eucaristía. En nuestro caso es preciso aproximar esta realidad a la vida de los adolescentes y jóvenes. Y para ello es necesario encontrar ámbitos cercanos que orienten hacia la comunidad cristiana, pero que sean a la vez como un instrumento que ayude a vivir aquella experiencia que configura toda vida humana según el Evangelio: dar y recibir. Es en el grupo, en la pequeña comunidad, donde los jóvenes pueden encontrar una mediación que les ayude a configurarse con sus iguales y, al mismo tiempo, a introducirse en la gran comunidad eclesial. Sabemos que en esta etapa de la vida los jóvenes han dejado el ámbito familiar como referente fundamental y han entrado en un ámbito social en el que los amigos, el grupo, constituyen el punto de referencia, la realidad con la que identificarse para sentirse cómodos consigo mismos y orientarse en la vida. Esto plantea la gran cuestión del trabajo con ellos, de la pastoral de jóvenes. Se puede afirmar que parte de la falta de frutos en la pastoral de la Confirmación nace de su aislamiento de la vida comunitaria de la Iglesia, que se realiza en esta etapa de la vida a través de los grupos, asociaciones y movimientos de jóvenes. En este sentido, hay que valorar todas las formas de convocatoria de los jóvenes como camino para llegar a una propuesta de la fe. Así como el hombre es camino para encontrar a Dios, también la amistad de los jóvenes entre sí es camino para cultivar la amistad con Cristo.

 

La necesaria atención personal

Por otra parte, no podemos olvidar que en el camino de crecimiento de la fe es la experiencia de la relación personal, de la amistad, lo que resulta decisivo. Hoy, las dificultades que plantea la pastoral de jóvenes están en un ambiente que hace difícil vivir como cristianos, que lleva, querámoslo o no, a vivir contracorriente. Pero también están en la debilidad de los educadores, de los que acompañan, porque ellos no siempre aciertan a desarrollar una presencia entre los jóvenes que ayude a éstos a crecer. La Iglesia siempre ha considerado a los jóvenes como una gran esperanza para su futuro, pero también como un gran desafío.

Sin embargo, en el momento presente no podemos dejar de constatar el crecimiento de una desconfianza hacia la Iglesia en el corazón de los jóvenes. Es precisa una nueva aproximación que les lleve a sentirse miembros de esta gran familia, aceptándoles a ellos y proponiéndoles metas que les impulsen a crecer. Urge cultivar en todo educador la voluntad decidida de estar con los jóvenes, y, además de amarlos, demostrárselo en ciertos momentos. Al respecto, en el Jubileo de los jóvenes del año 2000, Juan Pablo II nos sitúa en la perspectiva adecuada: “A veces, cuando se mira a los jóvenes, con los problemas y las fragilidades que les caracterizan en la sociedad contemporánea, hay una tendencia al pesimismo. Es como si el Jubileo de los Jóvenes nos hubiera “sorprendido”, transmitiéndonos, en cambio, el mensaje de una juventud que expresa un deseo profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de aquellos valores que tienen su plenitud en Cristo. ¿No es tal vez Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica? Si a los jóvenes se les presenta Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz” (NMI, 9).

 

Vivir el Evangelio en el corazón de la vida

Si la Confirmación es un sacramento por el que se va completando nuestra iniciación cristiana, es decir, que nos hace más plenamente cristianos, no podemos pensarla sin una continuidad. Más cuando quienes han sido confirmados están todavía en una etapa de su vida en la que tienen que tomar decisiones y responder, de una forma realista, a los deseos de felicidad que hay en su corazón, y apartar los miedos y debilidades que oscurecen el futuro y que llevan a muchos a vivir únicamente el instante, cosa que muchas veces lleva al fracaso y al dolor, tanto para ellos como para las personas que les quieren. Precisamente el participar de un grupo, de un movimiento, ayuda a los jóvenes a crecer en amistad mutua, a compartir ideales, a soñar; porque sin estos sueños de un mundo nuevo, diferente, quedamos reducidos únicamente al consumo, al placer inmediato, a lo que en realidad no ayuda a crecer sino que satisface por un instante. Educar el deseo de plenitud que hay en el corazón de todo joven es una de las exigencias fundamentales de la hora presente, educar su afectividad para que realmente su amor no sea algo inmediato y mecánico sino un proyecto a largo plazo, una voluntad que implica también el olvido de uno mismo porque quiere el bien del otro. Para ello es esencial este ámbito de vida que es el grupo de jóvenes, y es primordial que alguien les acompañe.

 

Hacia una cultura vocacional

Será necesario continuar el camino para llegar a comprender el valor salvador de la fe, para descubrir que ésta nos lleva a un nuevo estilo de vida. Aquí está el tema fundamental a desarrollar en el trabajo de continuidad. Se trata de mostrar las consecuencias humanizadoras del Evangelio, de descubrir que los seguidores de Cristo tenemos una misión que cumplir en nuestro mundo. Los cristianos estamos llamados a dar a nuestro mundo un espíritu de dignidad, de aquella que se muestra en una valoración del ser humano en todas sus dimensiones, desde su nacimiento hasta la muerte. Será la mejor respuesta a quienes piensan o enseñan que Dios es una palabra vacía, una ilusión.

Se trata de ayudar a los jóvenes a descubrir el valor de su vida, de su misión en la sociedad. Quien se dejar conducir por el Espíritu descubre su propia responsabilidad, la cual le lleva a tomarse en serio la vida cotidiana, pues de él depende que este mundo tenga más vida, que sea un poco más fraterno, un poco más libre, más religioso, más feliz. El Espíritu nos llama a colaborar con Él para construir la ciudad de los hombres, para que ya, aquí, crezca “la tierra nueva y los cielos nuevos”.

Se trata de ir asumiendo la vida misma de la Iglesia, pues para que nazca un mundo mejor es necesario que la Iglesia sea cada vez más la gran familia de los seguidores de Cristo. De esta manera, quienes la contemplen, sentirán ganas de alabar a Dios. “Es necesario que, viéndola orar, el mundo sienta ganas de orar. Que viéndola respetar a los demás, principalmente a los más pobres, el mundo tenga ganas de respetarlos. Que escuchándola cantar, el mundo sienta ganas de cantar. Esto no será posible sin ti. Mi Iglesia necesita de ti, de tu juventud, para llegar a ser aquello que yo quiero que sea. Yo, este Jesús que conoces y con quien te has comprometido, te convoco”. Y en esta Iglesia cada uno puede aportar su colaboración. Hay sitio para todos. Aunque también es necesario descubrir el propio lugar. Lo importante es no ser sordo a la llamada del Señor y a las necesidades de nuestros hermanos. Esta es una cuestión a cultivar, y tiene un nombre propio: desarrollar entre los jóvenes una verdadera cultura de la vocación.

Ante el miedo a desarrollar los propios dones, urge pedir al Espíritu la audacia de cultivar lo que Él ha sembrado en nosotros para el bien de nuestros hermanos. “¡Trabájalos!. Ten confianza en mí. Ten confianza en estos dones que vienen de mí. Descúbrelos. No tengas miedo. Arriésgate. Crea. Inventa. Mi Padre no es Dios de muertos, sino de vivos. Vive, vive intensamente según el dinamismo de mi Espíritu. Para dar alegría a los que viven contigo. Para tu alegría y tu gozo. Para gozo de mi Padre, que ama de tal manera la vida de sus hijos que ha querido que sea eterna”  (Cardenal Albert Decourtray).

 

+ JAVIER SALINAS VIÑALS

Obispo de Tortosa