PEREGRINACIÓN MUNDIAL DE CATEQUISTAS. UNIÓN CON DIOS, ENCUENTRO CON EL OTRO

Alberto López Escuer

Catequista en la Parroquia “San Juan Bautista” de Burlada (Navarra)

 

Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda la creación

Mc 16,15

 

El pasado mes de septiembre, entre los días 26 y 29 de septiembre, tuvo lugar una peregrinación mundial de catequistas, enmarcada en el Año de la Fe, y precedió a esta peregrinación un Congreso sobre la Catequesis. Allí el Papa Francisco dirigió unas palabras a los asistentes y marcó las líneas maestras de cómo deben ser la catequesis y los catequistas. Los catequistas venidos del mundo entero pudimos hacer la profesión de nuestra Fe delante de la tumba de San Pedro, un acto precioso y lleno de profunda significación. Unas jornadas llenas de vida, compromiso y comunión que culminaron con la Eucaristía presidida por el Santo Padre en la plaza de San Pedro.

 

“La catequesis es un pilar maestro para la educación de la fe, y hacen falta buenos catequistas”[1]. Con estas palabras comenzó el Papa Francisco su discurso a los Catequistas participantes en el Congreso. Así dejaba clara la gran importancia que tiene la catequesis dentro de la Iglesia, y la necesidad de tener buenos catequistas para transmitir la Palabra de Dios en la sociedad actual.

 

  1. Dos preguntas para empezar

Comenzaremos con dos preguntas que en distintos momentos realizó el Papa Francisco a los catequistas, una en el discurso a los participantes en el Congreso Internacional sobre la Catequesis, y la otra en la homilía de la Eucaristíafinal de la Peregrinación de los catequistas. Estas preguntas dieron paso a otras interpelaciones del Papa Francisco a los Catequistas. Un buen punto de partida para reflexionar sobre el ser, vocación y misión del catequista, dentro de la iglesia.

 

1.1 ¿Qué es ser catequista?

Esta pregunta, formulada por el Papa a los Congresistas que se dieron cita en el Aula Pablo VI, la respondió él mismo con claridad incidiendo en el ser, pues el catequista siente la llamada de Dios para anunciarle: es una vocación y, como dijo el Papa, se es catequista, no se trabaja de catequista, es mucho más que un título.

Ser catequista significa dar testimonio de la fe; ser coherente en la propia vida”[2]. Un camino que no está libre de dificultades. Los catequistas ayudan a que sus catecúmenos se encuentren con Jesús, en un ámbito de la iglesia, la catequesis, que es un pilar maestro para la educación de la fe[3].

En el libro ¡Salgan a buscar corazones! Mensaje a los Catequistas –editorial CCS y  Publicaciones Claretianas, 2013–, que recoge las ultimas cartas que el entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco, escribió a los catequistas de su diócesis para para celebrar, se puede leer: “El catequista está llamado a hacer que la doctrina se haga mensaje y el mensaje vida. Sólo así, la Palabra proclamada podrá ser celebrada y constituirse en sacramento de Comunión”[4]. El catequista tiene que saber ser el rostro de Cristo para sus catecúmenos y en extensión para su prójimo.

“Todo catequista es ante todo un cristiano… Es el hombre de la Palabra, y esta centralidad de la Palabra no se mueve tanto en el orden del hacer sino del ser”[5]. Estos pensamientos dirigió el Cardenal Bergoglio a los catequistas de su diócesis para dejar claro quien es el verdadero protagonista de nuestra misión, que no es otro que Dios y su Palabra, siendo los catequistas signos y portadores del amor de Dios.

El catequista es receptor y transmisor de una Fe que se nos ha dado: “La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros”[6].

La comunidad es una pieza básica en la vivencia de la Fe, una comunidad que en su caminar nos conduce a Cristo –centro de nuestra misión-. El catequista es una ayuda en ese acercamiento desde la Palabra y la Eucaristía.

“Y «ser» catequistas requiere amor, amor cada vez más intenso a Cristo, amor a su pueblo santo. Y este amor no se compra en las tiendas, no se compra tampoco aquí en Roma. ¡Este amor viene de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! Y si viene de Cristo, sale de Cristo y nosotros tenemos que caminar desde Cristo, desde este amor que Él nos da”[7].

 

1.2 ¿Quién es el Catequista?

Esta pregunta la hizo el Papa Francisco en el transcurso de la homilía de la Eucaristía final de la peregrinación de catequistas a Roma. Su respuesta fue clara y contundente, sin dejar resquicio a ningún tipo de duda: “Es el que custodia y alimenta la memoria de Dios; la custodia en sí mismo y sabe despertarla en los demás[8].

Poniendo como ejemplo a la Virgen María, que tras recibir el anuncio de Ángel se pone en camino para ayudar a su pariente Isabel, y es su primer gesto hacer memoria de la obra y de la fidelidad a Dios en su vida, en su pueblo, en la historia – nuestra historia-. Lejos de encerrarse en sí misma pensando en el honor o prestigio que supone ser la elegida por Dios para ser madre de su Hijo, lejos de eso, se pone en camino. Dios transforma su vida: “La fe es memoria de su Palabra que inflama el corazón, de sus obras de salvación con las que nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta. El catequista es precisamente un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio; no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y su fidelidad. Hablar y transmitir todo lo que Dios ha revelado, es decir, la doctrina en su totalidad, sin quitar ni añadir nada[9].

Es toda una responsabilidad ese custodiar y alimentar la memoria de Dios. En ella no está solo, le acompañan Dios y su Palabra, siendo enviado por la comunidad eclesial a la que pertenece. Sin protagonismos innecesarios, que no conducen a ningún sitio.

Una de las tentaciones que puede tener el catequista es el activismo, que no debe centrarse en el hacer sino en el ser, poniendo en el centro la Palabra de Dios. Ese “edificar la comunidad y hacer presente el reino”[10] necesita de testigos que transmitan la Palabra desde la Fe y den el testimonio de una coherencia de vida. En definitiva, como nos dice el Papa Francisco, “el catequista, pues, es un cristiano que lleva consigo la memoria de Dios, se deja guiar por la memoria de Dios en toda su vida, y la sabe despertar en el corazón de los otros. Esto requiere esfuerzo. Compromete toda la vida”[11]. De ahí que el ser catequista sea una vocación y no un trabajo. La persona se siente llamada por Dios a ser catequista y camina desde Cristo, quien invita a ponerse en camino. El catequista sabe que su camino no es fácil, siendo una persona de oración, serenidad, esperanza…Tal como lo define el Papa Francisco: “El catequista es un hombre de la memoria de Dios si tiene una relación constante y vital con él y con el prójimo; si es hombre de fe, que se fía verdaderamente de Dios y pone en él su seguridad; si es hombre de caridad, de amor, que ve a todos como hermanos; si es hombre de «hypomoné», de paciencia, de perseverancia, que sabe hacer frente a las dificultades, las pruebas y los fracasos, con serenidad y esperanza en el Señor; si es hombre amable, capaz de comprensión y misericordia”[12].

 

  1. Una nueva pregunta: ¿Qué es caminar desde Cristo?

Un concepto que no debe resultar desconocido al catequista, pero que el Papa Francisco explicó y aclaró durante su encuentro con los Catequistas en el Congreso. Y lo desarrolló en tres momento distintos con claridad y profundidad:

 

  • Tener familiaridad con El
  • Imitarlo en el salir de sí e ir al encuentro del otro
  • No tener miedo a ir con él a las periferias

 

2.1 Familiaridad con Cristo

Así pues, ¿Qué significa caminar desde Cristo? “Ante todo, caminar desde Cristo significa tener familiaridad con él, tener esta familiaridad con Jesús: Jesús insiste sobre esto a sus discípulos en la Última Cena, cuando se apresta a vivir el más alto don de amor, el sacrificio de la cruz. Jesús usa la imagen de la vid y los sarmientos, y dice: Permaneced en mi amor, permaneced unidos a mí, como el sarmiento está unido a la vid. Si estamos unidos a Él, podemos dar fruto, y ésta es la familiaridad con Cristo. ¡Permanecer en Jesús! Se trata de permanecer unidos a Él, dentro de Él, con Él, hablando con Él: permanecer en Jesús[13].

Es necesario que el Catequista permanezca unido a Cristo y al hermano en comunión, y es clarificadora la imagen de la vid y los sarmientos. Esto hay que hacerlo con familiaridad: anunciamos su Palabra, no es un desconocido para nosotros, Él nos habla, nos guía, nos quiere, dio su vida por nosotros… Debemos confiar en Él y permanecer unidos desde la oración y la Palabra.

Cristo sale a nuestro encuentro y nosotros debemos dejarnos encontrar por Él y transmitir su Palabra de una forma creativa y esto, como se puede leer en una de las cartas a los catequistas de su diócesis, “utilizando la pedagogía de la presencia, en la que la escucha y la proximidad no sólo sean un estilo sino un contenido de catequesis”[14]. Una pedagogía, la de la presencia, un estilo, en el que en muchas ocasiones es más importante el testimonio que las palabras que se puedan decir, un estilo cercano y lleno de vida, una vida que tiene que estar cimentada en Cristo, y eso se ha de notar, en nuestra forma de vivir, como decía San Francisco de Asís a sus hermanos: “Predicad siempre el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras. Como nos decía Benedicto XVI, la Iglesia no crece por proselitismo, crece  por atracción. Y en ese atraer juega un papel muy importante el testimonio que nosotros y nosotras demos, la pedagogía de la presencia tiene que ser cercana, sabiendo escuchar al otro de una forma cercana, y que nuestro testimonio sea coherente con la vivencia de la fe y de la vida. Ha de ser Cristo el protagonista de nuestra misión.

El catequista, que evidentemente antes que catequista es cristiano, ha de cultivar la oración, como Francisco nos dice: dejarnos mirar por El. Aunque es evidente que en la sociedad que vivimos, en que se vive siempre de prisa, y somos en muchas ocasiones esclavos del tiempo, con obligaciones ineludibles como por ejemplo la familia, los hijos… es difícil poder encontrar un hueco para poder rezar. Pero debemos intentarlo, debemos dejarnos mirar por El, pues siempre está ahí, pese a que nos pueda vencer el cansancio, nos sintamos desanimados, sin fuerzas. Él siempre nos mira y está con nosotros y nosotras, necesitamos tener familiaridad con Él. La oración es manantial y cumbre donde nos alimentamos y elevamos, es nuestro estar con Él, que es el centro de nuestra vocación y misión, el motor de nuestro ser cristiano y catequista.

En la primera encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco podemos leer: “En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, « inició y completa nuestra fe » (Hb 12,2)”[15].

Él nos guía y nos llena de luz, nos mira aunque no lo miremos, vela por nosotros sin nosotros darnos cuenta. Mirémosle y dejémonos mirar por El, en el silencio de la oración y el recogimiento, bebamos de esa fuente inagotable que es ponernos en su presencia, sin prisas. Él ilumina nuestra fe, en el a veces difícil camino del  Catequista, cuando estamos cansados o desanimados sale a nuestro encuentro como hizo con los discípulos de Emaús, y así nos acompaña en nuestro caminar. En la fracción del Pan lo reconocemos, en ese pan y vino que se convierten en su Cuerpo y Sangre derramada en un acto supremo de amor por nosotros. El Catequista se tiene que abrir a Cristo y llenarse de su Palabra desde lo profundo de su ser, para transmitirla y hacerla vida.

El Papa Francisco lanzó al aire una serie de preguntas que bien vale la pena que nos detengamos a responder personalmente en los momentos de reflexión que nos podamos procurar, en nuestra vida cotidiana:

 

En este momento, cada uno puede preguntarse: ¿Cómo vivo yo este «estar» con Jesús? Ésta es una pregunta que les dejo: «¿Cómo vivo yo este estar con Jesús, este permanecer con Él?». ¿Hay momentos en los que me pongo en su presencia, en silencio, me dejo mirar por él? ¿Dejo que su fuego inflame mi corazón? Si en nuestros corazones no está el calor de Dios, de su amor, de su ternura, ¿cómo podemos nosotros, pobres pecadores, inflamar el corazón de los demás? Piensen en esto[16].

 

Una preguntas cuyas respuestas solo nosotros y nosotras catequistas tenemos y que estaría bien que en algún momento nos las planteáramos y como he dicho mas arriba nos las respondiéramos.

 

2.2 Al encuentro del otro

El Papa Francisco siguió profundizando sobre el significado de caminar en Cristo, y habló del encuentro con el otro: “El segundo elemento es el siguiente: Caminar desde Cristo significa imitarlo en el salir de sí e ir al encuentro del otro. Ésta es una experiencia hermosa y un poco paradójica. ¿Por qué? Porque quien pone a Cristo en el centro de su vida, se descentra. Cuanto más te unes a Jesús y él se convierte en el centro de tu vida, tanto más te hace Él salir de ti mismo, te descentra y te abre a los demás”[17].

Un salir de si mismo para dedicarse a los demás y mostrarles a Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Undescentramiento vivido en clave de amor a Dios y al prójimo, que nos lleva a anunciar su Palabra y a dar testimonio de EL. El Papa Francisco dedicó unas preciosas palabras a describir el corazón del catequista y el anuncio del Kerigma: “El corazón del catequista vive siempre este movimiento de «sístole y diástole»: unión con Jesús y encuentro con el otro. Son las dos cosas: me uno a Jesús y salgo al encuentro con los otros. Si falta uno de estos dos movimientos, ya no late, no puede vivir. Recibe el don del kerigma, y a su vez lo ofrece como don. Esta palabrita: don. El catequista es consciente de haber recibido un don, el don de la fe, y lo da como don a los otros. Y esto es hermoso. ¡Y no se queda para sí su tanto por ciento! Todo lo que recibe lo da No se trata de un negocio. No es un negocio. Es puro don: don recibido y don transmitido”[18].

Releyendo este párrafo viene a mi pensamiento aquello de que lo que se recibe gratis se da gratis, en un acto que sale del “corazón catequético” que todo catequista tiene, y que le lleva a entregarse al ciento por ciento a suscatequizandos.

El Papa Francisco, en este punto, nos dejó unas preguntas para que nos las contestáramos; preguntas directas al corazón –nunca mejor dicho-, y contestarlas sería un ejercicio de reflexión muy necesario:

 

¿Late así mi corazón de catequista: unión con Jesús y encuentro con el otro? ¿Con este movimiento de «sístole y diástole»? ¿Se alimenta en la relación con Él, pero para llevarlo a los demás y no para quedárselo él?[19]

 

Esta unión con Jesús y el encuentro con el otro son, pues, inseparables. Su Palabra no es una riqueza que nos pertenezca solamente a nosotros, tenemos que hacerla vida y compartirla con los demás, mostrándosela a quien no sabe de ella. La unión con Jesús ineludiblemente nos ha de llevar a salir al encuentro del otro, para comunicarle la Buena Nueva de la Palabra de Dios, y que muchos aún desconocen o la ven lejana, pues nadie se ha acercado a ellos para presentársela y hablarles de su belleza.

 

2.3 Ir a las periferias

Según Francisco, “caminar desde Cristo significa no tener miedo de ir con Él a las periferias[20].

Este es el tercer elemento de lo que significa, según Francisco, caminar desde Cristo: ir a las periferias, tanto geográficas (como los barrios necesitados), como existenciales (desconocimiento de Dios). Sobre esto último, el Papa puso el ejemplo de los niños que en su diócesis no sabían hacer la señal de la cruz: eso es una periferia existencial. Hay que salir a las periferias a anunciar a Cristo.

Dios no tiene miedo de las periferias. Y si ustedes van a las periferias, allí lo encontrarán[21]. No tenemos que ser cristianos cerrados en nuestros grupos, pues de esa manera no corremos riesgos, sí, pero tampoco salimos al encuentro del otro que necesita de nuestra presencia: “Cuando un cristiano se cierra en su grupo, en su parroquia, en su movimiento, está encerrado y se pone enfermo. Si un cristiano sale a la calle, a las periferias, puede sucederle lo que a cualquiera que va por la calle: un percance. Muchas veces hemos visto accidentes por las calles. Pero les digo una cosa: prefiero mil veces una Iglesia accidentada, y no una Iglesia enferma. Una Iglesia, un catequista que se atreva a correr el riesgo de salir, y no un catequista que estudie, sepa todo, pero que se quede encerrado siempre: éste está enfermo. Y a veces enfermo de la cabeza…[22].

Pero Dios, si salimos a las periferias, no nos deja de su mano: Él está ya allí antes que lleguemos nosotros, como se ha podido leer más arriba, Él nos acompaña en nuestra misión.

En el libro ya citado, ¡Salgan a buscar corazones!, el título ya es una invitación a salir de nuestras parroquias e ir a las periferias, una invitación a que los catequistas vayamos a buscar a quien necesita escuchar el mensaje de Jesús: “Anímense a pensar la pastoral y la catequesis desde la periferia, desde aquellos que están más alejados, de  los que habitualmente no concurren a la parroquia[23].

La periferias tienden a producir respeto, están alejadas de nuestro centro, que nos ofrece seguridad, donde nos encontramos bien. Pero hay que salir a la calle y dirigirse a ellas, pues muchas personas necesitan oír la Palabra y saber de Cristo, necesitan esperanza y apoyo en un mundo en el que cada uno va a lo suyo. Las periferias de cualquier tipo son invisibles a los ojos de la sociedad, pero no tienen que ser invisible a nuestros ojos, a los ojos de los catequistas. ¡Salgan a buscar corazones! Es, pues, un título muy apropiado para un libro que se dirige a catequistas. Muchos corazones viven rotos por la soledad, la tristeza, el desasosiego… y tantas cosas que lo sumen en la oscuridad, Por ello tenemos que salir a buscarlos. Tenemos la Palabra que da vida, que ilumina la oscuridad, trasmitirla con entusiasmo y alegría, y que es una caricia al alma. Salir de nuestro terreno seguro para ir al encuentro de quien más lo necesita. No es fácil, pero cuando nosotros llegamos El ya esta ahí, no estamos solos y no tenemos por qué tener temor, aunque sea muy humano tenerlo. Por tanto, llevemos allí la Palabra de vida y esperanza.

¡Siempre caminar desde Cristo!… Permanezcamos con Cristo, tratemos de ser cada vez más uno con él; sigámoslo, imitémoslo en su movimiento de amor, en su salir al encuentro del hombre; y vayamos, abramos las puertas, tengamos la audacia de trazar nuevos caminos para el anuncio del Evangelio[24].

Poco se puede añadir tras estas palabras del Papa Francisco. Fueron días los vividos en Roma profundamente eclesiales, aun viniendo de diferentes partes del mundo y hablando diversos idiomas. No era mayor dificultad, pues todos hablábamos el mismo lenguaje, el de nuestro corazón catequético, que nos hace amar a Cristo. Nos sentimos llamados por Él a transmitir su mensaje, siendo sus testigos en el mundo que nos ha tocado vivir con sus luces y sus sombras, siendo testigos coherentes en la fe y en la vida. Sabemos que no estamos solos cuando vamos al encuentro del otro, pues es Cristo quien nos acompaña. Ahora, tras esos días en nuestro monte Tabor, donde nos encontramos muy a gusto, nos toca ir a nuestras Diócesis y plataformas pastorales, a seguir caminando junto a Cristo al encuentro de quien más lo necesite.

 

[1] Discurso del Papa Francisco a los participantes en el Congreso Internacional sobre Catequesis, Sala Pablo VI, 27 de septiembre 2013, El Vaticano.

http://www.vatican.va/holy_father/francesco/speeches/2013/september/documents/papa-francesco_20130927_pellegrinaggio-catechisti_sp.html

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] J. M. BERGOGLIO, ¡Salgan a buscar corazones! Mensaje a los Catequistas, Madrid, CCS y Publicaciones Claretianas, 2013, p. 27.

[5] Ibid., pp. 54-56.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 166.

[7] Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el Congreso Internacional sobre la Catequesis.

[8] Homilía del Santo Padre Francisco en la Santa Misa para la Jornada de Catequistas, Plaza de San Pedro, 29 de septiembre 2013, El Vaticano.

Cf. http://www.vatican.va/holy_father/francesco/homilies/2013/documents/papa-francesco_20130929_giornata-catechisti_sp.html

[9] Ibid.

[10] J. M. BERGOGLIO,  ¡Salgan a buscar corazones!, p. 22.

[11] Homilía del Santo Padre Francisco en la Santa Misa para la Jornada de Catequistas.

[12] Ibid.

[13] Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el Congreso Internacional sobre la Catequesis.

[14] J. M. BERGOGLIO,  ¡Salgan a buscar corazones!, p. 43.

[15] Francisco, Carta Encíclica Lumen Fidei, nº 57.

[16] Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el Congreso Internacional sobre la Catequesis.

[17] Ibid.

[18] Ibid.

[19] ibid

[20] Ibid.

[21] Ibid .

[22] Ibid.

[23]  J. M. BERGOGLIO,  ¡Salgan a buscar corazones!, p. 65.

[24] Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el Congreso Internacional sobre la Catequesis.