POBREZA Y JUSTICIA SOCIAL: EL CORAJE QUE RECLAMAN

José Luis Segovia Bernabé

Profesor de Moral social y política en el Instituto Superior de Pastoral-UPSA Madrid

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO.-

El autor muestra cómo la injusticia social del actual sistema socio-económico ha aumentado en los últimos años y ha conducido y causado la crisis económica, social, política, moral y antropológica que atravesamos. El artículo pide recuperar y practicar el valor y virtud de la justicia y, parafraseando un famoso lema kantiano, nos lanza el reto de atrevernos a conocer lo que está pasando y de tener el coraje de: 1) dejarnos afectar; 2) disentir de la injusticia; y 3) crear un nuevo modelo más justo y humanizador.

 

  1. Cuestiones ineludibles, pero… olvidadas hasta hace nada

 

“Gracias” a la crisis, con su dolorosa secuela de parados y la constatación de que el modelo económico es insostenible, vuelve la palabra justicia a estar de clamorosa actualidad. Al menos durante más de dos décadas, este término había desaparecido prácticamente del vocabulario político y, desde luego, en buena medida del lenguaje eclesiástico.

 

Un grito, casi un alarido, fue el que nos sacó de las cavernas y nos introdujo en la civilización: “¡¡¡No hay derecho!!!”. Se trataba de un clamor incontenible que expresaba el anhelo de justicia. Respondía al profundo terremoto interior que se producía en las personas más sensibles cuando aunaban los dos sentimientos morales con los que se inició la humanización: la compasión y la indignación. El primero es mucho más que la empatía o el desarrollo de habilidades de comunicación. Supone implicarse personalmente y dejarse afectar por el dolor ajeno. El segundo se visibiliza en ese tsunami interior que lleva a defender apasionadamente los derechos ajenos, incluso a costa de poner en riesgo los propios[1]. Es el propio de aquella campaña de muchos colectivos franceses en defensa de los emigrantes: “No toques ni un pelo a mi hermano”. Hemos de reconocer que en esta dinámica de reivindicación de lo justo por medios pacíficos tenemos que aprender mucho de otros. Por ejemplo en el tema sangrante de los desahucios o la denuncia de la corrupción. Cuando teníamos más datos que nadie, más razones que ninguno, unos pocos se plantaron y empezaron a paralizar desahucios. Consiguieron lo imposible: una ley que articula la sacrosanta propiedad y su garantía hipotecaria se empecerá a revisar después de más de un siglo de mantenerse absolutamente intangible. Esto es lo grandioso de la justicia social: no precisa para visibilizarse más que la integridad, la audacia y la coherencia de una sola persona. Como quien se puso delante de las porras de los guardias o como quien revestido de la autoridad de juez declaró ante los medios: “Ya está bien. Los jueces no somos los cobradores del frac de las entidades financieras”.

 

Intuíamos que vivíamos en el mejor de los mundos, que el crecimiento, a pesar de las serias advertencias delClub de Roma en los 70, era ilimitado. Incluso, como se atrevió a decir F. Fukuyama, habíamos alcanzado “el fin de la historia”. Hasta las parroquias de la periferia vivían este optimismo descomprometido: los “clientes” de las acogidas no eran de los “nuestros”: o eran extranjeros o personas  provenientes de la alta marginación. Nada que ver con nosotros y nuestros cinturones obreros en proceso de acomodación consumista y de culto al individualismo. Mientras, se iba perdiendo cohesión social y se producía un repliegue en la participación ciudadana. Por su parte, la Iglesia oficialmente daba por finiquitada la “Pastoral Obrera”. Se mutaba por la más integradora “Pastoral del Trabajo”, pues ya prácticamente “no quedaban obreros como los de antes”. Todos participábamos de esa terrible ceguera colectiva. Si había alguna disfunción, la justicia vendría sola. Sería el resultado natural de hacer crecer la tarta de la riqueza; al menos hasta que el trickle down effect[2] se produjera. En un derroche de ingenuidad de unos y de claro cinismo de otros, dejamos de hablar de pobreza y de miseria y comenzamos a acuñar términos mucho más correctos políticamente. El ejemplo más claro de ellos es el de “población menos favorecida”: como si la mayor parte de las personas fuésemos naturalmente favorecidas por una sociedad justísima y quedasen unos márgenes ajenos a este prodigio de distribución de felicidad. Naturalmente, detrás del término podía albergarse la sospecha de que los “menos favorecidos” podían tener esta condición… ¡por su culpa! Con ello, el círculo de las irresponsabilidades colectivas quedaba perfectamente cerrado. En ese contexto de despreocupación por la justicia, el mismísimo Presidente de los EEUU Clinton llegó a proclamar: “De los pobres que se ocupen las religiones, que tienen mucha experiencia en ello”.

 

  1. La audacia de atreverse a conocer

 

La genialidad del filósofo Kant se volcó en su famoso “sapere aude” (atrévete a saber). Por el contrario, pareciera que la consigna de estos últimos años haya sido “que nadie lo sepa”[3]. En efecto, algunas de las conclusiones que hemos formulado en el epígrafe anterior solo se infieren desde un cabal conocimiento de la realidad. Este no se adquiere por telepatía sino por implicación directa en ella. Fue la fina sensibilidad de Juan XXIII la que en Mater et Magistra (nótese el orden de la formulación: primero madre y después maestra, no al revés) consagró un método muy utilizado por los movimientos obreros de acción católica: ver, juzgar y actuar(MM 236). Lo primero es ver, analizar la realidad. Sin un ver sosegado y completo, no se puede seguir un juicio objetivo y muchísimo menos se actuará adecuadamente. Lamentablemente, el olvido del “ver” y la sobreabundancia de “moralina” abstracta y ahistórica está detrás de monumentales despistes. No es casual que las Universidades Católicas y las Escuelas de Negocios confesionales no hayan anticipado la crisis que soportamos[4]. Como señala una conocida economista,  Florence Noiville[5], todos estábamos formateados con el mismo modelo, todos repetíamos machaconamente idéntica consigna (“maximizar beneficios y minimizar costes”) y concebíamos al ser humano unidimensionalmente como “individuo egoísta racional e interesado, susceptible de elecciones diversas”. En el fondo, confundimos la “economía” (tratado de la atención a las necesidades humanas con recursos limitados) con la “crematística” (ciencia de la multiplicación de beneficios). Nadie se preocupó de crear otros indicadores que midiesen, por ejemplo, cosas tan relevantes como la felicidad humana, la disminución del sufrimiento, la universalización y extensión de los derechos humanos, etc. Todo era PIB y renta per capita.

 

El olvido de la justicia social está en la base de las principales patologías. No es el momento de analizar las causas de la crisis[6], pero sí de constatar cómo hemos permanecido amodorrados, insensibles e ignorantes hasta que nos ha explotado entre las manos. En efecto, ha sido el VI Informe FOESSA[7], de la Fundación de la que es titular Caritas Española, el que con toda contundencia ha dejado claras algunas cuestiones aún no suficientemente conocidas ni asumidas:

 

1) Porque el crecimiento económico no equivale al desarrollo humano integral, no es  garante de justicia social: el efecto trickle down al garete. Desde los años 80, con gobiernos de diferente signo, España ha crecido espectacularmente desde el punto de vista macroeconómico, ateniéndonos a indicadores cuantitativos (PNB,r.p.c., etc.). Sin embargo, en este mismo intervalo de tiempo, la desigualdad ha crecido espectacularmente: somos el país más desigualitario (y menos justo) de la UE-15. Mientras el período 1945-1980 se caracterizó, con todas sus contradicciones, por un incremento de la igualdad, el período 1980-2011 ha sido espectacular en todo lo contrario[8].

 

2) Recordemos que la crisis hipotecaria 2007 y la posterior financiera 2008 muestran que la sociedad mundial estaba en crisis desde mucho antes: algunos, como en el África subsahariana, ¡no habían salido de la crisis nunca! Otros muchos estaban invisibilizados, soportando la crisis desde hace décadas. No es casual que las bolsas de pobreza severa hayan experimentado tan pocas transformaciones a mejor. Aunque se trate de un mini-observatorio, un estudio sobre los presos en España[9] desvelaba como poco más de tres mil familias españolas en situación de grave precariedad social nutren a todos los penales de España, generación tras generación. Lamentablemente la pobreza se hereda y se contagia. Nada efectivo realmente se ha hecho en estas décadas para evitar su reproducción, sin perjuicio de celebrar la amortiguación del impacto de esta creciente desigualdad merced a leyes e instituciones y prestaciones de contenido social (ley de servicios sociales, general de sanidad, de universalización de la enseñanza, etc.). A estas alturas va quedando claro que la pobreza no se combate con la competitividad. Entre otras cosas, porque está reclama de manera necesaria ganadores y perdedores, y algunos presentan muy serios hándicaps en la mismísima línea de salida.

 

3) Indiquemos, para sorpresa de muchos, que de la actual crisis ni se puede ni se debe salir. Si por “salir” entendemos volver al bienestar, basado en el cómodo endeudamiento, la cultura del consumismo y el derroche individualista, no se puede salir porque el modelo es insostenible. Además, por razones de justicia social, no se debe “salir” si no es para adentrarnos en otro modelo de organización social que tenga al mercado como espacio para el intercambio (con actores morales, reglas del juego respetadas, y transparencia e igualdad entre los agentes), al Estado como regulador, redistribuidor, nivelador de asimetrías y garante de los derechos civiles, políticos y económicos, sociales y culturales, y que permita un mayor protagonismo a la propiasociedad civil, capaz de recrearse de continuo[10] y de sostener valores despreciados por el mundo financiero y el político.

 

4) El modelo de desarrollo en vigor va conociendo un creciente desplazamiento de los ingresos por rentas del trabajo hacia las rentas del capital. Esto supone que el tradicional principio de “primacía del trabajo con respecto al capital” se ha roto estrepitosamente. En realidad, ya en los años 80, James Petras había puesto de manifiesto el proceso de desregulación del mercado laboral que se venía encima y ponía sobre aviso acerca de los cambios profundos que sufriría: el más visible es la desaparición del “trabajo para toda la vida” y la paulatina desafiliación entre el empleado y la empresa  a la que pertenece. El trabajo se ha externalizado en todos los órdenes y se ha sustituido el departamento de “personal” (referido a “personas” a fin de cuentas) por el de “recursos humanos” (se suma a los recursos financieros, bienes muebles, inmuebles… como si de un elemento material más se tratase). De este modo se hacen imposibles los proyectos de vida, la conciliación con la familia, la disposición de tiempo libre… Lo peor del neoliberalismo salvaje es que ha terminado por tornarse radicalmente anti-liberal: concentración de poderes vs. desconcentración, desregulación vs. principiode legalidad, vigencia de los DDHH vs. su reducción a “principios orientadores de implantación progresiva”, participación de la sociedad civil vs. mercantilización de la vida privada y de la social.

 

5) Toda la desregulación preconizada por el sistema neoliberal ha sido siempre selectiva. Se desregularon los mercados financieros y la operatividad de la banca de inversión, pero se continuaron las políticas proteccionistas hacia los productos de los países del norte y se hiper-reguló el derecho al desplazamiento de personas: es infinitamente más fácil que se mueva un dólar, incluso una cigüeña, por el mundo, que una mamá con su criatura en busca de un futuro mejor. A lo peor, la movilidad solo se facilita cuando es consiguiente a una deslocalización empresarial.

 

6) Otras formas de sacralización de la propiedad inmaterial, intelectual e industrial han ido surgiendo. Son mucho más peligrosas que la propiedad material, sobre todo porque establecen la brecha más grande entre el Norte y el Sur. Ni media docena de países tienen la totalidad de las patentes, y menos aún la exclusiva de la titularidad sobre productos farmacéuticos que pueden salvar la vida de las personas. La socialización del factor conocimiento es determinante de cara al futuro.

 

7) Ciertamente, se nos ha ido olvidando que los derechos económicos, sociales y culturales son auténticos derechos prestacionales (deben de ser asegurados por el Estado) y tienen la misma naturaleza que los derechos humanos civiles y políticos. Por tanto, no pueden ser trivializados ni privados de su contenido sustancial. La vivienda (a pesar de los desahucios), la salud (aún cuando se legisle que las personas extranjeras sin papeles no tienen acceso a ella y se privatice), la educación (aunque se malogre), entre otros, son derechos humanos recogidos en la Declaración Universal de 1948 y en los Pactos Internacionales de 1966. No es ninguna casualidad que el 5º Informe del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU haya dejado en evidencia al Estado español: en 2012 le recordó que estaba reduciendo peligrosamente las políticas de protección social y haciendo retroceder considerablemente los derechos humanos de segunda generación.

 

En síntesis, todo la debacle se ha producido por el olvido de la ética (reino de los fines) y su sustitución por la crematística (tratado de cómo multiplicar los beneficios). A su vez, se ha dado una separación de hecho entre economía y política, siendo la segunda literalmente fagocitada por la primera. El tardo-capitalismo o capitalismo especulativo ha generado una economía de casino improductiva, incapaz de generar empleo y absolutamente inútil para redistribuir y crear justicia social. Además estamos volviendo a la concentración de poderes pre-liberal y pre-democrática: Ahora no es el señor feudal o el monarca absoluto sino “los mercados” los que dominan la acción política con sus manejos de trilero. Sirva de ejemplo que entre 2000 y 2008 se construyeron en España 5 millones de viviendas… ¡la mayoría para especular!  Ahora, como acaba de decirCáritas española, nos encontramos en  situación de máxima emergencia social con 400.000 ejecuciones hipotecarias llevadas a cabo en los últimos cuatro años. Con la paradoja de que se expulsa a las familias de pisos que quedan automáticamente desocupados y sin rentabilidad social alguna.

 

Revela el VII Informe “De la coyuntura a la estructura (2012)”, del Observatorio sobre la Realidad Social (ORS) de Cáritas, que la crisis ha ahondado en las contradicciones de la estructura social española y ha provocado que la pobreza sea cada vez “más crónica, más extensa y más intensa”.  El INE en su encuesta de población activa (EPA) ponía de relieve que, en el último cuatrimestre del año 2012, España alcanzó la cifra de cerca de 6 millones de parados. Más de la mitad de los parados lleva más de un año sin encontrar trabajo. Un tercio de ellos lleva dos años o más sin encontrar empleo El número de parados de larga duración ha aumentado en 642.400 de 2011 a 2012. El número de hogares sin ingresos se ha duplicado prácticamente desde el comienzo de la crisis (2007).

 

Realmente el sufrimiento y la injusticia se han multiplicado con la extensión de la pobreza. No queremos abrumar con datos, pero en los últimos 5 años el número de hogares con todos sus miembros en paro se ha multiplicado por cuatro. Ello está cronificando la situación de los parados (con más de un 50% de población joven desocupada),  agotando las prestaciones por desempleo, conduciendo a  la falta de liquidez que sofoca incluso a las clases medias (impagos de luz, agua, hipotecas…) y dejando en la estacada a muchos, merced a las políticas de recorte no selectivo que debilitan los mecanismos de protección social, elevan sus condiciones de acceso y minimizan la protección efectiva de las necesidades básicas. Con ello se patentiza una paulatina dualización y quiebra sociales que constituye bastante más que  una clamorosa evidencia y una vigorosa interpelación al valor de la justicia.

 

  1. “Aude dolere”: Ten el coraje de dejarte afectar.

 

Olvidar la justicia social y sus implicaciones en esta hora sería imperdonable. La compasión se pone en valor cuando experimentamos dosis evitables de sufrimiento injusto. Si el “conocimiento” es el momento primero para activar el anhelo de justicia, el “reconocimiento” del otro y sus consecuencias constituyen el momento segundo. Reconocer en el otro un “tú injusticiado” es mucho más que un cómodo ejercicio de empatía o el despliegue afortunado de la caja de herramientas de habilidades sociales. El sentimiento moral que hila con este segundo momento es el de la compasión de la que hablamos al inicio del epígrafe anterior. No olvidemos que el Vaticano II invitaba a hacer nuestras las alegrías y las esperanzas, pero también las angustias y las aflicciones de la humanidad, “sobre todo de los pobres” (GS 1).

 

Este atrevernos a dolernos, a experimentar el sufrimiento y a compartir la impotencia  permite establecer auténticos vínculos y relaciones de lealtad y complicidad con quienes padecen la injusticia. Esta alianza con los excluidos llevó al buen samaritano a bajarse él de la borrica para que se montase en ella el apaleado. Es la que hace posible toda esa cascada de verbos que vehiculan la ética del cuidado, del mimo, de la acogida y de la hospitalidad: se acercó, echó aceite, lo vendó, lo montó en su propia cabalgadura, lo cuidó y pagó de su dinero. En todos los verbos aparece explícita la implicación personal afectiva del samaritano y también una cierta horizontalidad. La complicidad con los excluidos y la defensa de su causa nos salvaguarda la dignidad. Las víctimas son siempre dignas; quedan indignificados quienes pasan de largo, dejándolas a su suerte.

 

  1. Atrévete a disentir (la indignación frente a la injusticia).

 

Lo decía muy bien Max Sheler: “El ser humano es el único animal capaz de decir `no´”. Lo remata muy bienErich Fromm cuando señala que, si la expulsión bíblica del paraíso fue debida a la desobediencia de nuestros primeros padres, su pérdida definitiva vendrá causada por nuestro exceso de obediencia. Cuestionaba de este modo el hábito de obedecer sin discernir. En definitiva, de renunciar al conflicto ético que nos humaniza y mantiene la tensión entre lo somos y lo que estamos llamados a ser.

 

La prueba de si algo es justo o injusto es tan sencilla cómo verificar si una ley, una institución o una decisión política, satisfacen necesidades humanas o si, por el contrario, las asfixian. Si expande y universaliza derechos o si más bien los constriñe y limita. Si tiene a raya a los intereses o se pone servilmente a su servicio. Si se confunde con los legítimos e infinitos deseos o si se diferencia de ellos porque torna las necesidades en derechos efectivos.

 

El origen de la disidencia no es otro que la rebeldía moral ante los datos aportados por el conocimiento y el reconocimiento del otro como un tú, cuyo rostro, sometido a injusta vejación, supone una apelación urgente a mi propia dignidad. Implica indignación intelectual, afectación emocional y resolución de la voluntad que se traducen en un actuar ante el dolor injustamente infligido al otro. La percepción sangrante de su injusticia y laevitabilidad de la misma ponen en marcha el dinamismo de este principio, vinculado con la compasión, la igualdad y la solidaridad.

 

El reconocimien­to del otro es siempre una expe­rien­cia humana profundamente subversiva. El hábito moral de la solidaridad, cuando no quiere quedarse en un mero asisten­cialismo tranquilizador de malas conciencias, lleva ínsito el germen de la subversión, porque la situación doliente del otro, desde su desnudez e indigencia, me interpela. “Es su sola presencia toda una intimación a responder”, dirá Lévinas. Esto hace de la disi­dencia, no sólo la fuerza de cho­que capaz de mostrar que lo que hay no es lo único que puede ha­ber,  sino una auténtica virtud moral surgida de la responsabilidad ante el otro y la ceguera de muchos: “La responsabilidad de tener ojos cuando los otros los han perdido”, en palabras del Nóbel Saramago.

 

Esta respuesta, preñada en lo más profundo de la propia moralidad, surge no tanto del sentido de la justicia, como de la indignación ante la evidencia de lo injusto y la compasión solidaria hacia quien lo padece. Se pare en la desnudez del propio yo, en esa profundísima sole­dad interior, desde un íntimo enfrentamiento del yo consigo mismo en búsque­da de  autenticidad. Parte de la convicción de que es empíricamente imposible que una norma, acto, institución o sistema de eticidad sean perfectos en su vigencia y consecuencias, porque siempre se dará la existencia real de víctimas. Ello supone la relativización de cualquier sistema que pretenda tener principios universales que legitimen relaciones de acceso y distribución de los bienes materiales por encima del reconocimiento mutuo entre los sujetos. Consiguientemente, los principios y las instituciones solo serán válidos en una sociedad en la que todos quepan. Lo saben bien los jugadores de cartas: “O jugamos todos, o se rompe la baraja”. Se trata de un auténtico imperativo categórico de la razón práctica y de la acción concreta.

 

El disenso, al tiempo que rechaza lo real como injusto, es capaz de intuir una alternativa justa. Además de ser una “protesta”, encierra una innegable dimensión de “propuesta”. Sin duda, muchas mejoras legales han sido posibles por previos disentimientos, e incluso transgresiones, de las norma positivas. La historia del Derecho, y más en concreto la de los Derechos Humanos, es una historia que debe más al disenso que al consenso.

 

  1. Ten la osadía de crear

 

Más allá de las elementales diferencias en la cadena de ADN, los seres humanos nos distinguimos de los puercos en el cuidado de tres dimensiones espirituales: la ética, la estética y la religiosa. Entre las tres existe una inequívoca relación. En ese sentido la genialidad creativa tiene que ver con ellas. También con el valor de la justicia. Por eso, como dice García Roca, es tan imprescindible aunar la “protesta” con la “propuesta”.

 

Por ello, además de combatir la ignorancia (mediante la audacia de hacer saber como servicio insobornable a la verdad) e inyectar valores que reconozcan al otro como a un tú (reciprocidad), debemos promoveriniciativas de justicia desde la vida cotidiana que vayan posibilitando lo inédito viable. Me refiero al consumo responsable, a los bancos del tiempo, a los micro-créditos, al comercio justo, a la necesidad de utilizar la banca ética para nuestros depósitos y operaciones dinerarias, a recrear la acción social que habrá de ser necesariamente asistencial (“dadles vosotros de comer”), pero sin renunciar a enseñarles a pescar y, sobre todo, procurando empoderarles, devolverles el protagonismo, dejar de ser la voz de los sin voz (les condenamos a eterna mudez) para restablecer su derecho  a la palabra y, en su caso, al grito. Se trata en suma de dar pie a cauces de participación y protagonismo de los que no “son” sino que “están” empobrecidos.

 

La creatividad reclama poner sobre el tapete que las ideas son más importantes que el dinero, y que el mayor capital del que disponemos son los mismos seres humanos y nuestras ingentes capacidades para crear, construir, reconciliarnos y recomenzar. Igualmente el servicio a la verdad exige desenmascarar intereses, poner nombre a operaciones de golferío institucional, denunciar injusticias y pedir una mayor regulación del mercado financiero, sin olvidar que éste, como el resto de los subsistemas, han de ser necesariamente repensados desde “el sistema mundo” y en el marco de “otro” modelo de desarrollo integral a escala humana. En esta misma dirección, Stefano Zamagni señala que existen dos tipos de crisis: las que son provocadas por “problemas técnicos”, fallos y desajustes dentro del sistema (como por ejemplo, la de 1929, que se remedia en buena medida con las políticas keynesianas y  la New Deal de F. Roosevelt) y las que son propiamente “entrópicas”, como la vigente. Su característica principal es que reclaman un cambio de rumbo, no sólo técnico, sino fundamentalmente cultural. Exigen un cambio radical de modelo. Lo peor del tardo-capitalismo neoliberal no son sus disfunciones económicas, sino el grosero materialismo individualista que introduce.  En ese sentido, no sólo estamos ante una de las más profundas crisis de los últimos siglos, lo peor es que estamos moralmente desarmados y socialmente descohesionados ante ella. Por ello, es preciso tener el coraje de decir la verdad: la salida a la crisis no es, no puede ser  -como ya se ha dicho- volver a la situación anterior. La “salida” pasa por un cuestionamiento del modelo de desarrollo  y un recentramiento en el ser humano y sus necesidades básicas (escala humana) que permita su universalización de manera sostenible y que se asiente en lo común (que supera la escisión publico/privado). Es la persona la medida de la economía y no al revés.  Por eso “la cuestión social” ha devenido en auténtica “cuestión antropológica” y el capitalismo salvaje del inicio de nuevo milenio ha tenido la virtualidad de destruir los vínculos del ser humano con los demás (capital relacional) y con su propio tiempo (“no me da la vida” es la queja unánime de quienes trabajan)

 

Habrá que combinar crecimiento y decrecimiento para ser sostenibles[11]. Será preciso priorizar necesidades y jerarquizar las intervenciones y los recortes. Con los pobres no se juega. Cuando un barco amenaza escorarse, los más vulnerables son los primeros en ser protegidos, y si hay que tirar por la borda lo que sobra, lo hace todo el mundo… sin quedar excluidos los ocupantes de los camarotes de lujo  o el capitán, que no puede hacer como el de cierto barco italiano… Este nuevo modelo[12] debe colgarse del valor de la Justicia global (repensada desde el sistema mundo) y de la Justicia intergeneracional (no sólo tiene en cuenta a los que ahora mismo habitamos la tierra, sino también a las generaciones venideras) con alcance de sostenibilidadecológica y bajo el paraguas del bien común. Este último no es la suma de los bienes individuales, ni su media estadística, como pretenden las visiones utilitaristas, sino aquello que permite a todas las personas (empezando por las que carecen de todo) satisfacer sus necesidades.

 

Será preciso aunar aquello del cántico de Isaías 42,  “la caña cascada no la quebrará” y “el pábilo vacilante no lo apagará”, con la contundencia del “no cesará hasta implantar el derecho y la justicia en toda la tierra”. La ética del cuidado y la ética de la justicia. La compasión y la indignación, el concurso de la caridad y las exigencias de la justicia. La apuesta por implicarse, complicarse y replicar desde la opción por los injusticiadoses un simple deber de justicia. Para los creyentes, está bien avalado: por una razón teológica, porque Dios siempre ha escuchado el clamor de los pobres; por otra cristológica, porque Jesús se hizo pobre, predicó y vivió las bienaventuranzas y, finalmente, por una última pneumatológica: porque el Espíritu Santo nos impulsa a seguir a Jesús resucitado y a proseguir su causa en la Iglesia.

 

Naturalmente, con la que está cayendo son precisas también la alegría y la fiesta. Pero éstas solo recobran el perfil humano cuando están en íntima conexión con los anhelos del mundo, cuando no constituyen una fácil evasión sino motivo de encuentro lúdico y gratuito con ellos. Por ello, el reto no es hacerles presentes en la plegaria de los fieles, tampoco en nuestras “pre”-ocupaciones, sino hacerles copartícipes de nuestras ocupaciones. Los pobres y los injusticiados no son destinatarios de nuestra eventual prodigalidad. Hay que reivindicar el principio de participación, el último llegado a la DSI, el que nos anima a hacerlos auténticos protagonistas de nuestras comunidades cristianas y de nuestras acciones. Ser aliados de ellos, cómplices con sus causas y compañeros de camino de sus esperanzas constituye un desafío. Incorpora, desde luego, la plenitud de derechos que la ciudadanía democrática reclama para quien reside de manera estable en un territorio, está sometido a sus leyes y autoridades y paga sus impuestos. ¿Hasta cuándo no podrán los inmigrantes elegir también a aquellos representantes públicos de los que va a depender su suerte? ¿Hasta cuándo serán simple objeto de decisiones y no sujetos, actores, protagonistas y hermeneutas de su destino?

 

Concluimos. Un ya añejo y claro documento de la Iglesia española concluía corajudamente como lo quiere hacer esta colaboración: “El ser y el actuar de la Iglesia se juega en el mundo de la pobreza y el dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento” (La Iglesia y los pobres 1994).

 

                              José Luis Segovia Bernabé

                                               

[1] Esa es la “prueba del algodón” de la auténtica solidaridad. Como dice I. Zubero, ser solidario es siempre “jugar contra los propios intereses”. Algo de eso trata Gaudiumet spes cuando dice: “Más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición” (Ver GS 76e). Casi nada. Se está refiriendo a los derechos de la Iglesia.

[2] Es lo que llaman los economistas el “efecto rebose”. Se produce cuando colocamos las copas de champán una encima de la otra y comenzamos a llenar la superior. Cuando ésta rebosa, pasa el liquido a la siguiente y así sucesivamente. De este modo, pensábamos que, cuando los ricos lo fueran aún muchísimo más, los pobres acabarían viendo colmada su “copa” de necesidades. Como se ha comprobado, resultó una vana ilusión. Tanto como otra similar: “Marea que sube eleva todas las barcas”.

[3] Cf. El monográfico de la revista Educar(nos) nº 60 (2012) dedicado a la crisis.

[4] Todas se han peleado por copar los primeros puestos de la Finantial Times clasification que las ordena, no por el rigor de sus enseñanzas, sino por los ingresos económicos que tienen sus egresados.

[5] Cf. F. Noiville, Soy economista y os pido disculpas, Deusto, 2011.

[6] Están explicadas magníficamente por Pedro J. Gómez Serrano,” ¿Perspectivas de futuro? `Cumbres borrascosas´, en Sal Terrae 100 (2012) 607-621.

[7] VI Informe FOESSA  sobre exclusión y desarrollo social en España, Madrid, 2008.

[8] A modo de ejemplo, en EEUU, el 10%  que representa a los ricos del país tiene el 90% de los activos financieros y un 80% de las propiedades inmobiliarias.

[9] M. Gallego, J.L. Segovia et al., Andar 1 km en línea recta. La cárcel del siglo XXI que vive el preso, U.P. Comillas, Madrid, 2011.

[10] Si en los 80 y en los 90 emergieron las ONG como vehículo de solidaridad civil, en la primera década del siglo XXI se están multiplicando las Plataformas y los colectivos como ámbito para la protesta y para la propuesta. El 15-M ha tenido mucho de esto. Otros espacios sectoriales caminan en esta dirección sin presupuesto (sin dinero y con ideas se pueden hacer muchas cosas), sin burocracias internas (aprovechando la simplicidad de las conexiones de internet): “Stop desahucios”, “Salvemos la hospitalidad”, “Otro derecho penal es posible”, etc.

[11] E. LLUCH, Hacia el decrecimiento, PPC, Madrid, 2011.

[12] A él se ha referido explícitamente  Benedicto XVI en su documento con motivo de la Jornada Mundial de la Paz 2013.

Misión Joven. Número 435. Abril 2013