«Poderoso caballero es don Dinero»

Y es tanta su majestad /(aunque son sus duelos hartos),

que con haberle hecho cuartos, /no pierde su autoridad;

pero, pues da calidad /al noble y al pordiosero,

poderoso caballero /es don Dinero.

FRANCISCO DE QUEVEDO

 

«En Dios confiamos»

 

«In God we trust», nos dicen —son los que más hablan y mandan— los dólares USA. En el «dios Mammón», ¡claro y por supuesto! La obsesión por tener y acumular dinero está en las raíces más profundas del obrar humano de nuestros días. Pero el asunto va mucho más allá: el actual «homo oeconomicus» se caracteriza incluso por la buena conciencia con la que atesora riquezas.

El dinero nació como un medio para valorar las cosas y realizar intercambios. Sin embargo, pronto empezó a ser buscado por sí mismo, a suscitar la obsesión por acumularlo, a resultar la única medida del éxito y del triunfo en la vida. Con o sin buena conciencia, lo cierto es que hemos tenido que pagar un precio muy alto: en palabras de E. Mounier, se ha engendrado así un “tipo de hombre vacío de toda locura, de todo misterio, del sentido del ser y del sentido del amor, del sufrimiento y de la alegría […]; barnizado, en las zonas más altas, de una capa de cortesía […]; por abajo emparedado entre la lectura somnolienta del periódico cotidiano, las reivindicaciones profesionales, el aburrimiento de los domingos…”

 

 

Injusticia y exclusión

 

No paran ahí los «hartos duelos» causados por «don Dinero». Rendidos idolátricamente a sus dictados, hemos configurado un mundo injusto que genera más y más exclusión.

El último Informe sobre Desarrollo Humano (PNUD, 1999) denuncia el aumento de la marginación, de la inseguridad y desigualdad entre los seres humanos. En 1960, la quinta parte de la población mundial que habitaba en los países más desarrollados era 30 veces más rica que la que poblaba los más subdesarrollados. A comienzos de los 90, la proporción se elevó a 60 y actualmente es 74 veces mayor. Mientras se ahonda esta brecha, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), por ejemplo, ha disminuido 1/5 respecto a las cifras de 1992. No olvidemos, en fin, que el 23% de la población mundial disfruta del 80% de los recursos, mientras el 77% de las personas tiene que malvivir —cuando no, literalmente, morir— repartiéndose el escuálido 20% restante.

 

 

            Competencia y discordia

 

Cuando el dinero toma posiciones en el corazón humano, sus efectos alcanzan directamente a las relaciones interpersonales. La competición lo invade todo y, como ya interpretaba Hesíodo en su Teogonía, Eris —diosa de la competencia— “produce el molesto Trabajo, el Olvido, el Hambre, los lacrimosos Dolores, los Combates, las Peleas, los Asesinatos, las Batallas…”.

El mundo del dinero y de los dineros, si trueca su función de medio en fin, no sólo siembra discordia sino que mata la sensibilidad, impidiendo reconocer el sufrimiento de quienes —precisamente por causa del desmedido afán de riqueza o del simple tener y consumir más— son injustamente desposeídos y silenciados.

 

 

 

            «¡No saben ni lo que quieren…!»

 

Se suele caracterizar a los adolescentes y jóvenes, en el contexto que venimos apuntando, como la generación que lo tiene o lo ha tenido todo. A renglón seguido y para mayor inri se añade que, a pesar y después de darles tanto, «¡no saben ni lo que quieren!».

¿Qué esperábamos? Puede ser que los jóvenes de hoy hayan crecido como la generación más protegida. Sin embargo, se les ha dado de todo menos de lo que más necesitaban. Se les ha llenado la vida de cosas —dinero entre ellas— y vaciado de afecto, de compañía, de modelos para aprender a vivir.

Protegidos en ese (sin)sentido sí, pero a costa de quedar como rehenes, prisioneros de los mismos dineros y cosas que les entregamos y hasta insatisfechos…, porque no han sido educados sus sentimientos y su voluntad. De ahí que tampoco su inteligencia alcance a prolongar los deseos en proyectos.

 

¡          ¡          ¡

 

Este corte en seco llevamos casi 2000 años sintiéndolo. Hubo quien descaradamente escogió nacer y ser «pobre con espíritu». La Navidadsigue siendo posible. Desde Misión Joven os la deseamos de corazón.

 

 

José Luis Moral