¿POR QUÉ ES NECESARIA LA BIBLIA EN LA PASTORAL JUVENIL?

Razones y modalidad de una presencia

Cesare Bissoli Instituto de Catequética. Universidad Salesiana de Roma.

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

La fe de los jóvenes encuentra una orietnación indispensable en la Biblia. Partiendo de la experiencia pastoral, el artículo propone una pedagogía concreta para emprender el acercamiento al texto bíblico en el proceso de educación de la fe de los jóvenes, y para guiarlos al encuentro con la Palabra de Dios como mediación esencial para que el proceso educativo pueda desarrollarse eficazmente, acentuando la necesidad de leer la Palabra de Dios en la Iglesia, acompañados de maestros que tengan experiencia de fe.

 

  1. Como una brújula

 

“Queridos jóvenes, os exhorto a que adquiráis familiaridad con la Biblia, a que la tengáis al alcance de la mano para que sea para vosotros como una brújula que os indique el camino que debéis seguir”. Esta es la conclusión práctica del mensaje de Benedicto XVI a los jóvenes de todo el mundo con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud del 2006. Es un consejo que confirma el dado en Colonia en el 2005 y que encuentra un desarrollo posterior en otra intervención realizada en la Plaza de S.Pedro el 6 de abril de 2006, respondiendo a una pregunta directa de un joven sobre el sentido de la Biblia en la vida de un joven creyente.

Se trata de una triple intervención, que leída desde el fundamento sólido de la Dei Verbum, manifiesta una firme convicción del Papa: en el Libro Sagrado la fe juvenil encuentra una orientación indispensable (brújula), teniendo cuidado, por otra parte, de no pensar en la Biblia como si fuese un Deus ex machina o un dossier de recetas milagrosas, sino colocándola dentro de un proyecto más amplio de evangelización pensado, como frecuentemente dicen los catequetas francófonos, en términos fuertes de «capacidad de engendrar». Para llevar este proceso a cabo es necesario tener cuidado con no reducir el recurso a la Biblia, que hoy resulta recurrente entre el pueblo de Dios, a una práctica de devoción, sino a un auténtico proceso de generación, y en nuestro caso a una re-generación que nos lleve a ser de nuevo verdaderos cristianos[1].

No es necesario extenderse en demasía en señalar las dificultades que nos vienen a la cabeza y que aquí agrupo en torno a dos afirmaciones: es necesario estar con los jóvenes para poder presentarles la Biblia, y es preciso conseguir que los jóvenes acepten interesarse por un libro que a ellos les resulta «extraño».

Desde la experiencia personal que da el tratar con animadores juveniles, no sólo he advertido estas dificultades sino que las he provocado para así poder tematizarlas, analizarlas e intentar resolverlas. Así es posible evitar, de modo particular, toda forma de lectura fundamentalista y selectiva (como es enclaustrar la experiencia bíblica en un grupo reducido y cerrado), para asegurar, en cambio, la dinámica propia de la Palabra de Dios que se encarna proféticamente en la figura de Jesús de Nazaret, para el bien de todo el pueblo de Dios, particularmente de los pobres y oprimidos, y de aquellos a quienes el Señor llama (Cfr. Hch15,13-18).

Por otra parte, las palabras del Papa nos indican una posibilidad, es más, una oportunidad (kairós) pastoral,que yo traduzco personalmente de esta manera: estos jóvenes serán en Biblia ignorantes como topos, intentarán huir de ella como de una cosa extraña, pero a pesar de todo, la Biblia es una Palabra, un acto de verdad y de amor, que Dios quiere para ellos, precisamente en su condición providencial de ser jóvenes.

La Biblia nos traslada a la certeza de una Palabra del Señor que llega a los jóvenes como una carta escrita con el alfabeto bíblico, con las dificultades reales de no saber bien a quién y cómo hacerla llegar. Por esta razón estamos ante la urgencia de inventar una «mediación pedagógica», un proceso generativo que lleve al joven a darse cuenta y a reconocer el don de Dios y a hacer experiencia de fe. He aquí el reto de la pastoral bíblica juvenil de hoy.

Desde este punto de partida es posible extraer algunas afirmaciones para una reflexión:

– El hecho de que haya mil dudas sobre la consistencia de la acogida de la Biblia por parte de los jóvenes de hoy no implica que la situación generalizada sea de impermeabilidad y de rechazo total y permanente.

– La gracia de la Palabra de Dios no es un prefabricado, sino que madura dentro de un proceso formativo en el que los textos bíblicos son ladrillos de construcción de una casa habitable, según un proyecto creativo de evangelización que respeta el camino de cualquier persona.

– La Biblia no es todo en el proceso de fe, y para introducirla estamos llamados a una pedagogía del acercamiento: no al libro como tal -una biblioteca de libros con un canon cerrado- sino a los personajes que la habitan, teniendo en cuenta el recorrido histórico que ella conlleva y su dimensión doctrinal, que se sitúa en la vida y en la historia de un pueblo como cultura de otros tiempos que deberá ser objeto de una enérgica inculturación para los nuestros.

– Es verdad, en cambio, que el camino de fe nunca podrá dejar a un lado la Biblia, brújula que indica el norte de la vida de fe. La amistad profunda con Jesús y la relación con él son descifrados y narrados en el testimonio de los primeros que lo encontraron; hoy igual que ayer es posible un acceso juvenil a la Biblia, porque hoy como ayer el Maestro nos invita: «¡Venid y veréis!» (Jn 1,39). Lo dice la experiencia. En Italiaen estos años hemos experimentado un hecho que quizá sea un milagro, pero que sin duda no es algo que haya caído del cielo. Estoy refiriéndome a la experiencia del cardenal Martini en Milán a propósito del cual el Papa Benedicto, en el citado encuentro en la plaza de San Pedro, se refirió como un «verdadero maestro».

Vamos a profundizar en el tema explorando ante todo cuál puede ser la relación efectiva entre los jóvenes y la Biblia, para pasar después a focalizar las aportaciones de la Biblia en la propuesta de un camino de fe de un joven y así designar a grandes rasgos las indicaciones operativas. Aquí nos referimos al elemento juvenil a partir de la adolescencia, cuando se afirma la necesidad objetiva de una fe regenerada, renacida, y no reciclada, en suma, un segundo Bautismo, o mejor dicho, el hecho de retomar el primero desde el inicio. Precisamente en este retorno a los orígenes, joven y Biblia, encuentran variados momentos de convergencia. Pero antes veamos el claro oscuro de la situación.

 

  1. Un obstáculo a superar

 

Se puede intuir que la condición de la fe juvenil, frágil y en muchos adormecida y prácticamente ausente, sitúe la Biblia al margen de sus intereses existenciales[2]. No obstante, esta situación no es del todo real ya que nos encontramos con datos que parecen afirmar una potencial apertura al reencuentro, al menos para una minoría cualitativa de jóvenes.

a) En sí misma, la Biblia no llega a suscitar a los ojos de un joven, aún menos de un adolescente, una particular atracción y afección. Se pone de manifiesto una sustancial indiferencia ante una fe comunicada a través de la Sagrada Escritura, en comparación con una fe comunicada por medio del testimonio de una persona creyente. Indiferencia que se acompaña, como causa y como efecto, de un notable nivel de ignorancia y sobretodo de una dificultad para darse cuenta de su valor vital. La Biblia no aparece poblada de personas significativas, a excepción del caso de la persona de Jesús. En suma, para un joven inmerso en un mundo “virtual”, repleto de intereses, orientado hacia un tiempo libre que se vive con intensidad, comunicándose por medio de lenguajes expresivos en los que no prevalece ni la forma escrita y menos aún la memoria histórica, la Biblia aparece como un canal de comunicación lleno de interferencias, situado “ni a favor, ni en contra, sino simplemente fuera”. Por otra parte, los contenidos que transmite la Sagrada Escritura aparecen como algo propio de los adultos y llegan a los jóvenes sólo por medio de una relación intergeneracional marcada por el flujo vital de la tradición mantenida por medio de las personas vivas (cfrEx 12,8;12,36; 2Tim 3,14).

 

b) Hay también una razón sustancial que determina esta actitud de indiferencia: la profunda confusión de todos los valores recibidos, también los religiosos, que el joven prueba, como si fuese un traje que no le viene a medida. Su rechazo al dato religioso puede querer decir “quiero estas cosas pero de otra manera”. Este espíritu de contradicción que tanto irrita (para empezar a él mismo) es propio de aquel que no rechaza caminar, sino que quiere andar por otro sendero. Esta reflexión vale también para el encuentro con el Libro Sagrado. No es un «no» hacia algo visto como negativo, sino hacia algo que no es significativo dentro de un mundo religioso y de valores poco o nada atrayentes y convincentes. La indiferencia entre los jóvenes puede ser también índice de una situación de espera.

 

c) De hecho, y comienzo a señalar la tercera actitud, se nota en muchos chicos una disponibilidad sorprendente ante la Biblia, reconociendo, no obstante, que esta sintonía se alcanza en menor medida por la autoridad de una página bíblica, por mucho que la llamemos Palabra de Dios, que por la mediación de adultos que, como educadores pacientes y testimonios creíbles del personaje bíblico más grande que es la figura de Jesús, la acercan a la vida de los jóvenes. Estas personas al decir «Palabra de Dios» la están manifestando en sus vidas. Es lo que demuestra la experiencia de Benedicto XVI y anteriormente la de Juan Pablo II, que mientras proponían la Biblia a los jóvenes llenaban con su personal credibilidad la necesidad de orientación y certeza que ellos tienen.

Ponemos de manifiesto que un buen estímulo para esta disponibilidad se produce a partir de dos canales privilegiados: por calidad, señalamos los itinerarios de fe en momentos oportunos (campamentos, grupos…) y en las formas de asociacionismo; por cantidad, la importancia capital de la enseñanza de la religión católica en la escuela.

Para un grupo de adolescentes el camino de la confirmación, en el caso de que no se haya recibido de pequeños, puede ser el único canal bíblico en funcionamiento. Por lo que se refiere a la Eucaristía, momento central por excelencia para compartir la Palabra de Dios, constatamos con tristeza la ausencia de los jóvenes, aunque esto no signifique que perdamos la esperanza.

En esta encrucijada de distanciamiento exterior, de profunda transformación humana y religiosa y de disponibilidad de escucha gracias a testimonios convincentes, se puede hablar de una resurrección “juvenil” de la Escritura como voz interesante, capaz de dar significado y abierta a recorridos inéditos en la historia de la espiritualidad juvenil.

 

  1. La fuente de la calidad de la fe

 

Hablar de este tema es obligado en la lógica de la generación. La vida, a través de mediaciones, la primera la de los padres, tiene siempre una fuente, cuyo conocimiento es decisivo para el desarrollo sucesivo.

– En la fe de la madre Iglesia, la primacía generativa la tiene la Palabra de Dios: ella es la semilla de la cual nace el primer anuncio.

– Esta Palabra tiene un rostro definitivo: el de Jesucristo, Palabra de Dios encarnada y místicamente presente en su cuerpo que es la comunidad de hermanos.

– Jesús, como se describe en los evangelios, no dice a quien lo encuentra, o mejor dicho a aquel al que él encuentra: “coge la Biblia” (un libro), sino “sígueme”, es decir, ¡ven a estar conmigo! (Mt 19,21)

– El lenguaje (las palabras, las obras y todos los signos necesarios para la comunicación de la fe) tiene un código preciso y permanente que proviene de la misma fuente, la Biblia o Sagrada Escritura, reconocida también desde la perspectiva laica como “el gran canon” por tantas razones que se han puesto de manifiesto. Nada tiene de extraño: el único Jesús que existe es aquel que ha existido, y su memoria marca el perímetro de la información sobre nuestro presente y nuestro futuro, constituyendo los Evangelios (y globalmente la Biblia) como un canon de un testimonio seguro.

En el rápido bosquejo de estos cuatro puntos, reconocemos el fundamento de nuestro servicio bíblico-pastoral que ahora desarrollamos para poner en evidencia la contribución de un encuentro con la Biblia en el proceso de fe. Mientras tanto, hacemos notar que si el adulto, como educador-amigo (no podemos hacer de menos esta tarea que le confía la madre iglesia), consigue abrir las puertas del corazón del joven, entoncesla Escritura se propone como un don que lleva consigo la calidad de la Palabra de Dios, en clave bíblica, con una peculiar caracterización propia del espíritu juvenil.

 

A nivel general, válido para todos los que se acercan al Libro Sagrado, se puede sintetizar así el “potencial de la Biblia en la educación de la fe”[3]:

 

– Asunción de los “contenidos” de la fe desde la fuente a partir de la experiencia de Jesucristo y de la primera comunidad (a su vez en el marco esencial del pueblo de Dios del AT). Esto favorece la formación en el sentido de la radicalidad cristiana, en el discernimiento y en la jerarquización de las verdades de fe.

– Reconocimiento de la memoria como dimensión constitutiva de la existencia cristiana. Esto determina contemporáneamente:

a) la conciencia del distanciamiento y de la no posesión por parte nuestra de la Palabra y por tanto del carácter gratuito y trascendente de su donarse. Esto funda el espíritu del humilde en situación de escucha.

b) de aquí se deriva también la percepción del carácter permanentemente profético y de promesa de la Palabra de Dios para la experiencia de fe: una Palabra que tiene futuro y que hace el futuro.

– Aprendizaje del lenguaje propio de la fe de los cristianos (como el simbolismo, el testimonio, la invocación, la doxología, la narración…). Este punto es uno de los aspectos peculiares de la aportación bíblica a la educación de la fe: aprender aquello que es el contenido mediante la modalidad de la comunicación, que es una mediación no meramente accidental, sino parte constitutiva del mensaje. Por lo cual no se aprende sólo aquello que se tiene que creer, sino también el modo de expresarlo para sí mismo y para los otros. La Biblia no sólo “habla de Dios” también expresa “cómo habla Dios”.

– Percepción del papel de documento de fundación que le pertenece a la Biblia en la religión judeocristiana. Quien quiera crecer en la fe, tiene el derecho-deber de conocer la documentación del encuentro directo y personal con los textos originales, de separar la historia de los efectos de la Biblia en el tiempo y por ello de acoger el espesor bíblico de las expresiones posteriores, tanto cristianas como laicas (arte, literatura, derecho, mass-media) en particular en el propio ambiente de vida.

– En fin –y estamos ante la finalidad más alta- el encuentro con Biblia nos pone en comunión con Dios, porque la Biblia no sólo contiene, sino que es verdaderamente Palabra de Dios, primer paso hacia una rica experiencia de su amor. Es la dimensión pneumática del Libro, su canónica y permanente inspiración. Los valores específicos están perfectamente descritos en la Dei Verbum: “Es tan grande el poder y la fuerza dela Palabra de Dios que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual (n. 21). Evidentemente no sólo estamos ante una aportación sobre el conocimiento correcto de la Biblia, sino ante una llamada a la formación espiritual, a esa mentalidad de fe que es el presupuesto y el objetivo a un mismo tiempo de un eficaz anuncio del evangelio.

Sintetizando, encontrarse con la Biblia es encontrase con la raíces de donde proviene la savia de la fe; es aprender la gramática de una auténtica ortodoxia y ortopraxis; es aprender las señales que indican la dirección en que circula la existencia cristiana en el tiempo y los efectos que de ella se derivan; es dialogar con Dios porque “en los libros sagrados el Padre que está en los cielos se acerca con amor al encuentro con sus hijos y camina con ellos” (DV 21); es salir al encuentro de Jesús de Nazaret, el Señor resucitado. Aquí se inserta el rasgo característico de la Biblia para los jóvenes.

 

A nivel específico:

 

– Descubrimiento de Jesucristo en su “diario del alma”. Así fue pensado en sus cuatros formas el Evangelio y querido por la primera iglesia: no como arsenal de verdad, sino como experiencia de vida de un común Amigo, del que el mundo de la Biblia es a la vez su patria y su historia. Por ello toda la Biblia se entiende en una perspectiva cristocéntrica, por la que el misterio de Jesús (su identidad histórica y trascendente) sirve de guía para el descubrimiento de Él mismo y de la Escritura en su totalidad. Es el principio de la personalización de los contenidos bíblicos que es al mismo tiempo criterio teológico y metodólógico de acercamiento a la fuente bíblica. Desde esta afirmación de principio se debe desarrollar la lectura de los evangelios como el descubrimiento y el encuentro con una persona en su dimensión corpórea, espiritual, afectiva, religiosa, subrayando las preguntas que otras personas hacen sobre él y que Jesús mismo hace a los otros. A esto lo hemos llamado su “diario del alma”.

– Gracias al descubrimiento de Jesús y de su mundo de relaciones, se pone de manifiesto el descubrimiento necesario y por ello inevitable, que el chico realiza de sí mismo y de sus relaciones. Se le invita a encontrar entre las líneas del evangelio, una propuesta sugerente para realizar un propio “diario del alma”.

Sabemos hasta qué punto es característico de la condición juvenil, la búsqueda de la propia identidad y de una justa relación con el otro. Por el misterio de la encarnación de la Palabra, la humanidad entera entra en sintonía y sinergia con la verdad de la divinidad. “Cristo, revelando el misterio del Padre y de su amor, desvela también plenamente al hombre y pone de manifiesto su altísima vocación” (GS 22). En la propuesta de la fe no se puede descuidar el hecho de leer a “Jesús según el joven” y al “joven según Jesús”, respetando la alteridad y la proximidad en una encrucijada de dos revelaciones, la de Jesús al chico y la del chico a sí mismo a la luz de Jesús.

– Un descubrimiento de Jesús y de sí mismo dentro de una comunidad. La Biblia encuentra el lugar vital de relectura en la comunidad. Ésta, de hecho, transmitiendo la memoria de Jesús ha fijado también el diario del alma de sí misma: los evangelios, y globalmente la Biblia, son indisolublemente la voz de Cristo y de la Iglesia (pueblo de Dios), transmitidos como herencia para las generaciones futuras. En la Escritura nos encontramos con el mundo de una comunidad de personas, con las que el joven está llamado a encontrarse como en su propia familia. Esta tercera dimensión es muy importante para una relación correcta y adecuada entre Biblia y mundo juvenil. La concentración exclusiva sobre alguno de estos dos polos sin tener en cuenta una dimensión social (el tercer polo, o la comunidad de fe y más ampliamente el ambiente que la rodea que en muchos casos es el del mundo de los pobres) corre el riesgo de instrumentalizar la Palabra y encerrarla en un gueto que no ayuda para la maduración de la persona.

Por todo ello, el descubrimiento de Jesús, de sí mismo y de la comunidad son los tres recursos que encontramos en la Biblia – a través de los Evangelio- y que proponemos al joven para que supere su crisis de crecimiento, llegando a una nueva y decisiva opción de fe como razón de vida.[4] Aquello que no se encuentra a nivel vital no pertenece al joven y menos aún al texto bíblico.

 

  1. “Abrid la Biblia con confianza…”

 

Estas palabras del Cardenal C. M. Martín: “abrid la Biblia con confianza, os llevará más allá de vosotros mismos”, señalan un camino que hay que emprender con sabiduría y decisión. No se trata de que a nivel operativo todo esté así de claro y fácil en esta relación entre Biblia y jóvenes, ya sea por la intrínseca dificultad de los contenidos, ya sea porque las experiencias realizadas aparecen aún verdes para ser universalizadas, dado el obstáculo objetivo que supone congregar a los jóvenes para hablarles de la Biblia. Si no se puede poner en discusión la tarea de educar a una lectura de la Biblia en clave creyente, es necesario indicar algunos matices de este camino, primero bajo la forma de criterios y después como pistas de trabajo. En este punto me permito señalar algunas de las convicciones personales que me ha dado la experiencia.

 

4.1. Encontrar la Biblia bajo el misterio de la Palabra de Dios

 

La óptica del encuentro –especialmente para un mundo juvenil necesitado de una comprensión radical de la propia fe, como si fuese la primera vez que la oye- debe ir más allá de ciertos objetivos como los estrictamente morales, culturales o de simple oración. El nacimiento que se persigue no tiene que ver con una adquisición de conocimientos del hecho cristiano, sino con volver a ser y a vivir verdaderamente como cristianos. Con claridad, aunque de manera progresiva, podemos llegar al clima de una fe que confía en el Señor que habla. De otra manera no pasa de ser más que una propuesta que se desvanece en una recogida de curiosidades anticuadas.

Esto reclama el marco teológico-pastoral de la Dei Verbum, de la que es necesario tomar conciencia (animadores y jóvenes) y hacer objeto de una progresiva maduración, mediante un lenguaje accesible. Señalo simplemente algunas articulaciones esenciales:

– A través de la Palabra, Dios forma a su pueblo de hijos a los que hace hermanos.

– Esto se realiza en el anuncio del Evangelio que genera la conversión-fe para aquel que lo acoge y así se entra y se participa en la comunidad eclesial.

– En un proceso unitario de “iniciación” a la Palabra de Dios que comprende anuncio, celebración, diaconía y testimonio misionero.

– En este contexto dinámico y vital, llamado Tradición, se sitúa el servicio a la Biblia, que no se identifica –como libro- con la Palabra de Dios, que es siempre evento de gracia. La Biblia es siempre como el “sacramento” del que surge la referencia normativa para cualquier tiempo.

Es importante precisar bien qué se entiende por Palabra de Dios y, por tanto, cómo se expresa en la Bibliapara llevarla a cabo en nuestra vida cotidiana.

Formulas como Palabra de Dios…, dijo Dios… no significan una palabra caída del cielo, como si fuese un asteroide que se estrella contra la tierra. Como testimonia la Biblia, la palabra de Dios ha sido colocada como una semilla, cuyo fruto se obtiene en nuestra historia, en un conjunto de experiencias de personas que han caminado con Dios, antes aún que por medio de doctrinas, a lo largo de un recorrido histórico, evolutivo y marcado por el signo de la cultura durante más de dos mil años. Es Palabra de Dios en lenguaje humano, débil, pero no confundida por causa del pecado del hombre.

Hay una fase de esta Palabra que aún permaneciendo siempre humana, asume la perfección de la verdad total: es aquella que proviene de la historia de Jesús, Palabra encarnada de Dios, que se coloca como clave de interpretación. Es Palabra en sentido religioso, vuelta hacia las razones últimas, capaz de dar respuestas radicales a los interrogantes sobre el sentido. Jesús es el testigo supremo de todo esto. Todo aquello que pertenece al orden de la racionalidad y de la técnica se reconoce en su propia autonomía, pero es invitado a abrirse a la verdad última de Dios y a dialogar con ella, según aquel diálogo entre Biblia y periódico del cual hablaba Kart Barth y que hoy es retomado en tantas ocasiones.

Signos y actitudes de encuentro genuino con la Palabra son la escucha, la conversión, la fidelidad en el amor a Dios y al prójimo, la consolación en la esperanza, en síntesis la pertenencia vital al pueblo de Dios.

Ayudar a un joven a encontrarse con la Biblia, significa conducirlo a leer “la Biblia con la vida y la vida conla Biblia” a descubrir la Palabra de Dios presente en la historia y a acogerla en la propia existencia comopromesa de libertad y de salvación. Metodológicamente pienso que, cuidando siempre la implicación personal, alternar el procedimiento kerigmático (de la Biblia a nosotros) y el antropológico (de nosotros a la Biblia), es el camino más sabio.

 

  1. 2. Educar a los jóvenes al encuentro como mediación esencial

 

Ya hemos acentuado las dificultades del joven en el encuentro con el Libro Sagrado, sin que por ello se pueda negar su posibilidad… La educación es un proceso que al mismo tiempo que debe estar iluminado y programado, debe ser creativo, partícipe y paciente. Sugerimos algunos puntos de atención que provienen de la experiencia:

– Tener el coraje de hacer la propuesta abierta de llegar a ser cristianos, de hacer la opción por Jesús, y en ella hacer la opción de la propia vida en una dimensión que va más allá de una comprensión meramente humana.

– Desde dentro del texto bíblico, acoger la Palabra en un continuo sucederse, en ocasiones dramático, de preguntas y respuestas acerca de los aspectos existenciales de la persona, aquellos particularmente más cercanos a la condición juvenil (aspiración de libertad y de alegría, la vida como proyecto, búsqueda de seguridad, confianza y solidaridad…) Es la significatividad la que indica la autenticidad de la verdad, ya que Dios mismo ha decidido encontrarse e inserirse plenamente en los deseos más profundos de los hombres.

– En este procedimiento tiene razón de ser solamente un encuentro personalizado (amigable y dialogante) entre los jóvenes y los educadores, porque sólo por este camino, la Biblia puede manifestarse y actuar eficazmente como sacramento del encuentro con Dios, signo sacramental que revela y actúa el encuentro con el texto como participación al encuentro entre Dios y su pueblo.

Me permito hacer una afirmación con cierto énfasis, expresando plenamente mi punto de vista: es moralmente imposible para un adolescente acoger como valor creíble y positivo la Palabra de Dios, sin una figura de referencia (padres, profesores, animadores) llamada –repitámoslo una vez más- a una relación de generación. A una pregunta mía, “¿por qué los jóvenes no parecen amar ni a Jesús ni a la Biblia y huyen dela Iglesia…? un ilustre obispo me respondió: “Porque adultos, padres, animadores, catequistas, profesores e incluso sacerdotes y obispos no aman verdaderamente a los jóvenes, o mejor dicho, los jóvenes no perciben ser amados en sus necesidades y según el estilo que ellos esperan. Sólo el amor es creíble y hace creíble ala Biblia”.

– Esta relación pedagógicamente desarrollada mira a una pertenencia visible a la comunidad, vista como el lugar vivo (es el Cuerpo del Señor que crece gracias a la Eucaristía) donde resuena la Palabra y se ejercitan los grandes gestos bíblicos de la escucha, de la contemplación, del servicio, de la misión.

– Por esta razón, la Biblia (el Evangelio) propuesta a los jóvenes no puede por menos de orientarles hacia un objetivo: la opción vocacional, de la cual un primer momento es la opción por el voluntariado, una decisión de ayuda concreta hacia los pobres.

– Si la Biblia no ayuda a los jóvenes a descubrir la energía (el carisma) de la caridad que está en ellos, la caridad que es cuidado por la justicia, ayuda al indigente, búsqueda de la paz… corremos el riesgo de convertir la Biblia en “una campana que suena o en un címbalo que retiñe” (1Cor 13,1). En este sector del servicio por los demás, formativo y operativo, la relación entre jóvenes y Evangelio, me parece altamente insatisfactoria. Si los jóvenes no son educados a querer y a construir un futuro diverso a la luz de la Palabrade Dios, ¿ llegará este futuro en alguna ocasión?

 

4.3. Indicaciones operativas

 

Presento a continuación algunas sugerencias, tomadas siempre de la experiencia.

– Mantiene una permanente validez, el acercamiento grupal a la Biblia, distinguiendo entre adolescentes y jóvenes más maduros, y entre aquellos que ya han hecho una opción de fe y aquellos que están en un proceso de búsqueda. La experiencia de grupo debería desembocar en la familiaridad personal con la Biblia.

 

– Es importante dar valor a los tiempos y a los espacios que pueden ser más significativos y receptivos como por ejemplo los tiempos fuertes de adviento y de cuaresma, los campamentos, las peregrinaciones, los retiros… Un papel particular lo debería jugar la enseñanza de la religión en la escuela para aquellos que la han elegido. Tampoco conviene perder de vista el camino de la confirmación y la catequesis posterior del catecumenado juvenil.

– Este camino bíblico comprende momentos de estudio, de oración, de discernimiento evangélico, de confrontación crítica con el pluralismo religioso y cultural, de implicación en el servicio práctico a los demás.

– Se recomienda una práctica del texto a cuatro niveles diversos: inductivo (partir de la historia de Jesús en los evangelios, para llegar tanto al AT como patria religiosa y cultural de Jesús, como al NT de los Hechos de los Apóstoles como desarrollo de su mensaje en la vida de la primera comunidad cristiana); explicativo racional (criterios para resolver las “páginas difíciles” del libro sagrado); teológico (reconocimiento del don de la Palabra de Dios a la luz de la Dei Verbum); espiritual (interacción del texto bíblico con la catequesis, la liturgia, el ejercicio de la caridad).

– No podemos menos de acentuar la forma más completa y eficaz de acercamiento al texto bíblico: el modelo de la lectio divina, recomendada por el Papa Benedicto XVI y convenientemente reformulada y adaptada a la medida de los jóvenes en la “Escuela de la Palabra” del Cardenal Martini. Reconozcamos su dinámica de escucha-estudio (sin prisa y sin aburrimientos), la sucesión de la meditación personal, los momentos de compartir, el clima de oración, las opciones de vida…Este camino requiere un paciente aprendizaje. También aquí es necesario generar.

 

Una conclusión que no concluye

 

De la larga intervención de Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro con la que comenzamos este artículo, que impresionó un poco a cuantos la escucharon, por la claridad, convicción y determinación con la que el Papa se expresó, recibimos una pedagogía del acercamiento, que el mismo Santo Padre ha sintetizado de esta manera:

“Pienso que debemos aprender estos tres elementos: leer en diálogo personal con el Señor; leer acompañados de maestros que tengan experiencia de fe, que sean versados en la Sagrada Escritura; leer en compañía de la Iglesia, en cuya liturgia estos sucesos se actualizan, en la cual el Señor habla hoy y ahora con nosotros para que paso a paso entremos más en la Sagrada Escritura en la que Dios habla realmente hoy con nosotros”.

Ciertamente se podrán realizar ulteriores indicaciones metodológicas, pero sin olvidar este capítulo nuevo sobre la relación entre Biblia y jóvenes abierto con autoridad por Benedicto XVI: los jóvenes no son clientes incapaces y marginales del Libro Sagrado; su encuentro tiene que recorrer un sendero marcado y animado por la fe de la Iglesia de la cual la lectio divina es su figura más emblemática; por tanto, no bastará con realizar un discurso sobre Jesús y el misterio cristiano y menos aún con el mero uso del catecismo, sino que se necesita un encuentro directo del joven con la Palabra de Dios manifestada en la Escritura.

 

CESARE BISSOLI

 

 

[1] Une nouvelle chance pour l’Ėvangile. Vers une pastorale d’engendrement, Lumen Vitae-Novalis, Bruxelles 2004

[2] Me refiero al caso italiano aunque sostengo que la situación de España sea similar. Entre los que no tienen prácticamente nunca un encuentro con la Biblia (el 80% de los italianos) el número más elevado se encuentra en la franja de edad de los adolescentes (entre los 14 y los 19 años). Sólo el 13% sostiene que si “uno cree en Dios debe leer y meditar la Biblia u otros textos sagrados” colocando esta lectura en el undécimo puesto sobre dieciséis items; el 7% señala que “reza leyendo o meditando la Biblia u otros textos religiosos”, colocándose en el último puesto sobre seis ítems. Cfr. AA. VV., La religiosità in Italia, Mondatori, Milano 1995.

[3] Cfr. Bissoli C., ‘Va’ e annuncia’(Mc 5,19).Manuale di catechesi biblica, LDC, Leumann(Torino)2006, 116-117.

[4] “En el Evangelio, los jóvenes aparecen de hecho como interlocutores directos de Jesucristo que les revela su “singular riqueza”, y que a la vez les compromete en un proyecto de crecimiento personal y comunitario de valor decisivo para la sociedad y la Iglesia” (DGC 183).