¿Por qué fracasan los itinerarios de educación en la fe?

Jesús Rojano es teólogo y pastoralista, pertenece al Consejo de redacción de Mision Joven.

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Analiza el artículo la sensación de fracaso que existe en torno a los itinerarios de educación a la fe, entrando en sus posibles causas externas e internas. Desde el análisis llega a proponer algunas sugerencias pastorales, subrayando la necesidad de itinerarios abiertos, que cuiden la iniciación integral a la vivencia de la fe, preocupados por la dimensión misionera y por abrir caminos nuevos. Se trata en realidad no simplemente de nuevas metodologías, sino de una nueva catequesis, capaz de “engendrar” en la fe, no simplemente de transmitirla.

  1. Sensación de fracaso de los itinerarios

 

Desde hace ya bastantes años se vienen publicando de vez en cuando itinerarios para la catequesis infantil y juvenil, algunos hechos con mucho cuidado, con tiempo y por excelentes equipos de redacción. No entraremos en este artículo, por cierto, a juzgar proyectos publicados, ni recomendaremos ninguno, aún reconociendo que los hay muy buenos. El caso es que, sobre todo cuando se habla de la catequesis de adolescentes y jóvenes, existe entre los agentes pastorales una común sensación de que los diversos itinerarios no funcionan, y que aún los mejores y más concienzudos planes acaban en la estantería de libros inservibles más pronto que tarde.

Si esto pasa con los libros o materiales catequéticos, ¿qué podríamos decir de las personas a las que van dirigidas dichos procesos catecumenales? La sensación de fracaso – al menos en lo que a las grandes tendencias se refiere- parece aquí mayor. Tenemos la sensación de estar siempre empezando, de que los jóvenes que llevan años en grupos de fe nunca terminan de ser cristianos maduros y de integrarse de verdad en comunidades cristianas adultas, sean parroquiales u otras. Esos jóvenes que llenan puntualmente encuentros masivos juveniles, ¿dónde están luego cada domingo? ¿Por qué no hay apenas relevo para los/as catequistas, responsables de Caritasparroquiales, consejos pastorales, equipos de liturgia…? ¿No es verdad que los chicos/as que entran y se apuntan a procesos catecumenales tardan poco en salir y abandonar dichos procesos, dando una desoladora sensación de “puerta giratoria” (se entra, se permanece un rato y se vuelve a salir)?

Incluso los/as jóvenes que llevan adelante la formación catequética de otros muchachos menores que ellos (se llamen animadores, catequistas, monitores…) transmiten -con honrosas excepciones-, a poco que se les trate, una sensación de formación cristiana muy endeble, muy débil, con apenas tres o cuatro tópicos asimilados por encima y con muy poca capacidad de discernimiento maduro cristiano. Al menos en la realidad española, los que llevamos más años en estos ambientes tenemos también la impresión, cuando se habla con sinceridad de las situaciones locales, de que hay gran diferencia entre la generación de jóvenes catequistas y animadores de la fe de hace diez o doce años y los de ahora. En este momento parece abundar ese perfil de cristiano poco formado que Gabino Uríbarri ha calificado con el nombre de “cristianismos insuficientes”[1]. Esto no debería extrañarnos tanto, pues estos catequistas han salido de esos procesos que reconocemos que funcionan de mala manera…

Por si esto fuera poco, da la impresión de que también ciertos grupos neotradicionales, detrás de un aparente éxito inicial, ofrecen a la larga -aunque parezca mentira- otra versión de lo mismo. Y es que también es un cristianismo muy endeble el que se ciñe a fórmulas aprendidas “a marchamartillo”, pero no razonadas a partir de una base bien profundizada. Nos gustaría recordar aquí el famoso –por otras razones- discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, según el cual las mejores síntesis cristianas a lo largo de la historia nunca despreciaron la razón ni fueron fideístas o amigas de lo irracional. Llama la atención lo desapercibido que pasa esta afirmación decisiva para algunos que se identifican sólo para ciertas cosas con las posturas del Papa. En cualquier caso, no es momento de descalificaciones o fobias mutuas entre orientaciones cristianas distintas, sino de aprender unos de otros: no somos de Apolo o Pablo… sino de Cristo (palabras paulinas que, aunque no todos se den cuenta, valen también para los cristianos del siglo XXI).

Uno de los grandes catequetas europeos, André Fossion, del Centro Lumen Vitae de Bruselas, nos pinta un cuadro parecido y más completo del problema: “Este proceso catequístico en crisis está organizado en el ritmo escolar anual, en lugar del litúrgico, y propone el mismo esquema para todos. La preparación presacramental se le confía a un grupo de catequistas y se desarrolla, por lo general, sin tener en cuenta el conjunto de actividades de la parroquia y de la vida comunitaria. Aunque este clásico sistema de catequesis esté dando todavía algunos frutos, adolece de crecientes dificultades, no sólo en razón de sus limitaciones, sino, sobre todo, debido a su progresiva inadecuación a la evolución sociocultural de la sociedad, lo cual está generando una crisis, cuyos síntomas nos son bien conocidos: disminución constante de niños catequizados, abandono frecuente después de la recepción de los sacramentos, falta de motivación de los padres, folclorización de los ritos religiosos de paso, dificultad para encontrar catequistas, envejecimiento de los mismos, problemas de inserción de los jóvenes en las comunidades, etc.”[2].

 

  1. Las razones del fracaso

 

2.1. Causas ajenas

 

La situación que acabamos de describir es bien conocida. Muchos se han desanimado y han optado por tirar la toalla. Para los que crean, en cambio, que abandonar la catequesis de adolescentes y jóvenes sería traicionar el mandato de Jesús (“Id por todo el mundo y anunciad el evangelio”; “Ay de mi si no evangelizare…”), un primer paso para intentar buscar soluciones consiste en examinar las razones de este fracaso.

Dejemos la palabra de nuevo a un catequeta del Instituto Lumen Vitae, en este caso Henri Derroitte: “No hay una toma de posición actual acerca de la transmisión de la fe y la misión cristiana que no comience por un análisis de la situación religiosa acabando con una constatación de la crisis. La mayoría de los autores señalan, por otra parte, las mismas causas y los mismos efectos. Podríamos, a título de ilustración, exponer los seis motivos de la crisis de la transmisión de la fe puestos de relieve en un coloquio reciente por Giancarlo Collet: desaparición en Occidente de la religiosidad tradicional; situación multirreligiosa y multicultural; pérdida de plausibilidad de la vida eclesial; imposibilidad de una socialización en un medio cristiano; rechazo de tradiciones con carácter normativo constrictivo; esfuerzo de reflexión constante por parte del sujeto para construirse una identidad plena”[3]. Estas palabras nos hacen ver que el problema es de cambio o mutación cultural, no sólo de que antes hacíamos las cosas bien y un día, de pronto, empezamos a hacerlas mal.

Parafraseando el famoso dicho pedagógico, podemos afirmar que “para dar catequesis a Juan, hay que conocer los contenidos catequéticos, pero también -¿sobre todo?- a Juan”. Esta es una de las razones que explica por qué lo que antes funcionaba ahora fracasa, además de los motivos mencionados en el párrafo citado de Derroitte. Hoy los itinerarios catequéticos encuentran un tipo de sujeto humano muy distinto, y además, a unos sujetos muy distintos unos de otros. Como decía J. B. Metz, “el europeo moderno es cada vez más su solo experimento personal. Existe el peligro de que, a la velocidad vertiginosa en que vivimos, lleguemos a sentirnos cada vez más extraños a nosotros mismos”[4]. Ahorramos al lector, por demasiado conocidos, los discursos sobre la inestabilidad y labilidad del actual sujeto posmoderno (o tardo-moderno… o como se le quiera llamar). Sin duda, esto influye decisivamente en el problema que estamos abordando: a efectos de la dificultad para la maduración del creyente, nos encontramos con la dificultad que José María Rodríguez Olaizola ha denominado las “pertenencias flexibles” (ahora estoy, ahora no…) o la figura descrita por José Mª Mardones del “creyente hermenéutico”, que interpreta y adapta la fe a su aire. Es evidente que así se siega la hierba bajos los pies de cualquier proceso catequético de maduración a largo plazo.

Ya hace años que Peter Berger, por ejemplo, viene hablando de que hoy la fe no se elige de una vez para siempre, sino que es elegida (o rechazada) continuamente, debido a la pluralidad de ofertas en el mercado de las cosmovisiones y de las religiones[5]. Esa puesta en cuestión continua de las convicciones de fe hace difícil el crecimiento como creyente, y por tanto la realización de cualquier itinerario.

 

2.2. Causas internas

 

A veces, los fracasos de los itinerarios se deben a que, sin darnos cuenta, hacemos las cosas mal. El siguiente testimonio del filósofo y teólogo mallorquín Gabriel Amengual habla por sí solo, cuando se refiere a la “experiencia frustrante del compromiso que han tenido grupos de jóvenes de Iglesia, y en general, grupos políticos o socialmente comprometidos, movidos por grandes ideales, que posteriormente, ya adultos, se han deshecho de casi todo compromiso para intentar por encima de todo vivir su vida privada plácidamente. Se quemaron por la entrega excesiva y/o por los fracasos, y se llegó a la decepción cuando no consiguieron realizar sus sueños. Así lo confiesa uno de ellos: “Aquel proyecto se echa a perder y es parte de tu juventud y de tu vida. Era algo a lo que habíamos dedicado muchas horas y por lo que habíamos tenido muchas inquietudes. Y, de pronto, aquel pequeño mundo que te habías montado alrededor de unos ideales, de unas metas, todo cae. ¿Qué hacemos? De este modo evidentemente te vas fuera. Lo que haces es dedicarte un poco más a tu persona, a tu familia si la tienes, y si no, a ti” (HELENA BÉJAR, La cultura del yo, Madrid, Alianza, 1993). Esta experiencia de quemarse tendría que ser objeto de reflexión seria por la pastoral y la teología. Se quemaron bajo el peso de las exigencias, por la vivencia de un cristianismo convertido en moralismo, falto de mística, de sosiego y acogida –de oración-, falto, en definitiva, de Espíritu y la gracia, que no eran vividos como dones, sino sólo, o mayoritariamente, como donación y entrega sacrificada de uno mismo, como activismo mesiánico y compromiso voluntarista. El acompañamiento pastoral y la teología tal vez no estuvieron a la altura del compromiso de los jóvenes (o tal vez se identificaron demasiado con él, sin poder ver las carencias de entonces y las consecuencias que vendrían después)”[6]. Hay procesos catequéticos o itinerarios que, por querer quemar etapas o por falta de equilibro en las experiencias propuestas, fracasan y queman a los catequizandos en el sentido que dice aquí Amengual.

Centrándonos en uno de los fallos que citaba Gabriel Amengual, veamos uno de los grandes errores que explican los fracasos de muchos itinerarios catequéticos. Esta deficiencia a veces no está en los materiales o libros escritos y en las orientaciones que ofrecen en sus introducciones, pero sí en su aplicación concreta por los catequistas concretos. Nos referimos a la falta de vivencia de la fe, que hace que la iniciación cristiana se reduzca a una de sus dimensiones, el adoctrinamiento intelectual, y descuide la experiencia directa y gozosa de Jesucristo vivo. Lo ha explicado magistralmente Francisco Javier Cormenzana: “Las propuestas eclesiales en favor de la comunicación de la fe encuentran su caldo de cultivo preferencialmente en los escenarios de la inteligencia (la doctrina), del ethos (la ética), de la práctica (el compromiso) y de la pertenencia comunitaria (la eclesialidad) de la fe. Sin embargo no terminan de encontrar su sitio en el de la unión cognitiva con Dios (la mística). Ser iniciado e introducido en los ámbitos del contacto cognitivo con la realidad Dios (1 Jn 1, 1ss), que va más allá por implicación, y no por desconexión, de todos los demás aspectos de la fe, me parece decisivo para el futuro de su transmisión […]. La dificultad más honda de la transmisión de la fe radica en el déficit de iniciación a la presencia y el encuentro con Dios o –dicho de forma más específicamente cristiana– a la percepción aquí y ahora de la salvación que nos llega de Dios en Jesús de Nazaret por su Espíritu […]. Sin temor a equivocarme puedo deducir de todo ello que la mayoría de los miembros de nuestras comunidades han percibido la verdad salvífica de Dios con los registros del saber informativo y solamente una minoría con los de la experiencia espiritual”[7].

Eso mismo (que no se han de eliminar dimensiones esenciales de la transmisión de la fe cristiana) lo dice explícitamente el Directorio General para la Catequesis de 1997: “En virtud de su misma dinámica interna, la fe pide ser conocida, celebrada, vivida y hecha oración”[8]. Esas imprescindibles dimensiones reflexiva, activa, litúrgica y orante de la catequesis con frecuencia se ven reducidas sólo a la primera. Podemos preguntarnos con el teólogo y catequeta francés Gilbert Adler: “¿Se organizará del mismo modo la materia si lo que se pretende es el conocimiento de las verdades de la fe o la integración de la comunidad cristiana en un proceso iniciático o incluso hacer viva, activa y explícita la fe?”[9] Adler nos recuerda que la catequesis postridentina privilegió una dimensión (el conocer la doctrina) sobre las otras tres, que más o menos quedaban satisfechas en el marco de la parroquia y de la familia. A lo largo del siglo XX, sobre todo a partir de los años 60-70, al constatar el desequilibrio introducido por la situación de secularización, el movimiento catequético procuró fomentar lenguajes no doctrinales-intelectuales y tener en cuenta elementos pedagógicos, psicológicos (¡adaptarse al catequizando!), bíblicos, litúrgicos, experienciales… En esa línea experiencial estaba la definición de catequesis de J. Audinet: “Podría decirse que la catequesis se define de la siguiente manera: la acción mediante la cual un grupo humano interpreta su situación, la vive y la expresa a la luz del Evangelio”[10]. Sin embargo, en palabras de Adler, “como por un efecto pendular, tanto pegarse al catequizando corría el riesgo de insistir menos en los datos objetivos de la fe (Símbolo de los apóstoles, enunciados de la fe, etc.)”[11]. Esos bandazos de la catequesis (o adoctrinamiento sin vivencia o vivencia experiencial con poco contenido doctrinal) tienen mucho que ver con el desconcierto y sensación de fracaso actuales. Nuestro problema es –inspirándonos en un esquema hegeliano de andar por casa- la dificultad de que tras la tesis y la antítesis venga la síntesis equilibrada, una catequesis que equilibre contenidos doctrinales y vivencia gozosa de la fe en la oración, el compromiso y la celebración comunitaria.

Si se nos permite una anécdota personal, pude comprobar hace unos años, en un poblado chabolista de Madrid, las deficiencias de los dos modelos catequéticos reducidos (cuando se descuida una parte esencial). Un grupo de jóvenes voluntarios cristianos, que en teoría tenían encomendada la catequesis de niños y jóvenes del poblado, hacían una labor encomiable de promoción humana con actividades de alfabetización y tiempo libre. Nunca llegaban a proponer explícitamente el evangelio porque no veían -con buenas razones- madura la situación. Una tarde a la semana, aterrizaba por allí durante una hora otro grupo de jóvenes de un conocido grupo neotradicional. Llegaban con sus catecismos y leían a aquellos niños/as párrafos sobre las misiones y relaciones trinitarias. Los niños no entendían nada de nada y resistían unos cinco minutos el “sermón” para recibir su puñado de caramelos… ¿Qué hubiera pasado si la promoción y evangelización explícita hubieran ido juntas y equilibradas…? Supongo que algo parecido al equilibrio de las diversas dimensiones de la fe que proponía el citado nº 84 del Directorio General para la Catequesis.

 

  1. Sugerencias para caminar en el futuro

 

Como venimos diciendo, los agentes de catequesis y los que elaboran los itinerarios catecumenales se sienten hace tiempo reflejados en una de esas frases lapidarias que circulan hoy como cita recurrente: “Cuando teníamos todas las respuestas nos cambiaron todas las preguntas”.

Sin embargo, más allá de todo desánimo, nuestra actitud tiene que ser la que refleja esta reflexión de Gabriel Amengual, que nos invita a “recordar aquel dicho de Leopold Von Ranke (1795-1886): todas las épocas son inmediatas a Dios”, que, por lo que nos toca, lo podríamos traducir por: “Todas las épocas tiene su propia pista de acceso a Dios”[12]. Por eso, porque también hoy merece la pena pensar y promocionar itinerarios de iniciación a la fe, queremos terminar con algunas sugerencias, procedentes de lugares eclesiales muy diversos, que dan pistas sobre las pautas y rasgos que parecen adecuadas a la hora de elaborar y soñar los itinerarios del futuro inmediato.

 

  • Itinerarios abiertos

Tienen que ser diversificados, no cerrados, con capacidad de adaptación a varios ritmos y situaciones de partida. Hay algunos documentos de episcopados mundiales que viven situaciones de secularización avanzada que dan pistas preciosas en ese sentido[13].

 

  • Itinerarios que cuidan la iniciación integral a la vivencia de la fe y la mistagogía

Hay que enseñar a vivir como cristianos, no sólo ideas sobre el cristianismo. ¿No hay autor capaz de reescribir las catequesis mistagógicas de Cirilo de Jerusalén en el contexto de los adolescentes y jóvenes posmodernos? ¿Cómo sería un itinerario que adapte a nuestro tiempo el proceso de iniciación de la mujer samaritana (Juan 4,1-42) o el del ciego e nacimiento (Juan 9,1-41), que hemos vuelto a recordar esta pasada cuaresma? Como prueba de que esa inquietud está presente hoy en la Iglesia traemos unas palabras de Benedicto XVI sobre los preámbulos de la fe necesarios para iniciar hoy a la fe cristiana. ¿No eran acaso también preambula fidei la conversación de Jesús con la samaritana o con el ciego?:

“Así que me parece que, por un lado, debemos tener claro ante nosotros qué es lo esencial que queremos y debemos transmitir a los demás y cuáles son los preambula en las situaciones en las que podemos dar los primeros pasos: en verdad precisamente hoy una primera educación ética es un paso fundamental. Es lo que hizo también el cristianismo antiguo. Cipriano, por ejemplo, nos dice que antes su vida era totalmente disoluta; después, viviendo en la comunidad catecumenal, aprendió una ética fundamental y de tal modo se abrió el camino hacia Dios. También san Ambrosio en la vigilia pascual dice: hasta ahora hemos hablado de la moral, ahora vayamos a los misterios. Habían hecho el camino de los preambula fidei con una educación ética fundamental, que creaba la disponibilidad para comprender el misterio de Dios. Por lo tanto diría que tal vez debemos realizar una interacción entre educación ética -hoy tan importante- por un lado, también con su evidencia pragmática, y al mismo tiempo no omitir la cuestión de Dios. Y en este entrelazamiento de dos caminos me parece que tal vez un poco conseguimos abrirnos a ese Dios que sólo puede dar la luz”[14].

Después, en ese mismo texto, el Papa muestra la necesidad de suscitar el encuentro personal con ese Jesús que es una Persona viva. Transcribimos el texto completo porque es rico en sugerencias en la línea que hemos ido apuntando antes: “Un paso más es cómo encontrar a Dios, como elegir a Dios. Aquí llegamos al Evangelio: Dios no es un desconocido, una hipótesis del primer inicio del cosmos. Dios tiene carne y hueso. Es uno de nosotros. Le conocemos con su rostro, con su nombre. Es Jesucristo, quien nos habla en el Evangelio. Es hombre y es Dios. Y siendo Dios, eligió al hombre para hacernos posible la elección de Dios. Así que es necesario entrar en el conocimiento y después en la amistad de Jesús para caminar con Él. Considero que éste es el punto fundamental de nuestra atención pastoral de los jóvenes, para todos, pero sobre todo para los jóvenes: atraer la atención sobre la elección de Dios, que es la vida. Sobre el hecho de que Dios existe. Y existe de modo muy concreto. Y enseñar la amistad con Jesucristo. Hay también un tercer paso. Esta amistad con Jesús no es una amistad con una persona irreal, con alguien que pertenece al pasado o que está lejos de los hombres, a la diestra de Dios. Él está presente en su cuerpo, que sigue siendo un cuerpo de carne y hueso: es la Iglesia, la comunión de la Iglesia. Debemos construir y hacer comunidades más accesibles que reflejen la gran comunidad de la Iglesia vital. Es un todo: la experiencia vital de la comunidad, con todas las debilidades humanas, pero sin embargo real, con un camino claro y una vida sacramental sólida en la que podemos tocar también lo que puede parecernos tan lejano, la presencia del Señor. De esta manera podemos igualmente aprender los mandamientos […]. Por un momento esto parece casi positivista: son imperativos. Pero lo primero es el don: su amistad. Después podemos entender que los indicadores del camino son explicaciones de la realidad de esta amistad nuestra […] La sed de Dios existe. Hace poco recibÍ la visita ad limina de obispos de un país en el que más del cincuenta por ciento se declara ateo o agnóstico. Pero me dijeron: en realidad todos tienen sed de Dios. Escondidamente existe esta sed. Por ello empecemos antes nosotros, con los jóvenes que podamos encontrar. Formemos comunidades en las que se refleje la Iglesia, aprendamos la amistad con Jesús. Y así, llenos de esta alegría y de esta experiencia, podemos también hoy hacer presente a Dios en este mundo nuestro”[15].

 

  • Itinerarios preocupados por la dimensión misionera y por abrir nuevos caminos

Vamos a recurrir aquí a un autor que de entrada no tiene nada que ver con la catequesis. Y, sin embargo, su lectura puede inspirar una actitud muy necesaria a la catequesis en sociedades secularizadas como la nuestra. Michel Maffessoli es director del Centro de Estudios sobre lo Actual y Cotidiano de la Universidad de la Sorbona de París (por cierro, ¿no nos haría falta en la Iglesia un centro con ese mismo título?). Para describir al ser humano actual ha escrito un libro sobre la peregrinación y el nomadismo como camino iniciático lleno de posibilidades[16]. Es una invitación a la desinstalación y al abandono de las falsas seguridades que nos paralizan, al peregrinar en busca de sentido, a la búsqueda de nuevos caminos. Refiriéndose a unas ideas de André Gide afirma: “Sólo los granos que van lejos podrán dar frutos. Los que caen cerca del tronco no tienen ninguna posibilidad de crecer y prosperar. Sólo quedarán con vida las plantas que broten lejos del árbol del sembrador. No se podría describir mejor esa fuerza desgarradora que impulsa lejos de las raíces, del nido, de la familia, de la tierra de los muertos”[17]. ¿Cuántas semillas lanzan lejos, a la intemperie, a nuevos y vírgenes caminos, nuestros actuales proyectos catequéticos?

Maffesoli estudia la figura de Abraham y la fecundidad asociada a su peregrinación y nomadismo. ¿No se nos dice hoy también “Sal de tu tierra…”? ¿Qué podemos perder hoy por intentar ser valientes ene. planteamiento de itinerarios de iniciación ala fe…? El mejor cristianismo ha estado siempre llena de figura que salían de su tierra, como Pablo, Felipe, Fco Javier, Teresa de Calcuta… Nos hace falta algo de este impulso nómada, de ir al extremo oriente (lo más lejos posible), en la catequesis actual europea… Si los japoneses dicen “si funciona, no lo cambies…”, ¿qué habría que decir si la premisa –que funciona- falla claramente?

Nos recuerda también Maffesoli una frase de Armand Abécassis: “Es el peregrinar lo que salva y no el arraigo”[18]. Es importante “permanecer siempre en el camino […] Existe una innegable relación entre el nómada y el iniciado. Uno y otro subrayan –y condenan- los diferentes conformismos del ser y del pensar. Uno y otro son vectores de una verdadera espiritualidad. Espiritualidad que no hay que entender de manera estrecha, sino más bien como algo que compromete la totalidad de la existencia, individual o colectiva. Algo, en pocas palabras, que subraya la libertad interior como el fundamento sólido sobre el que existe la libertad exterior”[19]. Los primeros cristianos eran conocidos como seguidores del camino. ¿Qué se ha hecho del ser caminantes en el cristianismo occidental y en nuestra iniciación a la fe? No podemos renunciar a lo mejor… Para iniciar a la fe cristiana no se trata de integrar en un dócil rebaño, sino de hacer caminantes que sigan las huellas del Crucificado resucitado. ¿Por qué llamó Dios a Pablo y no a otro…? ¿Sería por ese carácter de arrojo, de ir hasta el final, de querer siempre “seguir corriendo hasta la meta”…? Curiosamente, esos nuevos caminos los pedía el DGC de 1997, en este caso privilegiando en la expresión la dimensión misionera: “El ministerio de la catequesis aparece, así, como un servicio eclesial fundamental en la realización del mandato misionero de Jesús”[20].

Con razón se pregunta Gilles Routhier, teólogo de Québec: “¿Dónde está el deseo de dar a luz todavía nuevos cristianos?”[21].

 

  • Itinerarios inspirados en Emaús

Para estos caminos de futuro, Adler evoca la escena de Emaús: “Jesús se acercó a ellos y se puso a caminar a su lado” (Lc 24, 15), pues “ahora más que nunca el lugar propio de la catequesis es el camino en el que los hombres viven, aman, se intercambian gestos de ternura y también de lágrimas […]. Lo que conviene sobre todo es ir y venir por los caminos donde los hombres y las mujeres se encuentran, buscando, en inmundo lleno de contrastes, un sentido para su vida, es decir, una dirección y un significado”. La exposición de la doctrina de la fe, que tampoco puede faltar, tiene que “pasar por el camino de una interpretación de la existencia humana a la luz del Evangelio. Aprender a leer la experiencia, a darle cristianamente un significado humano, tal podría ser el objetivo de una “tradición viva” de las “verdades” de la fe”[22]. Esta pista de acción hoy no se puede dejar de recorrer…

 

  • Otros itinerarios para otros tipos de catequesis

Por falta de espacio, sólo indicaremos que los estudiosos de la catequesis nos sugieren nuevos modelos para afrontar la crisis: una catequesis verdaderamente comunitaria, de “engendramiento” más que transmisión lineal y unidireccional, una catequesis intergeneracional, también llamada “descompartimentada” (en que no se separe a niños, adolescentes y jóvenes de los adultos), una catequesis simbólica que integre los símbolos de la vida y los símbolos de la fe de una manera armoniosa y estimulante[23]

 

Para concluir, nos permitimos reproducir unas reflexiones de Routhier, que tienen la virtud de reunir las diversas sugerencias que hemos ido haciendo, y dan qué pensar: “Pasar de lo heredado a la propuesta no significa partir de cero en la educación de la fe. Algo sigue perteneciendo al ámbito de la transmisión y de la herencia dado que no nos fabricamos a nosotros mismos. Hacerse cristiano es entrar en una tradición o en una familia de creyentes. No todo está, pues, en la línea de lo elaborado. Además hay que mantener el equilibrio entre tres elementos expresados clásicamente con los sustantivos traditio – receptio – redditio. Se trata de tres acciones importantes que deben integrarse en el acto catequético: transmitir, recibir, volver a expresar lo recibido. Si la catequesis no fuese más que transmisión repetitiva, faltaría a su deber; toda tradición viva implica una nueva expresión y una reelaboración de lo recibido de los padres para el hoy.

Por otra parte, debe estar suficientemente preparada para hacer valer el tesoro que hemos encontrado y que deseamos compartir. «¡Hemos encontrado al Señor!», gritaba entusiasmado Natanael. Sin ser consciente de tener algo para compartir, una noticia fantástica que da vida y transforma la existencia, no hay catequesis posible. Catequizar no es simplemente ser eco de lo que ya se sabe. Es también hacer surgir la novedad del Evangelio […] Está claro que hay que desarrollar un verdadero proceso catecumenal, apto para desplegarse a lo largo del tiempo más que contentarse con pequeños trechos del camino, pero es igualmente evidente que tenemos que dar pruebas de flexibilidad y adaptación para poder tener en cuenta los diversos caminos posibles. Este proceso, con sus diferentes momentos, etapas y medios, debe ser como un boceto y servir de modelo y cuadro de referencia para la propuesta de diferentes caminos adaptados a las diversas situaciones humanas”[24].

JESÚS ROJANO

 

[1] Cf. GABINO URÍBARRI, El mensajero. Perfiles del evangelizador, Bilbao, Universidad Pontificia de Comillas – Ed. Desclée de Brouwer, 2006, pp. 127-142.

[2] ANDRÉ FOSSION, cf. texto en http://www.iglesiaenlarioja.org/catequesis/

[3] H. DERROITTE (dir.), 15 nuevos caminos para la catequesis hoy, Santander, Sal Terrae, 2008, p. 7.

[4] J. B. METZ, Perspectivas de un cristianismo multicultural, en Cristianismo y liberación del hombre. Homenaje a Casiano Floristán, Madrid, Trotta, 1996, p. 37.

[5] P. L. BERGER, Una gloria lejana. La búsqueda de la fe en época de credulidad, Barcelona, Herder, 1994; P. L. BERGER, El dosel sagrado. Para una teoría sociológica de la religión, Barcelona, Paidós, 1999; P. L. BERGER, Cuestiones sobre la fe: una afirmación escéptica del cristianismo, Barcelona, Herder, 2006.

[6] G. AMENGUAL, La religión en tiempos de nihilismo, Madrid, PPC, 2006, pp. 70-71.

[7] F. J. VITORIA CORMENZANA,Dilatar el umbral de la fe. La mistagogía de la experiencia”, en Iglesia Viva 231 (2007) 4-6.

[8] CONGREGACIÓN DEL CLERO, Directorio General para la Catequesis, Madrid, Edice, 1997, nº 84.

[9] GILBERT ADLER, Conocer, vivir, celebrar, orar. Las tareas de la catequesis, en HENRI DERROITTE (dir.), 15 nuevos caminos para la catequesis hoy, Santander, Sal Terrae, 2008, p. 12.

[10] J. AUDINET, Le Renouveau catéchétique dans la situation contempraine, en Catéchèse 34 (enero 1967), p. 42.

[11] GILBERT ADLER, op. cit., p. 15.

[12] GABRIEL AMENGUAL, op. cit., p. 75.

[13] Cf. documentos de los episcopados francés, alemán y del Quebec en DONACIANO MARTÍNEZ – PELAYO GONZÁLEZ – JOSÉ LUIS SABORIDO, Proponer la fe hoy. De lo heredado a lo propuesto, Santander, Sal Terrae, 2005; cf. CONFÉRENCE DES ÉVÊQUES DE FRANCE, Texte national pour l’orientation de la catéchèse en France et principes d’organisation. Paris, Bayard-Centurion – Cerf – Fleurus-Mame, 2006.

[14] BENEDICTO XVI, Discurso a sacerdotes de la diócesis de Roma, 7 febrero 2008 (accesible en http://zenit.org/article-26253?l=spanish).

[15] Ibidem.

[16] Cf. M. MAFFESOLI, El nomadismo. Vagabundeos iniciáticos, México, Fondo de Cultura Económica, 2004.

[17] MAFFESOLI, op. cit., p. 164.

[18] MAFFESOLI, op. cit., p. 165.

[19] MAFFESOLI, op.cit., p. 187.

[20] Directorio General para la Catequesis, op. cit., nº 59.

[21] G. ROUTHIER, citado por H. Derroite, en H. DERROITTE (dir.), 15 nuevos caminos para la catequesis hoy, p. 166.

[22] G. ADLER, Conocer, vivir, celebrar, orar. Las tareas de la catequesis, en H. DERROITTE (dir.), 15 nuevos caminos para la catequesis hoy, Santander, Sal Terrae, 2008, p. 17.

[23] Cf. una explicación de cada modelo en H. DERROITTE, op. cit.

[24] Cf. G. ROUTHIER, La catequesis en tiempos de éxodo, capítulo segundo de su libro Le devenir de la cathéchèse, Montreal, Mediaspaul, 2003, al se puede acceder en http://www.iglesiaenlarioja.org/catequesis/catequesis%20en%20exodo.htm.