PORTA FIDEI: RAZONES Y PROPUESTAS DE LA CARTA APOSTÓLICA

Pedro Rodríguez Panizo

Profesor de Teología dogmática y fundamental en la Universidad de Comillas (Madrid)

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

El autor presenta la carta apostólica Porta fidei, y desgrana las razones que el papa Benedicto XVI ha encontrado para invitar a redescubrir el valor de la fe cristiana. Pero  no se limita a seguir el documento, sino que lo pone en diálogo con textos del Concilio Vaticano II, de algunos Padres de la Iglesia y de teólogos y filósofos modernos. Termina señalando y describiendo ocho propuestas prácticas del texto.

 

  1. Contexto y objetivo

El papa Benedicto XVI  ha convocado a toda la Iglesia a un Año de la Fe, desde el 11 de octubre de 2012 —cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y veinte de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica—, hasta el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Y lo ha hecho mediante una Carta Apostólica en forma de Motu Proprio que, como su nombre latino indica, ha sido escrita por su propia iniciativa y va dirigida, como es usual en este tipo de textos del magisterio papal, a toda la Iglesia, expresando en ella cuestiones de gran importancia, pero sin la forma más solemne de un documento legal como la Constitución Apostólica, aunque el Motu Proprio también lo es. Lleva por título La puerta de la fe (= PF), inspirado en Hch 14,27, pasaje que narra las visitas de Pablo y Bernabé a las diversas comunidades cristianas de regreso a Antioquía, animándolas «a permanecer firmes en la fe» (Hch 21,2) y resistir así todo tipo de dificultades. El objetivo de la Carta Apostólica es invitar a todo el pueblo de Dios a «redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo» (PF 2).

Repárese en las expresiones de la cita anterior: «redescubrir», pues siempre el creyente puede hacer suya la petición de los discípulos: «auméntanos la fe» (Lc 17,5).  De igual modo que siempre estamos en deuda de amor con nuestro prójimo, también nuestra actitud creyente es susceptible de mayor madurez y plenitud. Como las más bellas palabras que en castellano llevan el prefijo «re»: recordar, rememorar, repasar, etc., indica una vuelta sobre algo tan valioso que merece la pena actualizar su estimación como valor, pues no es suficiente con haberlo hecho una vez, quizá en la ya lejana conversión, o en la personalización más comprometida de la fe, sino que tiene que estar reconociéndose como valioso cada día, cada minuto de nuestra vida. La finalidad de ese nuevo descubrimiento no es otra que «iluminar […] la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo»; es decir, proyectar sobre él un foco de luz tan potente —que no es otro que el amor— que haga ver la dicha que supone el encuentro siempre posible con Cristo, consintiendo en que su vivir sea el nuestro (cf. Gál 2,20). «Entusiasmo» tiene que ver con arrobamiento, éxtasis, estar inspirado por Dios. Si se entiende bien, como lo hizo Hans Urs von Balthasar, se refiere a dejarse arrebatar libremente por la belleza de la figura de la revelación, que dota de unos ojos capaces de vislumbrar la perla de apreciado valor del Único Necesario frente al cual todo es preliminar y penúltimo (cf. Mt13,44-46).

Ya desde su primera Encíclica, Deus caritas est, Benedicto XVI nos recordó que ser cristiano es un encuentro con la persona de Jesucristo, verdadero acontecimiento que orienta la existencia de un modo nuevo, dándole un horizonte de sentido infinito (cf., nº 1). Por este motivo, nada más lejos del cristiano que la tristeza o el desaliento, por más que se aduzcan mil razones para la desesperanza; el escepticismo o las formas más sutiles de «nihilismo dulce» que una sociedad cansada y de vuelta de todo tienta con presentar como la única salida posible. En el principio era el significado y el sentido inscrito en la Palabra (cf. Jn 1,1), y por tanto el testimonio de fe del creyente es una pequeña llama encendida en la noche de esta crisis histórica que da la luz suficiente como para creer que lo finito no es todo. Es más, que Dios mismo ha abierto una brecha en lo finito para llevarlo a lo infinito.

Además, el reciente Sínodo de los Obispos celebrado en Roma, que comenzó en el mes de octubre de 2012, se ha dedicado a La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Los Lineamenta que le precedieron merecen una serena meditación que excede los límites de este ensayo. Con todas estas iniciativas, el papa pretende «introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe» (PF 4) —de nuevo el término «redescubrir»—, e invita «a una auténtica y renovada conversión al Señor, único salvador del mundo, […] en un proceso que no termina de cumplirse en esta vida» (PF 6), pues introducirse por la fe en la vida de comunión con Dios en la Iglesia es «emprender un camino que dura toda la vida» (PF 1) y que va del bautismo, inmersión en la vida absoluta y el amor infinito del Dios Trino, hasta la muerte, verdadero dies natalis, de modo que el tiempo humano se llena de cualidad y sentido al vivirse en él la filiación que nos incorpora por gracia a la cabeza que es el Hijo y del que la Iglesia es cuerpo. Un camino que va desde la imagen hasta la semejanza con Aquél en cuyo «molde» hemos sido creados y redimidos (cf. Rom8,29).

 

  1. Las razones

En este sentido, San Bernardo solía referirse a la fe como la conversión del corazón a Dios, y lo más difícil de esa vuelta a quien la inicia y consuma (cf. Heb 12,2), es sin duda no reservarse ninguna dimensión, nivel o pliegue de nuestro centro personal, a la acción de su amor incondicional, poniendo confiadamente en sus manos de fiar toda nuestra vida. No hay libertad mayor, ni motor más potente de la existencia para sacar lo mejor de uno mismo. Como dice el Concilio Vaticano II, la fe es la respuesta del hombre entero al Dios que se revela (cf. DV 5). Si en la revelación se trata nada menos que de la autocomunicación amorosa y libre del Dios Trino en Jesucristo, ¿cómo reservarse algo para sí y no corresponder, dentro de los límites de nuestra condición de criatura, con todo lo que somos en libertad y amor? Una de las dificultades del acto de fe reside precisamente aquí, en el hecho de que no sólo se mantenga en el tiempo con novedad permanente, sino también que ninguna dimensión o nivel constitutivo de la persona se rezague en este éxodo del creyente al encuentro del adviento de Dios. Y más todavía, a que en la respuesta de fe, tanto el orden de la razón, como el de la libertad y la emoción, lo hagan sinfónica y equilibradamente, sin que ninguno de ellos minusvalore a los demás fijándolos en un estadio inmaduro.

Y así, en el primero de ellos, propiciará la conversión de la tendencia a reducir conceptual y posesivamente lo real, hacia la apertura de una razón múltiple, participativa, acogedora, unida a su profundidad y, por tanto, respetuosa en grado sumo con el misterio de todo cuanto existe y, con más motivo, con el misterio de Dios, al recurrir a conceptos transfigurados y dignos de Él, tendentes en sí mismos a modo de deictemas que invitan a hacer personalmente el viaje hacia lo señalado por ellos. La estimación de los valores y la razón práctica que pone en juego la libertad, seguirá siempre la máxima evangélica de caminar dos millas con quien pide compañía para una, o entregar la túnica a quien sólo necesita el manto, en una lógica de gratitud y exceso del don propia de quien vive agradecido a quien es a la vez, según la hermosa expresión de Karl Rahner, donador, don y posibilidad de recibirlo en libertad; gracias a lo cual se afina y dilata enormemente la sensibilidad para el dolor de nuestros prójimos, y se nos envía a un éxodo cordial hacia los más necesitados por el que se acendra la capacidad de percibir en toda su crudeza la maldad del mal, sin engaños ni ilusiones, a cuyo combate sin descanso se invita al creyente con las solas armas del amor entregado al Bien Perfecto de Dios. Y lo mismo sucederá con la dimensión emotiva y estética, desdivinizadas y liberadas para irradiar amor a los demás —en la primera— y percibir el fulgor de la gloria (kābod, doxa) de Dios en todas las criaturas (cf. Sal 19, 1), en la segunda.

Todas las figuras que la Sagrada Escritura nos presenta como modelos de fe, están siempre en camino, bien saliendo de su tierra hacia el futuro de Dios, como Abrahán; bien atravesando un desierto hasta la tierra de promisión como Moisés, o haciendo un peligroso viaje al monte Horeb como el profeta Elías, o corriendo a visitar a su prima Isabel como María, que no pide señal alguna, en una disposición total de su persona a la acción de Dios (cf. PF 13). En su último libro sobre La infancia de Jesús, Benedicto XVI pone de relieve este aspecto de la Virgen. En la estela de la tradición patrística y de San Bernardo, señala la importancia de su «sí» que la convierte en madre: «hágase en mí según tu palabra», en un acto de excelsa libertad, a la vez humilde y magnánima. Como ha dicho Karl Rahner, a diferencia del nuestro, inconstante y débil, el «sí» de María fue «inmaculado», puro. No fue un «depende», cambiante con las circunstancias, ni un sí pero luego no, como tantas veces le sucede al creyente, ni siquiera un sí a medias. Dijo sí a Dios con todas las consecuencias; un fiat que se prolonga en fidelidad hasta el stabat al pie de la cruz, a la vez don gratuito de Dios y ejercicio más alto de su libertad, pues se le regala el don de entregarse sin reservas como un acto libre. Y a través de esta obediencia la Palabra ha entrado en ella haciéndola fecunda.

Todo el pasaje dedicado a María en PF 13 subraya sobre todo este aspecto, pero también muchos otros: la virginidad de su parto, la salvación del niño de manos de Herodes, el seguimiento del Señor en su predicación hasta el Calvario, los frutos de la resurrección, los recuerdos de su corazón, su presencia entre los doce reunidos para la recepción del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14; 2,1-4). También los apóstoles, los discípulos, los mártires y todos los hombres y mujeres que han entregado su vida a Cristo, hacen que veamos en sus travesías una invitación a salir de nuestro propio egoísmo y entregar a Dios la vida toda, en un verdadero trans(as)cendimiento, como gusta de decir Jean Wahl con una fórmula llamativa pero precisa, pues todo encuentro con Dios supone una travesía y una elevación por parte del hombre, posibilitada por el que viene a su encuentro. En un pasaje de su profundo y hermoso Liber de diligendoDeo (VII, 22), de ecos agustinianos, dice San Bernardo: «nadie puede buscarte sin haberte encontrado antes. Quieres ser hallado para que te busquemos, y ser buscado para que te encontremos. Podemos buscarte y encontrarte, mas no adelantarnos a ti» (BAC 444, 333).

El apóstol Pablo dice en un conocido pasaje de sus cartas que la fe viene de la audición (cf. Rom 10,17). Y en el centro de los relatos del bautismo y de la transfiguración del Señor Jesús, se encuentra un apremiante: «Escuchadle». Y es que se aprende a ser creyente en la escucha del que es la Palabra última y definitiva de Dios. Esa escucha transfigura la vida y el mundo, y es la tarea de toda una existencia, no exenta de dificultades y llena de preguntas. Por eso la invitación del papa es, a la vez, a renovar el acto de fe, el «decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este “estar con él” nos lleva a comprender las razones por las que se cree» (PF 10), y a personalizar los contenidos de la fe, de modo que el creyente pueda tener una síntesis complexiva de ella, pudiendo dar razón a todo el que se lo pida (cf. 1Pe 3, 15-16).

El papa da mucha importancia al texto de Rom 10,10, donde se habla de los labios y del corazón, del profesar en la confesión de la fe que Jesús es el Señor (Kyrios), y de creer lo que Dios ha hecho en Él, por Él y con Él: resucitarlo de entre los muertos. De ahí que el acto libre de fe por el que se acepta poner la vida entera en las manos de fiar de Dios (fides qua), y los contenidos de la fe (su aspecto objetivo o fides quae), vayan indisolublemente unidos. Es una llamada a mantener unidos, en coherencia de vida y testimonio, el corazón —«auténtico sagrario de la persona» (PF 10)—, y los labios con los que se profesa la fe y, por tanto, se hace posible su expresión pública en un acto de soberana libertad. La profesión de fe es a la vez un testimonio y un compromiso de la persona toda, y en su misma esencia es tanto un acto personal cuanto comunitario, pues «el primer sujeto de la fe es la Iglesia» (PF 10), en cuyo seno se produce la incorporación del yo personal («creo») al nosotros eclesial («creemos») sin que se menoscabe lo más mínimo la unicidad del acto personal de fe; antes bien, personalizándose en grado sumo al ser sostenido y animado por el gran sujeto de la comunidad eclesial, tomando conciencia de la verdadera identidad de hijos de Dios que nos constituye en el servicio del reconocimiento mutuo. El aspecto confesante expresa el compromiso del creyente con el Dios Trino en una relación filial de libertad y alianza, fruto de la conversión. El corazón, por su parte, «indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo» (PF 10), y que —abierto por la gracia— dota de unos ojos capaces de discernir con profundidad y «comprender que lo que se ha anunciado es Palabra de Dios» (PF 10).

Difícilmente se puede testimoniar con alegría lo que no se conoce o vive desde la raíz más honda de uno mismo. La apropiación personal del núcleo esencial de la fe cristiana es una tarea que incumbe a todo el pueblo de Dios, a cada cristiano, invitado a redescubrirlo con novedad en cada época, en cada momento, en cada minuto de su existencia. Antes de poder dar razón de la fe con responsabilidad, e independientemente de los desafíos, malentendidos e incluso ataques que se puedan presentar a la fe desde el exterior, hay que bajar al terreno de los fundamentos, donde brota la savia que puede hacer que la vid, debidamente podada por el viñador, dé los frutos de fe, esperanza y caridad que Cristo espera de ella. Hay que apropiarse personalmente los fundamentos de la fe, lo que también incluye la reflexión y el estudio reposado. Si, como dicen los expertos, el círculo hermenéutico consiste en creer para comprender y en comprender para creer, entonces, cuanto más se ame la fe y sus contenidos, más querrá uno conocer, porque al que ama nada de la persona amada le es indiferente, y el proceso de conocimiento llevará a amar más la fe, a asimilarla mejor en la vida cotidiana y a testimoniarla en mejores condiciones, pues no hay mejor apología que la correcta autopresentación del cristianismo en todos los órdenes: teórico, práctico, testimonial; de nuevo la coherencia entre el corazón y los labios del texto paulino.

Cuando este esfuerzo se ha hecho con ilusión y constancia, es muy difícil que un cristiano no se entusiasme con la riqueza, la novedad y la permanente juventud del Dios Trino, frente a la cual somos siempre vejez y cansancio. El número 16 de los Lineamenta del último Sínodo, retomando el importante texto de 1Pe 3,15-16, invita a descubrir un nuevo estilo de proclamación y testimonio, tal como pide el versículo 16 de la cita: «con delicadeza y respeto, teniendo buena conciencia», y anima a que sea global; es decir, que «debe abrazar el pensamiento y la acción, los comportamientos personales y el testimonio público, la vida interna de nuestras comunidades y su impulso misionero, la atención educativa y la entrega cuidadosa a los pobres, la capacidad de cada cristiano para tomar la palabra en los contextos en los cuales vive y trabaja con el fin de comunicar el don cristiano de la esperanza». Estilo es una categoría tomada del mundo de las artes. Un escritor, un dramaturgo, un cineasta, un pintor, tienen estilo cuando usan significativa y distintivamente las técnicas de su oficio, de manera que los hace reconocibles: esa página no puede ser más que de Azorín, esa escena dramática tiene que ser necesariamente de Shakespeare, esas panorámicas no pueden ser sino de John Ford, esa pincelada suelta seguro que es deVelázquez, etc. De esta forma, y tomado de modo analógico, la manera peculiar de relacionarse con el dinero y los bienes de la tierra, con el tiempo y las relaciones personales; la profesión, las aficiones, etc., debería hacer reconocible a un cristiano, no porque no viva las mismas realidades que sus prójimos, sino porque al vivirlas ante Dios, cobran una profundidad y una seriedad que influye en su relación con ellas, al desabsolutizarlas y llenarlas de sentido. Se nos invita nada menos que a un estilo hecho fervor, confianza y libertad como el de los apóstoles. En un tiempo de crisis de Dios, de olvido de lo profundo, de sufrimientos indecibles, se impone dejarse inspirar por el Espíritu para «ir al desierto» de tantos seres humanos con la humildad del que primero ha comenzado una autoevangelización muy profunda, al ponerse él —personalmente— en camino hacia Cristo con toda la Iglesia.

 

  1. Las propuestas y algunos compromisos

Pero la Carta Apostólica señala algunas propuestas y compromisos concretos para vivir en el Año de la Fe y en todo tiempo y lugar. La primera es que «el testimonio de la vida de los creyentes sea cada vez más creíble» (PF 9). En este número se dice expresamente: «redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto en el que se cree». Los términos que he puesto en cursiva apuntan a la complejidad y totalidad del compromiso que se pide a los creyentes, y evoca los pasajes de la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación, Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, cuando habla de la Tradición: «así la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree» (DV 8). Una Iglesia que «camina a través de los siglos hacia (tendit) la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios» (ibid.). Una Iglesia que cree y ora en conversación permanente con su Señor, y en la que «el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo (cf. Col 3, 16)» (ibid.).

Aunque el contexto cultural haya cambiado tan profundamente, y más que en una época de ateísmo militante estemos en un tiempo de escepticismo radical, de indiferencia religiosa y relativismo cultural y metafísico, también se podrían aplicar al nuevo contexto las palabras del final del nº 19 de Gaudium et Spes, según las cuales, en la génesis de todo ello «puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña, en cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que ha velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo». De ahí el llamamiento del papa a una confesión de la fe renovada sin cesar, plena, convencida y caritativa, capaz de suscitar la esperanza en una época histórica que necesita más que nunca de esta pequeña y gran virtud; como dice GS 21: «La Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con los deseos más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación humana, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de su destino más alto. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, infunde luz, vida y libertad para su progreso; y fuera de él nada puede satisfacer el corazón del hombre: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín, Confesiones, I,1)». Y el lugar donde el creyente adquiere la fuerza para este difícil testimonio es la eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana (cf. SC 10). La liturgia y sus tiempos ayuda a que el cristiano se configure más profundamente a Cristo, pues al ser la morada del tiempo, éste revitaliza sus raíces al contacto con el agua viva, haciendo nuevas todas las cosas. En ella se proclama también el Credo y, de la mano de san Agustín (Sermo 215,1), el papa propone rezarlo también en la vida personal, y hasta aprenderlo de memoria para no olvidar nuestro compromiso bautismal

La segunda propuesta tiene que ver con «el conocimiento de los contenidos de la fe», «esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia» (PF 10). En efecto, esos contenidos esenciales son patrimonio de todos los creyentes, y «tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva» (PF 4), de modo que los fieles descubran «la fuerza y la belleza de la fe» (ibid.). De igual modo que nadie atentaría contra el patrimonio artístico de un país, sino que se admira, protege, cuida, restaura y estudia, de modo análogo, el creyente está llamado a reconocer la profundidad, la belleza y la razón religiosa y estrictamente cristiana de lo que ha recibido en la fe, un paisaje enorme de realidades muy variadas que, como ha dicho Elmar Salmann, incluyen tanto una a modo de tonalidad o motivo musical que traspasa el alma, cuanto invitaciones constantes al pensamiento y a la vida intelectual, así como incitaciones de todo tipo al compromiso ético y práctico, sin olvidar su razón simbólica que anima también a la expresión artística. Este segundo compromiso incluye también no olvidar a los que «buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo» (PF 10), lo que califica de «auténtico “preámbulo” de la fe», así como el reconocimiento de que la razón humana lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre», como señaló en su importante intervención en el Collège des Bernardins de París, el 12 de septiembre de 2008, y tiene sus raíces en San Agustín.

La tercera va muy unida a la anterior, y se refiere al «conocimiento sistemático del contenido de la fe», al «compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe» (PF 11). Para ello recuerda que el Catecismo de la Iglesia Católica es un «verdadero instrumento de apoyo a la fe» (PF 12), y una ayuda inestimable en la tarea del conocimiento propuesto. El Concilio Vaticano II recuerda «que existe un orden o “jerarquía” de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana» (UR 11); y el Concilio Vaticano I hablaba de un mysteriorum nexu (DH 3016), de una conexión entre los diversos misterios de la fe. Redescubrir esta lógica interna de la fe y su capacidad de articulación en una figura coherente, es imprescindible para dar razón de la fe a todo el que la demande, como afirma 1Pe 3,15, donde la apología se pide precisamente no de la esperanza sin más, sino de la razón interna (logos) inscrita en ella. Y todavía más, «en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo» (PF 8), esta tarea es inamisible y fundamental para «la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural» (PF 12), donde la fe está sometida «a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos» (PF 12).

El pensamiento ha intentado muchas veces imponer a la realidad una única manera de razón, desoyendo sistemáticamente las voces que, como Edmund Husserl, han alertado contra el monopolio dictatorial de un único modo de realidad con el tipo de razón que lleva anejo. Su obra fue un intento modélico e incansable de lucha contra el «naturalismo», entendiendo por tal la reducción de todo a la evidencia de tipo matemático. Corrientes de pensamiento como la fenomenología, han supuesto una verdadera superación delachatamiento del mundo que implica un reduccionismo semejante al evocado más arriba y que encamina a la decadencia espiritual y moral, cuando no a la barbarie, como tan lúcidamente ha señalado en nuestros días Michel Henry, implacable en su crítica contra las expresiones de ella en lo que gusta de llamar la «técnica negra»: la ideología cientifista y los medios de comunicación (publicidad y televisión), que desalojan de la vida humana precisamente su carne afectiva; o lo que es lo mismo, la capacidad de sentir, sufrir y amar, haciendo del hombre de nuestro tiempo un ser menos libre, espontáneo y real; menos vivo, rodeado como está de medios, instrumentos, mercancías y cantidades que transforman las relaciones humanas en valores de cambio.

La cuarta propuesta la formula el Sucesor de Pedro como un «volver a recorrer la historia de nuestra fe», entrelazada de santidad y pecado y, por tanto, como un llamamiento a «un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la mirada del Padre que sale al encuentro de todos» (PF 13). No hay conversión posible sin vuelta a lo esencial, sin tener los ojos fijos en Aquél que inicia y consuma nuestra fe, según la hermosa expresión de Heb 12,2, y en el que todo anhelo del corazón humano encuentra cumplimiento. Como viene a insinuar el relato de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), también nosotros, que no somos testigos privilegiados de la primera hora (Kierkegaard), que creemos sin haber visto, hacemos también la experiencia del Señor vivo en su Iglesia y en el corazón de ésta que es la eucaristía. En ella el Resucitado es el anfitrión que preside, bendice y distribuye el pan como hizo en su vida terrena. Nos recuerda, además, que no basta sólo con un conocimiento exhaustivo de la historia de Jesús, de haber escuchado que nos dicen que él vive, del signo del sepulcro vacío, etc., sino que hace falta un conocimiento existencial, personal, que mire no sólo al pasado de la historia, sino también al presente y al futuro propios de la fe. Hace falta reconocerle en el amor confiado, en la entrega de la vida a Él y a los demás. «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1). Y un acontecimiento, como enseña la mejor filosofía actual (Lèvinas, Ladrière, Romano, García-Baró), es lo que hace advenir un nuevo estado de cosas, lo que abre el tiempo y reestructura nuestra vida como los huesos secos de Ezequiel (cf. Ez 37,1-14), rompiendo el ámbito de lo previsible. Qué cristiano no puede decir, al menos en lo más hondo de su corazón, si el pudor no le impide gritarlo a los cuatro vientos, que el encuentro con Dios Padre, en el Señor Jesús y en el don del Espíritu Santo, es lo mejor que nos ha pasado en esta vida.

El quinto compromiso va muy unido al anterior, y es una consecuencia del encuentro con Cristo. El papa propone «intensificar el testimonio de la caridad» (PF 14), pues «la fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda» (ibid.). El texto de 1Cor 13,1-13 al que se hace referencia en este número, es un himno al amor (ágape) de Dios que es paciente y bondadoso, sin envidia ni orgullo ni jactancia; que no es egoísta ni grosero, ni lleva cuentas del mal, ni se alegra de la injusticia; antes bien, se alegra de la verdad; un amor que «todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta»; y no pasa jamás. El mismo Benedicto XVI, cuando escribió como profesor de teología su todavía actual Introducción al cristianismo, resumió la esencia de éste precisamente en el principio del amor. Cuando el cristiano se toma en serio esta dimensión esencial de su fe, y las advertencias del Sermón de la Montaña y de Mt 25,40: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis», un éxodo cordial lo lleva hasta sus prójimos más necesitados. En la historia del cristianismo ha habido y siguen habiendo muchos cristianos que «dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo» (PF 14).

La séptima propuesta tiene que ver con un compromiso eclesial «más convencido a favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe» (PF 7). Repárese, una vez más, en la gran cantidad de veces que aparece el término «redescubrir». También aquí. Si la revelación es la autocomunicación del Dios Trino en Jesucristo para la salvación de los hombres, cómo no comunicar a su vez lo que gratis se nos ha dado. «Caritas Christi urget nos» (2 Cor 5, 14): es el amor de Cristo el que apremia e impulsa a evangelizar por los caminos del mundo. No se trata de una cuestión de proselitismo, sino de irradiar el amor que llena los corazones de los creyentes en una diaconía constante del prójimo. De ahí que la octava propuesta de la Carta Apostólica sea tratar de percibir «los signos de los tiempos en la historia actual» (PF 15), de manera que nos convirtamos «en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo» (ibid.) que haga creíble nuestro testimonio y nos capacite para «abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, esa que no tiene fin» (ibid.).

 

Misión Joven. Número 432_433. Enero-Febrero 2013