Presencia activa en la sociedad

Claves para la acción

Gorka Ruiz ha sido miembro de la Comisión Permanente del Consejo de la Juventud de Euskadi y de España. Trabaja en Bakeola, Servicio para la Mediación y Regulación de Conflictos de la Fundación EDE

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

También esta comunicación fue presentada por el autor en el XV Congreso Estatal de Centros Juveniles Salesianos (Valencia, 11-15 octubre, 2006). Se centra en la participación activa en la sociedad como cristianos, señalando los espacios, las finalidades, las formas, la necesidad de organizarla. Analiza las consecuencias de la falta de participación, y se detiene sobre todo en los aspectos esenciales de una verdadera participación en red.

 

  1. ¿Qué significa tener una presencia activa en la sociedad?

 

Empiezo como dicen que hay que empezar, definiendo las tres ideas fundamentales de este rato que vamos a compartir buscando claves para la acción para una presencia activa en la sociedad. El primer concepto es la presencia, estar presente. Aunque parezca una idea muy básica, tenemos que ser conscientes de los espaciosdónde queremos estar presentes; en muchas asociaciones y grupos, centros juveniles, etc. nos parece que el hecho de acudir o “echar un cable” es más que suficiente. Sin embargo, para que una asociación esté presente, debería promover o propiciar una presencia en tres niveles:

– en la propia asociación o centro juvenil,

– en el entorno próximo de las personas destinatarias y

– en el entorno social de la asociación.

En ocasiones, en nuestras asociaciones nos es complicado mantener un equilibrio a la hora de estar presentes en estos tres estratos sociales. Si el ámbito de actuación transciende de lo local, estos niveles o planos de presencia de la entidad se proyectan a una dimensión mayor.

En segundo lugar, nos preguntamos para qué queremos tener una presencia en la sociedad. Las respuestas, según el tipo de asociación variarán, pero siendo Don Bosco una Confederación de Centros Juveniles, de carácter cristiano me animo a poner encima de la mesa algunas propuestas de para qué queréis estar presentes:

– Para transformar la sociedad en la que vivimos, en una sociedad justa, solidaria e igualitaria.

– Para acompañar y empoderar a “los últimos”, a todas las personas que viven en situación de exclusión.

– Para comunicar, informar y sensibilizar a nuestro entorno de que el actual modelo no se sostiene.

– Para reconstruir una sociedad que se sostenga, en la que la persona y su desarrollo individual, grupal y social, sean una prioridad, una opción estratégica central.

– Para ser felices, tanto las personas en las que volcamos todos nuestros esfuerzo como nosotros y nosotras mismas. Nuestra presencia nos tiene que satisfacer, de lo contrario, en algo no estamos acertando.

A pesar de que desde algunos sectores de la Iglesia se presentan estas pretensiones como “elemento diferenciador de las personas cristianas”, no deberíamos dejarnos llevar por el ombliguismo, ya que a lo largo de nuestra vista, podemos comprobar como muchas personas y colectivos, sin tener ninguna relación con el proyecto cristiano, comparten con nosotros y nosotras este camino de transformación de la sociedad, para que otro mundo sea posible, aquí y ahora.

En tercer lugar, tenemos que dar respuesta a cómo queremos estar presentes en la sociedad. El título de la ponencia lo indica nuevamente, de manera activa. Este adjetivo, es uno de los que más se ha devaluado de unos años a esta parte. De hecho, hay otra palabra (activismo) muy parecida, pero que genera justo los efectos opuestos en nuestra participación. Tener una presencia activa en la sociedad, significa:

– Analizar la sociedad y el entorno social del que formamos parte, identificando las situaciones de injusticia, analizando sus causas y los mecanismos para su transformación.

– Planificar la acción, teniendo en cuenta lo que somos y midiendo nuestra capacidad real de incidencia.

– Embarcarse con otras personas y asociaciones en este camino de transformación, para multiplicar el impacto.

En contraposición al activismo, que en ocasiones deriva, en el desgaste personal y el progresivo debilitamiento de la asociación, tenemos los denominados “grupos estufa”; muchos grupos parroquiales, asociaciones y centros juveniles cuyo objetivo es el sentirse a gusto y la realización personal; las energías acaban por concentrarse en ver satisfecha esta necesidad, importante en la vida de toda persona, pero que quizá no sea el lugar adecuado donde buscar nuestras relaciones personales. En otros casos, la asociación o el centro juvenil, se parece a un reino de taifas gobernado por grupo selecto de personas que acaba por asfixiar a la propia asociación, viéndose reducida la participación inicial. También existen los grupos que debido a factores internos (relevos generacionales, marcos de referencia contrapuestos, desniveles formativos, personalismos, falta de liderazgo, voluntarismo, etc.) invierten la mayor parte de su tiempo en abordar todas estas cuestiones internas, relegando a un segundo plano las necesidades de las personas destinatarias de nuestra acción.

Partiendo de la premisa de que queremos tener una presencia activa en la sociedad, que queremos transformarla y para ello, situamos la participación, como una de las estrategias prioritarias de nuestra organización.

 

  1. Beneficios y costes de la participación

 

La participación tiene un costo; la no participación tiene otro, aún mayor. Participar puede producir grandes satisfacciones: la experiencia del cambio en cooperación, la puesta en juego de un potencial de creatividad colectiva que toda la comunidad tiene, la superación del egoísmo, la construcción de lo nuevo.

Las consecuencias de la falta de participación social tanto de las organizaciones como de las personas que las conformamos son:

– Individualismo.

– Aislamiento.

– Fatalismo.

– Inmovilismo o rutina.

– Indefensión o impotencia.

– Temor, recelo, desconfianza y hostilidad ante lo desconocido.

– Baja autoestima.

– Incapacidad de reacción o avance.

– Conformismo.

Participar en la sociedad significa invertir un cierto tiempo, un esfuerzo constante, una disponibilidad oportuna al servicio de cuestiones que son comunes a grupos o mayorías para organizarse, funcionar y actuar con éxito necesitan una cuota de obstinado y prolongado empeño. Puede requerir, también, la renuncia a disponer de nuestro tiempo – y, a veces, de parte de nuestros recursos, siempre limitados – para ocuparlo en las otras muchas actividades que cada día más tentadoramente se nos ofrecen. Participar en la problemática social y cívica supone, pues, un variable grado de militancia activa, organizada y responsable. Sin esta militancia activa, sea en pensamiento y debate, sea en acción, ningún cambio a favor de las mayorías advendrá. No participar tiene, pues, un costo en términos de democracia y libertad, es decir, un costo social y de futuro mucho mayor[1].

No podemos dejar de un lado, el momento social en el que nos encontramos, al igual que en el caso de los adultos, las relaciones de los y las jóvenes se desarrollan cada vez más en el escenario laboral o formativo, en el familiar y en el del grupo de amigos y amigas. No hay espacios “públicos” más allá del laboral, salvo el escaparate de los medios de comunicación. No existe la ciudad, o está desapareciendo a marchas forzadas. La introducción masiva de las nuevas tecnologías, está tendiendo a reforzar este efecto y va configurando una persona que jamás ha estado tan conectada y nunca ha estado tan sola[2].

Si profundizamos en los beneficios de la presencia social, podemos observar como “mejoramos” tanto a nivel personal (mejora de nuestro nivel de motivación, competencias emocionales, planificación y programación, nivel formativo, capacitación técnica, etc.) como a nivel grupal (relaciones institucionales, comunicación e información, sinergias de acciones y recursos, mejora de logros e impacto, etc.) y social (cohesión y construcción social, refuerzo del tejido asociativo, efecto multiplicador de los mensajes y las acciones, etc.).

 

  1. La organización que participa, debe garantizar la participación

 

En muchas ocasiones, no existe un nivel suficiente de cohesión interna, necesario para que se de una participación real, o una presencia activa en la sociedad, por lo que es muy importante, que como grupo, asociación o centro juvenil, velemos por los procesos de acogida, formación, acompañamiento y seguimiento de las personas que “enviamos a participar”[3].

Desde el punto de vista asociativo, la presencia pública la hemos venido posibilitado mediante la vía de la representación de “nuestra entidad”, mediante el envío de una persona a un espacio externo a la propia entidad (a esto le solemos llamar de modo genérico “representación institucional” y en algunos casos afirmamos que “trabajamos en red”). Sin embargo, transcurridos ya unos años de reflexión sobre los diferentes modelos de participación social y presencia pública, aparecen cuatro planos diferenciados e interconectados:

– Participación asociativa: centrada en la interlocución con otras asociaciones o comunidades organizadas. Puede obedecer a una lógica sectorial o una lógica territorial.

– Participación de las personas o los individuos: centrada en la interlocución con los ciudadanos y ciudadanas individuales. Puede ser intensiva (cerrada) o extensiva.

– Mixta: combina personas y asociaciones.

– Territorial: posibilita otros mecanismos de participación

 

En la actualidad, es importante garantizar una adecuada proporción entre estos cuatro planos de participación, con el fin de garantizar una presencia que responda a nuestra misión y a los valores que queremos trabajar a nivel social. Así, irrumpe un factor, la motivación, que está estrechamente relacionada con la participación. La participación es más fácil de lograr si:

– Tenemos los objetivos claros y definidos con precisión.

– El tema afecta directamente a las personas, está relacionado con cuestiones o temas concretos.

– Corresponde a ámbitos territoriales reducidos (municipios, barrios) o temas específicos que potencien la implicación personal.

– Se sitúa en un escenario favorable para la consecución de los objetivos planteados. La obtención de resultados concretos en el proceso participativo es la mejor motivación para la participación, aunque, con frecuencia, no sea factible.

– Que la participación sea atractiva en sí misma; que sea imaginativa, creativa y, si es posible, divertida.

De cara a la realización de una pequeña radiografía de nuestra asociación, grupo o centro juvenil, podemos apoyarnos en las ya conocidas, fases de construcción de una red[4], tanto para evaluar nuestro grado de implicación en las redes en la que participamos como para analizar la situación de las mismas o incluso, explorar la posibilidad de participación o creación de otras nuevas redes.

 

  • Identificación

Sabemos de otras asociaciones, colectivos, etc. que trabajan en el mismo territorio o campo temático, con las que podemos compartir ciertos objetivos o formas de trabajo, o nos dirigimos a las mismas personas, o compartimos necesidades organizativas, etc.

 

  • Conocimiento

Hacemos un esfuerzo para conocer –más allá de folletos – los objetivos, valores, métodos de acción y organización, proyectos concretos, etc. de las asociaciones identificadas, dándoles a conocer los nuestros.

 

  • Reconocimiento

Constatamos los aspectos comunes –objetivos, valores, necesidades, potencialidades, capacidades – que compartimos con ciertas asociaciones. Comprobamos que existen afinidades suficientes (“Mínimo Común Multiplicador”), sin que nuestras diferencias entren en contradicción.

 

  • Colaboración

Apoyamos, colaboramos en los programas y proyectos de otras avocaciones, con informaciones, conocimientos, recursos y capacidades que pueden serles útiles, fortaleciendo la comunicación y el intercambio.

 

  • Coordinación

Cada asociación o colectivo, promueve y desarrolla sus propios proyectos, pero contamos con las otras para ello, son un recurso clave en nuestras respectivas estrategias.

 

  • Cooperación

No sólo nos apoyamos en nuestros respectivos proyectos, sino que construimos objetivos y proyectos comunes para realizarnos conjuntamente, sumando nuestras fuerzas y capacidades, abordando metas que serían imposibles para cada asociación por sí sola.

 

  • Trabajo en red

Nuestra misión, nuestros objetivos, nuestros proyectos particulares ya no tienen sentido, ni alcance, ni operatividad por sí solos. Necesitamos de las demás.

 

Este esquema nos puede ayudar a situarnos y tomar conciencia del momento en el que nos encontramos, en cuanto a nuestra participación y relación con otros agentes que intervienen, junto a nosotros en la transformación social. Junto con esto, no debemos olvidarnos de la responsabilidad que tenemos en mantener la esperanza en los resultados y garantizar la adecuada transmisión de los éxitos logrados, tanto los finales como los de proceso.

 

4. La persona que participa debe garantizar la participación

 

No sólo la organización, también a la persona que participa le corresponde garantizar unos mínimos para llegar a buen puerto:

– Dar parte: comunicar, informar, notificar.

– Tomar parte: intervenir, actuar.

– Tener parte: compartir cosas, sentimientos e ideas.

– Formar parte: unirse para cooperar en algo.

– Repartir: recibir una parte de algo que se distribuye

Y todo esto, buscando un objetivo común: la transformación social porque otro mundo es posible, y es posible aquí y ahora

Es posible que los niños y las niñas vivan en condiciones dignas, en un entorno social amable, que promueva el desarrollo de las potencialidades que todos y todas llevamos dentro desde pequeños; un entorno creativo, imaginativo en el que soñar no sólo es posible, los sueños son realidad, porque la realidad es flexible y abierta, posibilita que las cosas cambien y se transformen, nos permite estar durante un tiempo, crecer y experimentar las diferentes etapas de nuestra vida con la intensidad que queremos y buscamos.

Es posible que las personas jóvenes y adultas vivamos satisfechas y podamos disfrutar en nuestro trabajo, y nos desarrollemos en él como personas; que recibamos una nómina que nos permita vivir y convivir, disfrutar de nuestra gente y de nuestro entorno; que nos permita construir un proyecto de vida autónomo y solidario al mismo tiempo; que permita que nuestro tiempo libre lo podamos emplear en todo tipo de iniciativas y actividades educativas, lúdico–festivas, culturales, deportivas, sociales, etc., incluso pensadas y puestas en marcha por nosotros y nosotras mismas, por qué no; una realidad social que potencie un aprendizaje permanente a lo largo de toda la vida.

Es posible que las personas adultas podamos formar una familia saludable, un entorno en el que nuestras relaciones afectivo-sexuales las podamos vivir con naturalidad; que podamos crear un clima de convivencia que nos permita avanzar en el proyecto vital que queremos.

Es posible que las personas mayores vivan en unas condiciones dignas, con el cariño y la cercanía de sus seres queridos; y que las personas que les atienden tengan también un apoyo y un acompañamiento que les permita recuperar energía, y desarrollarse cuando la salud de las personas que te rodean flojea.

Es posible que el mundo derribe progresivamente muchas de las barreras que hacen que las personas discapacitadas vean agravadas su situación de exclusión, debido a factores ajenos a la propia discapacidad.

Es posible que nuestra sociedad elimine muchos de los elementos discriminatorios por razones de género, orientación sexual, etnia o religión.

Es posible que vivamos en una sociedad en la que la atención a la diversidad sea una de las prioridades, en la que los modelos de asimilación queden obsoletos y la convivencia intercultural sea una realidad que se imponga a la coexistencia multicultural en la que nos encontramos actualmente.

Es posible vivir en un entorno sin violencia, en el que seamos capaces de abordar nuestros conflictos de manera satisfactoria; es posible llevar a la práctica la estrategia del “yo gano–tu ganas” para resolver nuestras diferencias; es posible construir nuevos proyectos; es posible transformar las actuales estructuras económicas que perpetúan la desigualdad en nuevas estructuras en las que prime el capital humano frente al económico.

Es posible una sociedad en la que se garanticen todos los derechos humanos para todas las personas. Construir y vivir en un mundo más justo y humano, es posible. Estando presentes activamente en nuestra sociedad,lo haremos posible.

GORKA RUIZ

[1] Grup d’Aprofundiment Democràtic. Mesa Cívica pels Drets Socials. “La participación ciudadana: reflexiones y propuestas” Marzo de 2000.

[2] Euskadiko Gazteriaren Kontseilua. Consejo de la Juventud de Euskadi. “Participación y asociacionismo en la transformación de las condiciones de vida de las personas jóvenes”. Junio de 2006

[3] Asier Blas, Pedro Ibarra. Cuadernos de Trabajo de Hegoa. “La participación: estado de la cuestión”. Nº 39. Enero 2006

[4] CRAC. Centro de Recursos para Asociaciones de Cádiz y la Bahia