QUÉ NO ES ACOMPAÑAR. CARTA A UN ACOMPAÑANTE NOVEL

Josep Mª Rambla, jesuita, es Coordinador de formación de la provincia de Barcelona y experto en acompañamiento espiritual.

 

Resumen del artículo:

El autor, a través de una carta a un joven que se prepara a ser acompañante, hace un repaso de los errores más graves que podría cometer un acompañamiento mal realizado y que hay que evitar. Al tratar con personas, hay que tener claro que nunca son medio, sino fin… Este elenco de lo que resultan ser falsos modos de acompañamiento puede ser, creemos, de gran ayuda.

 

Querido Toni:

 

Me comunicas que, por fin, vas a poner en práctica lo que desde hace ya años has venido deseando y te ha ocupado tantas horas: acompañar pastoralmente a otras personas. Comprendo tu alegría, que comparto de verdad, y también entiendo y comparto tu impresión, entre respeto y pánico. No hay para tanto. Con todo me parece que esta mezcla de ilusión y respeto a la hora de acompañar a otras personas en el camino de su vida cristiana puede hacerte bien.

 

Es verdad que lo que te han pedido no es algo desmesurado: acompañar a un grupo en sus reuniones de revisión de vida, en sus encuentros trimestrales de oración y atender personalmente a las chicas y chicos del grupo o equipo. Con tus 25 años, tu experiencia personal (participación militante en el movimiento desde los 18, retiros y ejercicios espirituales repetidos), tus cursos de teología y las sesiones para el acompañamiento durante estos dos últimos años, vas equipado de sobra para poder ayudar a chicas y chicos algo más jóvenes que tú y con mucha menos experiencia y formación. Uno nunca anda sobrado de experiencia y formación para tareas como ésta, pero puedes estar seguro de que lo que vas a emprender no es una temeridad. ¡Animo!

 

Sin embargo, como durante tanto tiempo has ido preparándote para realizar el servicio de acompañamiento y ahora vas a entrar en él con formación y disposiciones más que suficientes, acepto, como me pides, proponerte unos cuantos indicadores, algo así como señales de carretera, para ayudarte a evitar los desvíos en el itinerario que ahora emprendes. Además, como probablemente dentro de algún tiempo se ampliará el círculo de personas a quienes vas a acompañar y va a enriquecerse el tipo de servicio pastoral y espiritual que ahora inicias, algunas consideraciones amplias te serán provechosas, creo yo. Ahí van, pues, algunas señales para no errar en el camino (que, sin duda, también serán útiles para avanzar con más seguridad).

 

  1. Acompañar no es dirigir

 

¡No te fíes de las palabras! A nadie hemos de llamar ni padre, ni guía, ni maestro, según el consejo de Jesús. Lo sabemos muy bien. Por esto, frente a palabras como padre o director, se ha ido o imponiendo la de acompañante. Más modesta, más cercana. Pero… ¡ojo con las palabras! Las palabras a menudo engañan. Cambiamos un nombre… y todo sigue igual, con el mismo contenido o parecido. Al hablar de acompañamiento y acompañante, como ya no pensamos en los riesgos que encierra esta tarea, nos deslizamos insensiblemente hacia formas de hacer que creíamos ya abandonadas o que ni siquiera imaginábamos. No olvides nunca que desempeñas una función importante, sí, pero modesta y subsidiaria. Nunca diriges, ni mandas, ni creas… El cristiano ha nacido del Espíritu y es el Espíritu quien le conduce. Tú no puedes anticiparte, ni marcar el paso, ni, menos aún, suplantar al Espíritu. Dado que tú eres mayor que las personas que acompañas y llevas más experiencia que ellas, no pienses que “ya sabes” lo que tienen que hacer, ni creas que tienen que hacer lo que tú prevés que les conviene. Las palabras “acompañamiento”, “acompañante”, mientras no se hallen otras mejores, no están mal, pero la verdad es que, a pesar de los cambios terminológicos, todavía abundan los “padres” y los “directores”. Y, por desgracia, también hay todavía personas que, con la mejor voluntad del mundo, pero traicionando su misión, manipulan. No lo olvides.

 

  1. Acompañar no es enseñar

 

Las personas acompañadas pueden hallarse en momentos o estadios muy distintos de formación y de vida cristiana. A veces necesitarán que se las dote de conocimientos necesarios, porque tienen muy poca formación catequética. La persona que las acompañan deberá captar esta necesidad y ayudar a procurar esta formación mediante lecturas, cursos o quizá a través de la ayuda más personal y directa. Todavía más deberá colaborar en suministrarle conocimientos prácticos para ayudarle a progresar en los distintos aspectos de la vida cristiana: recursos para orar, orientaciones para discernir y tomar decisiones, pautas para organizar su vida cristiana tan polifacética (familia, trabajo o estudio, dinero, compromiso social, movimiento apostólico, vida sacramental, ocio, etc.). Andamos muy sobrados de principios o imperativos generales, pero escasean los modos de realizarlos. En muchos campos de la vida cristiana sabemos qué hay que hacer, pero no sabemos cómo hacerlo. Andamos perdidos en la práctica. Abundan los qués, pero faltan cómos. Aquí tienes tu propio terreno de juego: has de ser algo así como un buen entrenador. Se ha de tener, pues, bien claro que acompañar no es enseñar o instruir, sino simplemente acompañar, estar al lado de la persona para que ella ande su camino propio y aprenda a andar por su cuenta. La faceta de enseñanza o instrucción pueden darse a veces en el acompañamiento, pero como una fase transitoria y sólo cuando sea necesario.


  1. Acompañar no es mover, ni influir.

 

Este es un punto delicado. Supongo que me dirás: “algunas personas que me han acompañado son las que más han influido en mi vida cristiana”. Estás en lo cierto y no dudo que estas personas han desempeñado su rol a la perfección. Pero en esto hay algo muy sutil: cuando una persona hace correctamente un acompañamiento suele influir inevitablemente en la persona acompañada. Su actitud, su acogida, su afecto y su comprensión, el testimonio de vida que fácilmente transparenta esta persona son cosas que dejan huella. Sin embargo, la única influencia propia del acompañante es la que se realiza por sintonía, por connaturalidad, por contagio. Esto se verá porque todo aquello del acompañante que impacta o que mueve no es siempre lo que él quisiera transmitir. Dicho de otro modo, el impacto del acompañante no se halla en lo que proviene de su intencionalidad, sino en su verdad y autenticidad en el cumplimiento de su servicio, que es “ministerio cristiano” y no una profesión “neutra”. No te preocupes cuando alguna persona que tú acompañas vaya con ritmos distintos de los que tú cree que debería llevar o cuando toma decisiones opuestas a las que tú tomarías o cuando sigue un estilo de vida o un compromiso que a ti te disgusta… Has de ser un reflejo del respeto de Dios a la libertad humana. Mantenerse en esta actitud cuesta mucho cuando, como ocurre a menudo, el acompañante ha pasado por situaciones semejantes (¡nunca iguales!) a la que está pasando la persona acompañada. Sin embargo, este doloroso y difícil respeto ayuda de modo muy particular a la maduración de la persona acompañada.

 

  1. Acompañar pastoralmente no es una “técnica o una “profesión”

 

¡Ojo el amateurismo, claro! Tú, Toni, has tenido que tragarte cursillos, seminarios, lecturas, etc. No esperas que una inspiración divina te transforme y te ilumine para desempeñar tu servicio. Como te decía al comienzo, creo que andas bien equipado. Sin embargo, no olvides que no hay nada que supla todo lo que has incorporado de vida y experiencia cristiana. Nada lo suple, ni técnicas, ni recursos pedagógicos o psicológicos. ¿Te acuerdas de aquellos libros de Dale Carnegie (“Como ganar amigos”, “Cómo influir en los hombres de negocios”…)? Pues nada de esto existe para el acompañamiento pastoral. Tu vida de fe, tu práctica de la oración, tu estilo personal de vida cristiana, tu compromiso militante, has de cultivarlos sin parar. Porque no eres un “profesional” que ejerce su profesión independientemente de su forma de vivir, sino un modesto acompañante en algo tan grande y original como es la vida cristiana de las personas. Es una característica de todos los servicios o ministerios propiamente cristianos el que la función o rol y la vida de quien lo ejerce constituyan una unidad íntima e inseparable.

 

Pero esto sí, seguirás siendo frágil, rezarás sinceramente en cada “Padre nuestro” el “perdónanos”, ya que no eres ningún superhombre. Incluso a menudo notarás que personas a quienes prestas esta ayuda del acompañamiento te dan muchas vueltas a ti en cuestión de vida cristiana. Este humilde y sincero reconocimiento será un buen componente de la calidad de tu acompañamiento.


  1. Acompañar no es realizarse, sino servir

 

A veces hay acompañantes que buscan “clientela”. Bien, ya te he dicho que es muy buena la ilusión para emprender un servicio de este tipo, es un gozo hondo y humilde. Pero nadie puede atribuirse esta misión por propia iniciativa, como quien monta una tienda propia… Aquí hay que encontrar uno de tantos equilibrios en que consiste toda verdadera sabiduría. Por un lado, no se debe ser timorato y pecar de falsa modestia haciéndose rogar demasiado y resistir a la petición que a uno le puedan hacer, cuando hay tantas personas que de distintas maneras esperan o incluso solicitan acompañamiento. Por otro lado, conviene evitar insinuaciones que pueden resultar invitaciones prematuras o pueden encerrar un deseo personal de acompañar a otros más que una verdadera necesidad de los demás. En resumen, ni resistirse a toda costa, ni seducir sutilmente¼

 

Pero, esto supuesto, hay que reconocer que un buen servicio de acompañamiento no sólo aprovecha a la persona que recibe esta ayuda, sino también a quien la realiza. Es decir, el acompañante que realiza bien su labor también “se realiza”. Incluso diría que un test del progreso en este servicio pastoral es que el acompañante vaya creciendo cristianamente en el desempeño de su función.

 

  1. El acompañamiento no es una terapia

 

Tú ya sabes de sobras que unos mínimos conocimientos de psicología son necesarios a todo buen acompañante. Con estas mínimas nociones uno sabe mejor por dónde puede moverse y por dónde no ha de moverse. Y también puede evitar mejor crear falsas expectativas sobre el papel de un acompañante pastoral, que no es un terapeuta. Y, sin una conciencia bien clara del papel que corresponde al acompañante pastoral, por un lado, y al psicólogo, por otro, el acompañante puede pecar de algún modo de intrusismo, metiéndose en campos que requieren una competencia profesional distinta de la del acompañamiento pastoral.

 

Sin embargo, cuando acompañamos, navegamos siempre en el amplio mar del psiquismo humano: al tratar de la oración, al orientar rectamente la afectividad, al trabajar las actitudes personales de acuerdo con el evangelio, etc. La vida espiritual, el progreso en la vida de fe, no se desarrolla en un estrato personal distinto y aislado de nuestro psiquismo, sin mezclarse, como agua y aceite. Al contrario, vivimos la fe y crecemos en la vida de fe en y desde nuestra manera humana de ser y toda nuestra persona se implica en este proceso de crecimiento. Con todo, una cosa es acompañar a una persona en su crecimiento y andadura de fe, que implica vida y evolución psicológica, pero teniendo esta evolución como objetivo primero y central; otra cosa bien distinta, es adentrarse en la psicología de la persona para ayudarla a hacer un camino de crecimiento psicológico o para superar alguna patología de este orden. Aunque el acompañante no es un terapeuta, siempre sigue siendo verdad la palabra repetida de Jesús: “tu fe te ha salvado”. Es decir, una experiencia creyente bien vivida, según el evangelio (escuela de humanidad) tiene de alguna manera efectos sanantes. Tú, Toni, lo has experimentado en momentos un poco durillos de tu vida, ¿recuerdas, verdad?

 

Conclusión: un cierto conocimiento de psicología se ha de tener y cultivar para reconocer las implicaciones psicológicas de la ayuda que prestamos, para poder aconsejar el recurso a un apoyo propiamente psicológico profesional en algunos casos, para no entrar imprudentemente en campos ajenos, con el riesgo de producir daño y heridas profundas. Y casi te diría, mantener un cierto contacto con el mundo de la psicología es importante en la tarea de acompañamiento más para saber lo que no hay que hacer que para usar los conocimientos que se pueda tener.

 

  1. El acompañante no es un monitor

 

Después de todo lo que precede, esto queda muy claro: el acompañante no es un monitor. Sin embargo, esto que ya es obvio, conviene explicitarlo algo más y concienciarlo. Tú, Toni, has dedicado muchas horas y días a la tarea de monitor. Esta es la puerta por la que entras en el acompañamiento. Tú época de monitor es una de las mejores de tu vida (te lo he escuchado más de una vez): fuiste educador, amigo, animador, compañero… Enseñaste, educaste y aprendiste mucho. Y sufriste. Pero “qué bien nos lo pasamos”, repetíais a menudo los monitores y monitoras. Fue una experiencia de educación, de educación cristiana dinámica. Un buen paso hacia el acompañamiento, pero sólo un paso hacia. Ejercer un servicio de ayuda personal (mucho conocimiento de las personas y aprender a adaptarse a ellas), tarea de educación, respeto de ritmos personales y paciencia, autoconocimiento y desprendimiento de uno mismo, etc. El gusto que experimentaste en ser monitor te predispuso para lanzarte ahora al acompañamiento personal. En el rol de monitor predominaba mucho la tarea de enseñar, de comunicar conocimientos, se practicaba un método más bien directivo, sobresalía la atención al grupo por encima de la atención a las personas de modo individual, la pedagogía tenía un modo más interactivo, propio de la ayuda que se da y se recibe en la misma marcha del grupo. Ahora, sin embargo, deberás acentuar mucho más la dimensión personalizadora, con todo lo que implica de captación de las diferencias (no estamos hechos con el mismo molde) y la pedagogía práctica de la fe. Escuchar mucho, más que hablar, priorizar la dedicación individual a cada uno o cada una, estar muy atento a las distintas situaciones personales y a los distintos procesos de crecimiento… Y, siempre, querer, querer mucho, gratuitamente. Y, mucha paciencia, saber esperar, no adelantarse, no precipitar procesos personales…

 

  1. No ir de “salvadores”

 

Tarea grande y trascendente, aunque sencilla y modesta, la del acompañante. Pero, ¡sólo Dios salva! Y Dios tiene muchos caminos para acercarse a las personas y para ayudarlas. Si es verdad que acompañar es una de tantas maneras de vivir la fe, la fraternidad cristiana (y esto es sublime), también es verdad que sólo tiene valor (hablamos de acompañar la vida cristiana, claro) si uno se considera instrumento de la acción de Dios. Esto es cosa muy modesta y requiere gran humildad y sencillez. Toni, te deseo que desempeñes muy bien el rol que pronto empezarás a ejercer. Pero, no olvides nunca aquello de “somos siervos sin provecho, hacemos lo que nos toca hacer”, y nada más. No lo digo porque sí, sino porque en la medida en que progreses como acompañante y la gente recurra a ti y te pida ayuda, a medida que seas más conocido y valorado, ponderarán “lo bien que lo haces”. Entonces, no se trata de que ignores la obra realizada, sino sólo de que reconozcas en la fe que Dios sigue obrando a través de ti, como a través los demás seres humanos para la obra de la salvación. Todavía más, a menudo, entre cristianos, llenos de una buena voluntad que lleva al reconocimiento y a la gratitud, se pasa a climas ambientales de una notable ponderación y aún mitificación de las personas. Y tú puedes ser un día una de estas personas, “el no va más”. ¡No caigas en la trampa, no te lo creas! Sólo Dios es el que salva de verdad, no vayas jamás de salvador por la vida…

 

  1. Acompañar no es “siempre más de lo mismo”

 

No hay una sola manera de acompañar. Son muy distintas las situaciones de las personas y muy variadas las etapas de la vida cristiana. Toni, tú vas a realizar acompañamiento a un grupo y también de manera más individualizada a sus miembros, chicas y chicos jóvenes. Prácticamente todos ellos han pasado ya por unas etapas iniciales de vida cristiana en las que no les ha faltado algún acompañamiento cuando se preparaban para la confirmación y, luego, en la preparación para el compromiso militante en el movimiento apostólico. Con el apoyo de monitores y guías han ido adquiriendo un conocimiento más completo y práctico de los aspectos fundamentales de vida cristiana: el compromiso y la militancia, la oración, la concreción de un estilo de vida evangélico, la constancia en la vida de equipo o grupo, etc. Han avanzado también en la interiorización y personalización de su vida cristiana. Es decir, han aprendido ya bastante a guiarse por su propia manea de ser y según las llamadas personales del Espíritu.

 

Aquí, en este punto, es donde deberás prestar buena colaboración. Tu rol no es la del consejero que aporta consejos o soluciones, sino el de la persona que aporta luz para que cada uno pueda descubrir sus propios caminos o detectar sus posibles desvíos, ofrecer información o elementos para que cada uno vaya disponiendo de referencias para avanzar, dar pistas que ayuden a discernir las mejores y más adaptadas formas de orar, adiestrar en el modo de tomar decisiones inspiradas en el evangelio, pero plenamente personales y libres, dar apoyo para que cada uno progrese en el arte de unir una interioridad profunda con una vida de compromiso en la sociedad, etc. Tal vez, en algunas ocasiones deberás prestar alguna colaboración más intensa acompañando en un retiro que propicie la experiencia profunda y saludable del cara a cara con Dios. Quizá tú mismo veas que para esto sea mejor contar con la colaboración de otra persona.

 

Por tanto, ¿te das cuenta, verdad, de que no todo acompañamiento es idéntico ni comporta lo mismo (la misma pedagogía, el mismo tipo de ayudas, los mismos ritmos…)? No confundas el acompañamiento que algunas veces hiciste con adolescentes que entonces empezaban a navegar por una vida de fe más seria con lo que ahora vas a emprender con chicos y chicas ya más maduros. Una cosa es una acompañamiento estilo consiliaría, para iniciar; otra cosa es un acompañamiento para ayudar a una vida de fe más personalizada, más libre, más adulta; otra cosa es la ayuda circunscrita al período de unos días para ofrecer la oportunidad de una experiencia personal de Dios en la soledad para ahondar en la opción de fe.

 

Todavía habría que considerar el acompañamiento, también muy conveniente (¿necesario?), a personas que ya llevan largos años avanzando en el sendero fascinante, pero empinado y lleno de sendas perdedoras, de la vida cristiana de variedad calidoscópica. Aunque, de momento, creo yo que éste no es el rol que se te pide, ¿verdad?

 

¿Por qué te he dicho todo esto? Pues, sencillamente, por dos motivos: primero, para evitar que a través de los años vayas reproduciendo con las personas acompañadas un mismo modo de acompañamiento (al estilo consiliario, por ejemplo) sin colaborar a que la persona despegue hacia una vida de fe más personal y más creativa; segundo, para que no ignores que, a medida que la persona acompañada realiza un progreso en su vida de fe, la misma naturaleza del acompañamiento va cambiando y progresando y no simplemente el tipo de orientaciones o de consejos que se le van dando. He hablado de etapas, pero ya comprendes bien que hay tantas etapas como personas y procesos. Razón de más para estar atentos a no estancarnos en la manera de acompañar a las personas.

 

  1. Nunca se domina el arte

 

Es evidente que poco a poco irás ganando en experiencia y te sentirás más seguro. ¿Seguro del todo? Cuando tengas delante de ti una persona que te confía algo importante de su vida y tú no acabes de aclararte, te cueste situarte en su perspectiva y te hallas confuso, agradece este momento. Es un momento en que se revela la realidad profunda de tu acompañamiento: por más que ganes en experiencia y en pericia en el arte de acompañar, practicas un arte que nunca se llega a dominar. Las vacilaciones y los miedos son un síntoma entre otros de este hecho: uno se halla siempre no sólo en situación de aprendizaje, sino también de subordinación al Espíritu que tiene toda la iniciativa y sopla donde quiere y hacia donde quiere. Inseguridades e incluso errores son expresión de esta condición de servidores y colaboradores de una historia de la cual no sólo no somos dueños, pero ni siquiera conocedores absolutos de su misterio.

 

Por muchos años que llevemos en el ejercicio del acompañamiento hemos de mantenernos siempre en esta actitud de modestia radical y de dependencia del Espíritu, porque nunca seremos maestros consumados, nunca estaremos al abrigo de dudas y de fallos. Por lo mismo, nunca cesaremos de aprender. Está claro, pues, que el feed back o el examen sobre la práctica del acompañamiento ha de ir con nosotros siempre y nunca estará de más seguir alimentándonos con la lectura de nuevas publicaciones y de autoevaluarnos mediante el contraste con otras personas o experiencias. Y la oración ha de ser siempre una práctica incesante unida a la tarea del acompañamiento: poner ante el Señor las personas acompañadas con sus situaciones concretas para mirarlas con los ojos de Dios y dejarse mirar por Dios en la práctica del acompañamiento. Él, el Buen Pastor, es el acompañante ideal.

 

Querido Toni, como ves me he sometido de modo estricto a tu petición sobre “qué no es el acompañamiento”. Sólo he aceptado escribir estas líneas porque sé que ya te has preparado de modo muy positivo para la práctica de este servicio pastoral: experiencia personal de vida cristiana, práctica de algunas formas elementales y educativas de acompañamiento, sesiones de estudio y ejercicios prácticos… Estás ya en plena carretera y con buena marcha, yo no he hecho más que ponerte unos indicadores al margen para prevenir riesgos, pero lo importante es que ya estás a punto y con el motor en marcha… Ah, no te olvides, un síntoma del progreso en el acompañamiento es que tú mismo vayas aprovechándote en tu vida cristiana. Esto será un gozo, humilde sí, pero gozo en definitiva.

 

Ya sabes que puedes contar conmigo¼ para seguir progresando los dos.

 

Un abrazo amistoso.

 

José Mª Rambla