Recuperar las «grandes preguntas»

José Luis Moral es profesor en el Instituto Superior de Teología «Don Bosco» (Madrid) y director de «Misión Joven».

 

Síntesis del Artículo:

La praxis cristiana con jóvenes o pastoral juvenil debe asentar sus procesos educativos sobre la base de las «grandes cuestiones humanas». El artículo invita a recuperar dicho camino, puesto que quizá hemos ido quedando desarbolados de tales interrogantes. Enseñar a convivir con las cuestiones fundamentales del destino y fin de la vida humana permitirá la apertura al misterio del amor de Dios como la «prueba» definitiva del hombre.

 

 

 

 

Chesterton afirmaba que el hombre moderno se parece a un viajero que olvida el nombre de su destino y tiene que regresar al lugar del que partió para averiguar incluso a dónde se dirigía.

El mundo actual nos obliga a precipitarnos en casi todo. Estamos intoxicados de prisa. No tenemos la paz suficiente para advertir lo maravillosamente misteriosa que es la vida. Todos sentimos, en alguna medida, que esto es verdad. Quizá sea la prisa, las miradas rápidas y superficiales, aquello que nos impide calar en el misterio que nos envuelve[1].

 

Las sociedades premodernas o las más antiguas estabilizaban y aseguraban la identidad de sus miembros mediante ritos, signos, modelos y símbolos colectivos que facilitaban la construcción o adhesión a un sentido como fundamento de la vida. La modernidad va unida a un progresivo aumento de la complejidad y al desmoronamiento de numerosas formas colectivas de identificación. Por otro lado, la acción del tiempo ha escondido no pocos símbolos necesarios para vivir.

El hombre de las sociedades antiguas vivía en un mundo abierto y hablante. Frente a cuanto ocurre hoy, aquellas sociedades antiguas, donde las narraciones de los orígenes estaban vivas, los mitos cumplían la función de presentar modelos ejemplares de todas las actividades humanas. El mito enseñaba esas historias primordiales, de las que se deducían consecuencias fundamentales para la vida de los hombres.

 

En la era de la comunicación, paradójicamente, el hombre y las cosas revelan tan solo su superficie (aunque las estructuras míticas siguen ahí en las imágenes y los comportamientos impuestos por los mass-media). Además, hoy estamos perdiendo en gran medida la capacidad de admirarnos y preguntarnos ante la realidad que tenemos delante.

Jugando con los enigmas y, mucho más, con el misterio que es cada persona queremos dedicar estas líneas a fustigar la capacidad de preguntar y preguntarnos. Se trata, sin duda, de una clave educativa central de la pastoral juvenil. Hemos preferido el estilo evocativo y narrativo al meramente argumental que detalla procesos y objetivos, de los que han de ocuparse itinerarios más concretos y operativos[2].

 

 

  1. Somos un enigma

 

“El mundo nos envuelve con la triple dimensión de lo sensible, lo racional y lo incomprensible”, ha dicho con razón T. Maulnier. Es evidente que estamos construidos sobre unas bases sensibles, biofisiológicas y psicológicas. No lo es menos que necesitamos abarcar todo con la razón. Sin embargo, no llegamos nunca a ser sólo luz y racionalidad; la noche de lo incomprensible forma parte de nuestra vida. El hombre es también enigma: no sabemos lo que somos y no somos lo que sabemos.

Somos un enigma, ante todo, porque habitamos una «tierra de signos». El hombre es un ser en perpetua búsqueda de su humanidad y del secreto que ella encubre: nos ponen en el mundo dentro de una tradición, que nos transmite una herencia, nos propone ciertos proyectos y nos introduce en la invención; a continuación y a través de una larga «transfusión de memoria» (E. Wiesel), somos educados o conducidos (e-ducere);por último, nos ocupamos en hacer señas a los herederos de la humanidad que nos siguen. Parados tantas veces en los descansillos de la escalera del reino de signos en el que nos encontramos, nos descubrimos musitando aquello que ya decía san Agustín: “Heme aquí, convertido en un grave problema para mí mismo”.

Somos un enigma porque, como diría Heráclito refiriéndose al oráculo de Delfos (Hombre, conócete a ti mismo), el ser humano «no enuncia ni oculta: significa». Quiere esto decir que no pronuncia palabras definitivas o calla, sino que hace continuamente señales sin descifrar.

 

 

            1.1. Aprender a vivir con el enigma

 

La perpetua búsqueda que nos delata como «el enigma que somos» se apoya en tres valores característicos del ser humano, susceptibles de expresarse con otras tantas palabras-clave: racionalidad, sentido y destino.

Tratamos de organizar el mundo a través del conocimiento, de la ciencia y de la técnica (racionalidad). Pero nunca nos detenemos ahí, sino que avanzamos dando sentido a cuanto se cruza con nosotros por el camino (sentido): afirmamos valores, unimos preguntas y respuestas, desatamos deseos y sentimientos, en una palabra, generamos y envolvemos todo con formas de vivir, sentir y actuar que llamamos cultura. Y ni tan siquiera nos contentamos con organizar y dar sentido, sino que osamos aspirar a mucho más, a formular preguntas acerca de lo desconocido, al atrevimiento de enfrentarnos con lo incomprensible, a «elevarnos hasta Dios», a jugarnos la vida con compromisos difíciles de justificar… (destino).

 

El enigma que somos no puede ser considerado como un residuo de miseria que convendría abolir del todo; no es una desgracia sino, más bien, la sombra que acompaña al sol, la noche del día. Hay una parte de nocturnidad, en nosotros y en la realidad entera, con la que hemos de aprender a convivir. No puede ser destruida por la racionalidad, incapaz de responder a algunas de las preguntas más profundas del ser humano; ni por la misma fe, puesto que la salvación no garantiza automáticamente la liberación que nos corresponde realizar; ni por la afectividad, la acción o la técnica (muy bien lo sabemos ahora que se nos deshacen entre las manos los mitos del amor libre y total, de las ideologías o del consumo).

Será de capital importancia, pues, reaprender continuamente a vivir con (no contra o a pesar de) nuestra parte enigmática, con aquélla que descubrimos en nosotros, en los demás, en el mundo y en la relación con Dios.

Con el enigma que somos nosotros para nosotros mismos, porque nadie es enteramente transparente, sino una especie de «desconocido de sí mismo» según la poética expresión de F. Pessoa. Con el enigma en el que aparecen envueltos los otros y cuya clave no destapa ni el amor más perfecto, aunque con frecuencia caemos en una ilusa fe en el «amor de fusión», con tanto tino denunciada por el psicoanálisis. Con el enigma que rodea la imagen del mundo sostenida por la ciencia y la racionalidad, capaces de logros enormes pero incapaces de abarcar toda la realidad (ahí están los «maestros de la sospecha» dudando de que todo sea tan transparente como lo imaginó la Ilustración). Por último, también hemos de aprender a convivir con el enigma que tiñe nuestras relaciones con Dios, entre otras cosas, porque Dios no debe servir para resolver nuestros problemas ni es funcionario a cargo de significaciones y utilidades que nos corresponde fijar a nosotros.

 

 

            1.2. Educar y convivir con los interrogantes

 

El pluralismo, la complejidad y la fragmentación de la sociedad y cultura actuales empujan desesperadamente a la búsqueda de seguridades a cualquier precio. Este clima ha propiciado la multiplicación de espejismos en el terreno de la relación y de la afectividad o en el del conocimiento y, ¡cómo no!, en el ámbito de lo religioso. Pero el enigma de la afectividad sigue ahí, destrozando las ilusas pretensiones de disponer de ella para conseguir, sin apenas exigencias, unas relaciones placenteras de «quita y pon»; el enigma del saber hiere constantemente las muchas y valiosas conquistas científicas con la espada del «para qué»; el enigma de lo religioso se resiste a la simplificación de entablar contacto con un Dios fácil y tranquilizador.

Esos sueños que anuncian amores libres o respuestas definitivas de la ciencia y de la técnica, así como el reciente despertar de no pocos nuevos movimientos religiosos, como era lógico, no resisten la confrontación con sus consecuencias y menos aún los envites del enigma que quieren destruir.

 

No se puede liquidar, sin más, lo inabarcable, lo incomprensible. Ni por la racionalidad ni por la afectividad ni por Dios. Tampoco la acción o la moral solucionan el tema. Ni siquiera la fe deshace el enigma: Dios no puede ser «utilizado» para resolver los enigmas sin convertirse en un «dios falso».

Los dioses falsos son justamente esos que podemos apropiarnos y poner a nuestro servicio (¡de nuestra parte y no de la de los otros!); esos que llamamos para que mágicamente nos resuelvan cualquier dificultad.

El Dios cristiano no anda por ahí. Tampoco Jesús de Nazaret quiso escapar de sus propios enigmas (abandono, cruz…) y renunció a la magia de la omnipotencia, enseñándonos que, por así decirlo, el «enigma salva», esto es, que por haber vivido a fondo una cierta agonía del sentido es por lo que ha vencido al sinsentido, aunque en su momento no lograra disipar ninguno de los enigmas que le rodeaban.

 

Sentido y absurdo, bien y mal, angustia y felicidad, muerte e inmortalidad… esconden lo indecible y hasta lo insoportable de la existencia; con todas y cada una de esas realidades contrapuestas debe construirse el hombre. Ninguna de ellas alberga el desastre, sino la responsabilidad de vivir cara a cara dentro de un misterio sin el que la vida resultaría imposible. Porque más que un conjunto de enigmas, somos precisamente eso, un «misterio»: seres visitados con la posibilidad de trascenderse a sí mismos, de proyectarse en lo infinito.

El peligro de la educación y de la pastoral estriba, precisamente, en generar la falsa ilusión de respuestas que nos dejen absolutamente satisfechos. Ya decía Heráclito que “el que busca la verdad debe estar preparado para lo inesperado, pues la verdad es difícil de encontrar y desconcertante cuando se da con ella”. No podemos ahorrarnos ni ahorrar a nadie ese avance lento y largo a través de los interrogantes de la vida, lejos de respuestas rápidas e inmediatas que, en el fondo, serían pura magia.

 

Justamente se considera que la educación estriba en enseñar a vivir, en guiar para que cada cual aprenda a conducir el tren de su propia vida por vías humanas. Y es que, frente a lo que sucede con los animales -que les basta para vivir con un simple aprendizaje de supervivencia-, los seres humanos, en cierto modo, somos fruto de un parto prematuro. Nacemos muy poco humanos; necesitamos de cuidados permanentes y de una iniciación que nos ilumine en el laberinto de los egoísmos y de los enigmas.

Enseñar es iniciar la tarea de la humanización. “El hombre, decía santo Tomás, es el ser que nace a su humanidad aprendiendo”. Ahora bien, si no queremos engañarnos sobre el ser humano, no hemos de olvidar su enigma y su misterio. «¿Qué cosa hay tan tuya como tú mismo? Y ¿qué cosa hay menos tuya que tú mismo?», así resumía Agustín de Hipona ambas realidades.

 

 

  1. Volver a las «grandes preguntas»

 

El kantiano «¿Qué es el hombre»? -que albergaba los tres interrogantes básicos de la vida humana: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?- concentra perfectamente la pregunta que ha de guiar los procesos educativo-pastorales. Nada mejor, por este camino, que recuperar las grandes cuestiones narradas en los más importantes relatos míticos y originarios, puesto que ellas nos remiten a las finalidades que envuelven la vida humana. Desgraciadamente nos hemos ido quedando «desarbolados» de tales relatos y preguntas. Hay que tornar a contarlos y releerlos para progresar en la demanda imprescindible de razón, de amor y de sentido, pero sin creer o hacer creer que uno puede dominarlos. Contarlos y releerlos para educar con las preguntas que encierran, para elevar el nivel de los interrogantes de la vida cotidiana hasta los últimos«porqués» de la existencia.

 

 

            2.1. Narraciones de los orígenes

 

La mitología griega, por ejemplo, llegó a condensar en breves narraciones todos los aspectos fundamentales de la vida de los hombres y su entorno. Este sistema mitológico ya estaba configurado cuando Hesíodo (segunda mitad del siglo VIII a. de C.) escribió su Teogonía.

En aquellas narraciones aparece el origen del hombre como fruto de la unión de dioses y diosas, cuyos descendientes van poco a poco degenerando hasta convertirse en mortales.

Aunque existían muchas leyendas para dar cuenta del mismo hecho, una de las más extendidas y confluyentes era la del mito de las edades del hombre: Al principio, reinando Crono, los hombres convivían felizmente con los dioses (Edad de Oro). Ya con Zeus en su eterno trono, se suceden las edades de Plata y Bronce, a las que sigue la Edad de los Héroes. Por fin, surge la raza de hierro (Edad de Hierro): los hombres actuales, condenados a trabajar para sobrevivir y sometidos a luchas fraticidas, pues la Justicia emigró de la tierra cuando ellos aparecieron. Estos hombres terminarán despareciendo por su propia injusticia, aunque antes se ilusionarán con efímeros gozos y sufrirán múltiples penalidades.

 

Mezclada con el mito de las edades del hombre y de procedencia más tardía está la historia de Prometeo, que aparece modelando al hombre con arcilla e infundiéndole el espíritu de vida. Prometeo es el benefactor por excelencia de los seres humanos. Tras la marcha de los dioses y una vez que ha creado a los hombres, les enseña a quedarse con la mejor parte de las víctimas que se sacrificaban a los dioses. Él también roba el fuego del Olimpo -símbolo de la inmortalidad- para entregárselo a los mortales. Zeus, doblemente engañado por Prometeo, ingenia también un doble castigo. Prometeo, por un lado, será en-cadenado en una gran montaña, donde todas las mañanas un águila le roía el hígado para regenerarse de nuevo por la nocha, hasta que Heracles logre liberarle. Los hombres, por otro, serán castigados con el envío de Pandora, de cuya caja saldrán todos los males.

 

 

Muerte e inmortalidad, sentido y absurdo, bien y mal, angustia y felicidad… van apareciendo en diferentes historias mitológicas. Las caras de la vida del hombre, en una síntesis global y aproximativa, llevarían grabados en anverso y reverso, respectivamente, los rostros de Dioniso y Sísifo.

Dioniso, relacionado con la esperanza de inmortalidad y felicidad que se celebraban en diversos cultos, tras muchas penalidades y aventuras, se instala en el Olimpo como dios de la vegetación, espíritu de la savia de las plantas y del jugo de los frutos, dios celebrado en ritos que permiten aspirar al éxtasis de la felicidad y alcanzar la inmortalidad.

         Sísifo era el más astuto de los hombres. De él se cuentan infinidad de leyendas en las que, muchas veces, aparece desafiando a los dioses. Al final, será condenado a empujar eternamente en los Infiernos una roca hasta lo alto de una colina, desde donde caerá de nuevo al fondo para tener que ser alzada otra vez… Esta es la cara del absurdo, como Dioniso ofrece el rostro del sentido y de la felicidad.

 

            2.2. Destino y fin de la vida humana

 

Hoy quizá sea más necesario que nunca replantear las grandes cuestiones del destino y fin de la vida humana, entre ellas, la cuestión de Dios; aunque, como venimos diciendo, no para buscar un fundamento que cierre todos los interrogantes, sino para aprender a vivir con ellos. Porque, si bien es verdad que el hombre no está hecho para quedarse sólo en las preguntas o para un cuestionamiento incesante que sería destructor, las preguntas son menos frágiles que las respuestas y están constantemente al acecho del sentido de esas mismas respuestas que impulsan.

Por lo demás, las verdaderas respuestas no deshacen los enigmas ni destierran las preguntas. Por otro lado, como diría P. Ricoeur a este respecto, no hemos nacido sin bagaje; sería posible afirmar que las respuestas van por delante de las preguntas. Las buenas respuestas siempre son buenas preguntas: están ahí para interrogarnos y ser interrogadas. Nacemos con la gran oportunidad de servirnos de respuestas para entender mucho mejor las preguntas, somos iniciados a la luz de una “lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones la estrella de la mañana” (2Pe 1,19).

Quizás sea en los mitos donde se escondan las respuestas-preguntas por excelencia. No se puede prescindir de los mitos, decía Platón. No podemos despojar de ellos a la educación de niños, adolescentes y jóvenes. Como bien ha mostrado B. Bettelheim, los cuentos y los relatos míticos son precisamente esos pozos de los que sacarán su agua los que nos siguen. No se puede abordar la vida creyéndola evidente: “Los mitos son aves migratorias que vuelan de memoria en memoria. Nosotros no somos sino las ramas sobre las que se posan esas aves. Hay ramas sin aves. Pero no aves sin rama. No hay recuerdos sin alguien que los conserve. No hay mitos sin civilización que los reviva. Los hombres, pues, sólo valen si llevan más allá de ellos mismos los sueños de sus antepasados” (J. Attali).

No nos queda sino aprender a convivir con las preguntas, con los enigmas. Y puesto que, a diferencia de las animales, nacemos con un imperioso deseo de aprendizaje y educación, será necesaria una adecuada iniciación para situarnos en el laberinto de nuestro pasado y ser capaces de hacer un futuro novedoso. De entrada, todos poseemos en común esa doble característica de enseñar y aprender. Conforme indica la propia etimología del in-signare (enseñar o hacer señales), somos personas a las que se les ha hecho una señal y, a su vez, hacen señales: portadores y dadores de señales, de claves y símbolos. Quien enseña señala a los más jóvenes el horizonte, transmite recuerdos y leyendas (legendum: algo que hay que leer) que han ido forjando a las generaciones pasadas, cuenta mitos e historias que dan sentido.

            2.3. Enigma, «misterio» y educación

 

Si no queremos engañarnos sobre el hombre, no hemos de olvidar su enigma y su misterio. En este sentido, nada como echar mano de las eternas paradojas del hombre para sentir el aguijón del primero y la llamada del segundo.

La más elemental formulación del enigma que somos toca a las semejanzas y diferencias con el resto de los seres y cosas. Formamos parte del mundo material y animal, pero al mismo tiempo nuestra capacidad de organizar, de dar sentido y, sobre todo, nuestra conciencia, nos alejan y distinguen radicalmente de la materia y de los animales. Resulta que somos una extraña y profunda unidad de dos dimensiones difíciles de casar: donde una -espiritualidad o creatividad humana trasciende totalmente a la otra -materialidad o corporalidad que, sin embargo, es soporte imprescindible y condicionante de aquélla. Nada hay en nosotros sólo corpóreo o sólo espiritual, por lo que ni podemos abandonarnos en brazos de los deseos corporales ni consolarnos exclusivamente con la trascendencia de que es capaz nuestro espíritu.

 

El gran misterio que encierra ese enigma básico pone en nuestras manos la paradoja de una vida amenazada de muerte.

Es quizá el primer interrogante, la perplejidad fundamental que ha de entregarse educativamente, a la par que se trata de suscitar el coraje para vivir frente a la muerte. Porque la amenaza de la muerte nos induce a buscar falsas anestesias frente al miedo o a negar su misterio en lugar de acogerlo. La falsas huidas o el ocultamiento de la muerte nos impiden dar sentido a cada una de las «muertes anticipadas» que nos visitan con las enfermedades, los fracasos, la vejez, etc.

 

Enigmáticas y cargados de misterio están las numerosas promesas que llenan la vida de los seres humanos: amor, éxitos de todo tipo, belleza, grandeza, amistad, poder, etc. Para no quedar simplemente deslumbrados o atrapados en ninguna de ellas necesitamos educar(nos) en la generosidad, como virtud básica para convivir con los semejantes, y en la prudencia que nos permita aceptar los enigmas que nos podemos abolir. Querer apresar inmediatamente cualquiera de esas promesas para extraer de ellas, sin más, todo su fruto nos aboca a su destrucción. Si no respetamos el misterio que esconden nos deshumanizan.

Esa es la paradójica realidad de nuestra condición de “animales simbólicos”: el simbolismo de que somos capaces nos abre caminos insospechados, hasta nos acerca a los terrenos de Dios; pero seguimos ligados a una animalidad que nos la juega constantemente. La sexualidad constituye una muestra inmejorable de todo ello: cargada hasta los topes de un simbolismo que la hace profundamente diferente de la del animal, está siempre expuesta a rebajarse a grados increíbles de animalidad.

Los procesos educativo-pastorales deben recuperar las preguntas básicas del ser humano, enseñar a convivir con los enigmas y el misterio de su vida, tratando de elevar el nivel o llenando con una densidad cada vez mayor los interrogantes que suscitan.

Junto a las cuestiones enunciadas y por lo que hace a la praxis cristiana con jóvenes o pastoral juvenil, cada joven ha de confrontarse con las preguntas que brotan de la llamada a vivir con los demás, a la libertad o construir racionalmente su existencia.

 

Porque cargada hasta los topes de interrogantes y enigmática resulta nuestra sociedad, en la que todos nos llenamos la boca proclamando ideales de igualdad y fraternidad, mientras la desigualdad e injusticia sociales siguen en aumento.

Porque igualmente paradójica es hoy la libertad: siendo el nuestro un tiempo en el que quizás más se idolatra la libertad, pocas veces ha sido el hombre más manejable y manejado, menos dueño de sí mismo, más juguete en manos de los medios de comunicación y de la publicidad.

Porque, en fin, despojada del misterio humano queda una racionalidad vendida a la fuerza: dotados de razón, solemos usarla más para racionalizar que para razonar, es decir, más para justificar intereses y disimular las mentiras que para perseguir la verdad; más para imponer por la fuerza que para guiarnos con su fuerza.

 

Miradas así las cosas, por su lado negativo, existen más que razones para sentir la «tristeza de lo finito» (P. Ricoeur). También hay que provocar educativamente esta tristeza, siendo conscientes de que su raíz está en la desproporción contenida en los enigmas y misterio humanos: nuestra libertad y capacidad simbólica trascienden la animalidad, pero sin abandonarla y sin poder prescindir de ella; por lo mismo disfrutamos con el gozo de lo primero pero sentimos la tristeza por tener que hacerlo dependiendo de lo segundo. En concreto y para cerrar la puerta de la desdicha, los jóvenes deben ser conducidos hasta sospechar de si no estarán acarreando con las consecuencias de un «defecto de fábrica» que contradice o falsifica sus actos.

 

Y es en ese punto, donde los cristianos tratamos de desenmascarar dicha sospecha remitiendo todas los enigmas del hombre a una causa-original de la armonía imposible que pretendemos alcanzar. Según la tradición cristiana, hay un rasgo que falsifica e introduce la contradicción en las disposiciones humanas fundamentales. Usamos el nombre de pecado para nombrarlo y definirlo genéricamente. Decimos, además, que se trata de un «rasgo adjetivo»; lo sustantivo es la llamada de Dios a una vida nueva y definitiva. Una llamada que se hace «fuerza de Dios» en el ser humano y que expresamos con el concepto de gracia: pese a todos los pesares, decimos, el hombre se encuentra «en estado de gracia» porque Dios le regala la posibilidad de superar todas sus contradicciones.

 

Gracia y pecado: he ahí los verdaderos extremos del misterio de la vida humana. Más que el dualismo existente entre materia y espíritu, libertad y esclavitud o razón y sinrazón, se trata de la contradicción -ya expresada por Ovidio: ”Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor”- que tan gráficamente reconocía san Pablo ante los Romanos: «Entiendo perfectamente cuanto me decís, puesto que a mi me ocurre lo mismo: muchas veces quiero lo que no hago y otras hago lo que no quiero» (cf. Rm 7,15).

La contradicción más seria y más terrible del ser humano discurre entre la bondad y la maldad, esto es, entre la gracia y el pecado. El enfrentamiento entre el bien y el mal está en la raíz de los deseos humanos. ¿Cómo y dónde solucionar este enfrentamiento constitutivo? ¿Y si fuese posible recibir gratuitamente la respuesta que reclamamos?

 

 

 

           

  1. El «misterio» que habitamos

 

         Esquilo vio en Prometeo el arquetipo de la revuelta humana que apuesta por el sueño de diluir la frontera entre lo mortal y lo inmortal; Camus hacía de Sísifo una absurda parábola de la existencia; Niestzche colocaba la imagen de Dioniso como símbolo de la afirmación de la voluntad de vivir. Nada evitaba que, al final y por estos senderos, el absurdo se instalara en el corazón de los hombres.

 

 

3.1. Ni somos malos ni la vida es absurda

 

El absurdo, con todo, no se cura con absurdo. Hace falta una dosis alta de lucidez y otros ingredientes para asumirlo. Por seguir con el aire de las pequeñas narraciones brevemente esbozadas, esta lucha contra el absurdo se plasma en el llamado principio prometeico: poner en acción el conocimiento con ansias constantes de alcanzar siempre un nuevo descubrimiento, un conocer más amplio y profundo, más perfecto. Así pintaba Goethe una parte del alma de Fausto. Decimos una parte, porque sabemos que siempre aparecerán sombras: junto al anhelo faústico de perfección y sentido se incuba la larva mefistofélica del egoísmo y la aniquilación. Es imposible vivir sin el aliento de Prometeo, pero nunca se ha de olvidar que en escena también está Mefistófeles.

Prometeo y Pandora acercaban al origen de la vida y del mal; Dioniso y Sísifo, a la felicidad y al absurdo; las edades del hombre intentaban reproducir misterios y anhelos del presente en la historia original y originaria. En todos los mitos aparece una conclusión muy elemental: el hombre no debe oponerse a su identidad; del tratar de ser o no como ha sido hecho dependerá su felicidad o infelicidad, pues todos los males y bienes residen en su propio interior.

 

A la hora de explicar el origen del mal, a la hora de dar razón de esa cepa de absurdo capaz de contaminar toda nuestra planta, tanto los esquemas míticos como los viejos relatos de los orígenes no aportan una respuesta satisfactoria.

Los viejos relatos sobre los orígenes del mal consideran a dios o a los dioses como responsables del mal. En sus representaciones la creación aparece como constitutivamente mala o, al menos, muy imperfecta: el mal está en la naturaleza, por consiguiente el hombre es malo y ha sido abandonado en los brazos de la desesperación.

La explicación que aportan los esquemas míticos de herencia griega achacan al hombre mismo y no a los dioses la responsabilidad del mal. Eso es cuanto nos transmite Sísifo o Prometeo: es por causa del hombre, únicamente por causa de él, por lo que existe el mal. El hombre, en los inicios de su vida en la tierra, comete una falta irremediable contra los dioses, al arrebatarles algo de su exclusiva propiedad, y queda entonces aplastado por el peso del mal que acarrea la desesperación o, cuanto menos, la resignación. El acto desmesurado de rebelarse contra los dioses, hace pender sobre el hombre la losa de una culpabilidad fatal frente a la que no hay nada que hacer.

 

La Biblia, en contraste con ambas explicaciones, afirma que la creación es buena. Para el Génesis, el mal no pertenece a la naturaleza de las cosas: es un accidente, una desgracia no querida por Dios. Pero si Dios no es la causa ni quiere el mal, tampoco la causa del mismo está en el hombre; por eso el relato bíblico introduce un tercer personaje enigmático -la serpiente culpable para dar a entender que nos precede un mal innegable que el hombre no ha querido por entero.

La serpiente y la tentación permiten que no caigamos en una culpabilización excesiva o en la fatalidad de un destino irremediable. Además, tanto los reproches dirigidos a los primeros padres como el castigo por consentir (subrayemos que no se maldice al varón o a la mujer, sino exclusivamente a la serpiente), parecen más bien blandos y, sobre todo, se destaca claramente que Dios seguirá estando con el hombre.

 

Hoy está en cuestión o se duda de la pertinencia de cualquier llamada del hombre a la puerta de los dioses para tratar de explicar su enigma y su misterio. El hombre pretende tomar en sus manos las riendas de su propia vida, y es lícito que dude de semejante recurso.

Mirando bien la Escritura, quizás tengamos que invertir el clásico recorrido hacia Dios. Más que intentar demostrar o probar a Dios, hoy necesitamos descubrir «un» Dios que nos demuestre o nos pruebe.

Atravesamos tiempos propicios para cambiar de dirección: buscando a Dios para pensar al hombre -más que para exigir el sometimiento a su persona- y respetando a cuantos no creen en Él. Para este nuevo recorrido contamos con los signos enigmáticos ya apuntados y otros muchos datos extraibles de los deseos y esperanzas de los hombres de nuestros días.

Y, por encima de todo, contamos con su amor, con su fe descarada en el hombre. De ahí que sea mejor, y más acorde con el estado de conciencia del hombre de hoy, presentar esa fe de Dios en el hombre que exigir, a hombres heridos de desaliento y desmoralizados, una fe en Dios propensa a entenderse como una carga más.

 

 

3.2. Dios nos aporta pruebas

 

Para buscar su auténtica y profunda identidad, para saber lo que es, para probarse, el hombre no se ha contentado con mirarse a sí mismo, con volver la vista a la naturaleza o encontrarse cara a cara con los otros. Como le ocurría a Narciso, mirándose termina perdido en su propio reflejo. Tampoco se contenta con entenderse en el cosmos, y la alteridad suele ser una distancia muy corta para encontrar el apoyo necesario. El hombre siempre ha deseado una confirmación más alta, que proceda del mismo Dios: el hombre, de una u otra manera, ha buscado en Dios la prueba de sí mismo.

Y es que un Dios que nos probase, que nos pudiera decir aquello que de verdad somos, en ese mismo envite quedaría Él también probado; así, de una sola tacada, nos demostraría lo que vale.

 

Mucho más que todo eso nos ha mostrado Jesús de Nazaret. En principio, ha dejado claro que ni siquiera somos nosotros quienes de verdad trepamos hacia Dios, es Él mismo quien desciende: somos seres visitados, habitados por un Dios que confía, que tiene fe en nosotros. Todos somos cómplices de este gran secreto.

No somos únicamente seres creados, ni tan sólo hombres y mujeres superiores al resto de cuanto existe. Somos «capaces de Dios», hijos e hijas de Dios: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 3,1). Nos hemos atrevido a gritarle a Dios pidiendo una respuesta de lo alto y hemos recibido una contestación clara: Él nos ha creado por amor y para la salvación, nos acompaña con un amor total, incondicional y gratuito, y nos ha dado la capacidad de participar en su misma vida divina.

 

No solemos detenernos a considerar la capacidad divina del hombre (sí nos ocupamos del alcance diabólico de sus actos), ni tan siquiera acostumbra la pastoral a prodigarse sobre esta cuestión. Todo el mensaje evangélico, sin embargo, está atravesado y converge en esa capacidad de participación divina con la que es visto el ser humano a la luz de Cristo. “Somos linaje de Dios”, repetirá varias veces san Pablo (cf. Hch 17,28-29) y san Pedro irá aún más lejos: “[Dios] nos ha concedido todo lo necesario para la vida […], para participar de la naturaleza divina” (2Pe 1,3-4).

Dispuestos a ir todavía más lejos en nuestro atrevimiento, frente a la clásica afirmación de que Dios no tiene porqué, ¿no habremos de imaginarnos como si, por ventura, fuéramos nosotros su porqué…? ¿Qué otra cosa significa su amor incondicional y gratuito? Y ese amor, ¿qué nos indica sino que Dios cree totalmente en nosotros?

 

 

3.3. Dios es la «prueba» del hombre

 

Somos seres que habitamos un misterio, una realidad que más que superar nuestra inteligencia la ilumina. Esta es su luz: «Dios es amor» (1Jn 4,8). Cansados de escuchar estas palabras, quizás las pronunciemos y resuenen con un tono cansino o, peor, se entiendan mal, como si Dios condescendiese a ofrecernos su amor, pero en el fondo nos amara un poco de mentirijillas.

No terminamos de creernos que Dios nos ame; no nos imaginamos mereciendo tal predilección. Hay que caer en la cuenta que todo es al revés: ante Dios no existe el problema de merecer, no tenemos que negociar o ganarnos nada; desde el principio nos entrega todo. Él nos regala su amor gratuita e incondicionalmente, no tenemos que luchar por hacernos merecedores de Él alcanzando grandezas o desterrando debilidades, todos «somos deseables» a sus ojos tal como somos.

Dios cree en nosotros; ahora la pelota está en nuestro tejado: ¿creemos lo bastante en nosotros mismos como para alcanzar esos niveles de estima que Dios nos tiene? En ese Dios tan pendiente de nosotros tenemos la prueba de lo que somos a sus ojos: ¡esa es nuestra prueba y el terreno que pisamos! Dios nos propone un destino capaz de colmar todos los deseos: “Sois dioses” (Sal 82,6). Simplemente se nos pide creer en nosotros, creer en este destino.

Es posible responder con la duda o con el rechazo. También podemos acoger este misterio y reconocernos en el reconocimiento de Dios. En cualquier caso la propuesta es… ¡impresionante! Tendremos que nombrarla como la «fe de Dios», la fe que Dios tiene en nosotros, manifestada en el don de su amor. El asombro ante este misterio, debe dejar paso a la obligación de confiar en nosotros mismos para no desmentir esa fe de Dios. ¾

José Luis Moral

 

[1] Uno no puede menos que añorar aquellas palabras de Kant en su Crítica de la Razón Práctica: “Dos cosas llenan mi ánimo con siempre nueva y mayor admiración y respeto…: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí […]. Las veo ante mí y las conecto inmediatamente con la conciencia de mi existencia. La primera comienza en el lugar que yo ocupo en el mundo exterior de los sentidos […]. La segunda comienza con mi yo invisible, mi personalidad, y me coloca en un mundo que tiene verdadera infinitud […]. El primer espectáculo de una innume-rable cantidad de mundos anula mi importancia como creatura animal, que deberá devolver al planeta (un mero punto en el universo) la materia de que fue hecha… El segundo, por el contrario, levanta infinitamente mi valor como inteligencia, a través de mi personalidad, en la que la ley moral me revela una vida independiente de la animalidad e incluso del conjunto del mundo sensible, al menos en tanto se deja derivar de la orientación de mi existencia por esa ley, que no queda limitada por las condiciones y límites de esta vida sino que va hacia el infinito”.

[2] Las reflexiones nunca pueden ser nuevas, a lo sumo deben aspirar a coser elementos dispersos ya existentes y a proponer un modo de relacionarlos entre sí que sirva para proseguir entendiendo más y mejor la vida. El cosido de este artículo tiene detrás numerosas telas de otros autores. Somos particularmente deudores de las ideas de estos dos: A. GESCHÉ, Dios para pensar (el mal – el hombre), Sígueme, Salamanca 1995; J.I. GONZÁLEZ FAUS, De «La tristeza de ser hombre» a «La libertad de Hijos». Acceso creyente al hombre, Cristianisme i Justícia, Barcelona 1995.