REDES SOCIALES Y EVANGELIZACIÓN

Fabio Pasqualetti, sdb

Profesor de Ciencias de la Comunicación Social en la Universidad Salesiana de Roma

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO:

El autor compara la situación de estancamiento que atraviesa la Iglesia en Occidente con los vertiginosos cambios provocados por las nuevas tecnologías de la comunicación, sobre todo en lo que se refiere a Internet, especialmente en las llamadas redes sociales. Después de repasar las características comunicativas de las nuevas generaciones en la red de redes, da pistas sobre la actitud evangelizadora adecuada en la red, tomando como modelo inspirador el proceso que Jesús sigue con los discípulos de Emaús.

 

En el mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de este año, titulado Redes Sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización, Benedicto XVI ha querido subrayar la importancia de los cambios en marcha debidos al increíble desarrollo y expansión de las redes sociales con capacidad incluso de agregar a centenares de millones de personas. En un párrafo de la carta, Benedicto XVI sostiene que las redes digitales están “[…]contribuyendo a que surja una nueva «ágora», una plaza pública y abierta en la que las personas comparten ideas, informaciones, opiniones, y donde, además, nacen nuevas relaciones y formas de comunidad”[1]. Quedan lejanos los tiempos en que la Iglesia miaraba a las tecnologías de la comunicación con admiración, pero también con prudencia y un poco de recelo. Hoy existe un consenso unánime y positivo en defender la potencia y la increíble ubicuidad de las tecnologías digitales, y ha madurado la conciencia de que en ellas convergen todos los lenguajes de la comunicación y de las mediaciones culturales. Las redes sociales se han instalado en la estructura social, expandiendo las posibilidades comunicativas y relacionales, hasta tal punto que sin estas tecnologías la inmensa mayoríaa de las actividades sociales, económicas, culturales y políticas que se desarrollan hoy no serían posibles.

 

  1. Una Iglesia estancada en un mundo en crisis

 

Navegando por la red entre sitios web, blogs y redes sociales, no queda más remedio que constatar cómo la Iglesia está ya presente en grado sumo. No hay diócesis, parroquia, instituto religioso, congregación, escuela católica, centro de catequesis, grupo oratoriano, centro pastoral, periódico diocesano, entre otras muchas realidades del mundo católico, que no tengan un sitio web, una página Facebook, un perfil en Twitter que les dé la posibilidad de ser conocidos, vistos y visitados. La calidad de las propuestas, la cantidad de servicios y la presentación gráfica muestran una rica pluralidad y demuestran que el “estar en la red” para la Iglesia no es un problema: de hecho ya lo está. Al mismo tiempo, necesita darse cuenta de que buena parte de los sitios se asemeja demasiado a una versión avanzada de los carteles que encontramos en las puertas de las iglesias, a los avisos que anuncian las actividades e iniciativas parroquiales. Sin duda, es algo muy bueno hacer conocer cuán grande es el compromiso que las comunidades cristianas despliegan en una zona. Y aún surge con fuerza una pregunta: cómo a pesar de este gran despliegue de fuerzas a nivel mundial, en el espacio físico y en las redes, de hecho, la Iglesia está viviendo un momento de gran irrelevancia en la vita de la gente, en particular en la vida de millones de cristianos que conjugan con gran dificultad una enseñanza que resulta demaisado a menudo extraña a las problemáticas que deben afrontar cada día.

El cardenal Martini, en la última entrevista concedida al padre Georg Sporschill, hizo una afirmación chocante, a la vez que profética, por su capacidad de leer los “signos de los tiempos”: “La Iglesia se ha quedado atrás unos 200 años. ¿Cómo es que aún no se despierta? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en vez de valentía?”[2] La afirmación resulta aún más clara a la luz del análisis que hace el cardenal de la situación de la Iglesia hoy en Occidente:

 

La Iglesia está estancada, en la Europa del Bienestar y en América. Nuestra cultura está envejecida, nuestras iglesias son grandes, nuestras casas religiosas están vacías y el aparato burocrático de la Iglesia rancio, nuestros ritos y nuestras vestiduras son pomposas. Pero, ¿estas cosas expresan lo que somos hoy? (…) El bienestar pesa. Nos encontramos ahí como el joven rico que se marchó triste cuando Jesús lo llamó para hacerle discípulo suyo. Ya sé que no podemos dejar todo con facilidad. Pero cúanto menos podremos buscar hombre que sean libres y más cercanos al prójimo. Como lo fueron el obispo Romero y los mártires jesuitas de El Salvador. ¿Dónde están entre nosotros los héroes en los que inspirarnos? Por ninguna razón debemos limitarlos con los vínculos de la institución.

 

Estancamiento, envejecimiento, pesadez estructural, burocracia, acomodación constituyen el lastre que impide a la Iglesia tener los rasgos de agilidad de pensamiento y de libertad de movimientos que hoy serían necesarias. Martini no propone en ningún caso a la Iglesia el disfrazarse con una capa de barniz de contemporaneidad, y mucho menos el asumir una imagen más joven y tecnológica, sino más bien encarnar de verdad la fuerza del Evangelio en las situaciones de hoy, ayudando así al ser humano actual a descubrir que el Evangelio no es un mero consuelo, sino que hace crecer en plenitud nuestra humanidad.

Los motivos de este estancamiento eclesial no son achacables exclusivamente a los problemas internos de la Iglesia, sino que tienen raíces profundas y globales como son: el proceso de secularización, una globalización que impone el primado de la economía sobre la política, el triunfo de la técnica como factor resolutivo de los problemas humanos, la crisis de los vínculos sociales, la desacralización de la vida, el exasperado individualismo, la reducción del hombre y de la mujer a “consumidores”. Zygmunt Bauman denuncia desde hace años la desaparición del homo politicus y el nacimiento del homo consumens, cuyos rasgos más destacados son la voracidad omnívora con que consume cualquier cosa. Las consecuencias en el plano social son aún más graves, porque además de la pérdida del sentido del bien común, se da un continuo incremento del número de marginados y pobres en sociedades cada vez más hipertecnológicas pero socialmente inestables[3].

Todo esto ha provocado una fractura, en muchos aspectos incurable, entre la visión cristiana de la vida y la que dicta la agenda económica global; y es precisamente dentro de este marco de problemáticas sociales y existenciales donde se debe situar la reflexión sobre la evangelización y las redes sociales, pues de otro modo se corre el riesgo de responder emocionalmente a unas tendencias que exigen una forma de resistencia muy diferente al simple mostrar una imagen de una Iglesia que sea virtualmente simpática pero que después no tiene ninguna incidencia significativa en la realidad.

El problema de la evangelización, antes que ser un problema de “qué anunciar”, es un problema de “cómo ser Iglesia” hoy. La “novedad” indispensabile concierne al “ser Iglesia”, y ésta no puede residir en la “novedad” de la tecnología que se utiliza, sino que es verdaderamente tal sólo si se concreta en la manera en que la Palabra se encarna en las situaciones del ser humano de hoy. A menudo olvidamos que el cristianismo hace de la praxis el lugar de comprobación de la verdad y autenticidad  de su mismo mensaje.

 

Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina (Mt 7,24-27).

 

“Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica …” Para Jesús no basta sólo con el anuncio, deben venir luego la escucha y la puesta en práctica de la Palabra. El riesgo en este momento es que nos comprometamos a hacer accesible la escucha del Evangelio (porque en medio de tantas palabras vacías éste tiene todavía fuerza para decir mucho), omitiendo la parte más importante que consiste en transformarlo en opciones concretas y cotidianas. No sólo. El mismo “anuncio” puede reducirse a la repetición del mensaje dentro de los muros domésticos. A propósito de esto, Mons. Bergoglio, entonces arzobispo de Buenos Aires, se manifestaba así en una entrevista concedida a Andrea Tornielli para el Vatican Insider:

 

Hay que salir de sí mismos, ir hacia la periferia. Hay que evitar la enfermedad espiritual de la Iglesia autorreferencial: cuando se vuelve así, la Iglesia enferma. Es cierto que saliendo a las calles, como sucede hoy a cada hombre y a cada mujer, se pueden sufrir accidentes. Pero si la Iglesia permanece encerrada en sí misma, autorreferencial, envejece. Y entre una Iglesia accidentada que sale a las calles, y una Iglesia enferma de autorreferencialidad, no tengo ninguna duda en preferir la primera[4].

 

Se necesita una Iglesia que no tenga miedo de dejar sus propios espacios de seguridad y de mancharse las manos. Para hacer el anuncio, la Iglesia debe vivir en medio de la gente, hablar un lenguaje comprensible y, al mismo tiempo, hacer ver que la Palabra de Dios transforma nuestra vida aquí en la tierra, no en el más allá.

La red, desde este punto de vista, no ofrece ninguna ventaja por el mérito de “saber testimoniar” la salvación hoy. La novedad de hecho puede provenir sólo de una novedad de vida, de la capacidad de dar respuestas eficaces a los problemas cotidianos, de saber indicar caminos para recorrer, sueños por realizar. Podemos ser muy creativos en el uso de las tecnologías digitales y de la red, pero el anuncio del Evangelio exige antes que ninguna otra cosa un tipo de narración que implique directamente a quien lo proclama, y, si no queremos transformar la Palabra en ficción, debemos pasar nosotros primero por la experiencia de vivirla. Se trata de un problema de credibilidad. No es simplimente un producto que hay que vender o una teoría que tengamos que hacer aceptar. La Iglesia anuncia una Persona, un modo de pensar la vida y de vivirla basado en la capacidad y voluntad de amar.

Al recorrer las calles de la comunicación, ya sean las tradicionales o las digitales, la Iglesia debe tener una actitud de escucha y de diálogo. No debe caer en la tentación de la prisa (todo rápido), bien descrita en la parábola de la cizaña, cuando los siervos del patrón, que habían sembrado el grano, al ver que había crecido junto con la cizaña, dijeron:

 

“¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?”. «No, les dijo, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la  cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero» (Mt 13, 28-30).

 

En las redes, como en la vida, la Iglesia convive y se confronta con los que tienen otras visiones de la vida y del mundo; esto no debe asustarnos, sino motivarnos para testimoniar con mayor coherencia nuestra fe.

 

  1. La red, lugar privilegiado de las nuevas generaciones

 

Una categoría de personas muy estimada en la misión evangelizadora de la Iglesia son los jóvenes. La retórica sobre el aprecio de los jóvenes por parte del mundo adulto es, sin embargo, frecuentemente empalagosa: sois nuestro futuro…, la parte mejor de la sociedad…, la fuerza creativa…, etc. En realidad son los jóvenes los primeros que son víctimas habituales de las presiones consumistas producidas por los adultos, disfradadas de mitos que celebran la eterna juventud, el éxito, la felicidad, el poder, el dinero fácil, el sexo desbocado, el primado del aparecer sobre el ser, la técnica como solución de todos los problemas. Totalmente distinta es la propuesta de una vida cristiana entendida como don, comunión, gratuidad, amor incondicional, belleza interior, riqueza espiritual, pobreza material. Y es fácil constatar que esta propuesta no tiene mucha demanda en el clima cultural actual; no parece muy oportuna, desde luego, para un sitio web bonito o una fantástica páginaFacebook que resulte atrayente.

Dentro de una experiencia materialista es preciso reconocer que los standards de vida occidental, centrados en el consumo, no sólo destrozan el imaginario afectivo, sino que tienen un impacto en las acciones de vida cotidiana. Ropa a la última moda, smarthphones, tablets, diversión, viajes, deportes, masajes, comida, alcohol y otras cosas relegan de hecho a Dios al último lugar en la escala de los deseos de los jóvenes de hoy. Aunque algunos sondeos y encuestas hablen de un “retorno” de lo espiritual y de lo sagrado en la vida de Occidente, de hecho los estilos preominantes de vida y los criterios de las opciones personales – de jóvenes y no tan jóvenes – lo niegan. Incluso en la propia Iglesia y en la vida consacrada se hallan evidentes contradiciones entre palabra proclamada y vida vivida.

En la vida de muchos jóvenes de los países católicos europeos la catequesis y la pastoral a menudo se reducen a paréntesis de carácter más informativo que educativo, momentos agregados a un estilo de vida que diverge en pensamientos, valores y comportamientos. De esta manera, también los sacramentos corren el riesgo de ser ritos de paso donde, tras las funciones litúrgicas (aunque estén muy cuidadas), viene un ostentoso festejo celebrado en la comida, en los vestidos, en los regalos, todo ellos en proporción a las posibilidades de la familia, pero de modo tal que resulta negado el valor profundo del acto sacramental.

Todo lo dicho hasta aquí deja en evidencia que se está dando una crisis de la Palabra: si no se encarna, se limita a ser una flatus vocis al lado de otras muchas.

En el contexto actual, el riesgo que corren las personas es justamente tener un continuo intercambio de informaciones, sin encontrar nunca momentos de comunicación profundamente humana. La comunicación requiere siempre la relación; por esto, antes de hablar, es importante establecer contacto, sentir, percibir, intuir quién tenemos delante, saber captar el estado existencial del interlocutor.

Hablar con los jóvenes hoy quiere decir encontrarse con ellos allá donde están y donde viven. Buena parte de los jóvenes occidentales hoy viven en simbiosis con las tecnologías digitales. Piotr Czerski, escritor y poeta polaco, describiéndose a sí mismo como con un nativo digital, explica así la relación que los nativos tienen con la red:

 

Hemos crecido con internet y por internet. Eso es lo que nos vuelve diferentes, es esta la diferencia fundamental, tan sorprendente para el punto de vista de quien tiene algunos años más: nosotros no “navegamos” e internet para nosoptros no es un “lugar” o un “espacio virtual”. Internet para nosotros no es algo exterior a la realidad, sino que es una parte, un estrato invisibie pero siempre presente y estrictamente entrelazo con el ambiente físico. No usamos internet, sino que vivimos en internet y nos movemos con él. Somos la generación digital[5].

 

Si por un lado nos choca la naturalidad con que las nuevas generaciones se mueven por las interfaces digitales y por las redes, por otro lado un cristiano adulto, que vive seriamente y con alegría su propia vida y su fe, no debe experiementar sentimientos de inferioridad. A los jóvenes no les interesan los adultos que les pasen las manos por el lomo; les interesan adultos veraces, capaces de compartir con ellos sueños, esperanzas y, sobre todo, dispuestos a caminar juntos.

Como el zahorí sabe “sentir” la presencia del manantial de agua allí donde los ojos de una persona normal sólo ven sequedad y desierto, así el educador sabe ir más allá de las apariencias que los jóvenes presentan hoy, e intuye que detrás de ellas se esconde el deseo de algo mayor. A menudo se les juzga como superficiales, introvertidos, pues se sienten más cómodos detrás de una pantalla y de un teclado que en compañía de otros. El educador, el catequista, los padres, deben esforzarse en hacer una lectura más profunda, una lectura entre líneas de estos fenómenos sociales; antes que demonizar alegremente modos, tendencias y contumbres, debemos preguntarnos: ¿por qué un smartphone es para ellos un objeto tan deseado e indispensable? ¿Qué buscan los jóvenes en la red que la vida diaria no les está dando? ¿Cuáles son los aspectos característicos de la red de los que podemos aprender a comprendernos mejor y a vivir mejor juntos? ¿Qué palabra puede ser tan significativa para estos jóvenes como para ayudarles a encontrar la Palabra encarnada, a Cristo?

No son éstas preguntas retóricas, y hay muchos padres preocupados por el tiempo que sus hijos pasan en la red. Pero cuando se analiza cómo viven las familias concretas, resulta que los chavales pasan la mayor parte de la jornada sin la presencia de sus padres. En las ciudades fecuentemente no existen lugares de relación social donde la presencia de un adulto pueda ayudarles en el proceso de socialización. Los propios padres organizan agendas repletas de compromisos para sus hijos, verdaderos tour de force, en los que falta incluso el tiempo para una socialización normal, que incluya también el “perder tiempo” juntos. Así se constata que los chavales que tienen la suerte de tener unos padres que les dedican tiempo, que se atreven a ofrecerles hacer experiencias de grupo en el Oratorio (o Centro Juvenil) o en los scouts, tienen una relación mejor con la tecnología y con los media. Entonces, incluso el tiempo pasado en la red se redimensiona en favor de las actividades grupales.

En este sentido la gran tradición del asociacionismo, desde siempre patrimonio de la Iglesia, no se debe abandonar en favor de la actividad en la red, porque los dos contextos comunicativos han de considerarse complementarios, mucho mejor que recíprocamente excluyentes. Es importante encontrar y conocer nuevas personas, y en este sentido la red es potente; pero es estando juntos y trabajando juntos, codo a codo, haciéndose responsables los unos del cuidado de los otros, como aprendemos a crecer y a hacer comunidad. La red, además, tiene aspectos comunicativos característicos que pueden mejorar nuestra comunicación interpersonal y nuestro modo de hacer comunidad.

 

  1. Características comunicativas de la red

 

La red es una tecnología social compleja. El proceso de digitalización de los lenguajes mediáticos permite al usuario actual tener a su disposición la mayor base de datos que jamás ha existido en el mundo. Información, entretenimiento, búsqueda, contactos, objetos multimediales, e-comercio, y otras mil actividades están a tiro de un click. Los dispositivos móviles (smartphone, tablet…) están favoreciendo elestado de conexión permanente: siempre y en todas partes estás conectado a la red. En este momento, como suele suceder en épocas de transición, al valorar los aspectos positivos y negativos de la red se han formado dos partidos contrarios, los que la adoran y los que la demonizan. Sin adentrarnos en el debate, vale la pena no obstante recordar que todas las tecnologías de la comunicación, al aparecer en la historia de la humanidad, han provocado polémicas. Por una razón precisa, que no se capta de modo inmediato: estas tecnologías no modifican sólo el lenguaje, sino también las relaciones sociales y el modo de gestionar el espacio y el tempo, y – en consecuencia – la comprensión misma de la realidad. Sin querer recorrer la historia entera de la comunicación humana, basta con recordar cómo, por ejemplo, con la escritura el hombre tuvo a disposición un tipo particular de “memoria” y con ella comenzó a dejar huellas de su existencia. El patrimonio cultural comenzó a aumentar, efectivamente, gracias a las posibilidades ofrecidas por la escritura: sin ella el camino cultural y científico de Occidente no habría sido posible. Con la invención de la imprenta y la difusión de los libros, se dio un impulso a la lectura silenciosa, a la organización estructurada del pensamiento, a la potenciación de la racionalidad, de la ciencia y de la subjetividad individual. Cine, radio y televisión, con el empleo de imágenes y sonidos, han estimulado la dimensión emotiva de la escucha y de la visión, han sincronizado grandes masas de personas poniendo toda su atención en lo que estos medios cuentan. Con la llegada de Internet y del proceso de digitalización de los lenguajes, de hecho, hemos tenido en las manos una tecnología en la que todos los lenguales han comenzado a converger, de cara a ser utilizables con cierta facilidad por parte de millones de personas. Maurizio Ferraris, profesor de filosofía teorética, define la web como

 

[…] la quintaesencia, o mejor el «trascendental» (esto es, la condición de posibilidad), de todos los obejtos sociales. En el fondo, las filosofías del siglo pasado nos hablaban del lenguaje como condición trascendental de la experiencia humana. Con mayor razón, hoy, parece serlo la web, que contiene (de) todo: formas de interacción, lenguajes, escrituras, sonidos e imágenes, que desde mi punto di vista hacen principalmente de inscripciones. En el fondo, en YouTube verba manent: también la frase más descuidada, pronunciada al acaso, puede ser reiterada hasta el infinito, por tanto ya se ha vuelto escritura. Esta enorme biblioteca de Babel, este colosal aparato de inscripciones, es hoy el verdadero trascendental del mundo social[6].

 

El potencial cultural de la web reside, por tanto, en la convergencia de los lenguajes y en la interconexión de los contenidos, puesto que una búsqueda acerca de un sujeto no me devuelve sólo un documento escrito, sino también un video, una entrevista de audio, un testimonio, un libro, un contacto, un perfil. Antes, quien quería conocer a un autor, debía necesariamente ir a la biblioteca: pero no había garantías de que una biblioteca estuviese inmediatamente al alcance ni de que tuviera el libro o la enciclopedia buscados; esto nos ayuda a comprender que uno de los primeros problemas del conocimiento es el acceso a las fuentes. Hoy las bibliotecas (como los centros de estudio y otras organizaciones culturales) están online e interconectadas entre ellas, y ponen a disposición una cantidad enorme de datos, que crece día a día. Es casi inútil decir que toda esta información es una oportunidad pero también un problema. Calidad, criterios de selección, autoridad de las fuentes, veridicidad de los contenidos, son todos ellos problemas que las agencias educativas como la escuela y la familia están afrontando con cierta dificultad. Todo esto evidentemente no anula el valor intrínseco de la red como tecnología de la conexión y del compartir. A aplicaciones de servicios como la Wikipedia se le pueden hacer críticas, a veves justificadas; pero al mismo tiempo hay que reconocer el gran valor de una selección ideal, concretamente puesta en práctica, que busca la construcción de un saber compartido, garantizado por la colaboración gratuita de todos. Ciertamente el problema de fondo reside justamente en el concepto de “saber”, que queda garantizado y protegido gracias a las correcciones hechas a aquel que querría hacer pasar por verdad cuanto le agrada a él. No es casual que también Wikipedia haya elevado el standard de rigor en la composición de las voces y se señalen las que son incompletas o parciales. Jeron Lanier, un gurú de la informática, en su interesante texto Tú no eres un gadget, no titubea al hacer a los entusiastas de la web 2.0 las siguientes sugerencias:

 

  • No publicar nada anónimamente a menos que se corra verdadero peligro.
  • Si os comprometéis a trabajar sobre voces de Wikipedia, comprometeos aún más cuando os expreséis en nombre propio fuera de la wiki, para atraer a quien todavía no sabe que puede estar interesado en los argumentos a los que habéis contribuido.
  • Cread un sito web que diga todo sobre vosotros, sin conformaros con los modelos standard disponibles en las redes sociales.
  • De vez en cuando, publicad un video cuya realización os haya llevado unas cien veces el tiempo necesario para verlo.
  • Escribid en cualquier blog un post que os haya ocupado semanas de reflexión antes de que hayáis advertido la necesidad de compartirlo.
  • Si usáis Twitter, innovad buscando expresar lo que sucede en vuestro interior antes que describir banales eventos exteriores, para evitar el riesgo solapado de creer que los eventos descritos objetivamente os definen como definirían una maquina[7].

 

En estos cinco puntos se da un conjunto de comportamientos que podrían reequilibrar el sentido de superficialidad y banalidad que revisten muchos de los contenidos compartidos en Internet y en las redes sociales. Una deontología de este tipo no se improvisa, sino que es fruto de reflexiones y análisis de lo que está sucediendo en las redes. Y es precisamente a partir del análisis de los comportamientos de los usuarios en la red como Lanier nos pone en guardia frente a una esclavitud sutil que la red puede provocar:

 

Se me encoge el corazón cuando hablo con jóvenes llenos de vida que idolatran a los iconos de la nueva ideología digital […] Me impresiona siempre el estrés infinito al que se someten. Deben gestionar sin descanso su reputación on line, evitando el ojo maligno y omnisciente de la mente- colmena que puede detenerse sin previo aviso sobre cualquiera. Un joven de la «generación Facebook» que sufre una humillación imprevista on line no tiene vía de escape, porque la colmena es un ente único[8].

 

La “mente colmena” es de hecho esta interconexión de inteligencias que puede actuar de modo positivo y cooperativo, pero que también puede resbalar hacia actitudes de presión psicológica impidiendo la autonomía de crítica y pensamiento, o incluso degenerar en actitudes dañinas como el bulling o el racismo.

Podemos concebir también la red como un gran organismo viviente que sigue buscando su vocación y su forma. Como todos los organismos, está sujeta a ataques virales que ponen en peligro el funcionamiento mismo de la red, pero también esta apoyada por un ejército de elementos positivos que intentan curarla y defenderla, enderezarla al servicio de la democracia, del crecimiento social, de la promoción de los derechos al conocimiento y a la instrucción.

Para la Iglesia vivir en la red no es más difícil que viver los desafíos de la vida cotidiana, aunque la red puede crear la ilusión de que todo sea más fácil y a distancia de un click. Si puede ser fácil, casi banal, compartir un artículo, una pieza musical, una foto, cuando se trata de compartir la fe, el sentido profundo de la relación con Dios y con los hermanos, las cosas se complican y no tanto a nivel técnico como a nivel del grado de verdad de la experiencia y de las relaciones: también en la red es necesario ganarse la estima y la confianza. Cuando llegan preguntas complicadas sobre la justicia, el trabajo, sobre los derechos de los gays, sobre el testamento biológico, sobre el aborto y sobre otros temas candentes, no se pueden decir banalidades, y menos áun proceder a golpe de derecho canónico.

La red puede ser el lugar apropiado, gracias a su comunicación directa, para iniciar el diálogo sobre estos temas, permitiendo un tipo de relación menos comprometida de la que se da cara a cara. El objetivo, pues, es llegar al encuentro y al diálogo creando un círculo virtuoso entre comunicación en red y comunicación interpersonal y de grupo.

Para hacer esto, hará falta adquirir algunos conocimientos básicos de la comunicación en la red. No se podrá prescindir del conocimiento de los lenguajes de la comunicación y de lo que se puede obtener con un lenguaje mejor que con otro. Una cosa es hacer un programa radiofónico religioso; otra, hacer un video religioso; y otra distinta es pensar una acción evangelizadora en red. Si la premisa para cualquier programa de evangelización debe ser la complementariedad de los lenguajes y la pluralidad de las intervenciones, también es cierto que la acción pastoral y evangelizadora en red es reciente, y no está del todo claro cómo estructurarla. Un programa en video tiene un inicio y un final; un encuentro de grupos tiene una sede específica y un número de participantes definido; un encuentro de catequesis tiene una estructura precisa. Sin embargo, en la red se entra en un flujo comunicativo continuo, las relaciones se expanden numéricamente y territorialmente, las lógicas de la comunicación se desvinculan, auqnue no sea del todo, de las estructuras jerárquicas e institucionales. Si no se tiene consciencia de estos y otros muchos aspectos, se corre el peligro de asumir comportamientos equivocados.

Detengámonos en otra característica importante de la red: la participación. En la vida diaria, participar es un acto de gran importancia para el crecimiento de las personas: quiere decir asumir responsabilidades precisas, ponerse en juego en primera persona, expresar las propias convicciones y colaborar con otros en la realización de ideas, proyectos, ideales, y todo lo demás que se comparte. En estos últimos diez años, aplicaciones como los blogs y las redes sociales se han convertido en lugares de participación y de comunicación para muchísima gente. Todavía las plataformas de redes sociales no animan a los usuarios a participar en sentido cooperativo y responsable; suelen limitarse a registrar el flujo de comunicaciones personales, de desahogos instantáneos, de pensamientos en alta voz que la gente vierte en la “plaza” de la red. En lo que se refiere a la participación hay otro lado seductor de la red, incluido en su ser global. Cada uno sabe – consciente o inconscientemente – que lo que dice, pone, postea y escribe en red, no sólo permanece, sino que tiene un público (al menos potencialmente) mundial. En este sentido, también el que declara publicar en red para sí mismo, en realidad lo hace sabiendo que centenares de millones de personas podrían leer lo que escribe, o ver lo que ha producido. Plataformas como Twitter, que permiten seguir a otras personas o ser seguidos, realizan contemporáneamente el deseo de ser jefe de una banda o seguidor. Por una parte se debe ser consciente de estas lógica, y por otro lado es necesario asumir e inventar otras actitudes en consonancia y en coherencia con nuestro ser cristianos. Por lo que respecta a la red, creo que la actitud justa es la sugerida por el encuentro de los discípulos de Emaús.

 

  1. Jesús y los discípulos de Emaús: educar haciendo camino

           

Reflexionando sobre el encuentro de Emaús, se encuentran muchas analogías con la situación existencial de la Iglesia de hoy. Dos discípulos, desilusionados y acobardados por el fracaso sufrido por Jesús, se alejan de Jerusalén. Aquel en quien habían creído ha muerto, sus enemigos han vencido. Al comienzo de esta reflexión hemos hablado de una Iglesia no derrotada, pero sí preocupada, que se siente marginada, que constata cómo la Palabra que anuncia no incide en la vida de las personas. A la comunidad cristiana le cuesta trabajo salir a las calles para encarnar el Evangelio. La dictadura económica ha reducido un poco a todos al papel de consumidores, homologando a todos como adoradores de “Mammona”. También nosotros estamos caminando con el corazón encogido, bajo el peso de múltiples perplejidades.

Mientras los discípulos caminan y discuten entre ellos, Jesús se acerca y comienza a caminar con ellos. Es precisamente en este gesto de acercarse al que camina donde me parece ver el modelo para aproximarse a la red. No es éste un tiempo para esperar a la gente en la iglesia, es tiempo para encontrarla en la calle, y poco importa si esta calle es informática; dondequiera que haya alguien con el “corazón” preocupado, allí es donde se dede anunciar la esperanza. La invitación del papa Francisco a su Iglesia a volver a las calles se inserta perfectamente en la lógica de este encuentro y de esta propuesta.

Como sucede en la vida, hay momentos en los que no sabemos reconocer la presencia del Señor. En el encuentro con los dos discípulos se afirma que “sus ojos eran incapaces de verlo” (Lc 24,16). Muchas personas hoy tiene los ojos hinchados por las preocupaciones. Jesús no se preocupa por esta incapacidad, porque el tiempo de ser reconocidos no es el tiempo del encuentro, será el de estar juntos y el de partir el pan. La Iglesia no debería preocuparse tanto de ser reconocida y de arrancar consensos, sino más bien de ser sentida cercana, como una presencia amiga.

Jesús no comienza en seguida a hablar, sino que antes quiere oír qué discursos hacen, qué es lo que les aflige. Se da cuenta de que sus rostros están tristes, que las esperanzas que tenían se han desvanecido; incluso el relato de la resurreción hecho por las mujeres les ha parecido increíble. La gente tiene necesidad de hablar de los problemas que les afligen y la Iglesia debería ser maestra y madre en la escucha. En la sociedad de la comunicación hipertecnológica y digital estamos multiplicando las fuentes de información; todos queremos hablar, pero siempre son menos los que saben ponserse a la escucha.

Sólo déspués de haberles escuchado, Jesús amablemente los llama “torpes y lentos de corazón”, y con la fuerza de la narración y del conocimiento de las Escrituras les ayuda a completar juntos el puzzle experiencial de sus vidas. Muchas personas hoy tienen la sensación de estar confusas, fragmentadas, no se atreven a ver la imagen entera, están encerradas en su pequeño mundo. Necesitan que alguien les ayude y les enseñe a leer entre líneas, que les ayude a mirar a lo alto, a levantar la cabeza y encontrar de nuevo la fuerza de la esperanza.

Mientras se acerca a la aldea adonde se dirigen, Jesús parece querer proseguir. Sólo ante la insistencia de los dos, Jesús se queda con ellos. La presencia de Jesús es discreta, no se impone. Jesús no se aprovecha de la debilidad de las personas, sino que espera al menos hasta que le pidan que se quede. La compañía no se puede imponer, sino sólo proponer, y ha de ser acogida.

Estamos en el corazón del encuentro. Una vez dentro de la posada, Jesús y los discípulos se sientan a la mesa, y Él recita la bendición y parte el pan para ellos: este gesto les abre los ojos. Y en el momento en que le reconocen, Jesús desaparece de su vista. Pero en ambos discípulos esto no genera malestar: ahora saben que Jesús está vivo, que no se ha perdido nada de lo que ellos esperaban. He aquí una gran lección educativa para todos. El acompañante no debe hacer de “barrera quitamiedos” viviente. Ha de acompañar a las personas hasta el momento en que éstas llegan a comprender y a ponerse en pie por sí mismos. Una vez que los discípulos toman conciencia de lo que ha ocurrido, releen toda la experiencia del viaje como una preparación para el momento del encuentro. Rregresan a Jerusalén, a pesar de que ya es de noche: corren a compartir la alegría con los otros.

Esto encuentro ofrece todos los elementos que deberían caracterizar “el estar en red” de la Iglesia. Acercarse, caminar, escuchar, educar, para llegar – si es invitada –  a compartir y partir juntos el pan. Ese será el momento de emprender de nuevo el camino, porque siempre hay alguien que necesita encontrar un compañero de viaje.

 

  1. Reflexiones conclusivas

 

Se nos podrá preguntar cuál es el sentido de esta reflexión y cómo puede ayudar en la práctica a planificar un proyecto de evangelización en red.

Creo que la preparación tecnológica – conocimientos informáticos, elección de plataformas, estructuración de portales o sitios, redes sociales o blogs, menús, forums, y todo lo demás que la red ofrece hoy – aún siendo importante, no es el problema principal. Dentro de la comunidad cristiana hay expertos informáticos que se alegrarán de poner a disposición sus competencias. El verdadero problema, como he intentato hacer ver, es doble:

 

  1. a) Por una parte, ha de darse la actitud correcta que busca asumir y salvar como en el encuentro de los discípulos de Emaús se nos presenta;

 

  1. b) Por otra parte, y ésta es quizá la más difícil, debemos ponernos nosotros mismos en camino para elaborar respuestas plausibles a los grandes problemas que el ser humano debe afrontar hoy. No disponemos de soluciones o atajos: nos proponemos como companeros de viaje, en permanente escucha del Maestro.

 

No se trata, por tanto, de comprometernos a presentar una bella imagen digital de Iglesia. El verdadero reto es otro. A los jóvenes que deben afrontar el paro, la precariedad, la dificultad de crear una familia o la propia diversidad sexual, a los que tienen el problema de la droga o de otras dependencias, a los que les cuesta insertarse en la sociedad, ¿qué podemos de decirles que merezca su atención?

El compromiso por establecer relaciones en red, si se toma con seriedad, no es de calidad inferior al de la relación interpersonal cara a cara. En la tradición salesiana se sabe bien qué quiere decir “estar en el patio” con los jóvenes. El tiempo y el esfuerzo por escuchar sus pequeños y grandes problemas es una misión comprometida e indispensable para el educador. Y es precisamente esto lo que hace falta hoy: adultos que seapan escuchar a los jóvenes; adultos creíbles, honestos, que sepan confiar a los jóvenes las responsabilidades apropiadas, ayudándoles así a madurar.

La Iglesia tiene gran experiencia en la construcción de redes sociales, basta pensar en las parroquias, en los oratorios, en los centros juveniles, en el voluntariado, en las asociaciones, en las órdenes y en las familias religiosas. Se debe reemprender en nuevos contextos ese mismo trabajo, como subrayaba el entonces arzoibispo de Buenos Aires, Bergoglio: debemos buscar

 

[…] el contacto con las familias que no frecuentan la parroquia. En vez de ser sólo una Iglesia que acoge y que recibe, tratemos de ser una Iglesia que sale de sí misma y va hacia los hombres y las mujeres que no la frecuentan, que no la conocen, que se han ido, que son indiferentes. Organicemos misiones en las plazas públicas, en las que se reúna mucha gente: recemos, celebremos la misa, propongamos el bautismo que administraremos tras una breve preparación. Es el estilo de las parroquias y de la diócesis misma. Además de eso, busquemos también llegar a las personas alejadas a través de los medios digitales, la web y los mensajes breves[9].

 

Queda sólo resaltar un último aspecto que forma parte del modo en que hoy funcionan los medios, en particular la red. El apunte lo tomo ahora del papa Francisco. Su modo sencillo y natural de comportarse ha sido inmediatamente captado y narrado por todas las redes. La extraordinaria sencillez de los gestos, precisamente porque son percibidos como veraces y auténticos por quien los contemplan, son difundidos inmediatamente por todo el mundo. Esto confirma que cuando la Iglesia es veraz y viva, la buena noticia se difunde.

 

Fabio Pasqualetti

16 de abril de 2013

 

[1] BENEDICTO XVI, Redes Sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización, Mensaje del Santo Padre para la XLVII jornadaa mundial de las comunicaciones sociales, (12.05.2013) en http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/communications/documents/hf_ben-vi_mes_20130124_47th-world-communications-day_sp.html, (02.04.2013), 1.

[2] Georg SPORSCHILL SJ – Federica RADICE FOSSATI CONFALONIERI, L’addio a Martini, L’ultima intervista, 12.09.2012, enhttp://www.corriere.it/cronache/12_settembre_02/le-parole-ultima-intervista_cdb2993e-f50b-11e1-9f30-3ee01883d8dd.shtml, (24.02.2013), 1.

[3] Cf. Zygmunt BAUMAN, Homo consumens. Lo sciame inquieto dei conquistatori e la miseria degli esclusi, Gardolo (TN), Erickson, 2007, 8 (Versión española: Vida de consumo, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2007).

[4] Andrea TORNIELLI, Carrierismo e vanità, peccati nella Chiesa, Entrevista a Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires; el artícolo comenta los trabajos del Concistorio y las palabras del Pontífice: (14.03.2013), en http://vaticaninsider.lastampa.it/inchieste-ed-interviste/dettaglio-articolo/articolo/america-latina-latin-america-america-latina-12945/, (10.04.2013), 1.

[5] Piotr CZERSKI, Cresciuti con la rete, en “Internazionale” 940 (16.03.2012), 96. El artículo se publicó en inglés en Atlantic, con el título We, the web kids.

[6] Adriano ARDOVINO – Maurizio FERRARIS, Filosofia del web, en Dialoghi, en MicroMega, 2/2012, 171.

[7] Jaron LANIER, Tu non sei un gadget. Perché dobbiamo evitare che la cultura digitale si impadronisca delle nostre vite, Milano, Mondadori, 2010, 30.

[8] LANIER, Tu non sei un gadget, 95.

[9] Andrea TORNIELLI, Carrierismo e vanità, peccati nella Chiesa, 1.

Misión Joven. Número 437. Junio 2013