¿SE PUEDE CONTAR CON LOS JÓVENES?

HISTORIA Y SENTIDO DE LAS JORNADAS MUNDIALES DE LA JUVENTUD

Angel Luis Caballero

Párroco de Hoyo de Manzanares (Madrid)

Responsable de la Pastoral de Bachillerato del Colegio Peñalar en Torrelodones (Madrid)

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

El autor, en el artículo, hace un recorrido histórico a las Jornadas Mundiales de la Juventud subrayando la peculiar relación que Juan Pablo II conseguía tener con los jóvenes. “La finalidad principal de las Jornadas es la de colocar a Jesucristo en el centro de la fe y de la vida de cada joven, para que sea el punto de referencia constante y la luz verdadera de cada iniciativa y de toda tarea educativa de las nuevas generaciones”. El autor hace sugerentes reflexiones sobre la relación entre la JMJ y la Pastoral Juvenil.

 

Estamos acostumbrados a oír en nuestras comunidades cristianas expresiones como “¿dónde están los jóvenes?”, “cada vez hay menos jóvenes”, “no se cuenta con los jóvenes”, etc. En la misión evangelizadora de la Iglesia, los jóvenes se han convertido en el sector pastoral más importante y que más está dando que hablar en nuestros días. En medio de esta situación, se han instaurado las Jornadas Mundiales de la Juventud, un medio pastoral sin igual que ha recibido la acogida entusiasta y fiel de millones de jóvenes cristianos de todo el mundo. Dos sujetos protagonizan el nacimiento de este proyecto pastoral mundial: los jóvenes y el Papa.

 

  1. Los jóvenes, “semilla” de la JMJ

A principios de los años 80, en una calle lateral, aparentemente insignificante, que está ubicada muy cerca de la plaza de San Pedro en Roma, acudían entonces regularmente algunos jóvenes para rezar y debatir juntos. El obispo alemán Paul-Josef Cordes, Vice-presidente del Pontificio Consejo para los Laicos en ese momento, que pasaba habitualmente por esta calle, se fue sumando paulatinamente a participar en este grupo. Mons. Cordes informó a Juan Pablo II de estos encuentros; en el diálogo de aprendizaje mutuo entre este pastor y los jóvenes fue naciendo una idea ya, en la iglesia de San Lorenzo in Piscibus.

Durante el Jubileo extraordinario de la Redención (1983/84), a propuesta de los jóvenes, se organizaron también algunas actividades para la juventud. En San Lorenzo, los jóvenes y el obispo Cordes, reflexionaron entonces sobre la manera de convertir este encuentro único en un evento duradero. Así, el Domingo de Ramos de 1984 más de 300.000 jóvenes de todo el mundo respondieron a la invitación del Papa al “Jubileo Internacional de la Juventud” en la plaza de San Pedro de Roma. El alojamiento de tal “avalancha” de jóvenes representaba un gran desafío: mientras que la ciudad de Roma prohibió la construcción provisional de una tienda enorme para acoger a los invitados, 6.000 familias se declararon espontáneamente dispuestas a alojarlos en sus casas. Fue una experiencia enriquecedora en la que los jóvenes tuvieron la ocasión de entrevistarse con muchos obispos y con personalidades como la madre Teresa de Calcuta y el Hermano Roger, fundador de la comunidad de Taizé. Rezaron el vía crucis en el Coliseo y el encuentro concluyó con la celebración de la Eucaristía en la plaza de San Pedro.

 

  1. El Papa, “labrador” de la JMJ

El encuentro tuvo una acogida impresionante y en vísperas del Domingo de Ramos el Papa dijo a los jóvenes: «¡Qué espectáculo magnífico el que ofrece su asamblea en este escenario! ¿Quién afirmó que la juventud actual ya no tiene interés en los valores? ¿Es verdad que uno ya no puede contar con ella?» El año anterior, Juan Pablo II había entregado a los jóvenes de todo el mundo una cruz de madera que más tarde se llamaría la “Cruz de los jóvenes”, la “Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud”, con la misión de «llevarla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y de anunciar a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención»[1].Unos cuantos representantes de los jóvenes de este grupo de San Lorenzo de Roma fueron los primeros que recibieron la Cruz.

La cuestión de si uno, de verdad, ya no podía contar con los jóvenes, impulsó al Papa a ocuparse personalmente del asunto para que este encuentro con la juventud no fuera el único. Sí, se podía contar con los jóvenes. En esta reflexión estaba acompañado por los jóvenes de San Lorenzo y el Consejo Pontificio para los Laicos.

El “Año internacional de la Juventud”, declarado por las Naciones Unidas (1985), fue la oportunidad para tener otro encuentro de la juventud del mundo con el Papa. Esta vez, más de 250.000 jóvenes respondieron a la invitación para desplazarse el Domingo de Ramos a Roma. Como fondo de este encuentro, Juan Pablo II publicó, el 31 de marzo de 1985, una carta a la juventud en la que destacó la responsabilidad de todas las generaciones para el futuro: «De esa actualidad, de su forma múltiple y de su perfil son responsables ante todo los adultos. A vosotros os corresponde la responsabilidad de lo que un día se convertirá en actualidad junto con vosotros y que ahora es todavía futuro.»

Ya no podía parar el camino de diálogo formativo, celebrativo y vivencial que se había iniciado en la Iglesia entre los jóvenes, los obispos y el Papa. Juan Pablo II, consciente de la importancia y necesidad de ello, apostó por los jóvenes y dio un paso más anunciando, una semana después, la instauración de las Jornadas Mundiales de la Juventud: «El domingo pasado encontré a centenares de miles de jóvenes y la imagen festiva de su entusiasmo ha quedado profundamente grabada en mi alma. Mi deseo de repetir esta experiencia maravillosa en los años venideros y de crear de esta forma un encuentro internacional de la juventud el Domingo de Ramos corresponde a mi convicción de que la juventud se enfrenta a una misión a la vez difícil y fascinante: la de cambiar los mecanismos fundamentales que fomentan el egoísmo y la opresión en las relaciones entre los Estados y de sentar nuevas estructuras orientadas hacia la verdad, la solidaridad y la paz.»[2]. «Este encuentro (del Domingo de Ramos) tiene la bendición especial del Señor de manera que en los años venideros habrá que celebrar la Jornada Mundial de la Juventud el Domingo de Ramos y esto en cooperación con el Consejo para los Laicos»[3].

La Iglesia llevaba ya veinte años de camino desde la clausura del Concilio Vaticano II, que llamó a los jóvenes «esperanza de la Iglesia». Era la hora de superar el recelo con que se miraba a los jóvenes en la Iglesia. Esta se tenía que mostrar como la verdadera juventud del mundo, como la que posee la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse gratuitamente, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas.

 

  1. «Momento de pausa» en el camino de la fe

La JMJ nace del deseo de ofrecer a los jóvenes significativos «momentos de pausa» en la constante peregrinación de la fe. La propuesta de este momento a los jóvenes es un encuentro con los coetáneos de otros Países, en la pluriformidad de ellos y de la Iglesia, donde también se produce el intercambio de las propias experiencias.

La finalidad principal de las Jornadas es la de colocar a Jesucristo en el centro de la fe y de la vida de cada joven, para que sea el punto de referencia constante y la luz verdadera de cada iniciativa y de toda tarea educativa de las nuevas generaciones. Es una convocatoria “ex fide ad fidem”, con vistas a una plena acogida de la fe en el Dios de Jesucristo, según el anuncio de la Iglesia, para una maduración de esta en aquellos que ya creen y un detonante para la iniciación en aquellos a quienes el Espíritu del Señor está buscando y llamando. Otros objetivos, aunque están presentes en el acontecimiento, son secundarios e instrumentales.

«Por este motivo los jóvenes son invitados periódicamente a hacerse peregrinos por los caminos del mundo. En ellos la Iglesia se ve a sí misma y su misión entre los hijos de los hombres; con ellos acoge los desafíos del futuro, consciente de que toda la humanidad necesita una renovada juventud del espíritu. Esta peregrinación del pueblo joven construye puentes de fraternidad y de esperanza entre los continentes, los pueblos y las culturas. Es un camino siempre en movimiento. Como la vida. Como la juventud»[4].

Realmente, en nuestra sociedad del estrés, del más rápido todavía, de las nuevas sensaciones, del “bombardeo” de actividades, de las redes sociales y del vértigo del relativismo existencial, los jóvenes necesitan un momento en el que, estando juntos, pueden interrogarse sobre las aspiraciones más profundas, experimentar la comunión con la Iglesia, comprometerse con la urgente tarea de la nueva evangelización.

Las distintas partes de que consta una Jornada Mundial constituyen en su globalidad una forma de vasta catequesis, un anuncio del camino de conversión a Cristo, a partir de la experiencia y de los interrogantes profundos de la vida cotidiana de los destinatarios. La Palabra de Dios es el centro; la reflexión catequética, el instrumento; la oración, el alimento; la comunicación y el diálogo, el estilo. En una Jornada Mundial, el joven puede vivir una fuerte experiencia de fe y de comunión que le ayudará a afrontar las preguntas más profundas de la existencia y a asumir responsablemente el propio lugar en la sociedad y en la comunidad eclesial.

 

  1. Un acontecimiento dentro del itinerario normal de la fe

La Jornada Mundial de la Juventud constituye la jornada de la Iglesia para los jóvenes y con los jóvenes. En la pastoral de jóvenes, es necesario escuchar a los jóvenes y enseñarles, lo que exige atención, tiempo y sabiduría por parte de los pastores y los agentes de pastoral. Así lo entendió Juan Pablo II y, como Pastor de la Iglesia universal (Católica), fue configurando su plan pastoral, proponiendo la JMJ como un medio para realizarlo.

La propuesta de la JMJ no es una alternativa a la pastoral juvenil ordinaria, frecuentemente realizada con gran sacrificio y abnegación por todos nosotros. Más bien quiere fortalecerla ofreciéndole nuevos estímulos de compromiso, metas cada vez más significativas y participativas. Tendiendo a suscitar una mayor acción apostólica entre los jóvenes. No quiere aislarlos del resto de la comunidad, sino hacerlos protagonistas de un apostolado que contagie a las otras edades y situaciones de vida en el ámbito de la nueva «evangelización».

El Papa no pretende sustituir las actividades pastorales de las comunidades juveniles, grupos de fe, parroquias o movimientos. Tampoco pretende multiplicar las propuestas de forma paralela ni realizar una pastoral alternativa o desplazar nuestros proyectos pastorales. Las JMJ son una propuesta para integrarlas como un acontecimiento que, dentro de los itinerarios normales de educación a la fe que llevamos a cabo con los chavales, sea una manifestación privilegiada de la atención y de la confianza que toda la Iglesia siente por los jóvenes.

En algunos sectores de la pastoral de juventud española, las JMJ son observadas con desconfianza y consideradas una amenaza que puede despersonalizar a los grupos de referencia de jóvenes en las parroquias, movimientos, congregaciones y asociaciones. Se las considera como una propuesta pastoral de masas que fomenta la superficialidad espiritual y el “borreguismo”. Creo que estos temores están causados por el desconocimiento y la falta de visión de conjunto en la misión evangelizadora de la Iglesia. Con el paso de los años, se ha demostrado que las JMJ no son ritos convencionales, sino acontecimientos providenciales, ocasiones para que los jóvenes profesen y proclamen, cada vez con más fondo y alegría, su fe en Cristo. Es una gran aventura de la fe joven, algo parecido a un Pentecostés renovado, y no a una genérica vivencia religiosa que se limite a producir sensaciones y a mover sentimientos (“papaboys”).

En la pastoral de juventud de la Iglesia, podríamos decir en un cierto sentido que las JMJ se parecen a un iceberg: la pequeña punta que emerge del agua es la celebración – la de Denver, la de Sydney, la de Madrid… – pero la gran parte que sostiene esta punta fascinante, la base escondida de cada Jornada Mundial de la Juventud, la constituyen los agentes de pastoral de juventud en nuestras iglesias locales, en nuestros movimientos y asociaciones. Esta es una tarea fundamental. Cuanto más invirtamos en el fundamento de esta base, más frutos y efectos pastorales podremos obtener. No dudemos en emplear nuestros mejores recursos, nuestro espíritu, nuestra inteligencia, nuestra fantasía misionera, en este trabajo nuestro tan importante. Aquí se oculta el secreto más profundo y decisivo del éxito de cada Jornada Mundial de la Juventud. Constituye un reto y es tarea de los responsables de la pastoral de juventud colocar las JMJ en el lugar que les corresponde, dentro del proyecto pastoral de jóvenes para la realidad concreta que se quiere evangelizar, y servirse de ellas cada vez con más generosidad y creatividad.

 

  1. El recorrido de las JMJ

El entusiasmo, la disponibilidad y la desbordante energía

Las JMJ son convocadas por el Papa todos los años, unas con carácter diocesano y otras con carácter internacional en una diócesis del mundo. Esta es su dimensión espacial fruto de la catolicidad de la Iglesia y universalidad del Evangelio. En el comienzo, se alternaban cada año. La primera JMJ fue de carácter diocesano en Roma.

Los jóvenes volvían a responder con entusiasmo, disponibilidad y desbordante energía a esta invitación de la Iglesia para encontrarse en el Domingo de Ramos de 1986 en la plaza se San Juan de Letrán. Como en todo lo que se inicia, quedaba mucho todavía por andar, pero trescientos mil jóvenes de sesenta países comenzaban el camino: «Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1Pt 3,15).

 

Fuera de Roma

Al año siguiente, la convocatoria era por primera vez fuera de Roma, al otro lado del Atlántico y en el Hemisferio Sur. El reto que lanza el Pastor es el de encontrarse en los lugares del planeta más dispares donde llega la predicación del Evangelio de Jesús que es también presencia de la iglesia joven. Es una Jornada internacional que se celebra en la ciudad de Buenos Aires, con una América latina -especialmente los jóvenes argentinos- volcada en organizar y compartir esta experiencia con el Papa: se dieron cita allí más de un millón de jóvenes. El tema escogido fue: «Hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene» (1Jn 4,16).

 

De nuevo, se renovó la invitación a ir implantando esta experiencia a nivel de las iglesias locales en el siguiente año con la tercera JMJ; el tema propuesto: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).

 

Se estructura la iniciativa

El lugar escogido para la IV JMJ, otra vez con carácter internacional, es la tumba del Apóstol Santiago, uno de los tres puntos más importantes de peregrinación de la historia del cristianismo. El tema escogido será: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Aunque con menor número de participantes (medio millón de sesenta países)[5], la JMJ da un paso más en Santiago de Compostela, empezando a elaborarse la estructura básica de eventos que ha llegado hasta nuestros días: semana previa, Vigilia de oración y Eucaristía de envío de los jóvenes del mundo. La aportación del Camino de Santiago, las catequesis en plazas e iglesias de Santiago y mesas redondas de la semana previa propiciaban una honda preparación y sentido de Iglesia a los participantes.

También, Santiago es la primera JMJ que no se celebra el Domingo de Ramos, sino en el verano, lo que facilita la realización de multiplicidad de actividades; y también la primera en que se escogió para la gran vigilia y la Eucaristía de envío un lugar a las afueras de la ciudad, preparado especialmente para el acontecimiento: el Monte del Gozo.

Continúa este camino al año siguiente con el tema: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15,5).

 

Tras la caída del Muro

La de Czestochowa, en Polonia, es la Jornada Mundial de la Iglesia con los jóvenes que derriba muros y supera fronteras. Tras la caída del Muro de Berlín, es la primera JMJ que podemos vivir con los jóvenes de los países del bloque soviético en un país, golpeado por los nazis y los comunistas, ahora libre. El tema propuesto para esta VI Jornada fue: «Habéis recibido un espíritu de hijos» (Rm 8,15). Este es el encuentro de los jóvenes de los dos “ex-bloques” hostiles en el que comprobamos que los jóvenes participantes en las JMJ se van implicando, desde su pertenencia a la Iglesia, en la tarea de contribuir a la “globalización” de la justicia, de la solidaridad, de la paz, con la opción privilegiada por los pobres y oprimidos. Son las nuevas generaciones por las que apuesta la Iglesia para que construyan una «civilización del amor».

Nunca antes se había convocado este encuentro en un santuario mariano. El Papa y los jóvenes – muy unidos a la Virgen María – acudían a mostrar su amor y agradecimiento a Ella por los acontecimientos históricos esperanzadores que estaban viviendo.

La VII JMJ, de carácter diocesano, con el tema «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio» (Mc 16,15), nos sirvió de enlace con la de Denver (1993) en Estados Unidos donde las palabras de Jesús, «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10), resonaron con fuerza en una gran metrópoli urbana de la mano de medio millón de jóvenes presentes en el acontecimiento. El Papa y los jóvenes son conscientes de que en todos los lugares donde habitan los hombres, también las ciudades modernas como Buenos Aires, Denver o Madrid, son espacios donde se debe dar testimonio de Cristo.

No somos tan pocos

Manila, en 1995, pasa a la historia como la Jornada Mundial con mayor número de participantes, alrededor de cuatro millones, aunque es cierto que la gran mayoría de ellos eran filipinos. El Papa estaba por primera vez con los jóvenes en Asia y había sugerido como tema de preparación, tanto en la previa diocesana como en esta internacional, la misión del Señor a los Apóstoles: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,21). Sorprendió gozosamente la vitalidad de la Iglesia entre los jóvenes, especialmente en el continente asiático y ya era indiscutible el impacto masivo de la JMJ como “herramienta pastoral” para la «nueva evangelización». Hay que tener en cuenta que nunca se habían reunido tantas, tantísimas personas en torno al sucesor de Pedro.

Una vez más, al año siguiente, la Jornada Mundial celebrada en las diócesis con el tema «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), nos sirve a los grupos de origen en nuestra vida diaria de fe como puente hacia el siguiente encuentro internacional en París.

Francia había sido azotada fuertemente por la secularización y a la mayoría de los obispos y sacerdotes franceses les costó ver en este evento una oportunidad para revitalizar la tarea evangelizadora, especialmente entre los jóvenes. Es curioso cómo, cuando nuestros proyectos y esfuerzos pastorales no tienen frutos inmediatos o dan muy pocos, el pesimismo y la desconfianza en la fuerza de la Palabra de Dios y en el Espíritu que nos impulsa puede a veces embargarnos y apoderarse de nosotros; viendo los carteles que los organizadores habían colocado en el metro de París, se percibía que esperaban una tímida y escasa repercusión del evento entre los jóvenes franceses. Y la realidad fue que se vieron desbordados al cuadruplicarse las expectativas: un millón doscientos mil participantes.

En esta JMJ, Juan Pablo II recordó a Europa que alejarse de las raíces cristianas es alejarse de sus raíces y con los jóvenes se reflexionaba sobre si habría que volver a cristianizar Europa. El tema propuesto: «Maestro ¿dónde vives? Venid y veréis» (Jn 1,38-39).

Además, como novedad en esta Jornada se introdujeron dos elementos: por un lado, la parte de lo que ahora conocemos como “Diócesis previas”; una iniciativa que antepuso a la semana del encuentro unos días de convivencia, oración y fiesta en las diferentes comunidades locales de las diócesis francesas; por otro, el Vía Crucis con la Cruz de las JMJ. El programa, que en sus inicios duraba uno o dos días, se había ido alargando progresivamente hasta alcanzar los diez días.

En 1997 el Papa “de los jóvenes” se ve anciano y en el ángelus, después de la Eucaristía que clausura la JMJ, da un testimonio humano y creyente de esperanza cristiana al anunciar la sede de la próxima Jornada Mundial con carácter internacional[6]. Una muestra más entre las muchas, del compromiso y entrega auténticos de este Pastor[7], con el programa de las JMJ, al acompañamiento de los jóvenes en la peregrinación de fe, en el viaje que realizan respondiendo a la gracia de Dios que actúa en sus corazones.

Así continuará en las dos sucesivos años con los temas «El Espíritu Santo os lo enseñará todo» (Jn 14,26) y «El Padre os ama» (Jn 16,27), que prepararán el “Jubileo de los Jóvenes” del 2000.

 

La universalidad de la Iglesia

«La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). El sucesor de Pedro, testigo y apóstol de ello, obtuvo de la providencia el regalo de vivir esta invasión pacífica y alegre de la Ciudad Eterna por más de dos millones de jóvenes provenientes de ciento sesenta países. La entrada del nuevo milenio alumbró una nueva generación de jóvenes cristianos dispuesta a renovar su fe, a unir la exigencia de un claro testimonio de vida con el anuncio explícito de Cristo. Era impresionante el ambiente de las calles romanas con riadas de jóvenes que cantaban, conversaban y llenaban todo de color con las banderas de sus países de procedencia.

Compartiendo lo vivido con los universitarios de mi parroquia de Las Rozas (Madrid) que participaron, manifestaban que estaban impactados porque nunca habían visto, tenido contacto o conocido y compartido su fe con tantos jóvenes de razas, lenguas, culturas y procedencias tan dispares. Ellos me comentaban que habían vuelto con la mente y el corazón mucho más abiertos, que habían descubierto la belleza de la Iglesia en su pluralidad de espiritualidades y formas de vivir su fe joven. En sus experiencias, en las catequesis, actividades y celebraciones habían comprobado lo que tenían en común con personas de otros pueblos y continentes. Me contaban, con toda naturalidad, que en algunos momentos dejaba de ser un obstáculo el idioma y parecía que todos hablaban el mismo. Al regresar a la vida cotidiana, sentían que había crecido su fidelidad y pertenencia a la comunidad cristiana, a la parroquia, a su grupo de jóvenes. Se habían encontrado en este tiempo especial con la presencia de Jesús, el Señor, entre ellos.

También los sacerdotes y agentes de pastoral de jóvenes que caminamos junto con los chavales salimos “tocados” por todo lo compartido con ellos y, especialmente, de la gran Vigilia de oración en Tor Vergata del sábado por la noche en la que todos fuimos “uno” y que concluyó con la explosión de júbilo del Papa y de todos los que estábamos allí compartiendo la oración. El Papa, en el amanecer del tercer milenio, ve en los jóvenes a los “centinelas de la mañana” (Cf. Is 21, 11-12).

El tema propuesto para el siguiente año, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9,23), ayudaba a Elena, Adrián, Alba, Carlos, y los demás chicos de la parroquia, a aterrizar en la vida cotidiana y a revisar, en sus respectivos procesos de fe, los compromisos que habían tomado el año anterior en la Jornada del Jubileo.

Toronto 2002 consolidaba el esquema de la Jornada Mundial de la Juventud con todos los progresos que había aportado al proyecto la experiencia de las dieciséis anteriores. Los jóvenes fielmente acudían a la cita con el impacto de los dos escenarios contrapuestos que habían inaugurado el nuevo milenio: la multitud de peregrinos que habían acudido a Roma durante el gran jubileo y el terrible atentado terrorista de Nueva York. Un Papa enfermo y debilitado físicamente proponía con fortaleza de espíritu como tema de la Jornada: «Vosotros sois la sal de la tierra…Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13-14). Nos encontramos en unas circunstancias y en un contexto histórico mundial en el que las JMJ vuelven a demostrar la gran herramienta pastoral que son para la Iglesia. Los jóvenes, con los que les acompañábamos, encontraban las respuestas a los signos de los tiempos: «Sólo Cristo es la “piedra angular” sobre la que es posible construir sólidamente el edificio de la propia existencia». Se les encomendaba, también a ellos, la difícil tarea de colaborar con Dios en la edificación de la «civilización del amor»[8].

El Domingo de Ramos de 2003, día en que se celebraba la XVIII JMJ con el tema «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27), los jóvenes canadienses al entregar la Cruz de las JMJ a los jóvenes de Alemania, sede del siguiente encuentro Mundial, Juan Pablo II quiso regalar a los jóvenes una copia del icono de María Salus Populi Romani: «A la delegación que ha venido de Alemania le entrego hoy también el icono de María. De ahora en adelante, juntamente con la Cruz, este icono acompañará las Jornadas Mundiales de la Juventud. Será signo de la presencia materna de María junto a los jóvenes, llamados, como el apóstol san Juan, a acogerla en su vida»[9]. Esta copia del icono, cuya versión original es custodiada en la basílica de Santa María la Mayor en Roma, tuvo una figura destacada previamente durante las celebraciones de la JMJ 2000 en Tor Vergata.

 

Continuidad y fortaleza

El Domingo de Ramos del 2004, en las Diócesis, se celebraba la JMJ con el tema de fondo «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Es la última que Juan Pablo II celebraría con los jóvenes romanos; marcharía a la casa del Padre cuatro meses antes de la internacional de Colonia.

En la ciudad de Alemania, donde se venera la tumba de los tres Reyes Magos de Oriente, los jóvenes del mundo se reúnen con el nuevo Papa: Benedicto XVI. Colonia 2005 se convirtió en la Jornada de los dos Papas: Juan Pablo II que eligió la sede y la preparó; y luego Benedicto XVI que la celebró. El nuevo Papa se identificó totalmente con este proyecto mundial de evangelización de los jóvenes que había iniciado su antecesor; recogió el testigo y le dio continuidad fortaleciéndolo con sus palabras y gestos, con su ministerio.

«Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero» (Sal 119, 105) y «Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34), son los temas que iluminaron las celebraciones diocesanas de los dos años siguientes respectivamente.

El progreso revolucionario y dinámico, como los jóvenes, de las JMJ lleva a Benedicto XVI a elegir la ciudad de Sydney, en Australia, para la siguiente cita internacional. Australia es un país-continente bautizado por su descubridor como «Tierra Australia del Espíritu Santo». Por ello, no es de extrañar que se propusiera como tema para esta Jornada: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1,8). Aunque la presencia católica apenas llega allí al 20 % de la población, la respuesta fue impresionante.

En la JMJ, quizás, mejor organizada de la historia, fuimos testigos de las ventajas pastorales que nos ofrecen los avances tecnológicos; los jóvenes que no pudieron acudir al evento lo pudieron seguir desde cualquier punto del planeta a través de Internet; es la primera Jornada que utilizó las redes sociales, lanzó la primera red cristiana mundial de jóvenes (Xt3), posibilitó la inscripción on-line y ofreció en la zona multimedia de su web los videos de los actos centrales, casi en directo. Estamos ya ante un encuentro que cuenta con la participación presencial de jóvenes procedentes de 170 países y de muchos más a través de las nuevas tecnologías.

El año pasado, los jóvenes cristianos de todo el mundo han podido reflexionar en sus comunidades locales el tema escogido para la JMJ: «Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo» (1Tm 4, 10) y en este 2010, el tema de fondo es: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Mc 10, 17).

 

  1. Seguir caminando

A lo largo de estos veinticinco años de Jornadas Mundiales de la Juventud, hemos podido ver la evolución de este magnífico proyecto que mejora año tras año y que tanto está aportando a la pastoral de juventud de la Iglesia Católica. Es cierto que, en el conjunto, no es ni el único medio pastoral ni el mejor. También es cierto que tiene sus luces y sus sombras, como todo. Pero las JMJ se han convertido providencialmente en “catalizadores” de la preocupación pastoral de la Iglesia en favor de las jóvenes generaciones, y desempeñan una importante función de orientación, inspiración y estímulo.

Con cada encuentro internacional vemos cómo este proyecto va cumpliendo sus objetivos y va dando sus frutos en nuestros grupos y en cuanto a la presencia de la Iglesia universal en el mundo de los jóvenes. Las JMJ han logrado también que poco a poco el gran pesimismo que se había apoderado de la pastoral de juventud se haya transformado en ilusión, esperanza y energías renovadas. Juan Pablo II primero, ahora Benedicto XVI y mañana Dios dirá, han conseguido que la expresión joven de fe alegre, vital y contagiosa vivida en las JMJ, con su creciente impacto mediático, se haya canalizado en una fuerza de evangelización de una extraordinaria eficacia.

Con los años, las JMJ se han ido revelando también como un extraordinario observatorio del mundo juvenil a nivel planetario, el cual permite identificar tendencias emergentes entre los jóvenes que difícilmente encuentran un espacio en los medios de comunicación. Gracias al trabajo y testimonio de los agentes de pastoral en sus grupos de referencia que, unidos a las JMJ, han sido capaces de responder a los verdaderos problemas de los jóvenes de nuestro tiempo y a la inquietud más profunda de su corazón, ha nacido una nueva generación de jóvenes capaces de ir contracorriente con respecto a la cultura postmoderna dominante. Se trata de los jóvenes del “sí” a Cristo y a su Iglesia; de jóvenes en búsqueda del verdadero sentido de la vida… Estadísticamente quizá sean una minoría, pero es una “minoría creadora”. Es una de esas minorías que son determinantes para el futuro de la humanidad.

Seguimos caminando los jóvenes, los agentes de pastoral y el Papa hacia la próxima oportunidad para vivir este «momento de pausa» aquí, en Madrid. La Iglesia que peregrinamos en España tenemos un gran reto para que, mediante el logro de los objetivos pastorales de esta nueva JMJ de 2011, con el tema «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cfr. Col 2, 7), aprovechemos su repercusión en todos los ámbitos y lleguemos a los sectores de jóvenes españoles más alejados, marcando el comienzo de una nueva etapa de la pastoral de juventud española.

 

Ángel Luis Caballero Calderón

 

[1] Cf. JUAN PABLO II, Clausura del Año Jubilar extraordinario de la Redención, 22 de Abril de 1984.

[2] JUAN PABLO II, Mensaje de Pascua, 7 de abril de 1985.

[3] JUAN PABLO II, Alocución navideña ante el Colegio de los Cardenales, 20 de diciembre de 1985.

[4] JUAN PABLO II, Carta con motivo del Seminario de Estudio sobre las Jornadas Mundiales de la Juventu, 8 de mayo de 1996

[5] Cf. SALVADOR DOMATO y GONZALO REY, IV Jornada Mundial de la Juventud, Memoria, Arzobispado de Santiago de Compostela, Santiago 1989.

[6] «Queridos jóvenes, os doy cita para la próxima Jornada mundial de la juventud en Roma, durante el verano del año 2000. Estoy convencido de que iréis en gran número a ese encuentro extraordinario. Durante el gran jubileo del año 2000, viviremos juntos una experiencia de comunión espiritual, que marcará ciertamente vuestra vida. Quien viva, verá. Gracias por las espléndidas jornadas de París. Nos vemos en Roma». Hipódromo de Longchamp, 24 de agosto de 1997

[7] «Durante los inolvidables Encuentros Mundiales, frecuentemente me ha impresionado el amor alegre y espontáneo de los jóvenes hacia Dios y hacia la Iglesia. Han contado historias de sufrimiento por el Evangelio, de obstáculos aparentemente infranqueables superados con la ayuda divina; han hablado de su angustia frente a un mundo atormentado por la desesperación, el cinismo y los conflictos. Después de cada Encuentro, he sentido más vivo el deseo de alabar a Dios que revela a los jóvenes los secretos de su Reino (cf. Mt 11,25). » Cf. 4.

[8] XVII JMJ, Discurso de Juan Pablo II en la Vigilia de oración en el Parque Downsview, núm. 3 y 4, Toronto 2002.

[9] JUAN PABLO II, Angelus de la XVIII Jornada Mundial de la Juventud, 13 de abril de 2003.

Compartir
Artículo anteriorLA ACOGIDA COMO EXPERIENCIA DE DIOS:
Artículo siguienteMAGIS2011