Ser adolescente: todo adolescente y nada más que adolescente

Observo con cierta tristeza cómo los adolescentes y jóvenes de hoy a menudo se ven forzados a ser cosas que no debieran ser, a manejar problemas o situaciones que no les corresponden o a actuar según un nivel de madurez que no es el suyo. Intentaré explicarme…

Observo con cierta tristeza cómo algunos muchachos se responsabilizan de las disputas entre sus padres e, incluso, se atormentan porque no saben qué hacer, cómo solucionar los problemas que llevan a tirarse de los pelos (a veces literalmente) a las personas que, supuestamente, más les quieren. No logran darse cuenta de que ellos no son el problema y que poco pueden hacer por solucionarlo.

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Observo con cierta tristeza cómo algunos adolescentes crecen en estatura y menguan en autoestima porque, con sus comportamientos afectivos y sexuales, llegan a asumir que no valen nada, que su cuerpo es moneda de curso legal para sentirse aceptados. La falta de guía y acompañamiento, la percepción de la moral como algo obsoleto, caduco, retrógrado y el ambiente de confusión generalizada con respecto a según qué temas hacen que los pobres naveguen sin rumbo, sin control, sin responsabilidad… y, al final, muchos naufragan.

Observo con cierta tristeza cómo algunos jóvenes se estampan contra el muro de la realidad porque han vivido sin que nadie les diga, desde el cariño, que hay ciertas cosas que no son capaces de hacer. Cuando eran niños han crecido rodeados de personas que les animaban a soñar fuerte, a no dejar que nadie les dijera lo que no podían hacer, a empoderarse, a sentirse dueños y señores de sus destinos, a poder con todo ellos solos, a no necesitar a nadie… pero claro, la realidad es otra: llega un momento en que descubren que ellos no pueden hacer cualquier cosa, que a menudo necesitan de Otro o de otros para conseguir según qué objetivos y que, aunque los sueños son fundamentales y deben guiar nuestro camino, a veces no se llegan a alcanzar. Y no pasa nada.

Pero también observo con cierta esperanza como muchos de estos adolescentes y jóvenes se revuelven y nos suplican, a veces sin palabras, que les echemos una mano, que estemos presentes, que no les abandonemos, que les escuchemos, que no permitamos que les hagan más daño del estrictamente necesario para poder aprender, que les queramos, que les regañemos y que nos enfademos con ellos para después poder abrazarlos, que nos empapemos de sus gustos aunque no nos gusten, que les intentemos comprender, que les orientemos, que les acompañemos en su camino, que a veces es más duro de lo que fue el nuestro, aunque pensemos que están acomodados…

Ahora sólo hace falta estar ahí. Dejarles ser adolescentes, todo lo adolescentes que deban ser pero sólo lo adolescentes que han de ser. Y que nosotros sepamos ser los adultos que ellos necesitan que seamos.

Jaime Martínez, coordinador de Pastoral de Bachillerato de Salesianos Paseo