«Somos iglesia»

¿Retorna el anatema?

Sentenciaba J. Ratzinger (El nuevo pueblo de Dios), allá por los ’70 y refiriéndo­se a algunas tristes y famosas intervenciones de Pío IX y Pío X, que con ellas la Iglesia “se quitó a sí misma la posibilidad de vivir lo cristiano como actual”. Soplaban vientos del Vaticano II que impulsaban a pasar «del anatema al dialogo». Pero ahora retornan «otros vientos».’Y la perplejidad por no saber qué, «buenas» presentar de parte de Dios y cómo comunicarlas al hombre de hoy, tientan a la Iglesia con cantos de sirena que ensalzan el repliegue cuartelario y proponen estrategias de inmunización frente al mundo y cultura actuales.

El pluralismo de cosmovisiones y culturas propiciado por la modernidad y la nueva forma de relacionarse con la religión y las Iglesias implica, en concreto, que

el cristianismo ya no es algo que pertenezca connatural y aproblemáticamente a nuestro mundo. Ahora hay que ganarse una credibilidad que hasta hace muy poco se suponía sin más problemas.

 

«¿Iglesia, que piensas de ti misma?»

Tal fue la pregunta que Pablo VI formulaba en el concilio Vaticano II. Se res­pondió calificando a la iglesia como Pueblo de Dios, Comunión, Sacramento de salvación. etc. Sin embargo, la diferencia entre cuanto decimos y hacemos sigue sien­do tan profunda que hasta consigue mermar significativamente la credibilidad de la propia Iglesia a los ojos de sus miembros. Más aún, es precisamente en el terreno de las cuestiones istraeclesiales de carácter doctrinal y estructural donde más se in­siste en hacer frente a la modernidad con un severo e inflexible «contraprograma». Así la Iglesia está dando la impresión de querer aparecer como infalible incluso en aquellos casos donde enseña acerca de temas que en sí mismos no lo son.

Casi ocioso resulta ya, por desgracia, invocar la necesidad de que todos partici­pen en las decisiones que atañen a todos; o exigir transparencia e información; o sugerir alternativas pastorales; o denunciar la censura, con la consiguiente autocensura in­ducida; o… P. Zulehner se manifestaba recientemente en este sentido: “La Iglesia necesita una gran participación, que es mucho más que democratización. Me atrevo a decir que el mayor pecado de la Iglesia es el ateísmo eclesial. Es una palabra muy dura. Pero es como si la Iglesia misma se olvidara de Dios, que se fiara demasiado de sus planes y de su fuerza”.

 

«¡Somos Iglesia!»

De nada serviría, con todo, entonar simples lamentaciones o limitarnos a denunciar y airear los problemas. ¡La Iglesia somos y la hacemos todos! Por eso, todos hemos de arrimar el hombro para que el miedo no nos haga perder libertad o nos incapacite de raíz para

construir el Reino. Nos toca suscitar esperanza, motivos para creer y luchar en este mundo distinto, que lentamente va emergiendo a finales del XX; no para propagar desencanto o, menos aún, el rechazo del mismo.

“Me hubiera gustado -confesaba Rahner poco antes de morir- que en mi vida hubiese habido más amor, más valentía especialmente respecto a los que tienen autoridad en la Iglesia y más comprensión con el hombre de hoy y su forma de pensar”.

 

 

 

«Fidedigno sólo es el amor»

Así titulaba von Balthasar uno de sus libros. Sólo un amor como el de Dios, sólo un amor gratuito e incondicional como el suyo merece «fe». Para eso, sólo por y para eso, for­mamos las comunidades eclesiales: para acoger el amor que nos sana y encarnarlo en este mundo que tanto hambrea la garantía de un amor que no seque y asuma su fragmentariedad e imperfección.

Misión Joven, en esta ocasión, ofrece unas reflexiones diversas formalmente a las habituales. En primer lugar, propone una síntesis de las respuestas más significativas al interrogante del «hacia dónde va la Iglesia». Después hemos querido dejar que sean dos jóvenes, una chica y un chico, quienes reflexionen en voz alta para exponer sus «sueños» e «imáge­nes de Iglesia».

 

Y… se acercan unas fechas particulares. Así que… ¡a encarnar, a «dar carne» a Dios! Será navidad. De este modo, ¡Feliz Navidad!

José Luis Moral