Suscitar la fe. Caminos de fe para los jóvenes hoy

Entrevista a Pascual Chávez Villanueva, Rector Mayor de los Salesianos

 

Ya en el año 2003 publicamos una entrevista a D. Pascual Chavez, Superior General de los Salesianos, sobre pastoral juvenil. Volvemos a hacerlo en esta ocasión, agradecidos a la Redacción de la revista hermana Note di Pastorale Giovanile, que la ha realizado, y agradecidos especialmente a D. Pascual Chavez que nos permite generosamente su publicación.

Volvemos, pues, sobre el mismo tema, pero desde una perspectiva distinta, como evidencia el título. Nos referimos a los procesos o caminos por medio de los cuales hoy se puede suscitar la fe. Hemos constatado – y la Iglesia lo ha reconocido ampliamente – cómo hoy en día no se llega ya a ser cristiano gracias a las modalidades de socialización religiosa que han sido válidas a lo largo de tantos siglos, dado que se han perdido los canales de transmisión intergeneracional y la fe se ha convertido en una elección subjetiva, fruto de una decisión personal.

 

  • Desde una perspectiva mundial que va más allá de los confines del occidente europeo, ¿encuentra diferencias en la situación juvenil respecto a los temas de fe? ¿Cree que la secularización, la indiferencia, el abandono, sean situaciones generalizadas entre los jóvenes de todos los continentes, o son por contra expresiones de un problema típicamente europeo? Y, en cualquier caso, ¿cuáles son los signos de religiosidad entre los jóvenes del mundo?

­­

Esta situación de secularización, indiferencia y abandono está presente sobretodo en el mundo occidental, pero por desgracia se está extendiendo rápidamente también a otros continentes o contextos por medio de una cultura globalizada, marcada por una visión materialista e individualista de la vida. Las encuestas sobre los jóvenes ponen en evidencia que entre ellos no existe una verdadera crisis de religiosidad y de búsqueda de sentido; de hecho existe un grupo considerable de jóvenes que señalan la necesidad de profundizar en la dimensión espiritual de la persona para encontrar el equilibrio y la armonía necesarias en este mundo frenético, fragmentado y en rápida evolución.

La dimensión religiosa tiende a ser relegada a la esfera de lo privado y a ser absorvida por la lógica de la satisfacción de las necesidades individuales. Se trata de una religiosidad individualista, para el confort personal; una religión de consuelos y no de responsabilidades, que pone en movimiento los aspectos emotivos y psicológicos y funciona como una especie de alivio espiritual al poner en juego los sentimientos, la pasión, las emociones, pero que descuida los valores que sirven para darle continuidad en el tiempo como son la fidelidad, la constancia, la coherencia de las elecciones, la asunción de responsabilidades.

Es una religiosidad no institucional, privada, con presencia de creencias heterogéneas formalmente incompatibles (tipo New Age). Los jóvenes se encuentran de esta forma en una continua emigración espiritual de una experiencia a otra, intentado repetidamente saciarse de emociones nuevas, más o menos místicas, que les satisfagan individualmente pero que no aplacan jamás la sed, porque cada elección es rápidamente abandonada en el momento en el que llegan las dificultades o en el que aparace la comunidad con la que confrontarse.

Una religiosidad, por otra parte, separada de la ética. Si en épocas precedentes la fe religiosa estaba unida a la ética y al empeño por la transformación del mundo, hoy en cambio lo está a la estética y al espíritu de convivencia y de comunión. En este sentido la identidad religiosa de los jóvenes (identidad que en un gran número conserva aún la referencia a la fe católica) acaba siendo una identidad-refugio, sin una verdadera profundidad interior, espiritual y ética.

Todas las encuestas subrayan la eficacia de la participación asociativa en la construcción de una identidad religiosa personal, favoreciendo la formación y la adhesión a la fe, el camino religioso personal y la práctica sacramental. Permanece el dato de la amplia gama de jóvenes que manifiesta una relevante disponibilidad a un discurso religioso, que aún puede evolucionar hacia formas más maduras de identificación y de pertenencia. Por esta razón es urgente renovar la oferta religiosa de las iglesias: superar una racionalidad instrumental, desarrollando la dimensión estética y mística de la fe, eliminar una burocratización alienante, promoviendo la dimensión comunitaria de encuentro personal, afrontar la ausencia de corazón y de experiencia con un mayor desarrollo del lenguaje simbólico y afectivo y una mayor presencia de experiencias de vida compartida.

 

  • ¿Observa un despertar de la fe entre los jóvenes en occidente y en el mundo? ¿Por medio de qué signos se manifiesta? ¿Estamos más bien ante una recuperación de las preguntas de sentido o tiene las rasgos típicos de religiosidad? ¿Y en este caso, de qué tipo de religiosidad se trata? ¿Dónde piensa que se encuentran las dificultades de los jóvenes para vivir la fe y una elección de vida cristiana?

 

El joven siempre está abierto a la fe porque está abierto al futuro, a la búsqueda de la propia identidad, a la vida y a los valores. Pero frecuentemente esta apertura se encuentra bloquedada por un exceso de cosas y de satisfacciones inmediatas y superficiales. Sucede a muchos jóvenes lo mismo que a la “samaritana” del pasaje evangélico de Juan: tienen necesidad de que alguien, en nombre de Jesús, despierte en ellos aquel deseo profundo de salvación y de felicidad que se encuentra escondido tras los deseos inmediatos de placer.

Las preguntas sobre el sentido si son sinceras, son siempre espirales que abren a la trascendencia, sobretodo cuando son acogidas con sinceridad y desarrolladas a través de caminos pacientes de profundidad. Es tarea del educador abrir esos caminos hacia la interioridad, ayudar a los jóvenes a tener experiencias significativas que llenen el corazón: experiencias de silencio, de contemplación de la naturaleza, de comunicación profunda, de acogida gratuita del otro, de servicio generoso… Caminos, todos ellos, que utilizados sabiamente, desarrollan la apertura a la trascendencia y despiertan la sed de Dios aunque no sea completamente conocido. Hoy este primer paso de un camino de fe es muy importante y en muchos casos, imprescindible.

Entre las dificultades de los jóvenes para vivir la fe y hacer una opción de vida cristiana se pueden señalar:

–          Un estilo de vida que adormece o apaga el deseo profundo de sentido, de verdad, de Dios: la prisa, el ruido, la multiplicidad de relaciones superficiales, la búsqueda frenética de experiencias nuevas y siempre más fuertes que respondan a las necesidades inmediatas, la poca capacidad de interiorización…

–          Pero también por parte de la Iglesia y de las comunidades cristianas, una forma de vivir y expresar la fe demasiado lejana de la forma como los jóvenes ven y viven la realidad; una cierta ruptura cultural que les hace sentir que la fe vivida, celebrada y proclamada por la Iglesia es una realidad extraña a su universo mental y afectivo.

 

  • Usted es biblista por formación teológica y educador por vocación salesiana. Querríamos hablar de los procesos de la fe para los jóvenes de hoy teniendo en cuenta ambas perspectivas. Confrontándose vitalmente con la Palabra de Dios (que aparece particularmente iluminante sobre todo en los momentos de crisis), ¿cuáles son los procesos para suscitar la fe, dado que los jóvenes viven en una situación en la cual ya no la perciben como una herencia o como una posesión adquirida? ¿Puede resaltar algunos pasajes más relevantes en este proceso? Además de verlos como momentos de la pedagogía de Dios,¿pueden asumirse actualmente desde una perspectiva educativa? ¿Existe alguna figura o algún personaje bíblico particularmente significativo, paradgmático, con el que confrontarse en estos procesos de acceso a la fe?

 

Por lo que respecta a los procesos para suscitar la fe, Pablo los sintetiza magistralmente en la carta a los Romanos cuando escribe: «si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le ha resucitado de entre los muertos, serás salvo. Con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación… Pero, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rm 10, 9-10.14-15a).

Pero para llegar a esta comunicación y aceptación de la fe en Jesús hay itinerarios diversos que dependen de las situaciones en las que se encuentran los destinatarios del Evangelio.

  • Por ejemplo, la vocación de los primeros discípulos de Jesús, según el cuarto evangelista, comienza por la indicación hecha por Juan el Bautista a sus dicípulos señalando a Jesús, éstos le siguen, le preguntan “¿dónde habitas?”, permanecen con él y quedan fascinados de tal manera que abandonan a su maestro Juan y comienzan a dar testimonio de Jesús. (cf. Jn 1,35-42).
  • El encuentro de Jesús con Nicodemo (Jn 3,1-21) o con la Samaritana (Jn 4,5-42), siempre según el cuarto evangelista, son sendos itinerarios de fe que conducen por medio de un diálogo, de las necesidades inmediatas a un progresivo reconocimiento de los anhelos más profundos, hasta llegar a la aceptación de Jesús como aquel que puede apagar su sed de sentido, de felicidad y de vida.
  • La predicación de los apóstoles, que invitan al reconocimiento de Jesús Crucificado y Resucitado como Señor y por tanto a la conversión de los propios pecados, suscita en quienes les escuchan, la adhesión a la fe y el cambio de vida hasta formar la comunidad con un sólo corazón y una sóla alma, que acaba siendo una verdadera alternativa cultural y social (cf. Hch 2,14-41; 4,23-37).
  • La conversión de Pablo, en cambio, tiene lugar por una intervención directa de Dios mientras él perseguía a la Iglesia. Acontece sin agenda ni preparación, como producto de la elección de Dios que cuenta con él como apóstol de los gentiles, y se convierte en uno de los momentos más importantes de la historia del cristianismo (cf. Ga 1, 13-24; Flp 3,3-9 Hch 9,1-20).
  • Encontramos una modalidad diversa en el pasaje del joven que se acerca a Jesús y le pregunta qué debe hacer para conseguir la vida eterna; tras responder a Jesús que él había sido fiel desde la infancia a la ley del Señor, dice el texto que Jesús lo contempló con cariño y lo invitó a dar un paso más, distanciándose de cuanto podía ser un obstáculo para alcanzar la plenitud («Sólo una cosa te falta: vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme»). Pero, a diferencia de los discípulos que había dejado todo para seguir a Jesús, este joven “entristeciéndose por aquellas palabras se fue afligido porque tenía muchos bienes”. Y Jesús concluye con un juicio muy severo: “Qué difícil le será a aquellos que tienen riquezas entrar en el reino de Dios” (Mc 10,17-23).
  • Me parece que el mejor modo – siempre eficaz y actual – de suscitar la fe, sea el descrito en el pasaje de Emaús: de la desilusión, alregreso a los inicios sin Jesús; del caminar solos, al caminar con Jesús aunque aún no descubierto; del contar todo cuanto había pasado, a dejarse contar todo a la luz de la Palabra; del encuentro fortuito, a la invitación a quedarse en casa; de la explicación bíblica a la demostración eucarística; del encuentro con Jesús vivo, a vivir redescubriendo la comunidad.

En la tradición bíblica el prototipo de creyente ha sido siempre Abraham, que con razón ha sido llamado “padre en la fe” o “padre de los creyentes”, ante todo porque con él se inicia la historia de la salvación y porque él encarna la apertura más humana al proyecto de Dios que quiere salvar al hombre pero que quiere hacerlo contando con su colaboración. A Abraham se le pide cortar con el propio pasado, dejar patria, familia y bienes y dejarse guiar por la promesa de Dios (cf. Gn 12,1-9), y, cuando tenga finalmente un hijo, Isaac, se le pedirá también sacrificar a ese hijo que era su futuro (cf. Gn 22,1-19). A veces Dios parece pedir demasiado, pero en el fondo no nos pide más que liberarnos de todo cuanto no sea Dios. Sí, poder vivir la vida con todas sus vicisitudes, alegrías y tristezas, satisfacciones y frustaciones, esperanzas y angustias, como si viésemos al Invisible.

Junto a Abraham tenemos que hablar de María como modelo de creyente, Así aparece desde el primer momento en el Evangelio de Lucas, que en el relato de la anunciación la presenta abierta incondicionalmente a la voluntad de Dios, aunque ésta no coincidiese con su proyecto personal y aunque no la entendiese del todo (cf. Lc 1, 26-38; 2,19.50.51).  Según el testimonio del mismo Jesús, la grandeza de su madre ha sido aquella de haber escuchado la Palabra de Dios y haberla guardado con amor (cf. Lc 11,28). ¡He aquí su verdadera maternidad! Esta visión de María como modelo de fe y madre de creyentes, aparece también en el evangelio de Juan, que la nombra sólo dos veces llamándola “mujer”, al inicio en las bodas de Caná (Jn 2,1-11), suscitando con la propia fe en el Hijo, la fe de los discípulos, y al final a los pies de la cruz (Jn 19,25-27), cuando es confiado a su escuela el discípulo amado y a éste le viene asignada ella como madre. La grandeza de María es por tanto su fe y por esto se nos ofrece como modelo a imitar y como madre a acoger.

No obstante, quien inicia y completa nuestra fe, como dice la carta a los Hebreos, tras haber hecho un elogio de los grandes creyentes de la historia, es Jesucristo, que aprendió a vivir como Hijo, no buscando otra cosa que la voluntad del Padre hasta una muerte de cruz. Y el Padre respondió a su fidelidad filial resucitándolo de entre los muertos y enalteciéndolo como Cristo y Señor (cf. Heb 12,1-2: Flp 2.6-11).

 

  • Siempre han existido caminos privilegiados para acceder a la fe; experiencias particularmente significativas que ponen en movimiento, apremian, profundizan, interiorizan personalmente los procesos con los que suscitar la fe. Los obispos del Québec, en un documento precioso hablan de cinco vías: la de la vida dulce y amarga, la del servicio, la de la palabra compartida, la de la oración interior y la del pan compartido. ¿Cuáles son en su opinión aquellas particularmente significativas a partir de la Sagrada Escritura?

 

Pienso que en la Sagrada Escritura, el camino privilegiado para conquistar la fe es el encuentro personal con Dios, por la simple razón de que –como decía un gran teólogo- lo único realmente digno de fe es el amor. Y la fe es ante todo la experiencia del hombre que encuentra a Dios y halla respuesta a sus grandes interrogantes. Esta ha sido la experencia personal de los grandes creyentes, hombres y mujeres, como Abraham, Moisés – el cual ha debido sufrir un cambio radical de sus esperanzas y proyectos de liberación antes de encontrar a Dios y volver a su pueblo- igual que Samuel, David, Elías, María, José, Pedro, Pablo. Todos ellos se han sentido envueltos en la ternura amorosa de Dios e implicados en su proyecto de salvación y se han olvidado de todo y se han puesto en marcha, no porque lo entendieran todo, es más no lo entendían de hecho, pero se han aferrado a Dios con una misión que desarrollar en la vida.

Es cierto que hay otros encuentros, en circunstancias diversas, que pueden ser también caminos válidos para suscitar la fe. Pensemos, por ejemplo, en la participación de los discípulos en las bodas de Caná, donde la fe de María se convirtió en causa de su propia fe: “Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discíplos” (Jn 2,11). O en el encuentro de Jesús con la Samaritana, que provoca su confesión de fe y la conversión de los samaritanos por el testimonio de la mujer: “Cuando llegaron donde él los samaritanos le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por su palabra y decían a la mujer: Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo (cf. Jn 4, 41-42). O en el diálogo de Marta con Jesús tras la muerte de Lázaro en la que Marta realiza una de las confesiones de fe más perfectas: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que iba a venir al mundo” (Jn 11,27) O en el caso del centurión, cuya hija muerta y resucitada por Jesús le conduce a una confesión de fe y con él a todos los de su casa (cf. Jn 4,1-4).

 

Una escena especialmente iluminadora – como ya he señalado– es la del camino de fe de los discípulos de Emaús que desencantados por la frustración de sus expectativas, destruídos por la muerte en cruz de Jesús, se reencuentran con la fe al cruzarse con un peregrino que hace con ellos camino, ilumina su mente y da calor a su corazón con la interpretación de la Escritura y se da a conocer en la fracción del pan (cf. Lc 24, 13-35). En este conocido pasaje, tan hermoso desde el punto de vista literario como rico desde la óptica catequética, encontramos los elementos fundamentales para una experiencia de fe: la Palabra que ilumina y da calor, el Sacramento que nutre y fortalece, el Testimonio que nos hace evangelizadores, la Comunidad que nace de una misma fe compartida.

 

  • ¿Y cuáles son las más significativas desde su experiencia educativa?

 

Siempre he intentado hablar a los jóvenes y a los hermanos desde la propia experiencia, a partir de cuanto yo he vivido desde el momento en que mi madre, dos días antes de morir, me confesó que había pedido un hijo sacerdote y yo la respondí diciendo que yo era el fruto de su oración. Entonces tenía once años. Desde entonces han sido decisivos en mi vida el trabajo con los jóvenes, el ejercicio del ministerio sacerdotal, el estudio y la docencia de la Sagrada Escritura, el año transcurrido en Tierra Santa, la hermosa tarea de formador de los futuros sacerdotes salesianos, la toma de conciencia de la pobreza en el mundo.

Hablando a los jóvenes me gusta hablar de Jesús, de aquello que significa en mi vida, de aquello que sería si él me faltase. Pienso que a ellos les impresionan las palabras pero más aún los testimonios de alegría y de afecto.

 

  • Suscitar la fe es un camino que abre a una experiencia con rasgos característicos y peculiares que definen al creyente, al cristiano. ¿Puede delinear una identidad del creyente tal y como emerge del Evangelio y de la figura de Jesús?

 

A mí me fascina la experiencia de San Pablo, en primer lugar porque es el único que habla biográficamente, de forma testimonial. Escucharle contar lo que él era antes de encontrarse con Jesús, cómo perseguía denodadamente a sus seguidores, y en que se ha convertido después, ayuda a entender los criterios de verificación de toda experiencia auténticamente cristiana (cf. Ga 1,13-17). Con frecuencia nos ilusionamos pensando haber hecho experiencia de Dios sólo porque tenemos un sentimiento de conmoción, pero ese sentimiento psicológico religioso no provoca ningún cambio de vida.

Escuchar a Pablo, tal y como se expresa en la carta a los Filipenses, que todo cuanto era para él precioso lo considera “pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” ( Flp 3,8-10). Escuchar a Pablo que no se deja condicionar por nadie y defiende con coraje, sin ceder a componendas, la “verdad del evangelio” (Ga 2,5.14). Escuchar a Pablo que confiesa que para él “el vivir es Cristo” (Flp 1,21), que ha sido “crucificado con Cristo” y ya no es él el que vive sino Cristo quien vive en él: “la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,21). Escuchar a Pablo que no ha querido otra ciencia “si no es Jesucristo y éste crucificado” (1 Co 2,2), y que puede presentar argumentos para hacer público y creíble su amor a la Iglesia como ningún otro apóstol puede pretender. (2 Co 11,18-30). Escuchar, por último, a Pablo que se enorgullece de llevar en el propio cuerpo los estigmas de Cristo por quien el mundo ha estado crucificado por él y él por el mundo (Ga 6,14-17). ¡Estos son los rasgos que definen la identidad del verdadero creyente!

 

  • El joven está llamado a ser cristiano, permaneciendo joven en esta sociedad. ¿Cuál es la identidad del joven creyente de hoy, en relación a los problemas y retos de su existencia cotidiana, de su vida personal y social?

 

– Una persona que vive la vida como vocación, como realización de un proyecto que da sentido y unidad a todas las diversas acciones y preocupaciones; una persona que vive la vida como respuesta de amor al amor de Dios, capaz de asumirla como un regalo, desarrollar sus mejores aspectos con gratitud y vivirla con alegría.

– Una persona de esperanza, que sabe ver lo positivo, aunque sea pequeño e imperfecto, que sabe alegrarse por los pequeños pasos, que cree en el futuro y se compromete en él porque cree que la fuerza de la resurrección está presente y actúa en la vida cotidiana de las personas y de la historia.

– Una persona interior, capaz de hacer silencio, de escuchar la voz de Dios en la vida cotidiana, a la luz de la Palabra; de desarrollar una relación de amistad con Jesús por medio de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación y mediante la acogida y el servicio a los más pobres y a los más pequeños.

– Una persona de comunión, de diálogo, de acogida y de colaboración, capaz de crear amistad y comunión en torno a ella.

– Una persona que vive el empeño cotidiano del estudio, del trabajo, de la vida profesional, de la vida familiar, con fidelidad, competencia, como respuesta de amor al Señor y de servicio a los demás.

-Una persona que siente y participa de las grandes aspiraciones de la humanidad y de la iglesia: la paz, la justicia, la defensa de la naturaleza, la evangelización y la construcción de una civilización del amor, a través del compromiso concreto en la vida cotidiana y entre los propios compañeros.

 

  • Siguiendo al Papa Juan Pablo II en la “Novo Millennio Ineunte”, usted en un aguinaldo ha propuesto como una meta para los jóvenes de hoy la santidad. ¿No le parece que el lenguaje es un poco anticuado; que aleja en vez de acercar; que es para una élite y no para todos; que los muchachos pobres (en búsqueda o que viven su día a día hecho de otras cosas) lo sienten fuera de su horizonte y por ello inútil?

 

Una de las pobrezas de nuestro tiempo es la actitud de reticencia y de sospecha ante los ideales; nos contentamos y confiamos sólo en proyectos a nuestra medida, de pequeña perspectiva; pensamos sólo en vuelos cortos, excluyendo como punto de partida los sueños de nuevas rutas planetarias. Presentamos a los jóvenes como ideales de vida las pequeñas metas de lo cotidiano: tener un buen trabajo, dinero, una familia, etc. Pero los jóvenes tienen necesidad de grandes horizontes, capaces de despertar y orientar el dinamismo de sus vidas. De modo particular los jóvenes más pobres, que viven y sufren en la vida diaria tantas limitaciones y dificultades para crecer como personas, tienen necesidad de creer y confiar en la posibilidad de una vida plena a su alcance. Debemos ayudar a los jóvenes a soñar, a concebir grandes ideales, capaces de inspirar y motivar su esfuerzo por superar la monotonía de la vida diaria y creer en las posibilidades inéditas que ellos poseen.

El lenguaje de la santidad utilizado en la catequesis, en la pastoral y en la predicación, tantas veces está caracterizado por una visión antropológica y teológica poco integral, moralista, en ocasiones narcisista (la búsqueda de la autoperfección), individualista, espiritualista y dualista. Pero esta visión no corresponde al concepto evangélico de santidad. Santidad, según el Nuevo Testamento es seguir e imitar a Jesús con todo el corazón y con toda la vida, dejarse conducir por el Espíritu Santo como hijos, amar tal y como somos amados por Dios, vivir según la gracia de nuestro bautismo. La santidad cristiana es un don, antes de ser fruto de nuestro esfuerzo, es dejarse amar por Jesús, confiar en él y seguirlo con toda la vida y con todo el corazón. Entonces la santidad no se mide por el esfuerzo de perfección moral, sino por la grandeza de corazón que ama y se dona totalmente pr amor.

Sólo de esta manera se puede superar una concepción de la santidad para una élite de privilegiados, que excluye casi por principio a los más pobres o lejanos. Pienso que esto es un gran pecado contra el corazón del evangelio. Jesús mismo decía que el Reino de Dios es de los pobres y sencillos; Pablo en la carta a los Corintios nos repite que Dios ha elegido “lo necio del mundo… lo débil del mundo… lo plebeyo y despreciable del mundo” (cf. 1Cor. 1, 26ss). Jesús afirmaba que había venido no para los sanos sino para los pecadores y que los pobres y los pecadores son los primeros destinatarios del amor de Dios… ¿Cómo podemos pensar que la santidad no es una propuesta para ellos, que la santidad es sólo para aquellos que ya han superado ciertas etapas de desarrollo humano?

Evidentemente creer esto nos compromete, como hizo don Bosco, a buscar un camino educativo y pedagógico que abra con eficacia a estos jóvenes al encuentro con Jesús; que los estimule a darse con todo el corazón, que los acompañe en el desarrollo de las propias cualidades: un camino de vida cristiana adaptado para ellos pero siempre hacia la santidad.

 

  • ¿Hay medios y lugares donde sea posible suscitar estímulos, sugerencias, experiencias para aprender a vivir como un joven cristiano hoy? Pertenecer a la Iglesia hoy puede resultar particularmente estrecho o problemático para el joven que ve el mundo como su horizonte y que vive una opción orientada a la tolerancia y a la aceptación del pluralismo religioso. ¿Todavía es significativa la pertenencia a la Iglesia y en qué terminos lo es?

 

Nadie en la actualidad, y de forma especial ningún joven, puede vivir como cristiano de forma individualista, sino integrado en un grupo o en una comunidad, en la cual pueda compartir la propia fe, afrontar las propias dudas y dificultades, apoyar los propios esfuerzos, sostener el largo camino de maduración.

Los jóvenes en camino de fe, buscan grupos y comunidades con una clara identidad cristiana, en los cuales se sientan estimulados y motivados a vivir y profundizar la propia fe; pero, al mismo tiempo, grupos y comunidades abiertas, dialogantes, que asuman sus interrogantes, que sostengan su búsqueda, capaces de aceptar la diversidad de ritmos de maduración.

Estas cualidades no las encontramos con frecuencia en las comunidades cristianas que encarnan la Iglesia en los diversos ambientes (parroquias); se sienten desilusionados y extraños ante el formalismo, la burocratización y la lejanía de las comunidades cristianas adultas; escandalizados por la debilidad, el miedo y el silencio de los pastores. Pero cuando encuentran comunidades abiertas, acogedoras, disponibles al diálogo, cuando encuentran pastores que se ponen a su nivel, disponibles al diálogo y a la búsqueda compartida, cuando hacen experiencia de apertura a la universalidad y de una expresión pública y clara de la fe como pueden ser las Jornadas Mundiales u otros encuentros internacionales…, entonces se sienten estimulados y animados a confesar y vivir la fe y a colaborar en la construcción de una comunidad.

Un reto importante para la Pastoral Juvenil es encontrar caminos de sintonía entre los jóvenes y la Iglesia, entre la cultura juvenil y la riqueza de la tradición de la Iglesia de Jesús; encontrar caminos que conduzcan a una convergencia y aproximación más cordial y fecunda. No es fácil responder a este reto; es necesaria una pedagogía que ayude a los jóvenes a abrir su subjetividad a las riqueza de la tradición y que ayude a las comunidades cristianas adultas a entender y dialogar con la cultura juvenil buscando con ellos expresar la fe de modo significativo.

En mi mensaje a los jóvenes del Movimiento Juvenil Salesiano del pasado 31 de enero presentaba algunos pasos de este camino pedagógico: ante todo vivir en la comunidad y grupos juveniles la pasión por Dios que reúne a la Iglesia en Cristo por medio del Espíritu, la fraternidad entre todos los bautizados, el impulso misionero y evangelizador, la voluntad de servicio a la sociedad, la prioridad hacia los más pobres. Siguiendo estas grandes opciones, se supera la tentación de plegarse sin un discernimiento evangélico a los criterios, valores, actitudes y comportamientos propios de una sociedad sumamente potente que, en vez de estar seducida por el Evangelio, tiende a erigirse como un ídolo seductor para los creyentes; se vence la tentación del miedo, que frecuentemente nos encierra tras los muros de la Iglesia con una actitud de desconfianza y reivindicación ante la sociedad, la tentación del individualismo y de la pasividad o la de la afanosa búsqueda de honores, de la inclinación al dinero y del miedo a ser marginado con los marginados.

Se deben cuidar también los pequeños signos de la Iglesia vividos en la cotidianeidad: el signo de la acogida cordial y evangelizadora que manifieste una actitud de apertura gratuita, de escucha incondicional, de voluntad sincera de servicio; el signo de la calidad humana y cristiana de los pequeños servicios de cooperación, animación, voluntariado; el signo de celebraciones sencillas, alegres, participativas, en sintonía con los problemas y las situaciones de la sociedad; el signo de la apertura sincera y creativa a los compañeros de trabajo, de universidad, de barrio, compartiendo sus preocupaciones, esperanzas y dificultades, con una actitud de confianza y fidelidad a los valores de las bienaventuranzas.

Es necesario compartir, jóvenes y adultos, un conocimiento mayor de la Iglesia, superando una imagen parcial, transmitida en el ambiente o por una catequesis y formación cristiana superficial y ocasional; y al mismo tiempo compartir juntos la vida concreta de las realidades eclesiales: parroquias, comunidades, movimientos, asociaciones…

 

  • ¿Existen modelos significativos en la actualidad en los que el joven pueda inspirarse en su camino de fe… sin tener que recurrir a personajes de un pasado lejano?

 

¡Ciertamente! Disponemos de un patrimonio muy rico y variado. Partiendo de las figuras más conocidas como Domingo Savio, Laura Vicuña, Ceferino Namuncurá, pasando por la categoría de los mártires, como los cinco jóvenes polacos, y llegando a figuras con aureola como la beata Teresa Bracco, el beato Piergiorgio Frassati y el beato Alberto Marvelli, o sin aureola pero igualemente ejemplares como Salvo D’Acquisto, Giacomo Maffei, Sean Devereux, Sigmund Ocasion, Fernando Calò, Ninni Di Leo, Xavier Ribas, Paola Adamo, Flores Roderick, Domenico Zamberletti, Bartolomé Blanco, Petras Pérkumas, Willi De Koster, Cruz Atempa, Renato Scalandri …

Ante tantos jóvenes crecidos en los ambientes salesianos de las diversas partes del mundo y que en su vida han vivido el Evangelio de una manera significativa y ejemplar, el vocablo “santidad” no debe por tanto intimidar, como si quisiera decir vivir un heroísmo imposible al alcance de unos pocos.

 

  • La educaión es el camino de la mediación, de la confianza en el hombre y en el joven. Ante modelos de impacto directo con el hecho cristiano, con testimonios fuertes, con el anuncio “sic et simpliciter” ¿tiene ésta todavía sentido para la educación religiosa? En suma, ¿se alcanza la fe por medio de mediaciones educativas (ambientes, personas, experiencias de vida, aprendizajes y experiencias de actitudes humanas) o es ya tiempo de dejar estas cosas para ir directamente al meollo de la cuestión?

 

Si creemos de verdad en la encarnación debemos saber que en Jesucristo humanidad y divinidad se unen sin confundirse; todo en Jesús es humano y por tanto sujeto a las leyes de la maduración humana que guía y promueve la encarnación. También la fe cristiana, don de Dios y fruto de su gracia, se encarna en una persona según las leyes del desarrollo humano. No podemos por tanto prescindir del elemento educativo en el camino de crecimiento de fe, aunque si podemos utilizarlo de formas diversas. Algunos modelos pastorales y catequéticos parten del anuncio directo y explícito del hecho cristiano para ayudar después a su asimilación gradual y a la transformación de la mentalidad y de la vida; otros parten del proceso educativo que desarrolla en los jóvenes preguntas y esperanzas de trascendencia, que lo abren y lo preparan a recibir el anuncio del Evangelio como una respuesta que supera la expectativas y esperanzas de la persona.

Los dos modelos deben ser complementarios porque cada uno tiene sus ventajas y sus límites. Para los jóvenes de hoy, que sufren muchas veces una cierta pobreza educativa, resulta muy importante este camino de la mediación educativa (personas, experiencias de vida, desarrollo de los valores humanos fundamentales…) sin la cual la fe se queda sin fundamento, apoyada sólo en lo afectivo y subjetivo y no en la propia identidad profunda.

Es cierto que se corre el peligro de estancarse en estos primeros pasos sin llegar al anuncio explícito, por esto debemos enriquecer este modelo educativo con la convicción del valor profundamente humanizante de la misma fe cristiana y por tanto llevar a cabo el anuncio explícito, sin esperar una situación ideal que no llega nunca. Un anuncio directo y claro, tanto en sus aspectos humanos como en los psicológicos. La fe obliga a la persona a salir de sí misma, a confiar en el otro, a concebirse como relación con Dios, superando la tendencia al narcisismo, tan frecuente entre los jóvenes. Por esto creo que son dos elementos a combinar sabiamente en función de los sujetos y de las circunstancias.

 

  • Como sucesor de un “soñador”, ¿puede expresar un sueño, una apuesta, una profecía sobre los jóvenes de hoy?

 

¡Esto es lo que me gusta hacer, soñar! Soñar con la misma pasión apostólica de Don Bosco, que quería felices a los jóvenes en esta vida y para siempre. En su primera entrevista, en Radio Vaticano  pocos días antes de su viaje a Colonia para la XX Jornada Mundial de la Juventud, el Papa Benedicto XVI decía:

 

« Querría ayudarles a entender (a los jóvenes) qué hermoso es ser cristiano. La idea difundida es que los cristianos deben observar una inmesidad de mandamientos, prohibiciones, principos y similares y que por ello el cristianismo es algo fatigoso y que oprime la vida y que se es más libre sin todos estos fardos. Yo en cambio querría poner en claro que estar sostenido por un gran amor y por una revelación no es una carga sino que son unas alas que dan libertad y que es por eso bello ser cristiano. Esta experiencia nos da amplitud de miras y nos regala sobretodo a la comunidad, una comunidad en camino, que tiene un proyecto de futuro: todo esto nos ayuda a vivir una vida que merece la pena ser vivida. La alegría de ser cristiano: ¡es hermoso y es justo creer!”

 

Esto es lo que Don Bosco había escrito en El Joven Instruidocuando decía a sus muchachos que había dos prejuicios de los que los quería liberar: pensar que servir a Dios era una cosa aburrida y pensar que la juventud se debe disfrutar gozando, dejando para mañana la dedicación a Dios. Mi sueño es éste, ver cómo los jóvenes se encuentran con Cristo y encuentran en él el sentido y la alegría de la vida, la respuesta a sus esperanzas e ideales y su puesto en la Iglesia y en el mundo. Mi sueño es ver a los jóvenes como el gran valor del presente a los que se deben dar todas las oportunidades para desarrollar sus talentos y energías de bien, de forma que se pueda rejuvenecer la sociedad y la Iglesia.

Me da pena el espectáculo de cantidades inmensas de jóvenes que se mueven sin ningún norte, presa de adultos a los que les interesan sólo como consumidores de productos, también religiosos en el así llamado “mercado de las religiones”, consumidores de sensaciones y experiencias, sin llegar a madurar y alcanzar la trascendencia en los otros y en Dios.

No obstante Don Bosco no era sólo un gran soñador. Era también un extraordinario realizador de sus sueños, como pone de manifiesto todo cuanto emprendió para acercarse a las necesidades de los jóvenes. Por ello mi sueño, va acompañado de mi empeño, el de la Congregación y el de toda la Familia Salesiana por llegar a ser siempre más claramente y más  explícitamente misionero evangelizador de los jóvenes, guía inteligente y capaz para acompañarlos en la búsqueda de proyectos de vida.

Invito a todos vosotros a apostar por los jóvenes, por su educación, por su protagonismo y os exhorto a no permanecer en los umbrales de la evangelización, sino a ser propositivos, a anunciarles la Buena Noticia, a conducirlos al encuentro con Cristo a hablarle y a ofrecerles a Jesús.