Televisión o Barbarie

Muchos españoles suponen que la baja ca­lidad de la televisión en España es un fenó­meno sin equivalencia a lo ancho del mundo. O sólo en el mundo de los países atrasados, degradados o autoritariamente conducidos. Nadie se explica que habiendo aumentado masivamente la educación de los ciudada­nos, la televisión siga una línea inversa. La respuesta no la tiene nadie. Ni en este país ni fuera, donde también las protestas, el males­tar y las interpelaciones arrecian. La televi­sión no es ya un medio sino una realidad por las buenas. Una realidad autónoma que si no escucha es porque posee la tozudez de lo re­al y, si no cambia de programación, se debe a que su contenido ha dejado de pertenecer a los programadores. La televisión se compor­ta de facto como una entidad que encuentra su razón y sentido dentro de ella misma y, precisamente, si clamamos tanto contra sus manifestaciones, si la ONU dedica un día in­ternacional a su recuerdo, si ocupamos tanto tiempo en exigir que sea modificada, es por­que la televisión es radicalmente inmodifica­ble. Se ha consolidado como una realidad, al lado de la dura realidad convencional, y pa­ra desviar precisamente hacia ella las críticas que podría recibir la otra.

La manipulación de las informaciones en la pantalla sería lo de menos en comparación con la gran jugada que ha de constituir, en la estrategia del sistema, haber reemplazado la realidad política por la mediática, la injusti­cia social por la inequidad de los espacios de­dicados al fútbol, los abusos de poder por la ignominia deCrónicas Marcianas. Hasta aho­ra se analizaban críticamente los medios por ser eficaces instrumentos de creación de rea­lidad. Lo que se ve en televisión no existe, el vídeo da vida, decíamos. Las bodas, los via­jes, los aniversarios, los bautizos no sucedían de veras hasta que no los convalidaba la cá­mara. No eran realidad hasta que no los rea­lizaba el realizador. Con esa denuncia, vivía­mos satisfechos. Con esa denunciar-pensába­mos haber desenmascarado la naturaleza de la televisión. Pero hay más.

De lo que se trata ahora no es de ponderar la importancia del medio televisivo, sino el valor de su realidad. Podemos seguir queján­donos de la telebasura, clamar contra su me­diocridad, pero lo cierto es que nadie puede desconectar del aparato. Los subversivos nos invitan a un Día sin Televisión pero siempre logra un éxito incomparable el Día de la Te­levisión. Sin televisión el mundo regresaría a un estadio que, en términos relativos, podría parecernos primitivo. Sin televisión sentiría­mos demediadas nuestras facultades, nues­tro recreo, nuestras emociones. Veríamos mutilada y hasta empobrecida la condición de la vida real.

Reclamar que cambie la televisión es prác­ticamente lo mismo que presentar una pro­testa contra el clima o la orografía. Hasta ha­ce unos años la televisión podía considerarse un artificio pero hoy forma parte de nuestra constitución existencial. La televisión no es­cucha las críticas, no cambia, no se perfeccio­na a pesar de las protestas porque, en efecto, es la que es. Un característico y legítimo com­ponente del mundo.

 

VICENTE VERDÚ

PARA HACER:

  1. ¿Cambiar la televisión o cambiar nosotros?
  2. ¿Qué nos satisface, qué nos llena y qué nos parece que debería cambiarse en la TV que nos llega?
  3. Distribuid la programación de 24 horas de un día de TV (cultura, deporte, política, …) Debatir los dife­rentes repartos de tiempo y contenidos
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