Testigos de solidaridad

Nuestro siglo, entre otras muchas calificaciones, bien pudiera definirse como la «centuria de la solidaridad». Por todas partes y junto a los dramas más inhumanos, aparecieron rostros de acompañantes solidarios. Aquí van unas pequeñas muestras de esos compañeros y compañeras «testigos de solidaridad».

 

 

 

1                         LA ESPERANZA DESOBEDIENTE

 

Tengo un amigo que abrió su casa, que dedicó su profesión y compartió su tiempo con personas que no tenían pan, ni mesa, ni techo; por no tener, ni tan siquiera poseían esperanza. La cárcel y la droga dibujaban el final de historias de vida escritas por la soledad y la exclusión social. Cuando me encuentro con mi amigo, me repite con ilusión: la vida es un regalo.Cada minuto que somos ya es mucho, lo es todo. Pero para ser, sabiendo que no todo lo que creemos que hay es lo que es, se hace imprescindible descubrir el sentido de vivir, el nuestro propio.

Esta tarea, me comenta con mucha frecuencia, se hace imposible si no desarrollamos una mínima capacidad de empatía para descubrir «al otro», «a los otros», como seres dotados de idéntica dignidad a la nuestra. Con frecuencia, esas dignidades —ilusiones, esperanzas, capacidad de soñar— se arrebatan a golpe de injusticia social, estructural o personal. Cuando a algunos, que son casi todos, se les arrebata lo más esencial de la condición humana, otros, que son/somos muy pocos, perdemos la nuestra. El reto que se abre con el nuevo siglo, o quizás, mejor dicho, que permanece como asignatura pendiente, es el de rescatar dignidades y crear esperanzas. Ello requiere nuestra presencia, nuestro compromiso y nuestra palabra. Son tres exigencias que necesitan un pequeño comentario.

 

Vivir es convivir. Esto supone la presencia física en espacios de pobreza, donde se padece la injusticia y se trunca la esperanza. Hablamos de lugares en los que la ausencia de oportunidades materiales y afectivas para que las personas lleguen a ser, se hace una triste realidad. Es esencial vivir y convivir, y no simplemente pasar de visita por lugares donde se germina la soledad, el dolor y el sufrimiento. Mi amigo me dice: o se vive en la ciudad de los pobres, o con los pobres de la ciudad. Esa presencia física entre lo humano, con capacidad de sentir, que no es otra cosa que sufrir con quien sufre y de alegrarse en los momentos de fiesta, permite construir nuestras vidas desde «el otro». Descubrir «que desde abajo» y no desde nuestra «altura social» se intuye lo esencial, porque la realidad es el único criterio que cuestiona lo aprendido cultural y socialmente.

Cuántas veces mi amigo hace referencia a todo lo que ha aprendido viviendo con estas personas y en estos lugares: a darse cuenta que heridos estamos todos y que nadie está «mas sano» para curar a nadie, pues lo que transforma y da esperanza es el encuentro personal; a vivir con poco, con lo imprescindible, tanto como lo que tenga la gente de su casa, pues no es justo acumular lo que a otros les falta para comer o vestir; a escuchar, a comprender que las personas están siempre por encima de las cosas, y que determinados comportamientos, por lesivos que sean, necesitan ser comprendidos tras enmarcarlos en una determinada historia de vida. Ha aprendido a buscar soluciones pacíficas, desde la creatividad y el diálogo, ante los conflictos interpersonales. Y lo más costoso, tiene que seguir aprendiendo a cambiar ciertos hábitos y actitudes, propias de una determinada socialización, la que tuvo de joven, para poder convivir con personas que necesitan conseguir un mínimo de estructura personal y equilibrio.

 

El compromiso, que no mantiene otra exigencia que la fidelidad a lo real y personalmente descubierto, es otra clave esencial de transformación. Fidelidad a las personas con las que nos encontramos en el camino. Compromiso que exige nuestra presencia en los momentos de desesperanza, y en los de alegría. Mi amigo me cuenta anécdotas de lo importante que es volver a estar cuando las personas con las que comparte la vida vuelven a drogarse, a vivir en la calle, o son detenidos y llevados a la cárcel; estas situaciones exigen estar de forma distinta, pero estar. Estos son los momentos en los que el encuentro personal está en juego, y por tanto, son la expresión mayor de la fidelidad.

Fidelidad a las ideas forjadas a golpe de contraste de nuestra realidad social y personal con la que padecen la gran mayoría de las personas que en este mundo son víctimas de un sistema de estructura absurdamente injusto. Ideas que hay que forjar desde la realidad, con valentía y capacidad de riesgo. Ideas que hay que mantener, defender y cuestionar. Compromisos que no se pueden asumir sin libertad, sin disponibilidad, sin desprendimiento, y sin valentía.

 

La tercera clave de esperanza es la palabra, la voz para defender; palabra para denunciar, palabra para desobedecer aquello que hace de nuestra convivencia un espacio de sufrimiento y exclusión social. Palabra que garantiza nuestra fidelidad con el pueblo, con la gente compañera de camino; esas palabras que nos evocan directamente a Jesús de Nazaret, a Gandhi o a Martin Luther King, entre otros muchos. Gestos, símbolos de desobediencia que hagan germinar motivos de esperanza.

 

Volviendo sobre nuestra asignatura pendiente respecto de la que hoy estamos todos suspendidos. Darnos cuenta que las cosas no son como parecen que son; como dice el cantautor Pedro Guerra, no todo lo que hay es lo que ves, y lo que ves es lo que es. Presencia, compromiso y palabra disidente. Sin presencia física es muy difícil que surja la transformación personal, ni la social. Se reducen las posibilidades de que germinen los sentimientos de com-pasión e indignación. Sentimientos que surgen de la cercanía, y que han movido a quienes han vivido y luchado por una historia social y política alternativa, distinta de la escrita por los reyes y reinas (poderosos, en el sentido más literal del término); una historia silenciada a golpe de humillación y muerte, no escrita, pero heredada, sin la cual, aún no habríamos avanzado nada en la consecución de los pocos derechos humanos que existen en la realidad. Sin presencia, com-pasión e indignación seguiremos manteniendo e incluso reforzando con nuestra presencia una estructura deshumanizadora e injusta.

 

Sin compromiso no hay realidad transformadora, hay paternalismo, autojustificación; desaparece la conciencia de responsabilidad por todo lo humano superando fronteras, ideas y poderes. Sin palabra, no hay lucha por rescatar dignidades, no hay coherencia, no hay esperanza. No hay gestos, no hay símbolos, no hay cambio, no hay lucha, no hay esperanza.

Por finalizar desde lo positivo. Con estas claves, en el rescate de dignidades cada uno de nosotros se juega la vida, se juega ese momento tan importante como es la muerte. Se juega llegar hasta ese lugar vital, cierto, esperanzador, donde la conciencia tendrá la última palabra, pudiendo gritar como el poeta: confieso que he vivido. O, por el contrario, callar. n

 

 

 

2                  PROMOCIÓN DE LA MUJER EN LOS PUEBLOS

 

Durante algún tiempo he estado trabajando con mujeres del mundo rural. Esto ha formado parte de mi quehacer profesional, pero sobre todo ha sido una iniciativa surgida de la necesidad de reconciliarme con una parte de esa historia que me precede, y que también me conforma con la enorme cantidad de mujeres de las que he aprendido lo que yo quería ser —y lo que yo no quería ser—, de las que he aprendido que las mujeres pagamos en esta sociedad un precio más elevado que los hombres por conseguir determinadas cosas.

Supongo, que se trata también de reconciliarme conmigo misma, con esos valores, actitudes, prejuicios… que introyectamos a lo largo de nuestro proceso de socialización; algunos de los cuales llegamos a descifrar y, por lo mismo, podemos cambiarlos o aceptarlos llanamente; aunque otros nunca los llegamos a hacer conscientes. No en vano la lucha por la igualdad de derechos de hombres y mujeres, es una lucha que libramos junto a otras mujeres y hombres, frente a gran parte de la sociedad, las leyes, la historia… y también frente a una misma.

 

Esa era la razón, quizás, de porqué en un momento dado me planteé realizar programas llamados de «promoción de la mujer» en varios pueblos de Extremadura, pueblos pequeños que viven de la agricultura, donde aún hay gente que no sabe leer y muchos/as que nunca completaron los estudios primarios. Pueblos, donde el único empleo posible está en el campo, y aún éste escasea. Las mujeres que participan en nuestros programas tienen: entre 30 y 50 años que apenas han estudiado, amas de casa, así se autocalifican aunque alternen este papel con el de empleadas de hogar por horas en las ciudades más próximas, o con el de jornaleras agrícolas durante las temporadas de recolección.

 

El programa que desarrollamos es muy sencillito, y no alberga grandes pretensiones: ofrecemos una alternativa de tiempo libre que permita a quienes participan hacer lo que ellas elijan y les apetezca: trabajos manuales, costura, gimnasia, obtener el Graduado Escolar u otro título académico… Una alternativa que, sobre todo, proporcione un espacio donde puedan interrelacionarse fuera del medio habitual (la cola del mercado o mientras barren la puerta de la calle), que puedan charlar, reírse. Esto se completa con unas charlas-coloquio, más o menos informales, donde tratamos también aquellos asuntos de interés común, que no suelen hablarse en la calle: el reparto de las tareas domésticas, los malos tratos, el medio ambiente, la educación de los hijos, la depresión, la incorporación al mercado laboral, el papel de la mujer en la publicidad, etc.

Nadie enseña a nadie, todas compartimos nuestras distintas experiencias, opiniones, dudas, miedos, alternativas… En el fondo, siempre aparece una directriz: combatir la falta de autoestima, recuperar un lugar que es de justicia, quererse a sí mismas, dar un valor a lo que se hace, a las capacidades que se tienen.

 

Pueden parecer cuestiones de perogrullo, largamente superadas, pero desgraciadamente no es así. Recuerdo en una ocasión en que hablábamos sobre cómo podríamos conseguir que «los maridos» colaborasen más en las tareas domésticas, y una de las participantes comentaba: Durante el verano, los dos nos levantamos a las seis de la mañana y nos vamos a coger tomates hasta las tres de la tarde; cargamos las cajas, las echamos al camión y volvemos a casa; comemos, mi marido se echa a la siesta y yo arreglo la casa, preparo la comida para el día siguiente, lavo la ropa del campo… Alguna de las presentes le inquirió: Tú también has estado cogiendo tomates, deberías descansar igual que él y luego entre los dos hacer todas esas tareas. Ella replicó; Sí, yo he estado cogiendo tomates, pero él carga muchas más cajas que yo, porque es más fuerte, y por lo tanto debe descansar más.

Aquello me impresionó mucho: son mujeres que no solo han asumido plenamente el rol que la sociedad (y en esto el mundo rural es mucho más estricto) les ha asignado sino que, además –y esto es muy peligroso–, han buscado una justificación a lo injustificable .

 

No pretendemos una lucha encarnizada frente a los hombres, esto no es una cruzada para doblegar a nadie. Pretendemos ayudar a la mujer para que se reconozca a sí misma, como una persona, ante todo, una persona con sus deseos, sus capacidades, sus posibilidades… Pretendemos que el mundo cambie; sí, tal vez suene a utopías manidas, pero… ¡es tan necesario! He escuchado a muchas mujeres maltratadas, justificar las palizas de sus compañeros de vida, resignarse a ellas para siempre, describir su historia como una concatenación de desgracias en las que ellas siempre han sido víctimas. Supongo que nuestro sueño es acompañar a algunas mujeres a tomar las riendas de sus vidas, a que sientan que en esa historia propia que les toca vivir, son protagonistas, y no actrices secundarias. Resulta difícil. Muchas sufren ya una indefensión absoluta. Por otra parte, la sociedad rural impone unas normas tan férreas, que en ocasiones se teje una coraza infranqueable en torno a ellas, sin que las afectadas perciban para sí mismas, más alternativa que la resignación.

 

No obstante, creo que esta tarea es enormemente esperanzadora, no sólo por la gente joven que vamos empujando con nuestras fuerzas nuevas y con nuestras ideas, tal vez menos constreñidas por la tradición, sino también porque muchas de las mujeres que participan en estos programas encuentran en ellos un lugar donde divertirse, reírse a carcajadas, compartir sus historias, decidir pequeños cambios, respirar, dejar la fregona y sentirse útiles, sentirse creativas, y mirar un poco hacia dentro para quererse algo más.

Juntas, preparamos también el Día de la Mujer, recordamos a cuantas mujeres están en situaciones terribles (las refugiadas, las mujeres del mundo árabe, etc.,) pensamos cómo en estos pequeños pueblos puede profundizarse en la igualdad, reivindicamos, soñamos… y, todo, con un talante festivo, porque el derrotismo no conduce a la esperanza. Así, se van creando pequeñas asociaciones, que empiezan a realizar aportaciones específicas a sus comunidades —y, sobre todo, a sí mismas— en este camino que aún será largo, pero que en grupo se recorre más agradablemente.

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