TESTIGOS DEL SEÑOR RESUCITADO. EN EL INICIO DEL EVANGELIO. PARA INICIAR UNA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Juan José Bartolomé Lafuente

Salesiano, Profesor de Sagrada Escritura

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO.

El autor, que ha dedicado muchos años al estudio y enseñanza del Nuevo Testamento, en especial de los textos paulinos, traza un retrato sugerente de los “testigos” que difundieron el evangelio con Palo en el mundo no judío en el siglo I: Ananías, Bernabé, Silas, Lucas, Timoteo, Tito… El artículo deja claro que “sin comunidad que acoge y forma, sin apóstoles que eduquen y acompañen, no nacen los nuevos testigos del Resucitado”, y que “una nueva evangelización y una iglesia renovada deberán, hoy como ayer, fundarse en testigos fidedignos del Señor Resucitado”. También subraya con fuerza el carácter comunitario del testimonio creyente: “El apóstol sentía la necesidad de unir a su acción a otros cristianos; sin comunidad previa, de fe y de misión, no se puede pensar en crear comunidades nuevas”.

 

“Testigos de Jesús resucitado. Es necesario entender bien ese «de».

Quiere decir que el testigo es «de» Jesús resucitado, o sea, que pertenece a él,

y precisamente en cuanto tal puede dar un testimonio eficaz de él,

puede hablar de él, darlo a conocer, llevar a él, transmitir su presencia”[1].

El cristianismo nació en torno a un grupo de testigos del Resucitado. Testigo fue quien, una generación después, inició el Nuevo Testamento, al decidirse a escribir cartas a sus comunidades. Iglesia y evangelio son, en su mismo origen –y es un hecho histórico–, consecuencia y prueba del testimonio público y repetido de que “Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos” (cf. Hch 2,32; 4,10; 10,41; Rom 7,4; 8,34; 1Pe 1,21). Una nueva evangelización y una iglesia renovada deberán, hoy como ayer, fundarse en testigos fidedignos del Señor Resucitado.

Apareciéndoseles inopinadamente, el Resucitado eligió a quienes iban a ser sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los últimos confines de la Tierra” (Hch 1,8). Uno de ellos, el último de todos según su propia confesión, nos ha dejado la lista de los diversos encuentros tenidos por el Resucitado, que convirtieron en testigos a sus agraciados; escribiendo a los cristianos de Corinto, en torno al año 56 d. C., Pablo pudo afirmar que habían visto al Resucitado, primero, Pedro; después, los doce; después, más de quinientos hermanos, “de los cuales muchos aún viven”; después, Santiago y los demás apóstoles; finalmente y a destiempo, “yo mismo” (cf. 1Cor 15,4-8).

Antes de ejercer como testigos, los discípulos tuvieron que saber que su Señor estaba vivo y compartir esa convicción personal con quienes ya la tenían[2]. Testigo es, pues, quien ha sido ‘encontrado’ por Jesús Resucitado y se encuentra entre hermanos vinculados por idéntica experiencia.

 

  1. Antes que nada, una comunidad que recupera sus testigos

Es, por ello, significativo que, sin contar aún con el Espíritu de Jesús y sin haberse lanzado a ser sus testigos por el ancho mundo (Hch 2,1-41), el primer grupo de cristianos, huérfanos ya de un Jesús que acababa de ascender entre nubes a los cielos (Hch 1,9-12), se dieran cuenta de que, aun siendo ya ciento veinte (Hch 1,15), les faltara uno… Pero no cualquiera, sino un testigo cualificado de la resurrección de Jesús, “uno de entre los que han estado con nosotros todo el tiempo mientras el Señor Jesús estuvo entre nosotros, desde el bautismo de Juan hasta el día en que ascendió a los cielos” (Hch 1,22). El proyecto original de Jesús había quedado comprometido por la traición de uno de sus elegidos (cf. Mc 3,19), y los restantes sintieron la responsabilidad de buscar un sustituto, con Jesús ausente y sin un explícito mandato suyo. Completar el grupo original de “los doce” testigos fue la tarea previa que se dio la primera comunidad creyente, mientras esperaba la irrupción del Espíritu y la primera ocasión para evangelizar al mundo (Hch 2,1-6). No lograron actuar como los testigos enviados del Resucitado que ya eran hasta que no estuvieron todos. Matías fue el nuevo testigo, después de Pascua (Hch 1,26). Pablo, el último (1Cor 15,8). El primero fue elegido por el grupo, incompleto, de testigos originales reunidos en asamblea (Hch 1,15-26). El último fue enviado por el Señor Resucitado a una comunidad que recelaba, y con razón, de él (Hch 9,11-18). Si la comunidad primitiva no pudo ponerse a predicar sin antes reconstituirse eligiendo al testigo que faltaba (Hch 1,26), Pablo, el último testigo elegido por el Señor (1Cor 15,8), tuvo que encontrar una comunidad de testigos antes de poder dedicarse a predicar el evangelio (Hch 9,19-20).

 

  1. El décimotercer testigo

La misión paulina no fue el único –ni siquiera el primer– movimiento evangelizador de la primitiva comunidad cristiana. A finales de los años treinta ya se daban campañas de evangelización, que lideraba la comunidad de Jerusalén, de forma vacilante y sin programación previa. Antes de que Pablo se sumara al esfuerzo misionero de esta primitiva iglesia, el evangelio había sido predicado fuera de los confines de Israel. De hecho, fue caminode Damasco, a donde se dirigía para perseguir la comunidad que allí se había formado, donde Dios tuvo a bien revelarle a su Hijo y separarle para la misión entre paganos (Gal 1,15-16; Hch 9,1-9).

 

            2.1 El testigo del Resucitado necesita de testigos

No está mal recordar hoy, cuando una nueva evangelización es el reto de nuestra Iglesia, que el apóstol por antonomasia dependió de hombres que le acompañaron en su proceso de fe y en su actuación misionera.

En contra de su propio testimonio, que niega haber sido comisionado por nadie excepto el mismo Dios (Gal 1, 16-20), hay que admitir como más verosímil que Pablo se insertase en una comunidad concreta y participara desde el inicio en su compromiso evangelizador (Hch 9,10-22). De la praxis misionera de los primeros cristianos Pablo tomó los contenidos de su predicación y sus métodos, los destinatarios de su actuación y los compañeros de su misión apostólica.

 

            2.1.1 ANANÍAS, el hermano que acogió a Pablo

Aunque no le gustara reconocerlo, Pablo necesitó ser aceptado por una comunidad concreta (Hch9,17-18). Su conversión fue obra exclusiva del Dios que le había destinado a evangelizar a gentiles. Pero para ser cristiano necesitó, además de la intervención divina (Gal 1, 15-17), de la aprobación de la comunidad que le acogió y que le dio el bautismo (Hch 9,15-18).

De poco le hubiera servido a Pablo su experiencia de Cristo Resucitado, camino de Damasco, si no le hubiera encaminado hacia la comunidad cristiana que residía en esa ciudad. Y si recordamos que la causa que le llevaba a Pablo a Damasco era, precisamente, la persecución de esa comunidad, valoraremos más su valentía en asumir como hermano, instruir y cuidar a quien había venido como enemigo irreconciliable (Gal 1, 13-14; Hch 9, 2).

La difícil decisión de la comunidad recayó, según el relato de Hechos, en un testigo de la primera hora, Ananías, del que apenas se conserva más recuerdo que el de haber sido el encargado por Dios para hacer discípulo de Cristo a quien Dios destinaba para ser su mayor testigo (Hch 9,15; 22,14-15). Su nombre irá ligado para siempre a esa sorprendente tarea que Dios le confió: preparar para el bautismo e instruir en la fe a su perseguidor (Hch 9,13-14). Yes que Dios necesita siempre de hombres para que su Iglesia reciba nuevos testigos. El futuro del evangelio pasa por las manos de hombres que no hacen más de cuanto hizo Ananías, obedecer a Dios acogiendo en su comunidad a cuantos Dios les envía. Sin catequistas hoy, no surgirán testigos y misioneros mañana.

 

Un discípulo de Damasco

Nada sabemos sobre el surgimiento de una comunidad cristiana en Damasco. El hecho de que Pablo se dispusiera a perseguirla, hace pensar en que, por alguna razón, se hubiera hablado de ella en Jerusalén. Puesto que Pablo se había provisto de cartas de recomendación ante la sinagoga de una ciudad que, políticamente, no dependía de las autoridades religiosas de Jerusalén, parece probable que el grupo cristiano convivía todavía con los judíos. Los secuaces de Cristo en Damasco eran judíos de raza: «seguidores del Camino» (Hch 9,2), aún no se llamaban a sí mismos «cristianos» (Hch 11,26). De hecho, Ananías es presentado como judío piadoso, que gozaba de autoridad en la comunidad judía de Damasco (Hch 22,12).

Alguna función directiva dentro de la comunidad tuvo que tener Ananías, puesto que fue él quien, en una visión contemporánea a la que produjo la conversión de Pablo (Hch 9,12), recibió del Señor la orden de curar a Saulo y de introducirle en la comunidad. El mismo Dios que se impuso al perseguidor y cambió de destino su vida (Hch 9,3-6),tuvo que imponerse a los temores del dirigente de la comunidad amenazada (Hch 9,13-14). Dios obliga a Ananías a que acepte como hermano (Hch 9,17) a quien El ha elegido como instrumento para dar a conocer su nombre entre losgentiles (Hch 9,15). Para facilitarle la identificación, le da la dirección y le adelanta que le conocerá en cuanto, imponiéndole las manos, le devuelva la vista (Hch 9,11-12). La obediencia a Dios, una obediencia costosa y poco lógica,conduce a Ananías al encuentro de su antiguo perseguidor, convertido ahora en hermano en la fe y necesitado de su ministerio. Sin la fraternidad, ofrecida sin reservas, pero no sin reticencias, Pablo no se hubiera dado al testimonio. La comunidad de Damasco tuvo que contemplar, para su sorpresa, cómo el perseguidor, hecho hermano, se convertía en el mejor predicador de entre todos los hermanos que vivían en la ciudad (Hch 9,20-21).

 

Educadores de testigos hoy

Ver en Ananías al «catequista» de Pablo no es más, quizá, que una exageración, un anacronismo. Pero tiene el mérito de hacer patente una ley esencial de la vida cristiana: no nacen testigos donde no hay ya testigos. No habrá evangelización al que viene de fuera, allí donde no ha habido formación en la fe al que está ya dentro. Sin hermanos que se cuiden de la fe y de la salud del recién llegado, no podrán surgir apóstoles que proclamen la fe común y se pongan al servicio de la común salvación. No le bastó a Pablo contar con Dios, tuvo que ser contado como hermano, para que Dios y la comunidad de Damasco contasen con su mejor testigo.

El recuerdo de Ananías debería llenar de ilusión a quien dedica su vida a la atención de la fe de sus hermanos. El educador de la fe no tiene derecho a desesperar de una tarea en la que puede estar sembrando, sin sospecharlo siquiera, el porvenir de su comunidad de apóstoles mejores que él mismo. Para lograrlo, no precisa más que de obediencia a la llamada de Dios y cordial aceptación de todos los que Dios ponga en sus manos. ¿O es que el Dios que mandó a Saulo a Ananías no es el mismo que envía catecúmenos a su Iglesia hoy? ¿Quién no podrá, pues, entusiasmarse con ser hoy el pedagogo en la fe de un gran creyente de mañana, si se dedica a introducir en la fe común y a acompañar en la vida de fe a quien lo precisa?

Bien considerada, la hazaña de Ananías consistió sólo en su obediencia, que le llevó a aceptar la decisión de Dios sobre Pablo. La responsabilidad del hombre de Iglesia se satisface cuando, siguiendo el dictado de Dios, abre la vida común y ofrece el evangelio a todo el que Dios quiera enviarle, sin fijarse en antecedentes o medir las consecuencias. Si Ananías se hubiera dejado guiar por sus lógicos reparos, la Iglesia hubiera perdido a Pablo.

No basta, pues, con que existan en la Iglesia de Dios buenos discípulos, le hacen falta testigos obedientes para que sigan surgiendo en su seno apóstoles de la talla de Pablo. Pocas tareas en la Iglesia de hoy forjan su futuro mejor que la del que, por trabajar en la transmisión de la fe a las generaciones que vienen, está educando a los apóstoles de mañana.

 

            2.1.2   BERNABÉ, el tutor de Pablo

Nacido en Chipre, José Bernabé era judío helenista, probablemente del círculo de Esteban y, por tanto, creyente de la primera hora. Levita afincado en Jerusalén, donde tenía algunas posesiones que vendió para aliviar económicamente a la comunidad (Hch 4,36). Gozaba tanto de la confianza de los apóstoles por ser «hombre bueno, lleno de Espíritu y de fe», que fue por ellos enviado como su delegado a la recién creada comunidad de Antioquía (Hch 11,22-25). Y fue en cumplimiento de esta misión, tras comprobar que se debía a la gracia de Dios el surgimiento de la comunidad antioquena, por lo que se decidió a subir a Tarso para traerse a Pablo y atraérselo para la misión (Hch 11,25-26).

 

Mentor del testigo elegido

A Bernabé, pues, debió el apóstol ser liberado de su misión en solitario por tierras de Siria y Cilicia (Gal1,21), al ofrecerle la posibilidad de compartir juntos una evangelización que iba a ser apoyada y favorecida por la primera comunidad que se atrevió a llamarse cristiana (Hch 11, 26). La compañía de Bernabé y su aprendizaje junto a él contribuyeron a que Pablo fuera considerado por la comunidad antioquena como uno de sus apóstoles: Bernabé y Pablo serán los encargados de llevar la ayuda económica a Jerusalén (Hch 11,27-30). Más tarde, ambos serán elegidos apóstoles de la Iglesia de entre otros profetas y doctores para iniciar la misión de Asia Menor (Hch13,1-3).

Curiosamente, el primer viaje misionero que Pablo emprende lo hace como delegado de una comunidad y bajo la autoridad de su mentor (Hch 13,4): la decisión de enviar misioneros la toma la comunidad, aunque se deja a Dios que elija a los testigos. Siguiendo una norma del mismo Jesús (cf. Mc 6,7; 10,l), los enviados de la comunidad practican la misión cono quehacer comunitario; los apóstoles designados van acompañados de colaboradores y auxiliares (Hch 13,5). La comunidad de Antioquía se responsabilizó del envío de un grupo demisioneros, a los que dotó de personal y acompañó con su oración.

El éxito conseguido en Asia Menor por los apóstoles Bernabé y Pablo (Hch 14,4-14) creó un grave problema a la comunidad. Los nuevos conversos, mayoritariamente procedentes del paganismo, habían recibido la fe sin ser obligados a la circuncisión. No se trataba simplemente de una opción táctica; la medida tocaba la comprensión misma del cristianismo y su esencia: ¿había que hacerse judíos antes de llegar a ser cristianos? ¿Habría queimponer la ley dada por Dios a Israel para obtener la gracia donada por Dios en Cristo Jesús? En definitiva, ¿de dónde viene la salvación: de la obediencia a la ley o de la fe en Cristo? Bernabé y Pablo, tras rendir cuenta de su actividad a su comunidad (Hch 14,27), acudieron a Jerusalén, al frente de una delegación, para someter el problema a la autoridad de los apóstoles (Hch 15,1-4). El resultado de la consulta supuso el triunfo de la misión de los antioquenos; con ello Pablo lograba legitimar su predicación y su vocación personal (Gal 2,1-10).

Que semejante triunfo lo compartiera Pablo con Bernabé (Hch 15,27.25-26; Gal 2,1.9), hizo más dolorosa la defección de Bernabé en Antioquía, en un asunto aparentemente menor; contra el parecer de Pablo, Pedro, al que se unió Bernabé, rompió con su costumbre de comer junto a los cristianos provenientes del paganismo por no desairar a los judíos cristianos (Gal 2,11-14). La censura que Pablo dirigió a Pedro alcanzó a su mentor y amigo; la ruptura fue tan profunda que los caminos de ambos apóstoles se separaron definitivamente (cfr Hch15,39-40). Desde ese momento, Pablo se sintió desligado no ya sólo de Bernabé sino, incluso, de la comunidad deAntioquía, la comunidad a la que se debía su acogida cordial, la instrucción en las tradiciones del evangelio y en las tácticas misioneras y, muy en especial, el envío a la predicación de los gentiles.

 

Grandeza y miseria del testigo

Pablo necesitó de una comunidad para ser creyente y testigo. Y fue durante su período antioqueno, de la mano de Bernabé y con su apoyo, cuando aprendió el evangelio que predicaba y se acercó a los destinatarios a los que iba después a consagrar su vida en exclusiva. Sin Antioquía, y a pesar de cuanto Pablo diga escribiendo a losgálatas (Gal 1,15-2,14), Pablo no hubiera llegado a ser el apóstol de los gentiles que hoy admiramos: sin comunidad que acoge y forma, sin apóstoles que eduquen y acompañen, no nacen los nuevos testigos del Resucitado.

Si la vocación apostólica de Pablo vino de Dios, la formación en la tradición y las opciones misioneras procedieron de la comunidad en la que Bernabé lo integró. Sin comunidades abiertas a quien Dios les manda, sincomunidades dispuestas a transmitir evangelio y quehacer misionero, no surgirán los apóstoles de los alejados; parallegar a los que no han recibido aún el evangelio, hay que saber recibir a quien Dios quiera enviarnos. Una comunidadque se cierra a cuantos Dios le envía, no dispondrá de misioneros que enviar a cuantos esperan de ella el evangelio.

Faltan, seguramente, en nuestras comunidades apóstoles como Bernabé, que utilicen su prestigio personal para lograr la inserción de los alejados y para, con la amistad y la compañía, educarles en la misión común. ¿De cuántosPablos, perseguidores convertidos en predicadores, nos estaremos privando en la Iglesia de hoy por no darse en ella otros tantos Bernabés, apóstoles amigos de cuantos llegan a nosotros para saber más sobre Jesús y por saberse enviados suyos en el mundo?

Lo que más sorprende en la relación que existió entre Bernabé y Pablo fue, sin lugar a dudas, su ruptura. Y nosólo por sus causas, también por sus consecuencias. Llevarse consigo en un nuevo viaje misionero a quien los había abandonado anteriormente (Hch 15,37-38) no parece una buena razón para romper una amistad hecha de reconocimiento mutuo y de afecto sincero. Más grave fue para Pablo el comportamiento de Bernabé cuando evitó comer en Antioquíajunto a los cristianos no judíos (Gal 2,11-13). El apóstol no pudo ‘perdonar’ a su tutor que simulara sus propias convicciones; la fe en Cristo no exigía el cumplimiento de la ley.

El incidente no sólo desdramatiza las tensiones que pueden surgir entre apóstoles amigos; insinúa, además, qué tipo de causas pueden poner en crisis una amistad cimentada en años de apostolado conjunto. Cuando se cuestiona la fe predicada en común mediante un comportamiento concreto, queda cuestionada, ipso facto, la comunión apostólica. No se apoya ésta sólo en el respeto debido ni en el lógico afecto por la persona que nos ayudó, sino, sobre todo, en la coherencia con que se vive el evangelio que predicarnos en común. Es el evangelio predicado y la forma concreta de vivirlo lo que hermana a los apóstoles que lo anuncian.

Y no habría que olvidar que sin la ruptura de Pablo con Bernabé, probablemente no hubiera surgido el apóstol de los gentiles. Tras su aprendizaje, Pablo se liberó de la tutela de su apóstol para ser el apóstol de libertad. La fundación de la Iglesia en Grecia, la misión cristiana de Occidente, fue posibilitada por la disputa entre apóstoles amigos. Pablo recordará después con agrado a Bernabé (Gal 2,1.9.13), a quien pudo imitar en su forma de vivir apostólicamente (1Cor 9,6). La ruptura no fue total, pero fue ruptura. Es un misterio el que el progreso del evangelio conlleve dolorosas separaciones entre sus promotores. Así Dios va superando obstáculos que pueden entorpecer sus opciones y obliga a sus apóstoles a tomar decisiones que, no raramente, contradicen sus sentimientos personales.

 

         2.2. Un auténtico testigo se dota de compañeros y elige sus herederos

Según el autor de Hechos, Pablo rompió con Bernabé, su amigo y mentor, causa de Marcos, a quien no quería de nuevo como compañero de misión (Hch 15,39), pues lo había abandonado en el anterior viaje misionero (Hch 13,13). Es probable que se dieran razones más profundas (cf. Gal 2,11-14). El caso es que Pablo no podía ya contar con la comunidad donde sus posiciones habían quedado desautorizadas por la actitud de Pedro, Bernabé y los demás judeocristianos; la discusión en torno a Marcos le privó, además, de Bernabé, hasta entonces su mejor aliado.

Sorprende la reacción de Pablo; emprende su nueva misión eligiéndose un compañero, Silvano, el primero de una larga serie de colaboradores (Hch 15,40). Después vendrían Timoteo y Tito, a quienes el apóstol llegó a considerar hijos (1Tim 1,18; Tit 1,4), Epafrodito de Filipos (Flp 2,25), Epafras de Celosas (Col 1.7; 4,12), Tíquico, ayudante fiel y delegado en Efeso (Ef 6,21-22; 2Tim 4,12), Lucas, el médico amigo, compañero de viajes (Col 4,14;Flm 24; 2Tim 4,11; Hch 16,10).  Aunque no todos estuvieron luego a la altura de la confianza que en ellos depositaba el apóstol (2Tim 4,10), el caso es que Pablo jamás renunció a compartir vida y misión con cuantos aceptaban suinvitación a dar testimonio del Resucitado: desde la comunidad vivida, creó comunidades vivas.

 

            2.2.1. Silvano y Lucas, dos estrechos colaboradores

Elegido por Pablo para acompañarle por Siria y Cilicia (Hch 15,40-41), Silvano era  un judeocristiano perteneciente a la comunidad de Jerusalén, donde ejercía una cierta autoridad (Hch 15,22.27), con fama de profeta (Hch 15,32). Acompañó a Pablo durante la mayor parte de su viaje (Hch 15,40-18,5) y le apoyó en ladecisión, probablemente, más trascendental que tomó el apóstol: misionar Europa (Hch 16,9-10); de hecho, cuandoPablo escriba a la comunidad de Tesalónica, lo nombra como estrecho colaborador (1Tes 1,1) y, más claramente, en 2Cor 1,19 aludirá a su activa participación en la evangelización de la comunidad corintia. Más tarde aparecerá como secretario y hermano fiel de Pedro (1Pe 5,12).

Según la tradición, Lucas, el autor del tercer evangelio y del libro de Hechos, fue compañero de viajes y penalidades, que supo narrar con detalle (Hch 16,10-17; 20,5-15; 21,1-18; 27, 1-28, 16). Pablo lo menciona varias veces cono colaborador (Col 4,14; Flm 24). Cristiano de procedencia pagana, y médico de profesión, fue en momentos difíciles el único apoyo y amigo fiel de Pablo (2Tim 4,10-11).

No deja de ser emocionante contemplar a Pablo, en el atardecer de su vida, rogando a Timoteo queapresure su venida para consolarle con su presencia, pues todos, a excepción de Lucas, le han dejado. La soledad del apóstol, que siempre quiso estar rodeado de colaboradores, constituye todo un drama; quien tanto confiódurante su vida en sus compañeros como para confiarles su propia misión, tuvo que enfrentar su muerte solo ante Dios (2Tim 4,16-18). Los compañeros lo son para la evangelización, no simplemente del evangelista; tal fue la dura lección que tuvo que aprender Pablo, al final de sus días. Toda una advertencia para apóstoles.

 

El testigo convierte en hermanos a sus colaboradores

Que la misión fuera empresa que compartir era una necesidad. Las condiciones de viaje imperantes en la época imperial romana hacían peligrar la vida de cuantos se aventuraban a viajar. Pablo llega a enumerar, como signos del auténtico apóstol, una lista impresionante de estos peligros (2Cor 11,22-27). Pero no fue ésta, con toda seguridad, la razón por la que Pablo procuró siempre contar con compañeros de misión. El apóstol sentía la necesidad de unir a su acción a otros cristianos; sin comunidad previa, de fe y de misión, no se puede pensar en crear comunidades nuevas. Si se quiere suscitar hermandad, hay que haberla ensayado antes.

En Pablo se nota interés, preocupación incluso, por ligar a sus colaboradores a su acción. Con ellos comparte el trabajo y las penas que le ocasionan sus comunidades y la responsabilidad que tiene asumida frente a Dios. Y ello es tanto más significativo cuanto que, por temperamento y experiencia, podría estar más inclinado a misionar por libre. Así, y aunque se considere único responsable de las cartas que escribe a las comunidades, asocia como autores a cuantos, en el momento de su redacción, comparten su tarea misionera (1Tes 1,1; 1Cor 1,l; 2Cor 1,1; Flp 1,1; Col 1,1; Flm 1). Y es que está convencido de que Dios ha hermanado a cuantos ha dado idéntica tarea: llama a sus compañeros de misión colaboradores, cooperadores (Rm 16,3.9.21; Flp 2,25; 4,3;Flm 1.24), entendiendo que participan del mismo envío, de la misma responsabilidad e idéntica autoridad que la suya. Timoteo, uno de los mejores discípulos, pudo ser considerado por Pablo como «hermano nuestro y colaborador de Dios» (1Tes 3,2). Los apóstoles de hoy que se quejen de no conocer la fraternidad que da la misión cristiana, o no han sido enviados por Dios o no saben descubrir, en quien comparte la misma tarea, al hermano que Dios le ha concedido.

 

La fraternidad, método de la misión

La misión cristiana es obra, pues, de hermanos. Ello, y bien lo supo el apóstol, no la libra de tensiones y rupturas. La hermandad no obliga a la uniformidad, ni en el evangelio que predicar ni en las formas de hacerlo. Pablo en Corinto tuvo que soportar rivalidades que surgieron por preferir unos a un apóstol contra otro, siendo como son todos colaboradores de Dios y edificadores de una única iglesia (1Cor 3,3-9). Pero ello mismo hace caer en la cuenta de que, aunque sea punto de partida, la fraternidad no es nunca meta alcanzada mientras dure la evangelización: siempre se puede perder y siempre se ha de reconquistar.

Nadie mejor que Pablo para confirmarlo. Partió a misionar con Silas, tras haber roto con Bernabé, al negarse a aceptar a Marcos; sin embargo, parece que Marcos le acompañó durante su etapa última (Col 4,14;Flm 24), siendo considerado por Pablo como «muy útil para su ministerio» (2Tim 4,1). Y lo mismo que se ganan hermanos, pueden perderse: Demas, quien junto con Lucas fue compañero de misión en tiempos de cautividad (Col 4,14: Flm 24), terminó por dejar solo al apóstol cuando más lo necesitaba (2Tim 4,9-10).

La necesidad de contar con colaboradores no es, en el auténtico apóstol, sólo sicológica ni, menos aún, instrumento de eficacia misionera. Responde a la voluntad de Dios, quien concediendo a varios su representación les obliga a coincidir en la realización: el apóstol tiene tantos hermanos como enviados tiene su Dios. La fraternidad no es meta de la misión, sino su método. Apóstoles desunidos no pueden crear comunidad. La ruptura consumada puede salvar la vida común, puesto que la comunidad no se extiende más allá de donde existe comunión; la ausencia, consciente o no, de fraternidad entre apóstoles señala ya la inexistencia de una vida común, aunque persistan las apariencias. No es el enviado, sino su Señor, el Señor de la misión yde la comunidad; la común misión impone la comunidad de vida entre misioneros. ¿Qué pensar de apóstoles que se ignoran o se desprecian, mientras -y a veces, porque- trabajan en la misma tarea misionera?

 

          2.2.2 Tito y Timoteo, hijos y herederos

Como consecuencia del éxito que su misión personal entre paganos conoció, no pasó mucho tiempo hasta que Pablo pudo contar como compañeros de misión a sus propios discípulos. Tras un período largo y fecundo de propagación de la fe, tuvo que atender a las diversas comunidades que habían surgido en las más importantes ciudades de Grecia y Asia Menor; sin dejar de apoyarse en la ayuda de misioneros, que, como él, habían consagrado toda su vida a la evangelización, Pablo pudo recurrir a personas, más jóvenes, que habían recibido de él la fe.

No fue su decisión mera opción táctica; la predicación era para él destino y razón de su vida (1Cor 9,16); lo que nacía de su misión lo consideraba don de su Dios y, al mismo tiempo, su mejor garantía ante su Señor (1Cor 9,1-2). Pablo, que concebía la misión como ocupación de hermanos, no supo distinguir entre su vida de apóstol y su vida afectiva: se sintió verdadero padre de cuantos había llevado a la fe (1Tes 2,11; Gal 4,19; 1Cor 4,16-18; 2Cor 6,13); consideró como hijos a sus conversos (Flp 2,22; 1Tim 1,2.18). La fe transmitida le obligó a transmitir sus sentimientos; aceptaba como auténticos hijos a quienes aceptaban su predicación.

 

“Un verdadero hijo por la fe común” (Tit 1,4).

De padres paganos y converso de Pablo, Tito era miembro de la comunidad antioquena; incircunciso, acompañó a Pablo durante su consulta con los pilares de la Iglesia de Jerusalén; allí resultó ser la prueba fehaciente de la libertad que el evangelio paulino proclamaba (Gal 2,1-10). Su temprana presencia en Jerusalén le convierte en uno de los primeros cristianos provenientes del paganismo; con todo, sobre él nada nos dice el autor de Hch. Para Pablo, en cambio, fue, según su propio testimonio, mucho más que un fiel colaborador (2Cor 2,13; 7,6-7.13-16; 8-6; 12, 7-18): fue su hombre de confianza.

Junto al apóstol, trabajando en la misma tarea, Tito pasó de ser compañero más joven a confidente y amigo íntimo. En tres ocasiones Pablo le encomendará misiones delicadas: portador de una misiva del apóstol, redactada entre lágrimas, logró restablecer la autoridad de Pablo en Corinto (2Cor 7,6-7.13-16); su actuación logró, además, la aprobación de la comunidad, un éxito éste que se le había negado al apóstol. Por ello, quizá,Pablo volverá a enviarlo a Corinto para que se responsabilizara de organizar allí una colecta en favor de la comunidad de Jerusalén, una tarea que Pablo siempre consideró personal (Gal 2,10; 2Cor 2,13; 8, 6.16.23; 12,18). Posteriormenteacompañaría a Pablo en su misión a Creta y quedaría allí, comisionado por el apóstol, para completar su obra y paradotar a las comunidades de líderes propios (Tit 1,5); semejante encargo da idea de la confianza que el apóstol tenía en sudiscípulo.

 

Testimoniar a Cristo, una empresa de confianza

Que Pablo necesitara de ayudantes en su misión, nada tiene de extraño, si se toma en cuenta la ambición de sus proyectos y el sentido de urgencia con que vivía su vocación. Ha de sorprender, en cambio, que un hombre tan difícil como el apóstol sintiera la necesidad de apoyarse en sus discípulos; tan orgulloso como estaba del origen divino de su apostolado (Gal 1,11-12), tan polémico como fue en la defensa de su independencia y autoridad (Gal 1,13-2, 14; 2Cor 10, 1-12, 13), no evitó mostrarse afectuoso y tierno con sus comunidades, incluidas aquellas que más disgustos le ocasionaron (Gal 4,19; 2 Cor 6,13): amaba entrañablemente a cuantos había conducido a Cristo; saberse enviado de Dios, le hizo sentirse su padre.

La capacidad de confianza en los suyos que muestra el apóstol no es más que reflejo y efecto de la capacidad de confianza que Dios le ha mostrado al apóstol, cuando le confió un evangelio que predicar y unos oyentes a los que decírselo. Una evangelización, una catequesis, una misión que nieguen al destinatario el respeto o el cariño no se autentifican como cristianas, aunque le den el evangelio; malamente podría representar al Dios de Jesús quien mantiene distancias o prejuicios con respecto a sus destinatarios. El apóstol, que ha nacido de la confianza que Dios le tuvo al confiarle como tarea de su vida el evangelio y sus oyentes, no puede negarse a confiarles el evangelio ni a sí mismo: la persona del evangelista pertenece, corno el evangelio, a sus oyentes. Dios ha hecho de su representante un padre para sus hijos. Como Pablo, el apóstol ha de saberse padre de sus cristianos; la Buena Nueva del amor de Dios no puede quedar en manos de predicadores que no saben amar; el evangelio que se transmite con frialdad omenosprecio no es auténtico, aunque sea ortodoxo. La paternidad espiritual no es para el apóstol una necesidad personal, sino un deber de su oficio: sus afectos encontrarán en quién fijarse allí donde el evangelio encuentre acogida.

Confiarse en otros y confiarles las propias tareas es deber del apóstol, ese hombre que ha nacido de la confianza de Dios. En el enviado de Dios la capacidad para la confianza no surge sólo, ni principalmente, de las virtudes de sus discípulos; nace, más bien, de su convicción de que la evangelización entera es una empresa de confianza. Sin poner en las manos de otros lo que nosotros recibimos sin mucho mérito, no se lleva adelante la tarea que nos fue encomendada. Un apóstol en torno al que no crecen los discípulos sería, como un padre sin hijos, una persona frustrada; y, con paternidades frustradas, nadie puede arrogarse el ser apóstol del Dios que es Padre.

 

Los herederos del apóstol, una necesidad y una tarea apostólica

Mediada ya la vida y medio realizada su misión, Pablo tuvo que apoyarse en colaboradores a los que pudiera exigir compañía y trabajo misionero lo mismo que lealtad para con su persona y dedicación para con su obra; estos nuevos colaboradores los encontró allí donde él había sembrado la fe y su afecto: en sus comunidades nuevas. La urgencia por responder de todas ellas le obligó a echar mano de creyentes, que surgieron allí donde iban a ser enviados. La cercanía que mantenían con las comunidades paulinas fue razón suficiente para que los enviara el apóstol en su nombre y con su autoridad. El hijo le nace al apóstol cuando su discípulo se convierte en su heredero: la misión compartida produce fraternidad; remplazar al apóstol en su tarea es quehacer de hijos.

Tito, hijo auténtico de Pablo (Tit 1,4), supo acompañarle como prueba fehaciente de la libertad que concede la fe de Cristo ante las autoridades de Jerusalén; y allí le rindió un gran servicio (Gal 2,1-9). Pero sólo fue cuando, en ausencia del apóstol, su discípulo se atrevió a mantener su obra y prolongar su autoridad, en Corinto lo mismo que en Creta, que Pablo supo que contaba ya con un hijo. La obediencia a sus directrices, elentusiasmo por llevarlas a término, la responsabilidad al tener que suplirle y la libertad de decisión a la hora de hacerlo distinguen al hijo del siervo. Es mérito del apóstol preocuparse por la educación de sus discípulos; oficio es de padres lograr obediencia en libertad, cariño sin pérdida de respeto. Pablo, apóstol y padre, supo lograrlo. Y su recompensa estuvo en poder contar con discípulos que, como Tito, le fueron verdaderos hijos, porque, en su nombre, se hicieron cargo de su obra.

Cambiarían nuestras comunidades si surgieran en su seno apóstoles con imaginación y ganas suficientes como para hacer de su quehacer misionero oportunidad única para responsabilizarse de la fe y la vida de sus destinatarios; falta vida de familia en nuestras comunidades de fe, porque escasean los apóstoles con vocación de padres. Negarse a confiar en otros lo que uno ha recibido en confianza convierte al administrador fiel en celosopropietario; el apóstol debe a sus discípulos el evangelio que les predicó y la misión que desarrolló; no siendo él más que un enviado, no puede cerrarse ante quienes Dios le envía. La tarea apostólica, que se inició cuando el oyente se convierte en discípulo, llega a término si el discípulo se convierte en heredero.

Cambiarían nuestras comunidades si surgieran en ellas discípulos que obligaran a sus apóstoles a aceptarlos como hijos; los responsables de las comunidades, hoy como en tiempos de Pablo, están necesitando de creyentes que les convenzan de que están preparados para compartir la tarea misionera y la responsabilidadapostólica. Discípulos que rehúyan la misión de remplazar a sus maestros, que no sientan la necesidad de cuidar de su obra, no harán padres a sus apóstoles. El apóstol no puede contentarse con ser simple pedagogo, pudiendo ser padre (1Cor 4,15). Y la comunidad cristiana no logrará sentirse familia de Dios, si los creyentes no se saben hijos auténticos de su apóstol, por la fe común. No se debería negar a ninguna comunidad cristiana la dicha que tuvieron las comunidades de Creta, que estaban presididas por un auténtico hijo de Pablo, Tito, su discípulo (Tit1,4).

 

Discípulo predilecto y albacea

También a Pablo le llegó el momento en que debió afrontar el problema de su herencia; tras treinta años de misión continua, había fundado comunidades en las principales ciudades del imperio; luchó casi en solitario por mantener su evangelio en ellas, libre de la ley y de las costumbres judías, consiguiendo con ello crear un nuevo modo de ser cristiano. Pablo fue precavido: prefirió encomendar su obra no ya a cuantos colaboraron con él en la primera evangelización, sino a los que ésta había llevado a la fe. Hizo de sus conversos, tras un período de aprendizaje junto a él, compartiendo misión y vida, guías de sus comunidades; nombró herederos a sus hijos.

Y es que el apóstol no sólo dejaba comunidades que liderar; también se sentía responsable de una tradición que sus comunidades debían conservar. En sus comunidades se había ido creando un rico patrimonio de fórmulas de fe y códigos de conducta que eran, al mismo tiempo, reflejo de su experiencia cristiana y garantía de su identidad; de su mantenimiento dependía la perduración del modo paulino de entender y vivir el cristianismo. Nada de extraño tiene el que Pablo, deseoso de asegurarse la prolongación de su obra, eligiera con tiempo a susalbaceas y los seleccionara entre los creyentes que le debían a él la fe y que sentían por él afecto filial.

Poco después de su ruptura con Bernabé, y tras misionar Siria y Cilicia junto a Silas, en Listra, Pablo se encontró con Timoteo, (Hch 16,1; 19,22); hijo de padre pagano y de madre cristiana, recibió la fe, probablemente, del mismo Pablo durante su anterior misión en Listra (Hch 14,6): el término «hijo», repetidas veces aplicado a Timoteo (1Cor 4,17; Flp 2,22; 1Tim 1, 2.18; 2Tim 1.2), lo empleaba el apóstol sólo con sus convertidos (1Tes 2,7.11; Gal 4,19; 2Cor 12,14; 1Cor 4, 15). Con todo, Pablo no duda en reconocer la enorme influencia que, en su instrucción cristiana, tuvieron su madre, Eunice y Loide, su abuela (2Tim 1,5; 3,15). ¡Al menos una vez, y por Pablo, tan celoso de su protagonismo en la propagación del evangelio, se hacía justicia al papel de la mujer cristiana en la transmisión de la fe!

Todavía joven, Pablo le convenció para que le acompañara en su misión por Europa y permaneció junto al apóstol durante todo el tiempo, excepción hecha de algún viaje que debió emprender a instancia del mismo Pablo (1Tes 3,2.6; Rm 16,21; 1Cor 4,17; 16,10-11; Hch 19,22). Fue, sin duda alguna, el colaborador más estrecho de Pablo: le siguió en el viaje de regreso a Jerusalén (Hch 20,4) y estuvo a su lado en Roma, durante su cautividad(Hp 1,1; 2, 19; Col 1,1; Mm 1). Nada de extraño hay, pues, en que Pablo lo asocie como mitente de seis de sus cartas y en ellas lo presente a sus comunidades como su fiel colaborador (1Tes 1, 1; 2Tes 1,1; 2Cor 1,1; Col 1,1; Hp1,1; Flm 1). Implícitamente, Pablo reconocería así no sólo la dedicación de Timoteo hacia su persona, sino también su protagonismo en la misión común. En Timoteo, Pablo encontró el compañero que no tuvo en Bernabé oSilas: más que un colaborador fiable, un hermano y un amigo fiel. No resulta sorprendente que pensara en él para dejarle su obra como herencia.

Que Pablo sintiera un profundo cariño por Timoteo, queda patente en algunas de las recomendaciones que le dirige. De carácter más bien tímido y reservado, joven todavía. Pablo se preocupa por que sus comunidades le reciban bien (1Cor 16,10-1 l), lo mismo que por darle a él ánimo en el desempeño de su tarea (1Tim 1,18; 4,12; 2Tim 1,8; 2,22); sabedor de su débil constitución, el apóstol se preocupa de su salud y le aconseja que cuide su estómago (1Tim 5,23), detalle este insólito en un hombre como Pablo, pero digno de un apóstol que se sienteauténtico padre (1Cor 4,17; Hp 2,22; 1Tim 1,2.18). Prueba de esta familiaridad fue que Pablo se atreviera a pedirle su circuncisión para evitar problemas con los judaizantes (Hch 16,3). Si la noticia de Heb 13,23 es cierta, trabajó en la misión durante muchos años, para la cual había recibido la imposición de manos (1Tim 4,14; 2Tim 1,6), sobreviviéndole a su apóstol y responsabilizándose de sus Iglesias.

Timoteo, misionero y guía de comunidades, creció y se hizo a la vera y en la escuela de Pablo; el apóstol le distinguió con una amistad llena de ternura y con respecto hecho de admiración: verdadero hijo por la fe (1Tim 1,2), no dejó de considerarlo como hermano y colaborador de Dios en la predicación del evangelio (1Tes 3,2). Es conmovedor cómo lo necesitaba Pablo, cuando, previendo cercana su muerte y habiendo sufrido la traición del algunos, lo echa de menos y desea su pronta venida (2Tim 4,9.21). El apóstol necesitaba al hijo (Flp 2,22) para coronar su fidelidad personal (2Tim 4,5-9).

 

  1. Herederos de testigos

Como cualquier fundador, Pablo tuvo que pensar en dejar su obra en manos de otros. A pesar de su previsión, que le había permitido educar personalmente a quienes iba a responsabilizar a su herencia, el traspaso de autoridad coincidió con una situación delicada dentro del cristianismo a partir de los años sesenta.

La desaparición física de los primeros testigos dejaba a las comunidades sin puntos de referencia, en caso de divergencias en la interpretación de la tradición, y sin instancias cuyas decisiones se consideraraninapelables. El pluralismo que conocía el cristianismo, presente ya en las principales ciudades de Oriente y Occidente, era, lógicamente, motivo de tensiones en las comunidades. Pablo reaccionará exhortando a sus herederos a que asuman su propia responsabilidad: luchen contra los falsos maestros que amenazarían la vida de sus comunidades (1Tim 1,18-20; 6,11-16), continúen organizando los misterios (1Tim 3,1-13) y se preocupen deque no decaiga el fervor cristiano en la vivencia diaria de la fe (1Tim 2,1-10; 5,1-21). Tareas que el apóstol no pudo resolver son, junto a las comunidades que Iza ir que gobernar en su nombre, la herencia apostólica. Sólo si las asume, el discípulo se convierte en heredero.

Quien ha recibido comunidad y evangelio de testigos que le precedieron, no debe encontrar dificultad en dejar a otros el patrimonio recibido. El apóstol que es incapaz de dejar a otros la comunidad que fundó o,simplemente, acompañó durante un tiempo, si es que es apóstol auténtico, es un mal apóstol. Sólo quien manda es el Señor: deber del enviado es, además de ocuparse de aquéllos para los que ha sido enviado, preocuparse de queno les falten apóstoles, cuando él les falte. La obediencia a la vocación apostólica incluye la aceptación de tener que ser sustituido; prepararse a ello, preparando al sucesor, es la forma de legitimarse como apóstol. La misión apostólica impone como quehacer de la vida no sólo a los propios destinatarios, obliga también a encargarse de los que han de sucedernos. No hay herencia sin patrimonio ni sin herederos.

Como en tiempos de Pablo, la comunidad cristiana necesita hoy de apóstoles que dejen un patrimonio doctrinal, fruto de su trabajo evangelizador, y unas personas que lo administren, en su nombre, con autoridad. El apostolado no puede reducirse, simplemente, a crear estrechos lazos afectivos entre el apóstol y sus destinatarios; aunque tenga que nacer familiaridad entre el evangelizador y el evangelizado, no son sentimientos humanos sino amor divino el contenido del evangelio cristiano. Buscar la aceptación personal conduce, por desgracia, a que elapóstol traicione el evangelio. Quien se sabe querido por Dios no necesita de otros quereres para llevar a cabo la misión para la que fue querido.

Como en los tiempos de Pablo, la comunidad cristiana necesita hoy de testigos que se ocupen de evangelizar lo mismo que de encontrar evangelizadores que puedan sustituirlos. Hacerse imprescindible en la misión es perder la razón de ser: el enviado de Dios, precisamente por serlo, no pone obstáculos a quien viene a él, por Dios enviado. Reconocer la vocación ajena es la forma de sentirse reconocido con Dios: en cada elegido quepueda sustituirle, el apóstol encuentra un nuevo motivo para seguir trabajando. Ocuparse de quien le va a suceder implica preocuparse por el porvenir de lo que se está haciendo. Nunca el heredero es un antagonista; la obra de nuestras manos queda en manos de nuestros hijos. No se entiende bien por qué iba a ser distinto en la obra apostólica.

El cariño y la fidelidad que debemos a quienes nos engendraron en la fe, se satisface cuidándonos de su herencia. Pablo no dejó huérfanas a sus comunidades, al confiarlas como heredad a sus hijos. Todo lo que el discípulo podría conservar de él lo tenía en sus comunidades: las comunidades paulinas encontraron en los sucesores del apóstol todo cuanto de él echaban en falta: cercanía física, dirección espiritual y dedicación continua. Nombrando albaceas, Pablo era consciente de dejar una herencia que administrar. Pero no bastaba que el apóstol quisiera elegir herederos ni que sus comunidades necesitaran de ellos. Discípulos como Timoteo tuvieron que asumir unas tradiciones y una labor que ellos no iniciaron, pero que deben continuar y enriquecer para dejarlas, a suvez, mañana como heredad a sus discípulos de hoy. La responsabilidad asumida es, en la Iglesia, desde los tiempos de Pablo, una responsabilidad que compartir: buen heredero no es quien recibe, sino quien deja una buena herencia.

 

A modo de conclusión

Cuanto confesaron y predicaron los primeros cristianos sobre la resurrección del Cristo Jesús era, básicamente,descripción de su experiencia personal y no relato de lo acontecido a Jesús de Nazaret. Más que narrar asépticamente, se proclamaban afectados en lo que decían; no eran cronistas, sino meros testigos. Al origen de las expresiones que crearon y se transmitieron, y como su motivo desencadenante, no estuvo la preocupación por detallar el hecho de la salida de Jesús del reino de la muerte sino la necesidad, por ellos sentida, de dar publicidad a las vivencias que les había ocasionado el encuentro con el Señor Resucitado.

De no haber sido por la publicación insistente de sus experiencias personales hubiera pasado desapercibida la actuación de Dios en Cristo Jesús. Sin el testimonio apostólico se hubiera silenciado la revelación divina. Por más que la acción de Dios de resucitar a Jesús hiciera posible su aparición vivo a sus discípulos, en resumidas cuentas fueron las repetidas afirmaciones de éstos, de que estaba vivo, las que dieron a conocer tanto el hecho real de la intervención de Dios a favor de Jesús crucificado como las vivencias personales que semejante intervención había provocado en quienes ahora las andaban publicando. Y es que de no haberse dado esta manifestación pública, tales vivencias no habrían suscitado reacción alguna, sea que lograran reconocimiento, sea que cosecharan repulsa.

 

El testimonio, un decir que ha probado cuanto afirma

Toda experiencia humana es un acontecimiento subjetivo y, en cierta manera, intransferible; podrá darse como acaecida, siempre que se manifieste; no se impone por demostrada, se muestra, convertida en tema de comunicación; y se comunica, al hacerse pública mediante un lenguaje que la expresa. La experiencia comunicada crea un tipo de expresión, elige los términos que la exterioricen y, al hacerse manifiesta, se ofrece a la aceptación o al rechazo de quienes, no habiéndola vivido personalmente, la oyen relatada. La comunicación de lo experimentado es necesaria para que pueda afirmarse como sucedido en realidad, aunque no baste su manifestación pública para que logre ser aceptada o añorada, envidiada o rechazada.

Y no hay que olvidar que cuanto más humana es una experiencia, cuanto más hondo cala en quien la vive, su expresión se hace menos exhaustiva y resulta menos neutral: el amor y el odio, la fidelidad y la traición se ofrecen en gratuidad, no pueden imponerse como si de una fría deducción lógica se tratara; una operación matemática puede ser decisiva en un cálculo, pero nunca suscita recelo o entusiasmo, devoción u odio; es correcta o no. Es el lenguaje del testigoel que más prueba humanamente, porque nace de los labios de quien más puede probar con el corazón.

La experiencia religiosa que está a la base del AT precisó de creyentes en la Palabra de Dios, cuyas exigencias proclamaron muchas veces con riesgo de sus vidas. Los profetas, hombres de la palabra, oían lo que debían decir y aprendían las palabras que, por definición, no serían nunca suyas por ser oráculo de Dios. La experiencia cristiana necesitó no ya de profetas sino de testigos, hombres del encuentro personal con Dios, que habían oído lo que decían por haber convivido con la Palabra de Dios (Hch 1,21-22), y que habían aprendido cuanto proclamaban porque lo estaban viviendo (cf.1Jn 1,1-3). El testigo no habla de oídas tan sólo, relata su propia vida cuando da testimonio de lo sucedido; al ser hombre del encuentro con Dios, hace de su experiencia personal contenido de su mensaje. El testigo de Dios habla de sí cuando tiene que dar testimonio de Dios.

Es radicalmente inadecuado cualquier otro lenguaje, ya que de la acción de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos, únicamente puede hablar a sabiendas quien se sabe comprendido, afectado, alcanzado por ella; no es posible una forma de hablar objetiva y neutral para quien reconoce que, resucitando a Jesús, Dios le ha ofrecido una salida a sus angustias y le ha liberado definitivamente de sus límites. El lenguaje del testigo, de quien sabe por experiencia que Jesús vive, de quien habla comprometido con lo que afirma y que lo afirma con intención de comprometer a quien le oiga, es el apropiado para hablar del Señor resucitado. Y es que para hablar de un viviente de modo creíble hay que dejar que hable la propia vida.

 

Hablar con la propia vida de la vida del Resucitado

Tal es el lenguaje del NT y tal ha de ser el lenguaje cristiano: un tipo de discurso que conste de hechos más que de palabras, que cuente realidades – aunque no perfectas – antes que reducirse a promesas futuras, que sea pronunciado con la vida cotidiana y no mediante bellos – pero escasos – gestos. De ahí su debilidad y su fortaleza: puesto que sólo quien vive como si Jesús viviera puede decir fidedignamente que «el Señor ha resucitado y nosotros somos sus testigos» (Hch2,32); sólo pueden afirmar fehacientemente que Jesús vive hoy quienes viven como si realmente él estuviera vivo en ellos(cf. Gal 2,20).

La comunidad cristiana que no habla este lenguaje está perdiendo su razón de ser y su propia identidad, su capacidad de convencimiento y su poder de atracción. Hablar de Cristo sabiéndose comprometido con él no es mera diversión, útil pasatiempo, sino destino ineludible y tarea siempre por cumplir para quien lo cree viviente. Quien vive de forma nueva puede inventar ese lenguaje testimonial: únicamente quien es capaz de cambiar de vida puede hablar verazmente del cambio de vida que Dios concedió a Jesús resucitándolo de entre los muertos. Ése es el lenguaje que manifiesta la experiencia pascual. Ayer y hoy.

 

JUAN JOSÉ BARTOLOMÉ LAFUENTE

 

[1] BENEDICTO XVI, Homilía con ocasión del IV Congreso Nacional de la Iglesia italiana, Verona, 19 octubre 2006.

[2] El testigo es un creyente que dice saber, por experiencia, aquello que proclama. He tratado este tema, centrándome igualmente en Pablo, en otro artículo publicado en Misión Joven: De cómo llegar a la fe en Cristo Jesús. Pablo Apóstol como ejemplo, en Misión Joven 432-433 (enero-febrero 2013), pp. 13-23.