Tiempos de increencia

REFLEXIÓN Y EXPERIENCIA

 

De vez en cuando, como en esta ocasión, «MJ» irá publicando algunas reflexiones sencillas que nos llegan de los lectores de la revista contando, en alguna medida, su experiencia cristiana en las actuales circunstancias socioculturales.

 

 

 

Estamos en tiempos de increencia. El hecho debe espolearnos a plantear mejor nuestra fe. Antes de nada, una consideración previa. Se puede pensar que son las religiones las que esclavizan al hombre; lo cual, en algún sentido, tiene inicialmente algunos visos de certeza. Pues, por ejemplo y bajo ciertos aspectos, la ética cristiana es muy exigente respecto al amor a los demás.

Con todo, a pesar de las limitaciones de las religiones –las limitaciones proceden de los hombres que las forman–, el concilio Vaticano II sostiene que las grandes religiones tienen su origen y están sostenidas por Dios (cf. LG 2;16). Una prueba de que es así, la encontramos en la mística que estas religiones han originado. Me refiero a la mística Sufí de los islámicos y a los Upanisads de los Vedas del induismo. Ambas son muy parecidas a la mística cristiana, ya sea de las escuelas flamenca, renana o castellana.

Entrando más de lleno en el tema, se puede afirmar que el hombre –como dice Martín Velasco[1]– no es que tenga deseos, es que él mismo es un deseo. Pensamiento profundo en donde hay que encontrar la razón de nuestra esperanza. Dios nos ha creado así: con un deseo eterno de Él.

Aumentar nuestra relación con Dios y hacer más consciente este deseo es darnos una razón de ser y un motivo de vivir con valor absoluto y el carácter gozoso que nos satisface plenamente. En él podemos englobar nuestras ilusiones más humanas y andar así por la vida.

 

¿Cómo responde Dios a este deseo que Él mismo ha puesto en lo más profundo de nosotros? Responde dándonos una experiencia de su existencia; es una experiencia que, más que pasar por nuestros sentidos, actúa directamente en lo profundo de nosotros mismos. Dios está siempre deseando darnos dicha experiencia, si esto no ocurre es porque nosotros estamos absorbidos por nuestros temas… En estas condiciones, Dios, el Dios de Jesucristo, no encuentra espacio para actuar, pues respeta siempre nuestra libertad.

Estas reflexiones no quieren entrar en las grandes corrientes místicas como respuesta a esta realidad. Nos ocupamos de otras experiencias más sencillas y corrientes, experiencias que se repiten con mucha frecuencia. Este sería el objetivo de estas líneas: divulgar la «mística menor», ya que no se puede llamar pequeña, pues no hay mística pequeña[2].

Por ejemplo, Jesucristo nos puede hacer comprender que nuestra felicidad plena está en encontrarnos con él, no en cualquier otro motivo. Pensemos lo que supone en nuestra vida tener una razón de ser de tan altísimo valor, por encima de toda adversidad. Sin hablar de esa oración que podemos llamar «de recogimiento» y consiste en un leve contacto con Jesucristo. Es un tipo de oración adsequible a los cristianos corrientes, los que no hemos tenido grandes experiencias místicas.

 

Siempre son actuales aquellos versos…: «¿Dónde te escondiste amado, / y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste, / habiéndome herido. / Salí tras de ti clamando, y eras ido». Dios también se hace presente por su vacío, por su ausencia.

El leve contacto comporta una leve felicidad que puede durar hasta varios días, más o menos intensamente sentida. Siendo conscientes de la existencia de esta «oración de recogimiento» será más fácil que la tengamos y nos demos cuenta de ello.

Por tanto debemos dedicar con frecuencia un tiempo a aumentar la relación con Dios, hasta ir ascendiendo a la «oración contemplativa»; intentando estar ante la Presencia –habitualmente escondida– sin grandes razonamientos, sintiendo en nosotros lo que es esa presencia fundante, la que nos dio la vida…

Frente a increencia, pues, encuentro con Dios en la vida diaria. n

[1] Cf. J. MARTÍN VELASCO, El fenómeno místico, Trotta, Madrid 1999.

[2] Tal vez Rahner pensara en una mística así cuando enunció su famosa profecía: «El cristiano del tercer milenio será místico o no será cristiano».